sábado, 24 de enero de 2026

"Ha brillado una gran luz". (Mateo 4,12-23). Domingo III durante el año.

Cuando una persona cercana, sea un amigo o alguien de nuestra familia, nos confiesa que “ve todo negro”, inmediatamente sentimos preocupación. Aunque el entorno esté iluminado o el día sea claro, esa persona siente que está sumida en la oscuridad. Su alma y su corazón carecen de luz. Muchas veces siente que no sabe hacia dónde caminar en la vida, que no tiene claro qué hacer, o incluso experimenta la falta total de esperanza. Todo lo que la rodea le parece negativo, y siente que todas las puertas y salidas están cerradas.

El pueblo que caminaba en las tinieblas
ha visto una gran luz;
sobre los que habitaban en el país de la oscuridad
ha brillado una luz. (Isaías 9,1)

El profeta Isaías describe a un pueblo “que caminaba en tinieblas”. Es un pueblo que sigue andando, aunque no distingue el rumbo y corre el riesgo de girar en círculos o caer en situaciones aún peores que aquellas de las que intenta escapar. Más adelante, Isaías agrega que este pueblo “habitaba en el país de la oscuridad”, es decir, estaba instalado en la noche, sumido en las sombras. Sin embargo, el profeta anuncia una gran luz para ese pueblo. Gracias a esa luz, podrán encontrar el camino de la salvación y recuperar la esperanza y la alegría.

Y eso, ¿cuándo se iba a cumplir? Los creyentes del tiempo de Isaías tomaron en serio ese anuncio, y encontraron muchos signos de esperanza. Encontraron una luz en su camino. Sin embargo, el anuncio de Isaías no era sólo para su época. Su visión de profeta apuntaba mucho más allá, apuntaba a los planes misteriosos de Dios: enviar al mundo un Salvador.

En el Evangelio que escuchamos en las misas de este domingo, el evangelista Mateo retoma la profecía de Isaías para decirnos que ahora sí se ha cumplido, y se ha cumplido de una manera definitiva. Todos aquellos que se sientan envueltos en la oscuridad y en las tinieblas de la muerte, pueden encontrar la Luz, la Luz de la vida.

Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: (…) “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (Mateo 4,12-16)

Esa luz es Jesús. Venimos de celebrar su nacimiento. Muchos pintores a lo largo de los siglos han representado la escena de Belén. Personalmente, las pinturas que me gustan más son aquéllas en las que la luz que ilumina toda la escena sale del niño. Los rostros de las personas que lo rodean: San José, la Virgen María, los pastores, son iluminados por la luz que brota del niño Jesús. Es a la vez algo que supone un cuidadoso trabajo para el pintor, pero es también la expresión de su fe en Jesús luz del mundo.

¿Qué es lo que hace la luz por nosotros? No hablemos todavía de la luz espiritual. La luz “física”, la luz del sol, la luz de nuestras casas generada por electricidad o por gas, nos permite ver. Cuando hay algo que emite luz: el sol, una lámpara, un farol, esa luz se refleja en las cosas, revelando formas, colores, presencias que no podíamos percibir en la oscuridad.

La luz de Cristo nos permite también ver, pero aquí se trata de ver con los ojos de la fe. Antes de su renuncia el papa Benedicto XVI estaba escribiendo una encíclica que fue retomada y asumida por el Papa Francisco. Esa carta se llama Lumen Fidei, “La luz de la fe”, y dice allí:

“la fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver.” (Lumen Fidei 18).

Es una perspectiva interesante: la fe “no solo mira a Jesús”. Es verdad, como creyentes miramos hacia Jesús, buscamos su mirada, le pedimos su ayuda… pero el Papa nos llama la atención sobre otro aspecto, que podría ser hasta un segundo paso en la fe: después de mirar hacia Jesús, mirar con Jesús, mirar desde su punto de vista o, dicho de forma más bonita: “mirar con sus ojos”. Y agrega: la fe “es una participación del modo de ver de Jesús”.

Entonces, ¿qué pasa cuando nos ponemos a mirar desde el punto de vista de Jesús? ¿Qué nos hace ver esa luz que viene de Él?

Si algo caracteriza la mirada de Jesús es la Misericordia, la compasión. Esos sentimientos nacen en Jesús a partir de lo que ve. Pero no nos engañemos: vemos lo que queremos ver, no lo que tenemos delante de los ojos. Porque aunque me lo pongan delante, si no lo quiero ver, no lo veré, y no dejaré que esa imagen que pasa por mi retina llegue a mi corazón y me mueva.

La parábola del buen samaritano puede ser una parábola del ver. Asaltado por unos ladrones un hombre quedó medio muerto al costado del camino.

Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. (Lucas 10,31-33)

Los tres vieron: pero solo el samaritano se conmovió. Dejó que lo que veía tocara su corazón y no se quedó solo en sus sentimientos. Pasó a la acción y al compromiso para que ese hombre herido no muriera y pudiera volver a levantarse.

Si nos ponemos a mirar desde el punto de vista de Jesús, tal vez eso es lo primero que encontramos: la mirada misericordiosa, que llega hasta lo más hondo y que lo mueve y nos mueve a actuar cuando miramos como Él.

Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. (Mateo 14,14)

Esa mirada misericordiosa de Jesús se dirige a toda la humanidad. Realmente, ningún ser humano queda fuera de esa mirada. Toda persona que está en este mundo tiene su propia miseria, como para ser así mirado por Jesús.

Mirar con Jesús a los demás –y mirarnos a nosotros mismos con Jesús– puede ayudarnos a ser más comprensivos con la fragilidad que está presente en toda persona humana. Muchas veces quienes aparentan o quieren aparentar ser fuertes, solo están mostrando su debilidad.

Una vieja oración pedía a Dios “ver a cada uno de tus hijos como tú mismo los ves”. Es una hermosa petición. Poder ver a los demás desde la mirada de Cristo o desde la mirada del Padre –que es la misma– puede cambiar nuestra manera de tratar el prójimo y posiblemente pueda también cambiar la manera en que ese prójimo nos trata y trata a los demás.

Eso es lo que hace la luz de Cristo cuando dejamos que ilumine nuestra vida. Vemos la verdad de Dios, la verdad de su amor, de su misericordia, pero vemos también la verdad de nuestra propia vida y la vida de cada persona, necesitada profundamente de ese amor y de esa misericordia divinas. De ese amor y de esa misericordia que pueden llegar desde Dios a través de personas como nosotros mismos, si dejamos a Dios actuar en nuestro corazón.

Visita al santuario Rosa Mística en Montichiari, Italia

El viernes 23 tuve la oportunidad de visitar el santuario de María Rosa Mística – Madre de la Iglesia, en Montichiari, Italia y celebrar allí la Misa. Los mensajes recibidos por Pierina Gilli nos invitan a la oración, la penitencia y el sacrifico, realizados con amor, en seguimiento de Jesucristo, rezando muy especialmente por la fidelidad de los sacerdotes y de las personas consagradas. Tuve muy presente a nuestra capilla Rosa Mística en Canelones.

Conversión de san Pablo, Día del Cursillista.

Aunque hoy no se celebra por ser domingo, el 25 de enero es el día en que la Iglesia celebra la Conversión del Apóstol San Pablo. Siendo San Pablo el patrono del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, se celebra también hoy el “Día del Cursillista”. El sueño de Pablo fue que todos conocieran a Jesucristo y ese sueño sigue hoy vivo en la Iglesia; en nuestra Iglesia diocesana en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Dios ha sido el jardinero que nos ha dado la más bella flor: María, Rosa Mística. Homilía en el Santuario de Montichiari, 23/01/26.


Homilía del Obispo de Canelones, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant en el santuario Marìa Rosa Mística Madre de la Iglesia, Montichiari, Italia.

Queridos hermanos y hermanas:

Soy el Obispo de Canelones, en el Uruguay.

Al igual que todos o la mayor parte de ustedes, he venido hoy como peregrino a este santuario de María, Rosa Mística, Madre de la Iglesia.

En mi Diócesis hay una iglesia dedicada a esta querida advocación mariana y son numerosos los devotos que la frecuentan.

Es por eso que, desde hace tiempo, yo deseaba llegar hasta Montichiari y celebrar Misa en este lugar que evoca los mensajes recogidos por Pierina Gilli.

Fue para mí una alegría la comunicación del dicasterio para la Doctrina de la Fe que, en 2024, después de mucho tiempo, reconoció el valor de estos mensajes.

Leyendo la homilía del Obispo de Brescia, Monseñor Pierantonio Tremolada, el 13 de julio de ese mismo año, comparto sus sentimientos “de sincera alegría y de profunda gratitud”.

Como un primer punto de su reflexión, Monseñor Tremolada ha subrayado “la belleza como característica singular de la Bienaventurada Virgen María, una belleza que es un reflejo de la gracia de Dios.”

