jueves, 23 de abril de 2026

La voz y la puerta. Juan 10,1-10. IV Domingo de Pascua - El Buen Pastor.

Seguimos avanzando en nuestro camino en este tiempo de Pascua y nos encontramos con el Buen Pastor, figura de Jesús que marca cada año este cuarto domingo, que es también la jornada mundial de oración por las vocaciones.

La expresión “buen pastor” está profundamente arraigada y es difícil que la cambiemos, pero es bueno saber que la traducción más exacta sería “el pastor bello”, “el pastor hermoso”. Así lo ha recordado León XIV en su mensaje para esta jornada de oración en el que dedica varios párrafos al camino de la belleza para el encuentro con Dios. Dice el Papa: 

El “pastor bello” (…) hace referencia a un pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. (León XIV, Mensaje LXIII jornada de las vocaciones)

En la iconografía cristiana de los primeros tiempos, esa idea del pastor bello aparece reflejada en las pinturas y esculturas que representan de esa forma a Jesús. La imagen es plasmada en una figura joven, ideal. Recordemos que llevó algunos siglos llegar a representar a Jesús crucificado y no fue desde el principio que la imagen de su sufrimiento incorporara verdadero realismo.

Hablar de belleza, sobre todo si nos referimos a una persona, parece algo superficial, trivial… nos hace pensar en maquillajes o en gimnasios; sin embargo, no se trata de la belleza física. En todo caso, la hermosura exterior tiene sentido si es reflejo de una belleza interior, que no se puede apreciar con los ojos ni con criterios estéticos, si no por medio de la contemplación y de la interioridad. El seguimiento fiel de Jesús no solo puede hacernos buenos, sino también “bellos”. Sigue diciendo el Papa León:

El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza. (León XIV, Mensaje LXIII jornada de las vocaciones)

Es interesante recordar la dificultad que sienten los discípulos, hombres y mujeres, para reconocer a Jesús resucitado, a pesar de que sigue llevando en sus manos, sus pies y su costado las marcas de la pasión. No es suficiente la mirada que solo puede ver lo exterior: es necesaria la mirada de la fe.

Tenemos todavía en la memoria el evangelio de la mañana de Pascua, en el que María Magdalena toma a Jesús por el jardinero. 

Digamos, de paso, que esa confusión nos recuerda el jardín del Edén y el hombre colocado allí “para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2,15). Jesús resucitado es el jardinero y el pastor de nuestras almas (Cf. 1 Pedro 2,25).

Pero lo que nos interesa aquí es cómo, finalmente, María reconoce a Jesús: es cuando él la llama por su nombre: “¡María!”. A continuación, la Magdalena recibe la misión de anunciar a los discípulos que Jesús ha resucitado (Juan 20,16-17).

Con esta referencia, nos encontramos con nuestro evangelio de hoy:

(El pastor de las ovejas) llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.» (Juan 10,3-5)

María se sintió llamada por su nombre y reconoció la voz. El evangelio de Juan tiene otros dos momentos en que alguien es llamado por su nombre. El primero, en verdad, es Lázaro, llamado, nada menos, que a salir del sepulcro: 

(Jesús) gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» (Juan 11,43) 

La otra instancia la encontramos al final del evangelio y es el llamado a Pedro a continuar la misión de Jesús como pastor. Tres veces Jesús se dirige a él, llamándolo por su nombre, Simón, preguntándole si lo ama y encomendándole su rebaño:

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». (Juan 21,17)

Lázaro, María y Simón Pedro reconocen la voz de Jesús y lo siguen. Distinguen esa voz de cualquier otra y siguen al pastor. ¿Hacia dónde? Aquí aparece la otra imagen de este pasaje del evangelio:

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.» (Juan 10,9-10).

Vida en abundancia… esa es la promesa del Pastor bello. Una vida que responda a nuestros anhelos más profundos de felicidad, de plenitud. A esa promesa se contrapone la amenaza de la violencia del “ladrón” que roba, mata y destruye. El comportamiento del pastor es lo opuesto: viene a dar vida y vida en abundancia.

En el evangelio de Mateo, Jesús trae también la imagen de la puerta. 

Es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. (Mateo 7,13)

Jesús nos advierte sobre esas puertas anchas que parecen tan atractivas, pero que no son sino trampas, agujeros que se abren sobre abismos de muerte.

Al contrario, Jesús llama a buscar y reconocer la puerta de la vida:

Entren por la puerta estrecha (…) es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran. (Mateo 7,13-14)

En definitiva, Jesús es la puerta: la puerta estrecha. Por allí se entra renunciando a sí mismo y viviendo el amor desinteresado por los demás. Pero es la puerta que conduce a la vida, a la vida, que es el mismo Jesús.

Primero de mayo: San José Obrero, Día de los Trabajadores.

El próximo viernes es primero de mayo, día de los trabajadores, fiesta de San José Obrero. Como cada año en esta fecha, los obispos saludamos a todas las personas que participan en el mundo del trabajo. 

En estos tiempos de inteligencia artificial, que no deja de ser una oportunidad pero que también amenaza muchos puestos de labor, vale la pena recordar una expresión del papa León XIII en su encíclica Rerum Novarum. Él habla de “una a modo de huella” (RN 7) que la persona deja impresa cuando aplica su habilidad intelectual y sus fuerzas corporales para transformar el mundo. 

Décadas después, san Juan Pablo II tomaría y desarrollaría esa intuición en su encíclica sobre “el trabajo humano” (Laborem Excercens). Creemos que siempre habrá “trabajo humano”. Aunque la máquina pueda aprender y producir con gran perfección, nada puede sustituir totalmente a cada persona humana, completamente única, que viene a este mundo y que está llamada -para bien- a dejar en él su propia huella.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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