jueves, 14 de septiembre de 2017

Como también nosotros perdonamos (Mateo 18, 21-35)

Papa Francisco en Villavicencio, 8 de setiembre de 2017,
ante el Cristo mutilado de Bojayá.





"Hasta setenta veces siete..." Pero ¿es posible perdonar lo imperdonable?
Voces de Colombia con esperanza de reconciliación y la palabra del Papa Francisco redondean esta reflexión de Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay, a propósito del Evangelio correspondiente al XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, 17 de setiembre de 2017.

“Perdonar es divino… ¡que Dios te perdone! Yo no te perdono…”
Terribles palabras… y terrible realidad. Una persona queda sin ser perdonada; otra persona queda sin dar perdón. Las dos quedan atadas por un vínculo de resentimiento, que seguirá presente en sus vidas…
“No me perdonó” siente una de las personas… “No la puedo perdonar” siente la otra.
Todos tenemos necesidad de ser perdonados. Todos tenemos alguien a quien necesitamos perdonar.

Nuestro Obispo emérito Mons. Roberto Cáceres, con su característico buen humor, solía decir, al explicar la oración del Padrenuestro, que Dios nos hace un pequeño “chantaje”:
En efecto, al enseñarnos a rezar el padrenuestro, Jesús nos indica pedirle al Padre: “perdona nuestras ofensas”, pero agrega, como todos sabemos: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. De esa manera, Jesús nos pone frente a nuestra propia capacidad de perdonar, para, a su momento ser perdonados.
Errar es humano, perdonar es divino… por lo que el perdón humano participa del perdón de Dios. Pero ¿no hay cosas imperdonables?

Recientemente el Papa Francisco visitó Colombia en el marco del proceso de paz que el país hermano vive después de décadas de violencia.
El Papa no fue allí para apoyar tal o cual solución política, que siempre será insuficiente. Fue allí para anunciar el mensaje de perdón y reconciliación del Evangelio, del Evangelio que escuchamos este domingo, que nos llama a perdonar “hasta setenta veces siete”.
Pero antes de hablar, Francisco fue a escuchar. El 8 de setiembre, en Villavicencio, cuatro personas presentaron su testimonio.
“Hoy doy gracias a Dios en nombre propio y en el de las miles de víctimas que se han sobrepuesto a tener la capacidad de nombrar lo innombrable y perdonar lo imperdonable”.
Así hablaba Pastora Mira, una mujer marcada por la violencia contra sus seres queridos. Cuando era niña, su padre fue asesinado. Años después, su primer esposo y sus dos hijos fueron asesinados por los paramilitares. Ella se encargó de cuidar al asesino de su padre al encontrarlo anciano y abandonado. Y también, tres días después de enterrar a su hijo, encontró a un joven herido y lo cuidó. En la casa, el joven vio las fotos del hijo de Pastora y le confesó que él era uno de los que había matado a su hijo.
“Doy gracias a Dios, que con la ayuda de mamita María, me dio la fuerza de servirle sin causarle ningún daño a pesar mi indecible dolor”.
Deisy Sánchez fue reclutada a los 16 años por los paramilitares. Estuvo en lucha armada por tres años hasta que fue capturada. Salió y la volvieron a reclutar, hasta que se desmovilizó:
“gracias a Dios me pongo a acercar a la Iglesia y en la Eucaristía dominical encuentro ahora consuelo y una orientación para el futuro”.
Cuando recobró su libertad, estudió psicología y hoy trabaja ayudando a víctimas de la violencia y acompañando la rehabilitación de adictos.

Juan Carlos Murcia fue guerrillero de las FARC por 12 años. En el primer año perdió su mano izquierda manipulando explosivos.
“Al pasar el tiempo me di cuenta de que estaba equivocado y tomé la decisión de reintegrarme a la vida civil, inspirado por el deseo de comenzar un nuevo proyecto de vida junto con mi esposa y mis tres hijos”
Juan Carlos trabaja en una fundación que promueve el deporte entre niños y jóvenes como forma de integración social y prevención del reclutamiento.

Luz Dary Landázury fue afectada por la explosión de una mina antipersonal que le causó varias lesiones. Le llevó dos años la recuperación física; pero su camino para una recuperación psicológica y espiritual pasó por ir al encuentro de otras personas que habían sufrido tanto o más que ella como víctimas de la violencia.
“Descubrí que no podía seguir viviendo llena de odio, porque tan solo liberándome de ellos, podría sentir paz en mi interior. Sentí renacer como una nueva oportunidad que Dios me había dado, desde un nuevo proyecto de vida al servicio de la comunidad”.
Cada una de estas personas podrían haber dicho o haber escuchado las palabras duras con las que abríamos esta reflexión; “yo, no te perdono”… sin embargo, supieron perdonar o supieron pedir perdón. Y no fueron sólo palabras: para cada uno de ellas hubo un cambio de vida, un giro que convirtió el impulso del resentimiento, del odio, de la violencia y la venganza en gestos de amor que transformaron su vida y la de muchas otras personas.

Después habló Francisco. Y comenzó haciendo notar la presencia de un testigo de todo lo que se estaba viviendo. Un testigo muy especial…
Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.
Y antes de dirigir una oración final ante el Cristo de Bojayá, Francisco concluyó:
Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, y renunciar a las venganzas, y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidámosle  ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia.
Muchas veces estaríamos dispuestos a perdonar si se nos pide perdón… si alguien que nos ha hecho daño reconoce lo que ha hecho, está arrepentido, promete no hacerlo más y nos pide perdón, estaríamos dispuestos a perdonar… pero nos quedamos esperando. Tal vez inútilmente. La visita de Francisco a Colombia se hizo con el lema “demos el primer paso”. Llama a tomar la iniciativa, a ir hacia el otro y abrir la posibilidad del encuentro y la reconciliación. Porque el otro es mi hermano, al que estoy llamado a perdonar hasta setenta veces siete.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Jesús en medio (Mateo 18,15-20)






Vivir en comunidad la corrección fraterna, unirse para orar juntos al Padre... todo con Jesús en medio. Reflexión del Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant, sobre el Evangelio correspondiente al Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Mateo 18,15-20).

