sábado, 13 de julio de 2024

Palabra de Vida: “¡Aquí estoy: envíame!” para llevar la Esperanza (Isaías 6,1-8)



Sábado de la XIV semana del tiempo durante el año.
13 de julio de 2024.
Fray Hans Stapel; P. César dos Santos, ¡Ya sucedió… y se propagó! pág. 240.

Lectura del libro de Isaías     6, 1-8

El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de Él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos!
Toda la tierra está llena de su gloria.»
Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo.
Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros; ¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!»
Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar. Él le hizo tocar mi boca, y dijo: «Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado.»
Yo oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?» Yo respondí: «¡Aquí estoy: envíame!»

Palabra de Dios.

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viernes, 12 de julio de 2024

“Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos”. (Marcos 6,7-13). Domingo XV durante el año.

La primera máquina de lavar se inventó en el año 1851. No sé si fue el primero de los aparatos domésticos, pero, seguramente estuvo entre ellos. Hoy en día, son muchísimos, algunos muy especializados. Cuando se compra alguno de ellos, en la caja viene un manual de instrucciones. Hay personas a veces demasiado seguras de sí mismas, que ponen en funcionamiento lo que han adquirido sin molestarse en leer el manual, a riesgo de causar un estropicio… otros, en cambio, lo leen cuidadosamente y lo siguen al pie de la letra, hasta que la práctica les permite desprenderse de él.

El evangelio de hoy nos da una especie de “manual de instrucciones” que Jesús entrega a sus discípulos la primera vez que salen en misión. Pero aquí no se trata del funcionamiento de una máquina, sino de actitudes humanas recomendables para quienes llevan un mensaje divino, un mensaje que viene de parte de Dios. 

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. (Marcos 6,7-13)

Así comienza nuestra lectura. Jesús es el sujeto: él llama, él envía, él da cierto poder. En la Iglesia, nadie puede otorgarse a sí mismo una misión. La comunidad y sus responsables disciernen si el llamado viene de Dios y envían a la misión en nombre de Dios. El Espíritu Santo da a los enviados los medios que necesitan para realizar su tarea.

El envío “de a dos” tiene varias razones. Suele ser mencionada la fuerza de un doble testimonio. Dos testigos que sostienen lo mismo son más creíbles que uno solo. Así se lee en el libro del Deuteronomio, con respecto a los juicios:

No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos. (Deuteronomio 19,15)

Otra razón es la ayuda y el socorro mutuos, tanto materiales como espirituales. Leemos en el Eclesiastés:

Valen más dos juntos que uno solo (…) Si caen, uno levanta a su compañero; pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener a nadie que lo levante! (Eclesiastés o Cohélet 4,9-10)

Dos personas son un equipo mínimo, pero un equipo, al fin. Trabajar al servicio de Jesús y del Reino de Dios supone un espíritu de Iglesia, de comunidad, en la que se discierne y se verifica si se está obrando de acuerdo a las Palabras y a las Obras de Jesús, o si se le está traicionando. No es esa la práctica de los falsos profetas que, pretendiendo haber recibido individualmente revelaciones divinas, terminan formando bandos o sectas, aún reclamando que siguen perteneciendo a la Iglesia, cuando no declarándose como la “verdadera” Iglesia.

Así continúa este “manual del misionero”:

Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas. (Marcos 6,7-13)

Todo aquel que se prepara para un viaje evita cargarse demasiado. Como dice la canción: “No eches en la maleta / lo que no vayas a usar / son más largos los caminos / pa’l que va carga’o de más”.

Jesús indica a sus discípulos llevar un bastón, sandalias y una túnica. El bastón es apoyo para el caminante y defensa frente a animales salvajes. Las sandalias son calzado adecuado para caminos polvorientos. Una sola túnica es la que se lleva puesta, sin cargar una segunda. Pero también el calzado y el bastón recuerdan la indicación de Dios a los israelitas para comer el cordero pascual antes de salir de Egipto:

Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. (Éxodo 12,11)

Con estas instrucciones, Jesús parece estar iniciando un nuevo éxodo, una nueva salida del Pueblo de Dios. En la misma dirección va la orden de no llevar “ni pan, ni provisiones, ni dinero”, sino marchar confiados en que Dios dará cada día el pan cotidiano, como hizo con el maná en el desierto. Dijo Moisés:

“El señor les manda que cada uno recoja lo que necesita para comer (…) 
Que nadie reserve nada para el día siguiente” (Éxodo 16,16.19)

Los discípulos, que representan el nuevo Pueblo de Dios que Jesús está convocando, deben vivir en la misma actitud de confianza en la Providencia que aprendió a tener el Pueblo de Israel en el desierto.

En ese mismo llamado a confiar en la Providencia, continúa Jesús:

Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. (Marcos 6,7-13)

Puede ser que haya otras casas más cómodas; pero quedarse en esa casa es el reconocimiento a una colaboración que permite permanecer unos días misionando en el mismo pueblo. Dejar esa casa por otra más equipada sería una ingratitud hacia quienes supieron brindar desde el comienzo aquello que podían ofrecer.

Continúa diciendo Jesús:

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos. (Marcos 6,7-13)

Cuando los israelitas entraban a su tierra al volver de un país pagano, sacudían el polvo de sus pies para no introducirlo en la Tierra Santa. Al hacer este gesto donde han recibido un rechazo, los discípulos manifiestan que esa casa ha sido para ellos como un país pagano, del cual no quieren conservar ni siquiera el polvo.

Nuestro pasaje de hoy concluye así:

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. (Marcos 6,7-13)

Los discípulos realizan todo lo que Jesús les ha encomendado y les ha dado el poder de realizar: predicar, expulsar demonios y sanar a los enfermos.

Aquí aparece la mención de la unción con aceite, antecedente del sacramento de la unción de los enfermos, práctica que reaparecerá en la carta de Santiago, que dice:

Si hay alguno enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. (Santiago 5,14)

¿Qué nos queda de este manual de instrucciones para los misioneros de hoy? Muy resumidamente, mencionaría: la misión siempre desde la comunidad, no individualmente; una gran confianza en la Providencia y, en el centro, el anuncio del Reino de Dios, personificado en Jesucristo, con el testimonio de la Palabra y de las obras.

En esta semana

El lunes 15 recordamos a San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia, que fue superior general de la orden franciscana, siempre fiel al espíritu del fundador.

Martes 16: Nuestra Señora del Carmen, es decir, del Monte Carmelo, elevación donde actuó el profeta Elías y al que, ya en tiempos cristianos, se retiraron algunos hombres para hacer vida eremítica, dando origen más adelante a la Orden Carmelita.

Jueves 18. En el Uruguay recordamos la jura de nuestra primera Constitución, en 1830, un aniversario que nos invita a valorar la vida en democracia. Como dijo José Artigas, en 1813: “Es muy veleidosa la probidad de los hombres; sólo el freno de la Constitución puede afirmarla”.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Palabra de Vida: “Vuelve Israel, al Señor tu Dios” (Oseas 14,2-10)



Viernes de la XIV semana del tiempo durante el año.
12 de julio de 2024.

Lectura de la profecía de Oseas     14, 2-10

Así habla el Señor:
Vuelve, Israel, al Señor de tu Dios, porque tu falta te ha hecho caer. Preparen lo que van decir y vuelvan al Señor . Díganle: «Borra todas las faltas, acepta lo que hay de bueno, y te ofreceremos el fruto de nuestros labios. Asiria no nos salvará, ya no montaremos a caballo, ni diremos más "¡Dios nuestro!" a la obra de nuestras manos, porque sólo en ti el huérfano encuentra compasión.»
Yo los sanaré de su apostasía, los amaré generosamente, porque mi ira se ha apartado de ellos. Seré como rocío para Israel: él florecerá como el lirio, hundirá sus raíces como el bosque del Líbano; sus retoños se extenderán, su esplendor será como el del olivo y su fragancia como la del Líbano.
Volverán a sentarse a mi sombra, harán revivir el trigo, florecerán como la viña, y su renombre será como el del vino del Líbano. Efraím, ¿qué tengo aún que ver con los ídolos? Yo le respondo y velo por él. Soy como un ciprés siempre verde, y de mí procede tu fruto.
¡Que el sabio comprenda estas cosas! ¡Que el hombre inteligente las entienda! Los caminos del Señor son rectos: por ellos caminarán los justos, pero los rebeldes tropezarán en ellos.

Palabra de Dios.

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jueves, 11 de julio de 2024

11 de julio. San Benito de Nursia, abad. Homilía.

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     19, 27-29

    Pedro dijo a Jesús:

    «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?»

    Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.»

Palabra del Señor.

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“Hemos dejado todo”.

Dejar algo siempre significa un acto de desprendimiento.

Ese “algo” que dejamos era, para nosotros, de alguna manera necesario. Mirando desde fuera, cuántas veces nos han dicho “¿para qué necesitas eso?”, viendo, repito, desde fuera, por ejemplo, un objeto que no parece tener ya ningún valor, incluso algo que no funciona. Entonces ¿por qué no dejarlo? Ese objeto, ese aparato, no están allí por su valor material, su valor objetivo, sino por su valor afectivo: por lo que representan para mí. Por eso, me cuesta desprenderme de esas cosas.

Otras veces nos señalan: “esto te hace mal”.  “Tendrías que dejar de comer esto”, “tendrías que dejar de fumar”… Y, sin embargo, también cuesta ese desprendimiento.

Así hablamos de cosas poco útiles, de hábitos insalubres… a eso podríamos sumar tantos ejemplos de aquello que tendríamos que dejar. ¡Y como nos cuesta hacerlo!

Sin embargo, hay personas que son capaces de actos muy generosos, de entregar una parte importante de lo que tienen, por amor al prójimo. He escuchado más de una vez que todos tenemos tres “T”, de las que podemos entregar una buena parte. 

  • La “T” del talento, es decir, de nuestras habilidades y capacidades; 
  • la “T” del tiempo, es decir, nuestra posibilidad de dedicar un espacio no solo para un trabajo donde se ponga en juego nuestro talento, sino, en algunas ocasiones, para simplemente estar, para acompañar a quien se encuentra en soledad y debilidad. 
  • La tercera “T” es la de tesoro: nuestros recursos económicos, nuestros bienes materiales, de los que podemos en parte desprendernos para colaborar y sostener una obra de bien.

Todo eso es muy bueno y, aunque a veces podemos ser muy generosos, también cuesta. También significa renunciar, dejar algo, en búsqueda de un bien.

Pero Pedro dice “Hemos dejado todo”. “Lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Pedro y los demás discípulos han respondido al llamado de Jesús, de una forma radical, se han arrancado de raíz a las cosas… han dejado todo para ir con Él, para seguirlo, para ser sus discípulos.

Sin embargo, el recordar ese dejarlo todo y seguir a Jesús, para Pedro y los demás discípulos, se da en un momento de crisis. A la afirmación sigue una pregunta, en cierta forma un poco cándida: “¿Qué nos tocará a nosotros?”. 

¿Llega esa pregunta después de una jornada fatigante, en un momento de cansancio, tal vez de frustración? ¿O llega en un momento de incertidumbre sobre el camino que está siguiendo Jesús? Ya estamos en el capítulo 19 de san Mateo. Hace rato que pasó el momento inicial del seguimiento, la marcha decidida detrás de Jesús que los llamó diciendo: “síganme”.

“Síganme”; pero… ¿a dónde? Este es el momento donde surge la pregunta “¿a dónde vamos?”.

La pregunta de Pedro puede interpretarse como una pregunta interesada: qué nos va a tocar, qué nos vas a dar… pero podemos entenderla en mayor profundidad, hasta desde una sensación de desamparo: “¿Cuál será nuestra suerte?”, “¿Qué será de nosotros?”.

Como discípulos y discípulas de Jesús, también podemos hacernos esa pregunta. Si estamos en la vida secular, en el mundo familiar, laboral, social, tal vez no nos identifiquemos con ese “lo hemos dejado todo”; pero sí hemos sabido hacer nuestras propias renuncias, y las hemos hecho por Jesús, porque hemos creído en Él. Y sabemos que, de todos modos, un día, sí, tendremos que dejarlo todo, definitivamente, para ir junto al Señor.

San Benito sintió ese llamado a dejarlo todo para seguir a Jesús. Por medio de su regla, mostró un camino para ese seguimiento, por el que, a lo largo de los siglos, han caminado y siguen caminando sus hijos e hijas.

Con la familia benedictina y con toda la Iglesia, podemos ponernos también nosotros junto a los discípulos y a su pregunta. Y con ellos, podemos escuchar la respuesta de Jesús: “recibirán en herencia la Vida Eterna”.

Y aquí tenemos que volver a la afirmación de Pedro, a su segunda parte. Lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Lo hemos dejado todo, Señor, por ti. Por ninguna otra razón. Para encontrarte a ti. Para encontrar en ti la vida. Los finales que podamos ver aproximarse en obras, en instituciones, no son el final. Y no hay que dejar de reconocer que también hay comienzos, hay retoños, hay vida nueva. Aún el final de nuestra vida, de la vida de cada uno de nosotros, no es el final. El final es el encuentro definitivo con el Señor. Personalmente, cuando nos toque, y como humanidad entera, cuando Él regrese. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección hasta que vuelvas. ¡Ven, Señor Jesús!”