Si contemplamos a la Santísima Virgen como rosa, Rosa mística, vemos que la comparación con la más bella flor es adecuada. No solo porque la rosa es una flor hermosa, de dulce perfume, sino porque la rosa, tal como la conocemos hoy, en sus múltiples variedades, es el resultado de siglos de trabajo y del cuidado de cultivadores y jardineros que han ido, por diferentes medios, buscando siempre la flor más bella. El Padre Dios ha sido el jardinero que nos ha regalado esta bellísima rosa: María, Rosa Mística. El Hijo de Dios nos la ha entregado como Madre, Madre de la Iglesia, para que todos los fieles caminemos unidos bajo su amparo, en el seguimiento de su Hijo, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Ese es el segundo punto recogido por Monseñor Tremolada en su homilía: el título de María, Madre de la Iglesia, nos llama a no encerrarnos en una experiencia individualista y nos invita a caminar juntos, en comunidad parroquial o diocesana, como hermanos y hermanas, pueblo de Dios que lleva a todo el mundo la alegría del Evangelio en palabra y en obra, especialmente en el servicio al más pobre y necesitado.

Un tercer aspecto del mensaje espiritual de esta advocación es el llamado a la oración, la penitencia y el sacrificio como constante intercesión de todo el pueblo de Dios y de la Madre de la Iglesia, para que los sacerdotes y las personas consagradas sean especialmente fortalecidos ante las tentaciones que el mundo les presenta. Este aspecto del mensaje recogido por Pierina Gilli no fue bien recibido en su tiempo. Lo que ha vivido la Iglesia en las décadas recientes con la crisis de los abusos nos hace sentir lo importante que fue y sigue siendo ese llamado.

“Creo en la Iglesia: una, santa, católica y apostólica” Santa: así se expresa nuestra fe en la Iglesia. Pero mientras Cristo no conoce el pecado y ha venido para expiar los pecados del pueblo, “la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (cfr. Lumen Gentium, 8).

El pecado daña nuestras relaciones y, más aún, puede llegar a romper nuestras relaciones con Dios, entre nosotros, con la creación y de cada uno consigo mismo. Todos nosotros somos pecadores. Todos podemos sentir lo que expresó san Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. (Romanos 7,19). Pero él no se encierra en esa realidad dramática. No la vive en la desesperación, sino, al contrario, en la esperanza. Por eso San Pablo puede decir, y nosotros decir con él: “¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor!” (Romanos 7,25). Nuestro Señor, nuestro Salvador, nuestra esperanza.

Junto a Jesucristo está su madre, madre de la esperanza. ¿Acaso no pedimos en cada Ave María “ruega por nosotros pecadores”? Así nos confiamos a la intercesión de nuestra Madre. Volvamos a detenernos en su bello rostro, en su alma inmaculada, para ver todo lo que el poder de la Gracia de Dios puede realizar en nosotros. 

Las tres rosas que nos muestra la imagen de María mística son identificadas como oración, sacrificio y penitencia. “se trata de tres acciones de gran valor, que ciertamente nos unen a María en su acción de intercesión por la humanidad” (1). El valor de estas acciones no está solo en las acciones en sí mismas. Jesús ha señalado que pueden ser hechas apenas “para ser vistos por los hombres”. El valor de estas acciones está en el amor con que se hacen, amor que responde al amor recibido del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Los actos de reparación que podemos hacer deben estar siempre animados por este espíritu: “devolver amor por amor” (2) y a ellos se pueden unir todos nuestros actos de caridad, especialmente “a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos, a los más pobres, a los abandonados y marginados” (3).

Abriendo nuestros corazones a la acción de la gracia y de la misericordia, ayudemos a que las espadas que vio Pierina como signo del pecado de las personas consagradas, puedan seguir transformándose en las rosas que adornan la figura de María, Rosa Mística. Así sea.

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(1) Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Carta al Obispo de Brescia sobre la devoción a María Rosa Mística (Montichiari), 5 de julio de 2024.
(2) Lema del Jubileo por los 350 años de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús en Paray-le-Monial.
(3) León XIV, In Unitate Fidei, 11.

viernes, 23 de enero de 2026

Dio è stato il giardiniere che ci ha donato il fiore più bello: Maria, Rosa Mistica. Omelia nel santuario di Montichiari, 23/01/2026.

Omelia del Vescovo di Canelones, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant
nel santuario Maria Rosa Mistica Madre de la Chiesa, Montichiari, Italia.

Cari fratelli e sorelle:

Sono il vescovo di Canelones, in Uruguay. 

Come tutti o la maggior parte di voi, sono venuto oggi come pellegrino in questo santuario di Maria, Rosa Mistica, Madre della Chiesa. 

