viernes, 27 de marzo de 2026

LA TIERRA TEMBLÓ. La pasión según san Mateo (Mateo 26, 3-5.14 - 27,66) Domingo de Ramos.

Cada año, en esta semana determinada por el calendario lunar, el primer domingo nos convoca a revivir dos momentos cruciales en la vida de Jesús: su entrada en Jerusalén y, especialmente, el relato de su pasión.

La entrada de Jesús en Jerusalén deja una sensación agridulce. El pueblo salió a su encuentro, alfombrando el camino con sus mantos y con ramas recién cortadas de los árboles. Por delante y por detrás de Jesús, la multitud gritaba:

«¡Hosana al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosana en las alturas!». (Mateo 21,9)

Escuchándolos, no podemos dejar de pensar en lo que oiremos poco después: esa misma multitud gritando:

“¡CRUCIFÍCALO!”, “¡CRUCIFÍCALO!” (Cf. Mateo 27,22-23)

Nadie repara en el signo que da Jesús al entrar montado en un burrito. Mateo nos recuerda la profecía de Zacarías:

«Digan a la hija de Sión:
Mira que tu rey viene hacia ti,
humilde y montado sobre un asna,
sobre la cría de un animal de carga». (Mateo 21,5)

Así, Jesús se presentó como “manso y humilde” tal como se definió en una enseñanza engarzada como una perla fina en el corazón mismo del evangelio de Mateo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11,28-30)

Porque es manso y humilde, el Maestro se dejó enseñar por Dios, como recuerda el profeta Isaías en la primera lectura: 

“El [Señor] despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo”.
“Me ha dado una lengua de discípulo para que yo sepa reconfortar al fatigado” (Cf. Isaías 50,4)

Enseñado de esta manera, fue preparado para llegar a anonadarse, a hacerse nada, a tomar el lugar del esclavo…

“… hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.” (Filipenses 2,8)

como evoca san Pablo en carta a los Filipenses, una comunidad pobre y sufrida, que bien podía sentirse identificada con el crucificado.

En la humillación de la pasión, Jesús se coloca al lado de los más infelices, de quienes ya no pueden más; se hace víctima entre las víctimas. Asume el dolor y el sufrimiento de quienes están atrapados en la locura de la guerra, de la violencia cotidiana, del desprecio y el abandono, o en los laberintos de la droga, la cárcel, las noches en la calle o los extravíos de la mente. “Se anonadó a sí mismo”.

Al extender sus brazos en la cruz, Jesús abraza toda la miseria humana, como testigo del amor misericordioso de Dios que ama hasta el extremo. Abraza también a quienes, a lo largo de los siglos, lo han seguido, entregando su vida incluso en el martirio. Este año, recordamos los ochocientos años de la muerte o tránsito de san Francisco de Asís, quien recibió en su cuerpo las marcas del crucificado. En el pobrecito de Asís encontramos una forma de seguir a Jesús en el desprendimiento de los bienes de este mundo y en el amor a los más pobres y desamparados.

Todo eso, misteriosamente, se manifiesta en la crucifixión y la muerte de Jesús. Mateo lo expresa rodeando la escena de acontecimientos prodigiosos:

Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron.
(Mateo 27, 50-52) 

Los estudiosos señalan que la traducción correcta de estos pasajes debe ir en voz pasiva: “el velo fue rasgado, la tierra fue sacudida, las rocas fueron partidas y las tumbas fueron abiertas”. En la Sagrada Escritura, la voz pasiva esconde la acción de Dios: Él es quien rasga el velo, sacude la tierra, parte las rocas y abre las tumbas.

El velo del templo era el signo de la separación entre el Dios santo y la humanidad pecadora. La muerte de Jesús abre el camino para el regreso al Padre. La carta a los Hebreos nos lo dice de esta manera:

“Hermanos, tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne. (Hebreos 10,19)

La tierra sacudida evoca el Sinaí, cuando Dios descendió para hablar con Moisés:

La montaña del Sinaí estaba cubierta de humo, porque el Señor había bajado a ella en el fuego. El humo se elevaba como el de un horno, y toda la montaña temblaba violentamente. (Éxodo 19,18)

La presencia de Dios sacude nuestra mente y nuestro corazón. El terremoto ocurre, de verdad, dentro de nosotros, cuando recibimos y vivimos el Evangelio.

Las rocas partidas son la imagen del corazón de piedra del que habla el profeta Ezequiel:

Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. (Ezequiel 36,26)

Finalmente, el mismo profeta es el que anuncia la apertura de las tumbas:

Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. (Ezequiel 37,12)

Con esas imágenes, Mateo no está relatando sucesos, sino dando la interpretación de lo sucedido. El gran acontecimiento es la muerte del Hijo de Dios, que entrega su vida al Padre. Al contrario de lo que podría pensarse, la muerte no es el fracaso de la misión de Jesús, sino su culminación, su última acción. Pero, entonces ¿y la resurrección? Es la intervención de Dios, la acción del Padre, que recibe la muerte de su Hijo como ofrenda de amor y le devuelve la vida.

El relato de Mateo no se cierra con la muerte de Jesús sino con esos acontecimientos que simbolizan lo que la entrega del Hijo de Dios quiere provocar en el corazón de los hombres. La primera respuesta viene del Centurión y los soldados, quienes reconocen la identidad de Jesús. Ellos serán los primeros en decir:

«¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios!» (Mateo 27,54)

Gracias, amigas y amigos por su atención. Buena Semana Santa.

Los invito para la Misa Crismal, el próximo miércoles Santo, a las 9:30 en la Catedral de Canelones.

Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

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