Intenciones del Papa para el mes de julio 2016
- Para que sean respetados los pueblos indígenas amenazados en su identidad y hasta en su misma existencia.
- Para que la Iglesia de América Latina y el Caribe, a través de la misión continental, anuncie con ímpetu y entusiasmo renovado el Evangelio.





domingo, 17 de julio de 2016

Enfoques dominicales - En casa de Marta y María

Jan Vermeer: Cristo en casa de Marta y María

Visitando a la tía Eleodora

Mis hermanos y yo recordamos que, cuando éramos chicos, en Young, íbamos a veces a visitar a nuestra tía Eleodora. Ella y su esposo, el tío Toto, no habían podido tener hijos. No sé si ella creía aquellos que se dice: “al que Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos”, porque no era raro que, cuando llegábamos su saludo era algo como esto: “llegan ahora, justo cuando termino de lavar los pisos”. O sea, nuestra visita caía siempre como inoportuna. Por suerte, como niños, teníamos cierta inmunidad frente a esas cosas, pasábamos muy orondos, le dábamos un beso y la tía nos mostraba su otra cara, yendo a buscar algunas frutillas de su quinta para nosotros, o convidándonos con el pan casero que ella hacía en su horno de primus.
A veces, nuestra manera de recibir a los demás es un poco contradictoria.
La llegada de la visita, o del que llega pero no es “visita” nos desacomoda.
Nos saca de nuestro plan de vida, de nuestra organización, nos desconcentra…
Por eso, cada vez la visita es menos espontánea; la organizamos, la comunicamos… no podemos caer de sorpresa, de pasada…

"Cayendo" de visita: la travesura del Papa Francisco

Días atrás el Papa Francisco hizo un gesto de ese tipo. Salió para ir al dentista y, antes de volver al Vaticano, le pidió al chofer que lo llevara hasta la sede de la Comisión para América Latina, que está a cargo de un uruguayo, el Dr. Guzmán Carriquiry. Y por allí “cayó” Francisco, a charlar un poco, y después se quedó a tomar un café con los funcionarios.
Muchos lo han comentado como una “travesura” del Papa. Tal vez hay que leerlo como un gesto profético, una invitación a una mayor espontaneidad en las relaciones humanas, que se van encerrando en rígidas agendas o rutinas.


La visita en el campo: un acontecimiento

Lectura del libro del Génesis (18, 1-10a).
El Señor se apareció a Abraham junto al encinar de Mamré, mientras él estaba sentado a la entrada de su carpa, a la hora de más calor. Alzando los ojos, divisó a tres hombres que estaban parados cerca de él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la entrada de la carpa y se inclinó hasta el suelo, diciendo: “Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor. Yo haré que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a la sombra del árbol. Mientras tanto, iré a buscar un trozo de pan, para que ustedes reparen sus fuerzas antes de seguir adelante. ¡Por algo han pasado junto a su servidor!”. Ellos respondieron: “Está bien. Puedes hacer lo que dijiste”. Abraham fue rápidamente a la carpa donde estaba Sara y le dijo: “¡Pronto! Toma tres medidas de la mejor harina, amásalas y prepara unas tortas”. Después fue corriendo hasta el corral, eligió un ternero tierno y bien cebado, y lo entregó a su sirviente, que de inmediato se puso a prepararlo. Luego tomó cuajada, leche y el ternero ya preparado, y se los sirvió. Mientras comían, él se quedó de pie al lado de ellos, debajo del árbol. Ellos le preguntaron: “¿Dónde está Sara, tu mujer?”. “Ahí en la carpa”, les respondió. Entonces uno de ellos le dijo: “Volveré a verte sin falta en el año entrante, y para ese entonces Sara habrá tenido un hijo”.
Palabra de Dios.

La Palabra de Dios de este domingo nos pone frente a diferentes formas de recibir a una visita.
En la primera lectura, nos transportamos a un escenario parecido al que podríamos encontrar en nuestra campaña. Estamos lejos de la vida de una ciudad, donde nos encontramos a lo largo del día con muchas personas diferentes, en una relación muchas veces de anonimato, y a veces con ganas de un remanso de intimidad o de liso y llano aislamiento.
No. Aquí estamos en el campamento de Abraham, que vive con su clan, un grupo reducido de personas, cuidando sus rebaños… pocos viajeros pasan por el camino. La llegada de viajeros es un acontecimiento. Abraham ve a tres hombres que pasan y corre hacia ellos y les pide que no pasen de largo. Les ofrece su hospitalidad, les prepara comida. Él, que es el jefe de familia, no delega a ningún servidor para atender a los huéspedes. Él mismo se queda de pie, al lado de ellos, atento a cualquier cosa que fuera necesaria.
¿Por qué hace eso Abraham? Porque esa visita es para él y su gente un regalo de Dios
Y Dios se manifiesta a través de esos viajeros. Abraham recibe de ellos el anuncio de que un cambio sobrevendrá en su vida: él y su esposa tendrán finalmente el hijo que tanto han deseado y buscado a lo largo de años.

La visita de Dios

Este relato que está en el primer libro de la Biblia nos presenta algo que se seguirá repitiendo. Dios se revela, se manifiesta a los hombres a través de todas las circunstancias y situaciones de la vida; pero Dios se manifiesta de una manera privilegiada a través de las personas. A Dios le gusta hablar al hombre por medio de otro hombre, le gusta actuar en la vida humana mediante otras personas. Él es Dios; pero se vale de un intermediario humano.
En ese sentido, cada encuentro con el otro, con el que nos visita, con el que pasa por nuestra vida, es también una oportunidad de encuentro conmigo mismo y de encuentro con Dios.
El pasado 11 de julio recordamos a San Benito de Nursia, fundador de los monjes benedictinos, que se han distinguido siempre por su hospitalidad.
Un monje benedictino decía algo que se puede aplicar tanto a las personas con las que convivimos y nos encontramos todos los días, como aquellos que a veces nos acompañan en un tramo de nuestro camino:
“Alguien que es totalmente diferente de ti camina junto a ti,
y parece que no es nada útil para ti;
y a pesar de todo, tú has sido confiado a él, y él a ti,
para que se encuentren el uno al otro,
y el uno se convierta en don para el otro,
cada uno para la salvación del otro”.
(Rapahel Hombach OSB)

Acción y contemplación

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (10, 38-42)
Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.
Palabra del Señor.


Y bien, esto es lo que viven Marta y María, tal como nos lo cuenta el Evangelio que escuchamos en las Misas de hoy.
A través de su visita, estas dos hermanas reciben a Dios, en la persona de su Hijo, el hombre Jesús de Nazaret.
Las dos hermanas lo reciben, pero la actitud es diferente. Marta se desvive por tener la casa en orden. No es como mi tía Eleodora, que recién había terminado de lavar los pisos cuando llegaba la visita; parece que Marta está lavando los pisos, está cocinando, está haciendo de “mujer orquesta” para que todo esté impecable…
En cambio, María se sienta a los pies de Jesús.
Nosotros no captamos toda la importancia que tiene ese gesto.
A los pies del Maestro se sientan los discípulos.
María recibe a Jesús como Maestro, se sienta ante Él como discípula, con los oídos y el corazón abiertos para que no se escape nada de lo que Jesús le puede comunicar.
Por eso Jesús dice que María ha elegido la parte más importante.
Sin embargo, la enseñanza de este pasaje del Evangelio no es oponer la acción y la oración, el arremangarnos y ponernos a la obra, frente a la meditación de la Palabra de Dios. El Papa Francisco, comentando este pasaje, dice:
“…la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo, no son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía.”
El problema de Marta es que consideró esencial lo que estaba haciendo. Se dejó absorber por las cosas que había que hacer.
En cambio, la fuente principal de nuestra acción como cristianos, la fuente de nuestro servicio al prójimo está en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios. Eso es lo que está haciendo Marta: está cayendo en el “activismo”, desconectada de la fuente. Y cuando uno se desconecta de la fuente, si no se conecta de nuevo, se seca, se queda sin agua.
María, a los pies de Jesús, está bebiendo de la fuente. Ella es quien lo está recibiendo profundamente.
Podríamos decir también: Marta quiere “alimentar” a Jesús, y no piensa que Jesús quiere alimentarla a ella.
María, en cambio, está recibiendo de Jesús el alimento que le dará las fuerzas para trabajar en servicio de su prójimo.

domingo, 10 de julio de 2016

Enfoques Dominicales - ¿Quién es mi prójimo?

