lunes, 14 de enero de 2019

Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres). 16 de abril de 1921 – 13 de enero de 2019



Mons. Roberto Cáceres, nuestro querido Obispo emérito de Melo, falleció a los 97 años, ayer, domingo 13 de enero, fiesta del Bautismo de Jesús, en Montevideo, cerca de la medianoche, en el Hogar Sacerdotal.

Lo acompañaron en sus últimos momentos las Hermanas del Hogar y Mons. Arturo Fajardo, Obispo de San José de Mayo, que se encontraba circunstancialmente allí.

Yo me encuentro lejos de Uruguay, con una diferencia de cinco horas, lo que ha dificultado un poco las comunicaciones oportunas. Mi último encuentro con Mons. Roberto fue el domingo 30 de diciembre, en vísperas de mi viaje. Como tantas veces estuvimos conversando amenamente. Nada me hacía imaginar que su vida estaba llegando a término y esperaba celebrar con él en abril sus 98; pero, sin saberlo, ésa fue nuestra despedida.

Siento mucho esta partida de Monseñor, y más aún el no poder estar acompañando en este momento a tanta gente de Cerro Largo y Treinta y Tres que lo lleva en su corazón, a la comunidad diocesana por la que él dio los largos años de su vida y a su familia.

Muchos pensamientos y recuerdos se me cruzan en la mente… ¡cuántos más en quienes lo conocieron y trataron desde su llegada a Melo en 1962!

Me viene a la memoria una canción de Osiris Rodríguez Castillo que dice:
“…que al final de mi vida
quede mi canto despierto
que todo coyuyo muerto
deja una luz encendida”. 
La luz del coyuyo es una lucecita, pero aún así lo sobrevive. La luz de Mons. Roberto es una gran luz, la luz de una persona luminosa. No una luz de brillo estridente, cegador, sino una luz apacible. Una luz bajo la cual se puede ver las cosas de modo diferente, como solía verlas él. Dónde muchos sólo verían tristeza, desolación, angustia, él era capaz de encontrar los valores escondidos pero presentes, la solidaridad humana y aún la santidad. Alguna vez un hermano Obispo le dijo “vos estás enfermo de optimismo”. Yo creo que Monseñor no era un optimista, sino algo mucho más profundo: era un hombre de esperanza. Que la luz de esa esperanza que él supo comunicar y sostener “en el nombre del Señor” –su lema episcopal– siga iluminando el camino de todo el Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres.

A todos, mi afectuoso saludo, unido a ustedes en el recuerdo y la oración por su eterno descanso. Estoy convencido que el Señor premiará la generosa entrega de su vida y lo recibirá como servidor bueno y fiel.

Invito a recibir y acompañar su cuerpo en Treinta y Tres, en la parroquia san José Obrero a las 10:30 y en Melo, en la catedral, a las 17 horas, después de lo cual recibirá sepultura en el Cementerio de Melo.

+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)


miércoles, 9 de enero de 2019

Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Lucas 3,15-16. 21-22)







El lanzamiento de un producto, la presentación de un libro, el estreno de una película, el debut de un artista o un deportista, la proclamación de un candidato, son -o, en algunos casos, fueron- formas de llamar la atención sobre algo o alguien que se quiere hacer conocer rápidamente por la gente. Bien organizado y bien difundido, el evento tiene posibilidades de hacer impacto en el público, hacer que todos hablen de eso por un tiempo, de acuerdo con el interés que la novedad haya despertado.

La semana pasada hablamos del “día de reyes”, que en la Iglesia es la fiesta de la Epifanía, la manifestación de Jesús como salvador. Este domingo y el siguiente recordaremos otras dos “epifanías”: el bautismo y el primer milagro de Jesús, en las Bodas de Caná. Podríamos entender estas manifestaciones como una presentación pública, un lanzamiento. Sí, hay algo de eso; pero hay mucho más.

Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Juan predicaba un bautismo para la conversión de los pecados. Los primeros cristianos tuvieron dificultades para entender esto. ¿Por qué Jesús, que no tenía pecados, pidió ser bautizado por Juan? Los cuatro evangelios nos dicen que el hecho existió y buscan ayudarnos a interpretarlo.
Marcos dice claramente:
“vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán” (1,9).
Mateo nos cuenta que al presentarse Jesús para ser bautizado
“Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?»” (3,14).
El evangelista Juan da algunos rodeos; no relata el momento del bautismo, pero nos presenta el testimonio de Juan el Bautista:
«He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo"» (1,32-33).
San Lucas, nuestro evangelio de este domingo, tampoco nos dice directamente que Jesús fue bautizado por Juan, sino que:
Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús.
Ya en otra oportunidad dijimos que la imagen del bautista y Jesús solos en el Jordán, con el agua a los tobillos y Juan derramando agua sobre la cabeza de Jesús no es una buena representación del bautismo de Jesús. El bautismo era un acto masivo; la gente admitida por el Bautista se sumergía en el agua a su indicación. Era un baño total. Era el lavado del cuerpo para limpiar a los arrepentidos de todos sus pecados. Sumergirse en el agua significaba morir a la vida que se había llevado hasta entonces y el salir del agua un nuevo nacimiento, la entrada en una vida nueva, ordenada hacia Dios.

