sábado, 26 de marzo de 2016

En un mundo violento, abrir camino al mensaje de la Misericordia


LOS OBISPOS PREOCUPADOS POR LA VIOLENCIA EN URUGUAY Y EN EL MUNDO
(DECOS-CEU) Al Cardenal y a los obispos uruguayos les preocupa la violencia imperante en el mundo y en nuestra sociedad y lo explicitaron en sus mensajes para la Pascua así como en sus diversas reflexiones efectuadas durante la Semana Santa.

En la Misa Crismal, el Arzobispo de Montevideo, Cardenal Daniel Sturla, destacó que “estamos viviendo en una sociedad fragmentada" y que "lamentablemente tenemos muchas muertes violentas en estos días que han sacudido la conciencia de nuestra sociedad” e instó a “pasar de los discursos a acciones eficaces”. Junto al Obispo anglicano, en el Via Crucis Ecuménico, el Cardenal volvió a reiterar su preocupación por los hechos de violencia y llamó a rezar y a fomentar iniciativas que eduquen para la paz. 

Por su parte, el Obispo de Minas, Mons. Jaime Fuentes, plantea en su mensaje para la Pascua que ante la violencia que “pinta de luto la alegría de vivir en nuestro mundo” se hace necesario volver a las preguntas esenciales: “¿De dónde vengo, adónde voy? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Existe Dios? ¿Hay algo después de la muerte? ¿Qué está bien, qué está mal? ¿Quién es Jesús?…”

El Obispo de Maldonado, Mons. Rodolfo Wirz, en su mensaje para la Pascua también se refiere a la violencia que “se impone en todas las latitudes” y  asegura que solo se puede superar “abriéndonos al Resucitado que en su Amor hace posible una vida humana y digna”.

En su mensaje para la Pascua, el Obispo de Mercedes, Mons. Carlos Collazzi, (Presidente electo de la Conferencia Episcopal del Uruguay) citando la Exhortación Apostólica del Papa Francisco “Evangelli Gaudium” subraya que “vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden”. No obstante, destaca que “también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto”(E.G. 276). El Obispo señala la existencia de  descontento crónico, acedia y desilusión en la sociedad y llama a alimentarse de la Eucaristía dominical y a formar comunidades fraternas y solidarias con “los hermanos más carenciados, con fuerte espíritu misionero”.

El Vicepresidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Arturo Fajardo (Obispo de San José de Mayo), en su mensaje pascual también contempla el tema de la inseguridad y anima a dar testimonio de Jesús “que es nuestra paz” en medio “de tanta violencia en la familia, en el país y en el mundo”.

Mons. Julio Bonino, Obispo de Tacuarembó, reconoce en su mensaje para la Pascua que “enfrentamos muchos motivos que pueden llevar al debilitamiento de nuestra fe y vemos que muchos dejan de creer: las diversas situaciones de violencia, los conflictos de  diversos niveles, las guerras, los desplazados de sus hogares, el sufrimiento de los niños inocentes, las divisiones de la familia y las contradicciones que existen en nosotros mismos. Nuestra misma Iglesia con el desvío de la conducta de quienes la integramos, los escándalos y el alejamiento de la vivencia del evangelio”. Ante esto, el Obispo invita a reconocer “con humildad” la necesidad de que Jesús Resucitado “se haga presente en medio de nuestras circunstancias en el encuentro personal y comunitario con Él, para ser confirmados en nuestra fe y así reemprender con esperanza el camino de su seguimiento”.

LA OTRA MEJILLA DE LA VIOLENCIA: EL PERDON

En la Misa celebrada en Río Branco a pedido de la Embajada de El Salvador, en la víspera de la conmemoración de los 36 años de la muerte de Mons. Oscar Arnulfo Romero, el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant,  subrayó que “en el Uruguay de hoy …necesitamos creer en el hombre” y en “que las personas pueden cambiar”. El Obispo instó a “creer que aquellos que no ven en otro hombre a su hermano, aún pueden abrir los ojos” y en que  “aún aquellos que han hecho sufrir a otros, pueden despertar, darse cuenta, arrepentirse y encontrar en Jesús un camino de sanación”.

También el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, invita en su mensaje pascual a perdonar, al tiempo que exhorta a ayudar “al que tenés cerca”. “Contagiemos optimismo al que está cerca o camina triste. Ayudemos a devolver una sonrisa al que se encerró en sus viejos rencores”, animó el Pastor.. Jesús “sopla vientos nuevos para devolver paz al corazón herido o amargado. A mi familia o vecino. Donde estudio, trabajo o descanso”, asegura el Obispo.

¿FELICIDAD SIN DIOS?

En su mensaje para la Pascua, el Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti, destaca que “estamos viviendo en una humanidad que quiere organizarse como si Dios no existiese, como si Cristo no hubiera muerto en la cruz… en una cultura cerrada a la gracia del Resucitado, queremos construir una felicidad alejándonos de la verdad de la creación, del perdón de Dios y sus mandamientos y de la vida nueva de hijos de Dios”.  Enfatiza que pese a la “sinrazón”  y a los intentos de acallarlo, Dios “nos sigue salvando” y “se interesa por nosotros con amor, misericordia y fidelidad”. VIDEO 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Homenaje a Mons. Óscar Romero en Río Branco. Homilía de Mons. Heriberto

Mañana, 24 de marzo, se cumplen 36 años de la muerte de Mons. Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba la Eucaristía en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la capital salvadoreña. Una bala dio en el corazón del pastor, en el momento preciso en que se dirigía al altar para presentar las ofrendas del pan y del vino. Es así que lo quedó ante el altar fue la ofrenda de su propia vida.
En enero del año pasado tuve la Gracia de poder rezar ante la tumba de Mons. Romero, en la cripta de la Catedral, y en el lugar de su martirio.
En febrero, el Papa Francisco aprobó el reconocimiento de Mons. Romero como Mártir de la Iglesia. El 23 de mayo se celebró en San Salvador la beatificación. Ese mismo día, aquí, en Río Branco, se agregó “Beato Óscar Romero” al nombre de la capilla “Mártires Latinoamericanos”.
Hoy y mañana recordamos la figura del obispo mártir, motivados de manera especial por un pedido de la embajada de El Salvador, que cada año le rinde homenaje de diferentes formas. Está aquí presente la Sra. Embajadora Idalia Menjívar y otros miembros de la representación diplomática. Agradecemos mucho su presencia que nos acerca más al hermano pueblo salvadoreño y nos ayuda a conocer y comprender más a Mons. Romero.
 
El 14 de marzo de 1977, tres años antes de su muerte, Mons. Romero había presidido en la catedral el funeral del P. Rutilio Grande, asesinado junto con dos campesinos cuando se dirigía al lugar donde iba a celebrar la Misa.
En aquellos días, El Salvador estaba sumergido en un clima de conflictos políticos y sociales con fuerte violencia y represión, preámbulo de la guerra civil que estallaría tres años después. En ese marco, y frente al desgarrador acontecimiento de la muerte del P. Rutilio, Mons. Romero dice en su homilía.
“El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama, y es significativo que mientras el Padre Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos, no una inspiración revolucionaria, sino una inspiración de amor (…) Precisamente porque es amor lo que nos inspira (…) queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos, los que se le quieren declarar; pero ella los ama y muere como Cristo: "Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen".”
“… quizá por eso Dios escogió [al Padre Rutilio] para este martirio, porque los que le conocimos (…) saben que jamás de sus labios salió un llamado a la violencia, al odio, a la venganza. Murió amando, y sin duda que cuando sintió los primeros impactos que le traían la muerte, pudo decir como Cristo: "Perdónalos, Padre; no saben, no han comprendido mi mensaje de amor".”
Leyendo estas palabras de Monseñor Romero, pienso en todas las veces que sentimos que nos cuesta perdonar el mal que nos han hecho. ¿Cómo puede perdonar alguien que ha sufrido violencia criminal, en carne propia o en un ser querido? ¿Cómo puede perdonar quien ha recibido grandes heridas de personas a las que ha amado mucho, de la propia familia, de los propios amigos… Mons. Romero, siguiendo a Jesús, nos dice que el perdón es posible. Que el perdón no nos hace débiles, sino que nos hace fuertes ¡Qué grande es poder perdonar y sacar de nuestro corazón todo rencor!
Por otra parte, a veces nos cuesta perdonar cosas pequeñas, banales, sobre todo cuando pensamos que el mundo gira alrededor de nosotros y que todos nos deben atención… Nos hace bien mirar la vida de un hombre que sufre viendo a su pueblo enfrentado, desgarrado por el egoísmo, la injusticia y la violencia, dispuesto a dar la vida por la reconciliación de los salvadoreños.
Todos los días Mons. Romero hacía memoria de la muerte y resurrección de Jesús celebrando la Eucaristía. Con San Pablo, podía decir, en cada Eucaristía, “constantemente estamos siendo entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal. Así que en nosotros obra la muerte, pero en ustedes, la vida” (2 Co 4,11-12).
 
Bebía permanentemente en la fuente del Evangelio… Cuando yo pensaba cómo hablar de Mons. Romero en este Año de la Misericordia, me dije “él debe haber predicado alguna vez sobre la parábola del hijo pródigo”. Desde luego, así fue. El 16 de marzo de 1980, el penúltimo domingo en que celebró Misa en la catedral, Mons. Romero hizo su homilía sobre lo que él llamó “la parábola de la reconciliación cristiana”.
Después de narrar de nuevo, pero dándole un poco de color, el contenido de la parábola, Mons. Romero decía:
“Cuánta falta nos hace aquí en El Salvador meditar un poquito esta parábola del hijo pródigo. Como parece irreconciliable la denuncia de la izquierda contra la derecha y el odio de la derecha contra la izquierda; y el que está en el medio dice: "La violencia venga de donde viniera, duro con los dos". Y así vivimos en grupos, polarizados, y quizá ni los del mismo grupo, se aman porque no puede haber amor donde se parcializa tanto, hasta odiar al otro.
¡Necesitamos romper estos diques, necesitamos sentir que hay un padre que nos ama a todos y a todos nos está esperando. Necesitamos aprender a rezar el Padre Nuestro y decirle: "Perdónanos, así como nosotros perdonamos".”
“Ya no puede haber reconciliación más que adhiriéndose a Cristo. (…) Cristo no es cualquier cosa, queridos hermanos. Cristo es la presencia de la reconciliación de Dios. Dichoso el hombre que encuentra a Cristo porque ha encontrado al Dios que perdona. Dios en Cristo, vive cerquita de nosotros. Cristo nos ha dado una pauta: "Tuve hambre y me diste de comer". Donde haya un hambriento allí está Cristo muy cerca. "Tuve sed y me diste de beber". Cuando alguien llega a tu casa pidiéndote agua es Cristo si tú miras con fe. En el enfermo que está deseando una visita, Cristo te dice: "estuve enfermo y me viniste a visitar". O en la cárcel. Cuántos se avergüenzan hoy de dar su testimonio a favor del inocente.
(…) Si viéramos que es Cristo el hombre necesitado, el hombre torturado, el hombre prisionero, el asesinado; y en cada figura de hombre, botadas tan indignamente por nuestros caminos, descubriéramos a ese Cristo botado, medalla de oro que recogeríamos con ternura y la besaríamos y no nos avergonzaríamos de él.
Cuánto falta para despertar en los hombres de hoy, sobre todo en aquellos que torturan y matan y que prefieren sus capitales al hombre, de tener en cuenta que de nada sirven todos los millones de la tierra, nada valen por encima del hombre. El hombre es Cristo y en el hombre visto con fe y tratado con fe, miramos a Cristo al Señor.”
Nada vale por encima del hombre. Y para Mons. Romero, vale el empresario y vale el obrero. Vale el campesino sin tierra y explotado y valen las pocas familias dueñas de los grandes cafetales y algodonales. Vale el hombre torturado, el hombre asesinado y tirado a una zanja, y vale también el “hermano criminal” que asesina. 
 
Uno se pregunta cómo es posible. Parece ingenuo, pero no lo es. Nadie puede ser ingenuo cuando una semana sí y otra también está rezando por las víctimas de la violencia. Él mira al hombre desde Cristo, y desde Cristo crucificado, que ha entregado su vida por todos. Él mira al hombre desde la convicción de que la conversión de cada persona y de la sociedad son posibles. No niega la necesidad de la justicia humana, pero nos recuerda que Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.
 
En el Uruguay de hoy, que ni de lejos vive el irrespirable clima de El Salvador de aquellos años, necesitamos creer en el hombre. Creer que las personas pueden cambiar. Creer que aún aquellos que han hecho sufrir a otros, pueden despertar, darse cuenta, arrepentirse y encontrar en Jesús un camino de sanación. Creer que aquellos que no ven en otro hombre a su hermano, aún pueden abrir los ojos.
 
En este Año de la Misericordia le pedimos al Señor que el testimonio de Mons. Romero, testimonio sellado con su propia sangre, empiece por mover nuestros propios corazones para que “que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo”  . Así sea.

martes, 22 de marzo de 2016

"Me ha consagrado por la unción". Homilía en la Misa Crismal


“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.”

Acabamos de escuchar estas palabras en el Evangelio. Las pronuncia Jesús, leyendo el libro del Profeta Isaías ante la comunidad reunida en la sinagoga de Nazaret.
Lo que Jesús hace no es una simple lectura, que recuerda lo que en otro tiempo dijo el profeta. Después de haber proclamado la Palabra, Jesús afirma: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

De esta forma, Jesús indica que él ha venido para realizar una misión. Él ha venido para llevar a todo su pueblo, especialmente a los más débiles, a los heridos, a los desconsolados, la alegría del Evangelio.

“Hoy se ha cumplido” dice Jesús, y se sigue cumpliendo. Jesús nos espera hoy. Más aún, hoy sale a nuestro encuentro. Por eso el Papa Francisco, en su carta Evangelii Gaudium, nos invita, de esta manera, “a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él” (EG 3).

Y sigue diciéndonos Francisco: “¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez” (EG 3).

Si todo momento es bueno y toda ocasión es propicia para renovar nuestro encuentro con Jesucristo o de ir al encuentro con Él, cuanto más esta Semana Santa y este Año de la Misericordia.

A partir del encuentro con Jesucristo, quienes lo hemos encontrado, somos enviados a compartir el don de la misericordia y el perdón de Dios, a compartir la alegría que provoca en nosotros el encuentro con el Señor.

Este encuentro con Jesucristo es posible hoy de muchas formas, pero de un modo privilegiado en los Sacramentos. Cada uno de los Sacramentos nos da la posibilidad de un encuentro personal con Jesucristo. Este encuentro no es solamente para nuestro beneficio y consuelo, sino para enviarnos en misión.

El Santo Crisma, aceite preparado con bálsamo, que va a ser consagrado en esta Misa, se utiliza en tres sacramentos. Tres sacramentos que, de un modo particular, preparan al cristiano para la misión.

El primero de ellos es el Bautismo. Cuando recibimos el agua bautismal nos unimos a la muerte y resurrección de Cristo, es decir, al misterio pascual, centro de nuestra fe, que celebramos en esta Semana Santa. Por el Bautismo todos los fieles estamos llamados a ser discípulos misioneros de Jesucristo (Documento de Aparecida 10). Inmediatamente después de recibir el agua del Bautismo, somos ungidos en la frente con el Santo Crisma, para que incorporados al Pueblo de Dios y permaneciendo unidos a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, tengamos en nosotros la semilla de la vida eterna (cf. Ritual del Bautismo). En la Vigilia Pascual renovaremos nuestras promesas bautismales, que expresan nuestro compromiso con Jesucristo.

El segundo sacramento en el que se emplea el Santo Crisma es la Confirmación. Aquí el óleo es muy importante: es la materia propia del sacramento. Nuestros hermanos brasileños llaman a la Confirmación “a crisma”, precisamente aludiendo a la unción con aceite por la que el cristiano recibe el don del Espíritu Santo. Ese don perfecciona el carácter bautismal, fortalece la pertenencia a la iglesia y hace avanzar en la madurez apostólica (DA 175). En suma, por la Confirmación estamos llamados a profundizar nuestra identidad de discípulos misioneros de Jesucristo.

Finalmente, el Santo Crisma se emplea también en el Sacramento del Orden. En la ordenación del presbítero, se ungen sus manos, que estarán al servicio de los sacramentos. En la ordenación del obispo, se unge su cabeza, expresando así que recibe la plenitud del sacerdocio. Nuevamente, la unción está acompañando la entrega de una misión.

Por eso, porque el Santo Crisma se usa también en las ordenaciones, es que en este día los miembros del Clero presentes en nuestra Diócesis, los miembros del Clero que estamos al servicio de todo el Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres, renovamos públicamente nuestras promesas ministeriales.

Así pues, al consagrar hoy el Santo Crisma y al bendecir el óleo de los catecúmenos y el de la Unción de los Enfermos que se emplearán en toda la Diócesis por todo un año, recordamos que todos los sacramentos -no solamente los que emplean estos óleos- todos los sacramentos son ocasión de encuentro personal con Jesucristo, con su amor, con su misericordia. Muy especialmente el sacramento de la Eucaristía, donde el mismo Jesús alimenta nuestra vida con su Palabra y entregándose como Pan de Vida.

Una vez más, recordemos que esos encuentros sacramentales no son sólo para nuestro bien personal, sino para enviarnos en misión en medio de nuestro pueblo.

Por eso, en esta Misa Crismal, que ha convocado a toda la Diócesis a través de las delegaciones de cada una de las comunidades, se nos envía en misión a nuestras ciudades, nuestros barrios, nuestros pueblos, nuestra campaña, para ser testigos de la Misericordia, testigos de Jesucristo. Así sea.

+ Heriberto, Obispo de Melo

domingo, 20 de marzo de 2016

Semana Santa en la Diócesis de Melo

Momentos a destacar:

Misa Crismal en la Catedral de Melo

Martes 22 de marzo, 18:30 horas.
La Misa Crismal es una celebración realmente única. Se celebra en cada Diócesis Católica del mundo, una vez al año. La preside el Obispo diocesano, acompañado de su clero (presbíteros y diáconos). En ella se bendice el óleo de los catecúmenos y el que se utiliza en la Unción de los Enfermos. Se consagra el Santo Crisma (del que la Misa toma su nombre), aceite que se utiliza en la unción de los bautizados, en el Sacramento de la Confirmación y con el que se ungen las manos del sacerdote que acaba de ser ordenado.
En este Año Santo de la Misericordia, la Misa Crismal es una ocasión especial para pasar por la Puerta Santa que está abierta en la Catedral de Melo.

Homenaje al Beato Óscar Arnulfo Romero en Río Branco

Miércoles 23 y Jueves 24 de marzo
El año pasado, con motivo de la beatificación de Mons. Óscar Romero, arzobispo de San Salvador que fue asesinado el 24 de marzo de 1980, se agregó su nombre a la Capilla "Mártires Latinoamericanos" de la ciudad de Río Branco.
Habiendo tomado conocimiento de esta nominación, la embajada de El Salvador solicitó a la Diócesis realizar su homenaje anual a Mons. Romero en la ciudad de Río Branco. La embajadora del país centroamericano, Idalia Menjívar y otros dos funcionarios de la representación diplomática estuvieron la semana pasada en Río Branco. Reunidos con Mons. Heriberto y el P. Nacho, organizaron la programación que se detalla a continuación.
Miércoles:
- 17 horas, en el templo de la Inmaculada Concepción, Misa en la víspera del aniversario de la muerte de Mons. Romero
- exposición de fotografías aportadas por la Embajada de El Salvador.
Jueves:
- a mediodía, almuerzo comunitario en la Capilla San José Obrero.
- a continuación del almuerzo, documental sobre la vida del Beato Mons. Romero
- 16 horas, en la capilla "Beato Óscar Romero - Mártires Latinoamericanos", Misa del Jueves Santo
- luego de la Misa, merienda y despedida a los visitantes de El Salvador.
En

Via Crucis en la ciudad de Melo

Viernes 25 de marzo, 19 horas, desde la Parroquia Nuestra Señora del Carmen hasta la Catedral de Melo.

Las celebraciones en las que estará presente Mons. Heriberto son las siguientes:

Parroquia Santo Domingo Savio, Melo

Domingo de Ramos. 9:30, bendición de ramos y Misa en el templo parroquial.
Lunes Santo. 18 horas: Misa y confesiones en el templo parroquial.
Jueves Santo. 19 horas: Celebración de la Cena del Señor en el templo parroquial.
Viernes Santo. 17 horas: Celebración de la Muerte del Señor en la capilla Santa Cruz.
Sábado Santo. 20 horas: Solemne Vigilia Pascual en el templo parroquial.
Domingo de Pascua. 10 horas: Misa en el templo parroquial.

Parroquia San José Obrero, Treinta y Tres

Domingo de Pascua, 19:30

jueves, 10 de marzo de 2016

Misioneras de la Caridad, Mártires de la Misericordia


La hermana Anselma de India, la hermana Judit de Kenia y las hermanas Marguerite y Reginette de Ruanda eran Misioneras de la Caridad, la congregación fundada por la Beata Madre Teresa de Calcuta.

Las cuatro religiosas fueron asesinadas junto a otras doce personas el pasado viernes 4 de marzo en su convento en Adén, República de Yemen, en el sur de la península de Arabia. Se salvó de la matanza la hermana Sally, superiora de la comunidad. Los asesinos fueron un comando de hombres armados que irrumpieron en la casa matando a quienes iban encontrando en su camino.
Un sacerdote salesiano indio, el P. Tom Uzhunnalil, que vivía en otra parte de la casa, está desaparecido, aparentemente secuestrado. Las otras personas asesinadas eran colaboradores de la comunidad y varios ancianos y discapacitados que recibían allí asistencia.

Menos conocida y difundida que la situación de Siria y de otros países del Cercano Oriente, la realidad que vive Yemen es la de una guerra civil que se inicia en 2011, a partir de una rebelión contra el régimen de Ali Abdullah Saleh. La rebelión debilitó al país y permitió la entrada de Al-Qaeda, especialmente en el sur, donde se encuentra Adén.

En la Iglesia Católica Yemen forma parte del Vicariato Apostólico del Sur de Arabia (Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemén). El Vicario es el Obispo Paul Hinder OFM cap. Mons. Hinder recordó que, hace un año atrás, él habló con las hermanas sobre los riesgos que corrían, pero ellas no quisieron dejar el país para estar cerca de los que les habían sido encomendados.
El Obispo declaró que la población local “amaba a las hermanas de la Madre Teresa asesinadas en Aden, admiraban su forma de servir a los demás sin mirar la pertenencia religiosa, sino solo a la decisión de preferir a los más necesitados. Esto despertaba la simpatía y el afecto entre las personas. Y tal vez, esto mismo molestaba a alguien”.

El vocero de la Conferencia Episcopal de Ruanda, Mons. Smaragde Mbonyintege, habló de la muerte de las hermanas en términos de sacrificio: "Ellas han dejado un alto ejemplo de desprendimiento de la propia vida, sirviendo en un país tan inseguro. Esa actitud las llevó a permanecer allí por el bien de otros, a pesar de que podrían haberse marchado" y concluyó: "las consideramos mártires y lo son".

Al enterarse de lo sucedido, el Papa Francisco se manifestó profundamente dolorido. El Papa ofrece sus “oraciones por las familias de las víctimas de este acto de violencia insensata y diabólica”. Asimismo, asegura su oración para que esta acción horrenda “despierte las conciencias, guíe a un cambio de los corazones e inspire a todas las partes a deponer las armas y comience un camino de diálogo”. En nombre de Dios, el papa Francisco pide a todos “renunciar a la violencia, renovar el propio compromiso por la gente de Yemen, en particular los más necesitados” que las misioneras de Madre Teresa “han tratado de servir”.

