viernes, 2 de junio de 2017

Pentecostés: caminar en el Espíritu.



Aquí: para escuchar.




Aquí: para escuchar y ver.




Aquí: para leer...


En nuestro mundo, aparentemente tan conectado, muchas veces nos damos cuenta de que no nos conectamos verdaderamente con los demás. ¿Cuántas veces salimos de una conversación con otra persona -a veces una persona muy querida- sintiendo que no nos hemos escuchado, que no nos hemos entendido?

Pero, todavía, puedo preguntarme: ¿me conecto conmigo mismo? ¿Tengo un espacio para escucharme a mí mismo, para entrar dentro de mí? A veces vivimos una vida cargada de actividades. Vamos pasando de una cosa a otra sin tomarnos el tiempo para que cada una de ellas, al menos las más importantes, puedan decantar en nuestro corazón, puedan integrarse a nuestra vida como un recuerdo que podemos volver a evocar como alegría, consuelo o inspiración. Cuando vivimos así, sin esas pausas tan necesarias, nuestra vida se va haciendo superficial.

El poeta Antonio Machado nos dejó en su autorretrato estos versos que dicen de su conversación consigo mismo: “converso con el hombre que siempre va conmigo / quien habla solo espera / hablar a Dios un día”. En estas palabras, el poeta expresa una profunda aspiración que siente: “hablar a Dios un día…"

Este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Las lecturas nos hablan de viento, de llamas de fuego… signos que expresan impulso, ardor. Más que realidades extraordinarias que ocurren afuera, quieren expresar lo que el Espíritu Santo produce en el corazón del ser humano.

El encuentro con el Espíritu Santo, el encuentro con Dios, es una experiencia que comienza en el encuentro consigo mismo.
San Agustín, en sus Confesiones nos ha dejado un vivo testimonio de su búsqueda espiritual, hasta encontrar a Dios dentro de sí: “tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba”; “tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más alto que lo más sumo mío”.

La persona que entra profundamente en su propia intimidad, en su propio espíritu, accede a un sagrario donde Dios está presente y es posible escuchar su voz. Ese lugar sagrado es la propia conciencia del hombre, como enseña el Concilio Vaticano II:
“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.” (Gaudium et Spes 16)

Jesús mismo anunció el papel del Espíritu Santo, como el de un maestro interior: “el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14,26).

La espiritualidad cristiana consiste en la “vida en el Espíritu”, “caminar en el Espíritu”, siguiendo a Jesús “Camino, Verdad y Vida”.
Un camino que es personal, como lo expresa el poeta León Felipe:
“para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol y un camino virgen, Dios”

A lo largo de la historia grandes santos han recibido dones especiales del Espíritu que han enriquecido a la Iglesia… mientras tanto, cada creyente sincero, que busca seguir a Jesús, ha ido haciendo su propio camino.

Camino personal, porque nadie puede dar un sí a Dios en el lugar de otro. Nadie puede hacerse conciencia del otro. Camino personal sí, pero no camino individual, que me separe de los demás. El Espíritu conduce siempre a la Comunidad: al cuerpo de Cristo, al Pueblo de Dios. San Agustín, al final de su vida de búsqueda tan personal, en la que no se ahorró ninguna experiencia que estuviera a su alcance, puso toda la sabiduría que le entregó el Espíritu al servicio de la comunidad, como pastor.

El mal espíritu aleja; el buen espíritu, el Espíritu Santo, acerca, une, crea comunión a partir de la diversidad. El acontecimiento de Pentecostés nos habla también de una fe que se expresa en diferentes lenguas. Cada persona que escucha a los apóstoles los oye hablar en la suya propia. El Espíritu no uniformiza, sino que une. En los comienzos de la humanidad, las lenguas diferentes dispersaron a los hombres, como aparece en el relato de la torre de Babel.

El Espíritu hace que los hombres, diferentes, vuelvan a encontrar la unidad sin perder su diversidad. Esa es la comunión que vive la Iglesia cuando la guía el Espíritu Santo: hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación, unidos en la misma fe, unidos en Cristo, unidos en el Espíritu, peregrinando por este mundo hacia la Casa del Padre.

Esa diversidad es la variedad de los dones o carismas que vienen del Espíritu Santo: “Hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu” (1 Co 12,4) dice San Pablo en su primera carta a los Corintios y agrega: “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (12,7).

Los dones del Espíritu Santo, los carismas, no son un adorno personal, algo que coloque al que los tiene por encima de los demás y lo llene de vanidad. Al contrario, expresan un llamado de Dios para un servicio en la comunidad, en la Iglesia y en el mundo, a semejanza de Jesucristo que se hizo “el servidor de todos”.

Por eso San Pablo nos dice que aspiremos a los dones más perfectos (12,31); más aún, al mayor don del Espíritu Santo, que es el amor. De nada sirve, señala San Pablo hablar todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, conocer todos los misterios y toda la ciencia, repartir todos mis bienes para alimentar a los pobres… si no tengo amor. “Si no tengo amor, no soy nada”, concluye. “Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; el amor no pasará jamás” (13,8).
¡Ven Espíritu Santo, ven! tu pueblo está en oración:
María está con nosotros y no podés faltar vos.
¡Ven Espíritu Santo, ven! anima nuestra reunión
queremos hallar el modo de vivir en comunión.
(Julián Zini)

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