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jueves, 6 de abril de 2023

“… si hemos muerto con Cristo (…) viviremos con Él” (Romanos 6,3-11). Vigilia Pascual.

Como todos sabemos, la Semana Santa no tiene una fecha fija, porque se marca de acuerdo al calendario lunar. Por eso a veces ocurre a fines de marzo o, como este año, en el mes de abril.

Por otra parte, el calendario por el que hoy medimos el tiempo, el que cada día nos señala la fecha, ha ido sufriendo varias reformas y ajustes a lo largo del tiempo, inclusive suprimiendo algunos días.

¿En qué fecha resucitó Jesús? Curiosamente, esta Pascua de 2023 coincide con uno de los cálculos que se hace de la fecha de la Pascua de Cristo. La resurrección habría ocurrido el domingo 9 de abril del año 30.

Los evangelios nos dicen que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos “el primer día de la semana”. A pesar de lo que alguno pensaría hoy, ese día no es el lunes, sino el día siguiente al sábado, séptimo día de la semana. En memoria de la resurrección de Cristo, el primer día de la semana comenzó a ser llamado por los cristianos “el día del Señor”: en griego Kyriaké heméra; en latín Dies Domini. Así lo menciona el libro del Apocalipsis:

El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu… (Apocalipsis 1,10)

Dentro de todos los domingos del año, el Domingo de Pascua es el principal; es “el Domingo de los Domingos”, la celebración del acontecimiento que está en el centro de la fe cristiana: la resurrección de Cristo.

Otro detalle, que tiene su importancia: ¿cuándo comienza el día? Para el calendario civil, a las cero horas, cero minutos: es decir, cuando se completan las 24 horas del día anterior, comienza el día siguiente.

Otra referencia importante es la salida y la puesta del sol. Para los israelitas, el día comenzaba a la caída del sol. La noche, entonces, ya era parte del nuevo día.

Los cristianos continuaron esa manera de interpretar el tiempo y así se fueron ubicando las vigilias para algunas celebraciones muy especiales.

Vigilia, dice el diccionario, es el estado de quien se halla despierto o en vela. Estar despierto es lo normal durante el día; por eso se habla de vigilia más bien en relación con la noche: permanecer despierto, velando, mientras los demás descansan. De vigilia tenemos la palabra vigilante, que no solo está despierto, sino que está atento a lo que sucede. También hablamos de velar o estar en vela para expresar la preocupación y el cuidado por alguien que, por ejemplo, está enfermo y necesita de otro que esté despierto y cuide que todo marche bien. Velar a los difuntos es mantenernos despiertos dándonos un tiempo para el duelo, los recuerdos y la oración por quien ha partido.

Son muchas las palabras de Cristo que nos hablan de velar, de estar en vigilia… tantas, que el poeta Antonio Machado le decía a Jesús: “todas tus palabras fueron una palabra: ¡velad!”, o como diríamos nosotros “velen”, estén despiertos, manténgase en vela. Para el poeta, ese mandato de Jesús resume todo el Evangelio.

Pues bien, la noche del sábado al domingo es la noche de la vigilia Pascual. Una extensa celebración en la que se bendice el fuego y el agua, se escuchan lecturas que resumen la obra salvadora de Dios, se cantan salmos y cantos propios de esta fiesta, los catecúmenos reciben los sacramentos de la iniciación cristiana y la comunidad renueva sus promesas bautismales. Todo apunta al bautismo como participación de la muerte y resurrección de Cristo.

En la vigilia pascual, después de las lecturas del Antiguo Testamento y antes del Evangelio, se lee un pasaje de la carta de san Pablo a los Romanos, que explica el sentido del bautismo:

¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. (Romanos 6,3-11)

San Pablo está recordando a los cristianos de Roma la celebración del Bautismo por la que pasaron todos ellos. Habla de haber sido “sumergidos” en la muerte de Cristo, porque el bautismo se hacía, precisamente, sumergiéndose totalmente, hasta que el cuerpo quedaba, por un instante, como sepultado bajo el agua. Eso de ser sumergidos en la muerte de Cristo, significaba morir a la vida anterior, morir al “hombre viejo”. El ”hombre viejo” significa para Pablo la persona dominada por el pecado. En la carta a los Gálatas, Pablo describe esa situación, que él llama “las obras de la carne”:

“… fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza.” (Gálatas 5,19-21)

La Vigilia Pascual es, para todo cristiano, el momento de recordar y reasumir las promesas bautismales, que comienzan con la renuncia al pecado, a Satanás y a todas sus obras y seducciones.

Pero no se trata solo de morir al hombre viejo: la salida del agua es un nuevo nacimiento, el inicio de una vida nueva en Cristo. Sigue diciendo Pablo a los Romanos:

Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección. Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado (…) si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. (Romanos 6,3-11)

La vida nueva en Cristo no es solamente dejar el pecado, “las obras de la carne”, que ya es algo bueno; la vida nueva en Cristo hace posible lo que Pablo llama “los frutos del espíritu”, que son:

amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. (Gálatas 5,22-23)

Ahora bien, no dejamos de darnos cuenta de que, en nuestra vida, la realidad del pecado sigue presente. Muchas veces nos encontramos actuando en forma egoísta y mezquina, nos encerramos en rencores, sentimos deseos de venganza, lastimamos a los demás con palabras hirientes, los dañamos con nuestras mentiras… en fin, nos vemos ante nuestra fragilidad humana. Por eso es necesario velar, vigilar, estar atentos a la voz de Jesús en nuestro corazón.

La Pascua nos introduce en una dinámica de conversión, de conversión permanente, que nos da la fuerza para levantarnos después de cada caída y recomenzar. No se trata solamente de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo: se trata, ante todo, de dejar que la Gracia, el amor de Dios que recibimos en los sacramentos, actúe en nosotros, renovándonos por dentro. La Semana Santa es un tiempo especial de Gracia para que, inmersos en el misterio del amor de Jesús y de su entrega en la cruz, pongamos nuestra alma en sus manos.

Pbro. Luis Díaz Castang (Q. E. P. D.)

El jueves anterior a Semana Santa, a los 73 años de edad, nos dejó el P. Luis Díaz Castang, párroco de Atlántida. Había sido ordenado sacerdote por Mons. Nuti, el 14 de agosto de 1977, en la Iglesia Cristo Obrero y Nuestra Señora de Lourdes, de Estación Atlántida. Que pueda gozar de la presencia del Señor quien lo sirvió fielmente en la tierra.

Consagración en el Orden de las Vírgenes

El próximo domingo, 16 de abril, segundo de pascua o de la misericordia divina, Sandra De Filippis y Silvia Lago serán consagradas en el Orden de las Vírgenes. El Orden es una de las primeras formas de vida consagrada femenina en la Iglesia, por medio de la cual las mujeres, sin abandonar sus hogares, se entregaban totalmente a Jesucristo y a la misión evangelizadora. Fue restablecido a partir de una disposición del Concilio Vaticano II. Invitamos a participar de esta celebración el domingo 16, a las 17 horas, en la Catedral de Canelones.

Amigas y amigos, ¡muy feliz Pascua de Resurrección! Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 

jueves, 6 de mayo de 2021

VI Domingo de Pascua. “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Juan 15,9-17)

Domingo 9 de mayo, VI Domingo de Pascua, Jesús nos entrega su mandamiento: 

“Ámense unos a otros, como yo los he amado” (Juan 15,9-17).

Lindo evangelio para el día de la Madre.
En esta semana, recordamos a Mons. Raúl Scarrone, fallecido el martes pasado y al P. Borrazás, en el aniversario de su nacimiento. Celebramos a Nuestra Señora de Fátima, Santa María Mazzarello y San Isidro Labrador.

“No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes”, 

dice Jesús a sus discípulos y, a través de ellos, nos lo dice hoy a nosotros. La Iglesia, comunidad de discípulos y discípulas de Jesús, no nace de la decisión de los primeros que la integraron, sino de una iniciativa del Padre Dios. Dios, que 

“quiere que todos los hombres se salven” (1 Timoteo 2,4) 

no ha querido (ni quiere) salvarnos en forma aislada, sin relación de unos con otros, sino constituyendo un pueblo. En la antigüedad Dios eligió al Pueblo de Israel e hizo con él una alianza. Esto, como preparación de la alianza en Cristo, que convoca y congrega la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, formado por hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación.
La idea de que Jesús nos eligió y, todavía más, de que elige a algunos de manera especial puede hacernos pensar en una situación de privilegio delante de Dios… Ciertamente, Dios elige con amor a quienes quiere; pero eso no exonera a los elegidos de tener que pasar por muchas pruebas para cumplir su misión. Jesús es muy claro: 

“el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16,24).

Se dice que Santa Teresa de Jesús exclamó una vez “si así tratas a tus amigos, Señor, no es de extrañar que sean tan pocos”. También con humor discute con Dios Tevye, el protagonista de la comedia musical “El violinista en el tejado”. Tevye, judío creyente que ve crecer las tribulaciones de su pueblo en la Rusia de comienzos del siglo XX, le dice a Dios: “Ya sé que somos el pueblo elegido, pero, por un momento ¿no podrías elegir a otro?”
Las pruebas por las que puedan pasar los elegidos, los amigos de Jesús, tienen que ver con el resto de la frase que estamos meditando: “los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero”. La elección está en relación con una misión: “vayan y den fruto”. Ponemos nuestro esfuerzo, nuestra paciencia, nuestra conciencia… pero es Jesús quien hace que demos fruto y, más aún, quien hace que ese fruto permanezca.
Otro punto de reflexión: si es Jesús quien nos ha elegido, eso significa que tampoco somos nosotros quienes elegimos a nuestros hermanos y hermanas de comunidad. Es Jesús quien elige. Eso cambia mi mirada sobre los demás miembros, sobre todo al escuchar de nuevo las palabras de Jesús: 

“ámense unos a otros, como yo los he amado”. 

Y si nos queda duda sobre lo que significa para Jesús ese “como yo los he amado”, agrega: 

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. 

Esa es la medida del amor de Jesús. Una medida muy grande, muy alta… pero que Él hace posible vivir con la ayuda de su Gracia.