Nella mia diocesi c'è una chiesa dedicata a questa amata invocazione mariana e sono numerosi i devoti che la frequentano. 

Per questo da tempo desideravo arrivare fino a Montichiari e celebrare la Messa in questo luogo che rievoca i messaggi raccolti da Pierina Gilli. 

È stata per me una gioia la comunicazione del Dicastero per la Dottrina della Fede che, nel due mila ventiquattro, dopo molto tempo, ha riconosciuto il valore di questi messaggi. 

Leggendo l'omelia del vescovo di Brescia, Sua Eccellenza Pierantonio Tremolada, il tredici luglio dello stesso anno, condivido i suoi sentimenti "di sincera gioia e di profonda gratitudine" (1) .

Come primo punto della sua riflessione, il vescovo ha sottolineato "la bellezza come caratteristica singolare della Beata Vergine Maria, una bellezza che è riflesso della grazia di Dio" (2) .

Se contempliamo la Santissima Vergine come rosa, Rosa mistica, vediamo che il paragone con il fiore più bello è adeguato. Non solo perché la rosa è un bel fiore, di dolce profumo, ma perché la rosa, così come la conosciamo oggi, nelle sue molteplici varietà, è il risultato di secoli di lavoro e della cura di coltivatori e giardinieri che sono andati, con mezzi diversi, sempre alla ricerca del fiore più bello. Il Padre Dio è stato il giardiniere che ci ha donato questa bellissima rosa: Maria, Rosa Mistica. Il Figlio di Dio ce l'ha consegnata come Madre, Madre della Chiesa, perché tutti i fedeli camminino uniti sotto la sua protezione, nella sequela del nostro Signore e Salvatore, Gesù Cristo. 

Questo è il secondo punto ripreso dal vescovo di Brescia nella sua omelia: il titolo di Maria, Madre della Chiesa, ci chiama a non chiuderci in un'esperienza individualistica e ci invita a camminare insieme, in comunità parrocchiale o diocesana, come fratelli e sorelle, popolo di Dio che porta in tutto il mondo la gioia del Vangelo nelle parole e nelle opere, specialmente nel servizio ai più poveri e bisognosi.

Un terzo aspetto del messaggio spirituale di questa invocazione è la chiamata alla preghiera, alla penitenza e al sacrificio come costante intercessione di tutto il popolo di Dio insieme alla Madre della Chiesa, affinché i sacerdoti e le persone consacrate siano particolarmente rafforzati di fronte alle tentazioni che il mondo presenta loro. Questo aspetto del messaggio raccolto da Pierina Gilli non fu ben accolto a suo tempo. Ciò che la Chiesa ha vissuto negli ultimi decenni con la crisi degli abusi ci fa sentire quanto sia stato e sia importante questo appello.

“Credo la Chiesa, una santa cattolica e apostolica.” Santa: così si esprime la nostra fede nella Chiesa. Peró, mentre Cristo non conobbe il peccato e è venuto per espiare i peccati del popolo, “la Chiesa, che comprende nel suo seno peccatori ed è perciò santa e insieme sempre bisognosa di purificazione, avanza continuamente per il cammino della penitenza e del rinnovamento” (3).  

Il peccato danneggia le nostre relazioni e, ancor più, può arrivare a rompere i nostri rapporti con Dio, tra noi, con il creato e di ciascuno con se stesso. Tutti noi siamo peccatori. Tutti possiamo sentire quello che ha detto san Paolo: "io non compio il bene che voglio, ma il male che non voglio". (Romani 7,19). Ma lui non si chiude in quella drammatica realtà. Non la vive nella disperazione, ma, al contrario, nella speranza. Perciò san Paolo può dire, e noi possiamo dire con lui: "Siano rese grazie a Dio per mezzo di Gesù Cristo nostro Signore!" (Romani 7,25). Nostro Signore, nostro Salvatore, nostra speranza.

Accanto a Gesù Cristo c'è sua madre, madre della speranza. Non chiediamo forse in ogni Ave Maria "prega per noi peccatori"? Così ci affidiamo all'intercessione della nostra Madre. Soffermiamoci di nuovo sul suo bel volto, sulla sua anima immacolata, per vedere tutto ciò che il potere della Grazia di Dio può realizzare in noi.

