martes, 15 de agosto de 2017

¡Alzo mi voz a Dios gritando! (Mateo 15, 21-28 - Salmo 76)

Juan de Flandes: Jesús y la mujer cananea





“Alzo mi voz a Dios gritando / alzo mi voz a Dios para que me oiga”
Así dice el salmo 76. Los salmos son, antes que nada oraciones. Detrás de cada uno de ellos está la experiencia de una persona orante, de una persona que ha dirigido a Dios su súplica. A veces, como un desgarrador pedido de perdón… otras, una sentida acción de gracias… pero a veces son el grito de socorro de quien se siente a punto de perder la vida.
“Señor, atiende a esa mujer, porque nos persigue con sus gritos”
Eso dijeron los discípulos a Jesús en una ocasión. El Evangelio de este domingo nos cuenta que Jesús salió de su tierra, entrando en el territorio de los cananeos.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.
Es en ese momento que intervienen los discípulos, tal vez más por librarse de ella que por atenderla realmente. Pero Jesús respondió:
«Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
La respuesta de Jesús es extraña… es una respuesta de rechazo, una respuesta excluyente. “He venido sólo para los de mi pueblo, sólo para los de mi raza…” y esa alusión a las “ovejas perdidas” hace pensar que está en un país extranjero solo por eso, por buscar una oveja extraviada.

Pero ahora la mujer se ha acercado:
… fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»
Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».
Llamar “perro” a alguien es un insulto muy fuerte, aún hoy. Lo era más aún en tiempos de Jesús. Es como para dar la vuelta mascullando rabia e insultos… Jesús le ha quitado un poco de su agresividad usando el diminutivo: “perritos”… cachorros. Tal vez también su tono de voz o aún una sonrisa mostrara que la negativa dejaba todavía una rendija por donde colarse en esa puerta que parecía cerrarse.

Y la mujer lo vio, y respondió con ingenio, pero sobre todo con fe.
«¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»
Jesús no pudo menos que decir:
«Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana.
Hace algunos años estuve celebrando la fiesta patronal de la capilla de Isla Patrulla, un pueblo del departamento de Treinta y Tres que se hizo famoso por la canción que le dedicó Ruben Lena, maestro en la escuela de la localidad.
Al terminar la Misa, se me acercó una mamá con dos hijas pequeñas, para que yo las bendijera. Les pregunté su nombre. La segunda se llama Abigaíl. A simple vista se notaba que Abigaíl tenía algunos problemas: un ojito desviado, pero, sobre todo, un cuerpo que estaba flojo, como sí tuviera alguna especie de atrofia muscular.
Pregunté a la mamá qué tenía la niña. Me contó que había sido un problema en el parto – no bien atendido –. Abigaíl había pasado cierto tiempo sin respirar, y eso le produjo una lesión cerebral y de ahí sus trastornos.
También me contó que le habían dado a lo sumo un mes de vida y que ahora tenía cinco años. Las palabras de esta mamá, que yo hubiera querido atesorar una a una, pero que le salían del corazón como un torrente imparable, me hablaron de su amor por su hija y de su lucha por sacarla adelante. Todo esto sin quejas, sin amarguras y con la profunda convicción de que esa niñita, con sus capacidades disminuidas, no había hecho disminuir sino acrecentar el valor que su madre le daba y el amor que le tenía. Y de repente, me quedaron estas palabras que ella dijo: “no hay nada más grande que la fe de una madre”.
Esas palabras me quedaron resonando en el corazón. “No hay nada más grande que la fe de una madre”. ¡Y qué grande que es el amor de una madre, dispuesta a trasmitir la vida y a pelear por la vida de sus hijos, contra todas las fuerzas que quieran arrebatárselos!

Esta es la madre que Jesús encontró en el camino. Ella suplicó, “alzo su voz a Dios gritando” y fue escuchada. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de todas sus angustias”, dice el Salmo 33.

Nos queda de todos modos la pregunta… Si Jesús ama siempre, si el amor está siempre presente en toda acción y en toda palabra de Jesús ¿por qué la trató así?
La respuesta solo puede ser “por amor”, aunque nos resulte incomprensible.
La mujer es pagana. Recurre a Jesús como a uno de los tantos sanadores que pasaban por aquellos caminos. Jesús pide algo más para actuar. Pide fe. Y la encuentra: “no hay nada más grande que la fe de una madre”

Dejemos a la madre de la tierra de Canaán y a la madre de Isla Patrulla.
Vayamos a nuestra propia relación con Dios.

A veces Dios quiebra nuestra dureza con respuestas duras. Existen cosas como el orgullo, la arrogancia y autosuficiencia que se vuelven una presencia maligna en nuestra vida y en la de quien vive con nosotros. Son actitudes que revelan heridas que todavía no son curadas.
Hoy puede ser un buen día para revisar cómo tratamos a los demás y expulsar las cosas negativas del corazón. Y cuando necesitemos de ayuda, tengamos el valor de pedirla, ya sea a Dios o a los hermanos. Pidámosla con fe.

viernes, 11 de agosto de 2017

Caminar sobre el agua (Mt 14, 22-33) Domingo XIX del Tiempo Ordinario.






Caminaré sobre las aguas
si tú me miras y me llamas
si alguien me dice que me amas
caminaré sobre las aguas. 
(Zeny Orduña)

Caminar sobre el agua… Difícil imaginarnos eso… se dice que Uruguay, que tiene una hermosa costa, es, sin embargo “un país de espaldas al mar”. Valoramos el agua y sentimos su falta, pero sabemos lo que son las crecidas, las inundaciones… sabemos lo que es estar “con el agua hasta el cuello”… y las mujeres de nuestros pocos pescadores saben lo que es estar “con el Jesús en la boca” hasta que los hombres vuelven del mar.

Algunos también recordarán los versos de Osiris Rodríguez Castillos en el Romance del Malevo, cuando el perro lo saca de las crecidas aguas del río Negro:

¡Hermano!, d’esta te quedo debiendo.
No me halla ni el pan bendito
si no me sacás, Malevo!

En el evangelio de este domingo, Jesús aparece caminando sobre el agua. Caminando sobre el mar encrespado, con viento en contra, hacia sus discípulos que iban en la barca…
“La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».”
Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».
«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»”

El pedido de Pedro sorprende… Primero, hay una duda: “Señor, si eres tú…”
Para salir de la duda, Pedro pide una prueba.

Comparemos esta prueba que pide Pedro con las “tentaciones” de Jesús. Dos veces le dice Satanás a Jesús “si eres Hijo de Dios…” y después le pide algo que demuestre que lo es realmente: convertir las piedras en pan, (Mt 4,3) o tirarse de lo alto del templo (Mt 4,6).