El jueves 13 recordamos a nuestra Señora de Fátima. El santuario de Fátima se encuentra en Portugal y fue allí donde hace ya más de cien años, en 1917, la santísima Virgen se dejó ver por tres pastorcitos, hoy reconocidos por la Iglesia como santos: Lucía, Francisco y Jacinta. En sucesivas apariciones, la Madre de Jesús les entregó un mensaje. Un mensaje inquietante, con algunos aspectos que permanecieron en secreto durante mucho tiempo. En el jubileo del año 2000 san Juan Pablo II ordenó su publicación y el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, presentó una interpretación del mensaje que puede leerse en el sitio web de la Santa Sede. Comparto con ustedes el párrafo final:

Quisiera volver sobre otra palabra clave del «secreto», que con razón se ha hecho famosa:
«mi Corazón Inmaculado triunfará». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este «sí» Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: «en el mundo ustedes tendrán aflicciones, pero tengan confianza; yo he vencido al mundo» (Juan 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.
Es bueno recordar esa invitación a la confianza en Dios en estos tiempos. En mayo se celebra en muchos países el Mes de María. Nosotros lo celebramos en noviembre. Por una iniciativa del papa Francisco se está rezando el rosario todos los días de este mes desde distintos santuarios marianos, a las 13 horas de Uruguay.
Recemos, junto con el Santo Padre:
“Oh María, Consuelo de los afligidos,
abraza a todos tus hijos atribulados,
haz que Dios nos libere con su mano poderosa
de esta terrible epidemia
y que la vida pueda reanudar
su curso normal con serenidad.
Nos encomendamos a Ti,
que brillas en nuestro camino
como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.”
El martes 4 nos sorprendió la noticia del fallecimiento de Mons. Raúl Scarrone, obispo emérito de Florida, por tantos años pastor de la diócesis vecina. Damos gracias por su vida y su testimonio de fe y pedimos al Señor que lo reciba como servidor bueno y fiel.

Hace 116 años, el 12 de mayo de 1905, nació el Padre Santiago Borrazás, por décadas párroco de Tala. “Ofrendó su vida por los niños y por las verdades eternas del evangelio” dice una gran placa de mármol junto a su tumba, en la Iglesia parroquial talense.

Nuestra diócesis cuenta con varias capillas dedicadas a Nuestra Señora de Fátima. El jueves 13 estaré celebrando en la que se encuentra en la ciudad de Canelones.

El mismo día 13 la familia salesiana recuerda a Santa María Mazzarello, cofundadora, junto con san Juan Bosco, de las Hijas de María Auxiliadora en el año 1872. Saludamos a las hermanas de esta congregación presente en nuestra diócesis.

Finalmente, el sábado 15 celebramos la memoria de san Isidro Labrador, patrono de Las Piedras y santo muy querido en Canelones, especialmente en los pueblos del santoral. Junto con su esposa, María de la Cabeza, Isidro llevó una dura vida de trabajo, en la que recogió con más abundancia los frutos del cielo que los de la tierra. Es modelo y patrono de los labradores o agricultores.

Amigas y amigos, gracias por su atención. Muy feliz día a todas las mamás. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.



jueves, 21 de mayo de 2020

“Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mateo 28,16-20). Ascensión de Jesús.





Cuando una persona joven sale por primera de su casa y del pueblo o del barrio donde ha vivido hasta ese momento y se ausenta por un cierto tiempo, no es raro que vuelva cambiada. Ha conocido otra gente, otras costumbres, otra manera de hablar, otros puntos de vista… se ha situado en otro paisaje, en otro mundo… y, también, ha podido observar desde la distancia lo que hasta ahora era el mundo que conocía. Si la experiencia ha sido positiva -no siempre lo es, pero suele serlo- significa para el joven o la joven un crecimiento como persona, una transformación pequeña o grande que lo prepara para otros descubrimientos que la vida le traerá.

Este domingo es 24 de mayo y, aunque esta es la fecha en que se celebra María Auxiliadora, en esta ocasión, por ser el séptimo domingo de Pascua, corresponde celebrar la Ascensión de Jesús, a la que seguirá el acontecimiento de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, que recordaremos el próximo domingo 31.

¿Qué significa la Ascensión de Jesús? Para entender, no solo este, sino cualquier acontecimiento de la vida de Jesús la clave nos la da el credo Niceno-Constantinopolitano, el “credo largo”, que dice así: “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación”.

Si “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo” como dice el credo, por la misma causa, Cristo subió al cielo, volvió a la Casa del Padre: por nosotros y por nuestra salvación.

Vamos a reflexionar sobre dos grandes significados de la ascensión: una nueva forma de presencia de Dios entre nosotros y el fortalecimiento de nuestra esperanza de una vida futura en Dios.

Una nueva presencia.
En el evangelio de Juan, capítulo 16, Jesús habla muchas veces de su partida, más aún, de la necesidad de su partida, de su regreso a la Casa del Padre. Ese regreso es necesario, dice Jesús,
“porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré”.
Varias veces Jesús anuncia esa venida del Espíritu Santo y todo lo que el espíritu obrará en sus discípulos.

Jesús nota que los discípulos se entristecen cuando él habla de partir. Siempre nos apena separarnos de alguien con quien hemos compartido momentos importantes, tal vez los más importantes de nuestra vida, porque son como el cimiento de lo que somos y de lo que vamos a ser. Pero Jesús es el Hijo de Dios que ha asumido nuestra condición humana, menos en el pecado. Dejando ésa, tiene todas nuestras otras limitaciones humanas, empezando por la realidad corporal que hace que no podamos estar más que en un único lugar al mismo tiempo. Jesús ha preparado a sus discípulos para enviarlos por todo el mundo, pero él no irá con ellos; al menos, no irá en la misma forma en que los ha acompañado hasta ahora. El evangelio de Mateo que leemos este domingo, aunque no nos relata la ascensión, como hace Lucas, nos trae estas palabras de despedida de Jesús en su último encuentro con los discípulos:
«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Al principio del evangelio de Mateo, como lo recordamos en el primer domingo de esta cuaresma, el tentador llevó a Jesús a lo alto de un monte y le ofreció el poder sobre todos los reinos de la tierra. Ahora Jesús está en lo alto de otro monte y anuncia a sus discípulos que ha recibido todo poder “en el cielo y en la tierra”, y lo ha recibido del Padre Dios. Con ese poder, Jesús los envía a “todos los pueblos”. Necesariamente, los discípulos deben dispersarse para realizar esa gran misión. Sin embargo, Jesús concluye anunciando: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Ésa será la nueva presencia de Jesús: la presencia que hace posible el Espíritu Santo. Ya no hay límites de lugar ni de tiempo. El Espíritu llevará a los discípulos la presencia de Jesús dondequiera que vayan, acompañándolos y animándolos en la misión.

Así, la ascensión abrirá el camino a una nueva presencia de Jesús mientras peregrinamos en este mundo.
Ahora veamos lo que se refiere a la esperanza de una vida futura en Dios.
Igual que el joven del que hablábamos al principio, que regresa cambiado a la casa de sus padres, el Hijo de Dios que bajó del cielo, no vuelve al cielo tal como se fue. El Hijo se encarnó, se hizo hombre. Sin dejar de ser verdadero Dios, se hizo hombre verdadero. El hombre Jesús resucita. Vuelve a la Casa del Padre transformado, llevando algo nuevo: su humanidad, su cuerpo transformado, glorioso, en el que resplandecen sus cinco llagas, como signo de su victoria sobre el dolor y la muerte. Con su ascensión, decía el Papa Benedicto XVI, el Hijo de Dios “que se ha hecho carne y permanece Hombre sin cesar” “ha inaugurado para siempre en Dios el puesto del ser humano”.
Así Jesús cumple su promesa: “Voy a prepararles un lugar”.

Pero esta esperanza de nuestra vida futura en Dios está relacionada también con nuestra fe en el retorno de Cristo: “de nuevo vendrá con Gloria” decimos en el credo.

La primera lectura de este domingo, de los Hechos de los Apóstoles, que nos trae el relato de la ascensión, termina con los discípulos mirando hacia el cielo, y las palabras de “dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»”

“Vendrá”. Volvamos al comentario del Papa Benedicto, y concluyo: Cristo “llama a todo el mundo a entrar en los brazos abiertos de Dios, para que al final Dios se haga todo en todos, y el Hijo pueda entregar al Padre el mundo entero asumido en Él. Esto implica la certeza en la esperanza de que Dios enjugará toda lágrima, que nada quedará sin sentido, que toda injusticia quedará superada y establecida la justicia. La victoria del amor será la última palabra de la historia del mundo”.

Jesús cumple su promesa. Sigue haciéndose presente entre nosotros y sigue animando nuestra esperanza de una vida plena en Dios. Así, en un mundo a menudo acosado por las fuerzas del mal y en un camino lleno de vicisitudes y dificultades, podemos seguir con confianza nuestro peregrinar de cada día, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios para actuar en la bondad y en la justicia.

Amigas, amigos: más que nunca, en este tiempo de pandemia, nos confiamos hoy a María, a quien invocamos como auxilio de los cristianos, María auxiliadora. Ella, que concibió al hijo de Dios “por obra y gracia del Espíritu Santo” nos ayude a escuchar la voz del Espíritu que nos guía en el seguimiento de su Hijo Jesús.

Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 15 de mayo de 2020

"No los dejaré huérfanos" (Juan 14, 15-21). VI Domingo de Pascua.




El hombre sabe que le queda poco tiempo. Lo viene presintiendo. La enfermedad ha avanzado y el pronóstico no es difícil. Se irá de un momento a otro. Muchas cosas pasan por su mente. Algunas, que parecían tan importantes, ya no cuentan para nada. Otras se asoman desde algún lugar del olvido, reclamando explicación, sanación, perdón, reconciliación…
Se sienta ante el papel en blanco y toma la lapicera. Piensa. Reflexiona. No se trata de decir para quién es esto ni para quién lo otro. Eso ya fue hecho hace tiempo. Se trata de dejar otra cosa a los suyos, a las personas queridas… un pensamiento, una palabra que inspire, una frase que anime… La respiración le cuesta. El esfuerzo de la mente tensa el cuerpo. Por fin, las palabras asoman… y escribe.

Las palabras de Jesús que nos presenta el evangelio de este domingo son palabras de alguien que sabe que va a morir. Son parte del mensaje que deja a quienes van a quedar sin su guía. Así tenemos que escucharlas. Puede parecer chocante que, en estos días de celebración de la resurrección de Jesús, después de haber leído relatos de sus apariciones, volvamos atrás, a la última cena, a la víspera de su muerte. Sin embargo, no es extraño, porque las palabras que Jesús dijo en aquel momento tomaron su sentido pleno a partir de la resurrección. Jesús sabía que sería así. Sus discípulos no podían comprender lo que Él decía, pero recordarían sus palabras y las entenderían más adelante. Y no faltó Alguien que se las recordaría y los ayudaría a entenderlas: el mismo que sigue hoy ayudándonos a nosotros a recordar, comprender y poner en práctica las palabras de Jesús.