Le tre rose che ci mostra l'immagine di Maria Rosa Mistica sono identificate come preghiera, sacrificio e penitenza. "si tratta di tre azioni di grande valore, che ci uniscono certamente a Maria nella sua azione di intercessione per l'umanità" (4). Il valore di queste azioni non è solo nelle azioni stesse. Gesù ha sottolineato che possono essere fatte solo "per essere visti dalla gente" (Matteo 6,5). Il valore di queste azioni sta nell'amore con cui sono fatte, un amore che risponde all'amore ricevuto dal Sacro Cuore di Gesù e anche dal Cuore Immacolato di Maria. Gli atti di riparazione che possiamo fare devono essere sempre animati da questo spirito: "rendere amore per amore" (5) e ad essi si possono unire tutti i nostri atti di carità, specialmente "ai fratelli e alle sorelle, soprattutto agli ultimi, ai più poveri, agli abbandonati e agli emarginati." (6).

Aprendo i nostri cuori all'azione della grazia e della misericordia, aiutiamo affinché le spade che Pierina ha visto come segno del peccato delle persone consacrate, possano continuare a trasformarsi nelle rose che adornano la figura di Maria, Rosa Mistica. Così sia.

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(1) Pierantonio Tremolada, vescovo di Brescia. Omelia: “Maria Rosa Mistica, Madre della Chiesa. Celebrazione in occasione del riconoscimento della devozione e del culto. Sabato 13 luglio 2024
(2) Ibidem.
(3) Lumen Gentium, 8
(4) Dicastero per la Dottrina della Fede, Lettera al Vescovo di Brescia sulla devozione a Maria Rosa Mistica (Montichiari) 5 luglio 2024.
(5) Lema del Giubileo per i 350 anni delle Apparizioni del Sacro Cuore di Gesù a Paray-le-Monial
(6) Leone XIV, In Unitate Fidei, 11.

jueves, 15 de enero de 2026

La Paloma y el Cordero. (Juan 1,29-34). Domingo II durante el año.

El domingo pasado cerramos el tiempo de Navidad e iniciamos el tiempo durante el año, con la fiesta del Bautismo de Jesús.

El Evangelio de hoy continúa en ese entorno, con el testimonio de Juan el Bautista, recogido por el evangelio según san Juan.

Este evangelio, a diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, no nos relata el bautismo de Jesús. En cambio, en estas palabras, el Bautista da fe de lo que él ha vivido en ese acontecimiento.

El pasaje se abre con la proclamación de Jesús como el Cordero de Dios:

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: 
«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». (Juan 1,29)

Para quienes solemos participar en la Misa, esas palabras nos resultan completamente familiares. Antes de la comunión, el sacerdote nos presenta la Hostia consagrada y proclama:

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 
Felices los invitados a la cena del Señor”.

Muchas veces me pregunto qué entienden los que escuchan esas palabras… qué les dice esa expresión “cordero de Dios”. Para un israelita de los tiempos de Jesús, el cordero evocaba inmediatamente los sacrificios que se ofrecían a Dios.

Aquel pueblo, en su origen, pueblo de pastores, ofrecía en sacrificio las primicias de su rebaño, es decir, algunos de los corderos recién nacidos, como expresión de gratitud por el don que estaban recibiendo de Dios.

Con la Pascua, la liberación de la esclavitud en Egipto, el sacrificio del cordero adquirió un nuevo sentido: se lo comía en medio de una cena ritual para recordar aquella intervención salvadora de Dios.

En la última cena, “la cena del Señor” Jesús presentó el pan y el vino como su cuerpo y su sangre e indicó a sus apóstoles comer y beber y también volver a celebrar esa cena en su memoria.

Aquella cena de Jesús con sus discípulos coincidía con la cena pascual. Jesús sustituyó el cordero por su cuerpo y su sangre, y así se hizo para nosotros “el cordero de Dios”.

Pero Juan manifiesta que el cordero de Dios “quita el pecado del mundo”. El sacrificio de Jesús no será simbólico sino real. La cruz se hizo altar donde Jesús ofreció su vida al Padre abriendo el camino del perdón y la reconciliación con Dios para el hombre pecador.

Hoy hay cierta resistencia a que se hable de pecado. Por un lado, nadie niega la presencia del mal en el mundo. Diariamente se cometen crímenes terribles; pero llamarlos “pecado” no deja de tener una connotación religiosa que se quiere evitar. Es verdad que no todo delito es pecado ni todo pecado es delito. Estamos en órdenes diferentes... Pero los diez mandamientos siguen siendo una referencia para hablar de pecado. “No matarás” y quien arrebata intencionalmente la vida a otra persona peca contra el quinto mandamiento, pero también comete un crimen… salvo excepciones que las leyes de los hombres han ido estableciendo: aborto, eutanasia.