El buen samaritano (1880),
obra de Aimé Nicolas Morot (1850–1913).
Este domingo no fue emitido Enfoques Dominicales por razones de programación de La Voz de Melo. No obstante, les dejamos aquí una reflexión sobre el evangelio de hoy: nada menos que la parábola del Buen Samaritano.

Del Evangelio según S. Lucas (10,25-37).
Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. “Has respondido exactamente, –le dijo Jesús–; obra así y alcanzarás la vida”. Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. “El que practicó la misericordia con él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Vete, y haz tú lo mismo”.
Palabra del Señor.

La parábola del Buen Samaritano es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús, que sigue siendo fuertemente vigente y necesaria en el mundo de hoy.

Para heredar la vida eterna

Todo comienza con las preguntas que un Doctor de la Ley hace a Jesús.
La Ley, en el mundo de la Biblia, significa lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento, dentro del cual se encuentran los diez mandamientos y numerosos preceptos que regulaban la vida del Pueblo de Dios.
El Doctor de la Ley es un hombre que conoce la Biblia. No sólo la ha leído, sino que la ha estudiado, escuchando a grandes maestros.
Ese hombre, pues, se acerca a Jesús y le hace una gran pregunta: “Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Jesús le responde con otra pregunta, que invita al experto a buscar dentro de sus propios conocimientos. Jesús pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”
Con mucha sabiduría, el hombre resume toda la Ley en dos preceptos centrales:
El primero se refiere al mandamiento del amor a Dios y está en el libro del Deuteronomio:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Dt 6,5).
El segundo trata del amor al prójimo y se encuentra en el libro del Levítico:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).
La respuesta del Doctor de la Ley es muy buena, y así lo reconoce Jesús: “Has respondido bien”, le dice; y agrega “Haz eso y vivirás”. O sea, cumple esos mandamientos y heredarás la vida eterna.
Pero aquí el hombre le da un nuevo giro a la conversación y le pregunta a Jesús “¿Y quién es mi prójimo?”

¿Quién es mi prójimo?

La palabra prójimo tiene la misma raíz que próximo: lo siguiente, lo vecino, lo que está al lado. El hombre quiere saber hasta dónde se extiende el mandamiento.
Es que si leemos el capítulo 19 del libro del Levítico (de donde está tomado el mandamiento de amor al prójimo) vemos claramente que el prójimo es el miembro de “la comunidad de los israelitas” a quien va dirigida la Palabra de Dios.
Sin embargo, allí mismo aparece una primera extensión del mandamiento, más allá de los miembros naturales de la comunidad, a la que se le agrega una especie de firma solemne:
“Al forastero que reside junto a ustedes, lo mirarán como a uno de su pueblo y lo amarás como a ti mismo; pues forasteros fueron ustedes en la tierra de Egipto. Yo, Yahveh, su Dios.” (Lev 19,34)
La pregunta del Doctor de la Ley parece apuntar aún más lejos… ¿hasta dónde llega esta cercanía, esta proximidad humana? No sé si él llegaría tan lejos como Gandhi, para decir “todo hombre es mi hermano”, “todo hombre es mi prójimo”.
La respuesta de Jesús no es de ese tipo. Jesús no le dice “todo ser humano es tu prójimo”. Responde con un relato que resultará inolvidable para el Doctor de la Ley y para nosotros: la parábola del Buen Samaritano.

El Buen Samaritano

El Samaritano es el hombre que se compadece del herido del camino. Sus acciones son actos de amor: cura el herido, lo monta en su cabalgadura, siguiendo él a pie y tal vez, como en la pintura de Morot que ilustra esta nota, sirviéndole también de apoyo. Se quedó cuidándolo personalmente mientras pudo y dio de su dinero para asegurar el cuidado del herido por más tiempo. El Samaritano cumplió con el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo.
El mensaje de Jesús es claro, pero tiene una sutileza. Este hombre que cumple el mandamiento de “amar al prójimo como a sí mismo” no es un miembro del Pueblo de Dios. Es un extranjero, miembro de un pueblo que profesa la misma religión que los Israelitas, pero con sus diferencias (podemos ver algo de eso en el encuentro de Jesús con la Samaritana, capítulo 4 de San Juan). Tal vez lo que hubiera esperado el Doctor de la Ley es que el Samaritano fuera el herido del camino y que cualquier miembro del Pueblo de Dios lo socorriera, después que el sacerdote y el levita siguieran de largo. Así se habría visto que un miembro del Pueblo de Dios es capaz de reconocer como prójimo incluso a ese extranjero que tiene el atrevimiento de pretender venerar también a Yahveh sin conocer realmente la Ley. Pero Jesús muestra que el Samaritano, haya leído o no el libro del Levítico, conoce la Ley de Dios, la tiene inscripta en su corazón… ¡y la pone en práctica!

Practicar la Misericordia

Notemos la manera de preguntar de Jesús. No dice “¿Quién reconoció como prójimo al hombre asaltado por los ladrones?” sino “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. El Samaritano, el extranjero, es quien ha sido prójimo, quien ha actuado como prójimo. Si el extranjero puede reconocer a quien sea como prójimo, tanto más lo tiene que reconocer el miembro del Pueblo de Dios. No hay límites en la proximidad. Todo ser humano es mi prójimo.
Pero el Doctor de la Ley, nuevamente tiene una intervención que da lugar a otra enseñanza de Jesús. A la pregunta de Jesús, el Doctor no responde “el Samaritano” (tal vez porque le cueste nombrar al extranjero) pero dice, en realidad, algo más interesante: “El que practicó la misericordia con él”. Esta respuesta nos dice que el Samaritano no ha sido simplemente alguien que se emocionó vivamente, que se angustió viendo el cuadro de aquel hombre malherido, tendido al costado del camino. El Samaritano no fue el hombre que exclamó, sumamente conmovido “¡Pobre hombre! ¡Qué barbaridad!” pero después se dijo “bueno, tengo que seguir el viaje, ¿qué le voy a hacer?”. No él dejó de lado sus negocios y “practicó la misericordia con él”.
En este Año de la Misericordia el Papa Francisco nos ha recordado las siete obras de misericordia corporales y las siete obras de misericordia espirituales, precisamente para que pongamos en obra los sentimientos de compasión que nos suscitan muchas situaciones que encontramos cotidianamente. Para que los pongamos en obra tanto personal como comunitariamente, aunando esfuerzos para ayudar a nuestros prójimos, para que todos tengamos una vida más verdaderamente humana, como hijos e hijas de Dios.

+ Heriberto, Obispo de Melo
 
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Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50. La versión escrita que presenta el Blog no necesariamente es la versión literal de lo emitido, pero sí su contenido esencial.

domingo, 3 de julio de 2016

Enfoques Dominicales - Santo Tomás o ver para creer


Hoy 3 de julio, es el día de la fiesta de Santo Tomás Apóstol, aquel hombre que quería “ver para creer”. Este 3 de julio de 2016, la Iglesia no celebra esa fiesta, porque cae en domingo y corresponde celebrar la Misa propia del Día del Señor.
Sin embargo, vamos a hablar un poco de Santo Tomás, porque nos da también ocasión para hablar de la fe.
El pasaje bíblico que vamos a comentar está en el Evangelio según San Juan, capítulo 20, versículos 24 al 29.
Nos tenemos que ubicar después de la resurrección de Jesús, cuando Jesús comienza a aparecerse a sus discípulos.
El Evangelio nos cuenta que Tomás había estado ausente en la primera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, que ocurrió el primer día de la semana, es decir, el domingo. No olvidemos que el sábado es el séptimo día.
Tomás se encuentra con los demás discípulos y ellos le cuentan: "Hemos visto al Señor".
Entonces, Tomás responde: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.
En síntesis, si no veo, no creeré. Ver para creer.
Al domingo siguiente, Jesús vuelve a hacerse presente en medio de sus discípulos.
Los saluda deseándoles la paz, y después llama a Tomás y le dice:
“Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.
Pero Tomás no hace ninguno de esos gestos que antes había reclamado.
En cambio, Tomás proclama “¡Señor mío y Dios mío!”
De esa forma, hace una maravillosa profesión de fe. Llama a Jesús “Señor” y “Dios” y, más todavía, lo reconoce como “su” Señor y “su” Dios.
No obstante, Jesús le dice y nos dice también a nosotros:
“Ahora crees, porque me has visto. ¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!”.

Todo parece muy simple. Tomás creyó, y ya está.
Sin embargo es tan simple (tampoco es tan complicado).
Veamos. A partir del momento en que Tomás ve a Jesús ¿qué sucede?
¿Tomás cree o Tomás sabe? ¡No es lo mismo!

Fíjense ustedes. Cuando nos han contado un hecho, la cuestión está en creer o no creer lo que nos relatan. Pero cuando vemos el hecho, cuando nos pellizcamos para convencernos de que no estamos soñando, cuando buscamos que otro nos confirme que es verdad lo que vemos, sabemos. Ya no hace falta creer.

Pero Jesús no le dice "ahora sabes", sino "ahora crees". Tomás ha dado un paso en la fe. Sí: ha visto a Jesús resucitado; pero también ha creído, para poder decirle "Señor mío y Dios mío".
Y si no, vayamos al final del evangelio según San Mateo (18,16-20). Allí se dice que "Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron".
Así es. Todos vieron a Jesús resucitado. Los que creyeron, de inmediato se postraron ante Él. Otros todavía dudaron. ¿Qué es lo que se ve y lo que no se ve en estos encuentros con Jesús?
San Gregorio Magno lo explicaba así:
“Lo que [Tomás] creyó superaba a lo que vio.
En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío!
Él, pues, creyó (...) ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.”
Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino (otro Tomás) lo expresaba en forma aún más sintética:
“Tomás vio al hombre y las cicatrices, y a partir de esto, creyó en la divinidad del resucitado.”
Nosotros, los que creemos sin haber visto, estamos entre los bienaventurados que Jesús señala: "felices los que creen sin haber visto". Hemos creído sin ver. Pero eso es la fe.
No es ciega, no es irracional. Es un salto que va más allá de los límites de nuestros sentidos, para abrirnos a una nueva dimensión de la existencia: la vida divina.
El acto de fe de Tomás lo repetimos en la Eucaristía, al contemplar el Cuerpo de Cristo en la Hostia consagrada y, con Tomás, reconocerlo diciendo "Señor mío y Dios mío".
La oración final de la Misa que se reza en la fiesta de Santo Tomás nos hace presente nuestro propio acto de fe frente a la presencia real de Cristo en el Pan de Vida y nos invita a que la Eucaristía vivida, el encuentro con Jesús, se proyecte en nuestra vida cotidiana. Dice así la oración:
Dios nuestro, en este sacramento hemos recibido verdaderamente el Cuerpo de tu Hijo unigénito; concédenos que lo reconozcamos por la fe como Dios y Señor nuestro, y también lo confesemos con las obras y con la vida, a ejemplo del apóstol Tomás.
¡Qué así sea!

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Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50. La versión escrita que presenta el Blog no necesariamente es la versión literal de lo emitido, pero sí su contenido esencial.


Veinticinco años de la Beatificación de Annunciata Cocchetti, fundadora de las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo.


Estatua de la Beata en la Casa Madre de las
Hermanas Doroteas en Cemmo, Br., Italia
Annunciata Cocchetti fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 21 de abril de 1991, hace ya 25 años. Con motivo de este aniversario, las Hermanas de Santa Dorotea que están en la Diócesis de Melo, me han pedido que explique qué significa una beatificación.

Santos y Santas

En nuestras comunidades de hoy, si decimos “santos” o “santas”, todos entendemos que estamos hablando de personas excepcionales, que vivieron una vida extraordinaria y que los católicos veneramos y cuya intercesión ante Dios pedimos muchas veces.
Es muy posible que los miembros de la comunidad se sintieran extrañados si se les dijera “santos”, “ustedes son santos”. Posiblemente empezarían a buscar a quién le están hablando; “a mí no”, pensaría más de uno.
Sin embargo, si nos tomamos el trabajo de leer el comienzo de cada una de las cartas de San Pablo, vamos a encontrar que, en casi todas, cuando él saluda a la comunidad a la que le escribe, saluda a “todos los santos de la región de Acaya” (donde estaba Corinto) (2 Co 1,1); “a los santos” de Éfeso (Ef 1,1); “a todos los santos” de Filipos (Flp 1,1), “a todos los santos de Colosas” (Col 1,2). Cuando la gente de esas comunidades escuchaba la lectura de esas cartas, nadie se preguntaba “y esto, ¿para quién será? Porque acá no hay ningún santo…”
Cuando Pablo escribía a las comunidades, él llamaba “santos” a todos los miembros de la comunidad. A veces, agregaba algo que nos puede hacerlo entender mejor: se dirigía a los “llamados a ser santos” (1 Co 1,2) o a los “santos por vocación” (Rom 1,7).
Es que para Pablo, todos los miembros del Pueblo de Dios eran santos: pero “santificados en Cristo Jesús” (1 Co 1,2).

Pueblo Santo de Dios

Entonces ¿Pablo pensaba que esas comunidades estaban llenas de gente maravillosa, que allí no había nunca ningún problema, que todo el mundo vivía santamente?
Alcanza con leer la primera carta a los Corintios para darse cuenta de que no era así. Lo mismo pasa cuando hoy, el papa Francisco habla del “Santo Pueblo de Dios”, que somos nosotros.
Entonces, ¿qué? ¿La santidad se regala? Bueno… En cierta forma sí: es Dios quien hace santos. Como decía la bendición que antiguamente daban el padre o la madre a los hijos, en el campo: “Tata, la bendición” pedía el hijo; “Dios lo haga un santo, m’hijo” decía el padre. Pero para que Dios santifique, hay que dejarlo obrar, hay que dejarlo trabajar en nuestro corazón. Y muchas veces, nuestro corazón es de piedra.
Dios quiere santificar a todo su Pueblo. Todos estamos llamados a la santidad. Nos lo dice la Palabra de Dios “ustedes serán santos porque yo el Señor su Dios soy santo” (Lev 19,2 y 1 Pe 1,16). El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 39-42) recordó esa vocación universal a la santidad. Mons. Cáceres enseñó muchas veces sobre eso, y nos hacía ver que la santidad es, o debería ser, la vida “normal” del cristiano. Mons. Cáceres suele decir “todo es santidad”: todo lo que se hace bien, todo lo que se hace con amor: el trabajo, el cuidado de los niños o de los ancianos, la maestra que enseña con amor, el médico que cura con amor, el policía que protege con amor al más débil; todo lo que se hace de bien, todo es santidad.
Francisco decía: “Alguno piensa que la santidad es cerrar los ojos y poner cara de santito. ¡No! No es esto la santidad. La santidad es algo más grande, más profundo que nos da Dios. Es más, estamos llamados a ser santos precisamente viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio cristiano en las ocupaciones de cada día. Y cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra” (Catequesis del Papa Francisco, “La vocación universal a la santidad”, audiencia general del miércoles 19 de noviembre de 2014).