Volvamos al momento de la cena. Jesús ha pasado tres años junto a estos hombres, sus discípulos, a los que ahora llama amigos. Al despedirse, Jesús les anuncia que no los dejará huérfanos, no los dejará solos:
yo rogaré al Padre,
y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la Verdad.
Jesús anuncia al que vendrá para estar siempre con sus discípulos: es el Espíritu Santo y Jesús dice que será “otro Paráclito”.
«Paráclito» es una palabra griega, que no se traduce, porque es difícil expresar con una sola palabra de nuestra lengua toda la riqueza de su significado. Por eso hay que explicarla.
Paráclito es una persona que es llamada para estar junto a mí, cuando me encuentro en una situación de extrema dificultad, para que me sostenga, me defienda, me proteja, me consuele. Por eso, la palabra es traducida, a veces, como abogado, defensor, consolador.

Aunque Jesús la aplica al Espíritu Santo, al decir “otro paráclito”, está diciendo que ese nombre, o ese título se le aplica también a Él. De hecho, también así lo llama san Juan en una de sus cartas:
…si alguno hubiere pecado, tenemos un paráclito ante el Padre: Jesucristo, el justo (1 Juan 2,1)
De esa manera, Jesús hace ver que el Espíritu viene a continuar, a prolongar la tarea que Él ha llevado adelante. Viene para estar con los discípulos siempre. Y ese siempre incluye los momentos en que los discípulos ya no estarán todos presentes en el mismo lugar. Para estar con Jesús, tal como ellos lo conocieron, en su humanidad, los discípulos tenían que estar juntos, reunidos en torno a Él. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, al asumir nuestra humanidad, tomó nuestras mismas limitaciones humanas: estar físicamente presente en un único lugar en un momento dado. En cambio, el Espíritu no tiene esos límites. Los discípulos, ya convertidos en apóstoles, es decir, en enviados, de acuerdo con el mandato de Jesús se dispersarán por el mundo para anunciar el evangelio a todos los pueblos; pero el Espíritu estará con ellos, allí donde estén. Los apóstoles experimentarán muchas veces esa presencia del Espíritu como Paráclito, sosteniéndolos, apoyándolos, defendiéndolos y poniendo en su boca las palabras que ellos debían decir.
Pero Jesús le da otro nombre más al Espíritu. Lo llama “el Espíritu de la Verdad”. El Espíritu nos hace posible reconocer la verdad de Dios como Padre y Vida. Es precisamente lo opuesto al que Jesús llamó “el padre de la mentira” (Juan 8,44), el espíritu del mal, aquel que impide que nos comportemos con la libertad de hijos de Dios y que es, lo dice Jesús: “homicida desde el principio” (ídem). En cambio, como anuncia Jesús más adelante:
El Espíritu de la verdad los guiará hasta la verdad completa (Juan 16,13)
Y no olvidemos que la verdad no es solo algo que se conoce, que se sabe, sino, sobre todo, algo que se practica, que se pone en obra:
El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios (Juan 3,21)
La carta de Pedro, segunda lectura, nos da algunas pistas para obrar la verdad, para que nuestras obras estén hechas según Dios. No recibimos el Espíritu Paráclito para atrincherarnos y defendernos como únicos poseedores de la verdad frente a todas las amenazas del mundo.
Pedro nos pide estar “siempre dispuestos a dar razón de la esperanza” que tenemos.
Nuestra esperanza está en Jesucristo. El Espíritu Paráclito nos anima para hacernos nosotros mismos “paráclitos” de los demás, hacernos acompañantes y abogados, ser personas que estamos junto a quienes nos necesitan.
No estamos para imponer nuestras ideas:
Al defenderse “háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia”, dice Pedro.
Actuando así, “ustedes se comportan como servidores de Cristo” agrega. Y concluye:
Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal.
Si Jesús “no nos deja huérfanos”, tampoco podemos nosotros abandonar a los que nos necesitan.

La “razón de nuestra esperanza” está en Jesucristo. Así dice Pedro:
“Cristo murió una vez por nuestros pecados
-siendo justo, padeció por los injustos-
para llevarnos a Dios.
Entregado a la muerte en su carne, fue vivificado en el Espíritu.”
Jesús murió para abrirnos el camino hacia su Padre. Fue a la muerte para que tuviéramos vida en Dios. Si el estar vivos es para nosotros un motivo de acción de gracias, cuanto más lo es el don de la Vida eterna, de la vida en Dios, que recibimos por medio de la entrega de Jesucristo. Desde esa gratitud valoramos la vida de los demás, respetamos y recibimos a nuestro prójimo, con sus necesidades, sus sufrimientos, sus proyectos, su vida. “Si Dios visitó la tierra, si por nosotros murió, la vida de cada hombre tiene infinito valor”, dice una vieja canción. Cuando descubrimos el valor infinito de cada vida humana, por la que Cristo se encarnó y por la que fue a la cruz y a la muerte, no podemos aceptar que nadie pretenda ser dueño de las vidas de otros. El derecho a la vida es el primero de los derechos de la persona humana.

Porque queremos seguir con vida, cuidamos también de la vida de los demás; no para cumplir una disposición legal o una norma de higiene, sino, ante todo, por puro y simple amor al prójimo.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga, sigamos cuidándonos y hasta la próxima semana si Dios quiere.

lunes, 11 de mayo de 2020

¿Qué cantar en la Ascensión? "Abranse puertas eternas" (Jerusalén está en fiesta)


Al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas cuenta que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos "durante cuarenta días" (Hechos 1,3). Cumplido ese tiempo "fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos" (Hechos 1,9).

La Ascensión, de acuerdo al relato de Lucas, tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. El calendario litúrgico ubica su celebración a partir del Domingo de Pascua. En este año 2020, dado que el Domingo de Pascua fue el 12 de abril, los cuarenta días se cumplen el jueves 21 de mayo y esa es la fecha en que se celebra la Ascensión en varios países.

Sin embargo, en otros, como Uruguay, la fiesta se traslada al domingo siguiente, VII domingo del tiempo pascual, de modo que queda ubicada en el domingo anterior a Pentecostés, solemnidad con la que concluye el tiempo pascual. Este año, entonces, la Ascensión es el domingo 24 de mayo (es también el día de la fiesta de María Auxiliadora, pero ese es otro tema).

¿Qué se puede cantar ese día? ¿Hay algún canto que hable específicamente de la Ascensión de Jesús? En los años 70 se comenzó a publicar en la diócesis de Salto (mi diócesis de origen) un cancionero titulado "Una comunidad que canta". Entre los primeros cantos que aparecían en ese libro, había uno que comenzaba diciendo "Ábranse puertas eternas, ábranse de par en par...". La letra se refería claramente a la Ascensión. Sin embargo, entre los músicos que animaban el canto en distintas comunidades parroquiales, nadie conocía la música. En algún momento, yo mismo llegué a ponerle música, porque me daba pena que ese canto quedara allí, sin sacarle provecho.

El año pasado me acordé de este canto y me puse a buscarlo en internet. Encontré algunas grabadas un poco pobremente para lo que hoy se puede hacer en casa y la música no me impresionó mucho.

Este año volví a buscar y encontré la versión original, que es la que comparto. Esta canción la grabó un grupo chileno formado en 1960 por cuatro formandos de la congregación de los Sagrados Corazones. El grupo se llamaba Los Perales y llegó a grabar discos para el sello Phillips en Chile. Su canción más difundida se canta todavía en nuestras comunidades y es "El peregrino de Emaús": "¿Qué llevabas conversando? / me dijiste buen amigo / y me detuve asombrado / a la vera del camino..."

Realmente me gustó mucho escuchar la versión original, que es la que comparto, pero también descubrí que la canción tiene más texto. También descubrí que el grupo Los Perales volvió a formarse, con viejos y nuevos integrantes.

En cuanto a los autores de "Jerusalén está en fiesta" / "Ábranse, puertas eternas", no encontré los datos precisos; pero podría dar por seguro que el texto pertenece al P. Esteban Gumucio SS CC, sacerdote y poeta chileno, autor de la mayoría de las letras que cantó el grupo original. La música, muy posiblemente es de Andrés Opazo, que musicalizó muchos de los poemas del sacerdote.

JERUSALÉN ESTÁ EN FIESTA


Aleluya, aleluya,
Cristo sube a las alturas.
Aleluya, aleluya,
el Señor entra en su mansión.

Jerusalén está en fiesta,
canta la esposa del Rey;
alzan todos sus coronas,
felices cantando "amén".
Hoy brillan sus cinco llagas,
más puras que el mismo Sol.
Cantan de gozo los mártires,
por el triunfo del Señor.

Ábranse puertas eternas,
ábranse de par en par,
canta el coro de los santos
batiendo palmas de paz.
Hoy entra Rey a los cielos
el siervo que aquí sufrió.
Los ángeles lo reciben,
llévanlo al trono de Dios.

Pasan las penas del mundo,
llega la hora de Dios,
los que fueron despreciados
reciben su galardón.
Felices son los humildes
y los que buscan la paz,
felices los perseguidos
porque con Él reinarán.


jueves, 7 de mayo de 2020

Llegar a casa (Juan 14,1-12). V Domingo de Pascua.






“No sé si habrá una casa”.
Así comienza un poema que leí hace muchos años. (Al pie de esta página aparece completo). Y sigue así:
“no creo que llegue a tener casa”.
En este tiempo en que hemos oído y leído permanentemente el mensaje “Quedate en casa”, me he acordado de estos versos de Carlos Liscano, que se hizo escritor en el penal de Libertad y escribió esto en 1984, pensando en el día, entonces ya cercano, en que estaría fuera… “no sé si habrá una casa”.
¿Cómo le sonarán estas palabras a quien no tiene casa, o habita en un espacio que hace pensar que se estaría mejor afuera y le decimos “quédate en casa”?
El poema sigue, y es como el proceso de quien se va convenciendo de una realidad:
“tal vez ni siquiera sea necesario tener casa”
pero también se va abriendo a una visión diferente:
“Quizá yo mismo llegue a ser mi casa”
 y sigue en esa búsqueda, hasta que imagina cómo será posible un día exclamar:
“He llegado, por fin he llegado a casa.”
“He llegado a casa”. Qué lindo poder decir eso sintiendo un profundo consuelo, una gran alegría… “he llegado a casa” … he llegado allí donde me encuentro con aquellos que quiero, allí donde estoy conmigo mismo, con mi vida, con mi historia… pero también donde es posible empezar de nuevo, entrar en territorios no explorados, descubrir en mí capacidades desconocidas…

Ir desde “no sé si habrá una casa” hasta “he llegado a casa” es un viaje de la angustia a la esperanza. Desde sentir que me falta algo y no sé si lo alcanzaré, hasta descubrir que lo que busqué ya estaba dentro de mí.

