En enero, el Papa te pide tu oración para que
*
las víctimas de desastres naturales reciban el alivio espiritual y material necesario para reconstruir sus vidas. (Intención General)
* el empeño de los cristianos a favor de la paz sea ocasión para dar testimonio del nombre de Cristo a todas las personas de buena voluntad. (Intención Misionera)
Para más información, haz click aquí: Apostolado de la Oración

jueves 26 de enero de 2012

Mons. Heriberto en encuentro internacional de Obispos




Con una conferencia del Arzobispo de Sydney, Cardenal George Pell, dio comienzo hoy en el sur de California un encuentro internacional de Obispos organizado por el Acton Institute, institución católica con sede en los EE.UU.
La conferencia del Cardenal Pell trató sobre "El Obispo Católico en la sociedad secularizada".
Mons. Heriberto está participando en este encuentro que concluirá el viernes a la noche. 49 obispos, en su mayoría de América Latina, pero también de Europa y África han acudido a la invitación.

martes 24 de enero de 2012

EE.UU. Carta de los Obispos Hispanos/Latinos a los inmigrantes

Demián Bichir, mexicano nominado al Oscar como mejor actor por su papel
protagónico en Una vida mejor. La película refleja el drama de los trabajadores
indocumentados, situación aludida en el mensaje de los Obispos hispanos de EE.UU.
Muy estimados hermanas y hermanos inmigrantes,

¡Que la paz y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo estén con todos ustedes!

Nosotros los obispos hispanos/latinos de Estados Unidos abajo firmantes les hacemos saber a quienes se encuentran en nuestro país sin papeles que no están solos ni olvidados. Reconocemos que todo ser humano, documentado o no, es imagen de Dios y por lo tanto tiene un valor y dignidad infinitos. Les abrimos nuestros brazos y nuestro corazón y los recibimos como miembros de nuestra familia católica. Como pastores, les dirigimos estas palabras desde lo más profundo de nuestro corazón.

De una manera muy especial queremos agradecerles los valores cristianos que nos demuestran con su vida – el sacrificio por el bien de sus familias, la determinación y perseverancia, el gozo de vivir, su profunda fe y su fidelidad a pesar de la inseguridad y tantas dificultades. Ustedes contribuyen mucho al bienestar de nuestra nación en el ámbito económico, cultural y espiritual.

La crisis económica ha impactado a toda la comunidad estadounidense. Lamentablemente, algunos aprovechan este ambiente de incertidumbre para despreciar al migrante y aun culparlo por esta crisis. Sembrar el odio no nos lleva a remediar la crisis. Encontraremos el remedio en la solidaridad entre todos los trabajadores y colaboradores—inmigrantes y ciudadanos—que conviven en los Estados Unidos.

En sus rostros sufrientes vemos el rostro verdadero de Jesucristo. Sabemos muy bien el gran sacrificio que hacen por el bien de sus familias. Muchos de ustedes hacen los trabajos más difíciles, con sueldos miserables y sin seguro de salud o prestaciones salariales o sociales. A pesar de sus contribuciones al bienestar de nuestro país, en lugar de ofrecerles gratitud, se les trata como criminales porque han violado la ley de inmigración actual.

Estamos también muy conscientes del dolor de las familias que han sufrido la deportación de alguno de sus miembros; de la frustración de los jóvenes que han crecido en este país y cuyos sueños son truncados por su estatus migratorio; de la ansiedad de aquellos que están en espera de la aprobación de su petición de residencia permanente; y de la angustia de quienes viven cada día bajo la amenaza de ser deportados. Todas estas situaciones claman a Dios por una solución digna y humana.
Reconocemos que en ocasión las acciones tomadas con respecto a los inmigrantes les ha llevado a sentirse ignorados y abandonados, incluyendo cuando no se han escuchado voces que se levanten ante las falsedades que se promueven dentro de nuestra sociedad. Por medio de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) hemos abogado ante el Congreso estadounidense por un cambio a la ley de inmigración que respete la unidad de la familia, e incluya pasos ordenados y razonables para que personas sin documentos puedan obtener la ciudadanía. La nueva ley deberá incluir un programa de visas para trabajadores que respete los derechos humanos de los inmigrantes, les provea las necesidades básicas para vivir y facilite su ingreso a nuestro país para trabajar en un ambiente seguro y ordenado. Así mismo, continuamos abogando por la justicia económica global que facilite el empleo de nuestros hermanos y hermanas en su tierra de origen y les provea lo suficiente para vivir con dignidad.

El pueblo inmigrante es una fuerza revitalizadora para el país. La falta de una reforma migratoria justa, humana y eficaz debilita el bien común de toda la unión americana.

Nos duele y nos apena que muchos de nuestros hermanos y hermanas católicos no hayan apoyado nuestras peticiones por un cambio a la ley de inmigración que proteja sus derechos, mientras ustedes contribuyen con su trabajo a nuestro país. Les prometemos que seguiremos trabajando para obtener este cambio. Conocemos lo difícil que es el camino para llegar y para entrar a Estados Unidos. Por eso estamos comprometidos a hacer lo que podamos para lograr un cambio de ley que les permita entrar y vivir en este país legalmente, y no se vean ustedes obligados a emprender un camino peligroso para proveer a sus familias. Como pastores que se preocupan por el bienestar de todos ustedes, les debemos decir que consideren seriamente si es aconsejable emprender su camino hacia acá antes de que se logre un cambio justo y humano en las leyes de inmigración.

Sin embargo, no vamos a esperar hasta que cambie la ley para darles la bienvenida en nuestras iglesias a los que ya están aquí, ya que San Pablo nos dice, “Ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los que forman el pueblo de Dios; son familia de Dios” (Ef. 2:19).

Como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, les ofrecemos alimento espiritual. Siéntanse bienvenidos a la Santa Misa, la Eucaristía que nos alimenta con la palabra y con el cuerpo y la sangre de Jesús. Les ofrecemos programas de catequesis para sus hijos, y los programas de formación que nuestros esfuerzos diocesanos nos permiten poner a su alcance.

Los ciudadanos y residentes permanentes de este país no podemos olvidar que casi todos, nosotros o nuestros antepasados, hemos venido de otras tierras, y juntos con inmigrantes de varias naciones y culturas hemos formado una nueva nación. Ahora debemos abrirles el corazón y los brazos a los recién llegados, como nos lo pide Jesús cuando nos dice, “Tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber; pasé como forastero y ustedes me recibieron en su casa” (Mt 25:35). Estas palabras del Señor Jesús se pueden aplicar a los inmigrantes entre nosotros. Tuvieron hambre en su tierra de origen, tuvieron sed al pasar por el desierto, y se encuentran entre nosotros como forasteros (ver Daniel G. Groody, CSC, “Crossing the Line,” The Way, Vol. 43, No.2, abril 2004, p.58-69). Su presencia nos invita a ser más valientes en la denuncia de las injusticias que sufren. A imitación de Jesús y de los grandes

profetas, debemos denunciar las fuerzas que los oprimen, y anunciar la buena nueva del Reino con nuestras obras de caridad. Oremos y luchemos para que estos hermanos y hermanas nuestras tengan las mismas oportunidades de las cuales nosotros nos hemos beneficiado.

Vemos en ustedes migrantes a Jesús peregrino. La Palabra de Dios migró del cielo a la tierra para hacerse hombre y salvar a la humanidad. Jesús emigró con María y José a Egipto, como refugiado. Migró de Galilea a Jerusalén para el sacrificio de la Cruz, y finalmente emigró de la muerte a la resurrección y ascendió al cielo. Hoy día, sigue caminando y acompañando a todos los migrantes que peregrinan por el mundo en búsqueda de alimento, trabajo, dignidad, seguridad y oportunidades para el bien de sus familias.

Ustedes nos revelan la realidad suprema de la vida: todos somos migrantes. Su migración es un fuerte y claro mensaje de que todos somos migrantes hacia la vida eterna. Jesús nos acompaña a todos los cristianos en nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, el reino de Dios en el cielo (Ver Tertio Millennio Adveniente No. 50).

Les rogamos que no se desesperen. Mantengan su fe en Jesús migrante que sigue caminando con ustedes, y en la Santísima Virgen de Guadalupe que constantemente nos repite las palabras dichas a san Juan Diego, “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” Ella nunca nos abandona, ni nos abandona san José quien nos protege como lo hizo con la Sagrada Familia durante su emigración a Egipto.

Como pastores queremos seguir abogando por todos los inmigrantes. Con san Pablo les repetimos: “No se dejen vencer por el mal; antes bien, venzan el mal con la fuerza del bien” (Rom. 12:21).

Que Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo los acompañe y los bendiga siempre.

Sinceramente en Cristo Salvador,

Los Obispos Hispanos/Latinos de Estados Unidos
Most Rev. José H. Gómez, Archbishop of Los Angeles
Most Rev. Gustavo García-Siller, MSpS, Archbishop of San Antonio
Most Rev. Gerald R. Barnes, Bishop of San Bernardino
Most Rev. Alvaro Corrada del Rio, SJ, Apostolic Administrator of Tyler
Bishop of Mayaguez, PR
Most Rev. Felipe de Jesús Estevez, Bishop of St. Augustine
Most Rev. Richard J. García, Bishop of Monterey
Most Rev. Armando X. Ochoa, Apostolic Administrator of El Paso
Bishop-designate of Fresno
Most Rev. Plácido Rodríguez, CMF, Bishop of Lubbock
Most Rev. James A. Tamayo, Bishop of Laredo
Most Rev. Raymundo J. Peña, Bishop Emeritus of Brownsville
Most Rev. Arthur Tafoya, Bishop Emeritus of Pueblo
Most Rev. Daniel E. Flores, Bishop of Brownsville
Most Rev. Fernando Isern, D.D., Bishop of Pueblo
Most Rev. Ricardo Ramírez, Bishop of Las Cruces
Most Rev. Jaime Soto, Bishop of Sacramento
Most Rev. Joe S. Vásquez, Bishop of Austin
Most Rev. Carlos A. Sevilla, SJ, Bishop Emeritus of Yakima
Most Rev. Oscar Cantú, S.T.D., Auxiliary Bishop of San Antonio
Most Rev. Arturo Cepeda, Auxiliary Bishop of Detroit
Most Rev. Manuel A. Cruz, Auxiliary Bishop of Newark
Most Rev. Rutilio del Riego, Auxiliary Bishop of San Bernardino
Most Rev. Eusebio Elizondo, M.Sp.S, Auxiliary Bishop of Seattle
Most Rev. Francisco González , S.F., Auxiliary Bishop of Washington, DC
Most Rev. Eduardo A. Nevares, Auxiliary Bishop of Phoenix
Most Rev. Alexander Salazar, Auxiliary Bishop of Los Angeles
Most Rev. David Arias, OAR, Auxiliary Bishop Emeritus of Newark
Most Rev. Octavio Cisneros, DD, Auxiliary Bishop of Brooklyn
Most. Rev. Edgar M. da Cunha, SDV, Auxiliary Bishop of Newark
Most Rev. Cirilo B. Flores, Auxiliary Bishop of Orange,
Most Rev. Josu Iriondo, Auxiliary Bishop of New York,
Most Rev. Alberto Rojas, Auxiliary Bishop of Chicago
Most Rev. Luis Rafael Zarama, Auxiliary Bishop of Atlanta
Most Rev. Gabino Zavala, Auxiliary Bishop of Los Angeles

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Diciembre 12, 2011

domingo 22 de enero de 2012

Radio María: veinticinco años evangelizando


Hace veinticinco años se creó la Asociación Radio María

Radio María nace como radio parroquial en 1983, en Arcellasco d'Erba, en provincia de Como y en la Diócesis de Milán.

Era la época durante la cual en muchas iglesias de Italia los párrocos colocaban una antena para llegar al mayor número de feligreses, de forma especial a los enfermos. La finalidad de la radio era informar a los parroquianos y ayudarlos en la oración, transmitiendo diariamente la Santa Misa y el Santo Rosario.

Radio María conservó esta característica hasta enero de 1987, cuando se constituyó la asociación Radio María, compuesta por laicos y sacerdotes, con la finalidad de volver la emisora independiente de la parroquia y de comprometerla en una obra de evangelización en una escala mucho más amplia.

En solamente tres años la planilla de programación se volvió a diseñar completamente, gracias a la colaboración de personas con diferentes experiencias eclesiales, pero todas comprometidas en el testimonio de su fe.

En la misma época se cubren rápidamente todas las regiones italianas, tanto que en 1990 Radio María se considera una emisora de difusión nacional.

A partir de la década de los ’90 lo que comenzó en Italia, actualmente está en los cinco continentes, con 67 radios en 56 naciones. Con el impulso y la ayuda de Radio María Italia, surgen otras en lengua común en Europa, África y América. El número crece y se crea una red radiofónica mundial católica, independiente en gestión de cada país, unitaria en la inspiración religiosa y en la estructura de la programación, en la referencia al voluntariado, en la financiación a través de las ofrendas de los oyentes, en la exclusión de la publicidad y la no ingerencia en temas o debates de política.

El 24 de enero de 1999 comenzó en Madrid, en comunión con las demás Radio María del mundo y con toda la ilusión de los que comienzan, con la fuerza que dan día a día los radioescuchas.

Apostolado y misión

La Misión de Radio María es la Salvación de las almas, el anuncio de la conversión proponiendo de un modo nuevo la fe católica a través de una radio misionera para llevar el mensaje de Cristo hasta los confines de la tierra.

Para que este espíritu misionero alcance nuevas fronteras, necesita apóstoles que puedan anunciar a Cristo a través de la radio, corazones disponibles para la misión, llamados por Cristo - que es quien siempre llama primero y a quien le place (Mc 3,13) - voluntarios y oyentes, que quieran emprender ese camino de conversión en las casas, en la calle o donde sea.

Radio María Uruguay

Radio María Uruguay es una emisora privada, propiedad de la Asociación Radio María, reconocida por el Ministerio del Interior con fecha 1 de diciembre de 1998, con número de registro nacional 164.395. Sus miembros son sacerdotes y laicos católicos, quienes de acuerdo a sus Estatutos, eligen una Junta Directiva, compuesta por cinco personas, órgano de dirección y representación de la Asociación y de la organización de Radio María. Esta Junta directiva nombra al Director de Radio María, sacerdote, que es el responsable de todos sus programas. Actualmente es el P. Fabian Róvere. Su sede se encuentra en Montevideo y se difunde a través de 104.5 FM Florida, 104.5 FM Tacuarembó, 89,3 FM Canelones, 88,5 FM Rivera, 103.3 FM San José y 1470 AM Melo.

domingo 15 de enero de 2012

Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

Afiche de la Conferencia Episcopal Española para la
Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2012

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA JORNADA MUNDIAL
DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO 2012
(Tema: Migraciones y nueva evangelización)

Queridos hermanos y hermanas:

Anunciar a Jesucristo, único Salvador del mundo, «constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes» (Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 14). Más aún, hoy notamos la urgencia de promover, con nueva fuerza y modalidades renovadas, la obra de evangelización en un mundo en el que la desaparición de las fronteras y los nuevos procesos de globalización acercan aún más las personas y los pueblos, tanto por el desarrollo de los medios de comunicación como por la frecuencia y la facilidad con que se llevan a cabo los desplazamientos de individuos y de grupos. En esta nueva situación debemos despertar en cada uno de nosotros el entusiasmo y la valentía que impulsaron a las primeras comunidades cristianas a anunciar con ardor la novedad evangélica, haciendo resonar en nuestro corazón las palabras de san Pablo: «El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

El tema que he elegido este año para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado –Migraciones y nueva evangelización– nace de esta realidad. En efecto, el momento actual llama a la Iglesia a emprender una nueva evangelización también en el vasto y complejo fenómeno de la movilidad humana, intensificando la acción misionera, tanto en las regiones de primer anuncio como en los países de tradición cristiana.

El beato Juan Pablo II nos invitaba a «alimentarnos de la Palabra para ser “servidores de la Palabra” en el compromiso de la evangelización…, [en una situación] que cada vez es más variada y comprometedora, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante mezcla de pueblos y culturas que la caracteriza» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, 40). En efecto, las migraciones internas o internacionales realizadas en busca de mejores condiciones de vida o para escapar de la amenaza de persecuciones, guerras, violencia, hambre y catástrofes naturales, han producido una mezcla de personas y de pueblos sin precedentes, con problemáticas nuevas no solo desde un punto de vista humano, sino también ético, religioso y espiritual. Como escribí en el Mensaje del año pasado para esta Jornada mundial, las consecuencias actuales y evidentes de la secularización, la aparición de nuevos movimientos sectarios, una insensibilidad generalizada con respecto a la fe cristiana y una marcada tendencia a la fragmentación hacen difícil encontrar una referencia unificadora que estimule la formación de «una sola familia de hermanos y hermanas en sociedades que son cada vez más multiétnicas e interculturales, donde también las personas de diversas religiones se ven impulsadas al diálogo, para que se pueda encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las legítimas diferencias». Nuestro tiempo está marcado por intentos de borrar a Dios y la enseñanza de la Iglesia del horizonte de la vida, mientras crece la duda, el escepticismo y la indiferencia, que querrían eliminar incluso toda visibilidad social y simbólica de la fe cristiana.

En este contexto, los inmigrantes que han conocido a Cristo y lo han acogido son inducidos con frecuencia a no considerarlo importante en su propia vida, a perder el sentido de la fe, a no reconocerse como parte de la Iglesia, llevando una vida que a menudo ya no está impregnada de Cristo y de su Evangelio. Crecidos en el seno de pueblos marcados por la fe cristiana, a menudo emigran a países donde los cristianos son una minoría o donde la antigua tradición de fe ya no es una convicción personal ni una confesión comunitaria, sino que se ha visto reducida a un hecho cultural. Aquí la Iglesia afronta el desafío de ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen, buscando también nuevas estrategias pastorales, así como métodos y lenguajes para una acogida siempre viva de la Palabra de Dios. En algunos casos se trata de una ocasión para proclamar que en Jesucristo la humanidad participa del misterio de Dios y de su vida de amor, se abre a un horizonte de esperanza y paz, incluso a través del diálogo respetuoso y del testimonio concreto de la solidaridad, mientras que en otros casos existe la posibilidad de despertar la conciencia cristiana adormecida a través de un anuncio renovado de la Buena Nueva y de una vida cristiana más coherente, para ayudar a redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que llama al cristiano a la santidad dondequiera que se encuentre, incluso en tierra extranjera.

El actual fenómeno migratorio es también una oportunidad providencial para el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo. Hombres y mujeres provenientes de diversas regiones de la tierra, que aún no han encontrado a Jesucristo o lo conocen solamente de modo parcial, piden ser acogidos en países de antigua tradición cristiana. Es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos, a fin de que puedan encontrar y conocer a Jesucristo y experimentar el don inestimable de la salvación, fuente de «vida abundante» para todos (cf. Jn 10,10); a este respecto, los propios inmigrantes tienen un valioso papel, puesto que pueden convertirse a su vez en «anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo» (Exhortación apostólica Verbum Domini, 105).

En el comprometedor itinerario de la nueva evangelización en el ámbito migratorio, desempeñan un papel decisivo los agentes pastorales –sacerdotes, religiosos y laicos–, que trabajan cada vez más en un contexto pluralista: en comunión con sus Ordinarios, inspirándose en el Magisterio de la Iglesia, los invito a buscar caminos de colaboración fraterna y de anuncio respetuoso, superando contraposiciones y nacionalismos. Por su parte, las Iglesias de origen, las de tránsito y las de acogida de los flujos migratorios intensifiquen su cooperación, tanto en beneficio de quien parte como, de quien llega y, en todo caso, de quien necesita encontrar en su camino el rostro misericordioso de Cristo en la acogida del prójimo. Para realizar una provechosa pastoral de comunión puede ser útil actualizar las estructuras tradicionales de atención a los inmigrantes y a los refugiados, asociándolas a modelos que respondan mejor a las nuevas situaciones en que interactúan culturas y pueblos diversos.

Los refugiados que piden asilo, tras escapar de persecuciones, violencias y situaciones que ponen en peligro su propia vida, tienen necesidad de nuestra comprensión y acogida, del respeto de su dignidad humana y de sus derechos, así como del conocimiento de sus deberes. Su sufrimiento reclama de los Estados y de la comunidad internacional que haya actitudes de acogida mutua, superando temores y evitando formas de discriminación, y que se provea a hacer concreta la solidaridad mediante adecuadas estructuras de hospitalidad y programas de reinserción. Todo esto implica una ayuda recíproca entre las regiones que sufren y las que ya desde hace años acogen a un gran número de personas en fuga, así como una mayor participación en las responsabilidades por parte de los Estados.

La prensa y los demás medios de comunicación tienen una importante función al dar a conocer, con exactitud, objetividad y honradez, la situación de quienes han debido dejar forzadamente su patria y sus seres queridos y desean empezar una nueva vida.

Las comunidades cristianas han de prestar una atención particular a los trabajadores inmigrantes y a sus familias, a través del acompañamiento de la oración, de la solidaridad y de la caridad cristiana; la valoración de lo que enriquece recíprocamente, así como la promoción de nuevos programas políticos, económicos y sociales, que favorezcan el respeto de la dignidad de toda persona humana, la tutela de la familia y el acceso a una vivienda digna, al trabajo y a la asistencia.

Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los laicos y, sobre todo, los hombres y las mujeres jóvenes han de ser sensibles para ofrecer apoyo a tantas hermanas y hermanos que, habiendo huido de la violencia, deben afrontar nuevos estilos de vida y dificultades de integración. El anuncio de la salvación en Jesucristo será fuente de alivio, de esperanza y de «alegría plena» (cf. Jn 15,11).

Por último, deseo recordar la situación de numerosos estudiantes internacionales que afrontan problemas de inserción, dificultades burocráticas, inconvenientes en la búsqueda de vivienda y de estructuras de acogida. De modo particular, las comunidades cristianas han de ser sensibles respecto a tantos muchachos y muchachas que, precisamente por su joven edad, además del crecimiento cultural, necesitan puntos de referencia y cultivan en su corazón una profunda sed de verdad y el deseo de encontrar a Dios. De modo especial, las Universidades de inspiración cristiana han de ser lugares de testimonio y de irradiación de la nueva evangelización, seriamente comprometidas a contribuir en el ambiente académico al progreso social, cultural y humano, además de promover el diálogo entre las culturas, valorizando la aportación que pueden dar los estudiantes internacionales. Estos se sentirán alentados a convertirse ellos mismos en protagonistas de la nueva evangelización si encuentran auténticos testigos del Evangelio y ejemplos de vida cristiana.

Queridos amigos, invoquemos la intercesión de María, Virgen del Camino, para que el anuncio gozoso de salvación de Jesucristo lleve esperanza al corazón de quienes se encuentran en condiciones de movilidad por los caminos del mundo. Aseguro todos mi oración, impartiendo la Bendición Apostólica.

Vaticano, 21 de septiembre de 2011
 
BENEDICTUS PP. XVI

sábado 14 de enero de 2012

Cumplir un año en la Fazenda: meta alcanzada

Eduardo, diploma en mano: regresando a la vida.

Más fotos en  facebook 

La Fazenda da Esperança es una institución católica para la recuperación de adictos. En Cerro Chato, donde se juntan los departamentos de Treinta y Tres, Durazno y Florida, se inauguró en 2009 la primera (y todavía única) de estas comunidades terapéuticas que existe en Uruguay, aunque en ese momento era la Nº 67 en el mundo (ya otras han sido inauguradas en varios países.
La propuesta de la Fazenda a los adictos que deseen recuperarse es asumir libremente una propuesta de renovación interior y reencuentro consigo mismo y con los demás, a partir de una experiencia que conjuga vida espiritual, vida en comunidad y trabajo.
La meta es permanecer un año en el programa (no necesariamente en la misma casa). Quienes llegan al término fructuosamente reciben un diploma que acredita el haber alcanzado esa meta.
Varios diplomas han sido entregados ya en la Fazenda de Cerro Chato, que lleva el nombre de Quo Vadis? En el día de hoy, durante una Eucaristía presidida por Mons. Heriberto, Eduardo, uno de los jóvenes internados, que cumplió ayer su año en la comunidad, recibió su diploma, en presencia de varios miembros de su familia, entre ellos su abuela, a quién él entregó el preciado documento en reconocimiento del cariño y el aliento que ella le siguió brindando, con la firme esperanza de su recuperación.


¿A dónde vas?

Eso es lo que significa la expresión latina Quo Vadis? La Fazenda funciona en una chacra que fue así nombrada por el P. Miguel García (ya fallecido), que fue párroco en Cerro Chato hace algunos años.
Quo vadis? es una novela histórica del autor polaco Henryk Sienkiewicz. Fue escrita entre los años 1895 y 1896, y en ella se narran las vicisitudes de muchos y muy diferentes personajes en la época del emperador romano Nerón.
El título alude a las palabras Quo Vadis, Domine? (¿A dónde vas, Señor?) que, según la leyenda y la tradición, fueron pronunciadas por el apóstol Pedro mientras huía de Roma para ponerse a salvo de la persecución de los cristianos por orden del emperador Nerón. Ante la pregunta, Jesús responde: «Voy a ser crucificado en Roma por segunda vez porque mis propios discípulos me abandonan». Avergonzado de su cobardía, Pedro regresa a Roma para afrontar su destino: el martirio.
"¿A dónde vas? ", pues, es una pregunta que pone al ser humano ante las grandes decisiones que tiene que tomar en su vida y que definen su destino.



lunes 9 de enero de 2012

Crónicas Orientales: de un Oriental en el Oriente Cubano (8)


Algunas noticias desde la Parroquia de la Sagrada Familia en Santiago de Cuba

Como en Uruguay, la celebración de Navidad y año nuevo en Cuba se centra en el encuentro de las familias alrededor de una cena. Se cierran las avenidas con quioscos de bebidas y comidas al paso y los jóvenes salen a bailar; pero el eje de la fiesta está en la familia.
En la Parroquia hemos tenido diversas actividades festivas con representaciones por parte de los adolescentes y los jóvenes, y bailes de los niños de la catequesis junto con las abuelas. Ha habido cantos y pesebres vivientes en el salón parroquial. En la actualización del Nacimiento, una famila contemporánea recreaba las peripecias de María y José. El que hacía de papá vestía camiseta del club local de beisbol y las posadas que no tenían lugar para María eran los policlínicos de la ciudad. Por último el 29 de diciembre invitamos a las parroquias vecinas a un concierto espléndido de villancicos (cubanos, españoles, franceses y alemanes) que nos ofreció en el templo el Orfeón Santiago, un coro de nivel internacional.
Diversos grupos ocupan el amplio salón parroquial. La pastoral juvenil diocesana y los matrimonios realizaron aquí sus jornadas navideñas. Caritas diocesana también su asamblea y su retiro de Adviento. Tres de los diáconos permanentes de la diócesis, junto con sus esposas, hijos y nietos celebraron aquí su fiesta anual.
Todas las semanas apoyamos a las zonas misioneras de la diócesis en numerosas “casas misión” tanto en los suburbios como en campaña. Unos días antes de Navidad las Religiosas Catequistas Sopeña organizaron una misión especial en la zona de Guamá, donde hay muchas de estas pequeñas comunidades que, a lo largo del año sólo celebran la eucaristía por Navidad y por Pascua. A las 7 a.m. montábamos en un camión unas 40 personas (8 sacerdotes, 2 religiosas y laicos, mujeres y hombres, jóvenes y adultos), que fuimos quedándonos en distintos pueblos por los 80 kilómetros de camino irregular (Calentura, Chivirico, Papayo, Ubero, etc.). En equipos de tres o cuatro personas fuimos visitando más de una docena de poblados, celebrando la eucaristía de Navidad en cada uno de ellos y festejando con la comunidad respectiva lo que hubieran preparado. Hubo representaciones navideñas y villancicos. Dormimos con alguna de las familias de los caseríos y a primeras horas de la mañana retomamos el camión para retornar a Santiago, al trabajo de cada uno. Este excelente equipo de laicos sale a misionar por esa zona cada domingo a lo largo del año, salvo los meses de Julio y Agosto. Los sacerdotes participamos siempre que podemos.
En los últimos días los televidentes cubanos se han sorprendido de ver presentaciones de programas religiosos en uno de los cinco canales que se pueden sintonizar acá. Para Navidad el mensaje del Arzobispo de Santiago y Presidente de la Conferencia Episcopal desde el Santuario de El Cobre. Luego, la audiencia del Papa en la plaza de San Pedro. El pasado viernes, 30 de Diciembre, la eucaristía concelebrada cerca del puerto de La Habana por todos los obispos y muchísimos fieles con motivo de la despedida de la imagen peregrina de Nuestra Señora de la Caridad, después de haber recorrido todo el país localidad por localidad.
El sábado, 7 de Enero, la concelebración en el Santuario de El Cobre, como inauguración del Año Jubilar Mariano, en la que estuvieron presentes todos los obispos cubanos y muchos sacerdotes y fieles de toda la nación. Esta comunicación inédita permite ahora participar de un evento religioso a gran parte del pueblo cubano.
Si, además, tenemos presente la visita que realizará Benedicto XVI a finales de Marzo a Cuba (El Cobre, Santiago y La Habana), tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios al comienzo de este nuevo año.

En Santiago, a 9 de enero de 2012.

jueves 29 de diciembre de 2011

Educar a los jóvenes en la justicia y la paz


MENSAJE DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2012


EDUCAR A LOS JÓVENES EN LA JUSTICIA Y LA PAZ

1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.
¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.
En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.
Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.
Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.
Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.
Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención
en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).
Los responsables de la educación
2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.
¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.
Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.
Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos.
Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.
Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.
No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.
También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.
Educar en la verdad y en la libertad
3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo.
Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.
La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4].
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.
El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.
Educar en la justicia
4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor[6].
No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7].
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.
Educar en la paz
5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.
Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9).
La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.
Levantar los ojos a Dios
6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1).
Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno.
Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).
Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.
Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».
Vaticano, 8 de diciembre de 2011
BENEDICTUS PP XVI

Notas
[1] Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011), 3.
[2] Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.
[3] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009), 648; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.
[4] Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.
[5] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.
[6]Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.
[7] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644-645.
[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.
[9] Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886.

miércoles 28 de diciembre de 2011

En el día de los Santos Inocentes: Digamos ¡Sí a la Vida!


Ayer, el Senado de Uruguay dio media sanción al proyecto de Ley de despenalización del aborto. Si este proyecto es aprobado en la Cámara de Representantes, pasará a ser ley una vez que se cumplan las restantes formalidades.

De esta forma, la legislación uruguaya se alejaría, y en un tema sumamente grave, de la moral.

En mis años liceales, vividos en el ámbito de nuestra educación pública laica, había una materia que se llamaba Educación Moral y Cívica. Recuerdo un esquema de las relaciones entre Derecho, Moral y Costumbre, mostrando como había aspectos en que los tres (o dos) coincidían y aspectos propios de cada uno.

De aquello me quedó lo bueno de la triple coincidencia, que no puede darse en todo, pero ha de darse precisamente en las cosas más fundamentales para el ser humano, como es el derecho a la vida.

Sería una muy feliz coincidencia:
  • que la Moral nos lleve a considerar el valor de la vida humana como el más alto, que debe ser cuidado y protegido.
  • que la Ley establezca formas concretas de protección y sancione como delito las acciones que procuren la destrucción de la vida humana.
  • que sea Costumbre, socialmente aceptada, la acción en favor de la vida y el rechazo a todo atentado contra ella.
Vivimos en un tiempo en que la vida humana, no sólo la del niño por nacer, está amenazada por múltiples formas de violencia y descuido. Con derecho se pide protección y seguridad. Pero el niño no nacido no tiene voz para reclamar su derecho.

La legalización del aborto, me dicen, apunta a evitar que se haga en condiciones de riesgo para la mujer. La práctica del aborto es un hecho. La Ley asume ese hecho, que por su extensión puede ser considerado Costumbre y lo legaliza.

Pero hacerlo legal no cambia la realidad: se está quitando una vida humana. Una vida inocente e indefensa, una vida con todas sus potencialidades y su derecho a desarrollarlas. Decidir que algo malo sea legal no lo hace bueno. Tampoco el que algo malo se haga Costumbre hace que sea bueno.