Un programa de santidad

Si vamos al Evangelio, Jesús nos propone un programa de santidad, un programa de vida santa. Lo encontramos en las “Bienaventuranzas”. Todas empiezan diciendo “Bienaventurado…” A veces se traduce como “feliz”, “dichoso”, pero también como “beato”.
La Iglesia celebra la fiesta de Todos los Santos. Allí entran todos los que están ya en la presencia de Dios, porque nadie puede entrar en la presencia de Dios si no es santo. Todas las personas que vivieron santamente a lo largo de la historia: cuántas de nuestras madres, abuelas, padres, abuelos, que simplemente “pasaron haciendo el bien”, como se dijo un día del mismo Jesús.
Pero de entre todos los santos, la Iglesia reconoce especialmente a algunos que se destacaron especialmente. Su santidad fue reconocida por toda la gente que los conoció, que los consideraba hombres o mujeres “de Dios”.
A su muerte, estas personas comenzaron a ser veneradas (no adoradas) por la comunidad. Se los consideraba, ante todo, personas amigas de Dios; un ejemplo de vida cristiana y también, buenos intercesores ante Dios por los que seguimos peregrinando en esta vida. Intercesores significa que ruegan por nosotros, tal como le pedimos a María: “ruega por nosotros, pecadores…”
Entonces la Iglesia se va uniendo en esa veneración a María, a los apóstoles, a medida que van muriendo; junto a ellos, los mártires (casi todos los apóstoles fueron también mártires) que dieron testimonio de Cristo con su sangre… se comenzó a recordar el día de su martirio, se guardaron sus restos, sus reliquias… Después se fueron sumando otra clase de testigos: mujeres que consagraron su virginidad, las vírgenes, que a veces fueron también mártires; hombres que se consagraron a Dios… y así, vamos sumando y se agregan los que han recibido un especial don de Dios, un carisma, que se continúa en una congregación, en una obra: son los santos y santas fundadores. Entre ellos está la Beata Annunciata.
Este reconocimiento de santos y santas que al principio se da espontáneamente, sobre todo con los mártires, la Iglesia lo empieza a regular; primero los obispos en sus diócesis y después los Papas. Al día de hoy hay un proceso, con varias etapas, a través de las cuales la Iglesia reconoce y presenta a la veneración de los fieles a personas reconocidas primero como beatas y luego, en un segundo paso, como santas.

La beatificación de Annunciata

¿Cómo se hizo este proceso para Annunciata?
Primero fue en la Diócesis de Brescia, entre 1951 y 1955, recogiendo documentación sobre la vida y santidad de ella.
En el año 1972, en tiempos del Papa Pablo VI, fue introducida la causa en la Congregación para las Causas de los Santos, y Annunciata recibió el título de “Sierva de Dios”.
Se fueron dando varios pasos, por comisiones formadas por historiadores, por teólogos, que fueron examinando su vida y sus escritos. Los informes fueron a su vez estudiados y finalmente aprobados por la Congregación para la Causa de los Santos en 1989.
Ese año, el Papa Juan Pablo II proclamó a Annunciata como “Venerable”, reconociendo que su vida había sido una vida cristiana modelo y que había vivido heroicamente las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad y las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
¿Qué se necesitaba para la beatificación? Mostrar que ya era una intercesora por nosotros ante Dios. El milagro presentado fue la curación de una niña de 13 años, Bortolina Milesi, que tenía una enfermedad intestinal que la habría llevado a la muerte de no ser por la intercesión de Annunciata. Después de las investigaciones e informes correspondientes, en 1990 Juan Pablo II aprobó como genuino el milagro. Y así fue fijada la beatificación de Annunciata Coccheti en la Basílica de San Pedro, para el 21 de abril de 1991, hace 25 años.

Una vida santa

Ahora, ¿qué es lo que hace de la vida de Annunciata no sólo una vida santa, sino una vida que la Iglesia nos quiere proponer como modelo?
Yo he leído un poquito de su vida, lo que está en el libro “El Evangelio de Annunciata” que muchos de ustedes conocen.
Lo primero que a uno le llama la atención es que quedó huérfana a los siete años. Primero murió su madre y casi en seguida su padre, que era soldado de Napoleón. (Ella había nacido en 1800). También habían muerto, chiquitos, tres hermanos. Quedan ella y dos hermanos. Uno se puede imaginar ahí mucho sufrimiento. Pero no es el sufrimiento lo que nos hace santos, sino la forma en que pasamos por el sufrimiento, la manera en que lo llevamos, o la forma en que nos marca. Algunas personas se endurecen (el corazón de piedra). No fue eso lo que le pasó a Annunciata. Nos vamos a ir encontrando una persona llena de amor y de compasión.
Esa compasión y amor se empieza a manifestar hacia las niñas pobres. A los 17 años la vemos convirtiendo la casa de su abuela, con la que vivía, en una escuela para niñas pobres. Ahí empieza a manifestarse una vocación. Podríamos decir, hablando humanamente, “una vocación de maestra”; y va a ser así; pero va a ser mucho más. No es sólo una vocación por enseñar. Es una vocación por amar enseñando. “Enseñar al que no sabe” una de las obras de misericordia espirituales.
Se forma para eso, pero a los 23 años hay algo que le va a dar un giro a su vida. Su abuela muere. ¡Otro dolor! Y se va con su tío, que vivía en Milán. Ahí estaban sus hermanos, que habían ido con el tío a la muerte de los padres. El tío tiene lo que llamaríamos “una buena posición” y quiere que sus sobrinos disfruten de todo eso. Annunciata conoce otra vida, la vida de la gran ciudad, el arte, los conciertos, la ópera,  la elegancia, “el glamour”, como se dice ahora, de aquella sociedad. Por eso, es lindo recordar cómo una noche en que estaba invitada a una función de gala en el famoso Scala de Milán, ella hace su valija, deja una cartita sobre la mesa de su cuarto, y se va para Cemmo, allí donde puede seguir esa vocación, que ya es un llamado de Dios. Y todos aquellos vestidos tan lindos que tenía, se los lleva… y tiempo después se convierten en vestidos de ángeles, de reyes magos, de la Virgen, en los pesebres vivientes.
A veces no es fácil encontrar la voluntad de Dios; pero hay personas que nos van ayudando. Annunciata conoce a un hombre que hoy es también beato: el Padre Lucas Passi. El Padre Passi está tratando de fundar una congregación de mujeres para enseñar. Annunciata habla con él, y mantienen contacto hasta que él muere. Incluso hay un momento en que Annunciata con una compañera viajan a Venecia, donde él está trabajando y empiezan la congregación que él quiere fundar. Pero la compañera muere y Annunciata regresa. Finalmente va a encontrar dos compañeras que quieren lo mismo que ella y en 1843, las tres hacen sus votos y nacen las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo. Así fue Annunciata encontrando la voluntad de Dios para su vida, y así empezó a hacer esa voluntad. Eso es santidad.
Yo estuve en Cemmo. Es chiquito. Allí están los lugares donde pasó Annunciata enseñando, formando a sus hermanas, dirigiendo la congregación, que se iba extendiendo. Ahí está todavía el muro donde dejaba siempre pan que algún pobre se llevaba. Allí vivió sus últimos años, ciega, pero viendo interiormente, profundamente, porque se dejó alumbrar por la luz de Cristo.
Por todo eso damos gracias al Señor por su vida, nos confiamos a su intercesión y le pedimos que nos ayude, como maestra, a encontrar nuestro propio camino a la santidad. Que así sea.
+ Heriberto

jueves, 30 de junio de 2016

Beata Annunciata Cocchetti, fundadora de las Hermanas Doroteas. 25 años de su beatificación.


La Parroquia Jesús Buen Pastor de la ciudad de Melo se prepara a celebrar el próximo domingo los 25 años de la beatificación de Annunciata Cocchetti, fundadora de las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo, conocidas en la Diócesis sencillamente como "las Doroteas".
Las Doroteas tienen en la Diócesis de Melo dos comunidades: en la ciudad de Treinta y Tres, en el barrio 25 de Agosto, donde tienen la animación pastoral de las capillas San Francisco Javier y María Auxiliadora y en la ciudad de Melo, en la Parroquia Jesús Buen Pastor, de cuya animación pastoral son responsables.

Annunciata Cocchetti nació en Rovato, provincia de Brescia, en el norte de Italia, el 9 de mayo de 1800 y falleció en Cemmo, el 23 de marzo de 1882. Fue proclamada beata por San Juan Pablo II el 21 de abril de 1991.
Fue la tercera de los seis hijos de Marcantonio Cocchetti y Giulia Albarelli. A los siete años quedó huérfana. Primero murió su madre, víctima de neumonía y poco después su padre, que fue soldado de Napoleón. Tres hermanos murieron también antes que la madre.
Un tío se quedó con los dos hermanos que sobrevivieron y la abuela se llevó a Annunciata a su casa.
A los 17 años empezó a enseñar a niñas pobres en la casa de su abuela. A la muerte de su abuela, en 1823, va a casa de su tío en Milán. Allí se relacionó con el Beato Luca Passi, que estaba creando una congregación religiosa dedicada a la enseñanza. Esa amistad se mantuvo hasta la muerte de él en 1886.
Los caminos de su vida le fueron mostrando a Annunciata la voluntad de Dios. Descubrió su vocación y misión: dedicar su vida a la educación de los pobres. Pero esto no lo haría sola. En 1842 inicia la congregación con otras dos mujeres que sintieron el mismo llamado. La congregación fue aprobada en 1855 por el Obispo de Brescia.
Su beatificación fue posible por el milagro de la curación de una niña de 13 años, Bortolina Milesi, que sufría severos problemas en el intestino que hubieran sido fatales de no ser por la intercesión de Annunciata. El milagro, después del largo proceso de investigación fue reconocido como genuino por Juan Pablo II en 1990.

miércoles, 29 de junio de 2016

Comunión y Misión: San Pedro y San Pablo

San Pedro y San Pablo. Ícono ruso, S. XVIII
Cada año, la Iglesia celebra el 25 de enero la fiesta de la Conversión de San Pablo y el 22 de febrero la fiesta de la Cátedra de San Pedro.
De esa manera, en esos días (que, la verdad, en nuestro hemisferio sur pasan a veces un poco diluidos en los calores del verano) celebramos un aspecto importante de la vida de cada uno de esos dos santos.
Alguien ha señalado que son aspectos contrapuestos (no opuestos, pero sí diferentes y que pueden ser complementarios)
La cátedra, es decir la silla desde la que se enseña (de ahí viene “catedral”, es decir la Iglesia donde está la cátedra del Obispo) nos habla de estabilidad, y nos recuerda la particular misión confiada por Jesús a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18); “he rogado por ti, para que tu fe no falle; y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lc 22,32). Es la misión de confirmar, asegurar, fortalecer la comunión en la misma fe. Es la fe en la que Pedro ha proclamado “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16,16).
Si la cátedra sugiere la estabilidad, la conversión es cambio, dinamismo: un movimiento en lo más profundo del ser, un “dar vuelta” la vida. Pablo pasa de perseguir a Cristo (“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, Hch 9,4) a entregar a Cristo su vida al punto de decir “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

Así pues, celebramos la Cátedra de San Pedro y la Conversión de San Pablo; pero en el día de hoy celebramos solemnemente y conjuntamente a los dos santos.
¿Por qué juntos? El prefacio de la Misa de este día nos da una explicación: “Ambos congregaron, por diversos caminos, a la única familia de Cristo y, coronados por un mismo martirio, son igualmente venerados por tu pueblo.”
Cuando los Obispos somos convocados a Roma para encontrarnos con el Santo Padre y con los diferentes organismos que colaboran con él en el gobierno de la Iglesia, se nos invita a una visita “ad limina apostolorum” es decir “a los umbrales de los apóstoles” para indicar las basílicas donde están las tumbas de los dos grandes santos: la basílica de San Pedro, en el Vaticano y la basílica de San Pablo “extramuros”, dentro de Roma. En esta convocatoria, que es expresión de comunión, de catolicidad, San Pedro y San Pablo están también unidos y presentes.

Podríamos pensar que en Pedro se acentúa la comunión y en Pablo la misión. En Pedro, el servicio a la unidad; en Pablo el servicio al crecimiento de la Iglesia.
Pero pueden ser acentos: comunión y misión van siempre juntas, y cuando se separan se desvirtúan.
Cuando Pedro es llamado por Jesús, junto a su hermano Andrés, es para ser hechos “pescadores de hombres”: misioneros. El prefacio de la Misa nos dice que Pedro “formó la primera Iglesia con el resto de Israel”. Se acentúa su misión hacia su propio pueblo. De Pablo se dice a continuación que extendió la Iglesia “entre los paganos llamados a la fe”. Los dos aparecen como misioneros. También vemos como Pedro tiene su misión entre los paganos (Hechos, capítulo 10) con su episodio en casa del centurión Cornelio. Por otra parte, Pablo empieza su misión buscando en cada ciudad a sus hermanos de raza y de fe en el Dios único, dispersos por el mundo de la época, para luego dirigirse a los llamados “gentiles”, es decir, al mundo no judío. Sin embargo, en la carta a los Romanos (11,13-14) Pablo confiesa estos sentimientos: “Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos”.
Si los dos son misioneros, los dos son hombres preocupados también por la unidad de la Iglesia. Pedro, como ya hemos visto, ha recibido explícitamente de Jesús la misión de “confirmar” a sus hermanos en la fe; pero Pablo lucha por la unidad de sus comunidades y sufre las divisiones, como en aquella problemática comunidad de Corinto a la que escribe “me han contado que hay discordias entre ustedes (...) ¿Acaso Cristo está dividido?” (cf. 1 Co 1,10-17).

Comunión y Misión se fortalecen. Un grupo eclesial, un movimiento, una pequeña comunidad, una comunidad eclesial de base, una parroquia, una diócesis, no pueden acentuar un aspecto y olvidar el otro.
Si nos decimos “tenemos primero que fortalecer la unidad del grupo, después veremos cómo encaramos la misión”, la comunidad corre el riesgo de encerrarse y puede llegar hasta a intoxicarse o, como diría el Papa Francisco, volverse “autorreferencial”, vivir para sí misma… y morir.
Pero tampoco la misión puede encararse sin que, al mismo tiempo, se construya la comunión, la identidad; de otro modo, los misioneros podrían distanciarse, diluirse y perderse en los caminos.
La Conferencia de Aparecida (2007) en la que el Cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco, fue un importante actor, nos recuerda que los cristianos somos discípulos misioneros de Jesucristo. Discípulos para estar con Él, en común-unión con Él, porque no hay comunión si no es por Él, con Él y en Él. Misioneros, enviados también por Él, para llevar a todo el mundo el Evangelio, la Buena Noticia de la Salvación.
Pedro y Pablo apóstoles, es decir enviados, nos ayuden a ser hoy en Cerro Largo y Treinta y Tres discípulos y misioneros de Jesucristo, viviendo como Iglesia diocesana nuestra comunión y misión.

+ Heriberto

domingo, 26 de junio de 2016

Enfoques Dominicales - La fundación de Melo

Pedro Melo de Portugal, Virrey del Río de la Plata
1795-1797
Mañana, 27 de junio, se cumplen 221 años de la fundación de Melo, acto realizado, como dice el acta firmada por el Capitán Agustín de la Rosa: “invocando el Santo nombre de Dios, principio, medio y fin de todas las cosas”.

A pesar de que más de dos siglos han pasado desde entonces, los documentos de la época nos permiten acercarnos al pensamiento del fundador, porque en sus escritos se reflejan las inquietudes de alguien que no está simplemente cumpliendo órdenes, sino que tiene una visión.

Así, tenemos un informe de Agustín de la Rosa al Virrey Pedro Melo. El 7 de mayo de 1795 escribió al Virrey recomendando la fundación de la que hoy es capital de Cerro Largo. Así decía:
“El establecimiento de poblaciones en el cordón de la frontera es (...) el remedio (...) no sólo para asegurar las fértiles campañas (...) teniendo siempre a raya la nación fronteriza, sino también para arreglar enteramente aquellos campos, para limpiarlos de ladrones fascinerosos y contrabandistas, para reducir los ganados a rodeo, para evitar los desórdenes que hasta ahora han experimentado y lo que es más que todo para asegurar la inmensa riqueza de esta provincia (...)
(...) mientras no se adopte el sistema de poblar la frontera y repartir los campos en suertes de estancia es imposible disipar todos los desórdenes (...) sólo de este modo se asegurará con la riqueza del país todo cuanto puede apetecerse para el mejor servicio de Dios y del Rey.”
Cuando uno lee esas líneas, no puede menos que admirarse de la visión de estadista que hay allí. Son varias las cosas que preocupan a Agustín de la Rosa, precisamente por esa amplitud de miras.
Le preocupa:
  • cuidar la frontera con los dominios de Portugal, que se habían ido extendiendo dentro de América del Sur desde que los portugueses pusieron un pie en Brasil.
  • la seguridad: limpiar los campos de ladrones, fascinerosos y contrabandistas (que eran fundamentalmente contrabandistas de ganado).
  • “asegurar”, esa es la palabra que emplea, “asegurar las fértiles campañas”, asegurar “la riqueza del país”.
Pero junto con esta preocupación por la seguridad –una preocupación también de nuestros días- está también la preocupación social, la preocupación por una recomposición de la sociedad. Señala que los "hombres sueltos" de nuestra campaña
"no pueden ocuparse en las estancias ya establecidas" y propone para ellos "un indulto general (...) ofreciéndoles suertes de tierras para su establecimiento".
Y en esa misma línea de preocupación social considera que con las formas habituales de adjudicación de tierras, con todas sus exigencias
"sólo logran establecer estancias los acaudalados, avasallando y precisando a los pobres o a que los sirvan por el triste interés de un conchabo o a que es lo más común se abandonen al robo y al contrabando donde hallan firmes apoyos para subsistir".
Agustín de la Rosa apuesta a que la propiedad de la tierra y el afincamiento en ella para trabajarla cambie los malos hábitos de los hombres entregados a la delincuencia y dé una oportunidad a las "gentes pobres y honradas". De todo ello, se derivará seguridad en la frontera, seguridad en la campaña y crecimiento de la riqueza para felicidad de todos.

Todo esto se lo planteaba Agustín de la Rosa ya antes de la fundación de Melo.
Pero también estaba presente en él la inquietud espiritual. Al organizar el plano de la fundación, el capitán había señalado un sitio de 25 varas por frente por 50 de fondo, apropiado para construir la iglesia y la casa del cura.
Seguramente eso es lo que correspondía hacer, pero el capitán va más lejos. El 29 de abril de 1796, de la Rosa escribe al Virrey, expresándole la falta que hacía en la villa la iglesia y un sacerdote que suministrara el alimento espiritual del que carecía la población. Con un sacerdote, los habitantes de Melo podrían cumplir el precepto pascual (confesarse y comulgar por lo menos una vez al año y en tiempo de Pascua), bautizar a sus hijos y enterrar cristianamente a sus parientes y allegados. Señala además de la Rosa que la población más cercana donde podían encontrar servicios religiosos los pobladores de Melo, estaba a 75 leguas de distancia. Esa localidad era el pueblo del Pintado, en el departamento de Florida, donde se veneraba una virgen conocida como “Virgen del Pintado”. La misma que conocemos hoy como Virgen de los Treinta y Tres, que se encuentra en la catedral de Florida.

En marzo de 1797 el Virrey, en acuerdo con el obispo de Buenos Aires, nombra “capellán de la nueva Población y Guardia del Cerro Largo”, al presbítero doctor Benito Ducós de la Hitte. El Padre Ducós llegó a Melo en abril de 1797, siendo así el primer sacerdote residente en Melo. Como capilla encontró un modesto rancho, prestado por un vecino; pero, con su llegada, Melo tuvo por primera vez sacerdote y capilla, como había deseado Agustín de la Rosa.

Mons. Benito Lué
Obispo de Buenos Aires
Vamos a terminar esta evocación histórica recordando que no pasaron diez años antes de que a Melo llegara un Obispo. Fue Monseñor Benito Lué y Riega, obispo de Buenos Aires, que llegó en visita pastoral el 3 de agosto de 1804. En 1805, después de terminar su visita a la vasta diócesis que le había sido encomendada, Monseñor Lué creó varias parroquias, siete de ellas en territorio oriental. El 8 de febrero de 1805 creó la parroquia Nuestra Señora del Pilar y San Rafael, dándole como territorio lo que hoy correspondería aproximadamente a los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres, es decir, a nuestra actual Diócesis de Melo.

Todo esto es historia… pero la historia se sigue haciendo cada día.
Y en eso estamos, los que seguimos hoy. Como decía Juan Pablo II, estamos invitados “a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro”. (Novo Millennio Ineunte, 1)

Bibliografía:
- Aníbal Barrios Pintos, Historia de los Pueblos Orientales, tomo II
- Tomás Sansón Corbo, Crónicas para una historia de la Diócesis de Melo y Treinta y Tres.

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Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50. La versión escrita que presenta el Blog no necesariamente es la versión literal de lo emitido, pero sí su contenido esencial. 

domingo, 19 de junio de 2016

Enfoques Dominicales - "Cual retazo de los cielos..."


¡Cuántas cosas se juntan este 19 de junio!
  • Es Domingo, día del Señor, día en que los católicos estamos especialmente convocados por Jesús a encontrarlo en la Misa, a escuchar su Palabra, a recibirlo en la comunión.
  • Es el aniversario del nacimiento de Artigas: 252 años. Se agranda con el tiempo la distancia de los días que vivió nuestro prócer, pero sigue también agrandándose su figura, sus luchas, sus valores.
  • Es el día, según corresponda, de la promesa o de la jura de fidelidad a la bandera nacional (1).
  • Finalmente, es también el día del abuelo.

Ayer, en el programa ¡Qué bien se está aquí! de Radio María, me preguntaron qué significa para mí la jura de la bandera. La pregunta me tomó un poco de sorpresa.
Me hice otra pregunta: ¿qué significa la jura de la bandera para un chico de 12 años, en primero de Liceo? ¿qué representa, realmente, para él ese acto que se le pide que haga?
Es un tema que ha sido discutido (2), y no me entusiasma meterme en esa discusión que tiene que ver con la mayoría de edad, con el valor jurídico de los juramentos y otras cosas, pero que toca también nuestros sentimientos como uruguayos frente a nuestra bandera.
La jura de la bandera es un acto jurídico, necesario para el ciudadano uruguayo a algunos efectos (3). Pero es también un acto simbólico.

Fue por ese lado que se encaminó mi reflexión. No tanto sobre el significado del acto de jurar la bandera, sino sobre lo que significa la bandera misma, que es lo que en realidad importa.

De pronto, recordé algo que me sucedió la primera vez que salí del país. La primera vez que estuve fuera del Uruguay fue por un tiempo más o menos largo. En el año 1972, de enero a julio, unos seis meses, estuve en Estados Unidos como estudiante de intercambio.
Salí de aquí con 16 años. Había terminado mi primer año de magisterio y me fui a vivir con una familia norteamericana en el estado de Dakota del Norte, en la frontera con Canadá. Enero, allí, quiere decir invierno, 60 cm de nieve… uno no se puede olvidar de aquel paisaje blanco por todos lados.
Hice lo que se hace normalmente: convivir con la familia (padre, madre, tres hijos) e ir al Liceo, a lo que sería el equivalente a un sexto año de secundaria nuestro.
Una vez, hablando con la madre de la familia con la que yo vivía, ella me preguntó si no quería quedarme a vivir allí, en Estados Unidos, o como dicen ellos “in America”.
Le respondí que no, que Uruguay era mi país, y que quería volver allá.
Hoy pienso lo que era el Uruguay de 1972, aquel mes de abril de violencia y muerte. “¿Cuándo, mi vida, ay sí, / ay, pero cuándo / la sangre en las veredas / se irá borrando?”, cantaban Los Olimareños al año siguiente (4).
Pero yo no pensaba en nada de eso, aunque de mi casa me habían mandado los diarios que hacían la crónica de aquellos días de veredas ensangrentadas en lo que fue nuestro último enfrentamiento armado entre orientales.
Volviendo a la conversaciòn con la madre de la familia estadounidense, cuando le digo que quiero volver a Uruguay, ella me dice: “Pero, ¿tú no quieres lo mejor? Yo quiero lo mejor. Si America no fuera lo mejor, yo me iría donde estuviera lo mejor”.
Me sorprendió mucho esa manera de pensar.
Pero para mí, lo mejor seguía siendo “lo mío”.
Y hoy diría, más que "mi" lugar, como lugar que me pertenece, diría el lugar al que pertenezco. Y ese lugar sigue estando aquí, y es el Uruguay.

