martes, 28 de enero de 2020

“Mis ojos han visto la salvación” (Lucas 2,22-40). Fiesta de la Presentación del Señor.






¿Qué lugar tienen los ancianos en nuestra sociedad? Más todavía… ¿qué lugar tienen en el mundo de hoy? ¿Existen todavía culturas donde se considera que el anciano es sabio y, por lo tanto, se le escucha y se busca su consejo?
Los cambios vertiginosos de nuestro tiempo, las “tecnologías”, parecen dejar fuera de lugar a los mayores. Pronto son considerados “retrasados” o “de otra época” …
No siempre es así. Hay abuelos que tienen, no solo el cariño, sino también el respeto y la confianza de los más jóvenes de su familia, porque saben escuchar, buscan comprender y pueden decir una palabra sensata o, a veces, simplemente, estar y acompañar.
En mis visitas a las parroquias y capillas de la diócesis de Melo suelo encontrar muchas personas mayores y pocos jóvenes. Hay, sin embargo, comunidades donde los jóvenes encuentran su espacio y los mayores no están ajenos, sino allí mismo, acompañando. Así sucede, por ejemplo, en la capilla Santa Inés, en Toledo, un barrio de Fraile Muerto.
Tal vez en esas comunidades se cumple el pasaje del profeta Joel que el Papa Francisco suele citar:
"Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas;
sus ancianos soñarán sueños, y sus jóvenes verán visiones" (Joel 2,28).
Dice Francisco:
"Nuestra sociedad privó a los abuelos de su voz. Les quitamos su espacio y la oportunidad de contarnos sobre sus experiencias, sus historias, sus vidas. Los pusimos a un lado y perdimos el bien de su sabiduría”.
"Solo si nuestros abuelos tienen el coraje de soñar y nuestros jóvenes profetizan grandes cosas, nuestra sociedad irá adelante. Si queremos 'visiones' para el futuro, dejemos que nuestros abuelos nos cuenten, que compartan sus sueños. ¡Necesitamos abuelos soñadores!".
Dos ancianos soñadores tendrán un papel importante el día en que María y José lleven por primera vez al pequeño Jesús al templo de Jerusalén. Esa es la fiesta que celebramos este domingo: la Presentación del Señor.
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.
La purificación es un rito que debe realizar la madre después del nacimiento de un hijo. Se la consideraba impura por cuarenta días después de dar a luz un varón (y ochenta días si hubiera sido niña). Para su purificación debía hacer una ofrenda acorde con su condición. José y María presentan la ofrenda de los pobres: dos pichones de paloma.
Según establece el libro del Éxodo (capítulo 13) el primer hijo varón debe ser ofrendado a Dios y rescatado por medio de un sacrificio, en recuerdo de la forma en que Dios hizo salir a los israelitas de Egipto. Ese es el sentido de la presentación del niño en el templo.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
María y José hicieron lo indicado por la Ley. Para ellos, como para todo buen creyente del Pueblo de Israel, los rituales eran un constante recuerdo de su relación con Dios y del carácter sagrado de la vida. En ese espíritu viven la Ley. ¿Por qué pedir hoy el bautismo de un hijo? ¿Por cumplir un deber, seguir una costumbre, vivir un evento social…? ¿O porque queremos que ese niño empiece ya su vida de hijo de Dios?

El templo de Jerusalén era un lugar concurrido. Sacerdotes y levitas, peregrinos y devotos llegaban, entraban y salían del lugar sagrado. Dos padres muy sencillos entran con un niño en brazos. Nadie repara en ellos, salvo dos ancianos que han vivido en la esperanza de ver al Salvador prometido por Dios.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años.
De lo hondo del corazón de Simeón brota la oración:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»
Simeón, en paz, confía a Dios el final de su vida, agradecido porque ha podido ver al Salvador esperado. Ese niño será luz; no sólo para su pueblo, sino para todos los pueblos de la tierra. El anciano sueña, y sueña en grande. Pero todavía tiene mucho para decir desde la sabiduría de sus años.
Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
En el pueblo de Israel algunos se ubicaban en la cumbre, pretendiendo ser justos ante Dios y despreciando a los demás. Otros esperaban humildemente la llegada del salvador. Quienes se creían en la altura, en la cercanía de Dios, se encontrarán de pronto abajo; en cambio, los que se consideraban últimos, serán los primeros.
A ti misma una espada te atravesará el corazón.
“Los siete dolores de María” es una oración que recuerda los sufrimientos de la madre de Jesús: este anuncio de Simeón es el primero; le siguen la huida a Egipto, el niño perdido en el templo y distintos momentos de la pasión y muerte de Jesús. La Dolorosa, la Virgen de la Soledad son nombres que se dan a María basados en esta profecía de Simeón y en lo que ella vivió junto a su Hijo.
Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.
Ante Jesús las personas se definen. Su mensaje interpela. Los que van encontrándolo en su camino tienen diferentes reacciones: hay quienes lo siguen, hay quienes lo rechazan; hay quienes encuentran en él consuelo, alegría y esperanza y hay quienes buscan su muerte.
La tentación de hoy es la indiferencia… ¿qué puede decirme este galileo de hace dos mil años? ¿de qué necesito salvarme? Jesús sigue teniendo respuestas, si nos animamos a hacer las preguntas que de verdad importan.
Por su parte, Ana
se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Simeón y Ana son dos personas en el término de sus vidas. Han visto colmada su esperanza de ver la salvación de su pueblo. Sus sentimientos afloran: gratitud, paz… movidos por el Espíritu Santo, se expresan en oración, alabanza, profecía, testimonio. El mismo Espíritu les da la sabiduría para interpretar el sentido profundo de los acontecimientos históricos y el mensaje de Dios encerrado en ellos.

Amigas y amigos, retomo las palabras del Papa Francisco:
“Los ancianos son la reserva sabia de nuestra sociedad, la atención a los ancianos es lo que distingue a una civilización".
"¡Qué hermoso es el aliento que los ancianos pueden comunicar a un joven o a una joven en busca del sentido de la vida! Esta es la misión de los abuelos: una verdadera vocación."
Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

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