miércoles, 24 de enero de 2018

Enseñaba con autoridad (Marcos 1,21-28)





“El beso de Judas” ha quedado como la marca de la traición más sucia y triste: “Judas, ¿con un beso me traicionas?” le dice Jesús al amigo y discípulo que lo ha vendido por 30 monedas.
Sí ¿por qué con un beso? ¿No alcanzaba con señalar algún rasgo particular de Jesús, como “el más alto” o “el de la capa roja”? Posiblemente no.

Hay quienes se han detenido en este pasaje del Evangelio para señalar que, al menos visualmente, Jesús no se distinguía del resto de sus discípulos, ni por su estatura ni por su vestimenta… y no olvidemos que todos usaban barba.

Sí Jesús no se destacaba físicamente, tampoco lo distinguía su lugar de origen ni su oficio.
Cuando a uno de los futuros discípulos le dicen que han encontrado al Mesías y que es Jesús de Nazaret, éste pregunta ¿acaso de Nazaret puede salir algo bueno?
Peor todavía, su propia gente, en Nazaret, cuando lo recibe comienza a murmurar ¿no es éste el carpintero?

Que Jesús reúna un grupo de discípulos tampoco llama la atención: en esos tiempos no era raro que aparecieran maestros con grupos de discípulos.

Podríamos pensar que su actividad como taumaturgo o sanador sí hacía una diferencia; pero en esa época circulaban muchas noticias de milagros realizados por distintos sanadores, de modo que tampoco el hecho de que Jesús cure enfermos o expulse demonios hace que haya en Él algo de lo que no se hable en su ambiente, aunque es verdad que mucha gente lo sigue buscando sus milagros.

Sin embargo, la gente pronto va a descubrir en Jesús algo nuevo, algo realmente diferente. Lo va a descubrir tanto en la manera de enseñar de Jesús como en la forma en que realiza esos milagros que le atraen multitudes.

Vamos a escuchar el pasaje del Evangelio que corresponde a este domingo, que nos permitirá entender de qué estamos hablando:

Jesús entró en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.
Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Autoridad. Eso es lo que tiene Jesús, y eso es lo que llama la atención de los presentes.
Autoridad en su manera de enseñar, y autoridad en su manera de actuar.

En su manera de enseñar: “les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”.

Los “escribas” o “maestros de la Ley” eran personajes poderosos y reconocidos por la sociedad en tiempos de Jesús. Tenían los primeros asientos en las sinagogas. La gente se ponía de pie cuando ellos entraban. Muchos de ellos eran del movimiento de los Fariseos e integraban el Sanedrín, el tribunal que pedirá que Jesús sea condenado a muerte.

Los escribas eran los hombres conocedores de la Biblia. Dedicaban años a estudiar la Palabra de Dios junto con los comentarios escritos por los grandes maestros. Cuando enseñaban, solían citar la autoridad de ellos: “Como dice el gran maestro Gamaliel…” y allí entregaban la explicación que habían aprendido.

Esas explicaciones se referían sobre todo a lo que se podía o no se podía hacer, de acuerdo a la Ley, es decir a la Ley entregada por Dios e interpretada por los grandes maestros.

La gente nota que Jesús enseña de una manera diferente. Diferente… ¿por qué?
En primer lugar, Jesús no cita a ningún maestro. Él es el Maestro, con mayúscula: por eso enseña con autoridad.

La palabra griega que usa el Evangelio y que traducimos como autoridad es “exousía”. Exousía, en su origen, quiere decir “algo que sale”. En criollo, creo que lo podríamos traducir bien diciendo que a Jesús, sus enseñanzas “le salen de adentro”, son algo de Él. Sin olvidar que adentro, adentro de Jesús, está su profunda relación con el Padre y está la presencia del Espíritu Santo, de modo que esa autoridad también es manifestación del Padre y del Espíritu, o sea que sale del Padre y del Hijo -Jesús- y del Espíritu Santo.

El mensaje que sale de adentro de Jesús no se centra en lo que se puede o no se puede hacer. Muchas veces discutirá por eso con los escribas y los fariseos, a propósito de las normas sobre pureza o sobre el respeto del Sábado.

Los escribas señalan que los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos, con las manos impuras. Se molestan porque Jesús no respeta el sábado, hace curaciones en ese día. Por otra parte, ellos hacen una serie de obras importantes a la vista de todos: rezan, ayunan, dan limosna…

Jesús, al contrario, insiste en que debe haber un cambio en el corazón del hombre. ¿De qué sirve purificar las manos, si por dentro estamos podridos? ¿Por qué una mujer que ha sufrido por años una enfermedad agobiante no puede ser liberada un día Sábado? Y reclama, citando a los profetas “Quiero misericordia, no sacrificios”; es decir, un culto que nace del corazón y que no queda sólo en una práctica exterior.

No basta no matar: hay que desterrar el odio del corazón y llegar a amar al enemigo.
No basta con no cometer adulterio: hay que arrancar el deseo mismo del pecado.
La oración es un encuentro íntimo y profundo con el Padre.
El ayuno se vive con alegría.
La limosna se entrega “sin que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha”.
Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo es el resumen de la Ley. No hay dos mandamientos más importantes que esos…

La curación del hombre endemoniado que completa este relato confirma dos cosas:
- la autoridad que tiene Jesús: “da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen”
- y que esa autoridad la tiene y la usa para aliviar el sufrimiento, sanar heridas, liberar, perdonar: en definitiva, para dar vida: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

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