+ Heriberto
Homilía en el Monasterio Santa María Madre de la Iglesia (Benedictinas),
Ciudad de la Costa, Canelones.

Palabra de Vida: “Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Oseas 11,1-4.8c-9)


Jueves de la XIV semana del tiempo durante el año.
11 de julio de 2024.
San Benito

Lectura de la profecía de Oseas     11, 1-4.8c-9

Así habla el Señor:
Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; ofrecían sacrificios a los Baales y quemaban incienso a los ídolos.
¡Y Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que Yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer.
Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím. Porque Yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor.

Palabra de Dios.

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miércoles, 10 de julio de 2024

Palabra de Vida: “Proclamen que el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 10,1-7)


 

Miércoles de la XIV semana del tiempo durante el año.
10 de julio de 2024.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 1-7

    Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia.
    Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
    A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.»
Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.

Palabra del Señor.

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martes, 9 de julio de 2024

Palabra de Vida: Pedir a Dios por más vocaciones misioneras. Mateo 9,32-38


Martes de la XIV semana del tiempo durante el año.

9 de julio de 2024.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     9, 32-38

Le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel».
Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Palabra del Señor.

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lunes, 8 de julio de 2024

“En la vejez no me abandones” (Salmo 71,9). Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, 28 de julio de 2024

Queridos hermanos y hermanas:

Dios nunca abandona a sus hijos. Ni siquiera cuando la edad avanza y las fuerzas flaquean, cuando aparecen las canas y el estatus social decae, cuando la vida se vuelve menos productiva y corre el peligro de parecernos inútil. Él no se fija en las apariencias (cf. 1 S 16,7) y no desdeña elegir a aquellos que para muchos resultan irrelevantes. No descarta ninguna piedra, al contrario, las más “viejas” son la base segura sobre las que se pueden apoyar las piedras “nuevas” para construir todas juntas el edificio espiritual (cf. 1 P 2,5). 

La Sagrada Escritura, en su conjunto, es una narración del amor fiel del Señor, del que emerge una certeza consoladora: Dios sigue mostrándonos su misericordia, siempre, en cada etapa de la vida, y en cualquier condición en la que nos encontremos, incluso en nuestras traiciones. Los salmos están llenos del asombro del corazón humano frente a Dios, que nos cuida a pesar de nuestra pequeñez (cf. Sal 144,3-4); nos aseguran que Dios nos ha plasmado en el seno materno (cf. Sal 139,13) y que no entregará nuestra vida a la muerte (cf. Sal 16,10). Por tanto, podemos tener la certeza de que también estará cerca de nosotros durante la ancianidad, tanto más porque en la Biblia envejecer es signo de bendición.  

Y, sin embargo, en los salmos encontramos además esta sentida súplica al Señor: «No me rechaces en el tiempo de mi vejez» (Sal 71,9). Una expresión fuerte, muy cruda. Nos lleva a pensar en el sufrimiento extremo de Jesús que exclamó en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). 

En la Biblia, pues, hallamos la certeza de la cercanía de Dios en cada etapa de la vida y, al mismo tiempo, encontramos el miedo al abandono, particularmente en la vejez y en el momento del dolor. No se trata de una contradicción. Mirando a nuestro alrededor no nos resulta difícil comprobar cómo esas expresiones reflejan una realidad más que evidente. Con mucha frecuencia la soledad es la amarga compañera de la vida de los que como nosotros son mayores y abuelos. Siendo obispo de Buenos Aires, muchas veces tuve ocasión de visitar residencias de ancianos y me di cuenta de las pocas visitas que recibían esas personas; algunos no veían a sus seres queridos desde hacía muchos meses. 

