Amigas y amigos:
Como les decía el domingo pasado, quiero dedicar este programa al centenario del Domingo Mundial de las Misiones, establecido en 1926 por el papa Pío XI. En 1943 se creó en España el acrónimo Domund, formado a partir de «Domingo Mundial». Desde entonces, así se lo conoce en los países de habla castellana.
Todos sabemos que este domingo se realiza una colecta para las misiones, pero el Domund es mucho más que eso. Su celebración busca despertar y fortalecer la conciencia misionera de la Iglesia, agradecer por los misioneros que cada diócesis recibe y envía, y promover la participación de las comunidades en el sostenimiento de las misiones, tanto mediante la oración como con la colaboración económica.
Cuando hablamos de las misiones, pronto aparece la expresión «Obras Misionales Pontificias», las OMP. Sin embargo, no todos conocen cuáles son ni la historia de cada una.
La primera es la Obra de la Propagación de la Fe. Surgió en 1822 por iniciativa de una joven francesa, la beata Paulina Jaricot. Ella promovió una red de pequeños grupos en las fábricas de su padre, cuyos integrantes ofrecían cada semana una oración y un pequeño donativo para los misioneros.
En 1843, el obispo de Nancy, monseñor Charles de Forbin-Janson, creó, también en Francia, la segunda: la Obra de la Santa Infancia o Infancia Misionera. Su lema inicial fue «Los niños ayudan a los niños», y animaba a los más pequeños a colaborar con la oración y pequeñas ayudas para los niños necesitados de los territorios de misión.
La Obra de San Pedro Apóstol fue fundada en Francia en 1889 por Jeanne Bigard y su madre, Stéphanie Bigard. Se dedicó a apoyar la formación y el sostenimiento de las vocaciones sacerdotales nativas en los territorios de misión.
Estas tres iniciativas fueron reconocidas como Obras Pontificias por el papa Pío XI. A ellas se sumó una cuarta: la Unión Misional, fundada en Italia por el beato Paolo Manna, sacerdote misionero en Birmania, hoy Myanmar. Su propósito era reavivar el ardor misionero de los sacerdotes para que ellos, a su vez, inspiraran a toda la comunidad. Fue reconocida como Obra Pontificia por el papa Pío XII. Hoy las cuatro obras trabajan coordinadamente y forman una unidad.
El papa Pío XI fue conocido como «el Papa de las Misiones». Su pontificado se extendió desde febrero de 1922, poco más de tres años después del final de la Primera Guerra Mundial, hasta febrero de 1939, ocho meses antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
En aquel período de relativa paz y crecientes tensiones, mientras surgían o se afianzaban los totalitarismos que desencadenarían la guerra, la Iglesia vivió un tiempo de renovación y de impulso misionero bajo la guía de este papa.
Su primer gesto misionero tuvo lugar el mismo día de su elección. Hoy estamos acostumbrados a ver al papa recién elegido salir al balcón de San Pedro para impartir la bendición. En aquel tiempo no era así. Tras la unificación de Italia, en 1870, dejaron de existir los Estados Pontificios y el papa había quedado confinado en el Palacio Apostólico, con escasa libertad de movimientos.
Hacía mucho tiempo que no se abría el balcón de San Pedro; de hecho, se había convertido en una especie de depósito. Al ser elegido, Pío XI mandó despejarlo y limpiarlo para impartir desde allí la bendición «urbi et orbi», es decir, a la ciudad y al mundo. Fue el signo de una Iglesia dispuesta a salir al encuentro de todos.
En los años siguientes, otros signos mostraron el énfasis que el papa puso en la misión de la Iglesia.
En 1922, durante su primera celebración de Pentecostés, recordó los trescientos años de la Congregación para la Propagación de la Fe, fundada en 1622 por el papa Gregorio XV hoy continúa hoy como Dicasterio para la Evangelización. En su homilía, Pío XI señaló que hasta el último de los fieles podía y debía preguntarse: «¿Qué puedo ofrecerle al Señor por todas las gracias que he recibido de Él?». Ese mismo año dio reconocimiento pontificio a las dos primeras obras misioneras.
En 1925 se realizó en el Vaticano una gran exposición misionera. Al año siguiente promulgó la encíclica Rerum Ecclesiae, «las cosas de la Iglesia», considerada la carta magna de las misiones. En ella afirmó la independencia de la acción misionera de la Iglesia frente a los intereses políticos, coloniales y culturales de las potencias europeas, así como la corresponsabilidad de todos los obispos y fieles del mundo en la misión.
Al año siguiente estableció el Domingo Mundial de las Misiones y fijó su celebración para el penúltimo domingo de octubre. En 1927 nombró a santa Teresita del Niño Jesús, a quien había canonizado dos años antes, copatrona de las misiones junto con san Francisco Javier.
En su empeño por impulsar un clero propio en cada país, ordenó a los primeros seis obispos chinos de la era moderna y al primer obispo nativo de Japón. También continuó ordenando obispos y promoviendo seminarios locales en la India, el sudeste asiático y África.
Dispuso, además, que las congregaciones religiosas, tanto masculinas como femeninas, asumieran activamente un territorio o un compromiso misionero.
Amigas y amigos: el papa León XIV, por cuya pronta y firme recuperación estamos rezando, nos ha entregado un mensaje para este Domund con el lema «Uno en Cristo, unidos en la misión». El mensaje concluye con esta oración:
Padre santo, concédenos ser uno en Cristo,
arraigados en su amor que une y renueva.
Haz que todos los miembros de la Iglesia
estén unidos en la misión,
dóciles al Espíritu Santo
y valientes para dar testimonio del Evangelio,
anunciando y encarnando cada día
tu amor fiel por cada criatura.
Bendice a los misioneros y misioneras,
apóyalos en su esfuerzo y presérvalos en la esperanza.
María, Reina de las misiones,
acompaña nuestra labor evangelizadora
en todos los rincones de la tierra.
Haznos instrumentos de paz
y haz que el mundo entero
reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.
En esta semana:
El jueves 22 recordamos a san Juan Pablo II, el primer papa que visitó Uruguay, en 1987 y 1988.
El sábado 24 celebramos a san Antonio María Claret, obispo misionero y fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como misioneros claretianos. Es la fiesta patronal de la parroquia de la ciudad de Progreso.
Gracias a todos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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