domingo, 1 de noviembre de 2009

Tiquipaya, Cochabamba, Bolivia - Bodas de Plata de una Sierva de María

Madre Verónica, Provincial; Madre Carmen; Mons. Heriberto; P. José Antonio SDB, capellán
Jesús Nazareno de Huamanga, Ayacucho, Perú

Mons. Bodeant participó de la celebración de las Bodas de Plata de la Rvda. Madre Carmen Pichardo, Sierva de María, a quien conoció en Salto. Sor Carmen es peruana, oriunda de Huamanga, Ayacucho. Actualmente es superiora de la comunidad de las Siervas en Tiquipaya.
Las Siervas de María - Ministras de los Enfermos es una congregación religiosa fundada en España en 1851. El 15 de agosto de ese año hicieron sus primeros votos las primeras siete hermanas. Entre ellas Manuela Torres Acosta, quien elegirá el nombre de María Soledad, y a quien hoy la Iglesia venera como Santa María Soledad Torres Acosta, y las Siervas de María reconocen como su Madre. Más información sobre la historia de las Siervas de María AQUÍ
Homilía de Mons. Bodeant
Solemnidad de todos los Santos… en esta hermosa fiesta, estamos celebrando la obra de la Santísima Trinidad en esa multitud de hermanos y hermanas nuestras que el Dios Uno y Trino creó, redimió y santificó.Esa obra del Señor en nosotros nace de su amor: “Miren que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1).
Contemplamos a esa multitud inmensa, en la que destacan aquellos conocidos y reverenciados por muchos: la Reina de los Santos, la Madre de Jesús, aquí venerada como “Nuestra Señora de la Salud”: su esposo San José, Juan Bautista el precursor, los apóstoles… hombres y mujeres que siguieron al Señor a lo largo de los siglos, y entre ellos, reconocemos con especial cariño el rostro de la Madre Soledad.
Por otra parte, santos y santas desconocidos para nosotros, pero que dejaron que el Señor transformara sus vidas. Ellos nos animan en nuestro camino de fe, porque nos recuerdan que los santos no son solamente aquellas personas excepcionales, sino que la santidad es la vocación de todo bautizado, llamado a vivirla en su propio estado de vida, como laico, como sacerdote, como religiosa.
Y en el marco de esta gran fiesta, damos gracias también por los veinticinco años de entrega generosa al Señor de la Madre Carmen.
“Síganme”
Jesús pasa y llama. Llamado a seguirlo. Llama y sigue su camino, no se detiene. Seguirlo supone dejar atrás todo lo que impide caminar tras de Él. Los primeros discípulos le escucharon decir “Síganme” y dejaron a su padre, su barca, sus redes, y lo siguieron (Mt 4,18-22).

