miércoles, 26 de marzo de 2025

“Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lucas 15,1-3.11-32). IV Domingo de Cuaresma.

El Evangelio de este domingo es sumamente conocido. Es la parábola comúnmente llamada “del hijo pródigo”, un nombre que ha recorrido mucho camino. Creo que, además, muchos no conocemos ni usamos ese adjetivo, “pródigo”, si no es en referencia a este pasaje del evangelio de Lucas:

Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde." Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. (Lucas 15,11-13)

Es que “pródigo”, según el diccionario de la Real Academia Española, significa exactamente eso: “Dicho de una persona: Que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón.”

Se ha propuesto también el nombre de “Parábola de los dos hijos”, ya que ambos tienen su papel en el relato. Sin embargo, tanto “el hijo pródigo” como “los dos hijos” dejan en la sombra al verdadero personaje central, que es el padre. El nombre más justo y adecuado de esta parábola es “el padre misericordioso”. Pero no nos adelantemos.

¿Cómo se nos presenta la relación de estos dos hijos con su padre? El comienzo de la parábola, que ya hemos escuchado, nos muestra una acción terrible de parte del hijo menor: pedir la parte de su herencia mientras su padre vive y alejarse de la casa paterna. En nuestras historias familiares, algunas de otros tiempos, no falta algún padre que haya dejado de hablar con alguno de sus hijos o hijas porque hizo algo que para él ha estado muy mal. Incluso, algunos mantuvieron esa actitud hasta su muerte. Son historias estremecedoras. Pero aquí tenemos un hijo que está tratando a su padre como si ya hubiera muerto y se va de su presencia, como para no verlo nunca más.

La parábola continúa contándonos que ese hijo menor perdió toda su fortuna y entonces recordó cómo se vivía en la casa de su padre. Pero, notémoslo, en su añoranza no aparece su condición de hijo, sino que recuerda cómo vivían los trabajadores de su padre y decide volver y pedir ese lugar, el de siervo:

Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." (Lucas 15,17-19)

Así, aquel joven caído en la miseria emprende el regreso. Su padre lo recibe -volveremos sobre eso- y organiza una fiesta para celebrar que ha vuelto. El hermano mayor, que se ha quedado junto al padre, regresa de trabajar en el campo y oye la música. Cuando pregunta qué pasa, le explican:

"Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo." (Lucas 15,27)

El hijo mayor encara al padre con reproches. Pero ¿qué le reprocha?

"Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!" (Lucas 15,29-30)

“Hace tantos años que te sirvo”… el hijo mayor no se presenta como hijo: se presenta como servidor, servidor fiel que ha obedecido siempre a su patrón y no se siente adecuadamente recompensado: “nunca me diste un cabrito…”

Veamos ahora la actitud del padre ante sus hijos.

Notemos lo que sucede en el momento en que el hijo menor va llegando a la casa:

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. (Lucas 15,20)

“Cuando todavía estaba lejos…” El padre no estaba dentro de la casa, sino mirando hacia el camino. No era algo casual: cada día esperaba; cada día sostenía la esperanza del regreso de su hijo. Cuando lo ve no espera a que llegue: corre a su encuentro; lo abraza y lo besa. El padre ama con amor de madre: no importa lo que el hijo ha hecho; antes que nada, es su hijo y lo ama.

Al abrazo y el beso, se suman otros gestos:

"Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." (Lucas 15,22-24)

Podríamos pensar que esas distintas atenciones: vestido, anillo, sandalias y comida especial son una simple expresión de cariño y alegría. Lo son, pero más aún, los distintos detalles tienen su significado.

La mejor ropa es el traje de fiesta, la vestimenta larga, que usa el invitado de honor, a diferencia del servidor, que lleva vestimenta corta. Al hijo que ha regresado no se le preguntará “¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” (Mateo 22,12) ya que es el padre mismo quien hace que le pongan el traje.

El anillo no es un adorno. El anillo sirve como sello y es signo de autoridad. Con el anillo, el padre vuelve a darle al hijo lo que había perdido, la parte de los bienes de su padre. Aquí comenzamos a ver que la herencia aquí representada no es material y por eso es inagotable.

Las sandalias son la señal del hombre libre. Los esclavos iban descalzos.

El padre no quiere de sus hijos que sean siervos ni esclavos, sino personas libres… ¡hijos e hijas! que responden a su amor con amor, desde su libertad.

