miércoles, 30 de agosto de 2017

Ir detrás de Jesús (Mateo 16,21-27)







Nuestro comentario anterior concluyó con un “continuará”, al estilo de los viejos folletines. Por eso mismo, se hace necesario empezar recordando de qué hablamos anteriormente…

Estuvimos viendo una de las más antiguas encuestas que se han hecho. Jesús preguntó a sus discípulos qué decía la gente sobre él y luego preguntó a ellos mismos: «Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?». Fue Pedro quien tomó la palabra y respondió:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»
Esa respuesta le valió la aprobación de Jesús:
«Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…».
Hasta aquí, todo bien. Pero la continuación de este pasaje del Evangelio va a dar un giro muy grande a este relato. Va a dar un giro dramático a la vida de Jesús, a la vida de los discípulos y al conjunto del Evangelio.

Sucede que Jesús anuncia su pasión. Así lo cuenta san Mateo:
“Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.”
“sufrir… ser condenado a muerte… y resucitar al tercer día”. Olvidémonos por un momento que ya sabemos “el final de la película” o que estamos “leyendo el diario del lunes”, como suele decirse. Pongámonos en el lugar de los discípulos.

Ellos están viviendo un tiempo maravilloso junto a Jesús. La palabra que define muchos de los momentos vividos es “éxito”. Hay multitudes que se acercan a Jesús. La gente reconoce que él habla con autoridad “y no como los escribas y fariseos”. Mucha gente ha sido curada o liberada de los demonios… Jesús se manifiesta realmente como el “Ungido”, es decir, aquel que tiene consigo el Espíritu Santo y todo su poder.

Los discípulos pueden estar preguntándose hasta dónde llegarán siguiendo a Jesús. Algunos de ellos se imaginan que van hacia la conquista del poder, el poder terrenal. Ni más ni menos. Dos de ellos arreglan que su madre hable con Jesús para acomodarlos en los primeros: “que mis hijos puedan sentarse uno a tu derecha y otro a tu izquierda”…

¡Qué lejos están de imaginar quienes estarían finalmente a la derecha y a la izquierda de Jesús, aquéllos dos ladrones crucificados con él! “Ustedes no saben lo que piden…” dice Jesús.

Pero ahora, este anuncio de Jesús que habla de “sufrir”, de “ser condenado a muerte”… aunque hable de resurrección -lo que nadie entiende- cae como un balde de agua fría.

Inmediatamente después de escuchar ese anuncio, Pedro dice:
«Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Y no se trata sólo de lo que dice, que ya muestra que no entiende a Jesús, sino de lo que hace: se llevó a Jesús aparte y comenzó a reprenderlo. Esto le va a valer a Pedro escuchar una palabra durísima de parte de Jesús:
«¡Retírate, ponte detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
De todo esto, tal vez lo que más nos impresiona es que Jesús le diga a Pedro “Satanás”. Es muy fuerte. ¿Por qué dice esto Jesús? Porque Pedro allí está haciendo el trabajo del Diablo, que es tentar a Jesús, buscar que Jesús se aparte de su camino.

Jesús le dice a Pedro “tú eres para mí un obstáculo”, “un tropiezo”. La palabra griega que se está traduciendo allí es skandalon, origen de nuestra palabra escándalo. El skandalon era en Grecia la trampa con que se atrapaba a un animal que iba de camino, inmovilizándolo, ya fuera con un lazo o con un cepo. Jesús quiere significar que si Él hace caso a las palabras de Pedro, se quedará detenido, no podrá continuar su camino para hacer la voluntad del Padre.

Jesús le dice también a Pedro:
“ponte detrás de mí”.
Esto puede pasarnos un poco desapercibido, pero es tal vez lo más importante para Pedro y para nosotros. Con su actitud, Pedro se había puesto delante de Jesús. Se había puesto en su camino. Pretendía hacerle cambiar el rumbo. Pretendía guiarlo. Ese no es el lugar del discípulo de Jesús. El discípulo de Jesús es el que sigue a Jesús, es decir, el que trata de ir conformando su vida con la enseñanza de Jesús. Y eso sólo es posible yendo detrás de Él y llevando la propia cruz. Así lo indica Jesús a todos los discípulos, después de reprender a Pedro:
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.”
“El que quiera venir detrás de mí…”, el que quiera seguirme de verdad… Aquí está planteado algo fundamental sobre nuestra actitud espiritual, nuestra actitud frente a Dios… Jesús advierte que a veces lo que queremos es “salvar nuestra vida”. En esa actitud, si creo en Dios, ese Dios me interesa tanto cuanto pueda hacer algo por mí, de acuerdo a mis deseos, de acuerdo a mis intereses… en definitiva, de acuerdo a mi voluntad. La búsqueda de Dios para quien quiere “salvar su vida” en el sentido de que habla Jesús, es la búsqueda de un ser poderoso al que, bueno… tengo que agradar de alguna manera, pero para que haga lo que yo quiero…

Pero eso no es lo que Jesús propone. Jesús vive para hacer la voluntad del Padre y llama a todos a entrar en ese camino. A buscar y a realizar la voluntad de Dios. Él nos enseña a rezar “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

La voluntad de Dios, me oirán decirlo más de una vez, es voluntad de vida y salvación para toda la humanidad. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, escribe San Pablo. Renunciar a sí mismo, como pide Jesús, significa salir de mí mismo, dejar de ponerme en el centro del universo, poner en el centro a Dios, ir hacia Dios, ir hacia los demás. No pretender poner a Dios al servicio de mis propósitos, sino poner mi vida al servicio de Él, confiado en la promesa de Jesús: “el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.”

+ Heriberto

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