viernes, 3 de agosto de 2018

Hambre de pan y hambre de Dios (Juan 6,24-35)







En los años 70 se oía a menudo hablar del hambre en el mundo… Biafra, Bangladesh y otras situaciones de pobreza extrema fueron motivo de movilizaciones, campañas, conciertos benéficos…
Más de 40 años después, el tema no aparece tan frecuentemente, pero no porque esté resuelto. La FAO nos dice que ha habido avances, pero también retrocesos. En 2016 el número de personas aquejadas de subalimentación crónica en el mundo llegó a 815 millones, repuntando después de años de paulatino descenso. Las zonas más afectadas se ubican en el África al sur del Sahara, el Asia sudoriental y el Asia occidental. Pesan mucho las situaciones de conflicto, las sequías e inundaciones.

Muchas de estas personas hambrientas emplean la totalidad de su jornada en conseguir lo necesario para comer ese día, incluyendo el agua potable y la leña para cocinar.

Al mismo tiempo, aumentan las tasas de sobrepeso y obesidad. En 2016, 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso. Paradojas de nuestro mundo de hoy…

El evangelio que escuchamos el domingo pasado nos presentó el relato de la multiplicación de los panes y los peces. El milagro dejó entusiasmada a la multitud, que quedó saciada. Todos veían a Jesús como un profeta, un enviado de Dios, con un gran poder y querían hacerlo rey. Al darse cuenta de lo que pretendían, Jesús se retiró. La gente siguió buscándolo. El evangelio de este domingo comienza cuando lo encuentran.
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos,
sino porque han comido pan hasta saciarse.
“Ustedes me buscan porque han comido hasta saciarse”, dice Jesús. Pensando en la situación de hambre en el mundo y pensando en nuestra propia necesidad de alimentarnos cada día, comprendemos lo que movía a aquella gente, porque el pan -el alimento- es esencial para mantener nuestra vida en este mundo y para eso, en primer lugar, se trabaja o se busca trabajo. Para llevar el pan a la mesa.

¿Qué es, entonces, lo que les reprocha Jesús? Jesús les reprocha el no ver más allá, no tener interés más que en saciarse de bienes terrenos. Jesús tiene para ofrecer los dones de Dios: el amor, la misericordia, la reconciliación, la paz; la vida en plenitud desde aquí y para la eternidad. ¿Cómo ayudarles a descubrir eso? Jesús sigue hablándoles:
Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello».
El pan que Jesús multiplicó es perecedero. No puede trasmitir una vida que no tiene. Quien lo come, en su momento, también perece, muere. Por eso Jesús llama a trabajar por el alimento “que permanece hasta la vida eterna”. “Trabajen” por ese pan, dice Jesús; pero también dice que Él es quien les dará ese pan. Ningún esfuerzo humano, puede alcanzar el Pan de Vida eterna.

Pero si Jesús dará ese Pan de Vida Eterna ¿cuál es el trabajo? Eso mismo pregunta la gente:
«¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió:
«La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado».
“Que ustedes crean”. La fe en Cristo es la base de todo. La fe es un don de Dios, es su obra; pero el trabajo del hombre es aceptar el don, abrirse a la fe.

Aquel que cree, no necesita ver milagros; a quien no cree, los milagros no le alcanzan. Sin embargo, la gente pide a Jesús “signos”, es decir, milagros, y recuerdan un signo del pasado:
«¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura:
"Les dio de comer el pan bajado del cielo"»
Jesús responde:
«Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo;
mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo».
Al oír esto, la gente hace una petición:
«Señor, danos siempre de ese pan»
Esa petición permite a Jesús manifestar que Él mismo es el Pan de Vida:
«Yo soy el pan de Vida.
El que viene a mí jamás tendrá hambre;
el que cree en mí jamás tendrá sed».
El pan es esencial para la vida. Seguiremos buscando ganarlo cada día con nuestro trabajo, sin olvidar que hay hambre en el mundo… atentos y solidarios con quienes no tienen qué comer, para que no pase lo que ya denunciaba San Pablo:
Cuando ustedes se reúnen en común, eso ya no es comer la cena del Señor, porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.
(1 Corintios 11,20-21)
Pero cuando se trata de la Vida Eterna, sólo Jesús es esencial. Por eso es que también nosotros pedimos «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús, Pan de Vida Eterna es el alimento que sacia nuestra hambre y sed de Dios y de la felicidad eterna que sólo Él concede.

Concluimos con la letra de una canción litúrgica:
La montaña se colma de gente / cinco mil a Jesús lo seguían.
Él reparte los panes y peces / que un muchacho gustoso ofrecía.
Le dio gracias al Padre del Cielo / y después que ya todos comieron,
les pidió que recojan las sobras / doce cestos repletos trajeron.
Jesucristo es el Pan de la Vida / que conforta al hombre en su historia:
proclamemos al mundo sin miedo / quien comparte, reparte y le sobra.

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