Pero no nos olvidemos del hermano mayor. Al enterarse de que se daba una fiesta por el regreso de su hermano,

Él se enojó y no quiso entrar. (Lucas 15,28a)

¿Qué hace el padre entonces? Así como salía a esperar el regreso del hijo menor…

Su padre salió para rogarle que entrara (Lucas 15,28b)

El padre sale a buscar a sus hijos. Los quiere a los dos. Quiere el reencuentro entre ellos. Quiere que el hermano mayor reconozca al menor como “mi hermano” y no como “ese hijo tuyo”…

¿Cuál es el significado definitivo de esta parábola? Pues, decirnos: “así es Dios”. Con ese amor nos ama, con ese amor misericordioso, que se compadece de todos nuestros pecados y extravíos, de todo el mal con que dañamos a los demás y nos dañamos a nosotros mismos. Con ese amor con que nos espera siempre y anhela nuestro reencuentro con Él.

Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. (Lucas 15,32)

Las parábolas de Jesús nos invitan a reconocernos en sus personajes. Habrá quien se halle bien como el hijo menor que vuelve y experimente el consuelo de encontrar al Padre Misericordioso. Habrá quien sienta que ha actuado como hermano mayor, y rogará para convertirse y cambiar su corazón endurecido. Y no está mal que alguien se sienta como el Padre, que espera y sale, que busca construir un puente para el reencuentro de quienes necesitan reconciliarse con él y entre sí.

En esta semana

Desde el lunes 31 estará reunida en Florida la asamblea de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Les pido su oración por este encuentro en que los Obispos compartimos nuestros desvelos pastorales por el Pueblo de Dios que peregrina en las nueve diócesis de Uruguay.

Miércoles 2: un santo tal vez poco conocido entre nosotros, San Francisco de Paula, patrono de Calabria, en Italia. Un hombre de penitencia, que basó su espiritualidad en la práctica cuaresmal. Un buen compañero para nuestro itinerario en este tiempo.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

lunes, 24 de marzo de 2025

viernes, 21 de marzo de 2025

«Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» (Éxodo 3,1-8a.13-15). III Domingo de Cuaresma.

En todas las religiones, montes y montañas han sugerido al hombre un camino hacia Dios. Al subir físicamente, es posible vivir también una elevación espiritual. Aquí mismo, en Uruguay ¿cuántos hemos subido más de una vez al cerro del Verdún, coronado por la imagen de María Inmaculada y cómo nos ha ayudado en nuestra vida de fe?

En el primer domingo acompañamos a Jesús en sus tentaciones, donde no faltó la subida a un monte; en el segundo domingo, fuimos con Él y tres de sus discípulos al Tabor, para contemplarlo transfigurado. En este domingo, acompañamos a Moisés, a quien Dios ha llamado para conducir a su Pueblo a la liberación, en su subida al Horeb, la montaña santa.

En la lectura encontramos a Moisés llevando una vida que podríamos calificar de “bien encaminada”. Moisés, siendo hebreo, fue, sin embargo, educado en Egipto como un príncipe. Después de matar a un egipcio que maltrataba a su pueblo, Moisés dejó aquella vida y se instaló en el desierto, donde se casó y trabajó para su suegro. Todo parecía llevarlo a dejar atrás su vida en Egipto y el sufrimiento de su pueblo, esclavizado y maltratado.

Sin embargo, como muchas veces sucede, no podemos borrar de nuestro corazón aquello que ha marcado profundamente nuestra vida. Tal vez por eso…

Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. (Éxodo 3,1)

“Más allá del desierto”… Moisés salió de su rutina. Salió de los caminos habituales. Tampoco fue a cualquier lugar, a cualquier cerro: fue al Horeb, “la montaña de Dios”. 

Lo esperaba algo sorprendente:

Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?» (Éxodo 3,2-3)

No tardaremos en saber que esa zarza ardiendo es una manifestación de Dios. Pero ¿por qué Dios eligió esa manera de manifestarse a Moisés? Tal vez ese fuego que no se apaga está reflejando lo que arde en el corazón de Moisés. El recuerdo del sufrimiento de su pueblo sigue siendo para él algo ardiente, algo que quema dentro.

