El lunes 17 de marzo, en la Catedral de Montevideo, se celebró una velada de oración organizada por la Confraternidad Judeo-Cristiana, con la presencia del presidente de la república y de otras autoridades, para orar por el nuevo gobierno. Hubo una lectura bíblica, tomada del primer libro de los Reyes, donde se encuentra la oración en la que el joven rey Salomón pide a Dios el don de la sabiduría para poder gobernar a su pueblo (1Re 3,5-15). ¿Gobernar? Escuchemos que es lo que pide Salomón:
Concede a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?». (1 Reyes 3,9)
Es interesante notar que Salomón pide la sabiduría para juzgar. No habla de legislar o de ejecutar trabajos. Es que la Ley ya estaba dada, recibida de Dios por Moisés y cada uno de los miembros del pueblo debía ponerla en práctica. Sin embargo, no siempre era claro cómo correspondía aplicar la ley, tanto cuando era trasgredida como cuando se presentaban conflictos entre los miembros del pueblo de Dios. Allí era necesario juzgar y para eso Salomón no solo pide discernir entre el bien y el mal sino, antes que nada, tener un corazón comprensivo.
El evangelio de hoy nos presenta una situación en la que se quiere colocar a Jesús en la posición de juez, que debe indicar cómo se debe aplicar la ley de Moisés:
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?» (Juan 8,3-5)
¿A qué ley se refieren los escribas y fariseos? Leemos en el libro del Levítico:
Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos serán castigados con la muerte. (Levítico 20,10 cf. Deuteronomio 22,22-24)
No puede dejar de llamarnos la atención el hecho de que el hombre adúltero, mencionado en primer lugar por la ley, no esté aquí. Pero no sabemos la causa. Por otra parte, dicen los estudiosos, que la pena de muerte no solía aplicarse. De todos modos, no faltaba una exposición pública que equivalía a una especie de “muerte civil” de la persona. De hecho, esa exposición es la que se está dando allí, ante Jesús.
Pero aquí no se trata en primer lugar de la mujer. Se trata de Jesús y de su prédica: “Y tú, ¿qué dices?”, le inquieren, “para ponerlo a prueba”.
La respuesta de Jesús es un gesto silencioso:
Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. (Juan 8,6)
El silencio invita a la calma, a la reflexión… pensemos en Salomón pidiendo “un corazón comprensivo para juzgar a tu pueblo”. Pero el gesto no produce ese efecto, de modo que Jesús se pone de pie y rompe el silencio:
Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.» (Juan 8,7)
Esta palabra de Jesús pone a cada uno en confrontación consigo mismo. El corazón se hace comprensivo del pecado del otro cuando se encuentra con sus propias faltas, con su propia fragilidad. Cuando se encuentra con su propia miseria. Los primeros en retirarse fueron los ancianos, dando muestra de reencontrarse con la sabiduría que se espera ver en quienes tienen ya muchos años.
Quedan ahora en la escena solamente Jesús y la mujer. Hay un breve diálogo entre ellos. Jesús pregunta dónde están los acusadores y si alguien la ha condenado. “Nadie, Señor” es la respuesta de ella. A continuación, Jesús le dice:
«Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante» (Juan 8,11)
“Yo tampoco te condeno”. Se ha interpretado esto como un perdón y un perdón sin más, ya que no hay de parte de la mujer ninguna expresión de arrepentimiento, como la que escuchamos el domingo pasado en boca del hijo pródigo: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” Tampoco es esta mujer la pecadora arrepentida que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, los secó con sus cabellos y se los ungió con perfume.
Esta mujer no ha tenido un momento de reflexión. Ha sido sorprendida in fraganti, apresada y llevada hasta Jesús, envuelta en la vergüenza y el miedo. No estaba en las mejores condiciones de hacer un perfecto “acto de contrición” ni otra expresión de arrepentimiento.
“¿Dónde están tus acusadores?” pregunta Jesús. “Yo tampoco te condeno”. ¿Con eso está diciendo Jesús que todo está bien, que “no pasa nada”, que da lo mismo actuar de una manera o de otra? No. El pecado, en cualquiera de sus formas es un mal porque destruye la vida de la persona que lo comete. Destruye sus relaciones con Dios, con los demás y consigo misma. El mal que hago a los otros me afecta también a mí. Destruye mi vida. Por eso importa mucho la palabra final de Jesús: “no peques más”. No vuelvas a caer. No repitas el error de arruinarte la vida.
Recordemos estas palabras del profeta Ezequiel, que Jesús está poniendo en práctica y que tanto bien nos hace recordar en cada Cuaresma:
«Juro por mi vida –oráculo del Señor– que yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértanse, conviértanse de su conducta perversa! (Ezequiel 33,11)
Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Jesús no acepta ser puesto como juez de una justicia humana vindicativa, es decir, una justicia que establece una forma de venganza de la sociedad sobre el miembro que ha hecho daño.
Podríamos decir, en cambio, que Jesús se hace juez de una justicia divina restaurativa, que busca llevar a cada persona humana a la plenitud de la vida, restaurando su relación en armonía con Dios, con los demás, con la Casa Común y consigo misma.
Esta página del evangelio, una vez más, nos invita a encontrarnos en los personajes que se nos presentan: en la mujer pecadora, en sus acusadores, en los ancianos que fueron los primeros en retirarse… o en el corazón de Jesús, para ser testigos de su misericordia.
Semana Santa. Misa Crismal.
El 13 de abril es Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa, en la que celebramos aquello que está en el centro de nuestra fe: la muerte y resurrección de Cristo.
Cada parroquia ha preparado ya su programa de celebraciones; pero quiero destacar la Misa Crismal que, en nuestra diócesis, se celebrará el miércoles santo, a las 9:30 de la mañana, en la Catedral de Canelones. Esa Misa será uno de los momentos de encuentro diocesano en el Año Jubilar. Participar en ella, habiéndose confesado o haciéndolo poco después, comulgando y rezando por las intenciones del Santo Padre, permite recibir la indulgencia plenaria para sí mismo o para una persona fallecida.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.