martes, 23 de mayo de 2017

Enfoques Dominicales. VII Domingo de Pascua. Ascensión de Cristo y ascensión humana.





El punto más alto de la tierra sobre el cual puede poner sus pies el hombre es la cumbre del monte Everest, a 8.848 m sobre el nivel del mar. Llegar hasta allí es un esfuerzo muy grande. Se corren serios peligros… y se necesita también pagar una considerable suma para contar con todo lo necesario: guías y provisiones, entre ellos, muy importante, el oxígeno suficiente para subir y poder bajar.
La ascensión de Jesús, que celebramos en este domingo, no tuvo lugar en un punto tan alto, pero eso no importa. Se trata de algo diferente. Ya no es poner los pies sobre el lugar más alto de la Tierra, del que en definitiva habrá que bajar; tampoco es elevarse en un avión o, más aún, en una nave espacial.
Jesús resucitado asciende “a lo más alto” no en términos físicos, medibles, sino al corazón de la Santísima Trinidad. Él, el Hijo eterno del Padre descendió a este mundo por su encarnación. Ahora sube hacia la Casa del Padre, llevando su humanidad, nuestra humanidad. Mons. Parteli, arzobispo de Montevideo en los años 70, tituló una de sus homilías “hay un hombre en el seno de Dios”. La ascensión es, en ese sentido, la culminación de la encarnación del Hijo de Dios. Se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, y resucitado, junto al Padre, sigue siendo verdaderamente hombre.

La liturgia nos da el sentido de esta ascensión de Jesús:

“No lo hizo para apartarse
de la pequeñez de nuestra condición humana
sino para que lo sigamos confiadamente como miembros suyos,
al lugar donde nos precedió Él,
cabeza y principio de todos nosotros.”

La ascensión de Jesús es el inicio de la ascensión humana.
¿Desde dónde asciende Jesús?
No es lo mismo ascender a la cumbre del Everest desde el nivel del mar, que ir en helicóptero hasta uno de los campamentos intermedios y, desde allí, sí, emprender la subida a la cumbre, ahorrando mucho tiempo y esfuerzo.

La carta a los Filipenses nos dice que Jesús “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor” y “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. Es desde allí, desde esa condición de haberse hecho nada, de convertirse en nadie, que Jesús inicia su ascensión.

Entonces, ¿Cuán abajo puede estar una persona en este mundo, para iniciar desde allí su ascensión?

  • son todavía millones de personas en el mundo que sobreviven con menos de un dólar por día y esto da una pálida idea de todos los aspectos que hacen a su situación de pobreza extrema.
  • ¿Cuántos jóvenes y adultos son prisioneros de diversas adicciones, que quiebran sus vínculos y sus vidas mismas?
  • pensemos en las situaciones que nos presenta el evangelio: personas hambrientas, sedientas, sin vestido ni abrigo; enfermos, presos, refugiados, exiliados. Con todos ellos se identifica Jesús, el que “se anonadó a sí mismo”.

A todos ellos y a toda la humanidad Jesús quiere llevar hacia el Padre, en su ascensión.
Quiere llevarnos “a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres”.

Esa es la cumbre de la ascensión humana: participar en la vida misma de Dios, llegar por Jesucristo, con Él y en Él, a entrar al seno de la Santísima Trinidad.

Hace 50 años, el beato Papa Pablo VI, recogiendo las reflexiones del P. Luis José Lebret y de otros pensadores cristianos, escribió una carta titulada “Populorum Progressio”, el progreso de los pueblos.
Allí, el Papa describe el desarrollo como el pasaje “de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. De esta forma describe Pablo VI este desarrollo, como ascensión o crecimiento en humanidad, desde una visión integral y no solo economicista del hombre:

  • “[Condiciones] menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo.
  •  Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones.
  • Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura.
  • Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz.
  • Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin.
  • Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.

Esta visión de desarrollo nos dice dos cosas: el valor del esfuerzo humano por superarse, por progresar; pero también nos recuerda que el progreso económico o técnico no es garantía de que nos hagamos verdaderamente más humanos. Como señalaba el P. Lebret en su libro titulado “La ascensión humana”: 

“el progreso técnico por muy valioso que sea corre el peligro de provocar retrocesos humanos si no se toman muchas precauciones para no comprometer la avanzada humana en todos los planos […] El progreso mecánico tiene sus peligros si no va acompañado del progreso espiritual”.

Después de la Ascensión celebraremos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Que el Espíritu de Amor sople en nuestros corazones y los encuentre abiertos para que Él nos ayude a crecer en humanidad, de modo que podamos empezar a participar desde aquí, en el Espíritu, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.

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