viernes, 20 de marzo de 2026

«¡Lázaro, ven afuera!» (Juan 11,43). V Domingo de Cuaresma.

Ya otras veces me habrán ustedes oído decir que, al escuchar el Evangelio, es bueno intentar ponernos en el lugar de los discípulos de Jesús. Y ese lugar es el de aquellos hombres que iban junto a Él, con las mismas expectativas e ilusiones que su pueblo tenía acerca de ese hombre, a quien veían como “un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lucas 24,19) el Mesías que liberaría a Israel (Lucas 24,21). Nosotros, creyentes, conocemos el destino de Jesús: cruz y resurrección; pero los discípulos no lo saben y, frecuentemente, algunas de las palabras y las acciones de Jesús los desconciertan.

Ubicándonos en esa posición, podemos ver como algo misterioso el comportamiento de Jesús en el evangelio de este domingo. Desde Betania, Marta y María, hermanas de Lázaro, le avisan a Jesús:

«Señor, el que tú amas, está enfermo.» (Juan 11,3)

Un aviso de este tipo no se hace simplemente para que quien lo reciba quede enterado. Este aviso es una súplica, un pedido de ayuda: “ven”, “haz algo”. Sin embargo, el Maestro no se puso en camino. Al contrario, se quedó dos días, a pesar de que “quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro”.

Jesús explica:

«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» (Juan 11,4)

Pero, ¿qué comprenderían los discípulos ante estas palabras?

La primera lectura nos prepara para escuchar este evangelio. Por boca del profeta Ezequiel, Dios anuncia:

Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas. (Ezequiel 37,12)

Dios es quien da y devuelve la vida; así se pone de manifiesto:

Cuando yo abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. (Ezequiel 37,13)

Cuando Jesús finalmente llega a Betania, Lázaro ya ha muerto y lleva cuatro días en el sepulcro, un tiempo que daba certeza de que había abandonado el mundo de los vivos.

Marta le sale al encuentro. Aquí es oportuno recordar el episodio de las dos hermanas que nos cuenta San Lucas, en el que Marta reprocha a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.» (Lucas 10,40)

También en el evangelio de Juan hay un tono de reproche en estas palabras:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» (Juan 11,21)

Marta, como los discípulos de Jesús, tiene también sus propias expectativas. Sus palabras  expresan algo que está muchas veces presente en nuestra actitud como creyentes. Creemos en Dios. Creemos en un Dios misericordioso. Pero, entonces, si es así, Dios no puede hacer otra cosa que librarnos del dolor y del sufrimiento. Esa es la misión que le asignamos… y si no cumple nuestras expectativas, nos desesperamos y nos preguntamos por qué nuestras personas queridas -o nosotros mismos- o personas reconocidamente buenas tienen que padecer una enfermedad terrible, o pasar a través de situaciones enormemente dolorosas. Esperamos de Dios por lo menos una reducción de daños. Pensando así, evitamos la confrontación con la muerte, que inevitablemente llegará. 

Pero Lázaro ya ha muerto. Marta cree que su hermano “resucitará en la resurrección del último día”. Eso puede parecernos ya fe cristiana y, en verdad, no está lejos de ella; pero ésa ya era una creencia de los fariseos, como surge de la declaración de san Pablo ante el Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos» (Hechos 23,6) 

Jesús no está hablando de una resurrección futura. La vida eterna comienza aquí, desde el momento en que nos encontramos con Él y creemos en Él. Jesús dice:

«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Juan 11,25-26)

Jesús es la resurrección y la vida: por eso, quien cree en Él, vive y aunque muera, vivirá.

Aún así, la muerte sigue sembrando el miedo en nuestro corazón. La vemos como ruptura, corte radical, desgarramiento y no como pasaje, paso, pascua.

En la segunda lectura, san Pablo señala la causa profunda de ese miedo:

«El cuerpo [está] sometido a la muerte a causa del pecado» (Romanos 8,10).

El pecado atraviesa toda la historia humana con su presencia oscura y poderosa, enemistándonos con Dios y entre nosotros. Cuando Jesús pide que se quite la piedra que cierra la tumba de Lázaro, Marta le advierte que “huele mal”, pero eso no detiene a Jesús. Él es el Hijo de Dios que puso su tienda entre nosotros, en medio del mal olor y las tinieblas de nuestro pecado.

Después de recibir el agua del bautismo, somos ungidos con el Santo Crisma, que también recibimos en el sacramento de la Confirmación. El Crisma es preparado con aceite de oliva, al que se le agrega un perfume, una fragancia. No es un maquillaje. No es un aroma agradable que simplemente tapa un olor feo, sino el signo de una transformación: nos libera del pecado y de su pestilencia y nos convierte en portadores del buen olor de Cristo. 

Si Dios permite la muerte, es para enseñarnos a reconocer y recibir el perfume de su comunión de amor.

Retirada la piedra, Jesús llama al muerto:

«¡Lázaro, ven afuera!» (Juan 11,43)

Lázaro sale y, viéndolo, muchos creyeron en Jesús. El Evangelio de Juan no habla de milagros, sino de “signos”. Desde el agua cambiada en vino en Caná, hasta la reanimación de Lázaro, Jesús ha realizado varios prodigios. Cada uno de ellos es un signo: una señal, un mensaje que toca los corazones para abrirlos a la fe. Este último signo nos revela que Dios no nos salva de la muerte, sino en la muerte. No nos libra del límite de la existencia, sino que nos da la gracia de comprenderlo y vivirlo de un modo nuevo, como entrada a su presencia. Un encuentro para el que queremos llegar preparados: arrepentidos y perdonados y dispuestos a responder a la voz del Señor cuando nos diga: “ven”. 

Noticias

El lunes y martes pasados se reunió en Villa Guadalupe el Clero de nuestra Diócesis. Tuvimos una mañana de retiro y confesiones, para luego abordar distintos temas pastorales para un año en el que queremos seguir caminando juntos para profundizar y acrecentar nuestra Comunión, Participación y Misión.

El Papa León XIV ha nombrado nuevo obispo de Florida al P. Alfonso Bauer, Salesiano. Nos alegramos con la Diócesis vecina y saludamos al nuevo pastor y al ahora obispo emérito, Mons. Martín Pérez.

El próximo 29 es Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa. Dispongámonos a celebrar el misterio central de nuestra fe en nuestras comunidades parroquiales.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Buena Semana Santa. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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