Pero el pecado es más que la trasgresión de una ley, aún la ley de Dios, como los mandamientos. Cualquier forma de pecado es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo. Jesús es muy claro al señalar esos dos como los mandamientos fundamentales. El pecado hiere la naturaleza de la persona humana, creada para amar y atenta contra la solidaridad humana, una de las dimensiones de ese amor al que estamos llamados.

Sé que estoy yendo muy rápido y que esto daría para mucho más, pero hay que explicar qué quiere decir que Jesús es el Cordero de Dios “que quita el pecado del mundo”… Él nos abre un camino de salvación, de liberación de esa realidad: el pecado, que deteriora y hasta rompe nuestras relaciones con Dios, con los demás, con la Creación y de cada uno consigo mismo. Esa salvación la realiza Jesús con su entrega en la cruz: por eso es el Cordero, el verdadero cordero cuya vida él mismo ofrece a Dios, “por nosotros y por nuestra salvación”. La Cena en la que Jesús ofrece a los discípulos su cuerpo y sangre bajo la forma de pan y de vino, tomando el lugar del cordero pascual, anticipa esa entrega de amor para que participemos de su salvación.

Junto al Cordero, Juan coloca la Paloma:

Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él.» (Juan 1,32)

La paloma representa el Espíritu Santo. Los cuatro evangelistas coinciden en su descripción o alusión al bautismo de Jesús, con la misma conclusión: en Jesús está presente el Espíritu Santo en una forma que nunca se había dado hasta su llegada. Hemos hablado de Jesús como Cordero inmolado en la cruz; el Espíritu que habita en Él es quien lo resucitó de entre los muertos (Romanos 8,11). Jesús nos salva por el misterio de su Pascua: muerte y resurrección.

Más aún: no se trata solamente de que el Espíritu está presente en Jesús, sino de que nosotros, por su muerte y resurrección, podemos recibir el Espíritu Santo. 

Juan lo expresa así:

"Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo". (Juan 1,33)

Juan concluye sus palabras con una afirmación muy importante:

«Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios» (Juan 1,34)

El año pasado recordamos los 1700 años del Concilio de Nicea. El papa León XIV viajó a Turquía para celebrar allí ese aniversario. En su carta apostólica “En la Unidad de la Fe” el papa recuerda que 

“Arrio, un presbítero de Alejandría de Egipto, enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios; aunque tampoco una simple criatura, sería un ser intermedio entre el Dios inalcanzablemente lejano y nosotros.” (In Unitate Fidei, 3)

Sigue diciendo León XIV:

los Padres de Nicea quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo. (In Unitate Fidei, 5)

La fe en Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre está en el corazón de nuestra fe cristiana. Seguimos a Jesús “como Maestro, compañero, hermano y amigo” pero no hemos de olvidar que “Jesucristo es el Señor, el Hijo del Dios viviente”, el salvador.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 8 de enero de 2026

Bautismo del Señor: Cumplir toda justicia (Mateo 3,13-17).

“Un hombre justo” (δίκαιος – dikaios). Así nos describe el evangelio de san Mateo la figura de san José, como pudimos escuchar el último domingo de Adviento. Su figura nos ayuda a ver la justicia no como un ideal abstracto o como la aplicación de un conjunto de normas, sino como un modo de vida.

Decíamos también que no se trata del concepto romano de justicia, que está en el trasfondo de nuestra cultura, que consiste en “dar a cada uno lo que le corresponde”, sino en la búsqueda de la voluntad de Dios, con la ayuda de la Ley que Él ha entregado, para realizarla en la vida de cada día.

Jesús no solo aprendió de José el oficio de carpintero. El Hijo de Dios hecho hombre tuvo ante sí el ejemplo de un Padre que quería vivir y vivía en la justicia de Dios. Es el evangelio de Mateo el que recoge de manera especial esta perspectiva, este ángulo desde el cual contemplar a Jesús de Nazaret, lo que aparece reflejado en sus palabras, comenzando por las bienaventuranzas, en las que se proclama

Felices los que tienen hambre y sed de justicia (δικαιοσύνην – dikaiosynēn), porque serán saciados. (Mateo 5,6)

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia (δικαιοσύνης – dikaiosynēs), porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,10)


Todo esto valga como introducción al evangelio de hoy, que nos cuenta el bautismo de Jesús, para que no pasemos por alto lo que dice Jesús al Bautista… pero vayamos al comienzo.