Las causas de esa soledad son múltiples. En muchos países, sobre todo en los más pobres, los ancianos están solos porque sus hijos se han visto obligados a emigrar. Pienso también en las numerosas situaciones de conflicto; cuántos ancianos se quedan solos porque los hombres —jóvenes y adultos— han sido llamados a combatir y las mujeres, sobre todo las madres con niños pequeños, dejan el país para dar seguridad a los hijos. En las ciudades y en los pueblos devastados por la guerra, muchas personas mayores se quedan solas, como únicos signos de vida en zonas donde parece reinar el abandono y la muerte. En otras partes del mundo, además, existe una falsa creencia, muy enraizada en algunas culturas locales, que genera hostilidad respecto a los ancianos, acusados de recurrir a la brujería para quitar energías vitales a los jóvenes; de modo que, en caso de que una muerte prematura, una enfermedad o una suerte adversa afecte a un joven, la culpa recae sobre algún anciano. Esta mentalidad se debe combatir y erradicar. Es uno de esos prejuicios infundados, de los que la fe cristiana nos ha liberado, que alimenta persistentes conflictos generacionales entre jóvenes y ancianos.

Si lo pensamos bien, esta acusación dirigida a los mayores de “robar el futuro a los jóvenes” está muy presente hoy en todas partes. Esta también se encuentra, bajo otras formas, en las sociedades más avanzadas y modernas. Por ejemplo, hoy en día está muy extendida la creencia de que los ancianos hacen pesar sobre los jóvenes el costo de la asistencia que ellos requieren, y de esta manera quitan recursos al desarrollo del país y, por ende, a los jóvenes. Se trata de una percepción distorsionada de la realidad. Es como si la supervivencia de los ancianos pusiera en peligro la de los jóvenes. Como si para favorecer a los jóvenes fuera necesario descuidar a los ancianos o, incluso, eliminarlos. La contraposición entre las generaciones es un engaño y un fruto envenenado de la cultura de la confrontación. Poner a los jóvenes en contra de los ancianos es una manipulación inaceptable; «está en juego la unidad de las edades de la vida, es decir, el real punto de referencia para la comprensión y el aprecio de la vida humana en su totalidad» (Catequesis 23 febrero 2022). 

El salmo citado anteriormente —en el que se suplica no ser abandonados en la vejez— habla de una conspiración que ciñe la vida de los ancianos. Parecen palabras excesivas, pero comprensibles si se considera que la soledad y el descarte de los mayores no son casuales ni inevitables, son más bien fruto de decisiones —políticas, económicas, sociales y personales— que no reconocen la dignidad infinita de toda persona «más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre» (Decl. Dignitas infinita, 1). Esto sucede cuando se pierde el valor de cada uno y las personas se convierten en una mera carga onerosa, en algunos casos demasiado elevada. Lo peor es que, a menudo, los mismos ancianos terminan por someterse a esta mentalidad y llegan a considerarse como un peso, deseando ser los primeros en hacerse a un lado.

Por otra parte, hoy son muchas las mujeres y los hombres que buscan la propia realización personal llevando una existencia lo más autónoma y desligada de los demás que sea posible. Las pertenencias comunes están en crisis y se afirman las individualidades; el pasaje del “nosotros” al “yo” se muestra como uno de los signos más evidentes de nuestro tiempo. La familia, que es la primera y la más radical oposición a la idea de que podemos salvarnos solos, es una de las víctimas de esta cultura individualista. Pero cuando se envejece, a medida que las fuerzas disminuyen, el espejismo del individualismo, la ilusión de no necesitar a nadie y de poder vivir sin vínculos se revela tal cual es: uno se encuentra en cambio teniendo necesidad de todo, pero ya solo, sin ninguna ayuda, sin tener a alguien con quien poder contar. Es un triste descubrimiento que muchos hacen cuando ya es demasiado tarde.

La soledad y el descarte se han vuelto elementos recurrentes en el contexto en el que estamos inmersos. Estos tienen múltiples raíces: en algunos casos son el fruto de una exclusión programada, una especie de triste “complot social”; en otros casos se trata lamentablemente de una decisión propia. Otras veces también se los sufre fingiendo que se trate de una elección autónoma. Estamos perdiendo cada vez más «el sabor de la fraternidad» (Carta enc. Fratelli tutti, 33) e incluso nos cuesta imaginar algo diferente.

En muchos ancianos podemos advertir ese sentimiento de resignación del que habla el libro de Rut, cuando relata que la anciana Noemí —después de la muerte del marido y de los hijos— invitó a sus nueras, Orpá y Rut, a regresar a sus países de origen y a sus casas (cf. Rut 1,8). Noemí —como tantos ancianos de hoy— teme quedarse sola, pero no consigue imaginar algo distinto. Como viuda, es consciente de valer poco ante la sociedad y está convencida de ser un peso para esas dos jóvenes que, al contrario de ella, tienen toda la vida por delante. Por eso piensa que sea mejor hacerse a un lado y ella misma invita a las jóvenes nueras a dejarla y a construir su futuro en otros lugares (cf. Rut 1,11-13). Sus palabras son un concentrado de convenciones sociales y religiosas que parecen inmutables y que marcan su destino.