Vuelve entonces la pregunta de los primeros cristianos: si Jesús no es un pecador ¿por qué se bautiza? Para entender esto, debemos recordar que lo que hace Jesús no es para él, no es porque él lo necesite, sino porque nosotros lo necesitamos. Pensemos en esta escena tan diferente de esos cuadros que hemos visto: Jesús no se bautiza aparte, separado de los demás, sino mezclado con la multitud, entreverado con los pecadores arrepentidos que se abren a una esperanza de salvación. Sumergiéndose entre ellos, Jesús se empapa en nuestra historia, en nuestros dolores, en nuestro drama.

El agua del Jordán no limpia a Jesús de pecados que Él no tiene; al contrario, es Jesús quien, al bautizarse, consagra el agua del Jordán para que renueve nuestra naturaleza pecadora con un baño que significa nuestro renacer espiritual.

Dijimos que hay mucho más. Veamos ahora el bautismo como epifanía, manifestación de Dios. Inmediatamente después de ser bautizado Jesús:
…mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección.»
“Mientras estaba orando”. La oración de Jesús es su comunicación con el Padre. Los evangelios cuentan que Jesús se alejaba de la multitud y hasta de sus discípulos para ese momento de profunda intimidad… pero aquí, como hemos dicho, Jesús está en medio del pueblo que, como él, ha sido bautizado. La oración de Jesús nos muestra hasta dónde él vive interiormente ese gesto exterior. El agua solo toca la piel; pero el gesto llega a lo más profundo de su ser y lo pone en comunicación con quien lo ha enviado.

Mientras estaba orando “se abrió el cielo”. El Pueblo de la Primera Alianza había sido testigo de muchas intervenciones de Dios a lo largo de su historia. En los últimos tiempos, a través de los profetas. Pero había pasado largo tiempo sin que Dios se manifestara. Se decía “los Cielos están cerrados”. Con la oración de Jesús después de su bautismo, el Cielo se abre para que el Espíritu Santo descienda sobre Jesús y la voz del Padre manifieste que Jesús es su Hijo amado. De esta forma se hace patente que Dios está presente en Jesús, en el Hijo eterno del Padre que se ha hecho uno de nosotros.

Antes del bautismo de Jesús, Juan ya había anunciado al Pueblo:
«Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.»
¿Qué significa para nosotros ser bautizados “en el Espíritu Santo y en el fuego”, recibir el bautismo de Jesús? Así lo explica el Papa Francisco:
…en el Bautismo cristiano el Espíritu Santo es el artífice principal: es Él quien quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina; es Él quien nos libera del dominio de las tinieblas, es decir, del pecado y nos traslada al reino de la luz, es decir, del amor, de la verdad y de la paz...
(…) El Espíritu empuja nuestra vida hacia el camino laborioso pero feliz de la caridad y de la solidaridad hacia nuestros hermanos. El Espíritu nos dona la ternura del perdón divino y nos impregna con la fuerza invencible de la misericordia del Padre. El Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo recibe: reza con nosotros y nos llena de alegría espiritual. (Ángelus, 10 de enero de 2016).

Amigas, amigos… gracias por llegar hasta aquí en su lectura. Que el Espíritu Santo que hemos recibido en nuestro bautismo nos ayude a conocer y a cumplir cada día la voluntad del Padre. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 2 de enero de 2019

“Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mateo 2,1-12). Solemnidad de la Epifanía.




En mi casa, cuando yo era niño, había dos regalos que esperábamos en esta época del año. El primero era el que traía Papá Noel, en la noche de Navidad. Para esperar ese regalo todos en casa poníamos una media y, a la mañana siguiente, encontrábamos dentro de ella un regalito. Algo pequeño, pero simpático. Después esperábamos el día de Reyes. En la noche del 5 de enero poníamos los zapatos, dejábamos afuera un montón de pasto y agua para los camellos y esperábamos a los Reyes Magos. Esa noche casi no dormíamos y nos levantábamos más temprano que nunca. Aunque a veces hacíamos una cartita con pedidos, siempre llegaba una sorpresa. Una sorpresa linda. Los Reyes nos conocían bien… por algo eran Magos.