Fuentes:
https://es.zenit.org/articles/yemen-el-afecto-que-las-hermanas-de-madre-teresa-despertaban-molesto/
http://m.asianews.it/index.php?art=36859&l=en

domingo, 28 de febrero de 2016

24 horas para el Señor y Misa Crismal en la Diócesis de Melo


Melo, 29 de febrero de 2016
Queridos Diocesanos:

“El Señor es compasivo y misericordioso”; “es eterna Su misericordia”; así nos hablan los salmos de la Misericordia de Dios. En este Año Jubilar, quiero invitarlos cordialmente a participar de dos actividades en nuestra Diócesis:

“24 horas para el Señor”. Este tiempo que nos pide el Papa Francisco lo viviremos en cada parroquia y en algunas capillas, en la forma en que cada comunidad se organice. Se procurará que las iglesias estén abiertas el mayor tiempo posible para la Adoración del Santísimo y la celebración del Sacramento de la Reconciliación. En nuestra diócesis lo haremos el viernes 11 y sábado 12 de marzo. Cada comunidad informará de la manera más amplia posible su propio programa.

Celebración de la Misa Crismal. Será el Martes Santo, 22 de marzo, a las 18:30 horas, en la Catedral de Melo. En esta Misa suelen participar pequeñas delegaciones de las parroquias. Al no realizarse este año la peregrinación a la Cruz del Cerro Largo, les invito a hacer el esfuerzo para que la presencia de cada comunidad sea mayor. Recordemos que es una ocasión para cruzar por la Puerta Santa lo que, unido a la confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre, permite obtener las indulgencias del Año Jubilar para sí mismo o para personas difuntas.

Lamentablemente, este año no podremos realizar nuestra tradicional peregrinación penitencial a la Cruz, ya que el V Domingo de Cuaresma coincide con el día en que se desarrollarán las elecciones para el directorio del Banco de Previsión Social.

En octubre, sí, el domingo 9 tendremos nuestra Fiesta Diocesana junto a Nuestra Señora del Pilar, con la presencia del Arzobispo de Montevideo, Cardenal Daniel Sturla sdb.

Deseando que estos días finales del Tiempo de Cuaresma sean para cada uno de ustedes de profunda renovación en la Fe, con la Misericordia de Dios, los bendice de corazón:

+ Heriberto, Obispo de Melo

miércoles, 10 de febrero de 2016

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma: ''Misericordia quiero y no sacrificio". Las obras de misericordia en el camino Jubilar.


1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

En la Bula de convocación del Jubileo invité a que ''la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios'' . Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa ''24 horas para el Señor'' quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares ?como en el caso de Oseas? las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la ''Misericordia encarnada'' . En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: ''Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas''. El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es ''la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado'', el primer anuncio que ''siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis'' . La Misericordia entonces ''expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer'' , restableciendo de ese modo la relación con

él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que ''el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina'' . En el pobre, en efecto, la carne de Cristo ''se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado''. Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias; más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Ante este amor fuerte como la muerte, el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa, y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco ''seréis como Dios'' que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los ''soberbios'', los ''poderosos'' y los ''ricos'', de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre ?engañándose? cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer.

Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: ''Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen''. Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez, reconociéndose como la humilde esclava del Señor''.

sábado, 16 de enero de 2016

Francisco llama a los jóvenes a ser protagonistas del Jubileo de la Misericordia


Crecer misericordiosos como el Padre: Mensaje del Papa Francisco para el Jubileo de la Misericordia de los jóvenes


''Queridos jóvenes: La Iglesia está viviendo el Año Santo de la Misericordia, un tiempo de gracia, de paz, de conversión y de alegría que concierne a todos: grandes y pequeños, cercanos y lejanos. No hay fronteras ni distancias que puedan impedir a la misericordia del Padre llegar a nosotros y hacerse presente entre nosotros. Ahora, la Puerta Santa ya está abierta en Roma y en todas las diócesis del mundo.

Este tiempo precioso también los atañe a ustedes, queridos jóvenes, y yo me dirijo a ustedes para invitarlos a participar en él, a ser protagonistas, descubriendo que ustedes son hijos de Dios. Quisiera llamarlos uno a uno, quisiera llamarlos por su nombre, como hace Jesús todos los días, porque saben bien que sus nombres están escritos en el cielo, están grabados en el corazón del Padre, que es el Corazón Misericordioso del que nace toda reconciliación y toda dulzura.

El Jubileo es todo un año en el que cada momento es llamado santo, para que toda nuestra existencia sea santa. Es una ocasión para descubrir que vivir como hermanos es una gran fiesta, la más hermosa que podamos soñar, la celebración sin fin que Jesús nos ha enseñado a cantar a través de su Espíritu. El Jubileo es la fiesta a la que Jesús invita a todos, sin distinciones ni excepciones. Por eso he querido vivir también con ustedes algunas jornadas de oración y de fiesta. Por tanto, los espero el próximo mes de abril.

''Crecer misericordiosos como el Padre'' es el título del Jubileo de ustedes, pero es también la oración que hacemos por todos ustedes, recibiéndolos en el nombre de Jesús. Crecer misericordioso significa aprender a ser valiente en el amor concreto y desinteresado, comporta hacerse mayores tanto física como interiormente. Ustedes se están preparando para ser cristianos capaces de tomar decisiones y gestos valientes, capaces de construir todos los días, incluso en las pequeñas cosas, un mundo de paz.

Su edad es una etapa de cambios increíbles, en la que todo parece posible e imposible al mismo tiempo. Les reitero con insistencia: ''Permanezcan estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Lo están oyendo, jóvenes: caminar contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hay que ser valientes para ir contra corriente y él nos da esta fuerza...Con él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apuesten por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes. Jóvenes, pongan en juego su vida por grandes ideales''.

No me olvido de ustedes, muchachos y muchachas que viven en situaciones de guerra, de pobreza extrema, de penurias cotidianas, de abandono. No pierdan la esperanza, el Señor tiene un gran sueño que quiere hacer realidad con ustedes. Sus amigos y compañeros que viven en condiciones menos dramáticas se acuerdan de ustedes y se comprometen a que la paz y la justicia lleguen a todos. No crean a las palabras de odio y terror que se repiten a menudo; por el contrario, construyan nuevas amistades. Ofrezcan su tiempo, preocúpense siempre de quienes les piden ayuda. Sean valientes y vayan a contracorriente, sean amigos de Jesús, que es el Príncipe de la Paz: ''En él todo habla de misericordia. Nada en él es falto de compasión''.

Ya sé que no todos podrán venir a Roma, pero el Jubileo es verdaderamente para todos y se celebrará también en sus iglesias locales. Todos están invitados a este momento de alegría. No preparen sólo mochilas y pancartas, preparen especialmente su corazón y su mente. Mediten bien los deseos que presentarán a Jesús en el sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía que celebraremos juntos. Cuando atraviesen la Puerta Santa, recuerden que se comprometen a hacer santa su vida, a alimentarse del Evangelio y la Eucaristía, que son la Palabra y el Pan de la vida, para poder construir un mundo más justo y fraterno.

Que el Señor bendiga cada uno de sus pasos hacia la Puerta Santa. Rezo por ustedes al Espíritu Santo para que los guíe e ilumine. Que la Virgen María, que es Madre de todos, sea para ustedes, para sus familias y para cuantos los ayudan a crecer en la bondad y la gracia, una verdadera puerta de la Misericordia''.

viernes, 1 de enero de 2016

Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz


MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLIX JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2016

Vence la indiferencia y conquista la paz


1. Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona.

Al comienzo del nuevo año, quisiera acompañar con esta profunda convicción los mejores deseos de abundantes bendiciones y de paz, en el signo de la esperanza, para el futuro de cada hombre y cada mujer, de cada familia, pueblo y nación del mundo, así como para los Jefes de Estado y de Gobierno y de los Responsables de las religiones. Por tanto, no perdamos la esperanza de que 2016 nos encuentre a todos firme y confiadamente comprometidos, en realizar la justicia y trabajar por la paz en los diversos ámbitos. Sí, la paz es don de Dios y obra de los hombres. La paz es don de Dios, pero confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica.

Custodiar las razones de la esperanza

2. Las guerras y los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevaricaciones, han marcado de hecho el año pasado, de principio a fin, multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que podría llamar una «tercera guerra mundial en fases». Pero algunos acontecimientos de los años pasados y del año apenas concluido me invitan, en la perspectiva del nuevo año, a renovar la exhortación a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia. Los acontecimientos a los que me refiero representan la capacidad de la humanidad de actuar con solidariedad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas.

Quisiera recordar entre dichos acontecimientos el esfuerzo realizado para favorecer el encuentro de los líderes mundiales en el ámbito de la COP 21, con la finalidad de buscar nuevas vías para afrontar los cambios climáticos y proteger el bienestar de la Tierra, nuestra casa común. Esto nos remite a dos eventos precedentes de carácter global: La Conferencia Mundial de Addis Abeba para recoger fondos con el objetivo de un desarrollo sostenible del mundo, y la adopción por parte de las Naciones Unidas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, con el objetivo de asegurar para ese año una existencia más digna para todos, sobre todo para las poblaciones pobres del planeta.

El año 2015 ha sido también especial para la Iglesia, al haberse celebrado el 50 aniversario de la publicación de dos documentos del Concilio Vaticano II que expresan de modo muy elocuente el sentido de solidaridad de la Iglesia con el mundo. El papa Juan XXIII, al inicio del Concilio, quiso abrir de par en par las ventanas de la Iglesia para que fuese más abierta la comunicación entre ella y el mundo. Los dos documentos, Nostra aetate y Gaudium et spes, son expresiones emblemáticas de la nueva relación de diálogo, solidaridad y acompañamiento que la Iglesia pretendía introducir en la humanidad. En la Declaración Nostra aetate, la Iglesia ha sido llamada a abrirse al diálogo con las expresiones religiosas no cristianas. En la Constitución pastoral Gaudium et spes, desde el momento que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[1], la Iglesia deseaba instaurar un diálogo con la familia humana sobre los problemas del mundo, como signo de solidaridad y de respetuoso afecto[2].

En esta misma perspectiva, con el Jubileo de la Misericordia, deseo invitar a la Iglesia a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia, de «perdonar y de dar», de abrirse «a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea», sin caer «en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye»[3].

Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad que actúa conjuntamente en solidaridad, en el reconocimiento de la propia interconexión e interdependencia, preocupándose por los miembros más frágiles y la protección del bien común. Esta actitud de corresponsabilidad solidaria está en la raíz de la vocación fundamental a la fraternidad y a la vida común. La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y semejanza. Como creaturas dotadas de inalienable dignidad, nosotros existimos en relación con nuestros hermanos y hermanas, ante los que tenemos una responsabilidad y con los cuales actuamos en solidariedad. Fuera de esta relación, seríamos menos humanos. Precisamente por eso, la indiferencia representa una amenaza para la familia humana. Cuando nos encaminamos por un nuevo año, deseo invitar a todos a reconocer este hecho, para vencer la indiferencia y conquistar la paz.

Algunas formas de indiferencia

3. Es cierto que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia».

La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos[4]. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo[5]; y, precedentemente, Pablo VI había afirmado que «no hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana»[6].

La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario[7]. Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. «Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones—, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes»[8].

La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete[9]. «Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien»[10].

Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud, como he intentado hacer en la Laudato si’. La contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscriminada de los bosques, la destrucción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado. Como también el comportamiento del hombre con los animales influye sobre sus relaciones con los demás[11], por no hablar de quien se permite hacer en otra parte aquello que no osa hacer en su propia casa[12].

En estos y en otros casos, la indiferencia provoca sobre todo cerrazón y distanciamiento, y termina de este modo contribuyendo a la falta de paz con Dios, con el prójimo y con la creación.

La paz amenazada por la indiferencia globalizada

4. La indiferencia ante Dios supera la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI, «existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra»[13]. En efecto, «sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz»[14]. El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida[15].

En el plano individual y comunitario, la indiferencia ante el prójimo, hija de la indiferencia ante Dios, asume el aspecto de inercia y despreocupación, que alimenta el persistir de situaciones de injusticia y grave desequilibrio social, los cuales, a su vez, pueden conducir a conflictos o, en todo caso, generar un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad.

En este sentido la indiferencia, y la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad[16].

Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza[17].

Además, la indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la contaminación y las catástrofes naturales que desarraigan comunidades enteras de su ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguridad, crea nuevas pobrezas, nuevas situaciones de injusticia de consecuencias a menudo nefastas en términos de seguridad y de paz social. ¿Cuántas guerras ha habido y cuántas se combatirán aún a causa de la falta de recursos o para satisfacer a la insaciable demanda de recursos naturales?[18]

De la indiferencia a la misericordia: la conversión del corazón

5. Hace un año, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz «no más esclavos, sino hermanos», me referí al primer icono bíblico de la fraternidad humana, la de Caín y Abel (cf. Gn 4,1-16), y lo hice para llamar la atención sobre el modo en que fue traicionada esta primera fraternidad. Caín y Abel son hermanos. Provienen los dos del mismo vientre, son iguales en dignidad, y creados a imagen y semejanza de Dios; pero su fraternidad creacional se rompe. «Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio»[19]. El fratricidio se convierte en paradigma de la traición, y el rechazo por parte de Caín a la fraternidad de Abel es la primera ruptura de las relaciones de hermandad, solidaridad y respeto mutuo.

Dios interviene entonces para llamar al hombre a la responsabilidad ante su semejante, como hizo con Adán y Eva, los primeros padres, cuando rompieron la comunión con el Creador. «El Señor dijo a Caín: “Dónde está Abel, tu hermano? Respondió Caín: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. El Señor le replicó: ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”» (Gn 4,9-10).

Caín dice que no sabe lo que le ha sucedido a su hermano, dice que no es su guardián. No se siente responsable de su vida, de su suerte. No se siente implicado. Es indiferente ante su hermano, a pesar de que ambos estén unidos por el mismo origen. ¡Qué tristeza! ¡Qué drama fraterno, familiar, humano! Esta es la primera manifestación de la indiferencia entre hermanos. En cambio, Dios no es indiferente: la sangre de Abel tiene gran valor ante sus ojos y pide a Caín que rinda cuentas de ella. Por tanto, Dios se revela desde el inicio de la humanidad como Aquel que se interesa por la suerte del hombre. Cuando más tarde los hijos de Israel están bajo la esclavitud en Egipto, Dios interviene nuevamente. Dice a Moisés: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a liberarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). Es importante destacar los verbos que describen la intervención de Dios: Él ve, oye, conoce, baja, libera. Dios no es indiferente. Está atento y actúa.

Del mismo modo, Dios, en su Hijo Jesús, ha bajado entre los hombres, se ha encarnado y se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado. Jesús se identificaba con la humanidad: «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Él no se limitaba a enseñar a la muchedumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta (cf. Mc 6,34-44) o desocupada (cf. Mt 20,3). Su mirada no estaba dirigida solamente a los hombres, sino también a los peces del mar, a las aves del cielo, a las plantas y a los árboles, pequeños y grandes: abrazaba a toda la creación. Ciertamente, él ve, pero no se limita a esto, puesto que toca a las personas, habla con ellas, actúa en su favor y hace el bien a quien se encuentra en necesidad. No sólo, sino que se deja conmover y llora (cf. Jn 11,33-44). Y actúa para poner fin al sufrimiento, a la tristeza, a la miseria y a la muerte.

Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre (cf. Lc 6,36). En la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37) denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: «lo vio y pasó de largo» (cf. Lc 6,31.32). De la misma manera, mediante este ejemplo, invita a sus oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a detenerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones. En efecto, la indiferencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los prejuicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo.

La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad humana —reflejo del rostro de Dios en sus creaturas— esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás —los extranjeros, los enfermos, los encarcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos— es la medida con la que Dios juzgará nuestras acciones. De esto depende nuestro destino eterno. No es de extrañar que el apóstol Pablo invite a los cristianos de Roma a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran (cf. Rm 12,15), o que aconseje a los de Corinto organizar colectas como signo de solidaridad con los miembros de la Iglesia que sufren (cf. 1 Co 16,2-3). Y san Juan escribe: «Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17; cf. St 2,15-16).

Por eso «es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia»[20].

También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros[21]. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de abrirse a los otros con auténtica solidariedad. Esta es mucho más que un «sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas»[22]. La solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[23], porque la compasión surge de la fraternidad.

Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la innegable interdependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la persona y de su comunidad en un determinado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo[24].

Promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia

6. La solidaridad como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas.

En primer lugar me dirijo a las familias, llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos[25].

Los educadores y los formadores que, en la escuela o en los diferentes centros de asociación infantil y juvenil, tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona. Los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia. Dirigiéndose a los responsables de las instituciones que tienen responsabilidades educativas, Benedicto XVI afirmaba: «Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna»[26].

Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de comunicación social tienen también una responsabilidad en el campo de la educación y la formación, especialmente en la sociedad contemporánea, en la que el acceso a los instrumentos de formación y de comunicación está cada vez más extendido. Su cometido es sobre todo el de ponerse al servicio de la verdad y no de intereses particulares. En efecto, los medios de comunicación «no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona»[27]. Quienes se ocupan de la cultura y los medios deberían también vigilar para que el modo en el que se obtienen y se difunden las informaciones sea siempre jurídicamente y moralmente lícito.

La paz: fruto de una cultura de solidariedad, misericordia y compasión

7. Conscientes de la amenaza de la globalización de la indiferencia, no podemos dejar de reconocer que, en el escenario descrito anteriormente, se dan también numerosas iniciativas y acciones positivas que testimonian la compasión, la misericordia y la solidaridad de las que el hombre es capaz.

Quisiera recordar algunos ejemplos de actuaciones loables, que demuestran cómo cada uno puede vencer la indiferencia si no aparta la mirada de su prójimo, y que constituyen buenas prácticas en el camino hacia una sociedad más humana.

Hay muchas organizaciones no gubernativas y asociaciones caritativas dentro de la Iglesia, y fuera de ella, cuyos miembros, con ocasión de epidemias, calamidades o conflictos armados, afrontan fatigas y peligros para cuidar a los heridos y enfermos, como también para enterrar a los difuntos. Junto a ellos, deseo mencionar a las personas y a las asociaciones que ayudan a los emigrantes que atraviesan desiertos y surcan los mares en busca de mejores condiciones de vida. Estas acciones son obras de misericordia, corporales y espirituales, sobre las que seremos juzgados al término de nuestra vida.

Me dirijo también a los periodistas y fotógrafos que informan a la opinión pública sobre las situaciones difíciles que interpelan las conciencias, y a los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los niños, así como de todos aquellos que viven en condiciones de mayor vulnerabilidad. Entre ellos hay también muchos sacerdotes y misioneros que, como buenos pastores, permanecen junto a sus fieles y los sostienen a pesar de los peligros y dificultades, de modo particular durante los conflictos armados.

Además, numerosas familias, en medio de tantas dificultades laborales y sociales, se esfuerzan concretamente en educar a sus hijos «contracorriente», con tantos sacrificios, en los valores de la solidaridad, la compasión y la fraternidad. Muchas familias abren sus corazones y sus casas a quien tiene necesidad, como los refugiados y los emigrantes. Deseo agradecer particularmente a todas las personas, las familias, las parroquias, las comunidades religiosas, los monasterios y los santuarios, que han respondido rápidamente a mi llamamiento a acoger una familia de refugiados[28].

Por último, deseo mencionar a los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, y a todos aquellos que abren sus manos para ayudar al prójimo necesitado en sus ciudades, en su país o en otras regiones del mundo. Quiero agradecer y animar a todos aquellos que se trabajan en acciones de este tipo, aunque no se les dé publicidad: su hambre y sed de justicia será saciada, su misericordia hará que encuentren misericordia y, como trabajadores de la paz, serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,6-9).

La paz en el signo del Jubileo de la Misericordia

8. En el espíritu del Jubileo de la Misericordia, cada uno está llamado a reconocer cómo se manifiesta la indiferencia en la propia vida, y a adoptar un compromiso concreto para contribuir a mejorar la realidad donde vive, a partir de la propia familia, de su vecindario o el ambiente de trabajo.

Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos.

Por lo que se refiere a los detenidos, en muchos casos es urgente que se adopten medidas concretas para mejorar las condiciones de vida en las cárceles, con una atención especial para quienes están detenidos en espera de juicio[29], teniendo en cuenta la finalidad reeducativa de la sanción penal y evaluando la posibilidad de introducir en las legislaciones nacionales penas alternativas a la prisión. En este contexto, deseo renovar el llamamiento a las autoridades estatales para abolir la pena de muerte allí donde está todavía en vigor, y considerar la posibilidad de una amnistía.

Respecto a los emigrantes, quisiera dirigir una invitación a repensar las legislaciones sobre los emigrantes, para que estén inspiradas en la voluntad de acogida, en el respeto de los recíprocos deberes y responsabilidades, y puedan facilitar la integración de los emigrantes. En esta perspectiva, se debería prestar una atención especial a las condiciones de residencia de los emigrantes, recordando que la clandestinidad corre el riesgo de arrastrarles a la criminalidad.

Deseo, además, en este Año jubilar, formular un llamamiento urgente a los responsables de los Estados para hacer gestos concretos en favor de nuestros hermanos y hermanas que sufren por la falta de trabajo, tierra y techo. Pienso en la creación de puestos de trabajo digno para afrontar la herida social de la desocupación, que afecta a un gran número de familias y de jóvenes y tiene consecuencias gravísimas sobre toda la sociedad. La falta de trabajo incide gravemente en el sentido de dignidad y en la esperanza, y puede ser compensada sólo parcialmente por los subsidios, si bien necesarios, destinados a los desempleados y a sus familias. Una atención especial debería ser dedicada a las mujeres —desgraciadamente todavía discriminadas en el campo del trabajo— y a algunas categorías de trabajadores, cuyas condiciones son precarias o peligrosas y cuyas retribuciones no son adecuadas a la importancia de su misión social.

Por último, quisiera invitar a realizar acciones eficaces para mejorar las condiciones de vida de los enfermos, garantizando a todos el acceso a los tratamientos médicos y a los medicamentos indispensables para la vida, incluida la posibilidad de atención domiciliaria.

Los responsables de los Estados, dirigiendo la mirada más allá de las propias fronteras, también están llamados e invitados a renovar sus relaciones con otros pueblos, permitiendo a todos una efectiva participación e inclusión en la vida de la comunidad internacional, para que se llegue a la fraternidad también dentro de la familia de las naciones.

En esta perspectiva, deseo dirigir un triple llamamiento para que se evite arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, culturales y sociales, sino también —y por mucho tiempo— la integridad moral y espiritual; para abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres; para la adoptar políticas de cooperación que, más que doblegarse a las dictaduras de algunas ideologías, sean respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer.

Confío estas reflexiones, junto con los mejores deseos para el nuevo año, a la intercesión de María Santísima, Madre atenta a las necesidades de la humanidad, para que nos obtenga de su Hijo Jesús, Príncipe de la Paz, el cumplimento de nuestras súplicas y la bendición de nuestro compromiso cotidiano en favor de un mundo fraterno y solidario.

Vaticano, 8 de diciembre de 2015
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
Apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia


FRANCISCUS
 


[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1.

[2] Cf. ibíd., 3.

[3] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 14-15.

[4] Cf. Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 43.

[5] Cf. ibíd., 16.

[6] Carta. enc. Populorum progressio, 42.

[7] «La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad» (Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 19).

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 60.

[9] Cf. ibíd., 54.

[10] Mensaje para la Cuaresma 2015.

[11] Cf. Carta. enc. Laudato si’, 92.

[12] Cf. ibíd., 51.

[13] Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (7 enero 2013).

[14] Ibíd.

[15] Cf. Benedicto XVI, Intervención durante la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, Asís, 27 octubre 2011.

[16] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 217-237.

[17] «Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 59).

[18] Cf. Carta enc. Laudato si’, 31; 48.

[19] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2015, 2.

[20] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 12.

[21] Cf. ibíd., 13.

[22] Juan Pablo II, Carta. enc. Sollecitudo rei socialis, 38.

[23] Ibíd.

[24] Cf. ibíd.

[25] Cf. Catequesis durante la Audiencia general (7 enero 2015).

[26] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2012, 2.

[27] Ibíd.

[28] Cf. Ángelus (6 septiembre 2015).

[29] Cf. Discurso a una delegación de la Asociación internacional de derecho penal (23 octubre 2014).