Intenciones del Papa para el mes de febrero
- Para que cuidemos de la creación, recibida como un don que hay que cultivar y proteger para las generaciones futuras.
- Para que aumente la oportunidad de diálogo y de encuentro entre la fe cristiana y los pueblos de Asia.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma: ''Misericordia quiero y no sacrificio". Las obras de misericordia en el camino Jubilar.


1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

En la Bula de convocación del Jubileo invité a que ''la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios'' . Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa ''24 horas para el Señor'' quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares ?como en el caso de Oseas? las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la ''Misericordia encarnada'' . En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: ''Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas''. El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es ''la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado'', el primer anuncio que ''siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis'' . La Misericordia entonces ''expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer'' , restableciendo de ese modo la relación con

él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que ''el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina'' . En el pobre, en efecto, la carne de Cristo ''se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado''. Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias; más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Ante este amor fuerte como la muerte, el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa, y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco ''seréis como Dios'' que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los ''soberbios'', los ''poderosos'' y los ''ricos'', de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre ?engañándose? cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer.

Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: ''Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen''. Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez, reconociéndose como la humilde esclava del Señor''.

sábado, 16 de enero de 2016

Francisco llama a los jóvenes a ser protagonistas del Jubileo de la Misericordia


Crecer misericordiosos como el Padre: Mensaje del Papa Francisco para el Jubileo de la Misericordia de los jóvenes


''Queridos jóvenes: La Iglesia está viviendo el Año Santo de la Misericordia, un tiempo de gracia, de paz, de conversión y de alegría que concierne a todos: grandes y pequeños, cercanos y lejanos. No hay fronteras ni distancias que puedan impedir a la misericordia del Padre llegar a nosotros y hacerse presente entre nosotros. Ahora, la Puerta Santa ya está abierta en Roma y en todas las diócesis del mundo.

Este tiempo precioso también los atañe a ustedes, queridos jóvenes, y yo me dirijo a ustedes para invitarlos a participar en él, a ser protagonistas, descubriendo que ustedes son hijos de Dios. Quisiera llamarlos uno a uno, quisiera llamarlos por su nombre, como hace Jesús todos los días, porque saben bien que sus nombres están escritos en el cielo, están grabados en el corazón del Padre, que es el Corazón Misericordioso del que nace toda reconciliación y toda dulzura.

El Jubileo es todo un año en el que cada momento es llamado santo, para que toda nuestra existencia sea santa. Es una ocasión para descubrir que vivir como hermanos es una gran fiesta, la más hermosa que podamos soñar, la celebración sin fin que Jesús nos ha enseñado a cantar a través de su Espíritu. El Jubileo es la fiesta a la que Jesús invita a todos, sin distinciones ni excepciones. Por eso he querido vivir también con ustedes algunas jornadas de oración y de fiesta. Por tanto, los espero el próximo mes de abril.

''Crecer misericordiosos como el Padre'' es el título del Jubileo de ustedes, pero es también la oración que hacemos por todos ustedes, recibiéndolos en el nombre de Jesús. Crecer misericordioso significa aprender a ser valiente en el amor concreto y desinteresado, comporta hacerse mayores tanto física como interiormente. Ustedes se están preparando para ser cristianos capaces de tomar decisiones y gestos valientes, capaces de construir todos los días, incluso en las pequeñas cosas, un mundo de paz.

Su edad es una etapa de cambios increíbles, en la que todo parece posible e imposible al mismo tiempo. Les reitero con insistencia: ''Permanezcan estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Lo están oyendo, jóvenes: caminar contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hay que ser valientes para ir contra corriente y él nos da esta fuerza...Con él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apuesten por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes. Jóvenes, pongan en juego su vida por grandes ideales''.

No me olvido de ustedes, muchachos y muchachas que viven en situaciones de guerra, de pobreza extrema, de penurias cotidianas, de abandono. No pierdan la esperanza, el Señor tiene un gran sueño que quiere hacer realidad con ustedes. Sus amigos y compañeros que viven en condiciones menos dramáticas se acuerdan de ustedes y se comprometen a que la paz y la justicia lleguen a todos. No crean a las palabras de odio y terror que se repiten a menudo; por el contrario, construyan nuevas amistades. Ofrezcan su tiempo, preocúpense siempre de quienes les piden ayuda. Sean valientes y vayan a contracorriente, sean amigos de Jesús, que es el Príncipe de la Paz: ''En él todo habla de misericordia. Nada en él es falto de compasión''.

Ya sé que no todos podrán venir a Roma, pero el Jubileo es verdaderamente para todos y se celebrará también en sus iglesias locales. Todos están invitados a este momento de alegría. No preparen sólo mochilas y pancartas, preparen especialmente su corazón y su mente. Mediten bien los deseos que presentarán a Jesús en el sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía que celebraremos juntos. Cuando atraviesen la Puerta Santa, recuerden que se comprometen a hacer santa su vida, a alimentarse del Evangelio y la Eucaristía, que son la Palabra y el Pan de la vida, para poder construir un mundo más justo y fraterno.

Que el Señor bendiga cada uno de sus pasos hacia la Puerta Santa. Rezo por ustedes al Espíritu Santo para que los guíe e ilumine. Que la Virgen María, que es Madre de todos, sea para ustedes, para sus familias y para cuantos los ayudan a crecer en la bondad y la gracia, una verdadera puerta de la Misericordia''.

viernes, 1 de enero de 2016

Vence la indiferencia y conquista la paz. Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz


MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLIX JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2016

Vence la indiferencia y conquista la paz


1. Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona.

Al comienzo del nuevo año, quisiera acompañar con esta profunda convicción los mejores deseos de abundantes bendiciones y de paz, en el signo de la esperanza, para el futuro de cada hombre y cada mujer, de cada familia, pueblo y nación del mundo, así como para los Jefes de Estado y de Gobierno y de los Responsables de las religiones. Por tanto, no perdamos la esperanza de que 2016 nos encuentre a todos firme y confiadamente comprometidos, en realizar la justicia y trabajar por la paz en los diversos ámbitos. Sí, la paz es don de Dios y obra de los hombres. La paz es don de Dios, pero confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica.

Custodiar las razones de la esperanza

2. Las guerras y los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevaricaciones, han marcado de hecho el año pasado, de principio a fin, multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que podría llamar una «tercera guerra mundial en fases». Pero algunos acontecimientos de los años pasados y del año apenas concluido me invitan, en la perspectiva del nuevo año, a renovar la exhortación a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia. Los acontecimientos a los que me refiero representan la capacidad de la humanidad de actuar con solidariedad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas.