Tengo que decir, también, que yo no estaría aquí si un día, a finales del siglo XIX, mi bisabuelo Dominique Beaudean no hubiera dejado los Pirineos franceses para encontrar en Piñera, al este de Paysandù su lugar en el mundo… o si mi madre, que nació en Asturias, no hubiera salido en 1932 con su familia de España para Uruguay… La migración es una realidad. A veces una elección pensada, a veces la manera de pasar de la desesperación a la esperanza. La tragedia de los refugiados que sacude el mundo de hoy nos dice que hay mucha gente que ya no tiene dónde volver.
Pero yo volví aquella vez, y he vuelto otras veces.
¿Por qué? ¿Para qué?
No porque esto sea “lo mejor”, ni o mais grande do mundo. Los uruguayos tenemos la suerte de estar llamados permanentemente a la humildad, a la modestia, por eso de ser un país chico y poco poblado, con algunas cosas que nos dan satisfacción y nos permiten tener tambièn nuestro pequeño orgullo.
Como suele decirse “la Patria son los afectos”. Por eso hablamos de “querencia”, que no es necesariamente el lugar donde nacimos, pero sí el lugar al que sentimos que pertenecemos. Querencia, que viene de “amar, de querer bien”.

Pero, como decía un poeta, la Patria es mucho más que la tierra que se pisa. Déjenme compartirles lo que decía Antonio Machado de su Patria, pero que vale también para la nuestra:
“la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo. El pueblo que la descuida o abandona, la pierde, aunque sepa morir. […] no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra; […] allí donde no existe huella del esfuerzo humano no hay patria […] sino una tierra estéril” (5).

Entonces, ¿cuál es el sentido de elegir esta tierra oriental, que nuestra bandera representa? ¿Cuál es el sentido de quedarnos en este suelo, donde nacimos o donde llegamos y encontramos un lugar?
Algo de eso nos dice la pregunta en la jura de la bandera, al pedirnos el compromiso de una vida digna consagrada al ejercicio del bien para nosotros y para los demás.
Una vida, entonces, dedicada no sólo al propio bien, individual, familiar, o para mi grupo de intereses: una vida en la que tengo siempre como horizonte el bien común.

Yo creo que ése fue el horizonte de la vida de José Artigas, cuyo nacimiento recordamos hoy y que, más allá de cómo pensara él el lugar de la Provincia Oriental en el mundo, miraba siempre más allá, como cuando nos hablaba de “la felicidad pública”, o de “la libertad de América”…
En esta fiesta patria, y desde este Cerro Largo donde en otros tiempos muchos se sintieron convocados a “hacer Patria” defendiendo con las armas derechos y libertades, sigamos buscando hoy “hacer Patria” por los caminos de la paz, del encuentro, del diálogo, de la reconciliación, de la integración, de la superación, del crecimiento, que hacen a aquella “pública felicidad” que soñó Artigas. Y en esto estamos todos los cristianos que buscamos ser, como decía San Juan Bosco "buenos cristianos y buenos ciudadanos".

+ Heriberto

(1) Establecido por la ley N° 9.943, del 20 de julio de 1940.
(2) Ver, por ejemplo, Los anacronismos de la jura de la bandera, tertulia en radio El Espectador con el Prof. Leonardo Borges, autor del libro Cual retazo. Anacronismos de jurar la bandera, Montevideo, 2005.
(3) Ver ¿Para qué sirve la jura de la Bandera? artículo en el diario El Observador, 19 de junio de 2012.
(4) ¿Cuándo? Letra de Carlos María Gutiérrez, música de Braulio López, en el LP Rumbo, 1973.
(5) La Prensa de Soria al 2 de Mayo de 1808, Soria, 2 mayo 1908; en Antonio Machado, Escritos dispersos (1893-1936), Barcelona, Octaedro, 2009, pp. 118-20. 

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domingo, 12 de junio de 2016

Enfoques Dominicales - Junio, Mes Vocacional en el Uruguay.


La Iglesia que peregrina en Uruguay celebra en junio, todos los años, un Mes Vocacional. Este año lo hacemos con el lema "¿Quieres ser testigo de la Misericordia?".
En este mes recordamos muy especialmente el mandato de Jesús: "pidan al dueño del campo que envíe trabajadores para la cosecha" (Mt 9,37-38). Un mes, entonces, para orar por las vocaciones.
Sin embargo, como decía el viejo párroco del que fui sucesor en Paysandú, "Dios ayuda a los que rezan... y trabajan".
Entonces, además de rezar ¿cuál es el trabajo que podemos hacer, entonces, para que florezcan las vocaciones en nuestra Diócesis?
Si estamos convencidos de que Dios sigue llamando, tenemos que hacer lo posible para que esa voz de Dios pueda ser audible entre tantos ruidos y distracciones del mundo de hoy.
Para eso, necesitamos, ante todo, crear en nuestras comunidades un ambiente vocacional, es decir, un lugar donde sea posible percibir el llamado.
¿Cómo podemos ayudar a alguien a preguntarse si ha sido llamado? Tal vez esa no sea la mejor pregunta... Mejor: ¿Cómo podemos ayudar a alguien a preguntarse a qué ha sido llamado?
Podemos hacerlo si vivimos nuestra vida como respuesta a una vocación. Y no estoy hablando de lo que suele llamarse "vocación" y "orientación vocacional", que suelen referirse más bien a una orientación sobre qué hacer en la vida, a qué dedicarse, partiendo de las capacidades que un joven o una joven tienen.
Aquí se trata de preguntarse qué estoy llamado a ser en la vida.
Ante todo estoy llamado a ser lo que soy: un ser humano, una persona. Ese llamado viene de la vida misma. La vida que he recibido de quienes me engendraron, sí, pero más allá de ellos, de Dios mismo, creador y fuente de la vida.

La vocación cristiana

Estoy llamado a ser cristiano: esa vocación nace desde el Bautismo, donde recibo la vida nueva que viene de Dios. Me voy haciendo cristiano creciendo en la fe, aprendiendo a seguir a Jesús, desarrollando los dones que el Espíritu Santo me ha comunicado. Estoy llamado a ser discípulo misionero de Jesús, para "estar con Él" y para ser por Él "enviado a predicar", es decir a anunciar el Evangelio con las palabras y, sobre todo, con la propia vida.
Como cristiano, estoy llamado a una vocación específica dentro de la Iglesia, dentro del Pueblo de Dios. Básicamente, hay tres grandes vocaciones: la vida laical, la vida consagrada y la vida sacerdotal y agregamos también la vocación al diaconado permanente.

La vocación laical

Cuando en la Iglesia decimos "un laico", "una laica", estamos indicando un miembro del Pueblo de Dios (o sea, no es lo mismo que cuando decimos "Estado laico" o "escuela laica", que quiere decir otra cosa, aunque sea la misma palabra). El cristiano laico, la cristiana laica, están llamados a vivir como miembros de la Iglesia su vocación cristiana en el mundo. A ellos les toca, como enseña el Concilio Vaticano II, "convertirse en constante fermento para animar y ordenar los asuntos temporales según el Evangelio de Cristo" (1). Los "asuntos temporales" abarcan los distintos aspectos de la vida humana, desde la vida familiar a la política, pasando por el trabajo, la educación, la salud... 
El campo para la tarea de los laicos es inmenso, está erizado de dificultades y supone muchas veces ir a contracorriente. Formar una familia cristiana basada en el amor y la fidelidad en esta sociedad donde "es más fácil divorciarse que borrarse del telecable"; trabajar con espíritu de servicio y entrega generosa donde prima la ley del mínimo esfuerzo; defender la honestidad donde muchos buscan la coima y el soborno; defender la vida en gestación, la dignidad del anciano, del enfermo... ¡del preso! Y así podríamos seguir. Doy gracias a Dios por todos los hombres y mujeres que en Cerro Largo y Treinta y Tres viven cristianamente su vida familiar, laboral y civil, siendo "sal y luz" para esta tierra.
Pero los laicos y laicas son hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia (2). Por eso también están llamados a diferentes servicios dentro de la comunidad cristiana, como ministros, animadores, catequistas, miembros del consejo económico, etc.