Pedro dice algo parecido “si eres tú…”, pero le dice “Señor”.
Pedro cree, pero quiere estar seguro.
Porque cree, dice “Señor”; porque quiere estar seguro dice “si eres tú…” y viene el pedido de la prueba.
En otros pasajes de los Evangelios hay momentos así, incluso después de la resurrección. La duda ante Jesús acompaña a los discípulos.
Los Evangelios no ocultan estas dudas, como la de Santo Tomás, que quiere “meter el dedo en la llaga” –de ahí viene la frase-, es decir, tocar la marca de los clavos en las manos de Jesús. Eso quedó para que los creyentes que vendrían después, –o sea, nosotros– no nos angustiemos ante nuestras propias dudas. Los discípulos dudaron muchas veces… pero, finalmente, creyeron y sobre su testimonio está edificada nuestra fe.

Volvamos ahora a la prueba que pide Pedro.
Satanás le había pedido a Jesús, para probar que era el Hijo de Dios que convirtiera las piedras en pan y, después, que se tirara de lo alto del templo.
Son cosas que Jesús hubiera tenido que hacer. El tentador se quedaría mirando.

Pero la prueba que pide Pedro no es algo que Jesús tenga que hacer y que Pedro mire desde la barca. Porque lo que pide Pedro es ir caminando hacia Jesús sobre el agua.
Pedro se involucra en la prueba.
La prueba funcionará si se dan dos condiciones:
La primera, si realmente es Jesús el que está allí, porque Él es el que puede hacer que Pedro logre lo que pide.
La segunda, es que Pedro mismo crea que es Jesús el que está allí y que Él puede hacer que Pedro camine sobre el agua. Es decir, lo que Pedro tiene que poner es la fe y la confianza en Jesús. Tal vez, sin darse cuenta, Pedro se está probando a sí mismo: hasta dónde él es capaz de ponerse totalmente en manos de Jesús.

Jesús le dice “Ven” y Pedro bajó de la barca y se puso a caminar hacia Jesús. Pero finalmente tuvo miedo, empezó a hundirse y gritó “Señor, sálvame”.
Jesús le reprocha el haber dudado: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”

¿Por qué Pedro pide esto, ir caminando sobre el agua? ¿Por qué meterse en líos?
Creo que Pedro no se mete en el agua… ya está en el agua.
Los salmos nos recuerdan la experiencia de muchos creyentes que han gritado como Pedro: “Señor, sálvame”:
¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan hasta el cuello! Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie; he llegado hasta el fondo de las aguas, y las olas me anegan. (69:2-3)
La confianza en la intervención de Dios:
Todo el que te ama te suplica en la hora de la angustia. Y aunque las muchas aguas se desborden, no lo alcanzarán. (32:6)
Y también la experiencia de haber sido salvado:
Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte (…) las aguas nos habrían anegado, habría pasado sobre nosotros un torrente, habría pasado sobre nuestra alma la vorágine de las aguas. (124:2-5)

Muchas veces nuestra vida está así. Con la sensación de que el agua nos va a tragar. No dudemos en invocar a Jesús. En Él está nuestra salvación. Que también cada uno pueda decir, con el salmista:
 Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de todas sus angustias.

jueves, 10 de agosto de 2017

El Cerro, el Verbo y el Pastor


El Cerro, el Verbo y el Pastor

Mons. Julio César Bonino Bonino, Obispo de Tacuarembó, falleció el 8 de agosto. Ha partido un Pastor: padre, hermano y amigo.

En la sala de la casa de Mons. Julio estuvo durante mucho una pintura (sobre cuero, si mal no recuerdo) que representa el cerro Batoví. Al pie del cerro, estaba escrito su lema episcopal: “El Verbo se hizo carne” (1).

Cuando cruzo por Tacuarembó, moviéndome entre mis dos querencias, la del Litoral de mis orígenes y la de la frontera Este de mi presente, siempre que puedo, me desvío unos kilómetros, sobre todo cuando voy con alguien, para contemplar el Batoví.

No somos un país de grandes alturas, pero allí están nuestros cerros, invitándonos a levantar la mirada y a elevar nuestra vida. Nos invitan a trabajar y a pedir de Dios el don para poder realizar la ascensión humana, pasando cada día de “condiciones menos humanas a condiciones más humanas”, hasta alcanzar “la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" (2). Pienso hoy en todas las inquietudes e iniciativas de Julio en favor del desarrollo integral de los departamentos de su Diócesis.

A Abraham, el Padre de los creyentes, Dios se le manifestó como El Sadday, nombre que puede traducirse como “el  Dios de las montañas” o “el Dios de las alturas” (3).

En un momento de desolación como el que estamos viviendo con la partida del Pastor, aunque tengamos el consuelo la Esperanza, brotan desde nuestro corazón las palabras del salmista:

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (4) responde de inmediato el mismo salmo. Aquí reencontramos el lema de Julio: “el Verbo se hizo carne”. El Señor ha enviado su auxilio. Más aún, ha venido Él mismo a socorrernos. El Verbo se hizo carne y armó su carpa entre nosotros. La tienda del nómade, como la de Abraham, pronta a ser desarmada y enrollada para seguir la marcha. La casa de ese peregrino que es cada uno de nosotros en esta tierra.

El Verbo se hizo carne, es decir, asumió nuestra condición humana –en todo, menos en el pecado– para que por su muerte y resurrección se realice lo que nos dice San Pablo: “sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos” (5).

La muerte de toda persona querida nos pone ante el misterio final de nuestra existencia. La muerte del Pastor nos pone ante la incertidumbre, nos abre a los interrogantes sobre lo que vendrá… no sobre quién vendrá, sino sobre el peregrinar del Pueblo de Dios en Tacuarembó y Rivera.

Allí está la oscuridad, la noche oscura del alma que experimentó el mismo Abraham en lo alto del cerro, al caer el sol, en la presencia de El Sadday (6).  El alma se sobresalta, se inquieta, se interroga… y entonces se manifiesta el Verbo “luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (7).

Bajo esa luz, damos gracias por la vida y el testimonio de Julio: el testimonio de su pastoreo, de su acompañamiento, de sus sueños; de su amistad, de su ternura, de sus lágrimas “soy muy llorón, decía” en las que transparentaba todas sus grandes emociones, mucho más que sus tristezas; de sus historias de vida, sus anécdotas llenas de color, de sus gestos… de su amor por la gente, por la tierra, por las raíces de esta cultura del norte uruguayo al que fue enviado este santaluceño que en Tacuarembó y Rivera encontró dos pagos que lo hicieron suyo. Ahora que nos ha dejado, rogamos por él, para que concluya su peregrinación y esté ya en la morada definitiva, en la Casa del Padre.

+ Heriberto, Obispo de Melo

1)  Juan 1,14
2)  Pablo VI, Populorum Progressio, 20-21.
3)  Génesis 17:1 Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto.
Génesis 35:11 Díjole Dios: «Yo soy El Sadday. Sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, una asamblea de pueblos tomará origen de ti y saldrán reyes de tus entrañas.
4)  Salmo 120,1-2.
5)  2 Corintios 5,1
6)  Génesis 15:12 Y sucedió que estando ya el sol para ponerse, cayó sobre Abram un sopor, y de pronto le invadió un gran sobresalto.
7)  Juan 1,9

viernes, 4 de agosto de 2017

Ver el rostro de Dios. La Transfiguración (Mateo 17, 1-9)






¿Qué es la gloria? Los antiguos griegos hablaban de doxa, que, entre otras cosas, llega a significar fama, prestigio, esplendor.

Cuando el Antiguo Testamento se traduce al griego, la palabra que se elige para hablar de la gloria de Dios y de las manifestaciones de esa gloria es ésa: doxa.
Doxa, gloria, expresa el mundo de Dios, la manifestación gloriosa de Dios al final de los tiempos.

En lo humano, “alcanzar la gloria”, es haber hecho algo remarcable, destacado, extraordinario: un triunfo deportivo, producto del esfuerzo, de no entregarse, de remontar resultados adversos, es “glorioso”.
Los Treinta y Tres Orientales, con su cruzada libertadora, con su voluntad de dar libertad a la Patria, son “gloriosos”.
El pequeño Dionisio Díaz, dando su vida para salvar a su hermanita, hizo algo “glorioso”…
Cuando decimos que una persona, que un equipo deportivo, que un grupo de patriotas es “glorioso”, estamos manifestando un reconocimiento.

Ese reconocimiento que da la sociedad a esa acción destacada se expresa de muchas formas: la copa que se entrega al equipo campeón, la memoria de los héroes, los homenajes, los monumentos, los nombres de las calles, de las ciudades… todo eso está expresando que un pueblo reconoce y valora los hechos y las personas como gloriosos.

Cuando, por el contrario, un dictador inaugura escuelas que llevan su nombre y se hace levantar impresionantes monumentos, mientras masacra a su pueblo, verá (si es que queda vivo) como esa gloria pasa, los nombres son cambiados y los monumentos derribados. Así sucede también con un deportista que ha actuado deshonestamente: pierde sus medallas y es borrado de los registros, como aquel ciclista que perdió sus títulos del Tour de Francia cuando debió admitir que había usado drogas para mejorar su rendimiento.

Aquí aparece otra cosa importante: el reconocimiento tiene que ver con la verdad. Sin verdad, no hay auténtica gloria, sino vanagloria, gloria vacía.

¿A dónde vamos con todo esto? A ver bajo este aspecto lo que sucede a Jesús durante su transfiguración.
“Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»”
Este pasaje del Evangelio nos relata un acontecimiento muy particular  en la vida de Jesús. Un hecho enmarcado por la luz:
-    El rostro de Jesús “resplandecía como el sol”
-    “sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”
-    “una nube luminosa los cubrió”
¿Por qué esto es tan particular? Sí, Jesús es el Hijo de Dios, como manifiesta la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy querido”.

Sí, Jesús es Dios. Pero Jesús está entre los hombres. Es Dios hecho hombre. Nada en su apariencia muestra que él sea diferente de otros seres humanos. Sí, es un hombre bueno… pero eso no lo hace divino. Es un ser humano excepcional… pero no es fácil reconocer en el carpintero de Nazaret al Hijo de Dios.

Sin embargo, eso es lo que vislumbran Pedro, Santiago y Juan. San Lucas, contando este mismo episodio, es más directo: “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria” (Lucas 9,32).

Los tres discípulos que ha llevado Jesús están viviendo una experiencia única, algo que en su mundo religioso se conocía como “ver el rostro de Dios”, “ver la Gloria de Dios”. En el Antiguo Testamento, Moisés había pedido a Dios poder verlo: “Te ruego que me muestres tu gloria”. Y Dios respondió “No puedes ver mi rostro, porque nadie puede ver mi rostro y vivir”. (Éxodo 33,19-20). Dios le concede a Moisés ver “su espalda”, pero no su rostro (33,23).

Ahora los tres discípulos están viendo la gloria de Dios. Más aún, oyen la voz de Dios: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»
Los discípulos caen con el rostro en tierra, llenos de temor.
“¿Vamos a morir?” es la pregunta que tal vez se hacen.
Pero Jesús disipa el temor: “Levántense, no tengan miedo”.

Lo que queda ahora, con todo su valor, es la palabra final del Padre: “escúchenlo”.
Jesús sigue con ellos. Sigue con su realidad de hombre, con su rostro tostado por sol y viento, con su túnica de siempre… con su plena humanidad, para seguir enseñando.
Pero esa experiencia ha abierto un horizonte nuevo a sus discípulos. El horizonte de la Gloria. El horizonte de la verdad sobre Dios y la verdad del destino del hombre. Un horizonte que todavía no pueden vislumbrar claramente, pero que comprenderán cuando Jesús “el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

La transfiguración sigue abriendo para nosotros ese horizonte. Sigan resonando también en nuestro corazón la palabra de Jesús y la palabra del Padre: “no teman”. “escúchenlo”. Con el caminemos, con la cruz que nos toque llevar, hacia ese horizonte de resurrección buscando hacer todo para Gloria de Dios.

jueves, 3 de agosto de 2017

P. Miguel Hutchings (9.10.1963 – 1.8.2017)




Cuando yo estaba por venir a Melo, recién nombrado Obispo, Mons. Luis Del Castillo me hizo una rápida semblanza de la Diócesis. Al hablarme del clero, mencionó el nombre del P. Michael Hutchings, nacido en Inglaterra. Con ese nombre y con ese dato yo me hice la idea de un hombre alto, rubio y de ojos celestes… Poco después de llegar, me encontraba yo cenando en la parroquia del Carmen, cuando alguien dijo “llegó Miguel”. Entró al comedor un hombre bajito, moreno, con rasgos asiáticos, vestido de negro, con clergyman… “¿Quién es éste…?” me pregunté. Cuando oí su particular acento, me di cuenta de que Miguel era Michael, el sacerdote inglés.