En una familia donde hay varios hermanos, a veces con cierta distancia de edades, es difícil que todos ellos se pongan de acuerdo para pedir una cosa. Los jóvenes, los adolescentes, los niños más grandes, los niños más chicos viven en mundos diferentes. Es difícil que haya algo que concilie los intereses de todos. Pero si un día se ponen todos de acuerdo y juntos, con cara de buenos, piden algo a sus padres… es muy difícil que les digan que no. Tal vez esa experiencia de la vida familiar está detrás de estas palabras de Jesús:
Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.
“Si dos de ustedes se unen”… no simplemente si “se juntan”, sino si “se unen”, es decir, si actúan en unidad.

Una de las cosas que más nos hace sufrir es la “desunión”… nos cuesta ponernos de acuerdo. Entre los miembros de una familia, entre compañeros de estudios, entre compañeros de trabajo, entre vecinos, entre los socios de una institución… aún dentro de una comunidad cristiana…
A veces, la división pasa hasta por nuestro propio interior… como decía un amigo mío: “en la reunión éramos tres y había cuatro ideas opuestas”.

La unidad es la realidad más profunda de Dios.
Esa unidad está expresada en el Dios único, el Dios Uno, que, a su vez, es Trinidad: tres personas. “No tres dioses, sino un solo Dios”.
Esa unidad, la realidad más profunda de Dios, es también el sueño de Dios.
La unidad de toda la familia humana entre sí y con Dios.
Esa es la oración de Jesús “Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno”.

Ese sueño de Dios para la humanidad está permanente amenazado por una presencia maligna que se le opone: el Diablo. Diablo es una palabra griega que significa “el que divide”, el que produce división.
En criollo tenemos el dicho que expresa esa acción maligna: “el diablo metió la cola”… cuando se destruye un matrimonio, cuando dos amigos se pelean, cuando un grupo que había estado unido se divide… “el diablo metió la cola”.
Pero no es sólo obra del Diablo… el Diablo actúa como tentador… es la libertad humana la que se abre o se cierra al encuentro, a la unidad. La cola del Diablo en el medio de las personas, es la división, el enfrentamiento, la enemistad, la discordia, la destrucción mutua.

Jesús nos propone unirnos. Que al menos dos nos unamos para pedir algo al Padre.
Pero Jesús avanza en su promesa y agrega algo más: “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, se sintió especialmente llamada a trabajar por la unidad de la familia humana.
El movimiento nació en plena Guerra Mundial, en un mundo destrozado por las divisiones entre los hombres, llevadas hasta el horror de la guerra total.
Allí, la unidad soñada y pedida por Jesús se convirtió para Chiara en “el Ideal” y se lanzó a trabajar por el encuentro, el diálogo y la reconciliación entre los hombres.
Sin embargo, Chiara era consciente de que eso no era posible si no se ponía a “Jesús en medio”, como fundamento último, como piedra angular de esa unidad de toda la familia humana.
La presencia de Jesús en medio produce el efecto contrario a la de la cola del Diablo. Es la presencia que abre puertas, que abre corazones, que acerca, que une.
Es una presencia exigente, porque la unidad no es posible sin que cada uno renuncie a algo. Poner a Jesús en medio es poner la mirada más allá de toda división y encontrar a quien con sus brazos abiertos en la cruz ha abrazado a toda la humanidad.

Desde esa perspectiva es como entendemos mejor las palabras iniciales de este pasaje del Evangelio: “si tu hermano ha pecado…”
 Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Hoy cuesta hablar de pecado… algunas personas quedaron con una visión infantil del pecado y sonríen condescendientemente o ironizan de forma hiriente cuando se habla de pecado. “Dije algunas mentiras… digo malas palabras…”
Y sin embargo… ¿tenemos alguna duda de que hay mucha maldad en el mundo? No estoy hablando de desgracias, de accidentes, sino de acciones, de acciones hechas por seres humanos a otros seres humanos, con la intención de aniquilar, matar, destruir, herir, degradar, someter, explotar, despojar, manipular, engañar… ¿tengo que seguir agregando verbos?
Hablamos de pecado cuando miramos esas acciones terribles en referencia a Dios: son acciones que van contra el sueño de Dios, son acciones que rompen la unidad humana, son acciones que deshumanizan, en primer lugar, al que las hace…

Pero cuando un grupo humano se pone en el camino de la unidad, ¿qué pasa cuándo alguien rompe esa unidad con una mala acción? Jesús propone una serie de pasos, en los que lo que se busca ante todo es “ganar al hermano”: salvar al hermano, ayudarlo a volver al camino de Dios y a la vida fraterna, en unidad con los hermanos.
Este camino que busca volver a acercar al hermano que ha actuado mal, se llama tradicionalmente “corrección fraterna”. Fraterna, porque es entre hermanos y hermanas, de hermano a hermano, de hermana a hermana y todas las combinaciones posibles. Es una relación horizontal. Es la corrección que hace alguien que no se pone por arriba, sino como hermano. Es la corrección de alguien que se sabe también frágil, también pecador, de alguien que revisa su propia vida y trata de encaminarla en Dios cada día.
No es fácil corregir, no es fácil aceptar la corrección… pero Jesús ha prometido su presencia cuando dos o más se reúnen en su nombre. Por eso, también, y muy especialmente, este diálogo entre hermanos necesita pedir tener a Jesús en medio de ellos.

