domingo, 16 de septiembre de 2018

Dedicación de la Iglesia de Santa Clara de Olimar.

El presbiterio de la nueva Iglesia

Dedicarle algo a alguien es una de las cosas lindas que podemos hacer en la vida. El enamorado le dedica una canción a la muchacha que está en sus pensamientos… o ella a él; el futbolista dedica a sus hijos el gol que marcó. El escritor o el poeta dedica su obra a un maestro o a la persona que lo alentó y lo sostuvo en su empeño… es hermoso oír a un papá o una mamá decir, de aquello que les ha costado mucho esfuerzo, “esto se lo he dedicado a mis hijos” y, más bonito aún, porque expresa una gratitud profunda, oír a un hijo o una hija presentar sus logros y decir: “para vos, mamá”, “para vos, papá”.

Hoy estamos reunidos en este espacio del viejo colegio de Santa Clara, que ha sido reformado y transformado en una Iglesia, para dedicarlo. Para dedicar esta Iglesia a Dios. A partir de hoy, este sitio se convierte en un lugar sagrado. Un espacio para el encuentro con Dios. Un lugar que, como se dice en la primera lectura “es la casa de Dios y la puerta del Cielo”. Cuando termine esta Misa, en ese hermoso sagrario que está aquí, se guardará el santísimo sacramento, es decir, el Cuerpo de Cristo y se encenderá una luz que indica que, efectivamente, Jesús está allí. Y cada vez que entremos a este templo y veamos esa luz, sabremos que Jesús está presente y podremos quedarnos un rato de rodillas delante de Él. Y cuando pasemos frente al templo, podemos recordar que Él está allí y saludarlo haciendo la señal de la cruz.

Junto con el sagrario, hay otras dos cosas que son especialmente importantes en el templo. El lugar desde donde se lee la Palabra de Dios, que llamamos ambón. Es la mesa de la Palabra. Desde allí, Cristo alimenta nuestra fe y da sentido a nuestra vida con su Evangelio. En el centro, el altar, la mesa del Pan de vida. El lugar donde Jesús se hace presente a través de la oración del sacerdote, que invoca al Espíritu Santo para que consagre el pan y el vino de modo que se hagan Cuerpo y Sangre de Cristo.

Pero si está sucediendo eso, si estamos celebrando la Misa, ya no estamos en un momento de encuentro personal con Dios, a solas con Él. Estamos con la comunidad reunida para escuchar la Palabra de Dios y recibir el Cuerpo de Cristo. Reunida también, aunque no haya Misa, en una celebración preparada por las Madres Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, donde también escucharemos la Palabra y recibiremos la Comunión con las hostias que quedaron en el sagrario desde la última Misa. Y aquí también se reunirá la comunidad para celebrar otros sacramentos: el Bautismo, el Matrimonio.

Usamos muy comúnmente la palabra “Iglesia” para referirnos al edificio, al templo; pero la Iglesia es, ante todo, la comunidad de los bautizados, el Pueblo de Dios, la comunidad de los discípulos de Jesús. Ahí entendemos las palabras de San Pedro en la segunda lectura: “ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual”. ¡Piedras vivas! Eso es lo que somos cada uno de nosotros. Cada uno “piedra viva” para construir la Iglesia, para superar enemistades, rivalidades, envidias, rencores y, en cambio, construir fraternidad, cercanía, encuentro; hacer comunidad.

Estas “piedras vivas” que somos nosotros, no son piedras sueltas, que se apilan de cualquier manera. La Iglesia de piedras vivas se construye sobre la piedra angular, la piedra grande, que sostiene toda la estructura. San Pedro nos habla también de esa piedra, que es Cristo. Cristo es la piedra “rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios”. Cristo es esa piedra de que habla el salmo que hemos rezado: “la piedra que el cantero desechó”, descartó… pero que ahora “es la piedra angular”, la que sostiene todo.

Cristo nos llama a construir nuestra vida sobre el cimiento de su Palabra. “El que escucha mi palabra y la pone en práctica, es como el hombre que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7,24). Ser cristianos, ser discípulos de Jesús, no es posible sin escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Practicar la Palabra de Dios no es simplemente acordarse de rezar y venir a la celebración cada tanto, o hacer alguna obra buena cuando tengo tiempo. Ser cristiano, ser discípulo de Jesús es tratar de vivir la Palabra de Dios cada día, como miembros de una familia que buscan quererse cada día más, como vecinos que se acompañan y se ayudan unos a otros, como personas de trabajo que buscan hacer las cosas bien, como ciudadanos que nos preocupamos por el bien común y por los más desamparados… en fin, ser cristiano es vivir de tal manera que se pueda decir de nosotros, lo que se dijo de Jesús: “pasó haciendo el bien”.

En el grupo de discípulos de Jesús hubo uno que se destacó por su fe. Era un hombre un poco impulsivo, pero de corazón muy generoso; sobre todo, un hombre de fe. Ese hombre fue Pedro. Él creyó en Jesús como Hijo de Dios. Por eso, por esa fe, Jesús le dijo, como escuchamos en el Evangelio “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Después de Pedro vinieron sus sucesores, hasta llegar hoy al Papa Francisco, que, igual que Pedro, sigue teniendo la misión de confirmarnos en la fe. Junto a Pedro estaban los demás apóstoles. Ellos fueron dejando también sucesores en los distintos lugares donde pasaron: así aparecimos los Obispos, para servir al Pueblo de Dios enseñando la Palabra de Dios, celebrando los sacramentos y organizando la vida de la comunidad cristiana en un lugar determinado donde se forma esa porción, esa parte del Pueblo de Dios que es una Diócesis, como nuestra diócesis de Melo, formada por los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres.

Esta Iglesia está dedicada a la patrona de la parroquia, Santa Clara de Asís. Santa Clara fue la jovencita que se sintió llamada a entregar totalmente su vida a Dios junto con otras muchachas de su pueblo, a partir del testimonio de San Francisco de Asís. Francisco recibió su vocación a partir de una iglesia en ruinas, la iglesia de San Damián, donde escuchó la voz del crucifijo que se había conservado intacto: “Francisco, repara mi casa, que está a punto de derrumbarse totalmente”. Francisco tomó las palabras al pie de la letra y con sus hermanos se puso a arreglar la vieja iglesia abandonada. Pronto entendería que el llamado de Jesús era a reparar la Iglesia de piedras vivas, la comunidad de los creyentes, que estaba perdiendo el espíritu del Evangelio.

Santa Clara de Olimar, a lo largo de los años, vio quedar en ruinas dos iglesias. La segunda se está reconstruyendo ahora, para quedar como un lugar de memoria, de historia, de recuerdo. La que hoy estamos dedicando a Dios abre su puerta, como quisimos marcarlo al principio, para todos los que, humildemente, nos reconocemos pecadores, nos reconocemos personas frágiles. Aquí encontramos una fuerza que ningún ser humano tiene por sí mismo: la fuerza de Dios, que puede cambiar nuestra vida.

La puerta de la Iglesia se abrió para todos nosotros. Ahora le toca a cada uno abrir la puerta de su corazón. Jesús nos dice: “mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3,20). Recordemos las palabras de san Juan Pablo II: “no tengan miedo: abran de par en par las puertas a Cristo”. Así sea.

+ Heriberto, Obispo de Melo


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