La vocación a la vida consagrada

En nuestra Diócesis, gracias a Dios, están presentes muchas personas consagradas. Religiosas de diferentes congregaciones, pero también laicos y laicas de diferentes asociaciones de fieles que consagran su vida a Dios. El Concilio Vaticano II nos enseña que "Ya desde los orígenes de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se esforzaron por seguir con más libertad a Cristo por la práctica de los consejos evangélicos y, cada uno según su modo peculiar, llevaron una vida dedicada a Dios, muchos de los cuales bajo la inspiración del Espíritu Santo, o vivieron en la soledad o erigieron familias religiosas a las cuales la Iglesia, con su autoridad, acogió y aprobó de buen grado" (3).
Estas personas consagradas prestan muchos buenos servicios en la sociedad trabajando en obras sociales, en la educación, en la salud, en el cuidado de personas ancianas... pero la razón de ser de su consagración no es ésa: es dar testimonio de que hemos sido creados para Dios, que Dios es el fin de nuestra vida. La consagración a Dios se hace a través de tres votos. Pobreza, renunciando a los bienes personales, compartiendo en comunidad lo que se tiene, pero sobre todo, viviendo con Dios como el mayor bien que podemos tener. Obediencia, eligiendo libremente buscar y obedecer la voluntad de Dios a través de la Iglesia y de la orden, congregación o asociación a la que se ingresa. Castidad, dejando de formar una familia de sangre para vivir en fraternidad con todos los hijos e hijas de Dios, es decir, con toda persona humana. La castidad expresa la consagración total de la persona, con alma y cuerpo a Dios.

La vocación al sacerdocio

Jesús dejó a los hombres muchas formas de su presencia. Una de las formas más privilegiadas de esa presencia está en los sacramentos, muy especialmente en la Eucaristía. De entre los fieles cristianos, Jesús llama a algunos hombres a consagrarse enteramente a Él para el servicio de la comunidad. El sacerdote es "el hombre de la Eucaristía": el que hace presente a Cristo con su Cuerpo y con su Sangre para alimentar la fe, la esperanza y el amor en la comunidad. Es el que trasmite y explica la Palabra para ayudar a que todos los miembros de la comunidad crezcan como discípulos misioneros de Jesús. Es el que ayuda a la comunidad a descubrir y organizar los diferentes dones que el Espíritu Santo entrega a sus miembros, dones entregados para el servicio de la comunidad.
Nuestra Diócesis tiene una especial necesidad de sacerdotes. Agradecemos a los que, surgidos de en medio de nuestro pueblo, han respondido al llamado y también a quienes, con mucha generosidad, dejaron su tierra y su gente para venir a compartir nuestro peregrinar. Pero necesitamos rezar y trabajar muy especialmente para tener más sacerdotes que sean verdaderos hombres de Dios para la vida de nuestro pueblo.

La vocación al diaconado permanente

A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia retomó una práctica que había ido quedando en desuso: ordenar diáconos a hombres casados. Hasta entonces, el diaconado era un paso previo, obligatorio, antes del sacerdocio. El Diácono Permanente es un hombre casado ordenado para el servicio en este ministerio por el cual puede regularmente celebrar Bautismos, presidir la celebración de Matrimonios, animar una celebración de la Palabra de Dios, distribuir la Comunión y realizar otras tareas pastorales como miembro del clero diocesano, sin ser sacerdote.

La verdadera vocación viene de Dios

En la Carta a los Hebreos (5,1.4) se nos dice que "todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" y que "nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios".
Esto último, "nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios", vale para todas las vocaciones. La vocación es un llamado de Dios al que respondemos. No es simplemente algo que "sentimos", algo que "nos gusta", algo que “queremos”. Es mucho más profundo. En la Biblia encontramos muchos relatos de vocaciones, y es característico que la persona llamada se sienta pequeña, incapaz, indigna de la misión para la que Dios llama. Y Dios responde a esas dudas asegurando "Yo estaré contigo".
Hoy Jesucristo nos sigue diciendo "Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (4). Animados por Él, seguimos pidiendo que envíe trabajadores para su campo, para su cosecha.
+ Heriberto
1) Ad Gentes 15
2) Cfr. Puebla 786, Lumen Gentium, capítulo IV
3) Perfectae Caritatis, 1
4) Mateo 28,20

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Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50. La versión escrita que presenta el Blog no necesariamente es la versión literal de lo emitido, pero sí su contenido esencial.

sábado, 11 de junio de 2016

Diócesis de Melo - Organizando jornada de formación y fiesta diocesana


En el día de hoy, en la parroquia San José Obrero de la ciudad de Treinta y Tres se reunió la Vicaría Pastoral de la Diócesis de Melo.
Junto con el Obispo y el Vicario Pastoral, los integrantes de la Vicaría reflexionaron sobre la actual realidad eclesial y prepararon dos eventos importantes a realizarse en los próximos meses: una jornada de formación y la fiesta diocesana. También se conversó sobre la posibilidad de realizar una Asamblea Diocesana.

Jornada de Formación. El domingo 24 de julio se hará una jornada de formación en el marco del Proyecto Semería para la Formación y el Discipulado. El Proyecto Semería tiene ese nombre en homenaje a Mons. José Marcos Semería, primer Obispo de Melo, de cuya llegada a la Diócesis se cumplirán cien años en 2019.
La jornada será orientada por el Pbro. Edgardo Rodríguez, de la Diócesis de Mercedes y el tema será "Misericordiosos como el Padre... volvemos al camino".
Se hará en la Parroquia San José Obrero de Treinta y Tres, comenzando a las 8:30 y culminando a las 17 horas. Más detalles en la página de Facebook "Semería: Formación y Discipulado".

Fiesta diocesana. El domingo 9 de octubre (domingo cercano al 12, fiesta de Nuestra Señora del Pilar, patrona de la Diócesis) se celebrará en Melo la fiesta diocesana, en el marco del Año de la Misericordia. Se ha confirmado la presencia del Cardenal Daniel Sturla SDB. El Cardenal celebrará la Misa en la Catedral de Melo, lugar elegido para que los peregrinos de toda la Diócesis puedan también pasar por la Puerta de la Misericordia.
Se está gestionando la actuación del grupo de parodistas Aristóphanes (que ya estuvo en la fiesta diocesana del año pasado presentando la vida de Don Bosco) con una representación de la vida de Mons. Jacinto Vera.

Asamblea diocesana. El año próximo, los obispos uruguayos irán en visita Ad Limina Apostolorum ("A la tumba de los apóstoles") es decir, a Roma, donde tendrán un encuentro con el Papa Francisco y reuniones con los diferentes organismos de la Curia Romana. Con ese motivo, la Diócesis debe redactar un informe de la situación de la Iglesia en los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres desde el último informe presentado, que fue preparado en 2007.
En la reunión de la Vicaría se consideró que sería bueno que, una vez elaborado ese informe, con esa visión de la realidad diocesana y la perspectiva de los próximos años, los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas y laicos representantes de cada una de las 16 parroquias, se reunieran con el Obispo para revisar el proyecto diocesano y reorganizar los diferentes aspectos de la vida pastoral diocesana. La idea será consultada, apuntando como fecha tentativa un sábado a fines del mes de noviembre.