miércoles, 21 de junio de 2017

Un secreto a voces. XII Domingo del Tiempo durante el año.






“Debe existir un secreto cuyo conocimiento nos liberaría de todas las frustraciones, ya sea porque ese secreto nos conduciría a la salvación, o porque el hecho de conocerlo representaría la salvación. ¿Existe un secreto tan luminoso?”
Así habla uno de los personajes de la novela “El Péndulo de Foucault”, de Umberto Eco. Eco fue un escritor, filósofo, profesor universitario italiano, fallecido el año pasado. En esta novela hace un impresionante catálogo de sociedades secretas, sectas ocultistas, grupos esotéricos. Gente en búsqueda desesperada de un secreto que pueda dar la completa felicidad a quien lo posea.

Esta inquietud existe desde la antigüedad. El personaje de Eco sigue hablando y nos cuenta que sucedió y cómo reaccionaron esos grupos cuando apareció el cristianismo:
“… acababa de llegar uno que se decía hijo de Dios, el hijo de Dios que se hace carne, y redime los pecados del mundo. ¿Era un misterio de poca monta?
Y prometía la salvación a todos, bastaba con amar al prójimo. ¿Era un secreto sin importancia?
Su legado era que quien supiese pronunciar las palabras justas en el momento justo podría transformar un trozo de pan y medio vaso de vino en la carne y la sangre del hijo de Dios, y hacer de ellas su alimento. ¿Era un enigma despreciable?
(…) Y, sin embargo, esa gente que ya tenía la salvación al alcance de la mano, (…) nada, no se inmutaba. ¿Esa es toda la revelación? ¡Qué trivialidad!
Y se lanzaron, histéricos, a recorrer con sus veloces proas todo el Mediterráneo en busca de otro saber perdido, un saber del que esos dogmas de treinta denarios sólo fueran el velo aparente, la parábola para los pobres de espíritu, el jeroglífico alusivo, (…). ¿El misterio trinitario? Demasiado fácil, debe de ocultar alguna otra cosa.
Hubo alguien, quizá Rubinstein, que cuando le preguntaron si creía en Dios respondió: “Oh no… yo creo… en algo mucho más grande...” Pero hubo otro (¿quizá Chesterton?) que dijo: “Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo.”
Pero vamos al Evangelio, miremos lo que hace Jesús… había momentos en que enseñaba a todos, pero se nos dice que algunas cosas las explicaba “en privado a sus discípulos” (Marcos 4,34). Más aún, hubo momentos en que se llevó aparte a tres de ellos. Los demás no oían ni veían… ¿Había una enseñanza secreta? ¿Había cosas que Jesús sólo trasmitía a algunos elegidos? Sin embargo, todo lo que Jesús trasmitió ha llegado a nosotros. La revelación es un proceso pedagógico. Tiene pasos, como todo aprendizaje. San Pablo decía a los corintios “les di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo” (1 Co 3,2).

En el Evangelio que leemos en las misas de este domingo, Jesús dice a los apóstoles:
“No hay nada oculto que no deba ser revelado,
y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día;
y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.”
(Mateo 10,26-27)
Jesús anima a sus apóstoles a trasmitir a todo el mundo, sin miedo, lo que Él ha enseñado. La iniciación cristiana, es verdad, no se hace en un día; pero no existen enseñanzas ni ritos secretos. Los sacramentos, la Misa, se celebran en iglesias a puertas abiertas, públicamente. Cuando el mensaje de Jesús ha tenido que ser trasmitido en forma discreta, secreta o aún clandestina, es solo cuando se ha cortado la libertad de expresarlo abiertamente.

Si en la fe cristiana hay un secreto, el secreto está a la vista, puesto allí por todos los que lo han descubierto. No hay otro secreto que la persona misma de Jesús. Es en Él que conocemos a Dios.
No es un intermediario que nos dice “yo les muestro el camino”, sino “yo soy el camino”. No nos dice “yo les enseño la verdad”, sino “yo soy la verdad”; no nos dice “yo les traigo la vida” sino “yo soy la vida”. No dice “yo he visto al Padre y les hablo de Él” sino “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Jesús es Mediador entre Dios y los hombres de la manera más fuerte posible, porque todo nos es dado en Él, y no a través de Él. Y cuando nos habla de amar, nos habla de hacerlo como Él mismo nos amó, con el amor que viene de su Padre.

Santa Teresa de Jesús, que vivió en tiempos agitados, de navegantes errantes y desesperados en busca de secretos, vio claramente su camino en Jesús, en “Humanidad sacratísima” de Jesús.
Y veo yo claro, y he visto después,
que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes
quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima.
Muchas veces lo he visto por experiencia; Me lo ha dicho el Señor.
He visto claro que por esta puerta hemos de entrar,
si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.
Así que no queramos otro camino,
aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros.
Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido,
de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino:
san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.
Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios;
si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto,
ir de buena gana.
Siempre que se piense de Cristo,
nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes
y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene:
que amor saca amor.
Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar,
porque, si una vez nos hace el Señor merced
que se nos imprima en el corazón de este amor,
nos ha de ser todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.

miércoles, 14 de junio de 2017

Corpus Christi. Un pedazo de pan y un poco de vino.





