Después de meditar las lecturas de este domingo, pensé que esta reflexión se podría titular “la letra y el espíritu”, por aquello de que no solo hay que cumplir la letra de la ley sino también la intención del legislador, el espíritu de la ley. Suele hacerse esa distinción en el mundo civil. En un Estado de derecho, allí donde tiene vigencia la ley -lo que no siempre ocurre- nunca faltan quienes buscan dentro de las lagunas, contradicciones y recovecos de la ley escrita la forma de burlar su espíritu, “cumpliendo la letra” pero sacando ventaja de sus fallas.
¿Por qué cambié el título? Espero que eso se descubra a lo largo de esta charla.
Este domingo continuamos leyendo el sermón del monte, con el que ya no nos volveremos a encontrar este año, porque el próximo domingo será el primero de la Cuaresma.
Sin embargo, especialmente en el evangelio de hoy, la palabra de Jesús se convierte en exhortación y orientación para la vida de cada día y hasta de cada momento, lo que puede llevarnos a entrar ya con un examen de conciencia en el camino cuaresmal.
Mateo presenta a Jesús sentado en la montaña, no solo como maestro, sino como un nuevo Moisés. Los cinco primeros libros de la Biblia son llamados la Torah, que significa la Ley y la tradición judía los atribuye a Moisés. Se le considera el gran legislador de Israel.
A Moisés correspondió entregar al Pueblo de Israel los Diez Mandamientos dictados por Dios en el marco de la primera alianza.
En paralelo a aquel gran acontecimiento, Mateo presenta a Jesús entregando las Bienaventuranzas, como un nuevo código para el Pueblo de Dios.
¿Significa eso que la Ley de Moisés ya no tendrá vigencia? Jesús lo aclara enfáticamente:
No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: Yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no quedarán ni una “i” ni una coma de la Ley sin cumplirse, antes de que desaparezcan el cielo y la tierra. (Mateo 5,17-18)
La expresión “la ley y los profetas” designa toda la Palabra de Dios del primer testamento. No se trata, entonces, solamente del cumplimiento de los centenares de preceptos allí contenidos, sino del cumplimiento de todo lo que la Ley y los Profetas (y los demás escritos sagrados) han anunciado acerca de Jesús. También hay que decir que los numerosos preceptos rituales -por ejemplo, los referidos a sacrificios de animales- caerán, porque en el sacrificio de Jesús en la cruz todo ese culto llega a su plenitud y queda superado de una vez para siempre. La carta a los Hebreos, que abunda en ese tema, nos dice que Cristo, como Sumo Sacerdote…
"... entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna." (Hebreos 9,12)
Pero no es esto lo que sucede con los mandamientos. Jesús los retoma y los comenta en el sermón del monte, con un criterio aplicable a todos ellos.
Jesús abre sus comentarios con una fórmula que se va repitiendo en cada ocasión: “se dijo… pero Yo les digo”.
Esa manera de expresarse suele usarse para plantear una oposición: se dijo esto, pero yo les digo lo contrario. Pero no es eso lo que presenta Jesús. Recordemos: Él no ha venido a abolir sino a dar cumplimiento. Y no se trata solo del cumplimiento de la letra. Jesús quiere revelar la anchura y profundidad de la ley.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal». Pero Yo les digo que todo aquél que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquél que lo insulta, merece ser castigado por el Tribunal. Y el que lo maldice, merece el infierno. (Mateo 5,20-21)
Frente a quienes quieren reducir al mínimo los deberes que señala la Ley, Jesús, en cambio, los amplía. Enseñando que irritarse contra el hermano ya es matarlo, que una mirada lasciva es ya adulterio, que el juramento está de más si se es veraz, Jesús no está estableciendo una nueva ley, más exigente que la antigua.
Con el anuncio del Reino de Dios, Jesús manifiesta que ha llegado un tiempo nuevo, en el que la Ley puede vivirse en su plenitud, en su profundidad.
Desde luego, ya tiene su valor cumplir la letra de la ley: “no matarás”. Hay personas que no cumplieron esta ley, porque le han quitado la vida a alguien y en adelante cargarán con esa culpa. Muchos, en cambio, pueden decir con verdad “nunca maté a nadie”, ni siquiera por negligencia o colaborando en un aborto o en la práctica de la eutanasia. Han cumplido la letra. ¿Han ido más lejos?
Un paso de otra calidad es la adhesión interior a la ley. Muchas veces cumplimos con la ley porque sabemos que si no lo hacemos, habrá consecuencias; pero si pudiéramos evitar cumplirla, lo haríamos. Haríamos lo que está prohibido. Muy diferente a eso es hacer de la ley una convicción, una convicción profunda que me llevará a respetar la vida del otro y a no desear la muerte a nadie. Sin embargo, esa adhesión interior a la ley aún depende de nuestras fuerzas… y de nuestras fragilidades.
La enseñanza de Jesús nos llama a vivir hasta el fondo como seres creados “a imagen y semejanza de Dios” de modo que el bien sembrado en nuestro corazón por el Creador se haga visible en nuestra vida. Eso lo hace posible la presencia del Espíritu Santo. Dice san Pablo en la segunda lectura:
“El Espíritu lo penetra todo” (1 Corintios 2,10)
Solo con el don del Espíritu podemos encontrar la fuerza y la fidelidad para vivir en la ley de Dios. Con el don del Espíritu ya es posible, sin esperar un tiempo mejor, entrar en “el Reino de los Cielos”. Podemos acceder al Reino allí mismo, donde ahora nos encontramos, sin falsas ilusiones y sin resignación. Confiados en la promesa del Señor, queremos hacer verdad en nuestra vida su Palabra:
Cuando ustedes digan «sí», que sea sí (Mateo 5,37)
Mirando hacia la Cuaresma, tiempo de conversión y de volver al Señor de corazón, estamos llamados a renovar nuestro “sí” a la Palabra de Jesús. Así, su mensaje puede hacerse vida en nosotros.
Miércoles de Ceniza
Recordemos que el 18 es Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma, día de ayuno y abstinencia.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que la Palabra de Jesús llene sus corazones, con toda su fuerza y que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario