jueves, 12 de octubre de 2017

El Banquete del Reino de Dios (Mateo 22,1-14)



“Che, un día de estos tenemos que hacer un asadito”. Así decimos los uruguayos cuando nos despedimos de un viejo compañero o amigo al que hace tiempo no veíamos y con el que nos hemos encontrado. De esa forma expresamos que nos une una antigua relación y que sería muy lindo comer juntos un buen asado. Rara vez el asado se hace, pero si se hace, normalmente no defrauda, porque hemos hecho sin duda un esfuerzo para que ese encuentro reanude la amistad.

Reunirse para comer juntos fortalece un vínculo, cuando todos estamos a la mesa realmente presentes, con el deseo de encontrarnos unos con otros, de mirarnos, de hablarnos.
Es triste cuando una familia no encuentra el momento de comer todos juntos, aunque sea un solo día en la semana. En mi casa ese día era el domingo. Recuerdo con gusto aquellos mediodías en que estábamos todos, con la tía Eleodora como invitada, que no dejaba de aportar un rico postre.

Hay comidas que son muy especiales, porque marcan un acontecimiento único. Una boda, por ejemplo. Así comienza la parábola que Jesús narra en el evangelio de este domingo:

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.

Nos sorprende esa negativa, pero no le sorprendió al rey. Era la cortesía del antiguo Oriente. Los invitados debían decir que no, como si no se consideraran dignos y el que daba la fiesta debía insistir. Y eso es lo que hace el rey:

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado: ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: vengan a las bodas”.

Este es el momento donde los invitados debían dejar vencer su resistencia y ponerse en marcha hacia la sala de fiesta. Pero sucede algo inesperado. Algo sumamente ofensivo:

Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron uno a su campo, otro a su negocio.

Y acontece algo todavía más terrible:

Los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió sus tropas para que acabaron con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.

Todo el escenario se ha trastocado. ¿qué hará el rey ahora?

El rey dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de invitados.

La fiesta se ha convertido en un éxito.
Pero no olvidemos: Jesús ha comenzado su relato diciendo “El Reino de los Cielos se parece a…” Este es el banquete del Reino, el banquete definitivo de la vida de los hombres, llamados a participar de la felicidad eterna de Dios.
Para este banquete hubo unos invitados iniciales, que rechazaron el convite, ocupándose de sus asuntos y algunos llegando a asesinar a los que invitaban. Frente a ese rechazo, la llamada se hace universal. El banquete se abre a todos los pueblos. “Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos” había dicho Jesús en este mismo Evangelio de San Mateo (Mt 8,11).

Dios quiere que toda la humanidad llegue a compartir su vida y su plenitud eternamente.
En la sala llena de invitados, enjugará las lágrimas y vencerá para siempre a la muerte.
Para eso Dios llama, a través del Evangelio y de la Iglesia, pero también por caminos que sólo el mismo Dios conoce.
Cada día Dios está llamando. Cada día está ofreciendo la felicidad que anuncia el Evangelio.
Pero la plenitud de esa felicidad, la felicidad completa, será más allá de este mundo.
Es la vida eterna en Dios, de la que poco y nada podemos decir… pero creemos en ella y la esperamos, porque sentimos en nuestro corazón el anhelo de esa felicidad que solo en Dios podremos encontrar.
Tal vez, una de las tareas más importantes de las comunidades cristianas sea hoy crear espacios y facilitar experiencias donde las personas puedan escuchar de manera sencilla, transparente y gozosa la invitación de Dios a la Vida.

Volvamos a la parábola. Dejamos el relato con la sala llena de invitados y allí podría haber terminado. Pero continúa con un giro sorprendente:
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has venido aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.”
Porque son muchos los llamados, pero pocos los elegidos.

“¿Cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le haya abierto la puerta, pero no se haya puesto el traje de fiesta?
¿Qué es este traje de fiesta?“ Esto se preguntaba el Papa Benedicto XVI, en su visita a Lamezia Terme en 2011; y responde citando a San Gregorio Magno:
“San Gregorio explica que ese comensal responde a la invitación de Dios a participar en su banquete; tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el traje de fiesta, que es la caridad, el amor. Ese vestido está tejido simbólicamente con dos elementos, uno arriba y otro abajo: el amor a Dios y el amor al prójimo. Todos estamos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el traje de fiesta: la caridad; vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.

300 años de Nossa Senhora Aparecida


12 de octubre: en Uruguay celebramos a Nuestra Señora del Pilar, que es la patrona de la Diócesis de Melo. En Brasil se celebra Nuestra Señora Aparecida. Este año se celebra el Tercer Centenario del hallazgo de la imagen por pobres pescadores. Recordamos las palabras del Papa Francisco a los Obispos brasileños en 2013, interpretando el mensaje de esta imagen y de su historia.

Aparecida: clave de lectura para la misión de la Iglesia

En Aparecida, Dios ha ofrecido su propia Madre al Brasil. Pero Dios ha dado también en Aparecida una lección sobre sí mismo, sobre su forma de ser y de actuar. Una lección de esa humildad que pertenece a Dios como un rasgo esencial, y que está en el adn de Dios. En Aparecida hay algo perenne que aprender sobre Dios y sobre la Iglesia; una enseñanza que ni la Iglesia en Brasil, ni Brasil mismo deben olvidar.

En el origen del evento de Aparecida está la búsqueda de unos pobres pescadores. Mucha hambre y pocos recursos. La gente siempre necesita pan. Los hombres comienzan siempre por sus necesidades, también hoy.
Tienen una barca frágil, inadecuada; tienen redes viejas, tal vez también deterioradas, insuficientes.
En primer lugar aparece el esfuerzo, quizás el cansancio de la pesca, y, sin embargo, el resultado es escaso: un revés, un fracaso. A pesar del sacrificio, las redes están vacías.

Después, cuando Dios quiere, él mismo aparece en su misterio. Las aguas son profundas y, sin embargo, siempre esconden la posibilidad de Dios; y él llegó por sorpresa, quizás cuando ya no se lo esperaba. Siempre se pone a prueba la paciencia de los que le esperan. Y Dios llegó de un modo nuevo, porque siempre Dios es sorpresa: una imagen de frágil arcilla, ennegrecida por las aguas del río, y también envejecida por el tiempo. Dios aparece siempre con aspecto de pequeñez.

Así apareció entonces la imagen de la Inmaculada Concepción. Primero el cuerpo, luego la cabeza, después cuerpo y cabeza juntos: unidad. Lo que estaba separado recobra la unidad. El Brasil colonial estaba dividido por el vergonzoso muro de la esclavitud. La Virgen de Aparecida se presenta con el rostro negro, primero dividida y después unida en manos de los pescadores.

Hay aquí una enseñanza que Dios nos quiere ofrecer. Su belleza reflejada en la Madre, concebida sin pecado original, emerge de la oscuridad del río. En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: ser instrumento de reconciliación.

Los pescadores no desprecian el misterio encontrado en el río, aun cuando es un misterio que aparece incompleto. No tiran las partes del misterio. Esperan la plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como partes de un mosaico, que vamos encontrando. Nosotros queremos ver el todo con demasiada prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe aprender esta espera.

Después, los pescadores llevan a casa el misterio. La gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio.

Los pescadores «agasalham»: arropan el misterio de la Virgen que han pescado, como si tuviera frío y necesitara calor. Dios pide que se le resguarde en la parte más cálida de nosotros mismos: el corazón. Después será Dios quien irradie el calor que necesitamos, pero primero entra con la astucia de quien mendiga. Los pescadores cubren el misterio de la Virgen con el pobre manto de su fe.

Llaman a los vecinos para que vean la belleza encontrada, se reúnen en torno a ella, cuentan sus penas en su presencia y le encomiendan sus preocupaciones. Hacen posible así que las intenciones de Dios se realicen: una gracia, y luego otra; una gracia que abre a otra; una gracia que prepara a otra. Dios va desplegando gradualmente la humildad misteriosa de su fuerza.

Hay mucho que aprender de esta actitud de los pescadores. Una iglesia que da espacio al misterio de Dios; una iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza. La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro. Hablamos de la misión, de Iglesia misionera. Pienso en los pescadores que llaman a sus vecinos para que vean el misterio de la Virgen. Sin la sencillez de su actitud, nuestra misión está condenada al fracaso.

La Iglesia siempre tiene necesidad apremiante de no olvidar la lección de Aparecida, no la puede desatender. Las redes de la Iglesia son frágiles, quizás remendadas; la barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes transatlánticos que surcan los océanos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres, porque siempre es él quien actúa.

Queridos hermanos, el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor. Ciertamente es necesaria la tenacidad, el esfuerzo, el trabajo, la planificación, la organización, pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes.

Otra lección que la Iglesia ha de recordar siempre es que no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, y se queda fuera, a las puertas del misterio, y, por supuesto, no consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo que no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios. A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible «pescar» a Dios en las aguas profundas de su misterio.

Una última anotación: Aparecida se hizo presente en un cruce de caminos. La vía que unía Río de Janeiro, la capital, con San Pablo, la provincia emprendedora que estaba naciendo, y Minas Gerais, las minas tan codiciadas por las Cortes europeas: una encrucijada del Brasil colonial. Dios aparece en los cruces. La Iglesia en Brasil no puede olvidar esta vocación inscrita en ella desde su primer aliento: ser capaz de sístole y diástole, de recoger y difundir.

Francisco

Texto completo en:  Francisco a los Obispos brasileños, 27 de julio de 2013

domingo, 8 de octubre de 2017

Fiesta Diocesana de Melo - María nos dice: "Aquí estoy"




Cuando yo iba a la escuela, la maestra pasaba lista diciendo el nombre de cada uno de los alumnos. A cada nombre, se oía la respuesta, en voz alta: ¡presente!
¿Qué significa estar presente? No se trata sólo de estar físicamente en un lugar. Estar presente de verdad es estar presente en cuerpo y alma, estar presente con todo mi ser, con toda mi atención, con toda mi disposición, con toda mi voluntad.
Hoy sabemos muchas formas de estar ausentes, incluso cuando parecemos estar allí… podemos alejarnos con nuestro pensamiento, podemos conectarnos –aparato mediante- con otra realidad lejana, incluso con otras personas y desconectarnos de aquellos que están allí junto a mí… que tal vez también se han ido lejos, de la misma forma… Podemos estar ausentes abandonando, claudicando, no asumiendo responsabilidades, desapareciendo, huyendo…

Hoy contemplamos a María, que dice, ante el anuncio del Ángel: “He aquí la servidora del Señor”. “He aquí”: “aquí estoy”. María está allí con todo su ser, con toda su disponibilidad. La misma virginidad de María tiene ese significado: ella es toda de Dios; porque Dios la ha elegido, pero también porque ella ha querido, libremente, estar enteramente disponible para Él.
Siendo toda de Dios, María es también toda nuestra. Ella también nos dice “aquí estoy”. Con su aparición sobre el Pilar, en Zaragoza, cuando todavía estaba en esta tierra, María dice “aquí estoy” al apóstol Santiago, que se disponía a abandonar la vieja Hispania ante el aparente fracaso de su misión. La presencia de la Madre reanima al apóstol desanimado, que continúa anunciando el Evangelio.
María le dice también “aquí estoy” a San Juan Diego, el indio que tomó otro camino para no volverse a encontrar ese día con la Señora que le había hablado el día anterior. Juan Diego está preocupado por ir a ayudar a su tío enfermo, y por eso no quiere entretenerse… pero María le dice: “¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre…?” Otra vez “aquí estoy”.
De una manera diferente, fragmentada, María dice presente desde las aguas a los humildes pescadores del río Paraíba, en el estado de San Pablo, Brasil. Aparece primero su cuerpo y luego su cabeza y “lo que estaba separado recobra la unidad”, como dijo Francisco a los Obispos brasileños. Desde entonces, hace 300 años, Nossa Senhora Aparecida dice “aquí estoy”.
Presente también para los niños, los sencillos, en Lourdes, en Fátima (este año se cumplen los cien años de sus apariciones) … o como nuestra Señora del Carmen, ofreciéndonos su escapulario como manto protector y signo de pertenencia a ella y a su Hijo.
De una manera muy sencilla y muy discreta, pero a la vez muy poderosa, María dice “aquí estoy”, en medio de nuestro pueblo: desde lo alto del Verdún como Inmaculada o desde su santuario en Florida como Virgen de los Treinta y Tres. Y subimos al cerro para encontrarla, y nos llevamos su pequeña imagen para tenerla en nuestras casas, reconociéndola como patrona del Uruguay.
Frente a los abandonos, frente a quienes nos han dejado por tomar otros rumbos, ella nos dice “Aquí estoy… ¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Ella no nos abandona.
Frente a los desánimos, las tristezas, los bajones, ella vuelve a decirnos “Aquí estoy” y su presencia nos consuela y nos reanima para seguir nuestra misión.
Con ella recordamos a quienes han vivido su Pascua y siguen presentes entre nosotros: el Diácono Víctor, el Padre Miguel.

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” dice Jesús. Él está presente ante el Padre… esté donde esté, siempre está en su Presencia. “No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió”… “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Son las palabras del Hijo de María, del Hijo de la que dice “He aquí la servidora del Señor: hágase en mi según tu Palabra”, es decir, que se haga en mí la voluntad de Dios.
“He aquí la servidora…” se traduce también como “he aquí la esclava”. Esclava es una palabra chocante para nosotros, por todas sus connotaciones negativas. Pero María no es “esclavizada”, sino que ella se hace “esclava”: no solo servidora, sino también propiedad del Señor. Ella sabe en qué manos se entrega y confía.
“Yo estoy entre ustedes como el que sirve” … “Yo no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos”. El Hijo de la servidora es también el servidor. “Se hizo servidor de todos”. Más aún, nos dice San Pablo, “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Filipenses 2,7)
Hacia Él nos dirige la mirada y la palabra de ella: “Hagan lo que Él les diga”, es la tercera gran palabra de María en el Evangelio. Nos lleva a Jesús, a su Hijo, para que lo escuchemos, para que lo sirvamos, reconociéndolo y sirviéndolo en nuestros hermanos.
Él nos convoca: “vengan y vean” y nos envía: “vayan y anuncien”. Volvamos siempre a Él, para encontrar consuelo, paz, sabiduría y fuerza. No recibimos esos dones para irnos tranquilos a nuestra casa y olvidarnos del resto del mundo. Al contrario: Cristo “nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Corintios 1,4). Compartamos, entonces, con nuestros hermanos, el tesoro que hemos encontrado, el tesoro de la fe que nos anima y da sentido a nuestra vida.

+ Heriberto, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)
Homilía en la fiesta diocesana

Homenaje al Diácono Víctor Gándaro en la fiesta diocesana




Mi nombre es Víctor Gándaro.
Mi Pastor es el Señor.
El que hace que nada me falte.
Su vara y su cayado me infunden aliento.
Por eso ya no temo ningún mal.
Ya no me asusta la muerte ni me inquieta la vida.

Mi nombre es Víctor Gándaro.
A Dios pedí sencillez y alegría.
Entonces Él puso en mi camino a la gente humilde de los barrios, a los enfermos, a los últimos, a los vecinos del Barrio 25, a los jóvenes de San Francisco Javier, al santo Padre Cacho Alonso, a mi esposa y a mi adorada hija.

Mi nombre es Víctor Gándaro.
Él prepara una mesa delante de mí.
Él ha ungido mi cabeza con aceita y mi copa rebosa.
Por eso mi mirada es de esperanza:
Que las situaciones y las personas cambien y mejoren.
Que los enfermos encuentren alivio.
Que los desempleados encuentren trabajo.

¿Cómo? ¿Que soy un soñador?
Soy y fui un soñador. Aposté por una Iglesia sencilla y comunitaria, con lugar para todos; centrada en Jesús. Coherente. Sensata.
Prediqué con mi vida la Buena Nueva.
Los que me conocieron “darán fe” de eso.
Y a los que no me conocieron les sigo contando:
Siempre pensé que no se puede adorar a Dios y al dinero. Por lo tanto, anduve ligero de equipaje, haciendo rodar por las calles de esta ciudad mi humilde bicicleta.

Mi nombre es Víctor Gándaro.
No espero fama ni gloria.
Ahora estoy vivo: ¡MÍRENME!
Ahora pido auxilio: ¡ESCÚCHENME!
Ahora estoy aquí: ¿ME VEN?

Lo cierto es que, un día, después de andar y desandar caminos, subí por última vez en mi bicicleta. Pedaleé desde mi barrio hasta el Barrio 25. Y mientras iba de camino una voz resonó en mi cabeza.
Entré en la Capillita. Leí, y aunque no lo crean aún hoy escucho decir que “leí” de una manera espectacular, como nunca antes lo había hecho. Aquella fue una celebración maravillosa. Profunda y evangélica, como siempre.
Cuando concluyó volví a pedalear. Llegué a casa, tendí sombre la cama mi cansado cuerpo y aquella voz volvió a resonar en mi cabeza. Y la voz decía:
“¡Portones! ¡Alzad los dinteles!
¡Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la Gloria!”
Entonces sentí que me hundía en un último e inevitable sueño.
Por eso, hermanos míos, ya no me pueden ver.
No lloren por mí, porque no estoy solo.
Ahora estoy junto a ÉL y les aseguro que nada me falta.
En lugares de verdes pastos me hace descansar.
Junto a aguas de reposo me conduce.

Siento que he combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado mi fe.
Mi nombre es Víctor Gándaro.

jueves, 5 de octubre de 2017

En la Viña del Señor (Mateo 21,33-46)





Una viña requiere mucho trabajo: cuidar cada planta, podar, regar, abonar la tierra, quitar malezas, curar enfermedades, proteger de plagas, hasta que llegue la hora de la vendimia y se puedan recoger los dulces frutos de la vid.
La Viña del Señor es su pueblo.
Con amor prodiga Dios los cuidados a los suyos, esperando recoger también en tiempo los frutos. Solo unidos a Jesús, vid verdadera, podremos producir lo que el Padre espera.
Comentario del Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, al Evangelio según San Mateo (21,33-46) correspondiente al Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, 8 de octubre de 2017.

“Tenemos un amigo que nos ama… su nombre es Jesús
Y estaremos en su Viña trabajando, en la viña del Señor…”
Esta es una canción que muchas veces he enseñado a los niños.
El estribillo dice: “estaremos en su viña trabajando, en la viña del Señor”
Todo va bien, hasta que se me ocurre preguntarles a los niños qué es una viña.
La mayoría de los niños del norte uruguayo no lo saben.
Nunca han visto un viñedo. Sí han visto un parral, pero no un viñedo.

Este domingo, en la Misa escuchamos dos lecturas que hablan de la Viña del Señor, ésa de donde se dice que “hay de todo”. “Hay de todo en la viña del Señor” o sea en este mundo de Dios.
Viendo esas lecturas, se me ocurrió preguntarme si yo mismo entendía qué significa una viña.
De niño, en campos de Río Negro, vi muchos trigales; hoy en Cerro Largo y Treinta y Tres veo arrozales, pero un viñedo es otra cosa.
El trigal se termina con la cosecha. Queda apenas el rastrojo…
Queda la tierra, para sembrar de nuevo y empezar un ciclo completo… o para plantar otra cosa.
Pero cuando termina la vendimia, la viña sigue allí. Hay que cuidar cada planta, hay que podar, regar si es necesario, abonar la tierra, quitar malezas, curar enfermedades, proteger de plagas…

La Biblia habla muchas veces de viñedos. A través de esas páginas nos damos cuenta de que un viñedo es un bien importante, un bien apreciado, porque se ha trabajado en él cada día para cuidarlo, a veces por generaciones dentro de una familia… como sigue sucediendo hoy.
El primer Libro de los Reyes cuenta la historia de Nabot, un hombre que fue asesinado porque no quería vender su viña al rey: “Guárdeme Dios de entregar la herencia de mis padres” decía el pobre hombre (1 Reyes 21,1-29). Su viña era un bien querido, que valía para él mucho más que el precio que pudieran pagarle.

La primera lectura de este domingo nos trae la “canción de la viña”, del profeta Isaías, que comienza describiendo los cuidados que el dueño ha dado a su viña y como ella sólo le ha dado frutos agrios.
Voy a cantar en nombre de mi amigo
la canción de su amor por su viña:
Mi amigo tenía una viña
en una loma fértil.
La cavó, la limpió de piedras
y la plantó con cepas elegidas;
edificó una torre en medio de ella
y también excavó un lagar.
El esperaba que diera dulces uvas,
Pero solo le dio frutos agrios.

¿Qué más se podía hacer por mi viña
que yo no lo haya hecho?
Si esperaba que diera uvas,
¿por qué dio frutos agrios?
El detalle está en que el dueño de la viña es Dios, y la viña es el pueblo que Él ha elegido… Dios reprocha a su pueblo su infidelidad y anuncia que dejará la viña sin protección y será devastada.

Jesús retoma en el evangelio el tema de esa canción, pero le da otro sentido, con esta parábola:
Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Podemos leer esta parábola desde la condición humana. Una situación de toda época. Junto a quienes viven cada día de su trabajo honesto, están los que se apoderan de los bienes ajenos. Ya sea con violencia o bien con engaño, poseídos por la codicia, quieren construir su fortuna explotando o despojando a los otros, aún a los de su propia sangre, con el afán de tener más y más…

Pero Jesús quiere que veamos más allá de las relaciones humanas de envidias o malas ambiciones:
Porque el propietario de esta viña es Dios.
La viña es el pueblo que Dios ha elegido y protegido.
Los servidores enviados son los profetas.
El hijo es Jesús, ejecutado fuera de Jerusalén.

Dios ha enviado a su Hijo Jesús. Esa es la respuesta de Dios a la maldad de los hombres: enviar a su propio Hijo. La parábola se centra en esto: aceptar o rechazar a Jesús. Dejarlo de lado, o construir sobre Él nuestra vida.

Hubo en tiempos antiguos un pueblo elegido en el que nació el Hijo de Dios. “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron” dice el Evangelio según San Juan. Con todos aquellos que lo aceptaron y lo siguen aceptando, Jesús ha formado el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. Un pueblo sin fronteras, formado por «hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Apoc 5,9). Un pueblo que tiene a Jesús como su piedra angular y del que Dios espera que rinda los frutos deseados.
Así vamos… peregrinos por la historia, tratando de ser fieles al Plan de Dios, aprendiendo la gran lección de cómo debe usarse la libertad. Pero… ¿Cómo vivir esa fidelidad? El mismo Jesús nos lo dice…

En el Evangelio según San Juan, en el capítulo 15, Jesús vuelve a traernos la imagen de la viña, o mejor de la vid, porque hay una sola Vid verdadera, que es Él mismo Jesús. Aquí el Padre no sólo es el dueño, sino también el viñador, que cuida personalmente de la vid… cada uno de los creyentes es un sarmiento, una rama que brota del pie de la vid, que es Jesús. Las ramas sólo pueden dar fruto si permanecen unidas a Él. El viñador poda las ramas para que puedan dar más fruto y corta las que están secas, las que se han separado…
En todo ese capítulo, resuena una palabra: permanecer.
Permanezcan en mí,
como yo permanezco en ustedes.
Así como el sarmiento no puede dar fruto
si no permanece en la vid,
tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid,
ustedes los sarmientos.
El que permanece en mí, y yo en él,
da mucho fruto,
porque separados de mí, nada pueden hacer.
(Juan 15, 4-5)