Y llega la manifestación de Dios, que se va dando paso a paso. El primer paso es llamar a Moisés por su nombre:

Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió él. (Éxodo 3,4)

El segundo paso de la revelación de Dios es hacerle saber a Moisés en dónde está entrando y con qué actitud debe hacerlo:

«No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa.» (Éxodo 3,5)

Y en un tercer momento, llega la revelación explícita:

«Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» (Éxodo 3,6a)

Ante esto, así como se había descalzado ante la indicación de Dios, Moisés hace por sí mismo otro gesto de respeto:

Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios. (Éxodo 3,6b)

Y aquí llega el motivo por el que Dios lo ha llamado:

El Señor dijo: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel.» (Éxodo 3,7-8)

Esta lectura se ubica en este tiempo porque, no lo olvidemos, la Cuaresma es camino hacia la Pascua. En el pasaje que acabamos de escuchar, Dios está anunciando la Pascua de Israel, el Pésaj, que consistirá en la intervención de Dios para la liberación del poder de los egipcios y la entrada en la Tierra Prometida. La Pascua, dentro de la cual se sella la primera alianza, será el gran acontecimiento del Pueblo de Israel, celebrado hasta hoy como una gran fiesta por la comunidad israelita.

Dios se ha identificado ya como “el Dios de los padres”, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El Dios que hizo alianza con Abraham y lo bendijo, y mantuvo esa bendición para su hijo Isaac y su nieto Jacob. Dios se define a través de esa relación que él mismo estableció con esos tres hombres y sus familias, los tres grandes ancestros del pueblo de Israel.

Pero Moisés pregunta cuál es el nombre de Dios. Como respuesta, recibe estas palabras:

«Yo soy el que soy.» Luego añadió: «Tú hablarás así a los israelitas: "Yo soy" me envió a ustedes.» (…) Este es mi nombre para siempre, y así será invocado en todos los tiempos futuros.» (Éxodo 3,14-15)

La cuestión del nombre de Dios así revelado, ha producido… no digamos algunos libros, sino enormes bibliotecas. Se han propuesto otras traducciones -no olvidemos que partimos de un texto en hebreo- pero en nuestra lectura actual se ha preferido la tradición literal: “yo soy el que soy”, que corresponde a “yo soy el que es”, “yo soy el existente”. Eso significa que Dios es el único verdadero existente, en el sentido de que existe por sí mismo, que su existencia no le ha sido dada por nadie. Aquí es donde los niños suelen preguntar “y a Dios ¿quién lo creó?” y la respuesta es que él “es el que es”, el creador de todo.

Esa manera en la que Dios se presenta cuando Moisés quiere saber su nombre nos suena un poco abstracta, hasta filosófica… pero Dios repite permanentemente que Él es “el Dios de tus padres”. Para Moisés y los israelitas, eso tiene sentido, un sentido profundo. Es el Dios que los ha acompañado en su historia, en la historia de esa familia que dio origen al pueblo de Israel.

¿Y para nosotros? ¿Tiene también sentido? Recuerdo una frase que me marcó mucho, en un libro que proponía una guía de lectura bíblica. Decía su autor: “la historia de la salvación es la historia de un alma: la tuya”. Encontrarme con la historia de la salvación, con los relatos en los que voy conociendo la relación de Dios con su pueblo: con Abraham, con Isaac, con Jacob, ahora con Moisés, me ayuda a reconocer la presencia y la acción de Dios en mi vida, a recordar o a tomar conciencia de mi propia historia de salvación, de mi propio lugar en ella. Como a Moisés, Dios me ha llamado por mi nombre… Que recordar todo esto mantenga o encienda en cada uno de nuestros corazones el ardor de la fe para participar de la misión de la Iglesia en el mundo.

En esta semana

Desde el lunes estarán reunidos en Buenos Aires delegados de las Conferencias Episcopales del Cono Sur, preparando la próxima asamblea del Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, que se realizará en mayo de este año. Oremos para que esos trabajos sean fructuosos para nuestro caminar como Iglesia.

Martes 25: Solemnidad de la Anunciación de María. Oramos por los Niños por nacer, para que su gestación llegue felizmente a término y sean recibidos con amor de familia. Saludamos a las Hermanitas de la Anunciación en su día de fiesta.