Quisiera recordar entre dichos acontecimientos el esfuerzo realizado para favorecer el encuentro de los líderes mundiales en el ámbito de la COP 21, con la finalidad de buscar nuevas vías para afrontar los cambios climáticos y proteger el bienestar de la Tierra, nuestra casa común. Esto nos remite a dos eventos precedentes de carácter global: La Conferencia Mundial de Addis Abeba para recoger fondos con el objetivo de un desarrollo sostenible del mundo, y la adopción por parte de las Naciones Unidas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, con el objetivo de asegurar para ese año una existencia más digna para todos, sobre todo para las poblaciones pobres del planeta.

El año 2015 ha sido también especial para la Iglesia, al haberse celebrado el 50 aniversario de la publicación de dos documentos del Concilio Vaticano II que expresan de modo muy elocuente el sentido de solidaridad de la Iglesia con el mundo. El papa Juan XXIII, al inicio del Concilio, quiso abrir de par en par las ventanas de la Iglesia para que fuese más abierta la comunicación entre ella y el mundo. Los dos documentos, Nostra aetate y Gaudium et spes, son expresiones emblemáticas de la nueva relación de diálogo, solidaridad y acompañamiento que la Iglesia pretendía introducir en la humanidad. En la Declaración Nostra aetate, la Iglesia ha sido llamada a abrirse al diálogo con las expresiones religiosas no cristianas. En la Constitución pastoral Gaudium et spes, desde el momento que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[1], la Iglesia deseaba instaurar un diálogo con la familia humana sobre los problemas del mundo, como signo de solidaridad y de respetuoso afecto[2].

En esta misma perspectiva, con el Jubileo de la Misericordia, deseo invitar a la Iglesia a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia, de «perdonar y de dar», de abrirse «a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea», sin caer «en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye»[3].

Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad que actúa conjuntamente en solidaridad, en el reconocimiento de la propia interconexión e interdependencia, preocupándose por los miembros más frágiles y la protección del bien común. Esta actitud de corresponsabilidad solidaria está en la raíz de la vocación fundamental a la fraternidad y a la vida común. La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y semejanza. Como creaturas dotadas de inalienable dignidad, nosotros existimos en relación con nuestros hermanos y hermanas, ante los que tenemos una responsabilidad y con los cuales actuamos en solidariedad. Fuera de esta relación, seríamos menos humanos. Precisamente por eso, la indiferencia representa una amenaza para la familia humana. Cuando nos encaminamos por un nuevo año, deseo invitar a todos a reconocer este hecho, para vencer la indiferencia y conquistar la paz.

Algunas formas de indiferencia

3. Es cierto que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia».

La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos[4]. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo[5]; y, precedentemente, Pablo VI había afirmado que «no hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana»[6].

La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario[7]. Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. «Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones—, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes»[8].

La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete[9]. «Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien»[10].

Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud, como he intentado hacer en la Laudato si’. La contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscriminada de los bosques, la destrucción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado. Como también el comportamiento del hombre con los animales influye sobre sus relaciones con los demás[11], por no hablar de quien se permite hacer en otra parte aquello que no osa hacer en su propia casa[12].

En estos y en otros casos, la indiferencia provoca sobre todo cerrazón y distanciamiento, y termina de este modo contribuyendo a la falta de paz con Dios, con el prójimo y con la creación.

La paz amenazada por la indiferencia globalizada

4. La indiferencia ante Dios supera la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI, «existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra»[13]. En efecto, «sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz»[14]. El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida[15].

En el plano individual y comunitario, la indiferencia ante el prójimo, hija de la indiferencia ante Dios, asume el aspecto de inercia y despreocupación, que alimenta el persistir de situaciones de injusticia y grave desequilibrio social, los cuales, a su vez, pueden conducir a conflictos o, en todo caso, generar un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad.

En este sentido la indiferencia, y la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad[16].

Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza[17].

Además, la indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la contaminación y las catástrofes naturales que desarraigan comunidades enteras de su ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguridad, crea nuevas pobrezas, nuevas situaciones de injusticia de consecuencias a menudo nefastas en términos de seguridad y de paz social. ¿Cuántas guerras ha habido y cuántas se combatirán aún a causa de la falta de recursos o para satisfacer a la insaciable demanda de recursos naturales?[18]

De la indiferencia a la misericordia: la conversión del corazón

5. Hace un año, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz «no más esclavos, sino hermanos», me referí al primer icono bíblico de la fraternidad humana, la de Caín y Abel (cf. Gn 4,1-16), y lo hice para llamar la atención sobre el modo en que fue traicionada esta primera fraternidad. Caín y Abel son hermanos. Provienen los dos del mismo vientre, son iguales en dignidad, y creados a imagen y semejanza de Dios; pero su fraternidad creacional se rompe. «Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio»[19]. El fratricidio se convierte en paradigma de la traición, y el rechazo por parte de Caín a la fraternidad de Abel es la primera ruptura de las relaciones de hermandad, solidaridad y respeto mutuo.

Dios interviene entonces para llamar al hombre a la responsabilidad ante su semejante, como hizo con Adán y Eva, los primeros padres, cuando rompieron la comunión con el Creador. «El Señor dijo a Caín: “Dónde está Abel, tu hermano? Respondió Caín: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. El Señor le replicó: ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”» (Gn 4,9-10).

Caín dice que no sabe lo que le ha sucedido a su hermano, dice que no es su guardián. No se siente responsable de su vida, de su suerte. No se siente implicado. Es indiferente ante su hermano, a pesar de que ambos estén unidos por el mismo origen. ¡Qué tristeza! ¡Qué drama fraterno, familiar, humano! Esta es la primera manifestación de la indiferencia entre hermanos. En cambio, Dios no es indiferente: la sangre de Abel tiene gran valor ante sus ojos y pide a Caín que rinda cuentas de ella. Por tanto, Dios se revela desde el inicio de la humanidad como Aquel que se interesa por la suerte del hombre. Cuando más tarde los hijos de Israel están bajo la esclavitud en Egipto, Dios interviene nuevamente. Dice a Moisés: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a liberarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). Es importante destacar los verbos que describen la intervención de Dios: Él ve, oye, conoce, baja, libera. Dios no es indiferente. Está atento y actúa.