Angustia. Angustia sentían los discípulos de Jesús en la noche de la última cena. La reunión tenía clima de despedida. Muchas veces Jesús había anunciado lo que iba a suceder con él… rechazo de las autoridades, traición de un discípulo, condena, pasión, muerte… la resurrección también, pero los discípulos no podían imaginar siquiera una luz al final de las tinieblas que los iban envolviendo.
“No se inquieten” 
les dijo Jesús. “No se turbe su corazón, no se angustien”.
Y agregó:
Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones;
si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes.
Yo voy a prepararles un lugar.
“La Casa de mi Padre”. Hacia allí va Jesús. De allí salió y allí se prepara a volver.
Jesús ya había mencionado “la Casa de mi Padre”, pero con otro sentido.
Lo hizo cuando expulsó del templo a los vendedores de animales y a los cambistas de moneda.
“Saquen esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado”. (Juan 2,16)
El templo de Jerusalén, hecho por manos humanas, era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.
Pero ese lugar, que Jesús llamó “La Casa de mi Padre” era solo la representación de la Casa verdadera, el templo del Cielo.
Contando este regreso de Jesús a la Casa del Padre, dice la carta a los Hebreos:
Cristo no entró en un santuario hecho por mano de hombre, figura del verdadero,
sino en el mismo Cielo, para presentarse ahora por nosotros ante Dios (Hebreos 9,24)
“Presentarse por nosotros ante Dios”: es otra manera de expresar lo que dice Jesús:
“yo voy a prepararles un lugar”.

Pero aparece la pregunta: ¿cómo vamos a llegar allí?
Tomás le dijo:
«Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Para llegar a cualquier parte se necesita un camino. Hay que hallarlo. En el poema que leíamos al principio, el autor empieza a encontrar el camino hacia su casa, cuando se encuentra con los demás y comienza a compartir su vida con ellos:
Y cuando encuentre a los hombres por el camino
y me detenga a conversar con ellos,
cuando les dé mi nombre y me den el suyo y bebamos
yo de sus botellas y ellos de la mía,
sabré que ellos entonces están en mi casa
y diré: He llegado, por fin he llegado a casa.
Jesús está dispuesto a facilitar las cosas y responde a Tomás:
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre, sino por mí.»
El camino te lleva a la meta, pero hay que andarlo. El llamado que Jesús hace a sus discípulos al comienzo y al final del evangelio de Juan, la invitación que sigue haciendo hoy a cada persona es
“¡Sígueme!” (Juan 1,43 y 21,22). 
Es un llamado a recorrer el camino.

La verdad se presenta delante de nosotros, no solo para creer en ella, sino para llevarla a la práctica:
El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios (Juan 3,21)
La vida que hemos recibido aparece revestida de fragilidad. No necesitábamos una pandemia para recordar lo vulnerables que somos, pero las cifras de muerte en el mundo nos lo recuerdan cada día. La vida se rebela, se defiende, lucha, en el deseo de mantenerse, de conservarse, pero sin empalidecer, sin marchitarse, sin dejar de ser vida que merezca ese nombre…
Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. (Juan 10,10)
Jesús ofrece esa plenitud de vida que está en nuestros anhelos más profundos.

Pero mientras peregrinamos siguiendo a Jesús hacia la Casa del Padre, seguimos en este mundo, en esta casa común, donde no podemos desentendernos de los demás. Los Hechos de los Apóstoles dan cuenta de un problema de los primeros cristianos: tensiones dentro de una comunidad que iba creciendo, integrando gente de diferentes culturas… pero en medio de esas dificultades, la comunidad no dejó de ver un grupo que había quedado desprotegido: las viudas. Y se pusieron de acuerdo para solucionarlo. Una manera de obrar la verdad, de trabajar por la vida, como tantos esfuerzos solidarios de hoy.

Amigas y amigos: gracias por su atención. Sigamos cuidándonos, sin olvidarnos de los demás, sin dejar de hacer lo que podamos por los que más sufren en este momento. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

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LA CASA IV

No sé si habrá una casa.
No creo que llegue a tener casa.
Tal vez ni siquiera sea necesario tener casa.
Creo que puedo vivir en esta especie de sedentario nomadismo.
Que puedo llevar conmigo todo lo que tengo.
Quizá yo mismo llegue a ser mi casa.
Y cuando encuentre a los hombres por el camino
y me detenga a conversar con ellos,
cuando les dé mi nombre y me den el suyo y bebamos
yo de sus botellas y ellos de la mía,
sabré que ellos entonces están en mi casa
y diré: He llegado, por fin he llegado a casa.

Carlos Liscano, 1984

jueves, 30 de abril de 2020

“He venido para que las ovejas tengan Vida” (Juan 10, 1-10). IV Domingo de Pascua.






En el año 1908, el Uruguay contaba con poco más de un millón de habitantes. Junto a la población humana, había 8 millones de vacunos y 26 millones de ovejas. Hoy, con 3.600.000 habitantes, hay más de 11 millones de cabezas de vaca y los lanares han descendido a poco más de 6 millones. La presencia de las ovejas sigue siendo parte del paisaje, pero en menor medida.
En ese paisaje uno puede ver, ocasionalmente, alguna majada conducida por trabajadores del campo. Estos van a caballo, ayudados por perros que muestran a veces extraordinarias habilidades para mantener el rebaño en el buen camino.
La relación de los hombres con las ovejas, desde lo alto del caballo, es muy diferente de la del pastor de los tiempos bíblicos: la que presenta Jesús en el capítulo 10 del evangelio según san Juan.

El pastor de los tiempos antiguos -que no ha desaparecido totalmente en nuestros días- conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre, las saca del corral comunitario donde se las custodia de noche y las lleva a pastizales y aguadas; cuida de cada una de ellas, cura sus heridas, busca las que se extravían y las protege de eventuales depredadores. Hay una fuerte relación del pastor con cada una de sus ovejas.

Esto se manifiesta en el evangelio que escuchamos este IV domingo de Pascua, también llamado “Domingo de Jesús Buen Pastor”. Veamos cómo es la relación de Jesús con sus ovejas, es decir, con nosotros.

“Las ovejas escuchan su voz”. 
La voz conocida tranquiliza. Cuando nos hemos quedado solos en casa y oímos que alguien entra, la voz familiar aleja cualquier inquietud. Hemos reconocido como alguien “de la casa” a quien ha llegado. De la misma forma, cada una de las ovejas reconoce la voz de su pastor. Escuchar la voz de Jesús significa para quienes creemos en Él una permanente atención a sus palabras, que nos han quedado en el Evangelio. Escuchar, escuchar de verdad, significa prestar atención a lo original, a lo propio, a lo auténticamente nuevo que hay en ellas. La palabra de Jesús no se agota. Cuando la escuchamos buscando respuesta, sigue hablándonos en cada momento de la vida. Por el contrario, cuando tratamos de manipularla, de ponerla al servicio de nuestras propias intenciones o intereses, la palabra se empaña, se opaca, pierde su fuerza transformadora. Feliz quien puede escuchar el evangelio cada día como buena noticia para su vida.

“Llama a las suyas por su nombre”. 
La comunidad cristiana no es una masa anónima. En el bautismo hemos recibido un nombre. Cuando en alguno de los relatos evangélicos Jesús llama a alguien por su nombre: Simón Pedro, Marta, María, Lázaro, queda con mayor evidencia que está hablando con alguien de los suyos, con una de sus ovejas. Feliz quien escucha su nombre en labios de Jesús.

“Va delante de ellas”. 
Cuando Jesús manifestó a sus discípulos que él “debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31) Pedro comenzó a reprobar a Jesús. Éste le respondió enérgicamente: “ponte detrás de mí”. Pedro se estaba interponiendo en el camino de Jesús y pretendía guiarlo; pero él no es el pastor: el pastor es Jesús y el lugar de Pedro es detrás del pastor. Feliz quien camina detrás de Jesús.

“Las ovejas lo siguen”. 
“El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34), agrega Jesús. Seguir a Jesús es la única relación posible con él dentro del marco de la fe. Es él quien abre el camino; más aún, él mismo es el camino. Su camino, aunque pasa por la pasión y la cruz, no es un camino de muerte, sino de vida. Feliz quien encuentra en Jesús la vida verdadera.

En este pasaje del Evangelio, Jesús no solo presenta las características del buen pastor, que él va a asumir un poco más adelante, sino que se presenta también diciendo
“Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas”.

La imagen de la puerta ya no tiene solo que ver con las ovejas, sino también con los pastores, es decir, aquellos que Jesús llama para compartir el pastoreo de la comunidad. Claramente dice Jesús: “El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas” y “el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante”. Jesús está hablando a los fariseos, miembros de un movimiento religioso de su época que pretendía conducir al Pueblo de Dios y a los que Jesús denuncia por su hipocresía. Ya el profeta Ezequiel tenía expresiones muy duras sobre los malos pastores (Ez 34,1-8) que no se ocupan del rebaño que Dios les ha confiado, sino que “se apacientan a sí mismos”, es decir, viven de sus ovejas en lugar de darles vida; más aún, de dar la vida por ellas.
Al presentarse como la puerta, Jesús nos recuerda a los que hoy hemos recibido el ministerio de pastores que estamos llamados a entrar por Él y a seguirlo viviendo el Evangelio para cumplir nuestra misión de alimentar a la comunidad cristiana y llevarla al encuentro con Jesús en todas sus presencias.

Pero la puerta no es solo para que entre el pastor: por allí entran y salen las ovejas.
“El que entra por mí se salvará”. 
La vida no es un juego de puertas, donde hay que adivinar detrás de cuál está el premio. Hay muchas puertas, pero Jesús es la puerta de la salvación, “la puerta de la Misericordia”, como acertadamente lo llamó el escritor Tomás de Mattos, al titular así su novela sobre la vida de Jesús.

“Podrá entrar y salir”. 
El rebaño de Jesús entra y sale. La puerta que es Jesús da acceso a un espacio de libertad, en la verdad de Jesús que nos hace libres.

“Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”. 
Así concluye este pasaje del Evangelio, como un resumen de la misión de Jesús. Para quienes queremos seguir a Jesús, estas palabras no son solo la promesa de lo que queremos alcanzar, sino el desafío de presentar al mundo la Vida en plenitud que Jesús ofrece y de trabajar para que, ya en este mundo, toda persona tenga una vida acorde con la dignidad humana. Desde hace muchos años, casi toda acción de la Iglesia católica es “pastoral”: pastoral juvenil, pastoral vocacional, pastoral social, pastoral de la salud, pastoral carcelaria, etc. etc. El trabajo pastoral no lo realizan únicamente personas con una especial consagración a Dios: de hecho, todo bautizado está llamado a participar de la misión de la Iglesia y por tanto, también en la vida pastoral, de acuerdo a sus posibilidades.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. En esta hora pongamos nuestra confianza en Jesús Buen Pastor. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo”. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

miércoles, 29 de abril de 2020

Las palabras de la vocación. Mensaje del Papa Francisco. Jornada mundial de las Vocaciones.

 
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 57 JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
Domingo 3 de mayo de 2020, IV de Pascua, Jesús Buen Pastor

Las palabras de la vocación

Queridos hermanos y hermanas:

El 4 de agosto del año pasado, en el 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, quise ofrecer una Carta a los sacerdotes, que por la llamada que el Señor les hizo, gastan la vida cada día al servicio del Pueblo de Dios.

En esa ocasión, elegí cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza— para agradecer a los sacerdotes y apoyar su ministerio. Considero que hoy, en esta 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, esas palabras se pueden retomar y dirigir a todo el Pueblo de Dios, a la luz de un pasaje evangélico que nos cuenta la singular experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad, en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33).

Después de la multiplicación de los panes, que había entusiasmado a la multitud, Jesús ordenó a los suyos que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. La imagen de esta travesía en el lago evoca de algún modo el viaje de nuestra existencia. En efecto, la barca de nuestra vida avanza lentamente, siempre inquieta porque busca un feliz desembarco, dispuesta para afrontar los riesgos y las oportunidades del mar, aunque también anhela recibir del timonel un cambio de dirección que la ponga finalmente en el rumbo adecuado. Pero, a veces puede perderse, puede dejarse encandilar por ilusiones en lugar de seguir el faro luminoso que la conduce al puerto seguro, o ser desafiada por los vientos contrarios de las dificultades, de las dudas y de los temores.

También sucede así en el corazón de los discípulos. Ellos, que están llamados a seguir al Maestro de Nazaret, deben decidirse a pasar a la otra orilla, apostando valientemente por abandonar sus propias seguridades e ir tras las huellas del Señor. Esta aventura no es pacífica: llega la noche, sopla el viento contrario, la barca es sacudida por las olas, y el miedo de no lograrlo y de no estar a la altura de la llamada amenaza con hundirlos.

Pero el Evangelio nos dice que, en la aventura de este viaje difícil, no estamos solos. El Señor, casi anticipando la aurora en medio de la noche, caminó sobre las aguas agitadas y alcanzó a los discípulos, invitó a Pedro a ir a su encuentro sobre las aguas, lo salvó cuando lo vio hundirse y, finalmente, subió a la barca e hizo calmar el viento.

Así pues, la primera palabra de la vocación es gratitud. Navegar en la dirección correcta no es una tarea confiada sólo a nuestros propios esfuerzos, ni depende solamente de las rutas que nosotros escojamos. Nuestra realización personal y nuestros proyectos de vida no son el resultado matemático de lo que decidimos dentro de un “yo” aislado; al contrario, son ante todo la respuesta a una llamada que viene de lo alto. Es el Señor quien nos concede en primer lugar la valentía para subirnos a la barca y nos indica la orilla hacia la que debemos dirigirnos. Es Él quien, cuando nos llama, se convierte también en nuestro timonel para acompañarnos, mostrarnos la dirección, impedir que nos quedemos varados en los escollos de la indecisión y hacernos capaces de caminar incluso sobre las aguas agitadas.

Toda vocación nace de la mirada amorosa con la que el Señor vino a nuestro encuentro, quizá justo cuando nuestra barca estaba siendo sacudida en medio de la tempestad. «La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019); por eso, llegaremos a descubrirla y a abrazarla cuando nuestro corazón se abra a la gratitud y sepa acoger el paso de Dios en nuestra vida.

Cuando los discípulos vieron que Jesús se acercaba caminando sobre las aguas, pensaron que se trataba de un fantasma y tuvieron miedo. Pero enseguida Jesús los tranquilizó con una palabra que siempre debe acompañar nuestra vida y nuestro camino vocacional: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Esta es precisamente la segunda palabra que deseo daros: ánimo.
Lo que a menudo nos impide caminar, crecer, escoger el camino que el Señor nos señala son los fantasmas que se agitan en nuestro corazón. Cuando estamos llamados a dejar nuestra orilla segura y abrazar un estado de vida —como el matrimonio, el orden sacerdotal, la vida consagrada—, la primera reacción la representa frecuentemente el “fantasma de la incredulidad”: No es posible que esta vocación sea para mí; ¿será realmente el camino acertado? ¿El Señor me pide esto justo a mí?
Y, poco a poco, crecen en nosotros todos esos argumentos, justificaciones y cálculos que nos hacen perder el impulso, que nos confunden y nos dejan paralizados en el punto de partida: creemos que nos equivocamos, que no estamos a la altura, que simplemente vimos un fantasma que tenemos que ahuyentar.

El Señor sabe que una opción fundamental de vida —como la de casarse o consagrarse de manera especial a su servicio— requiere valentía. Él conoce las preguntas, las dudas y las dificultades que agitan la barca de nuestro corazón, y por eso nos asegura: “No tengas miedo, ¡yo estoy contigo!”. La fe en su presencia, que nos viene al encuentro y nos acompaña, aun cuando el mar está agitado, nos libera de esa acedia que ya tuve la oportunidad de definir como «tristeza dulzona» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019), es decir, ese desaliento interior que nos bloquea y no nos deja gustar la belleza de la vocación.

En la Carta a los sacerdotes hablé también del dolor, pero aquí quisiera traducir de otro modo esta palabra y referirme a la fatiga. Toda vocación implica un compromiso. El Señor nos llama porque quiere que seamos como Pedro, capaces de “caminar sobre las aguas”, es decir, que tomemos las riendas de nuestra vida para ponerla al servicio del Evangelio, en los modos concretos y cotidianos que Él nos muestra, y especialmente en las distintas formas de vocación laical, presbiteral y de vida consagrada. Pero nosotros somos como el Apóstol: tenemos deseo y empuje, aunque, al mismo tiempo, estamos marcados por debilidades y temores.

Si dejamos que nos abrume la idea de la responsabilidad que nos espera —en la vida matrimonial o en el ministerio sacerdotal— o las adversidades que se presentarán, entonces apartaremos la mirada de Jesús rápidamente y, como Pedro, correremos el riesgo de hundirnos. Al contrario, a pesar de nuestras fragilidades y carencias, la fe nos permite caminar al encuentro del Señor resucitado y también vencer las tempestades. En efecto, Él nos tiende la mano cuando el cansancio o el miedo amenazan con hundirnos, y nos da el impulso necesario para vivir nuestra vocación con alegría y entusiasmo.

Finalmente, cuando Jesús subió a la barca, el viento cesó y las olas se calmaron. Es una hermosa imagen de lo que el Señor obra en nuestra vida y en los tumultos de la historia, de manera especial cuando atravesamos la tempestad: Él ordena que los vientos contrarios cesen y que las fuerzas del mal, del miedo y de la resignación no tengan más poder sobre nosotros.

En la vocación específica que estamos llamados a vivir, estos vientos pueden agotarnos. Pienso en los que asumen tareas importantes en la sociedad civil, en los esposos que —no sin razón— me gusta llamar “los valientes”, y especialmente en quienes abrazan la vida consagrada y el sacerdocio. Conozco vuestras fatigas, las soledades que a veces abruman vuestro corazón, el riesgo de la rutina que poco a poco apaga el fuego ardiente de la llamada, el peso de la incertidumbre y de la precariedad de nuestro tiempo, el miedo al futuro. Ánimo, ¡no tengáis miedo! Jesús está a nuestro lado y, si lo reconocemos como el único Señor de nuestra vida, Él nos tiende la mano y nos sujeta para salvarnos.

Y entonces, aun en medio del oleaje, nuestra vida se abre a la alabanza. Esta es la última palabra de la vocación, y quiere ser también una invitación a cultivar la actitud interior de la Bienaventurada Virgen María. Ella, agradecida por la mirada que Dios le dirigió, abandonó con fe sus miedos y su turbación, abrazó con valentía la llamada e hizo de su vida un eterno canto de alabanza al Señor.

Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros.

Roma, San Juan de Letrán, 8 de marzo de 2020, II Domingo de Cuaresma.

Francisco

viernes, 24 de abril de 2020

"¡Quédate, Señor, conmigo!" Oración del Padre Pío (san Pío de Pietrelcina)



Quédate, Señor, conmigo, porque es necesario tenerte presente para no olvidarte. Sabes cuán fácilmente te abandono.

Quédate, Señor, conmigo, pues soy débil y necesito tu fuerza para no caer muchas veces.

Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi luz y sin ti estoy en tinieblas.

Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi vida y sin ti pierdo el fervor.

Quédate, Señor, conmigo, para darme a conocer tu voluntad.

Quédate, Señor, conmigo, para que oiga tu voz y te siga.

Quédate, Señor, conmigo, pues deseo amarte mucho y estar siempre en tu compañía.

Quédate, Señor, conmigo, si quieres que te sea fiel.

Quédate, Señor, conmigo, porque aunque mi alma sea tan pobre, desea ser para ti un lugar de consuelo y un nido de amor.

Quédate, Jesús, conmigo, pues es tarde y el día se acaba… La vida pasa; se acercan la muerte, el juicio, la eternidad y es necesario recuperar mis fuerzas para no demorarme en el camino, y para ello te necesito. Ya es tarde y la muerte se acerca. Temo la oscuridad, las tentaciones, la aridez, la cruz, los sufrimientos – y te necesito mucho, Jesús mío, en esta noche de exilio.

Quédate, Jesús, conmigo, porque en esta noche de la vida, de peligros, necesito de ti. Haz que, como tus discípulos, te reconozca en la fracción del pan; que la comunión eucarística sea la luz que disipe las tinieblas, la fuerza que me sustenta y la única alegría de mi corazón.