Domingo 30: José Ceriani, un nuevo diácono permanente para nuestra diócesis será ordenado por Mons. Heriberto en la parroquia de Tala. Oremos por este hermano que se pone al servicio de la comunidad en este ministerio.

Gracias amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 19 de marzo de 2025

martes, 18 de marzo de 2025

Celebración interreligiosa para orar por los nuevos gobernantes. Palabras de Mons. Heriberto.





El lunes 17 de marzo se realizó en la Catedral de Montevideo una velada de oración interreligiosa por el nuevo gobierno, organizada por la Confraternidad Judeo-Cristiana.

La celebración fue presidida por los co-presidentes de la Confraternidad: Rabino Daniel Dolinsky (Nueva Congregación Israelita), Pastor Dr. Jerónimo Granados (Iglesia Evangélica del Río de la Plata) y el Cardenal Daniel Sturla, SDB, acompañados por el Reverendo Gonzalo Soria (Iglesia Anglicana) y Mons. Heriberto Bodeant. Estuvieron también presentes otros obispos uruguayos: Mons. Jourdan, Mons. Antúnez, Mons. Wolcan y Mons. Sanguinetti.

Del nuevo gobierno participaron el Presidente Yamandú Orsi, el Pro secretario de presidencia y el ministro de Relaciones Exteriores, así como otros ministros y algunos legisladores.

En el centro de la oración estuvo la lectura de la Palabra de Dios, tomada del primer libro de los Reyes 3,5-15, en el cual aparece la oración del joven rey Salomón pidiendo el don de la sabiduría para poder gobernar a su pueblo.

A continuación de la lectura, hubo tres intervenciones: el rabino, el pastor y Mons. Heriberto.

Como gesto, se invitó al Presidente a encender una vela, como signo de esperanza y búsqueda de la luz.

La celebración finalizó con la bendición que se encuentra en el libro de los Números 6.24-26, que fue impartida por los cinco religiosos, con sus manos extendidas sobre la asamblea.

Transcribimos las palabras de Mons. Heriberto

En la lectura que hemos escuchado, el joven Salomón pide el don de la sabiduría para poder gobernar adecuadamente a su pueblo. Pide, fundamentalmente, el don de “discernir entre el bien y el mal” para ser “capaz de juzgar a un pueblo tan grande” (en realidad, menos numeroso que el nuestro). Salomón es un creyente y reconoce en el Creador la fuente de todo bien. A él le pide la sabiduría para realizar el bien.

El bien, el bien común, aquello que deseamos que todas y cada una de las personas puedan alcanzar y realizar, tiene en nuestro tiempo el nombre de desarrollo.

Desde la tradición católica, sin perjuicio de que otros puedan compartir la misma convicción, creemos que la vida humana es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Por eso entendemos el desarrollo como el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas, en un proceso de crecimiento, de ascensión.

Crecemos en humanidad, entre otras cosas, cuando se asegura para todos una buena atención de salud, oportunidades para acceder a vivienda y trabajo dignos, defensa ante la amenaza de la inseguridad y la violencia, así como protección de la vida humana en su etapa de gestación y acompañamiento y cuidado en sus momentos de sufrimiento, hasta su final natural.

El horizonte de nuestra vida no se cierra en el poseer. Nos desarrollamos en humanidad desde lo profundo del corazón, revirtiendo el egoísmo que nos mutila, abriéndonos al prójimo, al vecino, y construyendo nuevos vínculos sociales basados en el servicio mutuo, la cooperación en el bien común y la voluntad de paz, atendiendo particularmente a los más frágiles y vulnerables, para que nadie sea dejado atrás.

Y ese desarrollo, ese pasaje a condiciones de vida aún más humanas se hace más completo cuando se integra la dimensión espiritual, cuando nos abrimos a la trascendencia, reconociendo los valores supremos y, para quienes somos creyentes, a Dios mismo, fuente y fin de todos los valores.

Hacemos votos para que nuestro pueblo, en su pluralidad, con el concurso de nuestro presidente y de todos los demás que han sido elegidos o designados para desempeñar cargos de gobierno, busque y encuentre los caminos de concordia para avanzar en su desarrollo pleno, su desarrollo integral. Así sea.

viernes, 14 de marzo de 2025

“Maestro, ¡qué bien estamos aquí!” (Lucas 9,28b-36). II Domingo de Cuaresma.

