miércoles, 26 de noviembre de 2025

El Señor vendrá (Mateo 24,37-44). Primer domingo de Adviento.

El domingo pasado, con la solemnidad de Cristo Rey, culminó el año litúrgico. Comenzamos, entonces, un nuevo año, con el tiempo de Adviento. Lo que aún no ha terminado, además del año civil, es el año jubilar, que tendrá su cierre en Roma con la solemnidad de la Epifanía. En las Diócesis el año jubilar concluye antes: el domingo 28 de diciembre, en la fiesta de la Sagrada Familia. Así lo haremos nosotros en la Diócesis de Canelones, tal como hicimos la apertura, en la parroquia de Sauce, de modo que comienzo aquí a invitar a todos los que quieran acompañarnos.

La primera lectura de este domingo comienza con un versículo que podríamos pasar fácilmente por alto, viéndolo apenas como un título: 

Palabra que Isaías, hijo de Amós, recibió en una visión, acerca de Judá y de Jerusalén. (Isaías 2,1)

La “Palabra” a la que se refiere Isaías es el mensaje de Dios para los hombres, un anuncio de paz… pero todo mensaje requiere que haya un mensajero, alguien que lo transmita.

Así, el tiempo de Adviento nos pide dos cosas: primero, recibir el mensaje; pero, también, aceptar que ese mensaje puede ser transmitido a través de nosotros.

De hecho, cada Misa nos pone frente a la misión de anunciar nuestra fe… Al terminar la celebración, el sacerdote o el diácono nos despiden diciendo “pueden ir en paz”; no para que nos guardemos esa paz, sino para que la llevemos al mundo.

Más aún, cuando después de la consagración del Cuerpo y Sangre de Cristo el sacerdote nos dice “este es el sacramento de nuestra fe”, nuestra respuesta es un compromiso: “anunciamos tu muerte… proclamamos tu resurrección”. Ese anuncio, esa proclamación no pueden quedar encerrados en el templo. Estamos llamados a manifestarlo en palabras y obras ante todos aquellos con quienes nos encontramos diariamente.

Esa aclamación termina con una frase que resuena especialmente en este tiempo de Adviento: “¡Ven, Señor Jesús!”. Anunciamos y proclamamos al Señor que viene a nosotros, que pasa en medio de nuestra vida cotidiana. De Él, como Isaías, somos mensajeros.

Junto al profeta Isaías, que nos acompañará a lo largo de los cuatro domingos en el camino hacia la Navidad, resuena también la palabra del apóstol Pablo:

Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. (Romanos 13,11)

“Ustedes saben en qué tiempo vivimos”… ¿lo sabemos realmente? ¿estamos conscientes o inconscientes? Cuando estamos en actividad, prestando atención a nuestras tareas, podemos pensar “sí, claro, estoy consciente”… sin embargo, a pesar de que nos sintamos así, muy despiertos, podemos haber entrado en el “sueño del alma” y necesitamos la voz que nos diga, como en aquella copla “despierte el alma dormida…”

Las luces de la corona de adviento, que irán marcando los domingos de este tiempo, se suman al llamado de Pablo a ese despertar del alma.

En el evangelio, el mensaje se hace más fuerte. Así comienza diciendo:

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. (Mateo 24,37-39)

“La gente comía, bebía y se casaba”… podemos preguntarnos “¿y qué pasa con eso, cuál es el problema?” Todo eso es normal… no se habla de gula, embriaguez, indecencia ni de violencia, robo o corrupción… ¿cuál es el problema de esta gente?

El problema está en no ver más allá, sino reducir la vida humana a lo inmediato, como si estuviéramos programados únicamente para satisfacer nuestras necesidades. Cuando pensamos así, cuando no miramos más lejos ni más alto, nuestra vida pierde su horizonte, pierde su sentido último, que solo se encuentra en una vida en Dios, en participar de su eternidad.

Ese fin último unifica todo nuestro ser. Cuando no lo vemos, convertimos en el fin de nuestra vida el poder, el tener, el placer. Nuestro interior se divide, tironeado por esas fuerzas que reclaman nuestra atención con sus promesas de triunfo, pero que no cumplen lo que prometen y nos dejan solo un gran vacío. 

La resurrección de Cristo nos ilumina sobre nuestra propia resurrección en Él, en cuerpo y alma. El cuerpo no es un envase descartable: es templo del espíritu; templo de nuestra alma espiritual y templo del Espíritu Santo. Estamos llamados a compartir la eternidad de Dios, a entrar en la vida eterna en cuerpo y alma, es decir, con todo lo que somos, con todo lo que nos identifica, todo lo que hace de cada uno de nosotros un ser único.

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada. (Mateo 24,44)

El mensaje de Jesús puede sonarnos amenazante, con eso de “vendrá a la hora menos pensada”, incluso con la comparación con la llegada de un ladrón…

Sin embargo, no podemos pensar en un Dios que está como acechándonos, esperando que estemos distraídos o, peor aún, dormidos, para llegar y sorprendernos para mal.

Por eso tenemos que entender estas palabras, en primer lugar, como una llamada a nuestra libertad, a nuestra responsabilidad. Estar preparados es signo de que esperamos algo, más aún, que esperamos a Alguien y ese “estar preparados” ha sido nuestra elección.

Por otra parte, en las palabras de Jesús está reflejada su promesa: “el hijo del hombre vendrá”.

Ése es el consuelo de la fe, el fundamento de la esperanza en la que hemos peregrinado en este año jubilar y tenemos que seguir caminando a lo largo de nuestra vida: el Señor viene.

Dios está cerca y viene, pasa por nuestra vida, nos visita, se hace cercano y volverá al fin de los tiempos para recogernos en su amor.

Si hay un lugar privilegiado donde el Señor se hace presente, es cuando nos reunimos en su nombre… el Adviento, a pesar del fin del año, del calor de nuestro hemisferio sur, es una ocasión especial para el reencuentro con el Señor, para comenzar o recomenzar nuestro caminar con Él con nuestros hermanos y hermanas, en comunidad. 

Como dice la oración que rezamos para encender la primera vela de la corona de adviento: “muchas sombras nos envuelven, muchos halagos nos adormecen” Nosotros queremos estar atentos y preparados para recibir al mensajero que nos trae la mejor noticia y para hacernos nosotros mismos mensajeros de la más profunda y verdadera alegría. ¡Ven, Señor Jesús!

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 

No hay comentarios: