jueves, 13 de abril de 2017

"¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!" Domingo de Pascua.




“¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”. Este domingo, domingo de Pascua, domingo de resurrección es aquel en el que se celebra el centro de la fe cristiana: ¡Cristo ha resucitado!

El domingo de Pascua comienza en la noche del sábado Santo. En esa noche se celebra la Vigilia Pascual, una extensa Misa con muchas palabras y muchos signos. La Misa más importante de todo el año litúrgico.

Empecé a participar de la Vigilia pascual en mi infancia.
La iglesia de mi pueblo era entonces pequeña, aunque a los niños nos parecía grande. Cuando fui por primera vez a la Vigilia, me asombraron los signos. Fuera del templo (como se sigue haciendo) se hacía una gran fogata. Se bendecía el fuego y de él se encendía una enorme vela: el Cirio Pascual, cuya luz representa la luz de Cristo resucitado. Nos dirigíamos luego al templo y al entrar nos sorprendía la oscuridad. El sacerdote cantaba “Luz de Cristo” y todos comenzábamos a encender nuestras velas a partir del Cirio Pascual, comunicándonos la luz que comenzaba a iluminar tenuemente el templo. Nos ubicábamos, con nuestras velas encendidas y comenzaban las lecturas, recorriendo las etapas fundamentales del Plan de Salvación de Dios. Al terminar las lecturas del Antiguo Testamento, el Gloria, que no se canta durante el tiempo de Cuaresma, inundaba el templo; las luces se encendían y se descubrían las imágenes que habían estado cubiertas con un lienzo morado desde la semana anterior. Luego venía la bendición del agua, la renovación de las promesas bautismales y a veces algunos bautismos.

La liturgia nos hacía sentir el contraste entre muerte y resurrección. Toda la austeridad y penumbra de la Cuaresma desaparecía ante la irrupción de la luz y de la alegría. Desde entonces, traté de estar siempre en la Vigilia Pascual. Me asombra a veces encontrar a personas que van a Misa todos los domingos y que nunca estuvieron en una Vigilia. Como sacerdote y luego Obispo he celebrado muchas, en iglesias grandes, como la catedral de Melo, pero también en una pequeña casa, como lo hice hace años en un lugar llamado Pueblo Celeste, en el departamento de Salto.

Con el fondo de esos recuerdos, quiero mirar ahora a la esperanza que nos abre la resurrección de Jesús.Los deseos más profundos del ser humano…
  • El deseo de un mundo donde ya no exista la tristeza, la depresión, el dolor, el sufrimiento.
  • El deseo de un mundo de justicia, donde ya no exista el hambre, la enfermedad, la violencia, la explotación, la miseria, las dependencias.
  • El deseo ardiente de paz en el mundo, de paz entre los pueblos, de paz en las familias.
  • El deseo de no separarnos jamás de nuestros seres queridos.
  • El anhelo de que los momentos felices no se detengan sino que se prolonguen en el tiempo y no terminen jamás.
  • El anhelo de un amor verdadero en el que permanezcamos unidos para siempre.
  • El deseo de abrazos, de encuentros, de reconciliación verdadera.
En suma, el deseo de una vida y una felicidad que no se escapen de nosotros como arena entre los dedos: una vida plena, colmada, abundante, para todos.

¡Cuántos esfuerzos personales y colectivos en la historia de la humanidad buscando ese mundo y esa vida mejores! ¡Cuántas conquistas en ese esfuerzo humano, muchas veces sostenidas por la fe! Y sin embargo, al final del día, la certeza de que no podemos alcanzar todo eso por nosotros mismos más que de una forma imperfecta.
Por eso necesitamos la esperanza, que los cristianos encontramos en la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Jesús no es un hecho individual, una especie de victoria personal de Jesús, como si dijéramos: “Vino a este mundo, soportó un sufrimiento aterrador, pero salió vencedor. Recibe su corona de gloria y vuelve a Dios, dejando este mundo traicionero y desentendiéndose de él”.Nada de eso. Nada de lo que Jesucristo hace es para Él, sino “por nosotros y por nuestra salvación”. Su victoria es para la humanidad. Su victoria abre a los hombres el camino hacia Dios. Así lo expresa San Pablo:

“La muerte ha sido devorada en la victoria.
¿Dónde está, muerte, tu victoria?
¿Dónde está, muerte, tu aguijón?
El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley.
Pero ¡gracias sean dadas a Dios,
que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Co 15,54-57)

Más aún, el día de la Ascensión, cuando recordamos el momento en que Jesús resucitado, después de haberse aparecido a sus discípulos “sube al Cielo”, es decir, regresa a la Casa del Padre Dios, la Iglesia dice de Cristo en su oración:
“el Señor Jesús, Rey de la gloria,
triunfador del pecado y de la muerte (…)
ascendió hoy a lo más alto de los Cielos
como Mediador entre Dios y los hombres,
Juez del mundo (…)
No lo hizo para apartarse
de la pequeñez de nuestra condición humana
sino para que lo sigamos confiadamente como miembros suyos,
al lugar donde nos precedió Él,
cabeza y principio de todos nosotros.”

Caminar en la fe, caminar en la esperanza, es caminar hacia la resurrección y la vida que Jesús nos ha prometido. Hacia una vida eterna, que no es simplemente durar en el tiempo, prolongar esta vida que conocemos, con todos sus momentos: los buenos, que no quisiéramos que se terminaran, pero que pasan; los malos, que no quisiéramos que volvieran, pero vuelven…
Jesús nos promete Vida eterna, pero sobre todo “Vida abundante”, “Vida en plenitud”, Vida con mayúscula.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica sobre la esperanza, nos dice que podemos tratar de salir con nuestro pensamiento del tiempo al que estamos sujetos
“y augurar de algún modo que la eternidad
no sea un continuo sucederse de días del calendario,
sino como el momento pleno de satisfacción,
en el cual la totalidad nos abraza
y nosotros abrazamos la totalidad.”
Sería el momento del sumergirse en el amor infinito,
en el cual el antes y el después ya no existe.
En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así:
«Volveré a verlos y se alegrará su corazón
y nadie les quitará su alegría» (Juan 16,22). (Cfr. Spe Salvi 12)

¡Muy feliz Pascua de Resurrección!

Viernes Santo diferente en Melo

Cristo crucificado, Velásquez.

En la mañana: las Siete Palabras en Siete Iglesias

Meditación sobre cada una de las Palabras de Jesús en la Cruz, en siete de las iglesias de la ciudad de Melo.

08:30 Capilla San Antonio – P. Samuel
    "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34)

09:00 Parroquia Ntra. Sra. del Carmen – P. Freddy
    "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lucas 23:43)

09:30 San José Obrero – P. Miguel
    "Mujer, ahí tienes a tu hijo [...] Ahí tienes a tu madre" (Juan 19:26-27)

10:00 Parroquia Santo Domingo Savio – P. Santo
    "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" (Mt 27:46, Mc 15:34).

10:30 Parroquia Jesús Buen Pastor – P. Nacho / Equipo Liturgia
    "Tengo sed" (Juan 19:28).

11:00 Capilla Santa Teresita –  P. Nacho / Equipo Liturgia
    "Todo está cumplido" (Juan 19:30)

11:30 Catedral – Mons. Heriberto
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23:46).

En la tarde: celebración de la Pasión del Señor

Lectura de la Pasión, Adoración de la Santa Cruz, Comunión
15:00 Catedral
15:00 Parroquia San José Obrero
15:00 Parroquia Santo Domingo Savio
16:00 Parroquia Ntra. Sra. del Carmen
16:00 Parroquia Jesús Buen Pastor

En la noche: Vía Crucis interparroquial

19:00 salida desde la Parroquia Ntra. Sra. del Carmen hasta la Catedral.
Colecta destinada al sostenimiento de las comunidades cristianas en Tierra Santa.

Jueves Santo en Melo. Horarios

Jesús lavando los pies de sus discípulos. Rembrandt.

Misa Vespertina de la Cena del Señor. Horarios

19:00 Sto. Domingo Savio 
19:00 Buen Pastor 
19:30 Catedral 
19:30 Ntra. Sra. del Carmen 
20:00 San José Obrero

Con la Misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella última cena, en la cual el Señor Jesús en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los Apóstoles para que los consumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen.

Durante esta Misa, el celebrante realiza el gesto que tuvo Jesús con sus discípulos, lavándoles los pies. Tradicionalmente esto se hacía a un grupo de doce hombres. En enero del año pasado, el Papa Francisco estableció que el grupo de participantes en el rito del lavatorio de pies podrá estar integrado por “hombres y mujeres y, convenientemente, por jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, clérigos, consagrados, laicos”. 

Al finalizar la Misa, el Santísimo Sacramento es trasladado solemnemente a un lugar diferente del Sagrario donde habitualmente se le guarda. Luego, se invita a los fieles a que permanezcan un tiempo en adoración ante el Santísimo. Ese tiempo de oración recuerda la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní, en la que pidió a sus discípulos que lo acompañaran, velando mientras el oraba.

miércoles, 12 de abril de 2017

Misa Crismal en la Catedral de Melo. Homilía de Mons. Heriberto.



Queridas hermanas, queridos hermanos:

El lunes 27 de marzo nuestra Catedral recibió la visita de la reliquia de San Juan Pablo II que nos llegó gracias a las Hermanas Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María. Vivimos una intensa jornada, que culminó con una Misa con el templo colmado. Esta visita nos llegó a 30 años de la primera visita del Papa Juan Pablo al Uruguay, y a 29 años de su visita a Melo, que se cumplirán el próximo 8 de mayo.

Ha sido el reencuentro con un amigo, que vino a traernos con su intercesión consuelo y fortaleza. Ante esta reliquia, como muchos de ustedes, presenté mis peticiones. Pedí la intercesión de San Juan Pablo II por esta Diócesis de Melo, porción del Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres. He rezado por todos los habitantes de la Diócesis; por los jóvenes, especialmente por aquellos que buscan su camino en la vida, a veces de forma tan confusa, pero también por aquellos que se animan a preguntarse por una posible vocación sacerdotal; he rezado por todos los miembros de nuestras comunidades, por todas las religiosas y por todos los diáconos y sacerdotes. He rezado también por quienes, siendo ministros de la Iglesia, tuvieron una conducta deplorable que provocó muchas heridas y he rezado por todos los que han sufrido y siguen sufriendo las consecuencias directas e indirectas de esas acciones desgraciadas.

En este día los diáconos y sacerdotes vamos a renovar las promesas que hicimos al recibir el Orden Sagrado.

La más importante de esas promesas, que hace posible y da sentido a las otras está expresada en esta pregunta: “¿Quieren unirse más fuertemente a Cristo y configurarse con él?”
En su carta “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco llama a cada cristiano “a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo” e insiste de muchas maneras… “¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” (1).

Ese llamado a la renovación de nuestro encuentro con Cristo no es sólo para los sacerdotes; es para cada cristiano. Pero los sacerdotes tenemos como misión ayudar a nuestros hermanos a vivir su encuentro con el Señor. ¿Cómo podríamos hacerlo si nosotros mismos no lo buscamos? ¿Más aún, si no nos unimos “más fuertemente” a Él, si no nos “configuramos” con Él?

Hoy serán bendecidos los aceites que se utilizan en la unción de los catecúmenos y en el sacramento de la Unción de los Enfermos y será consagrado el Santo Crisma.

Con ese Santo Crisma serán ungidos todos los bautizados desde ahora hasta la próxima Semana Santa; serán ungidos todos los confirmados y… si Dios quiere sorprendernos, ya que no está previsto, tal vez sean ungidas las manos de un sacerdote, como lo fueron las de Fray Adeíldo el pasado 25 de marzo. Una ordenación que nuestra Diócesis recibió como un regalo y una gracia.

Ungir a una persona es aplicarle aceite sobre el cuerpo. Cuando esto se hace por voluntad de Dios, como vemos tantas veces en la Biblia, esa persona pasa a ser “el Ungido de Yahveh”, el Ungido de Dios.

En la lengua hebrea, en la que se escribe el Antiguo Testamento, la palabra “ungido” se dice “mesías”; en la lengua griega, en la que se escribe el Nuevo Testamento, esa palabra es “Cristo”. Jesús es el “Ungido”, es decir, “el Mesías”, “el Cristo”. Cada cristiano, ya en el bautismo pero especialmente en la confirmación es ungido, uniéndose de esa forma al Mesías, al Cristo, al Hijo de Dios.

El gesto de la Unción tiene un profundo significado; expresa que el Espíritu Santo pasa a habitar en la persona que ha sido ungida. Es lo que dice el Evangelio que hemos escuchado. Jesús lee las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”.

Lleno del Espíritu Santo, Jesús “se presenta abiertamente como Aquél a quien el Padre “ha ungido” (Is 61, 1) y “ha enviado” (Ibíd.) al mundo; el que viene con la potencia del Espíritu de Dios para anunciar la Buena Nueva: la Buena Nueva del Evangelio” (2).
Todos los cristianos recibimos el Espíritu Santo para participar en la misión de Cristo de proclamar el Evangelio a todas las naciones. Todos somos discípulos misioneros del Resucitado. Como lo enseña el Concilio Vaticano II:
“Los bautizados… son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo... Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15)”. (3)
Los sacerdotes, enseña el mismo Concilio, estamos “llamados para servir al Pueblo de Dios” (4). Para eso necesitamos vivir y renovar diariamente una profunda unión con Cristo. Más aún, se nos pide que prometamos configurarnos cada día más a Cristo. En esa configuración, nos ayuda recordar las palabras de San Juan Pablo II a los sacerdotes y personas consagradas en su primera visita al Uruguay:
“Queridos hijos todos: Frecuenten el trato con el divino Maestro realmente presente en la Eucaristía. Sólo así podrán ustedes descubrir a los fieles el secreto de la vida cristiana. Son palabras del mismo Jesús: “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada pueden hacer” (Jn 15, 5). Sean testigos del amor de Cristo Eucaristía: un amor que espolea a una generosidad sin límites y a una entrega sin reservas a Él, y a través de Él, a todo el que lo busca con sincero corazón.” (5).
En ese mismo mensaje, el Papa Juan Pablo, pensaba también en las dificultades que los sacerdotes encontramos en nuestra misión, y nos decía: 
“No se dejen llevar por el desánimo ante un aparente fracaso en su apostolado. Escuchemos, en cambio, la voz de Cristo que continúa diciéndonos, como a sus Apóstoles: “Remen mar adentro y echen sus redes para pescar” (Lc 5, 4). Sí, como verdaderos Apóstoles, en momentos de zozobra levantamos nuestra mirada hacia el Señor para decirle: Confiamos en Ti, y en tu nombre seguiremos echando las redes; aun a costa de sacrificios e incomprensiones, hemos de proclamar sin temor alguno la verdad completa y auténtica sobre tu persona, sobre la Iglesia que Tú fundaste, sobre el hombre y sobre el mundo que Tú has redimido con tu sangre, sin reduccionismos ni ambigüedades”. (6)
Queridos hermanos presbíteros y diáconos: dejémonos animar por las palabras de este santo al que recibimos como amigo y, al renovar las promesas de nuestra ordenación, comprometámonos a vivirlas auténticamente. Que las dificultades que tengamos que enfrentar vengan de nuestra fidelidad a Cristo y de nuestra entrega total a Él y a los hermanos, y no como consecuencias de caminos y conductas que nos alejan de Él.

Queridas hermanas, queridos hermanos, fieles de la Diócesis de Melo, en esta Misa y en esta renovación de nuestras promesas, la liturgia invita a los fieles a rezar por sus ministros. Les pido encarecidamente su oración por todos nosotros:
  • Por los diáconos permanentes y por sus familias
  • Por todos los sacerdotes que están o han estado en nuestra Diócesis; por quienes siguen en el ministerio para que lo vivan fielmente aquí o donde continúe su misión; por quienes lo han abandonado, para que no abandonen la fe y continúen su vida cristiana en paz.
  • Por nuestro obispo emérito Mons. Roberto Cáceres, que el domingo de Pascua, Dios mediante, cumplirá sus 96 años. El lunes 17 si Dios quiere estaré celebrando con él y llevándole el saludo de todos ustedes.
  • Por nuestro otro obispo emérito Mons. Luis del Castillo para que el Señor le conserve la salud y continúe con bien su misión en Cuba.
  • Finalmente, les pido también que recen por mí, para que yo también pueda unirme cada día más a Cristo y configurarme a Él como Buen Pastor, para servir a toda nuestra comunidad diocesana.

Notas:
(1) Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 1.
(2) S. Juan Pablo II, homilía, 9 de mayo de 1988, Salto, Uruguay.
(3) Lumen Gentium, 10.
(4) Lumen Gentium, 28. 
(5) S. Juan Pablo II, alocución, 31 de marzo de 1987, a los sacerdotes y personas consagradas, en la Catedral de Montevideo. 
(6) Íbidem. 

Miércoles Santo. Misa Crismal en la Catedral de Melo

Entrega de los óleos a los delegados de una de las Parroquias de la Diócesis.


Hoy, a las 18 horas, Mons. Bodeant presidirá la Misa Crismal en la Catedral de Melo, acompañado por los sacerdotes, los diáconos permanentes y fieles de las diferentes parroquias de la Diócesis de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres). Por sus especiales características, esta Misa es la única que se celebra en este día en toda la Diócesis. Algo similar sucede en las demás Diócesis del Uruguay, aunque no necesariamente en este día. Es una Misa que expresa de un modo particular la unidad de la Iglesia diocesana en torno a su Obispo.

Esta Misa toma su nombre del Santo Crisma, elaborado con aceite de oliva y perfumes, que es consagrado por el Obispo durante esta Misa. Con ese aceite se unge a los bautizados, se administra el Sacramento de la Confirmación y se ungen las manos del sacerdote en su ordenación. En esta Misa se bendicen también otros dos aceites: el destinado al Sacramento de la Unción de los Enfermos y el aceite de los Catecúmenos, con él que se unge a quienes van a recibir el Bautismo para fortalecerlos en ese camino de preparación.

Al final de la celebración los tres aceites son entregados a delegados de las dieciséis parroquias de la Diócesis de Melo  para ser empleados a lo largo del año, hasta la próxima Misa Crismal.

En esta celebración, los sacerdotes y los diáconos permanentes renuevan las promesas que hicieron en el momento de su ordenación. Es un momento particularmente emotivo, en que el Obispo pregunta a los presbíteros: “¿Quieren unirse más fuertemente a Cristo y configurarse con él, renunciando a ustedes mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptaron gozosos el día de su ordenación para el servicio de la Iglesia? ¿Desean permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?”.

Luego de hacer preguntas similares a los Diáconos, y de escuchar las respuestas de todos, el Obispo invita a los fieles a rezar por los sacerdotes, los diáconos y por él mismo para que sean “ministros fieles de Cristo”.

Actualmente hay 14 sacerdotes en servicio en la Diócesis de Melo y 3 diáconos permanentes. Mons. Cáceres, primer Obispo emérito reside, en Montevideo, en el Hogar Sacerdotal y Mons. del Castillo, segundo Obispo emérito, continúa en misión en Cuba, en una comunidad jesuita. Hay también un sacerdote misionero en la Amazonia brasileña. Algunos hombres casados se preparan para el diaconado permanente y hay dos jóvenes que han presentado sus inquietudes de una posible vocación sacerdotal.

martes, 11 de abril de 2017

Martes Santo en Melo. Horarios.


09:00 Misa en Parroquia San José Obrero

10:00 a 11:00 Confesiones en Parroquia San José Obrero

17:00 Misa en Capilla Santa Teresita

17:30 Misa en Fazenda de la Esperanza femenina Betania, Villa Betania, Barrio El Fogón, presidida por el Obispo.

18:00 a 19:00 Confesiones en Parroquia San José Obrero

18:30 Vísperas y Misa en Parroquia Santo Domingo Savio

19:00 Santo Rosario en Parroquia Nuestra Señora del Carmen

19:30 Misa en Parroquia Nuestra Señora del Carmen

19:30 Misa en Catedral

lunes, 10 de abril de 2017

Lunes Santo en la ciudad de Melo. Horarios.



09:00 Parroquia San José Obrero. Misa 

17:00 Parroquia Buen Pastor. Misa en La Casita, Remigio Castellanos 1284 

18:30 Parroquia Santo Domingo Savio. Vísperas y Misa 

19:30 Catedral. Misa. Recuerdo del P. Antonio Petralanda a 25 años de su fallecimiento. 

19:30 Parroquia Ntra. Sra. del Carmen. Misa

sábado, 8 de abril de 2017

Domingo de Ramos en la ciudad de Melo. Horarios.


Se indica solo las Misas en las que hay bendición de Ramos, desde la mañana a la tarde.

Buen Pastor:


- 09:00 Bendición de Ramos en capilla Santa Teresita, procesión hasta Buen Pastor y Misa.

San José Obrero:


- 09:45 Bendición de Ramos y Misa

Catedral:


- 10:00 Bendición de Ramos frente al Hospital; procesión hasta la Catedral y Santa Misa presidida por el Obispo.

Santo Domingo Savio:


- 16:00 Bendición de Ramos en capilla Santa Cruz; procesión y Misa en S. Domingo Savio.
 

Nuestra Señora del Carmen:


- 19:30 Bendición de Ramos en la Plaza y Misa

jueves, 6 de abril de 2017

"Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?" (Mateo 26,3-5.14-27,66). Domingo de Ramos.




“Hosanna al Hijo de David, bendito es el que viene en el nombre del Señor”
Este Domingo de Ramos nos presenta por un lado el canto de triunfo de la multitud recibiendo a Jesús que entra a Jerusalén y, por otro lado, el grito desgarrador de la cruz: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”
El grito de Jesús provoca muchas preguntas. ¿Qué significa? ¿Qué está trasmitiendo? Ese grito es el versículo inicial del Salmo 22… o 21, según la numeración que tome nuestra Biblia. Es el llamado dirigido a un Dios que parece lejano, que no responde, que parece haber abandonado al salmista:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
A pesar de mis gritos, mi oración no te llega.
Dios mío, de día te grito, y no me respondes;
de noche, y no me haces caso».
En boca de Jesús, este grito expresa toda su desolación. Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre; y porque se ha hecho hombre, se ha hecho mortal y está enfrentando el drama de la muerte. Y lo enfrenta, no al término de una larga vida, en la cama, acompañado de familia y amigos, sino en la plenitud de su vida, clavado a un instrumento de tortura, abandonado por casi todos los suyos, traicionado y negado por sus discípulos, rodeado de enemigos que lo insultan y se burlan de Él.

En la pasión de Jesús, que leemos este Domingo en el Evangelio de San Mateo, Jesús ha conocido el dolor físico: los latigazos, la corona de espina, los golpes, las caídas, el peso de la cruz, los clavos, la sensación de asfixia. Junto al dolor físico, el sufrimiento que ocasiona la traición de los amigos y la burla, el desprecio y la hostilidad de los enemigos.

Muchas personas, a lo largo de la historia, han experimentado dolores y sufrimientos semejantes y aún más grandes.
Y, sin llegar a tanto, cualquiera de nosotros, en un momento de dolor y oscuridad, puede haber hecho suyas las palabras del Salmo “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” o preguntarse simplemente “¿Por qué a mí?”. Más aún… ¿Por qué la violencia, por qué la muerte, por qué el hambre, la enfermedad, la soledad? ¿Por qué sufre esa madre, ese niño, ese anciano, esa persona inocente?

Pero Jesús va a experimentar todavía otra forma de sufrimiento, desconocida para nosotros. Y eso es lo que expresa su grito. El salmista que escribió ese grito, siglos antes de Jesús, era un hombre que se sentía abandonado por Dios. Pero Jesús vive otra cosa. Él es el Hijo de Dios que siente el sufrimiento de sentirse separado de su Padre Dios.

Por un instante largo, insondable, Jesús experimenta la dramática… -podríamos decir más- la trágica, la radical separación de Dios y el hombre.
Jesús, que no tiene pecados, experimenta la profunda separación de Dios que produce el pecado. Quedar separado de Dios, es quedar separado de la vida y del sentido de la vida, que viene de Dios y está llamada a volver a Él. El hombre sin Dios entra en el vacío, en el sin sentido, en la desesperanza ante la muerte implacable.
Desde aquí entendemos las palabras de San Pablo: “Al que no conoció pecado –es decir, a Jesús– [Dios] lo hizo pecado por nosotros” (2 Co 5,21). Jesús, que no tuvo pecado, asumió sobre él todas las consecuencias del pecado, las devastadoras consecuencias del pecado.

Ese es el sufrimiento mayor de Jesús: un sufrimiento que ningún otro ser humano ha conocido. Es el sufrimiento de Dios. No sólo el sufrimiento del Hijo de Dios; es el sufrimiento del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todo Dios conoce la profundidad del dolor de estar sin Dios. Dios prueba, a través de la pasión de su Hijo, qué significa el hombre sin Dios.

Y por eso el amor, la compasión, la misericordia de Dios por nosotros.
Como decía un gran pensador católico [Jacques Maritain]: “el sufrimiento existe en Dios en forma más infinitamente verdadera que como existe en nosotros; pero, a la vez, en Dios ese sufrimiento está unido en forma absoluta con el amor”.

Esa es la clave de la cruz, la clave de la pasión, la clave del grito de Jesús. Jesús va a la cruz, va a la pasión, recorre su vía crucis, su vía dolorosa, entregando su vida por amor. Él dice: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Juan 10,18).

En la cruz, podemos ver a Jesús como un hombre condenado a muerte. Otros han decidido que debe morir y le están quitando la vida. Está inmovilizado, clavado al instrumento de tortura. ¿Qué puede hacer ya, sino morir?

Sin embargo, en la cruz, Jesús es profundamente libre. Libre para amar. Libre para dar voluntariamente su vida, para hacer de esa muerte horrible e infamante, una verdadera entrega de amor: un sacrificio, en el sentido más verdadero que tiene esa palabra, que significa hacer que algo se haga sagrado, que algo se haga de Dios, poniéndolo en sus manos. Y lo que pone Jesús en las manos del Padre, no es una cosa, no es un sufrimiento: es su propia vida.

La cruz, desde entonces, cambia su significado. La cruz de la tortura y la muerte evoca el amor de Jesús, el amor que va hasta el extremo; hasta el extremo del sufrimiento, pero sin dejar nunca de ser el amor que puede vencer a la misma muerte.

Por eso San Pablo puede decir:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?
¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?,
¿el hambre?, ¿la desnudez?,
¿los peligros?, ¿la espada?,
Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó.
Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida,
ni los ángeles ni los principados,
ni lo presente ni lo futuro,
ni las potestades,
ni altura ni profundidad ni criatura alguna
podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.
(Romanos 8,35.37-39)
Y ahora ¿Cómo respondemos nosotros a ese amor?

miércoles, 5 de abril de 2017

A 25 años de la Pascua del P. Antonio Petralanda (Melo, 10 de abril de 1992)

El próximo 10 de abril, Lunes Santo, en la Misa de las 19:30 en la Catedral de Melo, se recordará al P. Antonio Petralanda, en el 25° aniversario de su muerte.

El P. Antonio Petralanda, Canónigo Lateranense, nació en el último año del siglo XIX, el 22 de abril de 1899. Falleció 12 días antes de cumplir 89 años. Murió en el Obispado, donde residiera desde setiembre de 1988, el 10 de abril de 1992. En ocasión de su muerte, Mons. Cáceres escribía en la revista diocesana COMUNIÓN:
Ultimos años
Sus últimos años los pasó en medio de su querida Comunidad parroquial del Carmen. Los Padres Lateranenses, al marcharse de Melo, tuvieron con el P. Antonio la delicadeza y comprensión de permitirle permanecer en medio de su querida gente. Algo excepcional, que nunca se lo agradeceremos bastante.
Casi al final de su larga vida, la Providencia le tenía reservada una incomparable alegría: el abrazo que el Papa Juan Pablo II le dio, ante el clamoreo de la multitud, en la Explanada de La Concordia. Allí su nombre fue coreado junto con el del Santo Padre.
A partir de ese momento, como el anciano Simeón, quizás dijo "Ahora, Señor, me puedes llevar en paz", pues a los pocos días debió ser trasladado a Montevideo, para internarse en el Círculo Católico y luego pasar unos tres meses en la parroquia de Santa Bernardita, su Comunidad Lateranense.
Apenas se sintió recuperado, quiso regresar a Melo, pasando a residir en el Obispado.
Cuidados
Se formó una Comisión especial de laicos, que tomó bajo su responsabilidad atenderlo día y noche.
Hasta el momento en que expiró, mantuvo intacto su conocimiento, lo que le hizo percibir y gozar intensamente, por sentirse querido por todos y atendido con filial delicadeza.
Capítulo aparte, merece, pues, la sociedad melense que fue extremadamente sensible y respondió al amor del P. Antonio, con amor.
No es ajeno a este entrañable cariño, la resolución de las Autoridades de la Intendencia y de la Junta, al denominar con su nombre una calle de Melo, cosa que él valoró, sensible como era, en su verdadera dimensión. El que siembra amor, cosecha amor.
"Tapa agujeros"
Quiso a todos. Donde su presencia era reclamada, allí estaba, con una prontitud admirable. Se denominaba a sí mismo "Tapagujeros", con el humor que conservó hasta el final.
¡Con qué cariño se lo recibía en todas partes! En toda la Diócesis, pero en especial en "la línea": Fraile Muerto, Tupambaé, Santa Clara, Cerro Chato... Todas estas parroquias lo tuvieron durante largas temporadas. Por todos los rinconces dejó grandes amigos que lo recuerdan con cariño.
Cuántos decían, al enterarse de su muerte: "a mí me bautizó", o "a mí me casó" o "a mí me dio la comunión" o "asistió a mi madre" o "me tuvo en el catecismo" o "yo fui su monaguillo" o "del grupo de estudiantes", etc.
Servidor
En Melo, sirvió en todas las parroquias, siempre como "Teniente" o ayudante. Particularmente en el Carmen, donde los Lateranenses tenían su asiento comunitario y a donde llegó él en setiembre de 1932 para fundar la parroquia, junto con el P. Domingo.
Sus amores
Su País Vasco, Vizcaya, con el Árbol de Guernica, fue uno de sus grandes amores. Era oír un apellido vasco, o un "zortziko" (baile tradicional vasco) y ya "paraba la oreja" y sus ojos se le iluminaban. Su boina fue todo un símbolo sobre su cabeza calva. "La Voz de Melo" y la TV lo mantenían unido a su Pueblo, a su querida tierra de adopción.
Con ser tan vasco y haber podido regresar a su tierra natal, si hubiera querido, prefirió su Melo, su querido Melo, sus amigos todos de Cerro Largo y Treinta y Tres.
Y aquí, porque lo eligió, reposan sus restos (en la capilla San Antonio, barrio El Bosque) y aquí, junto a su gente, vive su Pascua. La eterna alegría de haberla servido y amado hasta el fin.
¡Feliz!
El diluvio que se abatió sobre Melo la mañana de sus exequias, el sábado 11 de abril, no impidió que una Catedral rebosante de hijos orara por él y lo acompañara al Cementerio. Ahora vive feliz, intercediendo por nosotros, mas junto a nosotros que nunca.
Feliz por haberse encontrado con Dios, a quien amó a lo largo de su vida y por cuyo amor se hizo Religioso Lateranense y vino a misionar a América, primero en Argentina y luego, a partir de 1932, en este noreste uruguayo hasta su muerte.
Feliz por encontrarse con tantos amigos, entre los cuales Severiano, Chiki, Guillermo, Javier Irizar...
Ahora seguirá velando por este Pueblo que lo guarda en el corazón, como un tesoro, como el símbolo de alguien que lo amó entrañablemente, hasta darlo todo por él.
La Junta Departamental de Cerro Largo le rindió un emocionado homenaje, tan justo como sentido.
¡Gracias, Padre Antonio, por tu Sacerdocio... Gracias por darlo a nuestro Pueblo!