jueves, 24 de agosto de 2017

Y tú ¿quién dices que soy yo? (Mateo 16, 13-20)

Confesión de fe de Pedro, vitral en la Iglesia
de S. María y S. Lamberto, Stonham Aspal,
Suffolk, Inglaterra.





«¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Eso preguntó Jesús una vez a sus discípulos: ¿Qué dice la gente sobre mí? Los discípulos le respondieron:
«Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
Diferentes imágenes de Jesús… La gente de su tiempo lo veía como un hombre de Dios, un profeta, una de esas personas que Dios enviaba cada cierto tiempo en medio de su Pueblo para comunicar su palabra. Alguien como Elías, como Juan el Bautista.
Pero Jesús pregunta a sus discípulos:
«Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?»
La respuesta la va a dar Pedro:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»
Creo que todos entendemos, por lo menos de alguna forma, lo que quiere decir Pedro con “el Hijo de Dios vivo”. Hay que entenderlo en el sentido más fuerte del término. Jesús no es “un” hijo sino que es “el” Hijo. El Hijo único de Dios. Es el Hijo en una forma tan especial, que en el Credo lo expresamos diciendo que Él es
“Hijo único de Dios, nacido del Padre
antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”
“No creado”. Nosotros somos creaturas. El Hijo, no. Él es engendrado por el Padre. Hasta dónde entiende Pedro en ese momento el alcance de lo que está diciendo, no lo sabemos; pero está expresando la más profunda verdad sobre Jesús, el Hijo de Dios vivo.

Pero Pedro utiliza primero otra expresión para decir quién es Jesús para él: “Tú eres el Mesías”, le dice.

“Mesías” es una palabra hebrea que significa “ungido”, es decir, una persona que había sido ungida derramando aceite sobre su cabeza. Digamos ya que la palabra hebrea Mesías se traduce al griego como “Cristo”. Es decir, Cristo significa también “ungido”.

La unción con aceite era un rito que se practicaba para expresar que Dios había elegido a alguien para una misión especial. Así se cuenta en el primer libro de Samuel la unción de David como futuro rey de Israel:
“Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Dios”. (1 Samuel 16:13)

Notemos que lo importante no es el rito con el aceite, sino su consecuencia: “vino sobre David el espíritu de Dios”. A toda persona, como a los profetas, en la que se manifestaba el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, se le llamaba también “ungido”, aunque no hubiera recibido el aceite.
Dios prometió al rey David que un descendiente suyo reinaría para siempre. Así, el Pueblo de Dios comenzó a esperar la llegada de ese Ungido, de ese Mesías, que ya no sería uno más, sino que sería “el Mesías”, “el Cristo”.

Cuando Pedro dice “Tú eres el Mesías”, está reconociendo eso. Jesús era aquel que todo su Pueblo había esperado a lo largo de siglos: el Ungido, el Cristo, el enviado de Dios con todo el poder del Espíritu Santo.

Delante de Pedro está Jesús, con su rostro de siempre, con sus manos curtidas, con su túnica de uso diario… Es la fe la que permite a Pedro reconocer en el carpintero de Nazaret al Mesías enviado de Dios; más aún, al Hijo de Dios.
Es así que Jesús le dice:
«Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…».
Feliz de ti, Pedro… Feliz de cada uno de nosotros, si podemos decir con Pedro, frente a Jesús: “Tú eres aquel en quien yo creo; tú que te has hecho hombre por nosotros; tú que has muerto y has resucitado, tú que nos das la Vida para siempre”.

Pedro ha llegado muy alto en el camino de la fe… pero todavía no ha terminado el camino. Aún tiene mucho que aprender, y veremos de qué se trata. Pero aquí tenemos que decir, como en aquellos viejos folletines:

“Continuará...”

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