El relato bíblico nos presenta en este momento dos opiniones diferentes frente a la invitación de Noemí y, por tanto, frente a la vejez. Una de las dos nueras, Orpá, que le tiene cariño a Noemí, con un gesto afectuoso la besa, pero acepta lo que ella también cree que es la única solución posible y sigue su propio camino. Rut, en cambio, no se separa de Noemí y le dirige palabras sorprendentes: «No insistas en que te abandone» (Rut 1,16). No tiene miedo de desafiar las costumbres y la opinión común, siente que esa mujer anciana la necesita y, con valentía, permanece a su lado, dando inicio a una nueva travesía para ambas. A todos nosotros —acostumbrados a la idea de que la soledad es un destino inevitable— Rut nos enseña que a la súplica “¡no me abandones!” es posible responder “¡no te abandonaré!”. No duda en trastocar lo que parece una realidad inmutable, ¡vivir solos no puede ser la única alternativa! No es casualidad que Rut —la que se quedó acompañando a la anciana Noemí— sea un antepasado del Mesías (cf. Mt 1,5), de Jesús, el Emanuel, Aquel que es “Dios con nosotros”, Aquel que lleva la cercanía y la proximidad de Dios a todos los hombres, de todas las condiciones y de todas las edades.  

La libertad y la valentía de Rut nos invitan a recorrer un camino nuevo. Sigamos sus pasos, hagamos el viaje junto a esta joven mujer extranjera y a la anciana Noemí, no tengamos miedo de cambiar nuestras costumbres y de imaginar un futuro distinto para nuestros ancianos. Nuestro agradecimiento se dirige a todas esas personas que, aun con muchos sacrificios, han seguido efectivamente el ejemplo de Rut y se están ocupando de un anciano, o sencillamente muestran cada día su cercanía a parientes o conocidos que no tienen a nadie. Rut eligió estar cerca de Noemí y fue bendecida con un matrimonio feliz, una descendencia y una tierra. Esto vale siempre y para todos: estando cerca de los ancianos, reconociendo el papel insustituible que estos tienen en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, también nosotros recibiremos muchos dones, muchas gracias, muchas bendiciones. 

En esta IV Jornada Mundial dedicada a ellos, no dejemos de mostrar nuestra ternura a los abuelos y a los mayores de nuestras familias, visitemos a los que están desanimados o que ya no esperan que un futuro distinto sea posible. A la actitud egoísta que lleva al descarte y a la soledad contrapongamos el corazón abierto y el rostro alegre de quien tiene la valentía de decir “¡no te abandonaré!” y de emprender un camino diferente.

A todos ustedes, queridos abuelos y mayores, y a cuantos los acompañan, llegue mi bendición junto con mi oración. También a ustedes les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí.

Roma, San Juan de Letrán, 25 de abril de 2024

FRANCISCO

sábado, 6 de julio de 2024

Palabra de Vida: Reconstruir la Esperanza. Amós 9,11-15

 

Sábado de la XIII semana del tiempo durante el año.

6 de julio de 2024.

Santa María Goretti.

Lectura de la profecía de Amós     9, 11-15

Así habla el Señor:

Aquel día, Yo levantaré la choza derruida de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas, y la reconstruiré como en los tiempos pasados, para que ellos tomen posesión del resto de Edóm y de todas las naciones que han sido llamadas con mi Nombre -oráculo del Señor que cumplirá todo esto- .

Llegan los días -oráculo del Señor- en que el labrador seguirá de cerca al que siega, y el que vendimia al que siembra. Las montañas harán correr el vino nuevo y destilarán todas las colinas.

Yo cambiaré la suerte de mi pueblo Israel; ellos reconstruirán las ciudades devastadas y las habitarán, plantarán viñedos y beberán su vino, cultivarán huertas y comerán sus frutos. Los plantaré en su propio suelo, y nunca más serán arrancados del suelo que Yo les di, dice el Señor, tu Dios.

Palabra de Dios. 

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viernes, 5 de julio de 2024

Palabra de Vida: Ser misericordiosos. Mateo 9,9-13.



Viernes de la XIII semana del tiempo durante el año.
5 de julio de 2024.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     9, 9-13

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con Él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». Porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor.

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