miércoles, 22 de agosto de 2018

Marcharse o quedarse, momento de decisión (San Juan 6,60-69)







Carolina era una joven que había cumplido tres meses en la Fazenda de la Esperanza, una comunidad terapéutica para la recuperación de dependientes químicos y otras adicciones. 
Había llegado allí destrozada, muy delgada, con una historia de desencuentros con las personas que la querían, de desilusiones con supuestos amigos en los que no debió haber confiado y con muchas marcas en su cuerpo, en su mente y en su alma que le había dejado un largo período de consumo de drogas. 
La propuesta de la Fazenda era un año de internación. Ella había firmado un compromiso… pero faltaban nueve meses y ella se sentía muy bien. Había recuperado peso, se sentía limpia, había redescubierto la fe que había vivido de niña y que ahora tomaba otro sentido… pero ¡nueve meses más! ¿por qué no volver ya, buscar a su familia, decirles cuánto había cambiado y cuán dispuesta estaba a comenzar de nuevo? Se sentía segura, fuerte, no volvería a caer en la adicción, no volvería con la gente que la había llevado a conocer una vida tan miserable…

Hay momentos de la existencia donde irse o quedarse son decisiones que marcan el resto de la vida. Mientras estaba en esos pensamientos, Carolina se miró los pies, se sacó las chinelas y caminó sobre la tierra del caminito que bordeaba los canteros de la quinta. “Estoy volando otra vez… -se dijo- tengo que poner de verdad los pies sobre la tierra”. Y ese día comenzó el resto de su año en la Fazenda, y el resto de su vida en el camino que había encontrado.

A lo largo de toda la historia, hay gente que ha dejado la Iglesia y gente que se ha quedado en la Iglesia. En las comunidades por donde he pasado, empezando por mi propia comunidad parroquial, mi comunidad de bautismo, he encontrado esas personas que permanecen, con una fe “a prueba de balas”, aunque no sea en sentido literal. Casi siempre mujeres, pero también algunos matrimonios, algunos varones, que no se han apartado de la comunidad ni porque hayan pasado situaciones difíciles a nivel personal o familiar, ni porque haya cambiado el rostro y el estilo del párroco de turno… y eso, sin tener tampoco un motivo mezquino para quedarse, como el tener cierto poder dentro de la comunidad o haberse adueñado de un espacio. Tal vez ninguno de ellos tuvo que pasar por un momento como el que vivió Carolina en la Fazenda o el que nos presenta el evangelio de hoy. O, al menos, nadie se enteró, porque sucedió en su interior y su respuesta al Señor fue dada en la intimidad; pero su presencia constante, su fidelidad a través del tiempo, son indicadores de una decisión profunda, arraigada en la fe.

El evangelio de hoy nos presenta el episodio conocido como “la crisis de Galilea”. Es un episodio que da un giro importante al camino que venía haciendo Jesús. Desde que comenzó su ministerio en Cafarnaúm, el “éxito” de Jesús, hablando en términos humanos, era cada vez mayor. Recordemos cómo le traían “a todos los enfermos y endemoniados”, como la ciudad entera estaba a la puerta de su casa, como todos lo buscaban… y eso fue apenas el comienzo.
El día que Jesús multiplicó los panes y los peces, había cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, que siempre son muchos más. Todos querían que Jesús fuera coronado rey…
Jesús abandona a la multitud ante semejante perspectiva, pero ellos lo buscan.
Cuando lo encuentran, Jesús se pone a enseñarles largamente. Es su discurso del Pan de Vida, que hemos venido escuchando estos domingos.
Frente a las palabras de Jesús, frente a la nueva perspectiva que Él abre, muchos se desconciertan: no es lo que ellos esperaban y comienzan a abandonarlo.
Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?
El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve.
Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen».
En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».
Y aquí es donde se produce el desenlace de la crisis. El evangelista Juan nos dice:
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.
Por eso, es natural que Jesús se vuelva hacia los Doce, ese pequeño grupo que estuvo con él desde el principio, y les pregunte:
«¿También ustedes quieren irse?»
Y aquí viene la respuesta decisiva. Es Simón Pedro quien habla, en nombre de todos:
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».
“Nosotros hemos creído”. Hermosas palabras; hermosas, precisamente, porque no son sólo palabras. Son la razón de una decisión. Ellos han encontrado a Jesús, han creído en Él, han encontrado sentido para su vida.

En el comienzo de su primera carta encíclica, Dios es Amor, el Papa Benedicto XVI nos dejó esta línea muchas veces citada, incluso por el propio Papa Francisco:
Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.
Nuestras fuerzas humanas pueden realizar muchas cosas. Nuestra voluntad puede templarse y mantenernos en el rumbo elegido… pero tarde o temprano, encontraremos nuestra fragilidad, nuestra impotencia… pero allí se abrirá la oportunidad para descubrir la fuerza del amor de Dios. Que en ese momento podamos también decir “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna”.


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