Esperando el encuentro con Francisco (reunión del CELAM)

En el momento de la llegada de Francisco a Bogotá

En comunión y esperanza con el Papa Francisco

Bogotá, jueves 7 de setiembre de 2017
Los Obispos integrantes del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) hemos tenido nuestra reunión anual de coordinación desde el día 5 hasta hoy, en que nos disponemos a encontrarnos con el Papa Francisco.
Desde este organismo que está al servicio de las 22 Conferencias Episcopales de América Latina y el Caribe, saludamos al Santo Padre como mensajero de esperanza y paz para todos nuestros pueblos y especialmente el de Colombia.
En estos días nos hemos solidarizado con pueblos e Iglesias que viven graves situaciones: Venezuela, en su prolongada crisis; los países afectados por fenómenos climáticos; la situación de numerosos jóvenes migrantes en los Estados Unidos.
Nuestro trabajo, en comunión con las orientaciones del Santo Padre, se ha centrado en avanzar en la conversión pastoral, profunda necesidad de la Iglesia en todos los tiempos, pero particularmente en el mundo cambiante en el que nos encontramos. Toda conversión es una vuelta a Jesús Camino, Verdad y Vida. La conversión de los pastores implica crecer en nuestra fidelidad al mensaje del Evangelio para anunciarlo no sólo con palabras sino con toda nuestra vida; no como únicos protagonistas, sino con la participación de todo el Pueblo de Dios.
Aguardamos del Papa Francisco su palabra que oriente y confirme en la fe y en nuestro compromiso de servicio a los más pobres; palabra que trasmitiremos a nuestros hermanos Obispos y a toda la comunidad eclesial, seguros de que nos ayudará a todos a vivir una mayor fidelidad al Evangelio.
Auguramos para todo el pueblo colombiano los mejores frutos de esta visita, que afiance su fe y contribuya a la construcción de la paz.




Informe de La Voz de Melo (audio y foto)

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cali: de la gran ciudad a las "veredas de las lomas"

Seminario de La Ceja, Rionegro. Seminaristas Cruzada del Espíritu Santo
Jueves 31: visita al Seminario Cristo Sacerdote
Después del pasaje por Medellín y Caldas, y antes de seguir a Cali, de nuevo en la Diócesis de Sonsón-Río Negro, cerca de Medellín, visito el Seminario Cristo Sacerdote en La Ceja. Converso con el rector, que es miembro del Consejo de Consultores de la Diócesis, y le cuento de mi petición al Obispo de algún sacerdote misionero para Melo en algún tiempo próximo. Recibe con sensibilidad mi planteo y me asegura que se lo trasmitirá al Obispo.
Me encuentro aquí también con cuatro seminaristas de la Cruzada del Espíritu Santo. Recordemos que tenemos en nuestra Diócesis un miembro de esa Sociedad de sacerdotes. Existe la posibilidad de que en el futuro sean dos y tal vez también un seminarista en año pastoral. Por eso me pareció oportuno encontrarme con estos muchachos, los cuatro colombianos, de diferentes regiones, que en algún futuro podrían estar también entre nosotros. Me gustó mucho su interés y sus preguntas por el Uruguay, del que habían buscado informarse más antes de recibirme. También estuve con otros dos sacerdotes de la Cruzada, entre ellos quien acompaña la formación de esos seminaristas.
Vuelo en la tarde a Cali, donde me espera el P. Iván, que nos visitará pronto en Melo.

Viernes 1 de setiembre: bajo la mirada de Cristo Rey
Lo primero es lo primero: visité al arzobispo de Cali, Mons. Darío de Jesús Monsalve. Quedó abierta la posibilidad de que un sacerdote de la arquidiócesis esté en Melo el año que viene.
El P. Iván y una familia amiga me llevan a conocer Cali... y lo mejor es verla desde arriba, desde el cerro donde está la estatua de Cristo Rey, inaugurada en 1953.




Cali es conocida por muchas cosas… fue sede de los Juegos Deportivos Panamericanos de 1971. Los futboleros recordarán al América y al Deportivo de Cali. También tristemente conocida por el Cartel de Cali y el narcotráfico. Con sus 2.420.000 habitantes, se extiende sobre el valle del río Cauca. Es otra cara de Colombia. Calurosa, comercial, con gente muy afable y de trato sencillo y familiar.

A la noche, Misa en la Parroquia Jesús Misericordioso, donde estoy alojado. Al terminar la Misa, el párroco, P. Octavio, nos hizo una invitación: “los que quieran, vamos ahora a salir rezando el Rosario hasta el sitio”. “El sitio” era un lugar en uno de los parques del barrio, donde habían caído asesinados un hombre joven y su esposa, presuntamente por un tema relacionado al narcotráfico. Marchamos, pues, junto con un gran número de fieles, rezando el Rosario, con velas encendidas. En la meditación de los Misterios Dolorosos, fuimos escuchando palabras del Papa Francisco y de San Juan Pablo II que nos recordaban el valor de la vida.
“Esto es algo que nos ha pedido nuestro arzobispo” -me explicó el párroco- “que cuando hay un asesinato se rece en el sitio donde ocurrió, de manera que no nos acostumbremos a que estas cosas siguen pasando en Cali”.



Sábado 2: celebrando la visita de Francisco
Cali no será visitada por el Papa, pero eso no impidió que se le diera una bienvenida.
Con el P. Iván y el P. Octavio fuimos a la Plaza (o Parque, como se dice aquí) Joaquín de Cayzedo, frente a la Catedral, donde acompañé a Mons. Monsalve y a sus auxiliares en una Misa en la que se hizo una bienvenida simbólica al Papa Francisco (que no visitará Cali). Se celebró en un clima de mucha alegría y se animó a los caleños que irán a los lugares en encuentro en Medellín, Bogotá, Villavicencio o Cartagena de Indias.

La "chiva" (ómnibus) llega a San Antonio

Subiendo a "las veredas de las lomas"
En Colombia, "vereda" no es la banda de baldosas al costado de la calle por la que caminan los peatones, sino lo que nosotros llamaríamos pueblos de campaña. Dejamos Cali y empezamos a subir hacia las "lomas", es decir, a la montaña.
Vamos subiendo en un pasaje siempre verde, exuberante, hasta San Antonio, la cuasi parroquia que atiende el P. Iván.
La Iglesia de San Antonio
Domingo 3: la Misa
Después del desayuno que nos ofrece Doña Betty, consistente en chocolate (con agua, pero muy rico) y "arepas" cocinadas a las brasas, marchamos para la Misa.

Por el camino pasamos frente a dos iglesias pentecostales de las que salían fuertes cantos y aclamaciones. Nos cruzamos con una gente rara por su modo de vestir, que resultaron ser de una especie de secta llamada "Israelitas", que venía ese domingo por primera vez al pueblo.
No obstante, la Iglesia estaba llena. La comunidad había puesto un cartel a la entrada: "Bienvenido a San Antonio, Señor Obispo". Adentro, el templo estaba arreglado con flores y guirnaldas. La liturgia muy bien preparada y contamos con un grupo de monaguillas o "acólitas" como se presentaron ellas mismas.
La tarde fue para un poco de descanso y regreso a Cali, para otra Misa en la parroquia Jesús Misericordioso y para seguir mañana el viaje a Bogotá, nuestra etapa final: reunión del CELAM y encuentro con el Papa Francisco.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Ir detrás de Jesús (Mateo 16,21-27)







Nuestro comentario anterior concluyó con un “continuará”, al estilo de los viejos folletines. Por eso mismo, se hace necesario empezar recordando de qué hablamos anteriormente…

Estuvimos viendo una de las más antiguas encuestas que se han hecho. Jesús preguntó a sus discípulos qué decía la gente sobre él y luego preguntó a ellos mismos: «Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?». Fue Pedro quien tomó la palabra y respondió:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»
Esa respuesta le valió la aprobación de Jesús:
«Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…».
Hasta aquí, todo bien. Pero la continuación de este pasaje del Evangelio va a dar un giro muy grande a este relato. Va a dar un giro dramático a la vida de Jesús, a la vida de los discípulos y al conjunto del Evangelio.

Sucede que Jesús anuncia su pasión. Así lo cuenta san Mateo:
“Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.”
“sufrir… ser condenado a muerte… y resucitar al tercer día”. Olvidémonos por un momento que ya sabemos “el final de la película” o que estamos “leyendo el diario del lunes”, como suele decirse. Pongámonos en el lugar de los discípulos.

Ellos están viviendo un tiempo maravilloso junto a Jesús. La palabra que define muchos de los momentos vividos es “éxito”. Hay multitudes que se acercan a Jesús. La gente reconoce que él habla con autoridad “y no como los escribas y fariseos”. Mucha gente ha sido curada o liberada de los demonios… Jesús se manifiesta realmente como el “Ungido”, es decir, aquel que tiene consigo el Espíritu Santo y todo su poder.

Los discípulos pueden estar preguntándose hasta dónde llegarán siguiendo a Jesús. Algunos de ellos se imaginan que van hacia la conquista del poder, el poder terrenal. Ni más ni menos. Dos de ellos arreglan que su madre hable con Jesús para acomodarlos en los primeros: “que mis hijos puedan sentarse uno a tu derecha y otro a tu izquierda”…

¡Qué lejos están de imaginar quienes estarían finalmente a la derecha y a la izquierda de Jesús, aquéllos dos ladrones crucificados con él! “Ustedes no saben lo que piden…” dice Jesús.

Pero ahora, este anuncio de Jesús que habla de “sufrir”, de “ser condenado a muerte”… aunque hable de resurrección -lo que nadie entiende- cae como un balde de agua fría.

Inmediatamente después de escuchar ese anuncio, Pedro dice:
«Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Y no se trata sólo de lo que dice, que ya muestra que no entiende a Jesús, sino de lo que hace: se llevó a Jesús aparte y comenzó a reprenderlo. Esto le va a valer a Pedro escuchar una palabra durísima de parte de Jesús:
«¡Retírate, ponte detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
De todo esto, tal vez lo que más nos impresiona es que Jesús le diga a Pedro “Satanás”. Es muy fuerte. ¿Por qué dice esto Jesús? Porque Pedro allí está haciendo el trabajo del Diablo, que es tentar a Jesús, buscar que Jesús se aparte de su camino.

Jesús le dice a Pedro “tú eres para mí un obstáculo”, “un tropiezo”. La palabra griega que se está traduciendo allí es skandalon, origen de nuestra palabra escándalo. El skandalon era en Grecia la trampa con que se atrapaba a un animal que iba de camino, inmovilizándolo, ya fuera con un lazo o con un cepo. Jesús quiere significar que si Él hace caso a las palabras de Pedro, se quedará detenido, no podrá continuar su camino para hacer la voluntad del Padre.