En este día en que la Iglesia recuerda a los Santos Inocentes, nuestra palabra no puede ser otra que ¡Sí a la Vida!

Decir "¡Sí a la Vida!" es decir sí a la esperanza para todas las uruguayas y todos los uruguayos, nacidos y por nacer, para encontrar en nuestra tierra, bastante despoblada, la posibilidad de un pleno e integral desarrollo humano.

Sé bien que ese "Sí" muchas veces no es fácil. Pero el "No" tiene siempre dolorosas consecuencias. No quiero recordarlas ahora. Me quedo con los rostros felices de quienes superaron tragos amargos y se jugaron para decir "¡Sí!". Y tengo presentes no sólo los rostros de mamás y de papás: también los de quienes nacieron porque ellos supieron dar ese "¡Sí!".

+ Heriberto

sábado 24 de diciembre de 2011

Mensaje de Navidad del Obispo de Melo

Pesebre viviente en la Capilla de Mangrullo, Cerro Largo, diciembre 2011

¿Cuáles son las tres cosas más importantes de tu vida, las tres cosas que no querrías perder de ningún modo? Esa pregunta se la hicieron a un numeroso grupo de jóvenes. ¿Qué habríamos contestado nosotros? ¿La casa, el auto y el celular? ¿La fe, la esperanza y el amor?

Los jóvenes no fueron ni tan materialistas ni tan espirituales. En su mayoría coincidieron en tres grandes valores humanos: la vida, la familia y los amigos.

Tres valores muy grandes, que se enriquecen más aún, si son iluminados por la fe, la esperanza y el amor.
Si los ilumina la luz de la Navidad: la luz que es el mismo Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre.
Con la luz de la fe, podemos descubrir que la vida, la familia y los amigos son dones de Dios, son de los mejores regalos que hemos recibido.

Con la luz de la esperanza, podemos descubrir que todo aquello que amenaza nuestra vida y la vida de las personas que queremos, todo aquello que nos hiere, nos enfrenta, nos divide, puede ser un día superado, en el camino de esta vida o en la eternidad, junto a Dios, porque estamos llamados al reencuentro y a la vida para siempre en la Casa del Padre Dios.

Con la luz del amor, encontramos que todo amor verdadero, todo amor que nos hace salir de nosotros mismos, que nos hace abandonar la comodidad y el egoísmo para darnos a los demás, viene de Dios. Cuando nos preocupamos y hacemos algo por el más débil, cuando aprendemos a pedir perdón y a perdonar de corazón, tenemos signos de que el amor que viene de Dios está en nosotros. Y ese amor en nosotros ya es una semilla de eternidad, porque la fe y la esperanza terminarán cuando estemos junto a Dios, pero el amor no pasará.

Es Navidad. En el Niño de Belén, el Padre Dios nos está manifestando su amor.

Ese amor de Dios nos urge a cuidar la vida: la propia vida, la de los demás, la de los más débiles, la del que todavía no ha nacido, la del que ya está al final del camino.

El amor de Dios nos anima a velar por la familia que tenemos. A dar nuestro cariño a aquellos que están más cerca, a los de nuestra casa, aquellos a los que más fácilmente podemos lastimar y que también pueden lastimarnos, precisamente porque ellos nos importan y nosotros les importamos.

El amor de Dios manifestado en Jesús, que nos ha llamado “amigos” nos impulsa a ser verdaderos amigos. Los buenos amigos son los que hacen que se manifieste lo mejor de nosotros mismos. Son aquellos que hacen que descubramos la buena persona que tenemos adentro. La Navidad nos invita a cultivar la amistad verdadera, real, de personas que se conocen cara a cara y corazón a corazón, de amigos que saben cuidarse, acompañarse, ayudarse.

Que la Navidad nos ayude a vivir más plenamente todo esto. A todos: ¡FELIZ NAVIDAD!

+ Heriberto, Obispo de Melo

jueves 22 de diciembre de 2011

Celebración de Navidad en Sarandí de Aceguá, Cerro Largo


Más fotos en  facebook 

La comunidad de Sarandí de Aceguá, Cerro Largo, perteneciente a la Parroquia Cristo Rey de Aceguá, celebró hoy la Navidad con una Misa presidida por Mons. Heriberto y un pesebre viviente muy prolijamente representado por los niños.
Mons. Heriberto inició el comentario del relato del nacimiento siguiendo el Evangelio de Lucas (que los niños representarían después paso a paso) buscando apoyarse en la reciente experiencia del Censo de Población realizado en Uruguay... pero, aparentemente, los censistas no llegaron al pueblo. Como en los tiempos de María y José, algunos de los pobladores fueron censados... en un lugar distinto del de su habitual residencia.