jueves, 30 de diciembre de 2021

“Luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Juan 1,1-18). Domingo II de Navidad.

 

Amigas y amigos: muy feliz año nuevo. Venimos de celebrar el nacimiento de Jesús, a partir del cual se cuentan los años de nuestro tiempo. Entramos al “año del Señor” 2022… Que pueda ser vivido así por todos: para nosotros, creyentes, en coherencia con nuestra fe; para quienes no creen en nuestro Dios, un tiempo de Gracia para descubrir su amor y su presencia entre nosotros.

Esa presencia nos llega por medio de Jesucristo. El evangelio de hoy nos dice, en un versículo muy citado y conocido:

“la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1,14)
¿Qué significa esto?
La palabra -o el verbo, como decían anteriores traducciones- es el Hijo de Dios, el Hijo eterno del Padre. El Hijo de Dios se hizo hombre.
“Hombre”: eso es lo que significa “carne”: el ser humano.
Entonces, podríamos preguntarnos… ¿por qué no dice simplemente, “el Hijo de Dios se hizo hombre”?
Porque la expresión elegida por el evangelista, “la palabra se hizo carne” tiene profundidad; nos dice de la misión del Hijo de Dios y nos dice algo de nuestra propia humanidad.
También podemos detenernos luego en el significado de ese “habitó entre nosotros”.

Al nombrar al Hijo de Dios como “la Palabra”, Juan está poniendo un especial énfasis en la comunicación de Dios. ¿Cómo entender humanamente esa comunicación de Dios? Porque la Palabra de Dios es diferente de las palabras humanas. Tal vez podamos entenderlo cuando nuestras palabras expresan un compromiso real, cuando decimos “te doy mi palabra”, dispuestos a hacer lo que sea, con tal de cumplir esa promesa. Dar a alguien mi palabra, darla de verdad, es darme yo mismo. Cuando Dios da su palabra, eso es lo que hace: darse él mismo. Dios se da a la humanidad a través de su Hijo. Leemos, más adelante, en el mismo evangelio de Juan:
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Juan 3,16)
Con su Palabra, Dios crea todas las cosas; llama a Abraham; libera a su Pueblo de la esclavitud; manifiesta su voluntad por medio de los profetas… y finalmente se da plenamente en su Hijo. La Palabra de Dios realiza lo que comunica. La Palabra de Dios es salvación.

La palabra se hizo carne. ¿Por qué “carne”? En el lenguaje de la Biblia, “carne” es una forma de referirse a la condición humana, poniendo énfasis en la fragilidad, tanto del cuerpo como del espíritu. Así, por ejemplo, dice el profeta Isaías:
Toda carne es hierba y toda su consistencia, como la flor de los campos:
la hierba se seca, la flor se marchita (Isaías 40,6-7)
El Hijo de Dios se encarna, se hace carne, toma nuestra condición de seres vulnerables, que podemos ser lastimados, que podemos ser heridos en el cuerpo y en el espíritu, que tenemos en este mundo una vida que acabará por extinguirse… Solo hay un aspecto de nuestra fragilidad que no tomó el Hijo de Dios. Así enseña el Concilio Vaticano II:
Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado (Gaudium et Spes, 22).
Desde el misterio de la encarnación, podemos entender mejor el significado de ese “habitó”, “habitó entre nosotros”. Algunos traducen “acampó” o “puso su tienda -armó su carpa- entre nosotros”. La carpa es una vivienda precaria. Es la casa del nómade, del que no tiene residencia definitiva en este mundo. Es imagen de lo provisorio de la vida. Dice un cántico del Antiguo Testamento:
Levantan y enrollan mi vida como una tienda de pastores (Isaías 38,12)

San Pablo retoma esa imagen de la carpa como símbolo de la fragilidad humana, pero también como símbolo de nuestra condición de peregrinos. Así escribe a los corintios:

… si esta tienda de campaña –nuestra morada terrenal– es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios.
(2 Corintios 5,1)
La Palabra de Dios, el Hijo de Dios, entonces, tomó nuestra fragilidad humana, nuestra “carne” y “puso su tienda entre nosotros”, es decir, se instaló tan precariamente, tan de paso, como estamos todos en esta vida, caminando hacia la casa permanente, hacia la Casa del Padre, en el cielo.

Y, en definitiva, ¿qué significa todo esto? Dice el Concilio Vaticano II:
El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. (Gaudium et Spes, 22)
El hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre, haciéndose hombre, tomando nuestra fragilidad, acampando entre nosotros, esclarece, ilumina, el misterio de nuestra existencia. Es así como Él es
“la Luz verdadera que ilumina a todo hombre”
Ilumina nuestra vida, mostrando que nuestra existencia tiene sentido. No somos producto de ningún azar. Hemos salido de las manos amorosas del Padre y estamos llamados a volver a Él. Ese es el sentido de nuestra vida. En Jesús encontramos el camino hacia el Padre. No es un camino cómodo, no es un camino fácil. Pasa por el reconocimiento de nuestra otra fragilidad, la que Jesús no vivió, pero con la que cargó en la cruz:
Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades.
El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados (Isaías 53,5).
O como lo expresa san Pablo:
A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él. (2 Corintios 5,21)
Por eso el llamado a la conversión, a un cambio de vida, a volver nuestro corazón a Dios, con todas las consecuencias que eso tiene en nuestra vida; no sólo en relación con Dios, sino también en nuestra relación con el prójimo y aún con nuestros bienes. Así lo resume san Pablo:
Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal. (2 Corintios 5,10)

Concluyamos rezando juntos:
Dios todopoderoso y eterno,
que iluminas a quienes creen en ti,
llena la tierra de tu gloria
y manifiéstate a todos los pueblos por la claridad de tu luz.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Gracias, amigas y amigos por su atención. De nuevo, muy feliz año a todos. Y que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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