Intenciones del Papa para el mes de agosto 2016
- Para que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones, conlleve frutos de paz y justicia.
- Para que mediante el diálogo y la caridad fraterna, con la gracia del Espíritu Santo, se superen las divisiones entre los cristianos.






domingo, 28 de agosto de 2016

Enfoques Dominicales - San Agustín, constructor de paz

San Agustín bautizado por San Ambrosio
Obra de Benozzo Gozzoli, c. 1465
Hoy es 28 de agosto, y el calendario marca que es el día de San Agustín. Aunque hoy es Domingo y eso hace que en las Misas la fiesta de un santo pase a segundo plano, en este espacio sí vamos a tomar un momento para recordar a este gran santo, que la Iglesia reconoce como Doctor, es decir, como alguien que tuvo una rica enseñanza.

Este hombre nació en el norte de África, en una pequeña ciudad llamada Tagaste, que hoy se llama Souk Ahras y está ubicada en Argelia; pero en tiempos del nacimiento de Agustín, año 354, era parte de la provincia de Numidia, dentro del Imperio Romano. Se hablaba, pues, el latín, el idioma del imperio. En ese idioma Agustín estudió y desarrolló sus conocimientos.

Fue un hombre sumamente estudioso y un escritor prolífico. Escribió fundamentalmente sobre filosofía y teología, en diálogo con la cultura y con los acontecimientos de su tiempo. Escribió obras monumentales como “La Ciudad de Dios”, obras autobiográficas como sus “Confesiones” y numerosísimas cartas y homilías, que abarcan varios tomos de sus obras completas.

Sin embargo, no nos imaginemos un intelectual rodeado de libros, siempre abstraído en sus pensamientos. La vida de Agustín tiene dos etapas fundamentales, y ninguna de ellas fue la de un hombre quieto. Todo lo contrario.

La primera etapa de su vida fue la de un buscador. Agustín nació de un padre pagano y de una madre cristiana, y se movió durante mucho tiempo entre esos dos mundos tan diferentes. Desde el norte de África se trasladó a Milán. Pasó por varias escuelas filosóficas, buscando la verdad sin encontrarla. Se adhirió a la secta de los Maniqueos. Se convirtió en un orador apreciado, que rivalizaba con el Obispo San Ambrosio. Por otra parte, vivió una vida que podríamos llamar “desordenada”. En sus confesiones dice “lo más incurable de mi pecado es que no me tenía por pecador”; “mi impiedad me había dividido contra mí mismo”. Esa vida de Agustín provocó muchas lágrimas a su madre, Santa Mónica (cuya fiesta se celebra el día 27, o sea en la víspera de este día 28; por supuesto, la madre viene antes que el hijo).

Las lágrimas y las oraciones de Mónica fueron escuchadas. Con la ayuda de San Ambrosio, Agustín se convierte al cristianismo y es bautizado por San Ambrosio en el año 387, a los treinta y tres años de edad.

En sus Confesiones, Agustín cuenta su proceso de conversión. Reconoce que su vida ha sido una búsqueda de Dios, muchas veces sin saber dónde buscarlo… para encontrarlo dentro de él mismo. Así dice:
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; (…) Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.”

Después de su bautismo regresa a Numidia, y se establece en la ciudad de Hipona, que hoy se llama Annaba y está también en Argelia. Allí comienza una vida de monje, pero en el año 391, cuatro años después de su bautismo, es llamado al sacerdocio y recibe la ordenación. Otros cuatro años después, en el 395, es nombrado Obispo de Hipona. Ahí comienza la segunda gran etapa de su vida.

¿Cómo fue la vida de Obispo de San Agustín? En su obra La Sal de la Tierra, el Cardenal Ratzinger, después Benedicto XVI, describe la actividad pastoral de San Agustín como un trabajo por la paz. Él mismo Agustín decía: “no basta desear la paz, es necesario ser constructor de paz”. Corrían tiempos violentos, y al decir esto uno no puede menos que pensar que el mundo no ha cambiado mucho.

El trabajo por la paz de Agustín estaba en su tarea día a día, en un lugar muy especial: el tribunal. Después del edicto de Milán, el emperador Constantino concedió a los obispos el derecho de juzgar no sólo en lo concerniente a lo religioso, sino también en las causas civiles. Y aunque había tribunales civiles, el pueblo prefería ir al tribunal del Obispo, porque encontraba allí más justicia. Para Agustín, el tribunal era un servicio a la paz en la vida de cada día.

Como Obispo, Agustín intercedió muchas veces por los condenados a muerte y por la supresión de la pena capital. Se conservan sus cartas con su amigo Macedonio, que era algo así como el Virrey de África. Macedonio le decía que no correspondía que el Obispo interviniera en esos asuntos, pero Agustín contestaba que era necesaria la prédica del Evangelio contra los excesos de crueldad, que provocarían más injusticia y en nada ayudarían a la reforma de los criminales.

Frente a un grupo de ciudadanos que quiere linchar a un oficial romano corrupto, Agustín señala que si los cristianos quieren verdaderamente crear una sociedad más justa, deben antes que nada renunciar al deseo de ser como sus enemigos, renunciando al uso de la violencia.

De esa forma, Agustín se mueve dentro del mundo en el que vive, analizándolo finamente y planteando desde el Evangelio su posición frente a problemas como la pena de muerte, la justicia social, la esclavitud, el derecho de asilo y otros derechos previstos por la ley. Escribe a Flavio Marcelino y a Nectario, autoridades del Imperio, contra el uso de la tortura.

Todas estas cosas van apareciendo en las numerosas cartas de Agustín. Pero en su obra La Ciudad de Dios, hace una profunda crítica del Imperio Romano y de las causas que han ido llevando a su destrucción. Agustín critica sobre todo la mentalidad que fue llevando al endiosamiento de los emperadores, al imperialismo basado en el miedo y a la constitución de una moral basada en la mentira, en la dificultad de reconocer la fragilidad humana y en el deseo de perpetuar el recuerdo personal y del Imperio en sus grandes obras y conquistas. A ese “modelo de ciudadanía” basado en la mentira y en la corrupción, Agustín opone el modelo de una nueva ciudadanía, basada en la verdad, el reconocimiento de las propias culpas y el valor frente al mundo que pasa y a la muerte, protagonizado por los apóstoles y mártires.

Para terminar, quiero citar al Papa Benedicto, en el final de una catequesis sobre Agustín:
Queridos hermanos y hermanas, quiero decir a todos, también a quienes atraviesan un momento de dificultad en su camino de fe, a quienes participan poco en la vida de la Iglesia o a quienes viven «como si Dios no existiese», que no tengan miedo de la Verdad, que no interrumpan nunca el camino hacia ella, que no cesen nunca de buscar la verdad profunda sobre sí mismos y sobre las cosas con el ojo interior del corazón. Dios no dejará de dar luz para hacer ver y calor para hacer sentir al corazón que nos ama y que desea ser amado.
Para saber más...
San Agustín, Confesiones (libro completo en pdf)
Frei Luiz Antônio Pinheiro, OSA. A atualidade de Santo Agostinho: uma perspectiva teológico-pastoral (artículo en portugués, 12 páginas en pdf).

o0o0o0o0o0o0o
Enfoques Dominicales es un programa que se emite por
1340 AM La Voz de Melo,
los domingos a las 11:50.

domingo, 21 de agosto de 2016

Enfoques Dominicales - "Firme es su Misericordia con nosotros" Día de la Catequesis


Hoy, domingo 21 de agosto, la Iglesia recuerda al Papa San Pío X y se celebra el Día de la Catequesis. Estas dos celebraciones están profundamente unidas, y vamos a ver porqué.

Primero, veamos qué es la catequesis, catecismo, catequista. Segundo, recordemos quien fue San Pío X y cuál fue su relación con la catequesis. Finalmente, vamos a hablar de este Día de la Catequesis en el Año de la Misericordia.

Tal vez la palabra “catequesis” suene un poco rara para algunos oyentes, aunque no tanto otras parecidas como “catecismo” o “catequista”.

El “Catecismo” es un libro que contiene en forma ordenada las enseñanzas de la Iglesia sobre la fe. Cuando yo era niño, llegué a tener en mis manos un librito, de pocas páginas, que era de mi abuela, de tapa verde. En su interior tenía preguntas y respuestas. La primera pregunta era “¿Sois cristiano?” y la respuesta: “Sí, soy cristiano, por la Gracia de Dios”.
En el siglo XVI, los misioneros españoles que llegaron a América se preocuparon por presentar a los pueblos originarios la fe cristiana en la lengua propia de cada pueblo. Así, estudiaron cada idioma, le dieron forma escrita y escribieron los catecismos en lengua náhuatl, quechua, aimara guaraní, por mencionar algunas de las principales. Claro que tuvieron también que enseñar a los indios a leer, de modo que el catecismo se hizo también un pequeño manual de lectura.
En el año 1992, precisamente en el Quinto Centenario del encuentro de los mundos europeo y americano, Juan Pablo II publicó el Catecismo de la Iglesia Católica, una voluminosa obra que presenta un resumen de la fe católica, preparado bajo la dirección del Cardenal Joseph Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI. Después se publicó un Compendio del mismo catecismo, que permite un acceso más rápido a lo esencial de la doctrina católica.
Existen hoy muchos Catecismos católicos, pero el Catecismo de la Iglesia Católica es la referencia para todos ellos y es un valioso documento de consulta para quien quiera saber qué cree y enseña la Iglesia Católica.

Quienes alguna vez, siendo niños, se prepararon para la Primera Comunión, suelen guardar un buen recuerdo de su catequista. La catequista o el catequista es la persona que va guiando y acompañando a los catequizandos o catecúmenos en su camino de conocimiento de la fe. Muchos catequistas han sido personas profundamente creyentes, con un testimonio de vida cristiana ejemplar. Ser catequista es prestar en la Iglesia un servicio muy importante, porque es nada menos que la formación de los nuevos cristianos. En nuestra Diócesis hay numerosos catequistas, en su mayoría mujeres, pero también algunos varones, que desarrollan la catequesis en las diferentes parroquias, en relación con el sacerdote o la persona responsable de la comunidad. Existe también el Oficio Catequístico Diocesano, servicio que se ocupa de la formación de los catequistas y de la coordinación general de la catequesis, para que esa tarea se haga en comunión.

La catequesis, pues, es esta actividad primordial de la Iglesia que viene de la misión que Jesús confió a sus apóstoles, al decirles “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20).

Hay muchas formas de catequesis, para diferentes destinatarios: casi todos conocen la catequesis de niños, que está asociada a la Primera Comunión. Hay también una catequesis para los adultos, personas que no están bautizadas, que se han acercado a Dios; se le suele llamar Catecumenado. Ningún adulto debería ser bautizado sin pasar antes por el catecumenado, que suele llevar al menos algunos meses. Hay también una catequesis para los más chiquitos: en la catedral de Melo funciona la Catequesis del Buen Pastor, con una metodología especial, apropiada para los más pequeños.
Cualquier pequeña comunidad cristiana tiene vida si tiene catequesis, aunque sean pocos los niños o adultos que participen en ella. En la catequesis se están formando, o al menos deberían estarse formando, discípulos y discípulas de Jesús.

Y a todo esto: ¿quién fue el Papa San Pío X? Es el Papa de los comienzos del siglo XX. Su pontificado empezó en 1903 y terminó con su muerte, el 20 de agosto de 1914, un mes después que estallara la Primera Guerra Mundial.
Su servicio como Papa se destacó por la importancia que dio a la catequesis y a la pastoral. Promovió la comunión frecuente y determinó las formas de preparación para que los niños accedieran al sacramento. Redactó un catecismo y se preocupó de la formación de los sacerdotes. También incentivó los diversos movimientos y asociaciones de laicos que estaban surgiendo en la Iglesia.
De esa forma la catequesis, sobre todo en la preparación a los sacramentos fue adquiriendo un lugar destacado en la vida de las comunidades, incorporando a laicos y laicas a una tarea que antes era ejercida casi únicamente por sacerdotes y religiosas.
Por todo eso, a San Pío X se le conoce como “el Papa de la catequesis” y el día de la Catequesis o del catequista en algunos países se asocia con su fiesta litúrgica, el 21 de agosto.