Del mismo modo, Dios, en su Hijo Jesús, ha bajado entre los hombres, se ha encarnado y se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado. Jesús se identificaba con la humanidad: «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Él no se limitaba a enseñar a la muchedumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta (cf. Mc 6,34-44) o desocupada (cf. Mt 20,3). Su mirada no estaba dirigida solamente a los hombres, sino también a los peces del mar, a las aves del cielo, a las plantas y a los árboles, pequeños y grandes: abrazaba a toda la creación. Ciertamente, él ve, pero no se limita a esto, puesto que toca a las personas, habla con ellas, actúa en su favor y hace el bien a quien se encuentra en necesidad. No sólo, sino que se deja conmover y llora (cf. Jn 11,33-44). Y actúa para poner fin al sufrimiento, a la tristeza, a la miseria y a la muerte.

Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre (cf. Lc 6,36). En la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37) denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: «lo vio y pasó de largo» (cf. Lc 6,31.32). De la misma manera, mediante este ejemplo, invita a sus oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a detenerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones. En efecto, la indiferencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los prejuicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo.

La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad humana —reflejo del rostro de Dios en sus creaturas— esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás —los extranjeros, los enfermos, los encarcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos— es la medida con la que Dios juzgará nuestras acciones. De esto depende nuestro destino eterno. No es de extrañar que el apóstol Pablo invite a los cristianos de Roma a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran (cf. Rm 12,15), o que aconseje a los de Corinto organizar colectas como signo de solidaridad con los miembros de la Iglesia que sufren (cf. 1 Co 16,2-3). Y san Juan escribe: «Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17; cf. St 2,15-16).

Por eso «es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia»[20].

También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros[21]. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de abrirse a los otros con auténtica solidariedad. Esta es mucho más que un «sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas»[22]. La solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[23], porque la compasión surge de la fraternidad.

Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la innegable interdependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la persona y de su comunidad en un determinado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo[24].

Promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia

6. La solidaridad como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas.

En primer lugar me dirijo a las familias, llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos[25].

Los educadores y los formadores que, en la escuela o en los diferentes centros de asociación infantil y juvenil, tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona. Los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia. Dirigiéndose a los responsables de las instituciones que tienen responsabilidades educativas, Benedicto XVI afirmaba: «Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna»[26].

Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de comunicación social tienen también una responsabilidad en el campo de la educación y la formación, especialmente en la sociedad contemporánea, en la que el acceso a los instrumentos de formación y de comunicación está cada vez más extendido. Su cometido es sobre todo el de ponerse al servicio de la verdad y no de intereses particulares. En efecto, los medios de comunicación «no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona»[27]. Quienes se ocupan de la cultura y los medios deberían también vigilar para que el modo en el que se obtienen y se difunden las informaciones sea siempre jurídicamente y moralmente lícito.

La paz: fruto de una cultura de solidariedad, misericordia y compasión

7. Conscientes de la amenaza de la globalización de la indiferencia, no podemos dejar de reconocer que, en el escenario descrito anteriormente, se dan también numerosas iniciativas y acciones positivas que testimonian la compasión, la misericordia y la solidaridad de las que el hombre es capaz.

Quisiera recordar algunos ejemplos de actuaciones loables, que demuestran cómo cada uno puede vencer la indiferencia si no aparta la mirada de su prójimo, y que constituyen buenas prácticas en el camino hacia una sociedad más humana.

Hay muchas organizaciones no gubernativas y asociaciones caritativas dentro de la Iglesia, y fuera de ella, cuyos miembros, con ocasión de epidemias, calamidades o conflictos armados, afrontan fatigas y peligros para cuidar a los heridos y enfermos, como también para enterrar a los difuntos. Junto a ellos, deseo mencionar a las personas y a las asociaciones que ayudan a los emigrantes que atraviesan desiertos y surcan los mares en busca de mejores condiciones de vida. Estas acciones son obras de misericordia, corporales y espirituales, sobre las que seremos juzgados al término de nuestra vida.

Me dirijo también a los periodistas y fotógrafos que informan a la opinión pública sobre las situaciones difíciles que interpelan las conciencias, y a los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los niños, así como de todos aquellos que viven en condiciones de mayor vulnerabilidad. Entre ellos hay también muchos sacerdotes y misioneros que, como buenos pastores, permanecen junto a sus fieles y los sostienen a pesar de los peligros y dificultades, de modo particular durante los conflictos armados.

Además, numerosas familias, en medio de tantas dificultades laborales y sociales, se esfuerzan concretamente en educar a sus hijos «contracorriente», con tantos sacrificios, en los valores de la solidaridad, la compasión y la fraternidad. Muchas familias abren sus corazones y sus casas a quien tiene necesidad, como los refugiados y los emigrantes. Deseo agradecer particularmente a todas las personas, las familias, las parroquias, las comunidades religiosas, los monasterios y los santuarios, que han respondido rápidamente a mi llamamiento a acoger una familia de refugiados[28].

Por último, deseo mencionar a los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, y a todos aquellos que abren sus manos para ayudar al prójimo necesitado en sus ciudades, en su país o en otras regiones del mundo. Quiero agradecer y animar a todos aquellos que se trabajan en acciones de este tipo, aunque no se les dé publicidad: su hambre y sed de justicia será saciada, su misericordia hará que encuentren misericordia y, como trabajadores de la paz, serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,6-9).

La paz en el signo del Jubileo de la Misericordia

8. En el espíritu del Jubileo de la Misericordia, cada uno está llamado a reconocer cómo se manifiesta la indiferencia en la propia vida, y a adoptar un compromiso concreto para contribuir a mejorar la realidad donde vive, a partir de la propia familia, de su vecindario o el ambiente de trabajo.

Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos.

Por lo que se refiere a los detenidos, en muchos casos es urgente que se adopten medidas concretas para mejorar las condiciones de vida en las cárceles, con una atención especial para quienes están detenidos en espera de juicio[29], teniendo en cuenta la finalidad reeducativa de la sanción penal y evaluando la posibilidad de introducir en las legislaciones nacionales penas alternativas a la prisión. En este contexto, deseo renovar el llamamiento a las autoridades estatales para abolir la pena de muerte allí donde está todavía en vigor, y considerar la posibilidad de una amnistía.

Respecto a los emigrantes, quisiera dirigir una invitación a repensar las legislaciones sobre los emigrantes, para que estén inspiradas en la voluntad de acogida, en el respeto de los recíprocos deberes y responsabilidades, y puedan facilitar la integración de los emigrantes. En esta perspectiva, se debería prestar una atención especial a las condiciones de residencia de los emigrantes, recordando que la clandestinidad corre el riesgo de arrastrarles a la criminalidad.

Deseo, además, en este Año jubilar, formular un llamamiento urgente a los responsables de los Estados para hacer gestos concretos en favor de nuestros hermanos y hermanas que sufren por la falta de trabajo, tierra y techo. Pienso en la creación de puestos de trabajo digno para afrontar la herida social de la desocupación, que afecta a un gran número de familias y de jóvenes y tiene consecuencias gravísimas sobre toda la sociedad. La falta de trabajo incide gravemente en el sentido de dignidad y en la esperanza, y puede ser compensada sólo parcialmente por los subsidios, si bien necesarios, destinados a los desempleados y a sus familias. Una atención especial debería ser dedicada a las mujeres —desgraciadamente todavía discriminadas en el campo del trabajo— y a algunas categorías de trabajadores, cuyas condiciones son precarias o peligrosas y cuyas retribuciones no son adecuadas a la importancia de su misión social.

Por último, quisiera invitar a realizar acciones eficaces para mejorar las condiciones de vida de los enfermos, garantizando a todos el acceso a los tratamientos médicos y a los medicamentos indispensables para la vida, incluida la posibilidad de atención domiciliaria.

Los responsables de los Estados, dirigiendo la mirada más allá de las propias fronteras, también están llamados e invitados a renovar sus relaciones con otros pueblos, permitiendo a todos una efectiva participación e inclusión en la vida de la comunidad internacional, para que se llegue a la fraternidad también dentro de la familia de las naciones.

En esta perspectiva, deseo dirigir un triple llamamiento para que se evite arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, culturales y sociales, sino también —y por mucho tiempo— la integridad moral y espiritual; para abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres; para la adoptar políticas de cooperación que, más que doblegarse a las dictaduras de algunas ideologías, sean respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer.

Confío estas reflexiones, junto con los mejores deseos para el nuevo año, a la intercesión de María Santísima, Madre atenta a las necesidades de la humanidad, para que nos obtenga de su Hijo Jesús, Príncipe de la Paz, el cumplimento de nuestras súplicas y la bendición de nuestro compromiso cotidiano en favor de un mundo fraterno y solidario.

Vaticano, 8 de diciembre de 2015
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
Apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia


FRANCISCUS
 


[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1.

[2] Cf. ibíd., 3.

[3] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 14-15.

[4] Cf. Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 43.

[5] Cf. ibíd., 16.

[6] Carta. enc. Populorum progressio, 42.

[7] «La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad» (Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 19).

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 60.

[9] Cf. ibíd., 54.

[10] Mensaje para la Cuaresma 2015.

[11] Cf. Carta. enc. Laudato si’, 92.

[12] Cf. ibíd., 51.

[13] Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (7 enero 2013).

[14] Ibíd.

[15] Cf. Benedicto XVI, Intervención durante la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, Asís, 27 octubre 2011.

[16] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 217-237.

[17] «Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 59).

[18] Cf. Carta enc. Laudato si’, 31; 48.

[19] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2015, 2.

[20] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 12.

[21] Cf. ibíd., 13.

[22] Juan Pablo II, Carta. enc. Sollecitudo rei socialis, 38.

[23] Ibíd.

[24] Cf. ibíd.

[25] Cf. Catequesis durante la Audiencia general (7 enero 2015).

[26] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2012, 2.

[27] Ibíd.

[28] Cf. Ángelus (6 septiembre 2015).

[29] Cf. Discurso a una delegación de la Asociación internacional de derecho penal (23 octubre 2014).

viernes, 25 de diciembre de 2015

Navidad en el Año de la Misericordia


"Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas,
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz."

En cada Navidad recordamos el cumplimiento de estas palabras proféticas pronunciadas por el sacerdote Zacarías, padre de Juan el Bautista (Lucas 1,78-79).
"Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios" (traducción de la Biblia de Jerusalén), la luz de Cristo ha entrado en la historia, en la vida de la humanidad.
Por el misterio de su encarnación, el hijo de Dios se ha unido en cierta forma a cada persona que viene a este mundo (Cfr. Gaudium et Spes 22).
En este Año de la Misericordia que estamos viviendo desde el pasado 8 de diciembre, contemplamos el misterio de la Navidad como manifestación del amor misericordioso del Padre.

La Misericordia de Dios se expresa en la compasión y el perdón.
El amor del Padre sale en busca del hombre extraviado desde el primer momento.
Es la misericordia la que hace que Dios llame al hombre que se ha escondido de su presencia, preguntándole “¿dónde estás?” (Génesis 3,9), para que el hombre perdido, reencontrando a su Creador, pueda reencontrarse a sí mismo.

Dios se compadece de todos nuestros sufrimientos, pero se compadece también de nuestra realidad de pecadores, necesitados de perdón, de reconciliación.

Nuestra palabra misericordia traduce dos palabras del hebreo bíblico.
La primera de esas palabras (rahamín), significa compasión y hace referencia a la matriz, al útero y, por extensión, a las entrañas, especialmente al corazón.
Esa compasión es “visceral”, es decir, no es un sentimiento liviano, sino que repercute físicamente, se “siente”. Es la compasión de la madre ante su hijo…
Pero Dios dice, “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido.” (Isaías 19,15).

Pero esa compasión no se queda en el impulso ni en el momento. Se hace obra en favor del sufriente y del extraviado, pero esa obra continúa en el tiempo. La segunda palabra (hesed) expresa fidelidad. La fidelidad se une a la compasión dando continuidad a la acción salvadora de Dios.

Al contemplar el pesebre, no dejemos de mirar al niño Jesús como luz del mundo, manifestación de la misericordia del Padre.
Él ha bajado del Cielo, Él se ha hecho hombre, Él ha venido por nosotros y por nuestra salvación.
Cada uno de nosotros ha sido mirado por la misericordia de Dios y ha sido amado, porque la venida de Jesús es para todos, y lo recibimos cuando nos damos cuenta de que también nosotros necesitamos del perdón y de la reconciliación que Él viene a traernos.

Tocados por la Misericordia de Dios, estamos nosotros a la vez llamados a ser portadores, testigos, obreros de la Misericordia en favor de nuestros hermanos.
Al Dios compasivo y fiel le pedimos que también nosotros podamos sentir esa compasión hacia los demás y actuar en bien de ellos con fidelidad al amor misericordioso de Dios.