Quédate, Señor, conmigo, porque en la hora de la muerte quiero estar unido a ti; si no realmente por la Santa Comunión, al menos por la gracia y por el amor.

Quédate, Jesús, conmigo; no pido consuelos divinos porque no los merezco, sino el don de tu presencia, ¡ah, sí, te lo pido!

Quédate, Señor, conmigo; sólo a ti te busco; tu amor, tu gracia, tu voluntad, tu corazón, tu espíritu, porque te amo y no pido otra recompensa sino amarte más. Con un amor firme, práctico, amarte de todo corazón en la tierra para seguirte amando perfectamente por toda la eternidad.

jueves, 23 de abril de 2020

"Quédate con nosotros" (Lucas 24,13-35). III Domingo de Pascua.




Tal vez se haya podido dar más en este tiempo, pero, con pandemia o sin pandemia, todos hemos tenido alguna vez en la vida momentos de desánimo. Cuando hemos puesto muchas ilusiones y esperanzas en una relación o en un proyecto y, de golpe, todo se cae, nos parece que se acabó todo, que ya no podemos esperar nada, que no hay nada que hacer.
Si la decepción es profunda, nos deprimimos, nos sentimos como dentro de un pozo. Desde allí no vemos nada más. No vemos que, en torno a nosotros, siguen sucediendo cosas y la vida hace señales. Quedamos ciegos, encerrados en nuestro desengaño.

Algo así les sucedió a los discípulos después de la muerte de Jesús. A lo largo de tres años, tanto los que lo acompañaron todo el tiempo como quienes estuvieron al menos una vez con Él, habían construido muchas expectativas. No todos esperaban lo mismo de Él; no todos comprendían cuál era realmente su proyecto. Algunos tenían ciertas ambiciones; otros esperaban algunos cambios en la situación de su pueblo; otros querían tenerlo siempre consigo, como un consuelo y un apoyo, como alguien a quien recurrir en los momentos difíciles.

El evangelio de este domingo nos cuenta la historia de dos discípulos que se encuentran especialmente contrariados por lo que ha sucedido. San Lucas ubica el relato en el día mismo de la Resurrección de Jesús. Los dos discípulos van por el camino, hablando de todo lo sucedido. Jesús aparece por allí y se pone a caminar con ellos, pero ellos no lo reconocen. Están enceguecidos por su dolor: no ven alrededor de sí mismos. Jesús pregunta de qué venían conversando; ellos se asombran de que ese compañero de camino ignore lo que ha pasado y le cuentan:
«Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

“Nosotros esperábamos que…” Esas tres palabras, dentro de este largo relato, resumen los sentimientos de los dos caminantes. No esperábamos esto. Esperábamos otra cosa. “Esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. Su esperanza en Jesús estaba en su poder y en su influencia sobre el pueblo.
Muchas veces en los evangelios Jesús prohíbe que se diga que Él es el Mesías.
En una ocasión, huye porque quieren proclamarlo rey. La misión de Jesús se inscribe en la historia de la humanidad, pero va más allá del episodio particular que vive un pueblo. Su mensaje de liberación atraviesa los tiempos.

Jesús ha escuchado. Ahora les habla:
«¡Cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?»
Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Las palabras de Jesús van provocando un cambio en la mente de los caminantes. Comienzan a ver las cosas de otro modo; a verlas desde el Plan de Dios, es decir, desde un proyecto más grande que lo que ellos pudieran imaginar. Más tarde, ellos reconocerían lo que provocó en ellos la palabra de Jesús:
«¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

En eso estaban, pues, cuando ocurre algo que va a dar un giro completo a su vida: llegan a Emaús y el compañero de camino da señas de que él seguirá andando.
Allí podría haber terminado todo: una amable despedida y, de nuevo, solos, los dos hombres discutirían sobre lo escuchado y tal vez, con un sabor agridulce, volverían a su decepción… pero, no: ellos toman una decisión y le dicen al viajero:
«Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
Ese pedido es la respuesta a lo que les dice el corazón. Todavía no pueden separarse.
Mucho de lo que han vivido está comenzando a tomar sentido, pero algo falta.
Al pedirle al tercer caminante que se quede con ellos, se abren a lo inesperado, a lo que puede transformar totalmente su vida y su historia.
Y lo inesperado se produce. Lo que sigue no es una continuación de la charla del camino, no es la repetición de los argumentos ya escuchados, como si fuera necesario una especie de “machaque” -como decían los viejos maestros-, una repetición permanente de cosas para que por fin les entre en la cabeza. No. Los comentarios de la Escritura ya han sido suficientes. Ahora se necesita dar otro paso… pero ¿cuál? Lo que hace Jesús no podría ser más sencillo:
Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
El gesto simple, cotidiano… bendecir el pan, partirlo, entregarlo, produce un efecto extraordinario:
Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron,
pero él había desaparecido de su vista.
El gesto de Jesús, el gesto que tantas veces sus discípulos habían presenciado, les revela su presencia. Es Él; ha resucitado. Ellos lo han visto: han caminado con Él; Él los ha escuchado, les ha hablado y ha compartido con ellos el pan. No hay ninguna duda. Ha resucitado.

Lo paradójico es que después de manifestarse, Jesús desaparece.
Jesús ya había desaparecido una vez, engullido por la muerte y el sepulcro. Esa primera desaparición agobia a los discípulos, que caminan llenos de pesar y decepción, alejándose de Jerusalén, del lugar de los hechos.
Ahora Jesús ha desaparecido de nuevo… pero no ha dejado una ausencia. Ellos lo sienten presente. Las Escrituras que se refieren a Él… el pan partido y compartido… y la comunidad. Completamente alivianados de su carga, los discípulos regresan a Jerusalén: regresan donde está la comunidad reunida. Allí presentan su testimonio y reciben el de los demás.

“¡Quédate con nosotros!” es la petición de esta hora… el Padre Pío, san Pío de Pietrelcina, un hombre que pasó duras pruebas y que vivió calamidades mundiales mucho más grandes que esta, lo pedía en primera persona:
“Quédate, Jesús, conmigo, pues es tarde y el día se acaba…
La vida pasa; la muerte, el juicio, la eternidad se acercan
y es necesario recuperar mis fuerzas para no demorarme en el camino, y para ello te necesito.
Ya es tarde y la muerte se acerca.
Temo la oscuridad, las tentaciones, la aridez, la cruz, los sufrimientos;
y te necesito mucho, Jesús mío.
En esta noche de exilio, en esta noche de la vida, en esta noche de peligros,
necesito mucho de ti.”

Amigas y amigos, Jesús no es un ausente… es una presencia que hace renacer la vida y la alegría, que levanta la esperanza, que nos fortalece en la hora de la prueba.
Gracias por su atención. Sigamos cuidándonos. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

viernes, 17 de abril de 2020

“En su gran misericordia, nos hizo renacer” (1 Pedro 1,3-9). II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia.






“Después de esta pandemia, nada volverá a ser igual”. ¡Cuántas veces hemos escuchado esta frase en estos largos días de cuarentena! Nadie recuerda haber vivido una experiencia similar.
Seguramente, muchas cosas serán distintas… la pregunta es ¿qué es lo que cambiará realmente? La humanidad ha vivido otras grandes crisis que la han sacudido violentamente. Después de la segunda guerra mundial, hubo muchos cambios en el mundo. Se creó la Organización de las Naciones Unidas para defender la paz y promover el desarrollo de los pueblos. La declaración de los derechos humanos de 1948 puso en alto la dignidad inviolable de cada persona humana. Se aceleró el proceso de descolonización y surgieron nuevas naciones que buscaban ser dueñas de su propio destino.
Esos fueron algunos de los aspectos positivos… sin embargo, la ONU se convirtió en otro campo de confrontación de los poderosos en un escenario de guerra fría y carrera armamentista. La bomba atómica se volvió una estremecedora pesadilla para la humanidad. Los derechos humanos fueron pisoteados una y otra vez. Los gobiernos de los nuevos países se convirtieron muchas veces en dictaduras atroces…

Entonces ¿qué cambió? En general, puede considerarse que hubo un crecimiento en la conciencia de la capacidad de autodestrucción de la humanidad y, por tanto, una mayor conciencia del valor de la paz y el valor de cada vida humana.

El cambio real lo vivió cada persona que fue de alguna forma alcanzada por la calamidad de la guerra y que sobrevivió al combate, a los bombardeos, a los campos de exterminio, a las enfermedades, al hambre; al dolor por la muerte de personas queridas y a la pérdida de todo lo que tenía.
Aun sufriendo las mismas adversidades, las personas vivieron cambios diferentes. Algunos nunca sanaron las heridas del alma. Se encerraron en su dolor, se endurecieron y se rodearon de murallas de incomunicación y desconfianza. Otros, en cambio, encontraron caminos de sanación y su propio sufrimiento los hizo capaces de comprender y ayudar a otros. Algunos se aprovecharon de todo lo que pudiera beneficiarlos, sin importarles nadie más; otros quedaron con el corazón agradecido a quienes, de un modo u otro, les hicieron posible continuar con vida y, desde esa gratitud, supieron ser generosos con los más desgraciados.

¿Qué cambiará realmente en la humanidad después del coronavirus?
No lo sé. ¿Quién puede saberlo? Los atentados del 11 de setiembre de 2001, por ir a un hecho reciente de mucho impacto, trajeron un reforzamiento de los sistemas de seguridad y de alerta en todo el mundo.
En ese sentido, esta pandemia nos dejará, seguramente, una oleada de medidas preventivas, de las que ya se está hablando: uso generalizado de mascarillas en ciudades y transportes, vigilancia de posibles síntomas, medidores de temperatura corporal, etc. Junto a eso, esperemos, se fortalecerá el sistema de salud y el cuidado especial de todos los que trabajan en él, que siempre han estado más expuestos que el resto de la población.
Todas esas medidas podrán estar más o menos bien, podrán ayudar para que estas cosas no pasen o para mitigar sus efectos.

La pregunta que yo me hago es, más bien, qué cambiará en cada uno de nosotros. Hoy, desde el aislamiento que vivimos, nuestros mensajes envían -virtualmente, claro- más abrazos que nunca, expresando el deseo de poder volver a darlos realmente, de volver a encontrarnos cara a cara con los familiares y amigos de los que hemos quedado separados, así como con los compañeros de tarea y todas las personas con las que nos relacionamos en los distintos aspectos de nuestra vida.