Ahí descubrí que Michael tenía raíces profundas que venían de la India. Un pueblo con una tradición religiosa milenaria y muy plural, donde también la fe cristiana llegó, según la tradición, desde el comienzo de la predicación apostólica, por medio del apóstol Santo Tomás. También esas raíces se reflejaban en otros detalles de su vida, desde las cosas que le gustaba comer (el curry) o los colores y decorados de su parroquia.

Pero, aún con esas raíces espirituales profundas, Michael venía de Inglaterra. Nació allí el 9 de octubre de 1963 y fue bautizado con el nombre de Miguel, por el arcángel San Miguel. Miguel significa “¿Quién como Dios?”, un nombre que nos recuerda que Dios está por sobre todas las cosas. Miguel es el arcángel que encabeza la lucha de los ángeles contra los demonios: “se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos” (Apocalipsis 12,7-8). Nuestro Padre Miguel sintió la cercanía de su santo patrono en su propia lucha contra el misterio del mal, buscando su ayuda para sanar las heridas más profundas del alma.

Miguel era un católico inglés. Como dijo una vez George Weigel, autor de una extensa biografía de Juan Pablo II, “los católicos somos como los helados: hay de distintos sabores”. Un católico inglés no deja de ser un católico con un sabor especial… es heredero de una larga tradición de santos que alcanzaron allí la santidad o que proyectaron su fe y su misión más allá de la isla. Muchos fueron mártires en tiempos de división de la Iglesia. Hay algunas decenas de ellos, muchos totalmente desconocidos para nosotros, pero recordemos algunos:
San Beda el Venerable (+ 735), de una de cuyas homilías tomo su lema el Papa Francisco.
San Anselmo de Canterbory (+ 1109) benedictino, nacido en Italia, gran filósofo y teólogo.
Santo Tomas Becket (+ 1170) obispo y mártir.
San Simón Stock (+ 1265) general de los carmelitas, que recibió en una visión el escapulario de la Virgen del Carmen.
Santo Tomás Moro (+ 1535) laico y mártir y John Fisher (+ 1535) obispo y mártir.

Viviendo en ese mundo donde ser católico es pertenecer a una minoría y en algunas épocas significó ser considerado como ciudadano de segunda categoría, un católico inglés como Miguel acentuaba aquellos aspectos que son propios de la fe católica, sin olvidar que es ante todo fe cristiana.

Creía profundamente en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Rezaba y recomendaba  rezar de rodillas ante el sagrario.
Creía en la Gracia que conllevan los Sacramentos, que Cristo nos dejó para que nos encontráramos con Él y distribuía generosamente el agua del bautismo.
Veneraba a los santos y a su Reina, la Madre del Señor. Su ordenación sacerdotal fue el 8 de noviembre de 2008, fiesta de Nuestra Señora de los Treinta y Tres. Jugó con el nombre de Melo, tomando la M para decir María y agregando luego “Eterna Luz Oriental”, con el deseo de que ella fuera para todos los que vivimos en esta ciudad “capitana y guía”, “estrella del mar”, como la Virgen del Carmen, luz que nos guíe en el viaje de nuestra vida.
Guardaba con cariño las reliquias de santos y beatos (“en Londres tengo todavía reliquias como para una basílica”, decía). Las ponía también a disposición de los demás cuando era necesario y en más de un altar de nuestras iglesias están presentes. Tenía especial devoción por algunos, como Santa Faustina Kowalska y a San Pío de Pietrelcina, pero no dejaba de sorprendernos un día sí y otro también con la evocación de algunos desconocidos para nosotros.
Estaba interesado por el proceso de beatificación y canonización de Mons. Jacinto Vera, el primer Obispo del Uruguay y compartía el deseo de los católicos uruguayos de que un día tuviéramos en los altares a este pastor misionero y santo.

Alguien me ha recordado que tenía una voz maravillosa. Maravillosa y, como suele decirse, cultivada. Sabía cantar muy bellamente.

No era fácil entender a Miguel cuando hablaba. Ya habíamos tenido la experiencia con el P. Thomas, (sacerdote escocés que estuvo más de 25 años en nuestra diócesis y que está ahora en su tierra). El primer contacto de Miguel con una lengua latina había sido con el italiano, cuando estudiaba en Roma, y le quedó mucho de la lengua del Dante. Por ejemplo, no decía "bautismo" sino battesimo. En los verbos en infinitivo, agregaba una "e": celebrare, en vez de "celebrar"... Una vez le dije “Tú hablas un italiano castellanizado con acento inglés”. Él tomó mis palabras con su habitual buen humor. Se rio y me dijo that’s right, correcto.

Santo Tomás Moro, que he mencionado antes, fue un santo con un marcado sentido del humor. Él pedía a Dios “la gracia de no dejar de entender un chiste” y proclamaba “bienaventurados a los que saben reírse de sí mismos porque nunca tendrán ocasión de aburrirse”.

Miguel tenía ese toque de humor; esa capacidad de reírse de sí mismo y ese humor inglés con el que prohibía a sus feligresas mayores morirse mientras él estuviera de vacaciones. Dos horas antes de su fallecimiento me envió un mensaje, su último mensaje, con ese tono tan suyo… “Hola Monseñor. Estoy en el Americano. Tengo un infarto. Hmm, qué linda vacación. Obvio no voy al aeropuerto”.

No, no fue al aeropuerto, pero levantó un vuelo más alto. No se fue de vacaciones. O sí: encontró las vacaciones más maravillosas. Se fue a descansar en la Casa del Padre, contemplando para siempre el rostro luminoso del resucitado, el rostro que él supo ver en cada Hostia consagrada.

Miguel me contó de cuando estuvo solo en Aceguá, parroquia en la frontera con Brasil, supliendo al P.  Thomas. Visitó casa por casa la gente, ofreciendo con sencillez la pobreza de no poder expresarse en la lengua con que lo recibían. Pero como dijo una vez Mons. Cáceres, hablando de Thomas, hay algo en ellos que hace posible entenderlos en un nivel más profundo, hablan el lenguaje de la amistad.

No es por otra cosa que el 2 de agosto, en la Misa de cuerpo presente que precedió a su entierro, la Catedral de Melo estuvo completamente llena: porque encontramos en el Padre Miguel alguien que vivió con integridad y entrega el amor a Dios y el amor al prójimo.

Allí estuvieron quienes lo fueron a buscar y lo encontraron, los que recibieron paz y consuelo, los que recibieron el agua del bautismo, los que recibimos –porque yo también me confesé con él- la absolución de nuestros pecados, en fin… todos los que encontramos en él alguien profundamente querible, que nos hacía sentir la cercanía de Dios.

Unidos, todos rezamos para que Miguel estuviera ya en la feliz compañía del Señor, de su Madre y de sus queridos santos. Todos esperamos que nos recuerde allí, que interceda por nosotros, mientras aquí lo seguiremos recordando.
+ Heriberto, Obispo de Melo

viernes, 28 de julio de 2017

El Tesoro de la Sabiduría (Mateo 13, 44-52)

El Sueño de Salomón (Luca Giordano).




“Un tesoro escondido” nos hace pensar en historias de piratas… un cofre que guarda monedas de oro, piedras preciosas, joyas… El cofre era enterrado en un lugar, se hacía un plano que conducía a él. Ese plano se convertía también en una valiosa pieza de papel, aunque a veces solo contenía una ilusión.
La tierra donde vivió Jesús fue siempre –y desgraciadamente, sigue siendo– un lugar de guerras y conflictos. Siglos antes de Jesús, las grandes potencias de la época: Egipto y Mesopotamia, enfrentaban sus ejércitos, cruzando por esa tierra que estaba en el medio. Cuando el peligro amenazaba, aquellos que tenían algo de valor lo escondían. Enterraban sus monedas y sus joyas guardadas en una vasija de arcilla. A veces pasaba demasiado tiempo, se olvidaba el lugar, o moría la persona que conocía el secreto… y entonces podía suceder lo que cuenta Jesús en esta pequeña parábola:
«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.»
Cuando un granito de arena se introduce dentro de la caparazón de una ostra, este animal marítimo no tiene forma de retirar esa presencia molesta. Sin embargo, su cuerpo puede producir una sustancia llamada nácar, con la que va recubriendo el cuerpo extraño. Ese proceso continúa a lo largo de años, a veces hasta diez, cubriendo totalmente el objeto con una o dos capas de nácar. Se ha formado una perla.

El valor de una perla está dado por su forma (una esfera perfecta, por ejemplo), por la rareza de su color (casi toda la gama del blanco al negro) y por su tamaño.
Cronistas de la antigüedad nos dejaron noticias de algunas perlas muy valiosas, que estuvieron en manos de personajes famosos. Julio César regaló a Sempronia, madre de su futuro asesino Bruto, una perla que valía un millón y medio de denarios. El denario era la moneda con la que se pagaba el jornal, lo que nos da una idea… La famosa reina Cleopatra de Egipto tenía una perla valorada en 25 millones de denarios…

Esto es el telón de fondo de esta otra parábola que Jesús cuenta junto a la del tesoro escondido:
«El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.»
Las dos parábolas dan la misma idea. Alguien ha encontrado algo muy valioso. Ese hallazgo le da una gran alegría. Movido por esa alegría, por esa felicidad tan grande, deja todo lo que hasta ahora ha sido valioso para él, para quedarse con lo que ha encontrado.

Ahora, ¿Cuál es ese tesoro? ¿Qué representa esa perla fina?

La primera lectura que escuchamos en las misas de este domingo, tomada del Primer libro de los Reyes (3, 5-6a. 7-12) nos da una clave. Tenemos allí al joven Salomón, que está por comenzar su reinado. Dios se le aparece en la noche y le dice que puede pedir lo que quiera.
¿Qué se le puede pedir a Dios, sino lo más valioso? ¿Y qué es lo más valioso para un rey? ¿Una larga vida? ¿Riquezas? ¿La muerte de sus enemigos? No. Nada de eso. Esta es la oración de Salomón.
«Señor, Dios mío,
has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David,
a mí, que soy apenas un muchacho y no sé valerme por mí mismo.
Tu servidor está en medio de tu pueblo,
el que Tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular.
Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo,
para juzgar a tu pueblo,
para discernir entre el bien y el mal.
De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?»
Salomón pide la sabiduría “para juzgar”. El rey tenía, entre otras, esa función: hacer justicia, intervenir en los diferentes conflictos que podían darse entre sus súbditos. Salomón pide discernir entre el bien y el mal y, a la vez, tener un corazón comprensivo.

Esa oración de Salomón inspiró al autor del libro de la Sabiduría, el más nuevo de los libros del Antiguo Testamento, escrito entre 50 y 30 años antes del nacimiento de Cristo. En el libro de la Sabiduría se pone en boca de Salomón una oración más desarrollada (Sb 9,1-6.9-11). Allí se pide la sabiduría no como una cualidad humana, sino como algo que viene de Dios mismo:
9 “Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos.”
4 “Dame la sabiduría asistente de tu trono”
6 “Porque aunque uno sea perfecto
entre los hijos de los hombres,
sin la sabiduría, que procede de ti,
será estimado en nada.”
10 Mándala desde tus santos cielos,
y de tu trono de gloria envíala,
para que me asista en mis trabajos
y venga yo a saber lo que te es grato.
11 Porque ella conoce y entiende todas las cosas,
y me guiará prudentemente en mis obras,
y me guardará en su esplendor.
La Sabiduría es presentada no sólo como un atributo de Dios, como decir “Dios es sabio”, sino como una persona, Alguien que está al lado de Dios, que lo asiste en sus trabajos.
Leyendo el libro de la Sabiduría, los cristianos vieron en la Sabiduría el anuncio de Jesucristo:
Jesucristo, Palabra eterna del Padre, por la cual se hizo todo lo que existe (Juan 1,1-3), Palabra de Vida (1 Jn 1,1)
Jesucristo, sabiduría de Dios (1 Co 1,24.30)
Jesucristo, imagen de Dios invisible (Col 1,15)
Jesucristo, resplandor de la gloria del Padre… que sostiene todo con su palabra poderosa (Heb 1,3)
Ahí está el tesoro escondido, la perla fina: la sabiduría que viene de Dios. La sabiduría que encontramos en la persona misma de Jesucristo. No dejemos de pedirla… y recibirla con la misma alegría que el hombre que encontró el tesoro, porque hemos encontrado el tesoro más grande.

jueves, 20 de julio de 2017

La marihuana, la vida, la familia y los amigos.


Las leyes de un país buscan muchas veces resolver los conflictos y problemas de la sociedad a través de acuerdos trabajosos, donde se busca armonizar en lo posible distintas maneras de pensar, de modo de llegar a algo aceptable para todos o al menos para una mayoría.

El hecho de que algo se convierta en legal no significa que sea bueno. A veces es la forma de resolver un problema social, aún sabiendo que no es una solución perfecta, porque humanamente no la hay o es difícil encontrarla, y por eso no es posible conformar a todos.

¿Son cosas buenas el divorcio, el aborto, la prostitución, el juego de azar, el alcohol, el tabaco y ahora la marihuana? Detrás de cada una de estas palabras podemos encontrar muchas veces realidades muy dolorosas, que han destrozado vida de familias y personas.

Hace cinco años, cuando se estaba discutiendo la regulación del consumo de marihuana en el Uruguay, la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay hizo una declaración en la que señalaba los diferentes daños que puede traer el consumo de marihuana en sus distintas formas, sea el consumo intenso en un momento dado (intoxicación aguda), el uso frecuente o la dependencia ya instalada. Vale la pena leerla detenidamente. Es breve y clara. (Sociedad de Psiquiatría del Uruguay y Sociedad de Psiquiatría de Infancia y Adolescencia ante el proyecto de legalizar la venta de la marihuana).

Hace poco, hablando con un médico joven, éste me hizo una confidencia “no puedo entender a una persona adicta… no me cabe en la cabeza, no entiendo porqué hace eso”.

Me sorprendió ese desconcierto, pero cuando me puse a pensar cómo se podía responder, cómo se podía explicar, me encontré yo mismo con que no es fácil. Es realmente muy complejo, hay muchas causas… cada historia es diferente.

Historias diferentes, pero en el fondo hay siempre un vacío que se trata de llenar, una herida siempre abierta, un dolor que se trata de olvidar. Hace poco teníamos los datos de suicidio en Uruguay. Una cifra muy alarmante, más de lo que parece, porque para llegar a esa cifra hay muchos más intentos.

El dolor más profundo es sentir que la vida no tiene sentido y que de alguna u otra forma hay que huir de ella. Ya no vale la pena vivir...

En la Diócesis de Melo tenemos dos centros de recuperación de adictos de Fazenda de la Esperanza. Lo que se busca allí no es simplemente dejar de consumir: es reencontrar un sentido de la vida. Creo que ésa es la buena dirección que entre todos tenemos que buscar: ayudar a que la vida de cada persona tenga sentido, valga la pena.

Hace muchos años, en un encuentro de jóvenes se les preguntó cuáles eran las tres cosas que no querían perder de ninguna manera. La mayoría respondió: “la vida, la familia, los amigos”. ¿Qué responderían hoy los jóvenes? En definitiva: ¿cuál es el horizonte que los adultos les mostramos a los jóvenes? Busquemos entre todos la forma de que la vida, la familia y los amigos sean algo que valga la pena y que ellos (ni nosotros) queramos perder, de ninguna manera.

miércoles, 19 de julio de 2017

Grano de mostaza, puñado de levadura... la fuerza de lo pequeño

Semillas de mostaza





Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo A.

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas». (Mateo 13,31-32)
El grano de mostaza es, efectivamente, pequeño. Más pequeño, por supuesto, que un grano de maíz o aún que un grano de trigo chico. Mide entre 1 y 2 milímetros.

Jesús nos trasmite su propia admiración ante el potencial de esa pequeña semilla de la que, sin embargo, nace un arbusto grande. No un árbol, pero si un arbusto lo suficientemente frondoso para que las aves del cielo hagan en él sus nidos.

También dice Jesús:
«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.» (Mateo 13,33)
Todo esto para decirnos cómo cosas pequeñas pueden ser el comienzo de transformaciones grandes.
Jesús ve esto mirando el camino de fe de su pueblo… El Pueblo de Dios, el pueblo que Dios eligió y fue formando a lo largo de siglos comenzó con una pareja: Abraham, “el padre de los creyentes” y su esposa Sara. No era una pareja de jóvenes esposos: al contrario. Mayores los dos y sin hijos. Pero creyeron en la promesa de Dios: tendrían una numerosa descendencia. La Carta a los Hebreos lo resume de esta forma:
“Por la fe, también Sara recibió, aun fuera de la edad apropiada, vigor para ser madre, pues tuvo como digno de fe al que se lo prometía. Por lo cual también de uno solo y ya gastado [Abraham] nacieron hijos, numerosos como las estrellas del cielo, incontables como las arenas de las orillas del mar.” (Hebreos 11,11-12)
La fuerza de lo pequeño no viene de la pequeñez en sí, de la insignificancia de las cantidades, sino de lo que hay dentro. La semilla de mostaza produce la planta grande, porque todo lo que se desarrollará ya está allí, en potencia, dentro del grano. El puñado de levadura actuará porque tiene esa capacidad… no tendrá el mismo efecto una pequeña cantidad de otra sustancia, que tal vez arruine lo que se cocina. La fuerza de Abraham y Sara está en su fe. Creyeron en la promesa de Dios. Fueron padres de un gran Pueblo.

Siglos después, el gran Pueblo se desarma… los hombres abandonan a su Dios, rompen la alianza, son invadidos, conquistados, se dispersan… muchos pierden la fe, se mezclan con otros pueblos, adoran otros dioses… pero queda “un pequeño resto”, un resto fiel. Con ellos Dios volverá a empezar desde lo pequeño.

“Un resto volverá, el resto de Jacob, al Dios poderoso” anuncia el profeta Isaías. (Isaías 20,21)
En ese “pequeño resto” que se mantiene fiel en la fe, que confía en las promesas de Dios, que espera la llegada del Mesías, tenemos que ubicar a una jovencita de Nazaret comprometida con un hombre llamado José… María reconoce que Dios “ha puesto sus ojos en la pequeñez de su esclava” (Lucas 1,48).

El Sí de María al proyecto de Dios hace posible que el Hijo de Dios se forme dentro de ella y ella lo dé a luz. Ese Sí ha sido preparado por la esperanza, sostenida a lo largo de siglos, por aquellos que no abandonaron la fe.

Jesús mismo comienza formando un pequeño grupo. Reúne a los Doce de a poco, partiendo de aquellos cuatro pescadores: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Los cuatro llamados a ser “pescadores de hombres”. A ellos se agregan los que completan el número de Doce.

Después, cuando la palabra y las obras de Jesús convocan multitudes: “5.000 hombres, sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14,21), Jesús hace formar grupos “de a cien y de a cincuenta” (Mc 6,40). El grupo más pequeño acerca a las personas. Hace que se conozcan o aún que se reconozcan, encontrando conocidos comunes, parentescos… se crea cercanía, se establecen vínculos… la comunidad grande se va haciendo “un edificio bien trabado” donde es posible el trato fraterno.

