miércoles, 25 de septiembre de 2019

“Un pobre llamado Lázaro” (Lucas 16,19-31) Domingo XXVI del Tiempo durante el año.







«¿Me atreveré a exponerle la situación lamentable y realmente digna de lástima de nuestra Patria? El gobierno dividido por las disensiones; las ciudades y las provincias asoladas por las guerras civiles; los pueblos fragmentados en facciones; las aldeas, las villas, los más pequeños rincones destruidos, arruinados e incendiados; los campesinos sin poder recoger lo que sembraron y sin poder sembrar nada para los años siguientes. Los soldados se entregan impunemente a toda clase de desmanes. Los pueblos no sólo se ven expuestos a las rapiñas y a los actos de bandolerismos, sino incluso a los asesinatos y a toda clase de torturas. Los habitantes del campo que no han muerto por las armas están muriendo de hambre. (…) Es muy poco oír y leer estas cosas; sería menester verlas y comprobarlas con los propios ojos» [1]
Esto que hemos escuchado es un pasaje de una carta fechada el 16 de agosto de 1652. Un sacerdote francés escribía así al Papa Inocencio Décimo presentándole la catastrófica situación de su país. Aquel hombre, que fallecería ocho años después, el 27 de setiembre de 1660, es hoy conocido como San Vicente de Paúl.

No era la primera vez que ponía su mirada entristecida e indignada sobre la miseria humana. Él mismo había nacido en un hogar muy humilde. Como sacerdote fue encontrando cara a cara, a lo largo de su vida, diversas situaciones generalizadas de pobreza: los niños abandonados, los enfermos sin atención, los presos, los necesitados de toda índole, en una Francia dividida entre una minoría llena de riquezas y una multitud de hambrientos y desamparados.

Vicente veía a su alrededor gente que se desentendía totalmente de esas situaciones, mirando hacia otro lado. Vio también a quienes en algún momento habían sentido esa preocupación por los más pobres, abandonar todo esfuerzo. Sin embargo, fue encontrando de a poco corazones abiertos y manos deseosas de trabajar en favor de los más necesitados. Con aquellos hombres y mujeres fundó la congregación de los padres lazaristas y la de las hijas de la Caridad.

La realidad era tan desbordante que Vicente advirtió que la ayuda espontánea no era eficaz. Alcanzaba a aquellos que eran más despiertos, más audaces o más vivos, pero, en cambio, no llegaba a quienes estaban en los más bajos niveles de pobreza. Había que asistir a los necesitados, pero esa asistencia tenía que ser organizada. Así le escribe a uno de los encargados de llevar socorro:
“convendrá que escriba usted los nombres de esas pobres gentes, a fin de que, cuando llegue la hora de hacer la distribución, se les pueda dar esa ayuda, y no para otras personas que quizá puedan prescindir de ella. Pues bien, para distinguirlos bien, habría que verlos en sus casas, para conocer de cerca a los más necesitados y a los que no lo son tanto. Pero como es imposible que pueda hacer usted solo tantas visitas, puede usted utilizar algunas personas piadosas y prudentes, que acudan personalmente a los pobres, y que le informen sinceramente de la situación de cada uno.” [2]
Implementando éstas y otras prácticas similares, San Vicente se convirtió en uno de los fundadores de lo que hoy se llama “Trabajo Social”, disciplina que se propone el “abordaje de problemas sociales, desde la práctica y con los sujetos involucrados en ella, apuntando a la mejora de su calidad de vida y al desarrollo de sus potencialidades” [3].

La búsqueda de eficacia no ahogó lo fundamental: el espíritu con el que ir al encuentro del pobre.
“Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” [4].
“El mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres hasta decir que el bien y el mal que les hacemos lo toma como hecho a su misma persona. No hay ninguna diferencia entre amarlo a Él y amar a los pobres.” [5]

Traemos hoy todo esto, porque el viernes 27 celebramos la memoria de San Vicente de Paúl; pero también porque nos prepara para escuchar el evangelio de este domingo, la parábola del pobre Lázaro y el rico. Jesús presenta así la situación:
Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico.
Un hombre cubierto de lino, otro cubierto de llagas. Uno comiendo sobradamente, otro pasando hambre. Un gran contraste, una gran distancia… pero a la vez, cercanía: uno está dentro, otro a la puerta.
A los dos les llega la muerte y esto invierte las situaciones:
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan».
Aquel que no se preocupaba de lo que caía de su mesa abundante, de aquello con lo que tanto ansiaba saciarse Lázaro, pide ahora que caiga en su lengua al menos una gota de agua.
Abraham le explica que eso no es posible. Aquella distancia que los separó en la tierra, distancia que hubiera podido franquearse, se ha convertido en un gran abismo que ya no es posible atravesar.
El rico pide entonces a Abraham que envíe a Lázaro a prevenir a sus cinco hermanos, para que no caigan también en ese lugar de tormento.
En la respuesta de Abraham está una clave de esta parábola:
Abraham respondió:
«Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen».
El rico insiste: si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán. Pero Abraham es terminante:
«Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».
De eso se trata: de escuchar la Palabra de Dios, trasmitida por Moisés y los profetas y, ahora, para nosotros, escuchar a Jesús, Verbo encarnado, la Palabra misma de Dios hecha hombre. Por supuesto, escuchar quiere decir mucho más: responder a esa Palabra con un cambio de vida, con un esfuerzo de conversión, poniendo en práctica la Palabra.

Frente a este evangelio tan inquietante… ¿qué hacemos hoy en la Diócesis de Melo? Pienso inmediatamente en las Obras sociales San Martín y Picapiedras, en la Heladera solidaria de Treinta y Tres, en la pastoral penitenciaria, en las Fazendas de la Esperanza… y otras iniciativas de solidaridad en las distintas parroquias.

La pobreza tiene diferentes rostros. Existen programas de ayuda tanto desde el Estado como desde la sociedad civil. Para todos los que queremos hacer algo por y con los más pobres, hay varios retos: por un lado, llegar a aquellos que están en las situaciones más difíciles, más marginales… invisibles… escondidos... hasta indocumentados.  Por otra parte, superar el asistencialismo y la clientelización; ayudar a que las personas salgan de su situación de pobreza y dependencia, descubriendo y poniendo en obra sus propias capacidades de superación.
Para los cristianos, el desafío mayor lo seguimos encontrando en las palabras de San Vicente,
Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo.
Palabras que son eco de las del mismo Jesús:
Lo que ustedes hicieron con cada uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron (Mateo 25,40).

Amigas y amigos, que nos animen como palabras finales, las que dirige san Pablo a Timoteo en la segunda lectura de este domingo:
“hombre de Dios: practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna, a la que has sido llamado”.
Gracias a todos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.


[1] El texto original ha sido modificado levemente. La cita original puede leerse en: http://pauleszaragoza.org/san-vicente-de-paul-y-los-pobres-de-su-tiempo/
[2] Carta al hermano Juan Parré, responsable de los socorros fronterizos, tomada de página web ya citada.
[3] Universidad de la República, Uruguay, Licenciatura en Trabajo Social:
[4] Carta a las Hijas de la Caridad, página web ya citada.
[5] Texto de San Vicente, tomado de
https://www.cristianismeijusticia.net/sites/default/files/pdf/es194_0.pdf

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