Cada uno de nosotros puede hacer su lista de deseos: qué es lo que me gustaría que cambiara en el mundo, qué es lo que me gustaría que cambiara en mí; pero eso sería una especie de carta a los Reyes Magos.

Ningún cambio se producirá mágicamente. Los cambios empiezan en cada uno de nosotros. No puedo hacer que los demás cambien. No puedo quedarme esperando que cambie el mundo si no cambio yo. Cambiar, para bien, desde luego: todo cambio que signifique romper con mi propio individualismo y egoísmo para preocuparme sinceramente por los demás y hacer lo que pueda por ellos.

A aquellos cambios que reorientan profundamente mi vida, que me hacen replantear mi relación con los demás y con Dios, los cristianos lo llamamos conversión. La palabra griega que aparece en los evangelios y que traducimos como conversión es “metanoia”. Traducida a la letra significa “cambio de mentalidad”. Es pensar de otra manera, sí, pero es mucho más que eso: es encontrar el sentido de la vida; pasar del pesimismo a la esperanza, crecer en sensibilidad frente a los demás; adquirir una nueva conciencia de mi responsabilidad en el mundo y, lo más importante, actuar de otra manera.

Esta transformación podría entenderse como un acto de voluntad, una decisión irrevocable, un compromiso que asumimos. Querer es poder y con eso basta. Sin embargo, más tarde o más temprano nos encontramos con las contradicciones de nuestro entorno y con nuestra propia debilidad para sostener esas decisiones; nos cansamos de pelear y volvemos a nuestra vieja mentalidad y nuestros viejos hábitos.

Desde la fe miramos también nuestra fragilidad humana. La conversión no es solo un acto humano. El profeta Jeremías implora a Dios:
“Conviérteme y me convertiré” (Jeremías 31,18). 
La conversión necesita no solo nuestra fuerza de voluntad, sino también y muy especialmente, la fuerza de Dios, la fuerza que nos viene por la misericordia de Dios.

Este domingo, el segundo de pascua, es llamado domingo de la Divina Misericordia. Leemos en la primera carta de san Pedro:
Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo.
En su gran Misericordia Dios nos hizo renacer.
Esta es la experiencia de quien ha encontrado a Dios: nacer de nuevo.
Ser hecho en Cristo un hombre nuevo, una mujer nueva.

Ese es el sentido profundo del Bautismo que hemos recordado y renovado al final de la Semana Santa. Si queremos un cambio real en nuestra vida, vayamos a Jesucristo, vayamos a la fuerza que brota de su Pascua. Todos esos pasos, esos cambios profundos en nuestros hábitos, en nuestras actitudes, en nuestra valoración de la vida; esos cambios que tanto deseamos hacer y para los cuales sentimos resistencia, son posibles en Cristo, que ha vencido a la muerte. A Él nos confiamos para que cada movimiento de nuestro corazón sea para nosotros compartir la Pascua, pasar con Él de la muerte a la vida. Morir a nuestro egoísmo para resucitar en el amor a Dios y al prójimo en lo concreto de cada día. “La misericordia cambia el mundo” suele decir el Papa Francisco. El mundo cambiará si nos dejamos tocar por la misericordia de Dios.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga; sigamos cuidándonos entre otros y hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 6 de junio de 2019

¡Ven Espíritu Santo! Solemnidad de Pentecostés.







En agosto de 1940, a casi un año de empezada la segunda guerra mundial, un joven estudiante de teología suizo, hijo de un pastor protestante, pensó en hacer algo por quienes estaban sufriendo las consecuencias del conflicto. Así fue como dejó la tranquilidad de la Suiza neutral para adentrarse en la Francia herida por la guerra. Roger Schutz, que así se llamaba aquel joven, fue sintiendo el llamado a trabajar por la paz y la reconciliación. Se dio cuenta de que no bastaba predicar. Era necesario dar testimonio con la vida. Así surgió la idea de «construir una vida de comunidad en la que la reconciliación según el Evangelio sería una realidad vivida concretamente».

En un pueblito llamado Taizé, Roger encontró una casa adecuada para su proyecto. Con ayuda de su familia la compró y comenzó a vivir en ella, acompañado por su hermana. En 1942 la Gestapo descubrió que estaba dando refugio a judíos y a otras personas perseguidas y debió volver a Suiza.

En su patria, Roger encontró quienes lo acompañaran en su proyecto. Antes del fin de la guerra ya estaba de nuevo en Taizé, con dos hermanos. Así nació la comunidad de Taizé, que sigue siendo un signo y lugar de encuentro entre cristianos de diferentes confesiones y aún de personas de diferentes religiones. Distintas generaciones de jóvenes han pasado por allí, incluidos algunos uruguayos que han ido como voluntarios para diferentes servicios.

Taizé es un fruto del Espíritu Santo. La comunidad invita a los visitantes a orar y a meditar juntos la Palabra de Dios. Hay una serie de cantos, sencillos y hermosos, que se van repitiendo con facilidad, para animar y acompañar la oración.

Para este domingo en que celebramos la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, podemos invocar la presencia del Espíritu cantando con la comunidad de Taizé: Veni Sancte Spiritus ¡Ven, Espíritu Santo! (Invito a escuchar el audio o a ver el video que se encuentra en esta misma página)


¿Qué trae al mundo el Espíritu Santo? ¿Para qué invocarlo? La semana pasada lo presentábamos como Aquel que guía a la Iglesia, el que conduce la comunidad de los discípulos de Jesús… pero ¿es esto solo un tema eclesiástico? ¿Qué pasa con el mundo? ¿Qué le ofrece el Espíritu Santo? ¿Para qué pedir su presencia en el mundo (y en la Iglesia, que está también en este mundo)?

Con esta oración compuesta por el P. José Antonio Pagola, les invito a pedir la presencia del Espíritu Santo para todos los que queremos seguir a Jesús y para toda la familia humana que también lo necesita.


Ven Espíritu Santo.
Sin Ti, nuestra lucha por la vida termina sembrando muerte, nuestros esfuerzos por encontrar felicidad acaban en egoísmo amargo e insatisfecho.

Ven Espíritu Santo.
Sin Ti, nuestro «progreso» no nos conduce hacia una vida más digna, noble y gozosa. Sin Ti, no habrá nunca un «pueblo unido» sino un pueblo constantemente vencido por divisiones, rupturas y enfrentamientos.

Ven Espíritu Santo.
Sin Ti, seguiremos dividiendo y separándolo todo: Norte y Sur, Oriente y Occidente, primer mundo y tercer mundo, izquierdas y derechas, creyentes y ateos, clérigos y pueblo, hombres y mujeres. Recuérdanos que todos venimos de las entrañas de un mismo Padre y todos estamos llamados a la comunión gozosa y feliz en Él.

Ven Espíritu Santo.
Renueva nuestro amor al mundo y a las cosas. Enséñanos a cuidar esta tierra que nos has regalado como casa común entrañable donde pueda crecer la familia humana. Sin Ti, nos la seguiremos disputando agresivamente, buscaremos cada uno nuestra «propiedad privada» y la iremos haciendo cada vez más inhóspita e inhabitable.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a entendernos, aunque hablemos lenguajes diferentes. Si tu ley interior de Amor no nos habita, seguiremos la escalada de la violencia absurda y sin salida.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a orar. Sin tu calor y tu fuerza, nuestra liturgia se convierte en rutina, nuestro culto en rito legalista, nuestra plegaria en palabrería.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a creer. Sin tu aliento, nuestra fe se convierte en ideología de derecha o de izquierda, nuestra religión en triste «seguro de vida eterna». Recuérdanos todo lo que nos ha dicho Jesús. Condúcenos al evangelio.

Ven Espíritu Santo.
Ven a mantener dentro de la Iglesia el esfuerzo de conversión. Sin tu impulso, toda renovación termina en anarquía, involución, cansancio o desilusión.

Ven Espíritu Santo.
Ven a alegrar nuestro mundo tan sombrío. Ayúdanos a imaginarlo mejor y más humano. Ábrenos a un futuro más fraterno, limpio y solidario. Enséñanos a pensar lo que todavía no se ha pensado y a construir lo que todavía no se ha construido.

Ven Espíritu Santo.
Entra hasta el fondo de nuestras almas. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado cuando Tú no envías tu aliento.

Ven Espíritu Santo.
Ven Señor y dador de vida. Pon en los hombres gozo, fuerza y consuelo, en sus grandes y pequeñas decisiones, en sus miedos, luchas, esperanzas y temores.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a creer en Ti como ternura y cercanía personal de Dios, como fuerza y poder de Gracia que puede conquistar nuestro interior y dar vida a nuestra vida.

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Amén.

Amigas y amigos: con esta solemnidad de Pentecostés llegamos al final del Tiempo Pascual. El Espíritu Santo está y seguirá presente. No dejemos de invocarlo para que nos ayude a comprender y a practicar la Palabra de Jesús, siempre en comunión.

Los espero próximamente para asomarnos juntos al misterio de la Santísima Trinidad. Que el Señor los bendiga y hasta la semana que viene, si Dios quiere.

viernes, 31 de mayo de 2019

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos” (Hechos 1,1-11). Ascensión del Señor.







El tren avanzaba rápidamente por la vía, llevado por una fuerte locomotora que arrastraba un gran número de vagones cargados.
De pronto, la máquina se desprendió y continuó andando frenéticamente hacia delante. Los vagones continuaron su marcha, llevados por la inercia… pero, lentamente, comenzaron a perder velocidad hasta detenerse.

La caravana hacía su lenta marcha por la vasta llanura, al paso de los que iban más despacio, para que nadie quedara atrás. Algunos con capacidad de moverse más rápidamente se adelantaban para explorar caminos, pero no se perdían de vista y volvían, para seguir animando el caminar del resto y ayudarlos a prepararse para los desafíos de la ruta.

¿Cómo describir la marcha de la Iglesia? A veces, como sucede también en otros grupos humanos, una comunidad funciona como un tren, tirado por su locomotora; un sacerdote o una religiosa que ejercen un liderazgo fuerte… pero cuando esa figura se marcha, la comunidad empieza a ralentizar, se detiene, se estanca, a menos que busque otra forma de seguir caminando, que descubra sus propias posibilidades y energías, que encuentre otra forma de relación de la comunidad con un nuevo animador o responsable. Así, el grupo marchará como la caravana. Despacio, pero sin volver atrás; lentamente, pero siempre hacia adelante, marchando todos juntos.