Este año el 6 de enero llega en domingo. Este día la Iglesia celebra la fiesta de la Epifanía. Esa palabra no parece tener mucho que ver con reyes ni magos y, efectivamente, tiene otro significado. Epifanía quiere decir “manifestación” y se refiere a la manifestación de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador esperado por su pueblo, que viene a ofrecer el amor de Dios a toda la humanidad. Veamos como empieza esto:
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.»
Unos magos: el evangelio no dice reyes; pero el profeta Isaías había anunciado:
Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora.
Estos magos que han visto la estrella caminan hacia la luz como los reyes de los que hablaba Isaías. Por eso decimos “reyes magos”.

“Mago” puede querer decir muchas cosas… lo que sabemos de estos hombres es que conocían algunas profecías y estaban atentos a señales del cielo: “vimos su estrella”.
Una antigua profecía sobre la estrella aparece en el libro de los Números, y es del vidente Balaam. Balaam anuncia, en un futuro lejano, el nacimiento de un rey de los judíos, nacimiento que estará marcado por la aparición de una estrella. Dice el vidente:
Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. (Números 24,17)
Los Magos preguntan por “el rey de los judíos”, pero dicen que han venido a adorarlo. No se trata, entonces, de un rey más de este mundo, sino de un rey de origen divino. A un rey se le presenta respeto, obediencia, sumisión… pero sólo Dios merece ser adorado. La adoración es un acto profundamente religioso. Es el reconocimiento de Dios como creador y salvador, como Señor y dueño de todo lo que existe, como amor infinito y misericordioso (cf. Catecismo IC 2096). Claramente se lo dijo Jesús a Satán, citando la Palabra de Dios:
“Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto” (Deuteronomio (6,13 - Lucas 4,8).
Pero la pregunta de los Magos llega hasta el palacio y provoca una conmoción:
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito…»
El rey Herodes pide a los Magos que vayan a Belén y luego le informen… pero esto es lo que sucederá:
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.
Los tres regalos nos sugieren que los Magos eran tres… la tradición agregará los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, que no aparecen en el relato del evangelio.
El oro, metal precioso por excelencia, que mantiene siempre su brillo, es símbolo de lo duradero. Con él se hacen las coronas de los reyes. Al presentarle el oro, los Magos están reconociendo a Jesús como rey, tal como expresaron al preguntar: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”
El incienso se quema para que su perfumado humo suba hasta la divinidad. Es otra expresión de adoración, reconocimiento de Jesús como Dios.
La mirra… es talco. Talco para un bebé o para preparar un cuerpo para la sepultura. Es el presente más humilde, pero significa el reconocimiento de la humanidad de Jesús.

Los Magos han encontrado al que buscaban. Seguramente, no fue como ellos esperaban… Habían ido a la capital, y fueron enviados a una pequeña aldea. Fueron al palacio a hablar con el Rey y la estrella los llevó a la casita de una familia de vida sencilla. Creyeron. Adoraron. Y luego…
Como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.
Luego de su peregrinación a Belén, los Magos parten por otro camino. No sólo por la advertencia recibida, sino porque desde el momento mismo en que encontraron al Niño, comenzó para ellos otro viaje, una peregrinación interior, espiritual. Hace años, meditando sobre este encuentro de los Magos con Jesús, el Papa Benedicto XVI decía que los Magos habían venido a ponerse al servicio de este rey. Trayéndole sus dones y haciendo su gesto de adoración, expresaban su voluntad de servirlo en el camino del bien y la justicia.

Los reyes magos venían bien orientados, pero debían aprender que servir al bien y a la justicia no se puede hacer simplemente dando órdenes desde lo alto de un trono. Decía el hoy Papa emérito:
(Los Magos) aprenden que deben entregarse a sí mismos:  un don menor que éste es poco para este Rey.
(…) Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse. Al salir de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.
Por allí estamos invitados a caminar nosotros, también. Para eso, aprendamos de estos hombres, aprendamos de su búsqueda de Dios, de su búsqueda del bien. Busquemos a Jesús, que ha venido para todos, porque todos lo necesitamos.

Amigas y amigos: gracias por llegar hasta aquí en su lectura. Que la estrella de Belén guíe siempre y en todo lugar nuestra vida en los pasos de Jesús. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 1 de enero de 2019

La buena política está al servicio de la paz. Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz.




MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
52 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2019

La buena política está al servicio de la paz

1. “Paz a esta casa”
Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5-6).
Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana[1]. La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.
Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política
La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy[2]; es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.
Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad»[3].
En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz
El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana»[4]. Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.
A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:
Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo[5].
Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política
En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro
Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4,1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo»[6].
Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo
Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.
Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz
Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos»[7].
La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:
— la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;
— la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre...; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;
— la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.
La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).
Vaticano, 8 de diciembre de 2018
Francisco


[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
[2] Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.
[3] Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.
[4] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.
[5] Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.
[6] Benedicto XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).
[7] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.