(Puede haber dificultades de audio si se escucha en un teléfono: mejor en computadora)

El ruido de la mezcladora y los gritos de los vecinos que estaban trabajando nos guiaron hacia el lugar donde se hacía la planchada. Era domingo en Paso Carrasco. Comienzos de los años ochenta. Ana y Hugo venían levantando su casa de a poco y había llegado la hora de hacer el techo.
Ni bien terminó la Misa, nos arrimamos a ayudar el Padre Lucio y yo. Nos pusimos en la cadena que hacía pasar y subir los baldes de mezcla.
Se fue sumando gente. Al mediodía estaba hecha casi la mitad. El cielo estaba encapotado pero aguantaba. De repente empezó a chispear.
Se tapó todo con unos nylons que estaban prontos por las dudas y bajamos a comer.
En un galpón las señoras aprontaban las ensaladas. Junto a una buena churrasquera, el Pumba, asador oficial de la barra, hacía su aporte. Cuando el asado estuvo pronto, hizo su extraño ritual, diciendo con tono de cuando salen mal las cosas “… ta que lo tiró… ni aunque me esfuerce me sale mal el asado”. Y el asado estaba riquísimo, con la sencilla salmuera, receta del asador: sal, una hoja de laurel y un diente de ajo.
La lluvia se hizo un poco más intensa, pero se veía que iba a parar. Y así fue y esa tarde pudimos terminar, tal como era necesario.
Mientras tanto, disfrutamos el asado. Cuando terminamos, el Pumba me pidió: “cantá aquella que me gusta”. No se puede negar una atención al asador, y canté:
“Cuando el pobre nada tiene y aún reparte / cuando un hombre pasa sed y agua nos da / cuando el débil a su hermano fortalece / va Dios mismo en nuestro mismo caminar…”
En aquel instante de recogimiento que provocó en todos nosotros la letra de la canción, ese momento en el que se resumía toda aquella fraternidad que nos había llamado a trabajar en la casa de un amigo, lo vi.
Habían quedado sobre una mesa improvisada con unos rústicos tablones, un pedazo de pan y un vaso con un poco de vino. No había nadie al lado. No había tampoco un plato o un cubierto. Simplemente el pedazo de pan y el vaso con vino.
No, no digo que eso fuera la Eucaristía y que allí estuviera la presencia de Jesús… pero los dos signos que Él eligió para dejarnos su presencia estaban allí. Él estaba en otra forma: estaba en medio de nosotros, como está siempre que dos o más se reúnen en su nombre, como estábamos reunidos compartiendo el trabajo, el asado y la alegría de estar juntos.

Este domingo la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi, como se dice en latín.
Esta fiesta se emparenta con el Jueves Santo, en que recordamos el momento en que Jesús entrega a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre, bajo la forma de Pan y de Vino y les dice “hagan esto en memoria mía”.
En cada Misa, el sacerdote vuelve a repetir las palabras de Jesús: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo”. “Tomen y beban, este es el cáliz de mi sangre…”

Los católicos creemos que allí está Jesús, verdaderamente presente. Creemos que al comulgar nos unimos a Él y en Él, nos unimos entre nosotros, en común-unión, en comunión.
Creemos también que esa presencia se prolonga, más allá de la Misa.
Guardamos con toda reverencia las Hostias consagradas en el Sagrario.
Junto al Sagrario, una luz permanentemente encendida nos indica que allí está el Señor.

Comulgar es una profunda unión con Jesucristo.
Sin embargo, no siempre es posible.
Pero sí es posible, donde hay un sagrario con su luz encendida, estar en la presencia de Jesús, rezar ante él, adorarlo. O, simplemente, hacer como aquel paisano del que habla el santo Cura de Ars.
San Juan María Vianney fue cura en el pueblito de Ars, en el centro de Francia. A su iglesia solía llegar un hombre que se arrodillaba durante un largo tiempo, mirando al Sagrario.
Un día, el cura preguntó al hombre qué hacía en ese momento. El hombre respondió simplemente: “yo lo miro y Él me mira”. Mirar al amigo querido, sentirse mirado por Él… esa era la simple oración del campesino, que volvía a su casa reconfortado.
En el hemisferio norte, esta fiesta se celebra a comienzos del verano. La procesión se realiza en días luminosos y cálidos.
En la misma fecha, aquí en el sur, hemos recorrido muchas veces nuestras calles siguiendo a Jesús sacramentado en días gélidos, aunque hagamos la procesión en las primeras horas de la tarde. Sin embargo, siempre que podemos, siempre que este acto de fe y amor se organiza, vamos al encuentro de Jesús, a caminar detrás de Él, a dejarnos mirar por Él. Que su presencia sea nuestro sol y nuestra guía.

+ Heriberto

martes, 13 de junio de 2017

Carta a Fanny Monteiro

Ayer, lunes 12, fue sepultada en Melo Fanny Monteiro, tras una Misa de cuerpo presente en su comunidad, la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen. Fanny fue durante muchos años la delegada de la Diócesis de Melo a la Comisión Nacional de Animación Bíblica de la Pastoral de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Participó activamente en la vida y en los distintos encuentros de las Comunidades Eclesiales de Base y Pequeñas Comunidades de la Diócesis. Trabajó muchas veces junto a la Hna. Stella Bondesán, quien le escribe ahora esta sentida carta de despedida.

¿Cómo te pienso, querida Fanny? Creo que como un pilar. Alto, de estilo fino, delicado, barroco, con mantelito portugués. Blanco… al costado de una gran Capilla… donde todos pueden verte solo si se quedan a mirarte.
En el centro de este pilar,  un sol,  grabado en oro puro. Sobre sus rayos que sobresalen, domina la Palabra de Dios que lo embellece por su resplandor.

Este pilar tiene una particularidad: hay que saber descubrirlo… en un primer momento parece arte frío, no fácil de apreciar; pero cuando te acercas, descubres toda su belleza, su originalidad, su preciosa elaboración. Algo impensable: deja asombrados por su sencillez y al mismo tiempo por su majestuosidad. Hay que saber reconocer y acariciar discretamente sus detalles.

Así te pienso hoy… luego de haber recibido la noticia de tu sueño eterno y tu despertar en Cristo. Me dolió. Mucho. La distancia me hace sentir más la desorientación… no logro entender… hace difícil aceptar…

Hemos compartido mucho, juntas, Fanny querida. Especialmente en las dificultades frente a una Iglesia que deseábamos distinta, más cercana y transparente, de la cual tú has sido fiel e incansable servidora. Llegábamos siempre a la misma conclusión: aferrarnos a Jesús, creyendo que a Él le es posible lo que a nosotras nos parecía un vacío, una distancia, un camino demasiado arduo. 

Has sido muy discreta. Me lo enseñaste en varias ocasiones… crítica y observadora, nunca juez.
Me impactó darme cuenta cuantas realidades delicadas conocías o te habían confiado… me hacías entender que sabías, pero las guardabas en tu corazón. En oración. Aprendí mucho de ti… me quisiste. Me quisiste bien y me ayudaste a crecer en la fe, en la fidelidad a la Palabra de Dios y en el servicio a una Iglesia que soñábamos más evangélica pese nuestros límites. ¡Tu compromiso y responsabilidad, lo han demostrado claramente! Tus viajes a veces fatigosos, a Montevideo, representando a nuestra Diócesis en el camino bíblico nacional te cansaban mucho últimamente, pero tú seguías firme.

También tu gran amor hacia tus hijas era silencioso, pero hondo y concreto, muy concreto. Entrega sin condiciones. ¡Cuánto las amaste y seguirás amándolas! 

La última vez que nos vimos me susurraste al oído: “Hermana, no te olvides que te quiero mucho. Sé que tú también. Reza por mí”. Es cierto. Yo también. Y no te pongo en el pedestal porque has pasado a una vida de Amor eterno. Las dos conocíamos nuestros defectos: chocábamos y discutíamos… pero  siempre sobresalía  el deseo sincero de crear algo mejor, de servir al Reino, de seguir testimoniando a Jesús de Nazaret en nuestras comunidades y a nuestros hermanos y hermanas que se acercaban por nuestro camino.

Gracias. Gracias, Fanny querida… serás siempre un pilar… mucho más que un pilar… y quedarán grabadas en nosotras, en nuestro grupo interparroquial de pequeñas comunidades, tu entrega, tu discreción y tu servicio y amor a nuestra Iglesia.

Ahora tendrás todo el tiempo de rezar por mí, por tus hijas, por tu parroquia, por tu Iglesia. Y podremos apoyarnos a ti como un pilar seguro y firme. ¡Intercede por todos! ¡Te quiero mucho!      
                                                               Tu hermana Stella

miércoles, 7 de junio de 2017

Santísima Trinidad: Dios es Comunidad






Ahí no llega la vista,
no llega la palabra ni la mente.
No sabemos, no comprendemos cómo alguien podría enseñarlo.
Es diferente a todo lo conocido y también a lo desconocido.

Así dice uno de los libros de la tradición religiosa de la India (Kena-Upanishad – Hinduismo) hablando de la divinidad.

San Agustín, uno de los más grandes estudiosos en la historia de la Iglesia, dedicó mucho tiempo a reflexionar sobre el misterio de la Santísima Trinidad, de cómo tres personas diferentes pueden ser un único Dios.

Se cuenta que una vez Agustín paseaba por la playa, pensando en el misterio de la Trinidad. Allí encontró a un niño que había hecho un pozo en la arena y con una cuchara de mar llenaba el agujero con agua. El niño corría hasta la orilla, llenaba la cuchara y depositaba el agua en el hoyo. Viendo esto, Agustín se detuvo y preguntó al niño por qué hacía eso. El chiquito le dijo que quería meter toda el agua del mar en el agujero de la arena. Al escucharlo, Agustín le dijo que eso era imposible. Entonces el niño respondió: “pues yo meteré toda el agua del mar en ese agujero antes de que tú consigas abarcar con tu mente todo el misterio de Dios”.

En definitiva, Dios es misterio…
En la fe cristiana llamamos “misterios” a distintos aspectos de lo que Dios es y de lo que hace. Así hablamos del misterio de la Encarnación, el misterio de la Redención, el misterio de la Resurrección… pero tal vez el misterio más grande, porque abarca todo, es el que motiva la fiesta que la Iglesia celebra este domingo siguiente a Pentecostés: el misterio de la Santísima Trinidad.

La palabra “misterio” puede desanimarnos un poco. Da idea de algo escondido, difícil de entender, de conocer… sin embargo, no es así. Dios se revela, se manifiesta; pero nosotros no podemos captar todo lo que significa eso que nos muestra. El misterio no es lo que no se puede conocer, sino lo que siempre se puede conocer un poco más, acercándonos con humildad.

¿Cómo llegamos los cristianos a creer en esto: un único Dios, en tres personas?
“Ahí no llega la vista” dice el libro del Hinduismo que citamos al comienzo.
Pero San Juan nos dice al comienzo de su primera carta: (1 Juan 1,1-4)
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos,
lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida,
- pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y les anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó -
lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos,
para que también ustedes estén en comunión con nosotros.
Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
Les escribimos esto para que su alegría sea completa.”
Los cristianos creemos que Dios es uno en tres personas porque Él mismo se ha ido manifestando así. El Pueblo creyente, inspirado por el Espíritu Santo, fue dejando en las páginas de la Biblia, a lo largo de siglos, su experiencia de fe, de ir conociendo de a poco a Dios.

En primer lugar, Dios se revela como el Dios único: “Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh” (Deuteronomio 6,4). En ese Dios único, Yahveh, va apareciendo la figura (pero todavía no el nombre) del Padre creador.

La revelación completa llega con Jesucristo. “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hebreos 1,1-2).

En efecto, es Jesús el que nos habla de su Padre y nuestro Padre. Nos enseña a rezar llamando a Dios “Padre nuestro”. Nos expresa su profunda unidad con el Padre: “el Padre y yo somos uno” (Juan 10,30). Se hace “el rostro de la Misericordia del Padre” y con su entrega en la Cruz nos dice hasta qué extremo llega el amor de Dios por nosotros. Hasta tal punto llega la ternura del Padre, que podemos decir de Él que es Padre y “más aún, es Madre” como decía el Papa Juan Pablo I.

A punto de pasar de este mundo al Padre, el Hijo nos anuncia a la tercera persona: “el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre” (Juan 14,26).

Así, por medio del Hijo, Dios se revela, se muestra como familia, comunidad, comunión de tres personas que son un solo Dios, unidos en el Amor.

Dios comunidad nos llama a entrar desde ahora y para siempre en esa comunión de la Santísima Trinidad. Nos llama desde la Creación; nos llama desde la Pascua de Jesús; nos llama desde la venida a nosotros del Espíritu Santo en Pentecostés.

La unidad de las tres Personas divinas es perfecta. Perfectamente sellada en el amor.
Nuestra unidad con Dios y nuestra unidad entre nosotros son imperfectas.
No vivimos en total unidad con Dios y con nuestros hermanos.

La Iglesia, la comunidad de los creyentes, está llamada a dar testimonio de unidad ante el mundo. Jesús ruega al Padre por sus discípulos (también por nosotros, hoy) pidiendo que “sean uno”. Cuatro veces aparece esa petición de Jesús “que sean uno”: “como nosotros”; “como tú, Padre, en mí y yo en ti”; “en nosotros”; “como nosotros somos uno”; “para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17,11.21-22).

Haciendo eco a la oración de Jesús, lo imploramos nosotros, en una plegaria eucarística cuyo título es todo un programa: “La Iglesia en camino hacia la unidad”, que reza así:
“Consolida el vínculo de unidad entre los fieles y los pastores de tu pueblo,
con nuestro Papa (Francisco) y nuestro Obispo (Heriberto),
y todo el orden episcopal,
para que tu pueblo brille, en este mundo dividido por las discordias,
como signo profético de unidad y de paz.”

Con lenguaje más sencillo lo expresa bellamente una canción del P. Julián Zini que cantamos en nuestras comunidades:
Cada vez que nos juntamos siempre vuelve a suceder
lo que le pasó a la gente reunida en Pentecostés.
Con el Espíritu Santo, viviendo la misma fe,
se alegraban compartiendo lo que Dios les hizo ver.
Es que Dios es Dios-familia, Dios-amor, Dios-Trinidad:
de tal palo tal astilla, somos su comunidad.
Nuestro Dios es Padre y Madre, causa de nuestra hermandad;
por eso es bueno encontrarse, compartir y festejar.

viernes, 2 de junio de 2017

Pentecostés: caminar en el Espíritu.



Aquí: para escuchar.




Aquí: para escuchar y ver.




Aquí: para leer...


En nuestro mundo, aparentemente tan conectado, muchas veces nos damos cuenta de que no nos conectamos verdaderamente con los demás. ¿Cuántas veces salimos de una conversación con otra persona -a veces una persona muy querida- sintiendo que no nos hemos escuchado, que no nos hemos entendido?

Pero, todavía, puedo preguntarme: ¿me conecto conmigo mismo? ¿Tengo un espacio para escucharme a mí mismo, para entrar dentro de mí? A veces vivimos una vida cargada de actividades. Vamos pasando de una cosa a otra sin tomarnos el tiempo para que cada una de ellas, al menos las más importantes, puedan decantar en nuestro corazón, puedan integrarse a nuestra vida como un recuerdo que podemos volver a evocar como alegría, consuelo o inspiración. Cuando vivimos así, sin esas pausas tan necesarias, nuestra vida se va haciendo superficial.

El poeta Antonio Machado nos dejó en su autorretrato estos versos que dicen de su conversación consigo mismo: “converso con el hombre que siempre va conmigo / quien habla solo espera / hablar a Dios un día”. En estas palabras, el poeta expresa una profunda aspiración que siente: “hablar a Dios un día…"

Este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Las lecturas nos hablan de viento, de llamas de fuego… signos que expresan impulso, ardor. Más que realidades extraordinarias que ocurren afuera, quieren expresar lo que el Espíritu Santo produce en el corazón del ser humano.

El encuentro con el Espíritu Santo, el encuentro con Dios, es una experiencia que comienza en el encuentro consigo mismo.
San Agustín, en sus Confesiones nos ha dejado un vivo testimonio de su búsqueda espiritual, hasta encontrar a Dios dentro de sí: “tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba”; “tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más alto que lo más sumo mío”.

La persona que entra profundamente en su propia intimidad, en su propio espíritu, accede a un sagrario donde Dios está presente y es posible escuchar su voz. Ese lugar sagrado es la propia conciencia del hombre, como enseña el Concilio Vaticano II:
“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.” (Gaudium et Spes 16)

Jesús mismo anunció el papel del Espíritu Santo, como el de un maestro interior: “el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14,26).

La espiritualidad cristiana consiste en la “vida en el Espíritu”, “caminar en el Espíritu”, siguiendo a Jesús “Camino, Verdad y Vida”.
Un camino que es personal, como lo expresa el poeta León Felipe:
“para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol y un camino virgen, Dios”

A lo largo de la historia grandes santos han recibido dones especiales del Espíritu que han enriquecido a la Iglesia… mientras tanto, cada creyente sincero, que busca seguir a Jesús, ha ido haciendo su propio camino.

Camino personal, porque nadie puede dar un sí a Dios en el lugar de otro. Nadie puede hacerse conciencia del otro. Camino personal sí, pero no camino individual, que me separe de los demás. El Espíritu conduce siempre a la Comunidad: al cuerpo de Cristo, al Pueblo de Dios. San Agustín, al final de su vida de búsqueda tan personal, en la que no se ahorró ninguna experiencia que estuviera a su alcance, puso toda la sabiduría que le entregó el Espíritu al servicio de la comunidad, como pastor.

El mal espíritu aleja; el buen espíritu, el Espíritu Santo, acerca, une, crea comunión a partir de la diversidad. El acontecimiento de Pentecostés nos habla también de una fe que se expresa en diferentes lenguas. Cada persona que escucha a los apóstoles los oye hablar en la suya propia. El Espíritu no uniformiza, sino que une. En los comienzos de la humanidad, las lenguas diferentes dispersaron a los hombres, como aparece en el relato de la torre de Babel.

El Espíritu hace que los hombres, diferentes, vuelvan a encontrar la unidad sin perder su diversidad. Esa es la comunión que vive la Iglesia cuando la guía el Espíritu Santo: hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación, unidos en la misma fe, unidos en Cristo, unidos en el Espíritu, peregrinando por este mundo hacia la Casa del Padre.

Esa diversidad es la variedad de los dones o carismas que vienen del Espíritu Santo: “Hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu” (1 Co 12,4) dice San Pablo en su primera carta a los Corintios y agrega: “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (12,7).

Los dones del Espíritu Santo, los carismas, no son un adorno personal, algo que coloque al que los tiene por encima de los demás y lo llene de vanidad. Al contrario, expresan un llamado de Dios para un servicio en la comunidad, en la Iglesia y en el mundo, a semejanza de Jesucristo que se hizo “el servidor de todos”.

Por eso San Pablo nos dice que aspiremos a los dones más perfectos (12,31); más aún, al mayor don del Espíritu Santo, que es el amor. De nada sirve, señala San Pablo hablar todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, conocer todos los misterios y toda la ciencia, repartir todos mis bienes para alimentar a los pobres… si no tengo amor. “Si no tengo amor, no soy nada”, concluye. “Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; el amor no pasará jamás” (13,8).
¡Ven Espíritu Santo, ven! tu pueblo está en oración:
María está con nosotros y no podés faltar vos.
¡Ven Espíritu Santo, ven! anima nuestra reunión
queremos hallar el modo de vivir en comunión.
(Julián Zini)

jueves, 25 de mayo de 2017

Es cuestión de Fe. VII Domingo de Pascua. Ascensión de Cristo y ascensión humana.


Papa Francisco: Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos



San Francisco de Sales,
patrono de los periodistas


Cada año, en la fiesta de la Ascensión del Señor (en Uruguay, domingo anterior a Pentecostés, 28 de mayo de 2017), se celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Esta jornada fue establecida por el Concilio Vaticano II, en el decreto Inter Mirifica, de 1963. Al igual que sus predecesores, el Papa Francisco ha escrito un mensaje para la jornada de este año, que se publica siempre el 24 de enero, fiesta de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 51 JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIAL
ES

«No temas, que yo estoy contigo» (Is 43,5)
Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos

Gracias al desarrollo tecnológico, el acceso a los medios de comunicación es tal que muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente noticias y de difundirlas de manera capilar. Estas noticias pueden ser bonitas o feas, verdaderas o falsas. Nuestros padres en la fe ya hablaban de la mente humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y no puede dejar de «moler» lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno).

Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, «muelen» cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza.

Creo que es necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras, terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano). Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la propia conciencia o de caer en la desesperación.

Por lo tanto, quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de la «buena noticia».

La buena noticia

La vida del hombre no es sólo una crónica aséptica de acontecimientos, sino que es historia, una historia que espera ser narrada mediante la elección de una clave interpretativa que sepa seleccionar y recoger los datos más importantes. La realidad, en sí misma, no tiene un significado unívoco. Todo depende de la mirada con la cual es percibida, del «cristal» con el que decidimos mirarla: cambiando las lentes, también la realidad se nos presenta distinta.  Entonces, ¿qué hacer para leer la realidad con «las lentes» adecuadas?

Para los cristianos, las lentes que nos permiten descifrar la realidad no pueden ser otras que las de la buena noticia, partiendo de la «Buena Nueva» por excelencia: el «Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Con estas palabras comienza el evangelista Marcos su narración, anunciando la «buena noticia» que se refiere a Jesús, pero más que una información sobre Jesús, se trata de la buena noticia que es Jesús mismo. En efecto, leyendo las páginas del Evangelio se descubre que el título de la obra corresponde a su contenido y, sobre todo, que ese contenido es la persona misma de Jesús.

Esta buena noticia, que es Jesús mismo, no es buena porque esté exenta de sufrimiento, sino porque contempla el sufrimiento en una perspectiva más amplia, como parte integrante de su amor por el Padre y por la humanidad. En Cristo, Dios se ha hecho solidario con cualquier situación humana, revelándonos que no estamos solos, porque tenemos un Padre que nunca olvida a sus hijos. «No temas, que yo estoy contigo» (Is 43,5): es la palabra consoladora de un Dios que se implica desde siempre en la historia de su pueblo. Con esta promesa: «estoy contigo», Dios asume, en su Hijo amado, toda nuestra debilidad hasta morir como nosotros. En Él también las tinieblas y la muerte se hacen lugar de comunión con la Luz y la Vida. Precisamente aquí, en el lugar donde la vida experimenta la amargura del fracaso, nace una esperanza al alcance de todos. Se trata de una esperanza que no defrauda ―porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)― y que hace que la vida nueva brote como la planta que crece de la semilla enterrada. Bajo esta luz, cada nuevo drama que sucede en la historia del mundo se convierte también en el escenario para una posible buena noticia, desde el momento en que el amor logra encontrar siempre el camino de la proximidad y suscita corazones capaces de conmoverse, rostros capaces de no desmoronarse, manos listas para construir.

La confianza en la semilla del Reino

Para iniciar a sus discípulos y a la multitud en esta mentalidad evangélica, y entregarles «las gafas» adecuadas con las que acercarse a la lógica del amor que muere y resucita, Jesús recurría a las parábolas, en las que el Reino de Dios se compara, a menudo, con la semilla que desata su fuerza vital justo cuando muere en la tierra (cf. Mc 4,1-34). Recurrir a imágenes y metáforas para comunicar la humilde potencia del Reino, no es un manera de restarle importancia y urgencia, sino una forma misericordiosa para dejar a quien escucha el «espacio» de libertad para acogerla y referirla incluso a sí mismo. Además, es el camino privilegiado para expresar la inmensa dignidad del misterio pascual, dejando que sean las imágenes ―más que los conceptos― las que comuniquen la paradójica belleza de la vida nueva en Cristo, donde las hostilidades y la cruz no impiden, sino que cumplen la salvación de Dios, donde la debilidad es más fuerte que toda potencia humana, donde el fracaso puede ser el preludio del cumplimiento más grande de todas las cosas en el amor. En efecto, así es como madura y se profundiza la esperanza del Reino de Dios: «Como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece» (Mc 4,26-27).

El Reino de Dios está ya entre nosotros, como una semilla oculta a una mirada superficial y cuyo crecimiento tiene lugar en el silencio. Quien tiene los ojos límpidos por la gracia del Espíritu Santo lo ve brotar y no deja que la cizaña, que siempre está presente, le robe la alegría del Reino.

Los horizontes del Espíritu   

La esperanza fundada sobre la buena noticia que es Jesús nos hace elevar la mirada y nos impulsa a contemplarlo en el marco litúrgico de la fiesta de la Ascensión. Aunque parece que el Señor se aleja de nosotros, en realidad, se ensanchan los horizontes de la esperanza. En efecto, en Cristo, que eleva nuestra humanidad hasta el Cielo, cada hombre y cada mujer puede tener la plena libertad de «entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne» (Hb 10,19-20). Por medio de «la fuerza del Espíritu Santo» podemos ser «testigos» y comunicadores de una humanidad nueva, redimida, «hasta los confines de la tierra» (cf. Hb 1,7-8).

La confianza en la semilla del Reino de Dios y en la lógica de la Pascua configura también nuestra manera de comunicar. Esa confianza nos hace capaces de trabajar ―en las múltiples formas en que se lleva a cabo hoy la comunicación― con la convicción de que es posible descubrir e iluminar la buena noticia presente en la realidad de cada historia y en el rostro de cada persona.

Quien se deja guiar con fe por el Espíritu Santo es capaz de discernir en cada acontecimiento lo que ocurre entre Dios y la humanidad, reconociendo cómo él mismo, en el escenario dramático de este mundo, está tejiendo la trama de una historia de salvación. El hilo con el que se teje esta historia sacra es la esperanza y su tejedor no es otro que el Espíritu Consolador. La esperanza es la más humilde de las virtudes, porque permanece escondida en los pliegues de la vida, pero es similar a la levadura que hace fermentar toda la masa. Nosotros la alimentamos leyendo de nuevo la Buena Nueva, ese Evangelio que ha sido muchas veces «reeditado» en las vidas de los santos, hombres y mujeres convertidos en iconos del amor de Dios. También hoy el Espíritu siembra en nosotros el deseo del Reino, a través de muchos «canales» vivientes, a través de las personas que se dejan conducir por la Buena Nueva en medio del drama de la historia, y son como faros en la oscuridad de este mundo, que iluminan el camino y abren nuevos senderos de confianza y esperanza.

Vaticano, 24 de enero de 2017
Francisco
 

martes, 23 de mayo de 2017

Enfoques Dominicales. VII Domingo de Pascua. Ascensión de Cristo y ascensión humana.





El punto más alto de la tierra sobre el cual puede poner sus pies el hombre es la cumbre del monte Everest, a 8.848 m sobre el nivel del mar. Llegar hasta allí es un esfuerzo muy grande. Se corren serios peligros… y se necesita también pagar una considerable suma para contar con todo lo necesario: guías y provisiones, entre ellos, muy importante, el oxígeno suficiente para subir y poder bajar.
La ascensión de Jesús, que celebramos en este domingo, no tuvo lugar en un punto tan alto, pero eso no importa. Se trata de algo diferente. Ya no es poner los pies sobre el lugar más alto de la Tierra, del que en definitiva habrá que bajar; tampoco es elevarse en un avión o, más aún, en una nave espacial.
Jesús resucitado asciende “a lo más alto” no en términos físicos, medibles, sino al corazón de la Santísima Trinidad. Él, el Hijo eterno del Padre descendió a este mundo por su encarnación. Ahora sube hacia la Casa del Padre, llevando su humanidad, nuestra humanidad. Mons. Parteli, arzobispo de Montevideo en los años 70, tituló una de sus homilías “hay un hombre en el seno de Dios”. La ascensión es, en ese sentido, la culminación de la encarnación del Hijo de Dios. Se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, y resucitado, junto al Padre, sigue siendo verdaderamente hombre.

La liturgia nos da el sentido de esta ascensión de Jesús:

“No lo hizo para apartarse
de la pequeñez de nuestra condición humana
sino para que lo sigamos confiadamente como miembros suyos,
al lugar donde nos precedió Él,
cabeza y principio de todos nosotros.”

La ascensión de Jesús es el inicio de la ascensión humana.
¿Desde dónde asciende Jesús?
No es lo mismo ascender a la cumbre del Everest desde el nivel del mar, que ir en helicóptero hasta uno de los campamentos intermedios y, desde allí, sí, emprender la subida a la cumbre, ahorrando mucho tiempo y esfuerzo.

La carta a los Filipenses nos dice que Jesús “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor” y “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. Es desde allí, desde esa condición de haberse hecho nada, de convertirse en nadie, que Jesús inicia su ascensión.

Entonces, ¿Cuán abajo puede estar una persona en este mundo, para iniciar desde allí su ascensión?

  • son todavía millones de personas en el mundo que sobreviven con menos de un dólar por día y esto da una pálida idea de todos los aspectos que hacen a su situación de pobreza extrema.
  • ¿Cuántos jóvenes y adultos son prisioneros de diversas adicciones, que quiebran sus vínculos y sus vidas mismas?
  • pensemos en las situaciones que nos presenta el evangelio: personas hambrientas, sedientas, sin vestido ni abrigo; enfermos, presos, refugiados, exiliados. Con todos ellos se identifica Jesús, el que “se anonadó a sí mismo”.

A todos ellos y a toda la humanidad Jesús quiere llevar hacia el Padre, en su ascensión.
Quiere llevarnos “a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres”.

Esa es la cumbre de la ascensión humana: participar en la vida misma de Dios, llegar por Jesucristo, con Él y en Él, a entrar al seno de la Santísima Trinidad.

Hace 50 años, el beato Papa Pablo VI, recogiendo las reflexiones del P. Luis José Lebret y de otros pensadores cristianos, escribió una carta titulada “Populorum Progressio”, el progreso de los pueblos.
Allí, el Papa describe el desarrollo como el pasaje “de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. De esta forma describe Pablo VI este desarrollo, como ascensión o crecimiento en humanidad, desde una visión integral y no solo economicista del hombre:

  • “[Condiciones] menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo.
  •  Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones.
  • Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura.
  • Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz.
  • Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin.
  • Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.

Esta visión de desarrollo nos dice dos cosas: el valor del esfuerzo humano por superarse, por progresar; pero también nos recuerda que el progreso económico o técnico no es garantía de que nos hagamos verdaderamente más humanos. Como señalaba el P. Lebret en su libro titulado “La ascensión humana”: 

“el progreso técnico por muy valioso que sea corre el peligro de provocar retrocesos humanos si no se toman muchas precauciones para no comprometer la avanzada humana en todos los planos […] El progreso mecánico tiene sus peligros si no va acompañado del progreso espiritual”.

Después de la Ascensión celebraremos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Que el Espíritu de Amor sople en nuestros corazones y los encuentre abiertos para que Él nos ayude a crecer en humanidad, de modo que podamos empezar a participar desde aquí, en el Espíritu, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.

sábado, 20 de mayo de 2017

Enfoques Dominicales. VI Domingo de Pascua. El Espíritu Paráclito.



“En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Junto con estas palabras, con las que iniciamos la Misa o un momento de oración, hacemos un gesto: la señal de la cruz. ¿Cuántas veces en el día lo hacemos? Mucha gente lo hace… a veces un poco apurada, a veces sin decir nada, a veces sin saber exactamente cómo hacerlo y muy posiblemente sin entenderlo.

Lo hacemos diciendo estas palabras y haciendo estos gestos: “En el nombre del Padre” tocando la frente; “Y del Hijo” tocando el pecho; “Y del Espíritu Santo” tocando los dos hombros, empezando por el izquierdo. Aunque no la nombramos, nuestro movimiento traza la cruz, en la que Jesús, el Hijo de Dios, hizo su entrega de amor por nosotros y por nuestra salvación.

En Grecia y otros países del Oriente de Europa, que pertenecen a la Iglesia Ortodoxa, esa última parte se comienza en el hombro derecho.

A veces se termina haciendo una cruz con los dedos y besándola, o poniendo la mano sobre el corazón, que es el centro de la persona, de donde sale nuestro “sí” a Dios.

Hacer la señal de la cruz o “santiguarse” es una manera de invocar a Dios, de poner en manos de Él nuestra jornada, lo que vamos a hacer, o el recuerdo de alguna persona querida. Hacerla al pasar delante de una Iglesia es reconocer que Dios está presente allí de una manera especial, sobre todo si allí hay un sagrario. Lo mismo delante del cementerio, al que antiguamente se le decía “camposanto”, lo que expresa que hay algo sagrado en ese lugar donde descansan los restos de nuestros muertos en espera de la resurrección.

Hacer la señal de la cruz no es –no debería ser nunca– un gesto supersticioso o mágico. Es expresar que estamos conscientes de que siempre estamos en la presencia de Dios.

Al “hacer la señal de la Cruz” nombramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los cristianos creemos en un solo Dios, pero que se manifiesta en esas tres personas.

No es difícil imaginar al Padre, verlo como el Creador… Dios es invisible, pero en nuestra imaginación podemos pintarlo como un anciano lleno de vigor, como lo hizo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

Menos trabajo nos da imaginar al Hijo, porque, siendo invisible, se hizo hombre. Tomó nuestra carne y el nombre de Jesús de Nazaret. Caminó por esta tierra, trabajó, compartió nuestra vida. Se hizo el rostro humano de la Misericordia de Dios, culminando la entrega de toda su vida con su muerte en la cruz. Resucitando, abrió para la humanidad el camino hacia Dios.

Ahora, cuando decimos “Espíritu Santo”, ya no es tan fácil imaginarlo… porque, ¿cómo podemos representar un Espíritu? En los evangelios se dice que en el Bautismo de Jesús el Espíritu Santo descendió “en forma de paloma” y, desde entonces, es así como se lo suele representar.

En el Evangelio que vamos a escuchar este domingo, Jesús anuncia la venida del Espíritu Santo.
Jesús se está despidiendo de sus discípulos, antes de su pasión, muerte y resurrección. Como todas las veces que una persona querida nos dice que se va, eso produce gran tristeza en los amigos de Jesús.

Sin embargo, Jesús promete que no los dejará solos y anuncia que les enviará “un paráclito”. Vamos a volver a hablar del Espíritu Santo en otro programa, pero hoy quiero detenerme en esa palabra rara.

“Paráclito” es una palabra griega (los evangelios, en la forma que los conocemos hoy, fueron escritos en griego). Entender esta palabra nos va a ayudar a entender un poco más quién es el Espíritu Santo y qué puede hacer por nosotros.

Vamos a empezar por la segunda parte de esa palabra paráclito: “clito”. Este “clito” viene de un verbo griego que significa “llamar”, llamar a alguien. Entonces, la primera cosa que nos dice esta palabra “paráclito” es que el Espíritu Santo es Alguien al que podemos llamar, al que podemos invocar cuando lo necesitamos.

La primera parte de “Paráclito”, es “Para”. Es el mismo “para” que encontramos en otra palabra griega: “paralelas”, y quiere decir “al lado”. Las líneas paralelas son las que van una al lado de la otra.

Entonces, lo que nos dice esta palabra “paráclito” es que el Espíritu Santo es el que podemos llamar para que esté a nuestro lado en el momento en que necesitamos apoyo, fortaleza, consuelo.

Pero la historia de esta palabra sigue, y vean por dónde. Cuando la Biblia se traduce al latín, Paráclito se convierte en Advocatus. “Ad”, al lado, como en “Adjunto”. Vocatus, llamado, como en “vocación”, que es el llamado que siente una persona en su vida.

De esa palabra latina “advocatus” viene nuestra palabra “abogado”. Si tenemos que recurrir a un abogado es porque nos hemos metido en algún problema, tenemos algún conflicto que hay que resolver legalmente… si hemos sufrido una injusticia, si nos sentimos indefensos, todos valoramos el encontrar un buen abogado que nos defienda, que nos acompañe, que nos dé confianza. Hay muchísimas películas donde aparecen el abogado y su defendido. Vemos como el abogado es el que habla por su cliente, el que dice, en nombre de su defendido “mi cliente se declara inocente”.

Los primeros cristianos nos han dejado el testimonio de haber sentido muy cerca al Espíritu Santo cuando eran perseguidos, cuando tenían que presentarse ante un tribunal solo por el hecho de ser cristianos. Ahí se hacían verdad las palabras de Jesús:
“cuando los lleven y los entreguen, no se preocupen de antemano por lo que van a decir (…) no son ustedes los que hablarán, sino el Espíritu Santo”. 
El Espíritu Santo hablaba como “abogado defensor”.

Dije testimonio de los primeros cristianos… pero sigue habiendo hoy mártires, es decir testigos. Lo ha recordado, hace poco el Papa Francisco, que ha hecho memoria
“de los nuevos mártires, de tantos cristianos asesinados por las desequilibradas ideologías del siglo pasado, y asesinados sólo porque eran discípulos de Jesús”.
Sigue diciendo el Papa:
“El recuerdo de estos heroicos testimonios antiguos y recientes nos confirma en la conciencia que la Iglesia es una Iglesia de mártires. Ellos han tenido la gracia de confesar a Jesús hasta el final, hasta la muerte. Ellos sufren, ellos dan la vida, y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio”. Y existen también, -agregó- tantos mártires escondidos, hombres y mujeres fieles a la fuerza humilde del amor, fieles a la voz del Espíritu Santo, que en la vida de cada día buscan ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas.” (Homilía en la Basílica de S. Bartolomé, 22.04.2017)