Y bien, llegamos a este “Día de la Catequesis”. ¿Cómo se celebra en Uruguay? Se lo celebra en relación al Año de la Misericordia. Dos pasajes bíblicos son inspiradores para esta celebración. El primero está tomado del Evangelio de Lucas (13,22): “Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén”. Eso se convierte en un lema: “Recorran ciudades y pueblos”, o sea, misioneros como Jesús y sus discípulos. El segundo pasaje está tomado de un Salmo: “Firme es su misericordia con nosotros” (116,2). Eso es lo que hay que anunciar: Dios es misericordioso, Dios es fiel.

Damos gracias por todos los buenos catequistas que han sido testigos de la misericordia y la fidelidad de Dios.

Más información sobre el Día Nacional de la Catequesis haciendo click aquí:
Conferencia Episcopal del Uruguay - Departamento de Catequesis - Día Nacional de la Catequesis 2016.

o0o0o0o0o0o0o
Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo,
los domingos a las 11:50.

domingo, 14 de agosto de 2016

Enfoques Dominicales - Fiesta patronal en Santa Clara de Olimar

Imagen de S. Clara de Asís,
Parroquia S. Clara de Olimar
El pasado jueves 11 de agosto, la Iglesia celebró la fiesta de Santa Clara de Asís. Esta santa falleció el 11 de agosto de 1253, hace 763 años.
Esta mujer, junto a San Francisco de Asís, fue fundadora de la segunda orden franciscana, llamada en su origen de las “Señoras o Damas pobres” y hoy “Hermanas Clarisas”, en reconocimiento a su fundadora.
Clara pertenecía a una familia de la aristocracia de Asís. Renunció a todos sus bienes y a la posibilidad de un matrimonio muy conveniente, para elegir como esposo a Jesús y vivir junto a sus hermanas en la pobreza evangélica.
El primer Convento de las Clarisas, donde vivió y murió Santa Clara, fue construido junto a la Iglesia de San Damián, la misma Iglesia que San Francisco y sus hermanos habían encontrado en ruinas y habían reconstruido.
En esa Iglesia de San Damián, cuando todavía estaba derrumbada, había un crucifijo, del cual Francisco oyó salir una voz que le decía “Francisco, reconstruye mi iglesia”. Francisco y sus hermanos, como hemos dicho, se empeñaron en reconstruir San Damián. Sin embargo, la palabra de Jesús que habían escuchado iba más lejos: se trataba de reconstruir la Iglesia de piedras vivas, el Cuerpo místico de Cristo, la comunidad cristiana, herida por las divisiones.

En este domingo, les estoy hablando desde Santa Clara de Olimar. Aquí estamos celebrando hoy la fiesta patronal de esta parroquia, dedicada a Santa Clara de Asís.
Es una buena ocasión para recordar como la Iglesia se fue asentando en esta localidad, aunque podría decirse que primero llegó la Iglesia y en torno a ella se fue armando el pueblo.
Hacia el año 1865 una familia de origen español construyó la primera capilla, dedicada a Santa Clara porque era el nombre de pila de la dueña del lugar, Doña Clara Polanco.
Según cuenta Omar Medina Soca, en su libro “Santa Clara del Olimar Grande, 1878-1978”, el 12 de agosto de 1873 el Padre Joaquín Vázquez inicia el primer libro de bautismos y el primer libro de casamientos de la capilla “Santa Clara del Olimar Grande”. Todavía no es parroquia; es una capilla, pero hay un sacerdote y hay libros que comienzan a registrar la vida religiosa de una comunidad que se está formando.
Cinco años más tarde, siempre según el documentado relato de Medina Soca, encontramos lo que podríamos llamar la “partida de nacimiento” de Santa Clara: la autorización dada por el gobierno nacional a Don Modesto Polanco “para la formación de un pueblo… que se denominará Olimar”. La fecha es el 7 de marzo de 1878.
Todavía antes de esa fecha, a partir del 20 de octubre de 1874, la capilla pasa a ser Vice Parroquia. Años después, el 5 de agosto de 1932, Mons. Miguel Paternain firma en Melo el decreto por el que eleva la Vice parroquia a Parroquia. A esa altura han pasado varios sacerdotes, entre ellos Bartolomé Pons Sintes, un sacerdote español nacido en la Isla de Menorca, en las Baleares.

Bartolomé Pons llegó a nuestra Diócesis en 1919, a tiempo para estar presente en la llegada del primer Obispo, Mons. José Marcos Semería. Después de un año y medio en la parroquia de Rivera, que entonces hacía parte de la Diócesis de Melo, el P. Pons fue enviado a Santa Clara. Allí encontró la iglesia nueva que había sido inaugurada en 1917, la iglesia construida en piedra que, lamentablemente, se derrumbó hace poco, después que por años se dejara de utilizar precisamente por riesgo de derrumbe. La parroquia entonces abarcaba una zona más grande que hoy en día, incluyendo a Cerro Chato, Tupambaé y varios centros poblados menores. Las crónicas de la época cuentan que la vida parroquial era intensa, con buena presencia de jóvenes. Mons. Semería hizo una prolongada visita pastoral con una semana de misión en Santa Clara y otra en Tupambaé. Pero el P. Bartolomé fue llamado a España por su familia y en 1926 dejó la misión en Uruguay y se estableció en la Diócesis de Barcelona. Allí fue asesinado el 29 de julio de 1936, en plena guerra civil, solamente por el hecho de ser sacerdote. Así lo cuenta el P. Guillermo Pons, pariente de Bartolomé, en su libro biográfico “Bartolomé Pons Sintes. Configurado con Cristo en su muerte”. Mons. Cáceres me ha dicho muchas veces que espera que un día el martirio del P. Bartolomé sea reconocido por la Iglesia y podamos venerarlo en los altares.

Muchos sacerdotes pasaron por Santa Clara. Son particularmente recordados los Padres Félix García Álvarez y Omar Alonso. Hoy, la animación pastoral de la parroquia está confiada a una congregación religiosa, Misioneras de Jesús Verbo y Víctima. Las “Madres”, como las llamamos, fueron fundadas en la prelatura de Caravelí, en Perú, para atender parroquias en las que no hubiera sacerdote permanente. Ellas tienen a su cargo dos parroquias: Santa Clara y Tupambaé.

Hablamos al principio de Santa Clara, de San Francisco y de la Iglesia de San Damián. Recordamos la visión de Francisco, del Cristo crucificado que le dice “Francisco, reconstruye mi iglesia”. Pienso en esa Iglesia de Santa Clara, derrumbada… pero, ante todo, lo primero es siempre construir el templo de piedras vivas. De poco sirven los edificios de las Iglesias si la comunidad cristiana se dispersa, si quienes hemos sido bautizados no nos sentimos llamados a congregarnos, a encontrarnos, a vincularnos como miembros del Cuerpo de Cristo. Una fiesta patronal es, ante todo, una fiesta de comunidad, de encuentro, de comunión. No es una mera reunión social. Es el encuentro de hermanos y hermanas en Cristo, que renuevan su común-unión con Él y se abren, disponibles a la misión en la que Él quiera enviarlas.

Nuevamente, desde Santa Clara, les reitero mi cordial saludo. Gracias por su sintonía y hasta el próximo domingo si Dios quiere.

Dos libros:
Omar Medina Soca, Santa Clara del Olimar Grande 1878-1978. Edición del autor. Montevideo, 1978.
Guillermo Pons Pons, Bartolomé Pons Sintes. Configurado con Cristo en su muerte. BAC. Biografías. Madrid, 1999.

o0o0o0o0o0o0o
Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo,
los domingos a las 11:50.

domingo, 7 de agosto de 2016

Enfoques dominicales - "Estén prevenidos"


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (12, 32-48)
Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón. Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”. El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más”.
Palabra del Señor.