Este domingo la Iglesia celebra la Ascensión de Jesús a los Cielos. Es la despedida de Jesús de sus discípulos, después de haber resucitado y haber estado con ellos varias veces.

Los discípulos están inquietos, con el corazón perturbado. Algunos esperan el cumplimiento de viejas ilusiones. Uno de ellos dice:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».
Una expectativa equivocada; pero que expresa también una incertidumbre; si no ocurre eso, ¿qué viene ahora? ¿qué sucederá en adelante?

Jesús ha previsto ese momento. En la última cena, frente a su inminente pasión y su partida, Jesús percibió la sensación de desamparo que sentían sus discípulos, la angustia de que ya no contarían con su presencia. Allí les anunció “no los dejaré huérfanos” y les prometió la presencia activa del Espíritu Santo:
“el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Juan 14,26)

“Paráclito”… una palabra difícil, pero de bonito significado. Paráclito quiere decir “aquél que llamo para que esté a mi lado”. Esa palabra griega se traduce al latín como “advocatus”. De ahí viene nuestra palabra “abogado”, sobre todo con el sentido de defensor, aquel que está a mi lado, que me representa, que habla por mí.

El Espíritu guía a cada discípulo como maestro interior, que le ayuda a recordar y comprender las palabras de Jesús; pero no solo guía a cada discípulo, como si cada uno se fuera por su lado; muy importante, guía a la comunidad, la comunidad que se reúne en asamblea, invocando al Espíritu antes de tomar cada decisión. La primera comunidad cristiana comunica sus resoluciones diciendo:
“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido.” (Hechos 15,28).

Llegado el momento de la Ascensión, tal como nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús se despide de sus discípulos volviendo a anunciarles que recibirán el Espíritu Santo e indicándoles la misión que llevarán adelante guiados, impulsados y animados por el Espíritu:
“recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”
E inmediatamente después de esas palabras:
los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.

Ahora sí, Jesús se ha ido. Comienza la misión. Pero los discípulos están como paralizados. Su mirada sigue en las alturas.
Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»

Desde entonces, con la ayuda del Espíritu Santo, la comunidad de los discípulos de Jesús busca realizar su misión. Para eso, la Iglesia en todas sus dimensiones… universal, diocesana, parroquial, pequeña comunidad, necesita siempre mirar la realidad del mundo en el que está y al que ha sido enviada… tratar de VER con los ojos de Jesús. Reconocer esa realidad que interpela y desafía…
Necesita, en segundo lugar, interpretar, DISCERNIR la realidad, para anunciar allí el Evangelio, la buena noticia de la salvación.
En tercer lugar, teniendo en cuenta también sus propias fuerzas y posibilidades, elegir acciones concretas: ACTUAR…
En esos pasos de VER, DISCERNIR, ACTUAR, especialmente en el DISCERNIR, la comunidad necesita siempre invocar al Espíritu Santo y escuchar su voz.

Eso es lo que la Iglesia Católica ha buscado a través de los Concilios, el último de los cuales fue el Concilio Ecuménico Vaticano II. En ese Concilio se creó una herramienta, el Sínodo de los Obispos, que se reúne periódicamente convocado por el Papa. Antes de cada asamblea del Sínodo se hace una consulta a todo el Pueblo de Dios para que todos los miembros de la Iglesia tengan la posibilidad de opinar sobre el tema consultado.

Así se hizo con el reciente Sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, en el que fui llamado a participar en octubre del año pasado. “Sínodo” significa “caminar juntos”. Es otra vez la idea de la caravana. Todos los participantes percibimos la necesidad de que la Iglesia crezca en “sinodalidad”, en esa actitud de caminar juntos, dejándonos guiar por el Espíritu Santo para vivir en fidelidad a Jesús.

En eso estamos también en nuestra diócesis, buscando definir, con participación de los fieles, nuestro proyecto pastoral diocesano. Jesús dijo a sus discípulos “serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Aquí, en nuestro confín del Uruguay, en nuestra frontera, en las rutas de la Cuchilla Grande, del Olimar y del Tacuarí, del Cebollatí y de la laguna Merín, en fin: para nuestra gente de Treinta y Tres y Cerro Largo, queremos ser testigos de Jesús.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 24 de mayo de 2019

"Les dejo la paz, les doy mi paz" (Juan 14, 23-29). VI Domingo de Pascua.






Saludar, dice el diccionario, es “dirigir a alguien, al encontrarlo o despedirse de él, palabras corteses, interesándose por su salud o deseándosela”. Cuando decimos buenos días, buenas tardes, buenas noches, estamos deseando a la otra persona que esté bien, que pase bien los distintos momentos de la jornada, lo que incluye buena salud. En muchas ocasiones esto lo decimos solo formalmente, como cortesía elemental en el encuentro con alguien; por eso, cuando al saludo le agregamos un “¿cómo estás?”, a veces nos preguntan si de veras queremos saberlo… "¿Te digo “bien” o te cuento?"

Cuando nos interesamos realmente por la persona con la que estamos, nuestro saludo adquiere un significado más profundo, porque expresa nuestro deseo verdadero de que esa persona esté bien… Bien, no solo física o mentalmente… también espiritualmente; en paz consigo misma, con los demás y con Dios. Salud es también salvación, en su sentido religioso, que abarca la totalidad de la persona, cuerpo, mente y alma.

Pensemos en lo que quiere decir “adiós”. Su significado puede estar olvidado, pero es “A Dios te encomiendo”, “A Dios nos encomendamos”, o sea, nos confiamos a Dios, nos ponemos en sus manos… “Vaya con Dios” es otra forma de despedida más clara aún en ese sentido.

Rastreando las formas antiguas de nuestros saludos cotidianos, nos encontramos con “buenos días nos dé Dios”. Por ahí recibimos a alguien que saluda con un “buenas y santas”: que es una abreviación de “buenas y santas tardes nos dé Dios”. También hay quien se despide diciendo “hasta mañana si Dios quiere”, reconociendo que nuestra vida está en manos de Dios.

En fin, todo esto para decir que Dios se cruza o está escondido dentro de nuestra manera de saludar.

Shalom alejeim es un saludo en lengua hebrea y significa “La paz esté con ustedes”.

En la Biblia, a lo largo del Libro de la Primera Alianza, lo que se suele llamar Antiguo Testamento, la palabra SHALOM aparece unas 230 veces. A través de esas expresiones es posible ir descubriendo la verdadera paz, como don de Dios a los hombres.

Allí son puestas en evidencia formas de paz solo aparentes, basadas en la mentira, la falsa conciencia, el autoengaño. Uno de los salmos alerta sobre quienes
“hablan de paz a su vecino, pero la maldad está en su corazón” (Salmo 28,3).
Aparece también el desconcierto de un hombre justo “al ver la paz de los impíos” hasta que comprende el terrible destino final de esos malvados (Salmo 73,3.18).

También se habla del cansancio de tratar
“con los que odian la paz. Si yo hablo de paz, ellos prefieren la guerra”, 
dice el Salmo. (Salmo 120,6-7)

La Paz, SHALOM, es el bienestar en la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, con los demás, consigo mismo y con Dios. Es bendición, reposo, riqueza, salvación… vida. Es justicia. Es plenitud de dicha y es un don de Dios, como dice otro salmo:
“Dios bendice a su pueblo con la Paz” (Salmo 29,11)
“Que Dios te muestre su rostro y te conceda la Paz” (Números 6,26)
es la conclusión de la bendición que encontramos en el libro de los Números.

Hay que pedir a Dios el don de la Paz y desearlo para todos:
“Pidan la paz para Jerusalén… haya paz en tus muros…
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir ¡la paz contigo!
Por la casa del Señor nuestro Dios te deseo todo bien” (Salmo 122, 6-8)
Los profetas anuncian la Paz que traerá el Mesías, paz que superará todos los anhelos.
El profeta Isaías la compara con una correntada:
Así dice Dios: miren que voy a derramar sobre Jerusalén la paz como un río. (Isaías 66,12)
En Jesús se cumplen todas las esperanzas de los hombres y las promesas de Dios. Él es quien trae al mundo la Paz de Dios, como lo anunciaron los ángeles cantando en su nacimiento:
“Gloria a Dios en lo alto del Cielo y en la tierra PAZ a los hombres amados por el Señor” (Lucas 2,14)
Ya en su tiempo de misión entre los hombres, Jesús saluda ofreciendo la paz e indica a sus discípulos hacer lo mismo:
Cuando entren a una casa, digan primero: “Paz a esta casa”.
Y si hubiere allí un hijo de paz, su paz reposará sobre él; si no, volverá a ustedes.
(Lucas 10,5-6)
Para hacer la vida más humana, para que sea como Dios la quiere, lo primero es sembrar la paz, no la violencia; promover el respeto, el diálogo y la escucha mutua; no la imposición ni el enfrentamiento.

Y finalmente en el evangelio de este domingo, escuchamos a Jesús decir a sus discípulos:
“Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”.
Jesús está en la última cena, pronunciando su discurso de despedida. Sintiendo la cercanía de la muerte, está disponiendo de sus bienes… ¿cuál es el bien mayor que deja Jesús a los suyos?
Jesús deja a los discípulos su Paz, la paz que ellos han podido ver en Él. Esa paz es fruto de la íntima unión de Jesús con el Padre. Les regala su paz, que nacerá en ellos si están dispuestos a recibir y dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.

Dios da la paz; y la paz se pide a Dios, pero eso no exime de la responsabilidad de buscarla ni del esfuerzo personal y comunitario para establecerla. Esfuerzo personal: primero para estar en paz consigo mismo. El Mahatma Gandhi decía que “el que no está en paz consigo mismo está en guerra con todo el mundo”. Paz con nuestro prójimo: con nuestra familia… una paz a veces muy costosa; con nuestros vecinos, con todas las personas con las que compartimos algo de nuestra vida. Paz con la creación, en el respeto y el cuidado de la casa común…

Todos los caminos de la Paz nos llevan a la Paz con Dios y la Paz con Dios nos realimenta y reenvía para ser portadores de paz. Como dice el profeta Isaías:
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación…!» (Isaías 52:7)
¡Qué bueno que esto pudiera decirse de cada uno de nosotros!

La persona que lleva en su interior la paz de Cristo busca siempre el bien de todos, no deja fuera a nadie; fomenta todo lo que une, no lo que enfrenta y separa.

Amigas y amigos, gracias por su atención. Ojalá que la próxima vez que nos encontremos con alguien, ya en nuestro saludo, de corazón, estemos ofreciéndole la paz de Dios.

El Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.