jueves, 29 de septiembre de 2022

“Auméntanos la fe” (Lucas 17, 5-10). Domingo XXVII durante el año.

Con la memoria de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las Misiones, se abre octubre, Mes Misionero. El Papa Francisco nos propone rezar en este mes Por una Iglesia abierta a todos

Recemos para que la Iglesia, fiel al Evangelio y valiente en su anuncio, viva cada vez más la sinodalidad y sea un lugar de solidaridad, fraternidad y acogida. 

Auméntanos la fe, es el ruego que le presentan los discípulos a Jesús, en el evangelio de hoy.

No es extraño que los discípulos pidan eso, porque varias veces en los evangelios Jesús les reprocha a los discípulos su poca fe: “hombres de poca fe”, los llama. 

En cambio, muchas veces Jesús aparece elogiando la fe que tienen otras personas: la de los hombres que llevan al paralítico, la de la mujer cananea que pide insistentemente por su hija, la del centurión que le dice a Jesús que no es necesario que entre a su casa, que bastará solo con que él diga una palabra… Jesús no oculta su admiración y, al contrario, elogia la fe de esas personas.

“Auméntanos la fe” es el ruego de quienes sienten que no tienen fe suficiente. Pero, aquí, se trata de los discípulos de Jesús. Ellos tienen un privilegio especial: están siempre con él, escuchan su enseñanza, lo ven actuar… pero, entonces ¿Por qué les falta fe? ¿Por qué no tienen suficiente fe?

Cuando Jesús llamó a sus discípulos, estos lo siguieron con un gran entusiasmo. Lo dejaron todo. Los cuatro pescadores, los primeros llamados, dejaron las redes, las barcas, sus familias. Mateo dejó sus ganancias y la mesa de cobrador de impuestos. Dejaron todo lo que habían conocido hasta el momento y, sin dudar, se fueron detrás de Jesús.

Ese entusiasmo inicial, esa respuesta generosa, son admirables; pero, como todo, hay que sostener esa respuesta a lo largo del tiempo. Permanecer con Jesús. Perseverar en el seguimiento de Jesús.

Y a medida que los discípulos van haciendo camino con Jesús, van encontrando dificultades.

Las encuentran entre ellos mismos: celos, rivalidades, discordias… discusiones sobre quién es el más grande.

Ven también las reveses que Jesús va sufriendo en su misión: la incredulidad de quienes no aceptan algunas de sus enseñanzas y se marchan, las autoridades que lo rechazan y tratan de tenderle trampas para desprestigiarlo.

Van viendo cómo se crea un ambiente espeso alrededor de Jesús, que podría llevarlo a la muerte… pero, para peor, el mismo Jesús anuncia que va a ser entregado, va a sufrir y va a morir. Anuncia también que resucitará al tercer día, pero ante estos anuncios los discípulos parecen quedarse con la primera parte, es decir, la del sufrimiento y la muerte; y eso no ayuda…

¿Cuál es la respuesta de Jesús a ese pedido, “auméntanos la fe”?

Como tantas otras veces, Jesús responde con una parábola:

Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: "Arráncate de raíz y plántate en el mar", ella les obedecería.

Jesús quiere mostrarles la fuerza de la fe. Basta muy poquita fe: el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas. El árbol que Jesús menciona tiene fuertes raíces; no tiene sentido plantarse en el mar. Son cosas imposibles y, claramente, no necesarias, no útiles; pero con esas imágenes, Jesús quiere hacer ver que nada es imposible para Dios… pero Dios pide la fe para realizar milagros. Jesús no hace milagros para que la gente crea en él; hace milagros allí donde la gente cree en él, donde encuentra la fe, como en los ejemplos que mencionábamos hace un momento.

Pero, entonces ¿cómo puede crecer nuestra fe? La fe es un don, y hay que pedirlo. 

Esto parece contradictorio: ¿cómo le voy a pedir a Dios que me dé fe, si no tengo fe? Y sin embargo, es así. Porque quien desea la fe, ya tiene algo de fe dentro de sí o, al menos, siente en su corazón algo que lo impulsa a buscar a Dios. La oración es abrirnos al misterio de Dios, es hablar con alguien que no vemos ni oímos, pero que nos escucha. La oración no siempre obtiene lo que pedimos, pero sí lo que Dios quiere darnos para nuestro bien. La oración verdadera nunca queda sin respuesta en el corazón. 

El mismo Jesús pidió ser librado de su pasión. Dice la carta a los Hebreos:

El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. (Hebreos 5,7)

“Fue escuchado” ¿En qué sentido fue escuchado Jesús? Los evangelios nos dicen que él pidió no beber del cáliz del dolor que se le presentaba, aunque también se mostró dispuesto a cumplir la voluntad del Padre: “que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Es verdad, Jesús pasó por la pasión y la muerte, pero a través de su sufrimiento alcanzó la resurrección y la vida para siempre. “Fue escuchado por su humilde sumisión”.

La fe es, ante todo, una relación de confianza en Dios. Unidos a Jesús, creyendo en su Palabra, nos fiamos del Padre Dios. El salmo de este domingo nos recuerda un momento en que el Pueblo de Dios, caminando por el desierto, murmuró contra Dios, desconfió de las intenciones de Dios. Por eso, Dios les dice y nos dice a nosotros hoy:

«No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto, cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras» (Sal 94, 1-2. 6-9)

Esta enseñanza sobre la fe se complementa con otra parábola, que parece no tener relación con lo anterior:

Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: "Ven pronto y siéntate a la mesa"? ¿No le dirá más bien: "Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después"? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?

Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: "Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber"».

Con esta parábola, Jesús quiere mostrar que lo propio de sus discípulos es servir: hacer lo que tienen que hacer, cumplir su misión; pero eso no les da derecho a ninguna recompensa. En el tiempo de Jesús, los fariseos llevaban cuenta de sus obras, de sus presuntos servicios a Dios, pensando que estaban adquiriendo un derecho, completando una factura que podían luego presentar al cobro… Jesús quiere enseñar a sus discípulos que deben hacer simplemente lo que tienen que hacer y encontrar la felicidad en su cumplimiento. El buen discípulo se fía de Jesús y de su Padre. La recompensa no llegará como un salario, sino por pura gracia, por puro amor. Con Dios no vale un intercambio, donde doy para recibir. Lo que cuenta es abrirnos a Él tal como somos y con lo que somos… y saber que se nos invita, por gracia, a la mesa de su Reino.

En esta semana:

  • El martes 4 de octubre recordamos a San Francisco de Asís, patrono de dos parroquias de nuestra Diócesis, las de Joaquín Suárez y la de ciudad Líber Seregni, en el municipio Colonia Nicolich. También lo celebran los monasterios de las Clarisas de San José de Carrasco, las Clarisas capuchinas de Etcheverría y la Tercera Orden Franciscana.
  • El miércoles 5 de octubre, en la capilla María Auxiliadora de Pando, recordamos a Juan Collell Cuatrecasas, fundador de la Mínima Congregación de Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, o sea, las hermanas que están en dicha capilla, las "Siervas del Sagrado Corazón"
  • El viernes 7 de octubre: celebramos a Nuestra Señora del Rosario, patrona del colegio de Estación Atlántida.
  • Y el domingo 9 de octubre, nuestra Fiesta Diocesana. Que sea, como lo venimos anunciando, “un encuentro para caminar juntos en familia y compartir en el amor”.

Gracias amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

 

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