Los grandes encuentros católicos como las Jornadas Mundiales de la Juventud, la multitud que se hace presente en las audiencias generales del Papa cada miércoles, las misas multitudinarias como la que hace 30 años tuvimos en Tres Cruces con san Juan Pablo II, nos hacen bien, pero no dejan de ser momentos extraordinarios.

Lo pequeño no es sólo comienzo… los grupos, las pequeñas comunidades: (comunidades eclesiales de base, grupos de cursillistas, grupos bíblicos, grupos de oración) son necesarios para sostener la fe, encender la esperanza, animar la caridad.
Son necesarios para que crezca en la Iglesia la vida fraterna, la vida de oración, el servicio, la misión.
Pero la fuerza de esos pequeños grupos para ser grano de mostaza o levadura en la masa no está en ningún otro lugar que no sea el mismo Jesucristo vivo.

En otro lugar del Evangelio, Jesús vuelve a hablar del grano de mostaza, como imagen de una fe que mueve montañas:
“Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: “Trasládate de aquí para allá”, y se trasladará. Para ustedes nada será imposible. (Mateo 17,20)
Esa palabra de Jesús inspira esta canción:

miércoles, 12 de julio de 2017

El sembrador "pródigo" (Mateo 13,3-9). XV Domingo del Tiempo Ordinario.






La parábola del hijo pródigo es tal vez la más conocida del Evangelio.
Lo curioso es que mucha gente no sabe exactamente qué quiere decir pródigo.
Hace tiempo, yo mismo pensaba que tenía que ver con esa vuelta del hijo a la casa del padre, con haber tenido el coraje de volver, con arrepentimiento y humildad, después de haberse ido de aquella manera, pidiendo su parte de la herencia, como si su padre se hubiera muerto.
Pero un día, el diccionario me sacó del error. Pródigo es la persona “que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón.” O sea, el hijo pródigo lo fue en esa primera etapa, en la que gastó todo lo que se había llevado.
El diccionario, también, le da un sentido positivo a la palabra, y de esa forma hablamos de Naturaleza pródiga, es decir “que tiene o produce gran cantidad de algo”.
Pero nuestra parábola de hoy no es el hijo pródigo. Es la parábola del sembrador, y podríamos llamarla del “sembrador pródigo”
Sembrador pródigo, porque ¡hay que ver como este hombre echa la semilla!
Todo el que siembra sabe lo que cuesta… pero a éste parece no importarle:

«El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

Así es. El sembrador va lanzando la semilla por lugares donde ya se puede ver que no va a funcionar, pero siembra igualmente.

En realidad, más que pródigo o derrochón, este sembrador es generoso.
Porque es el mismo Jesús el que siembra.
La semilla es la Palabra de Dios, que encuentra diferentes terrenos.
A veces cae en tierra buena y germina, a veces cae en terrenos malos, y entonces no. Se pierde.

Cuando Jesús comienza su misión, al poco tiempo lo sigue mucha gente. En algunos momentos hasta tiene que retirarse con sus discípulos “porque era tanta la gente que iba y venía que no tenían tiempo ni para comer”. A la gente le gusta lo que dice Jesús, se llenan de admiración; su poder sanador atrae muchísima gente, le llevan sus enfermos…

Pero, poco a poco, algunos se van dando cuenta de que seguir a Jesús tiene exigencias. En el programa pasado hablamos de la cruz… Jesús tiene una propuesta de vida. Seguirlo supone desprendimientos profundos… no renunciar a esto o a aquello, sino un desprendimiento de sí mismo, del propio egoísmo, para abrirse al amor a Dios y al prójimo en verdad, en profundidad.

Llega un momento en que una multitud abandona a Jesús y Él llega a preguntarles a sus discípulos “¿también ustedes quieren marcharse?”. Entonces Pedro responde: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. La semilla, la Palabra de Dios, encontró tierra buena.
Por eso Jesús sigue sembrando, con el realismo y la confianza de un campesino de Galilea. Todo aquel que sembraba sabía que una parte de lo sembrado se perdería, en aquellos terrenos tan desiguales. Pero no dejaba de sembrar: lo importante era la cosecha que se obtendría.

Prestemos atención al final de la parábola. Allí se nos dan datos del rendimiento de lo que cayó en tierra buena.

Vamos a mirar algunos datos de la siembra y el rendimiento del trigo en el Uruguay, para poder entender mejor el final de la parábola.
Hoy en día se trata de sembrar de forma inteligente: no tanta semilla, sino semilla bien distribuida. Si con menos cantidad, por lo tanto menos kilos de semilla, sacamos una cosecha mayor, el rendimiento es grande.

Pero como acá estamos con un sembrador “pródigo”, vamos a ver cómo le iría en el Uruguay.
En Uruguay, una siembra exagerada, como la de nuestro “sembrador pródigo”, sería sembrar unas 400 semillas por metro cuadrado. Muchísimo. Suponiendo que sean semillas grandes, de unos 40 gramos, eso daría 160 kilos por hectárea.

¿Qué rendimiento se puede esperar?
A comienzos de los años 60, se sacaba menos de 1.000 kilos por hectárea. (Aunque no sé cuánta semilla se sembraba). Hoy en día un rendimiento normal son 3.500 kilos por hectárea.

Si ésa fuera nuestra cosecha de 160 kilos de semilla, eso nos daría un rendimiento de 22 por 1.
22 kilos de grano de trigo por cada kilo de semilla.
Vamos ahora a un rendimiento que se considera excepcional: 4.500 kilos por hectárea.
Si esa fuera nuestra cosecha, siempre con 160 kilos sembrados, estaríamos en el 28 por 1.

¿Y cuál es el rinde del sembrador pródigo? Jesús nos dice que es variado.
Otras semillas “cayeron en tierra buena y dieron fruto:
unas cien, otras sesenta, otras treinta.”

Cien por uno, es un rendimiento impresionante. Si lo sembrado hubiera sido 160 kg, sería una cosecha de 16.000 kg por hectárea.
El sesenta por uno sería 9.600 kg.
Y lo menor que se recogió, el 30 por uno, serían 4.800 kg por hectárea. Estaríamos en un rendimiento excepcional…

Los rindes de que habla Jesús están por afuera de cualquier estadística de producción. Mucho más si pensamos en un agricultor de Galilea de hace 2.000 años.
Lo que Jesús quiere trasmitir es su fe inquebrantable en que el proyecto de Dios no fracasará. No hay que ceder al desaliento. Hay que seguir sembrando. Al final habrá cosecha abundante. Lo importante es la cosecha final. No faltan obstáculos y resistencias, pero la fuerza de Dios dará su fruto. Por eso, seguir sembrando. Generosamente.

sábado, 8 de julio de 2017

Descansar en Jesús (Mateo 11,25-30). XIV Domingo del Tiempo Ordinario






Hay muchas formas de cansancio… el cansancio físico y el cansancio mental son los que más conocemos. Cuando no sobrepasan ciertos límites, se arreglan descansando. El sueño reparador nos deja como nuevos. A veces, en el día, alcanza con un cambio de actividad.

Pero hay cansancios que van más allá. Desde hace años nos hemos acostumbrado a convivir con lo que, en forma negativa, llamamos estrés … en realidad, el estrés es una reacción del organismo, una especie de aceleración intensa que nos ayuda a enfrentar una situación difícil, una amenaza, una exigencia. El problema está cuando lo que es bueno para un plazo corto, se instala, como una aceleración permanente… entonces vivimos en ansiedad, irritabilidad, enojo… y luego, un total agotamiento.

Roberto Almada, un médico psiquiatra, desde hace poco también sacerdote, miembro del movimiento de los Focolares, escribió un libro titulado “El cansancio de los buenos”. En él analiza lo que se llama el burn out, o “síndrome del quemado”, que alcanza, a veces en forma trágica, a personas que están en el campo del servicio al prójimo: personal de la salud, de la educación, del trabajo social; también sacerdotes, religiosas… personas que, en esa situación, pierden la motivación que ha orientado su vida y comienzan a hacer su tarea de una forma rutinaria, tediosa, despersonalizada; se culpabilizan, se frustran… para finalmente abandonar todo o enfermarse al punto de ya no ser capaces de hacer nada, porque nada tiene sentido. Han perdido lo fundamental: lo que da sentido a la vida.

Podríamos decir, entonces, que junto al cansancio físico y al cansancio mental, hay también un cansancio espiritual.

Lo veo muchas veces en las personas que dicen cosas como “no sé para que trabajé, para que me sacrifiqué… no entiendo por qué me va mal, si siempre traté de hacer las cosas bien… no entiendo qué hice mal… no sé lo que está pasando, por qué el mundo está así… se han perdido todos los valores…”

De una manera magistral describe una de las formas de cansancio espiritual el novelista católico francés Georges Bernanos, en su “Diario de un curato de campaña” o "Diario de un cura rural":
Me repito a menudo que el mundo se halla consumido por el tedio (l’ennui). Claro que hay  que reflexionar un poco para darse cuenta de ello, pues no se comprende de buenas a primeras. El aburrimiento es algo semejante al polvo. Vamos y venimos sin verlo, respirándolo, comiéndolo y bebiéndolo. Es tan fino, tan tenue, que ni siquiera cruje al ser masticado. Sin embargo, basta detenerse unos instantes para que recubra el rostro, el  cuerpo, las manos. Hay que moverse sin cesar para sacudir esa lluvia de ceniza y acaso sea ésta la causa de que el mundo se halle tan agitado.
(…)
El tedio lo devora todo ante nuestra vista y nos sentimos incapaces de hacer nada. Acaso algún día nos alcance el contagio y descubramos en nosotros mismos ese cáncer. Es posible vivir mucho tiempo teniéndolo latente en el interior.
Es verdad que muchas veces tenemos que ser sinceros con nosotros mismos y no cerrar los ojos ante nuestros propios errores y pecados, que pueden haber sido causa de situaciones que estamos viviendo. Ubicar toda la culpa en los demás y pretender que no tenemos nada que ver con lo que pasa suele ser negación, autoengaño.

Pero también es verdad que muchas veces nos preguntamos de qué sirve haber sido honestos, haber sido fieles, haber cumplido la palabra, haber dicho la verdad… es decir, haber creído en determinados valores, haber apostado por ellos y ver cómo para mucha gente no significan nada.

En el Evangelio que escuchamos este domingo, Jesús dice una palabra especialmente consoladora:
“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los haré descansar.”
Jesús se hace cargo de la situación que estamos viviendo, de esa aflicción, de ese agobio espiritual, de esa desilusión y nos promete alivio y descanso.

En el mensaje de la Biblia, el descanso y la promesa del descanso tienen un lugar muy importante. Tan importante, que se dice que el mismo Dios “descansó” al terminar su obra creadora. Eso es interesante, porque no podemos imaginar que Dios se canse… cansarse es humano, cansarse no es divino.

El descanso de Dios es contemplar su obra. Dios ha creado el universo como obra de su amor y disfruta en la contemplación de su creación. En el relato de la creación cada día concluye con esta expresión: “y vio Dios que era bueno”, es decir, que lo que había creado era bueno. Y al sexto día, cuando concluye su obra creando al varón y a la mujer, sube la nota: “y vio Dios que era muy bueno”.

El séptimo día, el sábado, Dios descansó. Y a partir de ahí entregó al hombre ese día para su descanso. No sólo para el descanso físico o mental: también para el descanso espiritual. Para el encuentro con Dios, para el encuentro con los afectos: con la familia, con los amigos…

Con la Resurrección de Jesús, ese descanso del sábado se continúa y culmina en el Domingo, primer día de la semana, Día del Señor.

Pero así como Dios al final de cada día se detiene a contemplar su obra, también nosotros necesitamos, cada día, ese tiempo de reposo, de meditación, de oración, de desconexión de todo lo que nos dispersa, para conectarnos con nosotros mismos, con quienes queremos… y con Dios.

Cuando rezamos por una persona que ha fallecido, pedimos “por su eterno descanso”. Mirando al descanso de Dios, no creo que lo que nos espere sea una especie de “sueño eterno”, donde apenas sobreviva el alma como una sombra, aletargada e inconsciente, como creían los griegos. Jesús nos ha prometido “vida eterna”, “vida en plenitud”.

Cuando en nuestro camino por la vida logramos de verdad “descansar en Jesús”, estamos pregustando, saboreando por un momento, esa eternidad junto a Él.

Sin embargo, mientras caminamos por esta vida, no olvidemos el llamado que Dios hace por medio del profeta Jeremías:
“Así dice el Señor: Párense en los caminos y miren. Pregunten por los senderos antiguos cuál es el buen camino, y vayan por él; y encontrarán descanso para sus almas”. (Jeremías 6,16)
El texto sigue, diciendo que la respuesta de la gente fue “no vamos”.
Hoy, es el mismo Jesús quien nos dice “vengan a mí y encontrarán descanso”… ¿vamos?