+ Heriberto

domingo, 20 de diciembre de 2015

La vocación sacerdotal. Releyendo la Carta a los Hebreos


A propósito de un aniversario sacerdotal, vuelvo a leer y a meditar el comienzo del capítulo 5 de la Carta a los Hebreos:
1 Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; 2 y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. 3 Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. 4 Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón.
(Hebreos 5,1-4)

Llamados por Dios

Se dice del sacerdote que "es tomado", "está puesto" y, más adelante, que es "llamado por Dios". La voz pasiva indica la acción de Dios, que es quien llama, toma y dispone de aquél que Él ha llamado.
Es tomado "de entre los hombres". No nos imaginemos esos "hombres" como una multitud de individualidades que deambula sin rumbo, cada uno en lo suyo. El mundo antiguo, pero más aún el mundo del Pueblo de Dios es una comunidad. "De entre los hombres" puede significar esa comunidad. En la perspectiva cristiana, esa comunidad es mediadora del llamado de Dios. La comunidad discierne si el llamado es de Dios.

Que nos hace dignos

"Nadie se arroga tal dignidad". No hay "auto-vocación". El llamado es de Dios, quien ha recibido la vocación lo siente y la comunidad confirma. ¿Quién puede pretender ser digno de ese llamado? La liturgia nos recuerda a los sacerdotes que no somos dignos, sino que es Dios quien nos concede la dignidad: "Te damos gracias porque nos haces dignos de servir en tu presencia", reza el sacerdote en la Plegaria Eucarística II; y el obispo, cuando no tiene a su lado un concelebrante y reza por el Papa y por sí mismo, dice "y por mí, indigno servidor tuyo".

Por su Misericordia

"De entre los hombres" también hace referencia a la fragilidad propia de la condición humana. El hombre es sarx, carne, debilidad. Por eso el sacerdote "puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza". En este Año de la Misericordia, este versículo resuena especialmente. Cabe aquí recordar el lema del Papa Francisco: "Miserando atque eligendo" ("Lo miró con misericordia y lo eligió") tomado de una homilía de San Beda el Venerable, en referencia a la vocación de San Mateo. Los sacerdotes, los obispos, el Papa, somos elegidos por Misericordia y llamados a ser testigos de la Misericordia de Dios experimentada en nuestra propia vida.

Para hacer presente su Sacrificio único

"Debe ofrecer [sacrificios] por los pecados propios igual que por los del pueblo". El sacerdote del Antiguo Testamento tenía como función principal ofrecer los diversos tipos de sacrificios que se hacían en el templo de Jerusalén. La Carta a los Hebreos muestra que ese culto es "sombra y figura" (Hebreos 8,5) de la verdadera liturgia, que acontece en el Santuario del Cielo, donde Cristo, que se ofreció a sí mismo, "de una vez para siempre" (Hebreos 7,27), entrando en el Santuario "no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna" (Hebreos 9,12).
El sacerdote del Nuevo Testamento es el hombre de la Eucaristía. La Eucaristía es memorial (no simple recuerdo) del único sacrificio de Cristo. Cuando se celebra la Misa, la comunidad participa del sacrificio del Señor y de la redención por el obtenida.
El sacerdote está llamado no sólo a celebrar ritualmente la Eucaristía, sino a hacer eucarística su propia existencia, configurándose con Aquel que "se ofreció a sí mismo". En la ordenación sacerdotal, al entregarnos la patena con pan y el cáliz con vino y un poco de agua, el Obispo nos dice: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo”.
Este llamado dirigido especialmente al sacerdote, toca también a los demás fieles, llamados también a vivir una existencia eucarística. El Evangelio está lleno de invitaciones a que nuestra vida de seguimiento de Cristo sea profunda, nazca desde muy adentro. En este Año de la Misericordia, no podemos dejar de pensar que cada una de las obras que emprendamos tiene que ser una verdadera obra de Misericordia.
El Papa Francisco, en su mensaje para la fiesta de San Cayetano en Buenos Aires, 2013, hace unas simples preguntas que marcan esa diferencia: "cuando da limosnas, ¿mira a los ojos de la gente que le da las limosnas? (... ) ¿toca la mano o le tira la moneda?" No hay verdadera Misericordia sin reconocimiento del otro, sin encuentro.

En acción de gracias con María

María canta la grandeza del Señor, cuya misericordia "alcanza de generación en generación a los que le temen" (Lucas 1,50).  En ella encontramos una vida hecha eucaristía, como lo expresara hermosamente San Juan Pablo II: " María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio." (Ecclesia de Eucharistia, 53).
Termino con este párrafo de la misma encíclica:
María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión. (Ibídem, 56)
+ Heriberto 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Votos perpetuos en los Voluntarios de la Esperanza

 
Saludo del Obispo de Melo

Ayer, 8 de diciembre, en la ciudad de Lamezia, en el sur de Italia, pronunció sus votos definitivos en la Asociación privada de Fieles Voluntarios de la Esperanza Aurora Montano. Aurora es hermana de Rosa, a quien conocemos bien en Melo, también consagrada en la misma asociación. Este es el saludo que el Obispo dirigió a Aurora, a su familia y al P. Domenico Baldo (Padre Mimmo), fundador de la Asociación.
 
Melo, 27 de noviembre de 2015
Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa
Querido P. Mimmo,
Querida familia Montano,
Querida Aurora:

¡Cómo quisiera estar con ustedes compartiendo esta jornada de alegría y esperanza!
Desde Melo, les hago llegar un cariñoso saludo y me uno en espíritu y de corazón a la Eucaristía durante la cual Aurora pronunciará sus votos definitivos como miembro de los Voluntarios de la Esperanza.

En estos días, ya cercanos al Adviento, he meditado las palabras del poeta Charles Péguy sobre las virtudes, y me he detenido contemplando la fuerza de la pequeña Esperanza:

La Fe es una esposa fiel.
La Caridad es una madre ardiente.
La Esperanza,  una niñita de nada,
que vino al mundo la Navidad del año pasado,
que juega todavía con  el abuelo Enero.
Y, sin embargo, esta niñita es la que atravesará los mundos,
esta niñita de nada.
Ella sola, llevando a las otras, es la que atravesará el mundo entero.


Semilla de mostaza, levadura en la masa, pizca de sal… el Evangelio nos recuerda permanentemente la fuerza que está dentro de las cosas pequeñas.

Aurora: gracias por tu entrega, gracias por tu testimonio de Esperanza. Gracias a tu familia, que te acompaña y apoya. Gracias al P. Mimmo, que te ha ayudado en tu caminar.

El Señor los bendiga y la Madre de la Esperanza los acompañe siempre.

Con todo afecto en Cristo,

+ Heriberto, Obispo de Melo

martes, 8 de diciembre de 2015

Francisco abrió hoy la Puerta Santa en el Jubileo de la Misericordia


En la mañana de hoy, 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, el Papa Francisco ha inaugurado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia y ha pasado por la Puerta Santa abierta en la Basílica de San Pedro.

El próximo domingo, aquí, en nuestra catedral de Melo, se abrirá también una Puerta de la Misericordia, para que todos nuestros diocesanos, a lo largo del Año Jubilar, puedan peregrinar hasta aquí y realizar también este gesto de cruzar la puerta, el cual, realizado con la debida preparación, permite obtener la indulgencia jubilar.

Olvida el hombre a su Señor y poco a poco se desvía
Y entre angustia y cobardía va perdiéndose el amor…
Dios le habla como amigo: huye el hombre de su voz.


Esta vieja canción del P. Zezinho (“Estoy pensando en Dios”) describe la situación de la humanidad herida por el pecado. “Dios le habla como amigo: huye el hombre de su voz”.

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis, escuchamos la historia del primer pecado, el pecado original. El pecado de aquella primera pareja humana no consistió solo en la desobediencia sino en algo más profundo: no confiaron en la Palabra que Dios les había dirigido y se dejaron seducir por el tentador, “la antigua serpiente”.

Por eso, cuando Dios les habla como amigo que llama y pregunta “¿Dónde estás?”, la pareja huye y se esconde. Los dos han roto la amistad, han perdido la familiaridad y la cercanía con Dios.
Pero Dios no ha retirado su amor ni su amistad. Dios les pregunta, y sigue preguntándonos: “¿Dónde estás?”. No porque Él no lo sepa, sino porque a veces somos nosotros los que no sabemos dónde estamos, donde nos hemos perdido.

El amor de Dios es ahora el amor misericordioso.
Como lo recordaba el Papa Francisco esta mañana en Roma:

La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios.
Él no sólo perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo.
Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva.
El comienzo de la historia del pecado en el Jardín del Edén desemboca en el proyecto de un amor que salva.
Las palabras del Génesis nos remiten a la experiencia cotidiana de nuestra existencia personal. Siempre existe la tentación de la desobediencia, que se manifiesta en el deseo de organizar nuestra vida al margen de la voluntad de Dios.
Esta es la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios.
Y, sin embargo, también la historia del pecado se comprende sólo a la luz del amor que perdona.
El pecado sólo se entiende con esta luz.
Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados de entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo encierra todo en la misericordia del Padre.
La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito.
La Virgen Inmaculada es para nosotros testigo privilegiado de esta promesa y de su cumplimiento.

Hasta ahí las palabras del Santo Padre, y agrego yo:
Mientras el hombre se esconde cuando Dios pregunta “¿Dónde estás?”, su hijo hecho hombre responde “Aquí estoy”.
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, es decir, para realizar la salvación de los hombres.
Pero ese “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” es posible gracias a las palabras de María que hemos escuchado también hoy:
“Yo soy la servidora del Señor: hágase en mí según tu palabra”.
Demos gracias al Señor por su amor, demos gracias al Señor por su Misericordia, manifestada en su hijo Jesús, el hijo de María y dispongámonos a lo largo de este año y de toda nuestra vida a recibir y a obrar misericordia. Amén.

+ Heriberto, Obispo de Melo (Homilía en la Solemnidad de la Inmaculada)

sábado, 28 de noviembre de 2015

Comienzo del Jubileo de la Misericordia en Melo

 
Melo, 29 de noviembre de 2015, Primer Domingo de Adviento
Queridos diocesanos:

El Papa Francisco ha convocado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que se iniciará en Roma el próximo 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y concluirá en la solemnidad de Cristo Rey en 2016.

En cada una de las Diócesis del mundo el Jubileo comenzará el domingo 13 de diciembre, Tercero del tiempo de Adviento, que la liturgia llama Gaudete, es decir, “de la alegría”.
También será así en nuestra Diócesis. Ese Domingo, en la Misa de las 11 de la mañana, se abrirá en la Catedral Nuestra Señora del Pilar y San Rafael la “Puerta de la Misericordia”, que todos los fieles de la Diócesis están invitados a atravesar desde ese día y hasta la conclusión del Año Jubilar, para obtener indulgencias para sí o para otros.

¿Qué significa la indulgencia? Así lo explica el Santo Padre: “En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado” (Misericordiae Vultus 22).

Para obtener la indulgencia, al peregrinar a la Puerta de la Misericordia, se debe cumplir las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa.

El Papa Francisco señala también que cada vez que un fiel realice personalmente una o más obras de misericordia corporales y espirituales “obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar”. “De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad”, resalta el Papa.

Exhorto, pues, a todos, a vivir este Año Jubilar con el corazón abierto para recibir y para poner en obra la Misericordia del Padre.

+ Heriberto, Obispo de Melo

miércoles, 18 de noviembre de 2015

El Papa explica el sentido de la Puerta de la Misericordia: ¡Jesús es la Puerta!

Catequesis del Papa Francisco
Miércoles 18 de noviembre de 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con esta reflexión hemos llegado a la puertas del Jubileo, ¡está cerca! Delante de nosotros se encuentra la gran puerta de la Misericordia de Dios, una bonita puerta, que acoge nuestro arrepentimiento ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta está generalmente abierta, pero nosotros debemos cruzar el umbral con valentía, cada uno de nosotros tiene detrás de sí cosas que pesan ¿o no? Todos somos pecadores, aprovechemos este momento que viene y crucemos el umbral de esta misericordia de Dios que nunca se cansa de perdonar, ¡entremos por esta puerta con valentía!

Del Sínodo de los obispos, que hemos celebrado el pasado mes de octubre, todas las familias, y toda la Iglesia, han recibido un gran estímulo para encontrarse en el umbral de esta puerta.