Jesús le dice también a Pedro:
“ponte detrás de mí”.
Esto puede pasarnos un poco desapercibido, pero es tal vez lo más importante para Pedro y para nosotros. Con su actitud, Pedro se había puesto delante de Jesús. Se había puesto en su camino. Pretendía hacerle cambiar el rumbo. Pretendía guiarlo. Ese no es el lugar del discípulo de Jesús. El discípulo de Jesús es el que sigue a Jesús, es decir, el que trata de ir conformando su vida con la enseñanza de Jesús. Y eso sólo es posible yendo detrás de Él y llevando la propia cruz. Así lo indica Jesús a todos los discípulos, después de reprender a Pedro:
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.”
“El que quiera venir detrás de mí…”, el que quiera seguirme de verdad… Aquí está planteado algo fundamental sobre nuestra actitud espiritual, nuestra actitud frente a Dios… Jesús advierte que a veces lo que queremos es “salvar nuestra vida”. En esa actitud, si creo en Dios, ese Dios me interesa tanto cuanto pueda hacer algo por mí, de acuerdo a mis deseos, de acuerdo a mis intereses… en definitiva, de acuerdo a mi voluntad. La búsqueda de Dios para quien quiere “salvar su vida” en el sentido de que habla Jesús, es la búsqueda de un ser poderoso al que, bueno… tengo que agradar de alguna manera, pero para que haga lo que yo quiero…

Pero eso no es lo que Jesús propone. Jesús vive para hacer la voluntad del Padre y llama a todos a entrar en ese camino. A buscar y a realizar la voluntad de Dios. Él nos enseña a rezar “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

La voluntad de Dios, me oirán decirlo más de una vez, es voluntad de vida y salvación para toda la humanidad. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, escribe San Pablo. Renunciar a sí mismo, como pide Jesús, significa salir de mí mismo, dejar de ponerme en el centro del universo, poner en el centro a Dios, ir hacia Dios, ir hacia los demás. No pretender poner a Dios al servicio de mis propósitos, sino poner mi vida al servicio de Él, confiado en la promesa de Jesús: “el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.”

+ Heriberto

martes, 29 de agosto de 2017

Desde Colombia, hacia el encuentro con Francisco


Cae la tarde en Medellín. La vista de esta ciudad que se extiende trepando por las laderas de los montes que la circundan, se alegra con las luces que se van encendiendo. Todavía se ve el rojo del ladrillo y de las tejas que dan personalidad a la capital del departamento de Antioquia, con una población en su área metropolitana que supera la de todo el Uruguay.

Desde el templo parroquial me llegan los cantos de la Misa. Mucha gente, en este martes en la parroquia San Andrés Apóstol, cuyo párroco es el P. Álvaro Mejía, a quien debemos la presencia de nuestros sacerdotes colombianos.

He llegado hasta Colombia para la reunión del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) que será en Bogotá la semana próxima y que concluirá con una reunión con el Papa Francisco y la participación en la Misa que él presidirá en el Parque Simón Bolívar el próximo jueves. En cada parroquia se respira un ambiente festivo preparando la visita del Papa.


Desde mi llegada he tenido varios encuentros en los que he buscado algunas posibilidades para la Diócesis. En Bogotá visité a la asociación Misioneros de la Juventud y su institución Central de Juventudes. Llegué a ellos por mediación del P. Enrique Martín, misionero español que ha estado tres veces en Río Branco.


Los Misioneros de la Juventud tienen una propuesta interesante para la formación de jóvenes, incluida la formación de jóvenes misioneros. Pude escuchar el testimonio de tres jóvenes que han hecho un año de misión en diferentes lugares de Colombia. Nos ofrecieron la formación de jóvenes uruguayos y la posibilidad de venir también a nuestra diócesis en misión con jóvenes.

En la Diócesis de Sonsón-Rionegro, que tiene fuera de Colombia 200 sacerdotes misioneros (en lugares tan remotos como Bangladesh) en ausencia del Obispo fui recibido por el Vicario General y el rector de la Universidad Católica, presentando nuestras necesidades. Dejo una carta para el Obispo Mons. Fidel Cadavid presentando nuestro pedido. Quedó confiada al P. Daniel, a quien conozco desde la primera visita a Medellín y que me llevó a celebrar en una capilla provisoria construida con cañas.



En la Diócesis de Caldas estuve con su Obispo, Mons. César Balbín, a quien agradecí la presencia del P. Samuel en nuestra diócesis. Mons. César me aseguró su voluntad de que esta presencia se continúe más allá del tiempo acordado para el P. Samuel. Encontré también allí la presencia de la Sociedad Cruzada del Espíritu Santo, a la que pertenece el P. Walter (Cruz Alta) que tiene a sus seminaristas en Rionegro, en un importante seminario. Saludé a dos de los sacerdotes de la Cruzada que están en Caldas. Visité también la familia del P. Samuel y pasé por Amagá, el pueblo del P. Reinaldo.


En Medellín di una charla para un grupo de jóvenes universitarios que se congrega bajo "La mirada de Dios". Fue un gusto encontrar un grupo de jóvenes inquietos por profundizar y compartir su fe. Pude también encontrarme con el P. Wilson, que va reencaminando su ministerio en una diócesis colombiana.

Mi viaje continúa pasado mañana a Cali, para ver a un sacerdote que desea ir a Uruguay, si su Obispo se lo permite. También está previsto un encuentro con el Obispo.

El lunes, vuelvo a Bogotá para la reunión del CELAM y encuentro con Francisco. Al otro día emprenderé el regreso. Traigo la Diócesis en el corazón, rezo por todos y cada uno. Ténganme también presente en sus oraciones.

Se hizo noche en Medellín... Las luces parecen guirnaldas de un gigantesco árbol de Navidad... que sea un buen presagio.
+ Heriberto

jueves, 24 de agosto de 2017

Y tú ¿quién dices que soy yo? (Mateo 16, 13-20)

Confesión de fe de Pedro, vitral en la Iglesia
de S. María y S. Lamberto, Stonham Aspal,
Suffolk, Inglaterra.





«¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Eso preguntó Jesús una vez a sus discípulos: ¿Qué dice la gente sobre mí? Los discípulos le respondieron:
«Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
Diferentes imágenes de Jesús… La gente de su tiempo lo veía como un hombre de Dios, un profeta, una de esas personas que Dios enviaba cada cierto tiempo en medio de su Pueblo para comunicar su palabra. Alguien como Elías, como Juan el Bautista.
Pero Jesús pregunta a sus discípulos:
«Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?»
La respuesta la va a dar Pedro:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»
Creo que todos entendemos, por lo menos de alguna forma, lo que quiere decir Pedro con “el Hijo de Dios vivo”. Hay que entenderlo en el sentido más fuerte del término. Jesús no es “un” hijo sino que es “el” Hijo. El Hijo único de Dios. Es el Hijo en una forma tan especial, que en el Credo lo expresamos diciendo que Él es
“Hijo único de Dios, nacido del Padre
antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”
“No creado”. Nosotros somos creaturas. El Hijo, no. Él es engendrado por el Padre. Hasta dónde entiende Pedro en ese momento el alcance de lo que está diciendo, no lo sabemos; pero está expresando la más profunda verdad sobre Jesús, el Hijo de Dios vivo.

Pero Pedro utiliza primero otra expresión para decir quién es Jesús para él: “Tú eres el Mesías”, le dice.

“Mesías” es una palabra hebrea que significa “ungido”, es decir, una persona que había sido ungida derramando aceite sobre su cabeza. Digamos ya que la palabra hebrea Mesías se traduce al griego como “Cristo”. Es decir, Cristo significa también “ungido”.

La unción con aceite era un rito que se practicaba para expresar que Dios había elegido a alguien para una misión especial. Así se cuenta en el primer libro de Samuel la unción de David como futuro rey de Israel:
“Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Dios”. (1 Samuel 16:13)

Notemos que lo importante no es el rito con el aceite, sino su consecuencia: “vino sobre David el espíritu de Dios”. A toda persona, como a los profetas, en la que se manifestaba el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, se le llamaba también “ungido”, aunque no hubiera recibido el aceite.
Dios prometió al rey David que un descendiente suyo reinaría para siempre. Así, el Pueblo de Dios comenzó a esperar la llegada de ese Ungido, de ese Mesías, que ya no sería uno más, sino que sería “el Mesías”, “el Cristo”.

Cuando Pedro dice “Tú eres el Mesías”, está reconociendo eso. Jesús era aquel que todo su Pueblo había esperado a lo largo de siglos: el Ungido, el Cristo, el enviado de Dios con todo el poder del Espíritu Santo.

Delante de Pedro está Jesús, con su rostro de siempre, con sus manos curtidas, con su túnica de uso diario… Es la fe la que permite a Pedro reconocer en el carpintero de Nazaret al Mesías enviado de Dios; más aún, al Hijo de Dios.
Es así que Jesús le dice:
«Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…».
Feliz de ti, Pedro… Feliz de cada uno de nosotros, si podemos decir con Pedro, frente a Jesús: “Tú eres aquel en quien yo creo; tú que te has hecho hombre por nosotros; tú que has muerto y has resucitado, tú que nos das la Vida para siempre”.

Pedro ha llegado muy alto en el camino de la fe… pero todavía no ha terminado el camino. Aún tiene mucho que aprender, y veremos de qué se trata. Pero aquí tenemos que decir, como en aquellos viejos folletines:

“Continuará...”

martes, 15 de agosto de 2017

¡Alzo mi voz a Dios gritando! (Mateo 15, 21-28 - Salmo 76)

Juan de Flandes: Jesús y la mujer cananea





“Alzo mi voz a Dios gritando / alzo mi voz a Dios para que me oiga”
Así dice el salmo 76. Los salmos son, antes que nada oraciones. Detrás de cada uno de ellos está la experiencia de una persona orante, de una persona que ha dirigido a Dios su súplica. A veces, como un desgarrador pedido de perdón… otras, una sentida acción de gracias… pero a veces son el grito de socorro de quien se siente a punto de perder la vida.
“Señor, atiende a esa mujer, porque nos persigue con sus gritos”
Eso dijeron los discípulos a Jesús en una ocasión. El Evangelio de este domingo nos cuenta que Jesús salió de su tierra, entrando en el territorio de los cananeos.
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.
Es en ese momento que intervienen los discípulos, tal vez más por librarse de ella que por atenderla realmente. Pero Jesús respondió:
«Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
La respuesta de Jesús es extraña… es una respuesta de rechazo, una respuesta excluyente. “He venido sólo para los de mi pueblo, sólo para los de mi raza…” y esa alusión a las “ovejas perdidas” hace pensar que está en un país extranjero solo por eso, por buscar una oveja extraviada.

Pero ahora la mujer se ha acercado:
… fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»
Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».
Llamar “perro” a alguien es un insulto muy fuerte, aún hoy. Lo era más aún en tiempos de Jesús. Es como para dar la vuelta mascullando rabia e insultos… Jesús le ha quitado un poco de su agresividad usando el diminutivo: “perritos”… cachorros. Tal vez también su tono de voz o aún una sonrisa mostrara que la negativa dejaba todavía una rendija por donde colarse en esa puerta que parecía cerrarse.

