Oración de Consagración del Santo Crisma. |
| A la derecha, los otros dos óleos, ya bendecidos. |
| Incensación del Santo Crisma |
Homilía de Mons. Heriberto
Queridos hermanos y hermanas:
Quiero empezar recordando dos pasajes de lecturas que hemos escuchado recientemente. El primero, del quinto domingo de Cuaresma, es del capítulo 11 del evangelio según san Juan que nos narra la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús pide que se saque la piedra que cierra la tumba, Marta dice:
“Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto” (Juan 11,39)
“Huele mal…” Es el olor de la muerte, de un cuerpo que ha comenzado a descomponerse…
“Esto no huele bien”, decimos, cuando nos damos cuenta de que se está tramando una maldad.
Olor de la muerte y olor del pecado. La muerte es fruto del pecado.
No es que Lázaro, aquel a quien Jesús amaba, haya sido especialmente pecador, sino que esa es nuestra condición humana. Somos pecadores. Llevamos en nuestra carne el olor del pecado y de la muerte… “huele mal”.
El otro pasaje que quiero recordar lo escuchamos el lunes santo y está a continuación de la resurrección de Lázaro, en el capítulo 12 del mismo evangelio. Jesús y sus discípulos fueron invitados a cenar con Marta, María y Lázaro. Durante esa cena, María abrió un frasco de perfume de nardo y con él ungió los pies de Jesús (Cf. Juan 12,1-10).
Ante eso, Judas no se tardó en calcular el precio del valioso perfume: 300 denarios. El equivalente a 300 jornales. Judas repara en el precio por el que el perfume podría haber sido vendido; pero no toma en cuenta el valor que adquiere ese perfume, ungiendo los pies de Jesús; el valor que tiene el gesto de María, que quiso expresarle así al Maestro su amor y gratitud.
El relato nos dice que la fragancia del perfume llenó toda la casa.
En la casa donde, días antes, estaba el olor de la muerte, ahora hay una fragancia que trae la alegría de la vida.
Sí, hay una sombra de muerte que se cruza todavía, porque Jesús se está acercando a su hora. Respecto al gesto de María, Jesús dice:
“Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura” (Juan 12,7)
y este pasaje del Evangelio concluye diciéndonos que quienes estaban buscando dar muerte a Jesús
“... resolvieron también matar a Lázaro” (Juan 12,10)
En esta Misa serán bendecidos los óleos de los catecúmenos y de la unción de los enfermos y será consagrado el Santo Crisma.
Con el Santo Crisma serán ungidos los recién bautizados; el Obispo ungirá la frente de quienes reciban el sacramento de la Confirmación y, eventualmente, se ungirán las manos de un nuevo sacerdote.
El Santo Crisma tiene una preparación especial; es también aceite de oliva, pero mezclado con perfume de nardo, para que quien sea ungido con él sea portador del buen olor de Cristo, la fragancia de la vida nueva que aleja el olor del pecado y de la muerte.
Estos tres óleos serán aplicados sobre la piel de quienes reciban los sacramentos. Pero no como un maquillaje que cubre o disimula la realidad, pero no la cambia, sino como signo de una transformación profunda del alma, tocando los corazones que estén bien dispuestos para recibir la Gracia y crecer día a día en unión con Cristo en la Iglesia.
En una de sus cartas (2 Corintios 2,14-16) san Pablo nos habla de la fragancia del conocimiento de Cristo, del aroma de muerte y del aroma de vida y nos dice que
“somos la fragancia de Cristo al servicio de Dios” (2 Corintios 2,15)
“¿Y quién es capaz de cumplir semejante tarea?” (2 Corintios 2,16)
se pregunta allí el mismo Pablo. No somos nosotros, actuando por nuestra cuenta y con nuestras escasas fuerzas: es Dios, es su Gracia, obrando en nosotros. Por eso, volvemos, una y otra vez, a la Palabra de Dios y a los sacramentos, a reavivar la Gracia recibida.
En este año, como Iglesia diocesana, junto con toda la Iglesia en el mundo, estamos llamados a seguir caminando juntos para crecer en Comunión, Participación y Misión.
Crecer en comunión es ante todo vivir nuestra comunión en la fe, reafirmarnos en la fe que profesamos. No creemos “lo que nos parece”, no creemos “lo que sentimos”, porque es difícil vivir la comunión cuando cada uno cree lo que le parece o cree lo que siente… de aquella primera comunidad de la que nos hablan los Hechos de los Apóstoles se dice que
“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos” (Hechos 4,32).
Esa comunión llegaba incluso a la comunión de bienes, no como una imposición, sino vivida en el amor, desde la libertad y la generosidad de cada uno. Será siempre un motivo de alegría ver como una comunidad o uno de los fieles que cuenta con medios presta ayuda a una comunidad o a un hermano más pobre, tanto con recursos económicos como con recursos humanos.
Unir comunión y participación significa compartir también los servicios y tareas. No es posible participar si una persona, por decirlo así, se apropia, se apega a una tarea de modo que nadie más que ella puede hacerlo. Crecer en participación no es sustituir esa persona por otra, sino aprender a compartir la tarea, a trabajar en equipo, a caminar juntos. Los ministerios confiados a los laicos expresan una forma de vivir la vocación ministerial de toda la comunidad. Los Consejos parroquiales son indispensables para crecer en comunión y participación orientadas a la misión.
La Misión de la Iglesia sigue siendo en su esencia la que entregó Jesús a los apóstoles: el anuncio del Evangelio:
“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Marcos 16,15).
El mismo Jesús se presenta en el Evangelio de hoy como aquel que ha sido ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres (Cf. Lucas 4,16-21). Es en unión con Él, el primer evangelizador, que, como comunidad, continuamos su misión.
Junto al testimonio de fe que cada cristiano puede dar en los distintos ámbitos en que se desarrolla su vida cotidiana, busquemos en cada comunidad las formas de ayudar a otros a vivir el encuentro con Cristo, sin olvidar las herramientas que nos proporcionan diferentes movimientos y servicios presentes en nuestra Diócesis.
Tenemos en el horizonte de este año la posibilidad de recibir la visita del Papa León XIV. La misión del sucesor de Pedro es, ante todo, confirmarnos en la fe y ayudarnos a caminar con toda la Iglesia, dando impulso a la misión. En una de las celebraciones jubilares del año pasado, en la que pude participar, desde las distintas regiones del mundo se pidió al Papa un mensaje, una palabra. León XIV respondió así: “la primera palabra que quiero decir, para todos nosotros, es misión”. El rol del proceso sinodal que estamos viviendo es ayudar a la Iglesia a cumplir su rol primario, que es ser una iglesia misionera, anunciar el evangelio, dar testimonio en todas partes de la persona de Jesucristo.
Y como si esto fuera poco, después de haber vivido el año pasado un Jubileo que tuvo sus frutos, este año nos ofrece otra posibilidad de crecimiento con el Jubileo franciscano por los 800 años del tránsito de san Francisco de Asís. Nuestra diócesis cuenta con dos monasterios de Clarisas y dos parroquias dedicadas a San Francisco, que son lugares jubilares; pero hay otros más. En el año iremos programando algunos momentos especiales para vivir este Jubileo, no solo para pedir la indulgencia plenaria, sino también para profundizar el camino de conversión que abraza toda nuestra vida: ése es también un camino que podemos hacer juntos, como Pueblo de Dios.
A continuación, nuestro seminarista Tomás recibirá el ministerio de acólito, paso importante en su camino al sacerdocio. Luego, los ministros ordenados renovaremos nuestras promesas y finalmente, tendremos la bendición de los óleos. Que la unción del Espíritu que consagró a Jesús toque hoy nuestros corazones para llevar a nuestra vida todo lo que el Señor nos regala hoy. Así sea.
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