“Zona de confort” es una expresión que desde hace algunos años se ha ido abriendo camino y ha entrado en nuestras conversaciones. Se la define como un estado mental en el que una persona se siente cómoda y segura, evitando riesgos y ansiedad. En la zona de confort, uno se siente bien… pero, a veces, eso se hace a costa de negarse a ver algunas luces amarillas de advertencia, algunas señales de que estamos caminando en una falsa seguridad. Ahí la zona de confort se vuelve como una zona de evasión…

En el Evangelio de hoy encontramos esas palabras de Pedro que tomamos hoy como título y que parecen sugerir que Pedro quiere crear una zona de confort:

«Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» (Lucas 9,33)

Pedro, Santiago y Juan habían sido llevados por Jesús a una montaña, que hoy se identifica con el monte Tabor, ubicado en la antigua Galilea. Jesús los llevó allí “para orar”, como dice el evangelista Lucas. Sin embargo, los discípulos van a vivir una experiencia que motivará el deseo de Pedro de quedarse allí, de prolongar ese momento:

Mientras [Jesús] oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. (Lucas 9,29-31)

La visión que tienen Pedro y sus compañeros en el Tabor es enormemente gratificante. Literalmente se podría decir que están “tocando el cielo con las manos”. Pero esa visión tiene una finalidad y así lo ha entendido la Iglesia, como lo expresa el prefacio de este segundo domingo de Cuaresma, en el que se manifiesta que Jesús reveló a sus discípulos el esplendor de su gloria, 

... para que constara, con el testimonio de la Ley y los Profetas,
que, por la pasión, debía llegar a la gloria de la resurrección.
(Prefacio, II domingo de Cuaresma)

El sentido, pues, de la experiencia que Jesús hace vivir a sus discípulos, es prepararlos para el gran escándalo de la cruz. El rostro que contemplan los discípulos en el monte, ese rostro transfigurado, se volverá irreconocible en la pasión, deformado por el sufrimiento y cubierto de sangre, sudor y polvo.

Así lo había anunciado el profeta Isaías en uno de los cánticos del servidor sufriente:

Muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano (Isaías 52,14)

Pero el profeta anunciaba también el triunfo del servidor:

Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. (Isaías 52,13)

Para los discípulos, la contemplación a la que han tenido acceso genera en ellos el deseo de eternizar ese momento; pero la eternidad no ha llegado todavía. Deberán bajar con Jesús del monte, para seguir el camino hacia Jerusalén: el camino que lleva a la pasión y a la muerte, pero también a la resurrección y a la vida, a través de la cruz.

Después de referirnos las palabras de Pedro, qué bien estamos aquí, hagamos tres carpas, el evangelista nos advierte “Él no sabía lo que decía” (Lucas 9,33). Inmediatamente se produce un cambio en el escenario:

Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.» Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. (Lucas 9,34-36)

Ahí terminó el episodio. Volviendo sobre pasajes anteriores del evangelio, comprendemos mejor lo que quiso hacer Jesús. Ocho días antes, Él había dicho:

«El hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día». (Lucas 9,21)

Lo mismo vale para los discípulos. A continuación dice Jesús:

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará». (Lucas 9,23-24)

Jesús no llevó a los discípulos al Tabor como una especie de “recreo”, de descanso, sino a vivir una fuerte experiencia de Dios que los animara a superar el escándalo de la pasión y a llevar su propia cruz.

Llevar la cruz es asumir el dolor y el sufrimiento que nos ha tocado. No es resignación ni masoquismo: es creer que si morimos con Cristo, es decir, si unimos nuestro dolor a su Pasión, viviremos con Él. Las pruebas, las tribulaciones, las dificultades que experimentamos tienen su superación en la Pascua. Nuestra vida se hace pascual cuando vamos transitando esos momentos de muerte y resurrección hasta llegar un día a compartir en forma definitiva la muerte y resurrección del Señor.

Este domingo, Jesús nos invita también a nosotros a subir al monte a orar. Quedémonos con Él en el silencio, en la contemplación de su rostro, en su presencia en la Eucaristía, siempre buscándolo a Él. No se trata de construir una “zona de confort” donde evadirnos y olvidarnos de nuestra cruz, sino de encontrar en el Señor la fuerza para seguir cada día caminando con Él en esperanza, como Pueblo de Dios que marcha hacia la Pascua.