La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de los hijos y las hijas en camino, a veces incierto, a veces perdidos, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera para entrar, llevando su bendición y su amistad. Y si la puerta de la Misericordia de Dios está siempre abierta, también las puertas de nuestras instituciones deben estar siempre abiertas para que así todos puedan salir a llevar la misericordia de Dios, esto significa el Jubileo, dejar entrar y salir al Señor. El Señor no fuerza nunca la puerta: también Él pide permiso para entrar, pide permiso, no fuerza la puerta, como dice el Libro del Apocalipsis: “Yo estoy a la puerta y llamo --imaginemos al Señor que llama a la puerta de nuestro corazón--. Si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”  (3,20). Y en la última gran visión de este Libro, así se profetiza de la Ciudad de Dios: “Sus puertas no se cerrarán durante el día”, lo que significa para siempre, porque “no existirá la noche en ella” (21, 25).

Hay sitios en el mundo en los que no se cierran las puertas con llave. Todavía los hay, pero hay muchos donde las puertas blindadas son normales. No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema que también dé seguridad a toda  nuestra vida, a la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad. Y tampoco a la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible! Una Iglesia que no es hospital, así como una familia cerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y marchita al mundo. ¡Nada de puertas blindadas en la Iglesia, nada, todo abierto!

La gestión simbólica de las “puertas” --de los umbrales, de los caminos, de las fronteras-- se ha hecho crucial. La puerta debe custodiar, cierto, pero rechazar. La puerta no debe ser forzada, al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida, y se oscurece en la prepotencia de la invasión. La puerta se abre frecuentemente, para ver si afuera hay alguien que espera, y tal vez no tiene la valentía, o ni siquiera la fuerza de tocar. ¡Cuánta gente ha perdido la confianza, no tiene la valentía de llamar a la puerta de nuestro corazón cristiano, las puertas de nuestras iglesias, que están ahí! No tienen la valentía, les hemos quitado la confianza. Por favor, que esto no suceda nunca.

La puerta dice muchas cosas de la casa, y también de la Iglesia. La gestión de la puerta necesita atento discernimiento y, al mismo tiempo, debe inspirar gran confianza. Quisiera expresar una palabra de agradecimiento para todos los vigilantes de las puertas: de nuestros edificios, de las instituciones cívicas, de las mismas iglesias. Muchas veces la sagacidad y la gentileza de la recepción son capaces de ofrecer una imagen de humanidad y de acogida de la entera casa, ya desde la entrada. ¡Hay que aprender de estos hombres y mujeres, que son los guardianes de los lugares de encuentro y de acogida de ciudad del hombre!

A todos ustedes, custodios de tantas puertas, sean puertas de casas o puertas de iglesias, muchas gracias. Siempre con una sonrisa. siempre mostrando la acogida de esa casa, de esa iglesia; así la gente se siente feliz y acogida en ese lugar.

En verdad, sabemos bien que nosotros mismos somos los custodios y los siervos de la Puerta de Dios, y la puerta de Dios, ¿cómo se llama? ¿Quién sabe decirlo? ¿Quién es la puerta de Dios? Jesús. ¿Quién es la puerta de Dios? ¡Fuerte! Jesús. Él nos ilumina en todas las puertas de la vida, incluso aquella de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. Él mismo ha afirmado: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento” (Jn 10, 9).

Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir. ¡Porque el rebaño de Dios es un amparo, no una prisión! La casa de Dios es un amparo, no es una prisión. Y la puerta ¿se llama? ¡Otra vez! ¿Cómo se llama? Jesús. Y si la puerta está cerrada decimos, ‘Señor abre la puerta’. Jesús es la puerta. Jesús es la puerta y nos hace entrar y salir.

Son los ladrones los que tratan de evitar la puerta. Es curioso, los ladrones tratan siempre de entrar por otra parte, la ventana, el techo, pero evitan la puerta porque tienen malas intenciones, y se meten en el rebaño para engañar a las ovejas y aprovecharse de ellas.

Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si sentimos su tono de voz, estamos seguros, somos salvados. Podemos entrar sin temor y salir sin peligro. En este hermoso discurso de Jesús, se habla también del guardián, que tiene la tarea de abrir al buen Pastor (Cfr. Jn 10,2).

Si el guardián escucha la voz del Pastor, entonces abre, y hace entrar a todas las ovejas que el Pastor trae, todas, incluso aquellas perdidas en el bosque, que el buen Pastor ha ido a buscarlas. A las ovejas no las elige el guardián, no las elige el secretario parroquial, o la secretaria de la parroquia, no, no las elige. Las ovejas son todas invitadas. Son elegidas por el buen Pastor.  El guardián --también él-- obedece a la voz del Pastor. Entonces, podemos bien decir que nosotros debemos ser como este guardián. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, la Iglesia es la portera, no es la dueña de la casa del Señor.

La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene amparo, para quien huye del peligro. Las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Es así que la Iglesia deberá ser reconocida, en cada rincón de la tierra: como la custodia de un Dios que toca, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta en la cara, con la excusa que no eres de casa.

Con este espíritu estamos cerca, estamos todos cerca del Jubileo. Estará la Puerta Santa, pero está también la puerta de la gran Misericordia de Dios, y que exista también la puerta de nuestro corazón para recibir a todos, tanto para recibir el perdón de Dios como dar nuestro perdón y acoger a todos los que llaman a nuestra puerta".

(Texto traducido y transcrito desde el audio por ZENIT )

domingo, 15 de noviembre de 2015

Sesenta años de la creación de las Diócesis de Melo y San José por el Papa Pío XII.

Con un poco de picardía, Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo, suele decir: "La Diócesis de Melo fue fundada dos veces, y la Diócesis de Florida, ninguna". Efectivamente, la Diócesis de Melo fue erigida por el Papa León XIII en 1897. En 1931, el tercer Obispo de Melo, Mons. Paternain, trasladó la sede a Florida, y la Diócesis pasó a llamarse Florida-Melo. En 1955, el Papa Pío XII crea de nuevo una Diócesis con sede en Melo, retirando de la Diócesis de Florida-Melo los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres (y añadiendo otros, como se verá más abajo) y dejando como nombre de la hasta entonces Diócesis de Florida-Melo el nombre de Diócesis de Florida. Por eso es verdad que la actual Diócesis de Florida es la continuación de aquella primera Diócesis de Melo. Pero eso no borra a Melo de la historia... Este es el texto de la Bula de Pío XII.
 

CONSTITUTIO ACCEPTA ARCANO DEI CONCILIO,
de Pío XII, sobre la erección de las
Diócesis de Melo y San José de Mayo.