Escuchando ayer a la Madre Carmen contarme su camino vocacional, me llamó la atención la fuerza, la claridad, con que sintió ante todo, el llamado de Jesús a darse enteramente a Él, a consagrarse a Él, sin saber exactamente cómo, sin saber en qué familia religiosa. El Señor pasó junto a ella, invitándola a seguirlo, en la figura del “Jesús Nazareno” de Huamanga, en cuya novena tantas veces participó. El Señor decisivamente pasó por su vida en la Eucaristía del 22 de diciembre de 1981. Dos días después, los estudios de bioquímica quedaban atrás y el aspirantado de las Siervas de María en Lima le abría el camino que la trajo hasta aquí.
“Ustedes han perseverado conmigo en mis pruebas”
Todo comienzo tiene su belleza. Siempre nos impresiona la respuesta inmediata de los discípulos: “al instante, dejando las redes, lo siguieron”. Por eso festejamos, y es bueno que lo hagamos, una primera comunión, una boda, una ordenación sacerdotal, unos primeros votos, como sucederá pronto aquí… Sin embargo, el Evangelio nos hace ver que el discípulo tiene mucho por andar detrás de Jesús, mucho que aprender, mucho que superar. Hay pruebas, hay tentaciones. Hay dolores, desgarramientos, desprendimientos, renuncias. Muchos comienzan el camino y no lo continúan.
A poco tiempo de iniciado el aspirantado, a la joven Carmen se le presenta la tentación de dar marcha atrás, de retomar esos estudios que no había estado tan lejos de terminar… Siguió adelante, sin embargo, tal vez empezando a descubrir, un poco más cada día, que no podemos seguir al Señor con nuestras solas fuerzas. Que necesitamos cada día su Gracia, Su Gracia que nos modela, nos anima y fortalece: “con mis fuerzas nada; con Él todo”.
A medida que los discípulos van haciendo su camino detrás de Jesús, van pasando de los momentos gratificadores de su ministerio en Galilea, cuando Jesús era seguido por grandes multitudes, a las instancias más críticas, al abandono de aquellos que empiezan a descubrir las exigencias del Evangelio pero no se abren a la Gracia. Jesús llega a preguntar a sus discípulos “¿También Uds. quieren dejarme?”. Sólo cuando nos damos cuenta de que no podemos seguir al Señor con nuestras solas fuerzas podemos decir “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna…” (Jn 6,67-69).
Las crisis y las pruebas continúan para los discípulos en su marcha tras Jesús, y lo peor es que esas crisis se dan también en el interior del grupo, más aún, en el corazón de cada uno de ellos. ¡Cuánto trabajo del Señor para educarlos, purificarlos de sus ambiciones, para introducirlos en el camino del servicio, del dar la vida por la salvación de muchos (Mt 20,28)! Pero, pasado todo eso, en aquella última cena que compartirán con el Maestro podrán escuchar estas palabras: “Ustedes han perseverado conmigo en mis pruebas” (Lc 22,28). Y todavía les faltaba la prueba mayor, la de la Pasión. Por eso mismo, el Señor quiere fortalecerlos haciéndolos participar de su Cuerpo y Sangre.
Al alegrarnos de la perseverancia de la Madre Carmen, le pedimos al Señor que culmine en ella y en cada uno de nosotros la obra que viene haciendo, de modo que podamos también escuchar esas palabras: “ustedes han perseverado conmigo en mis pruebas”, para entrar definitivamente junto a los santos.
“Lo hemos dejado todo y te hemos seguido ¿qué recibiremos pues?”
Cada una de las Bienaventuranzas que hemos escuchado en el Evangelio nos presenta un llamado y una promesa. Cada una de esas promesas está contenida en la promesa del Reino de los Cielos, el Reino de Dios: “Bienaventurados… porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3-12). Esa es la herencia de quienes siguen a Jesús, por cualquiera de los caminos por los que Él nos llame.
Sin embargo, cuando se ha renunciado a poseer bienes personales, a formar una familia y a disponer de mi propia vida como a mí me plazca; para seguir al Señor en comunidad, libres de ataduras, con todo nuestro ser, poniéndonos enteramente en sus manos, cabe la pregunta que los discípulos le hicieron a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido ¿qué recibiremos pues?”.

Jesús responde con una promesa: “todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna” (Mt 19,27-29).
“Hoy puedo decir que el Señor me ha dado más del ciento por uno”, me decía ayer la Madre Carmen. “Tengo ahora muchas hermanas, pero es mucho más que eso, mi familia es toda la humanidad, todo el que se acerca, en el que puedo encontrar otro Cristo, y al que le puedo también anunciar al Señor”.
Pero ese “ciento por uno” prometido también se manifiesta de otro modo. La Madre Carmen me sorprende revelando “nunca me gustó la enfermería”, “en la clase de música sacaba cero” y, para completar: “en la Escuela no me gustaba Religión”.
Cuando yo estudiaba Teología me enseñaron que “la Gracia supone la naturaleza”, es decir que el Señor obra a partir de las condiciones y las capacidades que traemos. Pero la Madre Carmen bien puede decir que recibió también allí más del ciento por uno. O tal vez la vocación hizo aflorar los verdaderos talentos que estaban escondidos.
Gracias Madre Carmen, por decirle sí al Señor, y gracias por perseverar en ese sí cada día, dejando que Él haga su obra.Gracias Señor, por tu obra en esta Hija de la Madre Soledad.Y que cada día descubramos un poco más que vale la pena dejarlo todo, ofrecerte la vida y el corazón para trabajar por tu Reino, porque Tú estarás siempre con nosotros, sosteniéndonos y animándonos cada día, hasta el fin de los tiempos. Así sea.