En esta semana

Miércoles 19. Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. Nos confiamos a este gran patriarca, custodio del Redentor y de su Madre, siempre disponible para poner de inmediato en obra todo lo que Dios le pidió, que no fue poco.

Jueves 20. Nuestro Obispo emérito, Monseñor Alberto Sanguinetti celebra los quince años de su ordenación episcopal. Lo hará en la catedral de Canelones, comenzando por el rezo de Vísperas, a las 18:30, seguido de la Santa Misa.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Sigamos profundizando nuestro camino de Cuaresma, camino de esperanza, con la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 13 de marzo de 2025

Papa Francisco: doce años de pontificado. Mensaje del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay.


A todos los fieles de nuestras comunidades:

El próximo jueves 13, se cumplirán los doce años de la elección del Santo Padre Francisco.

Junto a nuestras comunidades, seguimos rezando por él: por su salud, por sus intenciones.

Queremos también recordar algunas de sus palabras en el día en que celebró el inicio solemne de su ministerio como sucesor de Pedro, el 19 de marzo de 2013:

“Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.”

Caminando en esta Cuaresma y en este año Jubilar, renovemos nuestra esperanza y acompañemos con la oración al Papa Francisco.

Conferencia Episcopal del Uruguay, Consejo Permanente.

Montevideo, 10 de marzo de 2025.

domingo, 9 de marzo de 2025

“A Él solo rendirás culto” (Lucas 4,1-13). I Domingo de Cuaresma.

“Eso es relativo”, solemos decir, por ejemplo, cuando alguien quiere señalarnos que algo es muy importante y que tenemos que tenerlo muy en cuenta. Nuestra respuesta, “eso es relativo”, quiere bajar, al menos un poco, esa importancia que se pretende darle al asunto.

Sin embargo, al decir eso, tendríamos que preguntarnos… “eso es relativo ¿relativo a qué?” Es decir ¿con qué está en relación esa realidad, ese asunto, ese problema? Viendo esa relación ¿sale alguna luz que nos permita ver mejor para decidir lo que tengamos que decidir o hacer lo que tengamos que hacer?

En esta clave podemos leer el pasaje del evangelio de este domingo, que nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto.

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. (Lucas 4,1)

Ya aquí podemos empezar a aplicar nuestro enfoque. Jesús “fue tentado”. Escuchando eso, alguien podría decir: “tentado… bueno, eso es relativo”; es decir: Jesús es el Hijo de Dios, está lleno del Espíritu Santo… o sea, las tentaciones no son tan fuertes para él como lo son para nosotros. Él no va a caer; al tentador lo camina por arriba.

Sin embargo, las tentaciones se presentan en relación con la humanidad de Jesús. La carta a los Hebreos nos dice que Jesús es capaz de compadecerse de nuestras debilidades porque…

Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. (Hebreos 4,15)

Jesús fue tentado de verdad. No cayó en el pecado, pero tuvo que discernir, tuvo que luchar contra el tentador. Esa lucha seguirá de ahí en adelante, porque el demonio estará siempre acechándolo:

Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno. (Lucas 4,13)

Vayamos ahora a la primera tentación. Después de cuarenta días de ayuno, el demonio dice a Jesús:

«Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». (Lucas 4,3)

Esta tentación tiene un alcance más largo del que parece. Está lo inmediato: el hambre. Está la solución inmediata: el milagro. Jesús podría decir: sí, está bien ¿por qué no? Necesito pan y puedo tenerlo ahora… 

Más adelante, podría hacer lo mismo con la multitud. Pero ¿acaso no lo hizo? 
Cuidado. Si leemos con atención los milagros de Jesús, veremos, primero, que Jesús nunca hace un milagro para él. 
En segundo, lugar, incluso el agua cambiada en vino o la multiplicación de los panes y peces, no lo hace sin que haya alguna participación e incluso colaboración de quien lo pide o quien lo recibe. 

Las cosas, los alimentos son relativos, es decir, hay que ponerlos en relación con Dios, de quien los recibimos; pero no son lo único necesario para el hombre. El alimento puede ser una urgencia, otras cosas son “necesidades básicas” que también pueden estar insatisfechas; pero al responder al tentador, Jesús da a entender que hay necesidades humanas más profundas:

«Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan» (Lucas 4,4)

La respuesta de Jesús queda abierta. ¿De qué más vive el hombre? Seguramente recordamos esta misma respuesta en el evangelio según san Mateo:

«Está escrito: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"» (Mateo 4,4)

Comer cada día es necesario, es imprescindible, pero no alcanza para darle sentido a nuestra vida.