En el capítulo 3 de Mateo se presenta la figura de Juan el Bautista. Esa parte la escuchamos en el segundo domingo de Adviento. A continuación,

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mateo 3,13-14)

Juan decía: “Yo los bautizo con agua para que se conviertan” (Mateo 3,11). En el Evangelio de Marcos se dice que Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. Eso explica la resistencia de Juan. Juan espera un Mesías a través del cual se manifieste un Dios fuerte y justiciero, frente al cual el hombre debe inclinarse y corregir la orientación de su vida. Sin embargo, la primera lectura de hoy, del libro de Isaías, nos presenta otra imagen de ese servidor de Dios:

Él no gritará, no levantará la voz
ni la hará resonar por las calles.
No romperá la caña quebrada
ni apagará la mecha que arde débilmente.
Expondrá el derecho con fidelidad (Isaías 42,2-3)

El servidor actuará con suavidad y compasión, para extender el derecho, la justicia de Dios, en toda la tierra.

La breve respuesta de Jesús va en ese orden y desarma las objeciones de Juan:

«Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos toda justicia». 
Y Juan se lo permitió. (Mateo 3,15)  (δικαιοσύνην – dikaiosynēn) 

“Toda justicia” o “todo lo que es justo” se refiere a la justicia divina, que Jesús viene a llevar a su plenitud. En el “dar a cada uno lo que le corresponde”, es justo que reciba un castigo quien ha actuado mal, cometiendo injusticias y abusos;  que quien ha robado restituya el bien ajeno del que se apropió, que quien ha dañado a otro sea obligado a entregar una indemnización adecuada. Pero hay una justicia más grande que todas esas medidas razonables.

Jesús, enviado del Padre, viene a llevar a cumplimiento una justicia superior, porque es justo que quien ha perdido su vida pueda encontrarla de nuevo, que quien se ha hundido en el pecado pueda pedir y recibir el perdón, que a un culpable no le sea quitada la vida sino que se la devuelva como nueva oportunidad.

En verdad, es más fácil para nosotros quedarnos en la primera justicia: “el que la hace la paga”, sin querer recordar que nadie está libre de pecado y todos estamos necesitados de perdón. Repasemos en el evangelio los numerosos pasajes en los que se presenta a Jesús como aquel que vino a salvar a su pueblo de todos sus pecados. Todos somos pecadores; todos estamos incluidos en esa salvación.

Por eso Jesús se bautiza junto a los pecadores. No porque Él lo sea, sino para mostrar que ha venido a salvarnos, a liberarnos de esa realidad que nos aprisiona. Acompaña a los pecadores que reciben un bautismo de conversión, que desean un cambio en su vida, que quieren encontrar una salida, que están sintiendo hambre y sed de la justicia de Dios.

Por eso Juan acepta lo que le pide Jesús. Dios está poniendo en obra “toda justicia” dentro de la historia humana por medio de su Hijo Jesucristo.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». (Mateo 3,16-17)

El bautismo de Jesús nos hace descubrir la mirada de Dios sobre nosotros. Dios se ha complacido en bajar del Cielo y sumergirse en nuestra humanidad, en nuestra fragilidad, en el abismo donde la tragedia del pecado nos ha hundido. Allí se manifiesta el amor de Dios que golpea la puerta de nuestro corazón endurecido.

En su Hijo Jesús, Dios ha llegado a hacerse solidario con nosotros allí donde no somos capaces de ser solidarios entre nosotros mismos. Reconociendo nuestra propia necesidad de perdón, sintiendo que hemos sido perdonados, podremos crecer en nuestra propia capacidad de perdonar: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.

Dios nos ha hecho un enorme regalo, un inapreciable don en el nacimiento de su Hijo.

El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él. (Hechos 10,38)

Pasó y sigue pasando para curarnos y hacernos el bien. Que a lo largo de este nuevo año podamos reconocer el amor de Dios, dejemos de pretender pasar por justo lo que no lo es, y nos adentremos a vivir en la justicia de Dios.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Solidaridad con Venezuela. Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay.

Nuestra Señora de Coromoto,
patrona de Venezuela

 Los obispos de la Conferencia Episcopal del Uruguay saludamos a nuestros hermanos obispos de Venezuela en esta particular situación que vive ese querido país y les hacemos llegar nuestra solidaridad, junto con nuestra oración por la Iglesia y por todo el pueblo venezolano. 

Reiteramos el mensaje del Santo Padre León XIV invitando a que “el bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración… respetando los derechos humanos y civiles de todos”. (cfr Angelus 4/1/26). 

Oramos para que buscando caminos de solidaridad y reconciliación se pueda superar esta compleja situación. 

Confiamos esta plegaria a la intercesión de San José Gregorio Hernández, de Santa Carmen Rendiles y a la maternal ayuda de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela. 