Y la mujer lo vio, y respondió con ingenio, pero sobre todo con fe.
«¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»
Jesús no pudo menos que decir:
«Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana.
Hace algunos años estuve celebrando la fiesta patronal de la capilla de Isla Patrulla, un pueblo del departamento de Treinta y Tres que se hizo famoso por la canción que le dedicó Ruben Lena, maestro en la escuela de la localidad.
Al terminar la Misa, se me acercó una mamá con dos hijas pequeñas, para que yo las bendijera. Les pregunté su nombre. La segunda se llama Abigaíl. A simple vista se notaba que Abigaíl tenía algunos problemas: un ojito desviado, pero, sobre todo, un cuerpo que estaba flojo, como sí tuviera alguna especie de atrofia muscular.
Pregunté a la mamá qué tenía la niña. Me contó que había sido un problema en el parto – no bien atendido –. Abigaíl había pasado cierto tiempo sin respirar, y eso le produjo una lesión cerebral y de ahí sus trastornos.
También me contó que le habían dado a lo sumo un mes de vida y que ahora tenía cinco años. Las palabras de esta mamá, que yo hubiera querido atesorar una a una, pero que le salían del corazón como un torrente imparable, me hablaron de su amor por su hija y de su lucha por sacarla adelante. Todo esto sin quejas, sin amarguras y con la profunda convicción de que esa niñita, con sus capacidades disminuidas, no había hecho disminuir sino acrecentar el valor que su madre le daba y el amor que le tenía. Y de repente, me quedaron estas palabras que ella dijo: “no hay nada más grande que la fe de una madre”.
Esas palabras me quedaron resonando en el corazón. “No hay nada más grande que la fe de una madre”. ¡Y qué grande que es el amor de una madre, dispuesta a trasmitir la vida y a pelear por la vida de sus hijos, contra todas las fuerzas que quieran arrebatárselos!

Esta es la madre que Jesús encontró en el camino. Ella suplicó, “alzo su voz a Dios gritando” y fue escuchada. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de todas sus angustias”, dice el Salmo 33.

Nos queda de todos modos la pregunta… Si Jesús ama siempre, si el amor está siempre presente en toda acción y en toda palabra de Jesús ¿por qué la trató así?
La respuesta solo puede ser “por amor”, aunque nos resulte incomprensible.
La mujer es pagana. Recurre a Jesús como a uno de los tantos sanadores que pasaban por aquellos caminos. Jesús pide algo más para actuar. Pide fe. Y la encuentra: “no hay nada más grande que la fe de una madre”

Dejemos a la madre de la tierra de Canaán y a la madre de Isla Patrulla.
Vayamos a nuestra propia relación con Dios.

A veces Dios quiebra nuestra dureza con respuestas duras. Existen cosas como el orgullo, la arrogancia y autosuficiencia que se vuelven una presencia maligna en nuestra vida y en la de quien vive con nosotros. Son actitudes que revelan heridas que todavía no son curadas.
Hoy puede ser un buen día para revisar cómo tratamos a los demás y expulsar las cosas negativas del corazón. Y cuando necesitemos de ayuda, tengamos el valor de pedirla, ya sea a Dios o a los hermanos. Pidámosla con fe.

viernes, 11 de agosto de 2017

Caminar sobre el agua (Mt 14, 22-33) Domingo XIX del Tiempo Ordinario.






Caminaré sobre las aguas
si tú me miras y me llamas
si alguien me dice que me amas
caminaré sobre las aguas. 
(Zeny Orduña)

Caminar sobre el agua… Difícil imaginarnos eso… se dice que Uruguay, que tiene una hermosa costa, es, sin embargo “un país de espaldas al mar”. Valoramos el agua y sentimos su falta, pero sabemos lo que son las crecidas, las inundaciones… sabemos lo que es estar “con el agua hasta el cuello”… y las mujeres de nuestros pocos pescadores saben lo que es estar “con el Jesús en la boca” hasta que los hombres vuelven del mar.

Algunos también recordarán los versos de Osiris Rodríguez Castillos en el Romance del Malevo, cuando el perro lo saca de las crecidas aguas del río Negro:

¡Hermano!, d’esta te quedo debiendo.
No me halla ni el pan bendito
si no me sacás, Malevo!

En el evangelio de este domingo, Jesús aparece caminando sobre el agua. Caminando sobre el mar encrespado, con viento en contra, hacia sus discípulos que iban en la barca…
“La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».”
Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».
«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»”

El pedido de Pedro sorprende… Primero, hay una duda: “Señor, si eres tú…”
Para salir de la duda, Pedro pide una prueba.

Comparemos esta prueba que pide Pedro con las “tentaciones” de Jesús. Dos veces le dice Satanás a Jesús “si eres Hijo de Dios…” y después le pide algo que demuestre que lo es realmente: convertir las piedras en pan, (Mt 4,3) o tirarse de lo alto del templo (Mt 4,6).

Pedro dice algo parecido “si eres tú…”, pero le dice “Señor”.
Pedro cree, pero quiere estar seguro.
Porque cree, dice “Señor”; porque quiere estar seguro dice “si eres tú…” y viene el pedido de la prueba.
En otros pasajes de los Evangelios hay momentos así, incluso después de la resurrección. La duda ante Jesús acompaña a los discípulos.
Los Evangelios no ocultan estas dudas, como la de Santo Tomás, que quiere “meter el dedo en la llaga” –de ahí viene la frase-, es decir, tocar la marca de los clavos en las manos de Jesús. Eso quedó para que los creyentes que vendrían después, –o sea, nosotros– no nos angustiemos ante nuestras propias dudas. Los discípulos dudaron muchas veces… pero, finalmente, creyeron y sobre su testimonio está edificada nuestra fe.

Volvamos ahora a la prueba que pide Pedro.
Satanás le había pedido a Jesús, para probar que era el Hijo de Dios que convirtiera las piedras en pan y, después, que se tirara de lo alto del templo.
Son cosas que Jesús hubiera tenido que hacer. El tentador se quedaría mirando.

Pero la prueba que pide Pedro no es algo que Jesús tenga que hacer y que Pedro mire desde la barca. Porque lo que pide Pedro es ir caminando hacia Jesús sobre el agua.
Pedro se involucra en la prueba.
La prueba funcionará si se dan dos condiciones:
La primera, si realmente es Jesús el que está allí, porque Él es el que puede hacer que Pedro logre lo que pide.
La segunda, es que Pedro mismo crea que es Jesús el que está allí y que Él puede hacer que Pedro camine sobre el agua. Es decir, lo que Pedro tiene que poner es la fe y la confianza en Jesús. Tal vez, sin darse cuenta, Pedro se está probando a sí mismo: hasta dónde él es capaz de ponerse totalmente en manos de Jesús.