Vayamos a la segunda tentación. Desde un lugar muy alto, el demonio le muestra a Jesús todos los reinos de la tierra y le dice:

«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá» (Lucas 4,6-7)

El poder. En el pasado y en el presente ha habido y hay hombres que buscaron el poder absoluto, sin controles ni contrapesos. Algunos, al menos por un tiempo, creyeron haberlo alcanzado y usaron y abusaron de su poder sometiendo a pueblos enteros. En el libro de Daniel aparece la figura de un gigante modelado en oro, plata, bronce y hierro… pero con sus pies mezcla de hierro y arcilla, por donde comenzará su total destrucción. (cf. Daniel, capítulo 2)

El tentador puede cumplir su promesa: “te daré todo este poder”; pero esconde lo más importante: esto no se sostendrá, esto te llevará a tu destrucción.

La tentación para Jesús está en pensar que el poder puede ser el medio para realizar su misión de salvación. Desde la cima, desde el prestigio ¿cuánto puede incidir en este mundo? Sin embargo, rechaza al tentador porque su camino no es el del poder, adorando a Satanás, sino el del servicio y la entrega, adorando al Dios vivo. Por eso, su respuesta:

«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto.» (Lucas 4,8)

Poner las cosas (el alimento y las demás necesidades básicas) en relación con Dios; poner la relación con las demás personas dentro de su relación con Dios van siendo las respuestas de Jesús al tentador. La tercera tentación va a poner en cuestión la relación de Jesús con Dios mismo. 

El demonio lleva a Jesús a Jerusalén, lo coloca sobre la parte más alta del templo y le dice:

«Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra» (Lucas 4,9-11)

Por decirlo a la uruguaya, el tentador pone aquí “toda la carne en el asador”. 
Se reviste de una apariencia devota y cita, distorsionada, la Palabra de Dios.
No está tratando de provocar una caída ocasional, sino de socavar la base de nuestra relación con Dios: sembrar la duda. Dios ¿cumplirá o no cumplirá su Palabra? 
Desconfiar del proyecto de Dios, dudar de su amor, creer que nos ha abandonado. Así fue la primera tentación, de la que derivó el primer pecado: llevar a la primera pareja humana a desconfiar de Dios.

Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal (Génesis 3,5)

Jesús no ha dudado nunca del Padre. En su humanidad, pudo experimentar la oscuridad, pudo clamar desde la cruz “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,34); pero, precisamente en ese grito se revela la unión profunda del Padre con el Hijo, en el Espíritu; porque en el sufrimiento del Dios hecho hombre se ilumina y cobra sentido cada padecimiento humano. Jesús sufre su última tentación en la cruz, que le llega en la burla de los dirigentes del pueblo:

«Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!». (Lucas 23,35)

Pero su respuesta sigue siendo la misma, la que dio al tentador:

«Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios» (Lucas 4,12)

La confianza de Jesús en el Padre no es “relativa”: es absoluta. Solo así podrá vivir la entrega total en su pasión y muerte, que lo llevará a la Resurrección. A la hora de nuestra propia tentación, fijemos la mirada en el Crucificado. La cruz es el signo de su confianza, de su entrega y de su amor, que transforma ese instrumento de muerte en signo de luz, vida, amor y resurrección.

Gracias, amigas y amigos. Que tengan un fructuoso camino de Cuaresma, con la bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

sábado, 8 de marzo de 2025

Palabra de Vida: Seguir a Jesús con esperanza. Lucas 5,27-32



Sábado después de Ceniza, 8 de marzo de 2025. 
Reflexión tomada del Mensaje del Papa Benedicto XVI para el 50º Día Mundial de Oración por las Vocaciones, 21 de abril de 2013.
Imagen: La vocación de San Mateo, Caravaggio, 1601. Iglesia de San Luis de los Franceses (Roma).
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

viernes, 7 de marzo de 2025

Palabra de Vida: Practicar el ayuno, haciendo el bien. Isaías 58,1-9a


Viernes después de Ceniza, 7 de marzo de 2025. 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.