martes, 28 de agosto de 2018

Un corazón puro, un corazón nuevo (Mc 7,1-23)







¿Cuántas cosas quisiéramos que fueran diferentes en el planeta en que vivimos?
¿Qué cosas tendrían que cambiar?
¿Es realmente posible que haya un cambio en la conducta humana?
¿De qué forma podría llegar a producirse ese cambio?
Muchas veces tenemos la ilusión de que es posible provocar ese cambio desde fuera.
Las leyes que se da un pueblo a través de sus representantes buscan modificar las conductas. Y cuando se establece una ley que al menos algunos no están dispuestos a cumplir, también se señalan los castigos que le corresponderán al infractor.
Cumplir o no una ley está relacionado así al querer evitar el castigo que trae aparejado el no cumplirla.
Sin embargo, muchas veces la amenaza del castigo no es suficiente… pensemos en lo que realmente puede significar el endurecimiento de las penas por algunos delitos… lamentablemente, esos delitos no cesan.
El problema está en que no hay un cambio en el interior de la persona.

Nunca entenderemos bien el significado de los Diez Mandamientos, el significado de la Ley de Dios, si no entendemos el marco en que Dios los entrega. Ese marco es la Alianza entre Dios y los hombres. La Alianza no es una imposición: “Yo soy Dios y ustedes van a hacer lo que yo les diga”. No. Es un compromiso mutuo. Es un encuentro de la libertad de Dios que elige a un pueblo y la libertad de ese pueblo que elige a Dios, que reconoce a Dios como SU Dios. El domingo pasado, la primera lectura nos presentaba uno de esos momentos de elección: Josué, sucesor de Moisés al frente de los israelitas, dice al pueblo:

«Si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir (...) Yo y mi familia serviremos al Señor».

Y el pueblo respondió:

«Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud (…) Por eso, también nosotros serviremos al Señor, ya que Él es nuestro Dios».

Es en el marco de esa alianza que comprendemos las palabras de Moisés en la primera lectura de este domingo:

«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que Yo les enseño para que las pongan en práctica. (…) No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno. Observen los mandamientos del Señor, su Dios, tal como yo se los prescribo».

Esas palabras son como el telón de fondo delante del cual escuchamos lo que Jesús dice en el Evangelio:

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. (…) las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».

¿A qué se refiere Jesús con “seguir la tradición de los hombres”? Este pasaje del Evangelio comienza cuando los fariseos le preguntan a Jesús por qué sus discípulos comen sin lavarse las manos. En nuestro tiempo, lavarse las manos antes de comer es un prudente acto de higiene. Así nos enseñaron nuestras mamás: “niños, lávense las manos que vamos a comer”.

Pero para los fariseos, era mucho más que eso. Era un acto de purificación, un acto con el que el hombre pretendía estar puro, limpio, ante Dios. Ese acto debía hacerse de una forma precisa, meticulosa… un verdadero rito: el lavado llegaba hasta el codo; había que enjuagarse dos veces, con una determinada cantidad de agua y no menos; no podía usarse para el agua un recipiente de barro… y varias normas más.

A todo esto, Jesús lo llama “seguir la tradición de los hombres”, es decir, cumplir una serie de normas exteriores con las que pretendemos quedar bien delante de Dios… descuidando el cumplimiento de los mandamientos.

Y aquí viene la palabra fuerte de Jesús, la palabra con la que reclama que la purificación no sea hecha por fuera, sino por dentro, en el corazón:

«Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

“Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones…” dice Jesús. En el lenguaje de la Biblia, el corazón es el centro de la persona. El corazón es el fundamento de la dignidad, de la libertad, de la capacidad de decisión de cada uno. Por eso el corazón es mencionado en el primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…» (Dt 6,5; Me 12,30). En la lista que Jesús hace de las cosas que hacen impuro al hombre, podemos ir reconociendo los Diez Mandamientos. El amor a Dios y el amor al prójimo son la clave para elegir entre el bien y el mal. “Bienaventurados los limpios de corazón”, dice Jesús. Mirando a su corazón, pidámosle un corazón nuevo, un corazón puro, un corazón semejante a su Sagrado Corazón.

No hay comentarios: