VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA
Y PARAGUAY
CELEBRACIÓN DE LA PALABRA
EN
LA EXPLANADA DEL BARRIO LA CONCORDIA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Melo
(Uruguay)
Domingo 8 de mayo de 1988
Amadísimos hermanos y hermanas,
¡Alabado sea Jesucristo!
1. Alabado sea Jesucristo en esta región oriental del Uruguay donde viven y
trabajan tantos hombres y mujeres que guardan en sus corazones, como en
sagrado relicario, el tesoro de su fe católica. Que Dios bendiga vuestros
hogares cristianos para que sean escuelas de virtud y de trabajo donde reinen
el amor y la paz.
Saludo al Señor Presidente de la República y dignísimas autoridades.
Saludo a todos los fieles de esta diócesis de Melo, con su Pastor a la
cabeza, a quien agradezco vivamente las amables palabras de bienvenida que me
ha dirigido.
Saludo también a los otros arzobispos y obispos aquí presentes. Este saludo
va igualmente a los Pastores y a los fieles de las diócesis vecinas del Brasil
que se han unido gozosamente a sus hermanos uruguayos para recibir al Papa.
Con inmensa alegría estoy aquí entre vosotros para celebrar juntos la fe en
Cristo. Yo no quiero anunciaros otra cosa, mas que a Cristo Redentor; a
Jesucristo, el Hijo de Dios, que trabajó con sus manos, para enseñarnos cómo
debemos comportarnos en nuestro esfuerzo por construir de modo solidario un
mundo mejor.
Que con la ayuda de Dios, aprendamos a conocer más y mejor la vida de
trabajo de Cristo, “el hijo del carpintero” (
Mt 13, 5), que pasó la mayor parte de su
existencia terrena compartiendo la vida de cada día con sus hermanos los
hombres y ocupando sus años como un trabajador.
2. ¿No es verdad que, cuando escuchamos al Señor, percibimos que nos está
hablando indudablemente de lo que El ha vivido y de lo que vivían los hombres
de su tiempo? Jesús tenía que conocer a la perfección el trabajo del campo. Se
refiere con detalle, por ejemplo, a los cuidados que requiere una viña (cf.
Jn 15, 1-6) y a la
suerte distinta que corren las semillas de trigo esparcidas en la tierra por
el sembrador (cf.
Lc 8, 5-8). Jesús se siente dichoso al contemplar los campos dorados,
listos para la siega (cf.
Jn 4, 35) y se enternece ante el cariño con que un pastor bueno
carga sobre sus hombros la oveja que se le había perdido (cf.
Lc 15,
4-6).
En sus enseñanzas, el Hijo de Dios toma pie del trabajo del hombre y de la
mujer para darnos a conocer las verdades del reino de los cielo. Jesús sabe
cómo una mujer mezcla la levadura y la harina para hacer el pan (cf.
Mt
13, 33); cómo se
remienda un vestido roto (cf.
Lc 5, 36); cómo negocia un buscador de perlas (cf.
Mt 13, 45-46) y también
cuáles son las posibilidades de negociar con el propio dinero (cf.
Ibíd.
25, 14-17). Asimismo al
Señor no le resulta indiferente la suerte de los que están desocupados, a la
espera de ser contratados para trabajar (cf.
Mt 20, 1ss..
3. El esfuerzo humano, la laboriosidad, la actividad creadora es un tema
que encontramos ya presente en los comienzos de la Revelación divina. “La
Iglesia –como señalé en la Encíclica “
Laborem Exercens”– halla en las
primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción, según la
cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana
sobre la tierra” (
Laborem Exercens,
4), en virtud del mandato de dominar la tierra, dado por Dios a
la humanidad.
Es verdad que
el trabajo reclama esfuerzo y conlleva fatiga y cansancio,
que son consecuencia del desorden introducido por el pecado; pero, habiendo
sido asumido y practicado por Cristo, que lo convirtió así en realidad
redimida y redentora,
ha vuelto a ser una bendición de Dios. “Mediante su
trabajo (el hombre) participa en la obra del Creador y, según sus propias
posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa,
avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores
encerrados en todo lo creado” (
Ibíd. 25).
El trabajo no es, pues, algo que el hombre debe realizar sólo para ganarse
la vida; es una dimensión humana que puede y debe ser santificada, para llevar
a los hombres a que se cumpla plenamente su vocación de criaturas hechas a
imagen y semejanza de Dios.
Por medio del trabajo, la persona se perfecciona a sí misma, obtiene los
recursos para sostener a su familia, y contribuye a la mejora de la sociedad
en la que vive.
Todo trabajo es testimonio de la dignidad del hombre, de su
dominio sobre la creación, y cualquier trabajo honrado es digno de aprecio.
Jesucristo, nuestro Señor, es también nuestro guía y modelo. “Todo lo hizo
bien” (
Mc 7, 37), decían de El las gentes. Cada uno de nosotros –asumida por la fe
nuestra condición de hijos de Dios en Cristo– hemos de esforzarnos por seguir
sus huellas en el trabajo de cada día. Como leemos en el Antiguo Testamento,
no se le hacen a Dios ofrendas defectuosas (cf.
Lv 3, 1. 6. 23. 28). Los cristianos serán
verdaderamente “sal de la tierra” y “luz del mundo” (
Mt 5, 13-14), si saben dar a su
trabajo la calidad humana de una obra bien hecha, con amor de Dios y con
espíritu de servicio al prójimo.
4. La obligación de trabajar, impuesta por Dios al hombre como un deber en
el comienzo de la creación, sólo puede cumplirse si está asegurado el
correspondiente
derecho al trabajo. La importancia de esta materia me ha
llevado a afirmar que “el trabajo es la clave esencial de toda la cuestión
social” (
Laborem Exercens,
3), y en mi última Encíclica he vuelto a manifestar la preocupación
social de la Iglesia por el desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad.
Con su doctrina social, la Iglesia “intenta guiar... a los hombres para que
ellos mismos den una respuesta, con la ayuda también de la razón y de las
ciencias humanas, a su vocación de constructores responsables de la sociedad
terrena” (
Sollicitudo
rei socialis, 1).
Por lo que se refiere a la primacía del trabajo en la solución de
los
problemas sociales, la Iglesia tiene este convencimiento: “Si el
sistema de
relaciones de trabajo, llevado a la práctica por los protagonistas
directos –trabajadores y empleados, con el apoyo indispensable de los
poderes públicos–
logra instaurar una
civilización del trabajo, se producirá entonces en la
manera de ver de los pueblos y incluso en las bases institucionales y
políticas, una revolución pacífica en profundidad” (Congregación para la
Doctrina de la Fe,
Libertatis Conscientia, 83).
5. Instaurar una “civilización del trabajo” es una tarea que requiere la
participación solidaria de toda la sociedad. Por eso, deseo hacer un llamado a
todos los fieles católicos y a todos los uruguayos de buena voluntad.
Aquellos que poseen la tierra y otras clases de bienes, deben tener
presente que sobre toda propiedad privada, “grava una hipoteca social” que les
obliga a procurar que sus propiedades rindan en beneficio de la colectividad.
Quien tiene empleados a su servicio está moralmente obligado a velar para
que tengan buenas condiciones de trabajo y una vivienda digna para cada uno
con su propia familia. Asimismo debe cuidar que la remuneración sea suficiente
para llevar una vida decorosa y, si es posible, que la rebase. De la misma
forma, debe procurarse que los trabajadores del campo puedan acceder a unas
condiciones de vida que eviten la emigración a las ciudades, causa de graves
problemas humanos y sociales.
6. En medio de este extenso mundo del trabajo humano no quiero pasar por
alto a quienes
se dedican a la actividad empresarial, para recordarles que “la
prioridad del trabajo sobre el capital convierte en un deber de justicia...
anteponer el bien de los trabajadores al aumento de las ganancias. Tienen la
obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones,
mirar ante todo al bien común. Esto exige que se busque prioritariamente la
consolidación o la creación de nuevos puestos de trabajo para la producción de
bienes realmente útiles” (Congregación para la Doctrina de la Fe,
Libertatis Conscientia, 83).
7. Con mi palabra y con mi corazón estoy también muy cerca de los que se
dedican a
la actividad sindical. La Iglesia ha defendido siempre el derecho de
asociación en todos los niveles de la convivencia, porque es una consecuencia
de la naturaleza social y comunitaria del hombre. La asociación con fines
laborales, en los sindicatos, no solamente es justa, sino que –siempre dentro
del respeto de los principios de la justicia– se muestra conveniente para
lograr la armonía social. Merecen incondicionalmente apoyo y aliento todos
aquellos que, con abnegación y sacrificio dedican sus esfuerzos por mejorar
las condiciones de vida de los trabajadores. Como sabéis, “la doctrina social
católica no considera que los sindicatos constituyan únicamente el reflejo de
la estructura de
clase de la sociedad y que sean el exponente de la lucha de
clases que gobierna inevitablemente la vida social. Sí, son un exponente de la
lucha por la justicia social, por los justos derechos de los hombres del
trabajo según las distintas profesiones... pero no es una lucha “contra los
demás”... Los justos esfuerzos por asegurar los derechos de los trabajadores,
unidos por la misma profesión, deben tener siempre en cuenta las limitaciones
que impone la situación general del país. Las exigencias sindicales no pueden
transformarse en una especie de “egoísmo” de grupo o de clase por más que
puedan y deban tender también a corregir – con miras al bien común de toda la
sociedad – incluso todo lo que es defectuoso en el sistema de propiedad de los
medios de producción o en el modo de administrarlos o de disponer de ellos” (
Laborem
Exercens, 20).
8. Y finalmente, quisiera destacar la importancia de valorar socialmente
las funciones que con abnegación y entrega, desempeñan en sus casas, las
madres de familia. Con esto deseo hacer patente el
reconocimiento y homenaje
que se debe a la mujer uruguaya. Ella ha desempeñado un papel providencial e
inconfundible para conservar la fe y custodiar el perfil propio del alma
cristiana en América Latina. Es justo que también su trabajo sea apreciado en
lo que vale; y, si todos los trabajos son dignos delante de Dios y de la
sociedad, el que a diario lleva a cabo una madre tiene una trascendencia
superior. “Será un honor para la sociedad –señalaba en mi Encíclica sobre el
trabajo humano– hacer posible a la madre –sin obstaculizar su libertad, sin
discriminación sicológica o práctica, sin dejarla en inferioridad ante sus
compañeras– dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos... La
verdadera promoción de la mujer exige que el trabajo se estructure de manera
que no deba pagar su promoción con el abandono del carácter específico propio
y en perjuicio de la familia en la que como madre tiene un papel insustituible”
(
Ibíd. 19).
9. Construir una “civilización del trabajo” es un imperativo ético exigido
por la vocación sobrenatural del hombre y, al mismo tiempo, es un reto a su
capacidad creadora. La Iglesia no puede dejarse arrebatar por ninguna
ideología o corriente política la bandera de la justicia, que es exigencia del
Evangelio. Por otra parte, “la doctrina social de la Iglesia no propone ningún
sistema (económico, social o político) particular, pero, a la luz de sus
principios fundamentales, hace posible, ante todo, ver en qué medida los
sistemas existentes resultan conformes o no a las exigencias de la dignidad
humana” (Congregación para la Doctrina de la Fe,
Libertatis Conscientia,
74). La construcción de una “civilización del trabajo” trae, pues,
consigo una invitación al diálogo sereno entre los que sustentan opiniones
diversas acerca de las posibles soluciones de los problemas que hay que
resolver. No existe para ellos una única solución ni nadie tiene el derecho de
definir como “católica”
su propia solución, puesto que los principios
enseñados por la Iglesia admiten pluralidad de aplicaciones prácticas (cf. (
Sollicitudo
rei socialis, 41).
También hay que decir que ninguna ideología puede abrogarse el monopolio de
las soluciones a los problemas sociales. La “civilización del trabajo” exige
el estudio profundo de los problemas y el estar dispuesto a aceptar la verdad;
pide, asimismo, dejar de lado las ambiciones particulares o de grupo para
mirar ante todo al bien común. Una “civilización del trabajo” requiere
espíritu de sacrificio, espíritu de colaboración y solidaridad. Sobre todo, su
realización exige un esfuerzo educativo de las jóvenes generaciones en las
virtudes del trabajo y en la práctica de la espiritualidad que le es propia (
Laborem
Exercens, 24-27).
Construir una “civilización del trabajo” es, en fin, un ideal que está al
alcance de una sociedad como la vuestra, hondamente arraigada en su histórica
vocación cristiana y con un hondo sentido de la justicia y de la igualdad
entre los hombres.
10. Queridos hermanos y hermanas: Al terminar nuestro encuentro, os invito
a mirar nuevamente a Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el “hijo del
carpintero”. Con la Santísima Virgen, su Madre, y con San José, Jesús formó
parte del hogar que es modelo para todas las familias cristianas. Santificó la
noble realidad del trabajo humano, desarrollando, durante la mayor parte de su
vida, la humilde labor de un artesano. Jesús nos enseñó, de este modo, a
valorar el trabajo en función del amor con que lo hagamos.
Construid, pues, la “civilización del trabajo”, obrando en todo momento y
lugar con amor, según la justicia y la caridad, con desprendimiento y sin
perder de vista la luz eterna que alumbra nuestros pasos en la tierra. A todos
los que estáis aquí, que habéis venido de los departamentos de Cerro Largo y
Treinta y Tres, y de lejanos sitios, y del Brasil, os encomiendo a San José
Obrero, Esposo de la Virgen Santísima, para que bajo su protección alcancéis
la gloria eterna, después de trabajar por vuestros hermanos los hombres. Con
afecto imparto a todos mi Bendición Apostólica.