Pío Obispo, siervo de los siervos de Dios, a perpetua memoria.
Siendo así, con el consejo de nuestros venerables hermanos los Cardenales de la Santa Romana Iglesia que presiden la Sagrada Congregación Consistorial, luego de haberlo considerado una y otra vez, sabiendo el consentimiento de quienes en esto tuvieron o creyeron tener algún derecho, por Nuestra Apostólica Autoridad, decretamos y mandamos.

De la Arquidiócesis de Montevideo separemos el territorio que comprende los Departamentos de Lavalleja, Rocha y Maldonado, y de la Diócesis de Florida y Melo la región comprendida por los Departamentos de Treinta y Tres y Cerro Largo. Con estos territorios constituimos una nueva Diócesis que se llamará Melo cuyos lindes se determinarán por los mismos límites de los Departamentos nombrados que la forman.
La Capital pues, de la nueva Diócesis así como la sede y domicilio del Obispo, será la ciudad de Melo, que hasta el año mil novecientos treinta y uno gozó de los honores de Sede Episcopal.
El Obispo, además, pondrá la cátedra de su potestad y Magisterio en el templo de la Beata Virgen María del Pilar y S. Rafael Arcángel, y por lo tanto la elevamos al grado de Iglesia Catedral con todos los derechos y privilegios.


Así quedó constituida la Diócesis de Melo por la Bula de 1955

De igual manera, de la misma indicada Arquidiócesis de Montevideo, separamos los Departamentos que comúnmente se llaman San José de Mayo y Canelones, exceptuando sin embargo, las poblaciones de Joaquín Suarez, Sauce y Pando, sitios en el segundo de los Departamentos referidos y de la Diócesis de Salto desunimos el Departamento de Colonia.
Con todos estos territorios erigimos otra Diócesis que se denominará San José del Uruguay, cuya Sede establecemos en la ciudad de San José de Mayo, y cuya Iglesia Catedral será la que está dedicada a San José esposo de la Bienaventurada Virgen María, otorgándole todos los derechos, honores y privilegios inherentes a la dignidad a que ha sido elevada.

Determinamos que los Obispos de estas Diócesis sean revestidos de los mismos derechos, facultades y prerrogativas de que gozan los demás Obispos por el orbe de la tierra, granados empero, los queremos de las mismas obligaciones.
Estos Obispos, además, estarán sujetos al Arzobispo Metropolitano de Montevideo como sufragáneos, y como es obvio, en el mismo sentido las nuevas Diócesis quedarán sujetas a la misma Metrópoli.

Puesto que cual conviene, los invitados por la voz de Cristo a los suavísimos oficios de sacerdocio, deben ser cultivados con toda diligencia, mandamos por lo tanto que, lo antes posible, en cada una de las nuevas Diócesis, se construya por lo menos el Seminario Menor, según las leyes del derecho común y las normas impartidas por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios.
Los más selectos jóvenes de tal Seminario, sean enviados a Roma para que recibidos en el Pontificio Colegio Pío Latino-Americano se impregnen de la verdadera filosofía y sean educados en la disciplina de las cosas sagradas.

Cuide el Obispo de que en la Iglesia Catedral se constituya el Capítulo de Canónigos a fin de que resplandezca el culto a Dios, y no le falten consejeros; que si esto no pudiera llevarse a cabo de inmediato le permitimos, entretanto, que elija consultores diocesanos, los cuales, como es claro cesarán del cargo cuando por Apostólicas Letras, sea constituido el Capítulo de Canónigos.
La así dicha Mesa Episcopal estará formada y con los emolumentos de las Curias, y con las ofertas de los fieles cristianos, y con la parte de bienes que, según el canon 1500 del Código de Derecho Canónigo, le corresponde de la división de bienes y posesiones, hasta ahora pertenecientes a la Diócesis de Montevideo, Florida y Melo y Salto.

Y por lo que al clero concierne, establecemos que, tan pronto como sean fundadas las nuevas sedes de Melo y San José del Uruguay, al mismo tiempo los clérigos se consideran adscriptos a la Iglesia en cuyo territorio legítimamente residen.
Ordenamos también que todas las actas y documentos que de cualquier manera se refieran a las dos Diócesis que hemos fundado, lo antes posible se remitan a las respectivas Curias donde con diligencia sean guardados en el archivo.
El régimen, la administración, la elección del Vicario Capitular en sede vacante, la disciplina del clero y del pueblo, sus derechos y obligaciones, todo esto se regirá en absoluto, por las prescripciones del Derecho Canónigo.
Decretamos, por fin, que la Diócesis aún llamada de Florida y Melo, en adelante se denomine sólo Florida.

Para que se cumpla todo cuantos hemos ordenado por Nuestras Letras vigiladas con sello de plomo, elegimos al venerable Hermano Alfredo Pacini, antes mencionado concediéndole para esto las debidas facultades, quien empero, si el caso lo requiere, podrá delegar a otra persona, siempre que esté revestida de dignidad eclesiástica, y cumplido el mandato, él mismo haga que se extienda documento, cuyas copias auténticas a la brevedad enviará a la Sagrada Congregación
Consistorial.
Si ocurriese que otra persona presidiera la Nunciatura Apostólica en el Uruguay, cuando estas letras van a ser cumplidas, ella hará lo que hemos mandado.

Queremos asimismo que éstas, Nuestras Letras, tengan valor ahora y en el futuro, de modo que lo decretado por las mismas sea religiosamente observado por aquellas a quienes les incumbe, y por ende obtengan su vigor.
A la eficacia de cuyas letras ninguna ley contraria de cualquier género que sea, podrá oponerse, dado que, por estas mismas letras la derogamos.
Por lo que si alguien, cualquiera sea la autoridad que revista, ya consciente o inconscientemente hiciera algo contrario a lo que hemos publicado, ordenamos sea tenido por absolutamente írrito y nulo. A nadie, pues, sea lícito quebrantar o falsificar estos documentos de Nuestra Voluntad, antes bien, a los ejemplares y pasajes de estas Letras, sean impresos o manuscritos, que llevan sello de persona constituida en dignidad eclesiástica, y también refrendados por escribano público, se les prestará en absoluto la misma fe que se daría a las presentes si fueran exhibidas.
Que si alguien, en su integridad despreciara o de cualquier modo desautorizara estos Nuestros Decretos, sepa que incurriría en las penas establecidas por el Derecho contra quienes no cumplieren con las órdenes de los Romanos Pontífices.
Dado en Castel Gandolfo, cerca de Roma el día quince del mes de noviembre del año del Señor mil novecientos cincuenta y cinco, XVII de Nuestro Pontificado.