Consejo Permanente de la CEU:
+ Milton Tróccoli, obispo de Maldonado-Punta del Este-Minas, presidente
+ Cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, vicepresidente
+ Mons. Heriberto Bodeant, obispo de Canelones, secretario general

Palabra de Vida: “El que ama a Dios debe amar también a su Hermano”. (1 Juan 4,19--5,4)


Jueves 8 de enero de 2026, Tiempo de Navidad.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
(Nota: esta lectura, en realidad, corresponde al sábado 10 de enero de acuerdo al calendario litúrgico vigente en Uruguay)

miércoles, 7 de enero de 2026

Palabra de Vida: Y nosotros hemos creído en el amor. 1 Juan 4,11-18

  

Miércoles 7 de enero de 2026, Tiempo de Navidad. 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar. 
(Nota: esta lectura, en realidad, corresponde al viernes 9 de enero de acuerdo al calendario litúrgico vigente en Uruguay)

martes, 6 de enero de 2026

Palabra de Vida: “Vimos su estrella... y hemos venido a adorarlo”. (Mateo 2,1-12)


Martes 6 de enero de 2026, Epifanía del Señor.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
(Papa Francisco, 6 de enero de 2024)

lunes, 5 de enero de 2026

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados" (Efesios 4,4). Palabra del Mes (Movimiento de los Focolares)

En la Semana de oración por la unidad de los cristianos [1] estamos invitados a concentrar nuestra atención en un tema en particular, el que se refiere en la Carta de Pablo a los Efesios. En las llamadas cartas de la prisión, Pablo se dirige a sus destinatarios exhortándolos a dar un testimonio creíble de su fe a través de la unidad, basada en una única fe, un solo espíritu y una sola esperanza, solo a través de la cual se da testimonio de Cristo como cuerpo.

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados"

Pablo nos llama a la esperanza. ¿Qué es la esperanza y por qué se nos invita a vivirla? Es un brote, un regalo y una tarea que tenemos el deber de custodiar, cultivar y hacer fructificar para bien de todos. 

«La esperanza cristiana nos encomienda situarnos en la delgada línea del cordal, esa frontera donde nuestra vocación nos exige elegir cada día y en cada momento ser fieles a la fidelidad de Dios por nosotros» [2].

Para los cristianos, nuestra vocación, nuestra llamada no es un asunto solo entre el individuo y Dios, sino que es «convocación», es decir, somos llamados juntos, es la llamada a la unidad entre quienes se comprometen a vivir el Evangelio. En las intervenciones y escritos de Chiara Lubich encontramos a menudo referencias explícitas a la unidad como aspecto propio de su espiritualidad: esta es fruto de la presencia de Jesús entre nosotros. Y esta presencia es fuente de una profunda felicidad.

«Si la unidad es tan importante para el cristiano, entonces nada se opone tanto a su vocación como el faltar a ella. Y pecamos contra la unidad todas las veces que cedemos a la tentación –que reaparece continuamente– del individualismo, el cual nos impulsa a hacer las cosas por nuestra cuenta, a dejarnos guiar por nuestro juicio, nuestro interés o prestigio personal, ignorando o incluso despreciando a los demás, sus exigencias y sus derechos» [3].

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados"

En Guatemala hay un diálogo muy activo entre los miembros de distintas Iglesias cristianas. Nos escribe Ramiro: «Preparamos la Semana de oración por la unidad de los cristianos junto con un grupo de personas de distintas Iglesias. En el programa se incluyó un festival artístico preparado con los jóvenes y varios actos en las distintas iglesias. La Conferencia Episcopal católica nos pidió que continuásemos con la experiencia preparando también un rato de intercambio con un grupo de obispos católicos y personas de distintas Iglesias que habían confluido desde toda América para un encuentro dedicado al 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Más allá de estas actividades, experimentamos muy fuerte la unidad entre todos nosotros y los frutos que esta lleva consigo: fraternidad, alegría y paz».

Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de Vida

[1] Esta se celebra en el hemisferio norte del 18 al 25 de enero, y en el hemisferio sur, en la semana de Pentecostés. Los textos de la oración de este año han sido preparados por un grupo ecuménico coordinado por la Iglesia Apostólica Armenia.

[2] Madeleine Delbrêl, considerada por muchos una de las personalidades espirituales más significativas del siglo xx: https://www.pasomv.it/files/bocc/madalein_del_brel_noi_spes.pdf.

[3] C. Lubich, Palabra de Vida de julio de 1985: EAD., Palabras de Vida/1 (1943-1990), Madrid 2020, p. 343.