Jesús le dice “Ven” y Pedro bajó de la barca y se puso a caminar hacia Jesús. Pero finalmente tuvo miedo, empezó a hundirse y gritó “Señor, sálvame”.
Jesús le reprocha el haber dudado: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”

¿Por qué Pedro pide esto, ir caminando sobre el agua? ¿Por qué meterse en líos?
Creo que Pedro no se mete en el agua… ya está en el agua.
Los salmos nos recuerdan la experiencia de muchos creyentes que han gritado como Pedro: “Señor, sálvame”:
¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan hasta el cuello! Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie; he llegado hasta el fondo de las aguas, y las olas me anegan. (69:2-3)
La confianza en la intervención de Dios:
Todo el que te ama te suplica en la hora de la angustia. Y aunque las muchas aguas se desborden, no lo alcanzarán. (32:6)
Y también la experiencia de haber sido salvado:
Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte (…) las aguas nos habrían anegado, habría pasado sobre nosotros un torrente, habría pasado sobre nuestra alma la vorágine de las aguas. (124:2-5)

Muchas veces nuestra vida está así. Con la sensación de que el agua nos va a tragar. No dudemos en invocar a Jesús. En Él está nuestra salvación. Que también cada uno pueda decir, con el salmista:
 Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de todas sus angustias.

jueves, 10 de agosto de 2017

El Cerro, el Verbo y el Pastor


El Cerro, el Verbo y el Pastor

Mons. Julio César Bonino Bonino, Obispo de Tacuarembó, falleció el 8 de agosto. Ha partido un Pastor: padre, hermano y amigo.

En la sala de la casa de Mons. Julio estuvo durante mucho una pintura (sobre cuero, si mal no recuerdo) que representa el cerro Batoví. Al pie del cerro, estaba escrito su lema episcopal: “El Verbo se hizo carne” (1).

Cuando cruzo por Tacuarembó, moviéndome entre mis dos querencias, la del Litoral de mis orígenes y la de la frontera Este de mi presente, siempre que puedo, me desvío unos kilómetros, sobre todo cuando voy con alguien, para contemplar el Batoví.

No somos un país de grandes alturas, pero allí están nuestros cerros, invitándonos a levantar la mirada y a elevar nuestra vida. Nos invitan a trabajar y a pedir de Dios el don para poder realizar la ascensión humana, pasando cada día de “condiciones menos humanas a condiciones más humanas”, hasta alcanzar “la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" (2). Pienso hoy en todas las inquietudes e iniciativas de Julio en favor del desarrollo integral de los departamentos de su Diócesis.

A Abraham, el Padre de los creyentes, Dios se le manifestó como El Sadday, nombre que puede traducirse como “el  Dios de las montañas” o “el Dios de las alturas” (3).

En un momento de desolación como el que estamos viviendo con la partida del Pastor, aunque tengamos el consuelo la Esperanza, brotan desde nuestro corazón las palabras del salmista:

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (4) responde de inmediato el mismo salmo. Aquí reencontramos el lema de Julio: “el Verbo se hizo carne”. El Señor ha enviado su auxilio. Más aún, ha venido Él mismo a socorrernos. El Verbo se hizo carne y armó su carpa entre nosotros. La tienda del nómade, como la de Abraham, pronta a ser desarmada y enrollada para seguir la marcha. La casa de ese peregrino que es cada uno de nosotros en esta tierra.

El Verbo se hizo carne, es decir, asumió nuestra condición humana –en todo, menos en el pecado– para que por su muerte y resurrección se realice lo que nos dice San Pablo: “sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos” (5).

La muerte de toda persona querida nos pone ante el misterio final de nuestra existencia. La muerte del Pastor nos pone ante la incertidumbre, nos abre a los interrogantes sobre lo que vendrá… no sobre quién vendrá, sino sobre el peregrinar del Pueblo de Dios en Tacuarembó y Rivera.

Allí está la oscuridad, la noche oscura del alma que experimentó el mismo Abraham en lo alto del cerro, al caer el sol, en la presencia de El Sadday (6).  El alma se sobresalta, se inquieta, se interroga… y entonces se manifiesta el Verbo “luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (7).

Bajo esa luz, damos gracias por la vida y el testimonio de Julio: el testimonio de su pastoreo, de su acompañamiento, de sus sueños; de su amistad, de su ternura, de sus lágrimas “soy muy llorón, decía” en las que transparentaba todas sus grandes emociones, mucho más que sus tristezas; de sus historias de vida, sus anécdotas llenas de color, de sus gestos… de su amor por la gente, por la tierra, por las raíces de esta cultura del norte uruguayo al que fue enviado este santaluceño que en Tacuarembó y Rivera encontró dos pagos que lo hicieron suyo. Ahora que nos ha dejado, rogamos por él, para que concluya su peregrinación y esté ya en la morada definitiva, en la Casa del Padre.

+ Heriberto, Obispo de Melo

1)  Juan 1,14
2)  Pablo VI, Populorum Progressio, 20-21.
3)  Génesis 17:1 Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto.
Génesis 35:11 Díjole Dios: «Yo soy El Sadday. Sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, una asamblea de pueblos tomará origen de ti y saldrán reyes de tus entrañas.
4)  Salmo 120,1-2.
5)  2 Corintios 5,1
6)  Génesis 15:12 Y sucedió que estando ya el sol para ponerse, cayó sobre Abram un sopor, y de pronto le invadió un gran sobresalto.
7)  Juan 1,9