“Hombre prevenido vale por dos”, dice el viejo refrán.
“Estén prevenidos”, nos dice Jesús en el Evangelio que escuchamos en las Misas de este domingo.
“Prevenir”, en el diccionario de la Real Academia Española, es, primero “Preparar, aparejar y disponer con anticipación lo necesario para un fin.”
Eso ya nos dice algo interesante. El hombre prevenido está mirando hacia un fin, una meta, un propósito y se prepara para eso, consiguiendo los medios, las herramientas, los instrumentos; planificando, pensando los pasos. La mirada está puesta en esa meta y se van tomando las previsiones.
El segundo significado de prevenir es “Prever, ver, conocer de antemano o con anticipación un daño o perjuicio”.
En el camino de la vida no está solo la meta que se quiere alcanzar: están los obstáculos, las amenazas...
Frente a una tarea importante, un buen equipo de trabajo toma precauciones frente a lo que pueda interponerse en el camino, imagina los peores escenarios, elabora un “plan B”…

Lo contrario de “estar prevenidos” es estar dormidos, aturdidos. Es estar viviendo el momento sin mirar más allá.
Es olvidar que la vida tiene un término. Aunque nuestra vida tuvo un comienzo, nos parece que hemos vivido “desde siempre”, y acaso pensamos que también viviremos “para siempre”.
Pero no es así. En esta vida, nada es para siempre.
El evangelio del domingo pasado nos ponía dramáticamente frente a la realidad de la muerte.
A aquel hombre que estaba planificando lo que iba a hacer con los resultados de su espléndida cosecha, Dios le dice “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir”.
Es curioso.
El hombre está haciendo previsiones, planes, proyectos… pero no cuenta con el final inexorable.
Es verdad, no podemos vivir pensando en la muerte. No es sano. Puede ser un pensamiento atormentante, mortificante.
Sin embargo, la muerte está en el horizonte de nuestra vida. Más aún, es el horizonte al que caminamos.
Entonces ¿cómo vivir nuestra vida en este mundo y, al mismo tiempo, no olvidarnos de que no es definitiva, y que aquí somos peregrinos?
Una clave la encontramos en la divisa de la familia Zorrilla de San Martín, la de don José Zorrilla, el autor de Tabaré, el poeta de la patria. Dice ese lema “Velar se debe la vida / de tal suerte / que viva quede en la muerte”.
“Velar” es estar despierto, atento: prevenido.
¿Qué significa que la vida “viva quede en la muerte”?
Por un lado, dejar una buena huella de nuestro paso por este mundo, para que seamos recordados con aprecio por quienes nos conocieron y, tal vez, todavía se trasmita ese recuerdo a las generaciones siguientes. Un amigo fraybentino, que trabajó muy cerca de un intendente de Río Negro me decía, viendo el empeño cotidiano de su jefe por atender a la gente, por resolver problemas, por hacer obras que perduraran, que lo que el intendente quería era que algún día una calle de Fray Bentos llevara su nombre. Quedar en el recuerdo de la gente. Aun así, esos recuerdos se van borrando con el tiempo.
Hay que ver lo que está por el otro lado, el de la eternidad, el de la memoria de Dios.
Para eso podemos tener presente lo que decía otro poeta, Jorge Manrique, en las “Coplas a la muerte de su padre”. Decía Manrique:
“Este mundo es el camino
para el otro, que es morada sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada sin errar.”
San Pablo, en muchas de sus cartas, nos invita a mirar hacia esa vida. Así como Jesús nos dice que “amontonemos tesoros en el Cielo”, San Pablo nos dice de “buscar las cosas de arriba”, es decir, de lo alto, las cosas de la casa de Dios.
Entre esas cosas están la fe, la esperanza y la caridad.
De las tres, la caridad, el amor, no pasa nunca (1 Co 13,8).
Esto significa que cada acto de amor concreto, cada gesto de verdadero amor que hacemos en nuestra vida queda en la memoria de Dios, entra ya en la eternidad, se hace parte de nuestro “tesoro en el Cielo”.

Entonces, “donde está tu tesoro, está tu corazón”. ¿Dónde está puesto nuestro corazón? ¿Qué es aquello que buscamos con más ahínco, con más entusiasmo cada día? ¿Seguimos deslumbrados por lo que reluce, lo que nos atrae, lo que nos distrae?
¿O buscamos vivir profundamente cada jornada, dejando nuestra huella en el camino que Jesús ha abierto y que Él nos llama a recorrer?
¿Vamos sin rumbo en nuestra vida, distraídos, dispersos, mareados o como Pablo podemos decir “sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús”? (Fil 3,12). “Nuestra alma espera en el Señor, Él es nuestra ayuda y nuestro escudo”. Amén. (Salmo 32,1)

+ Heriberto, Obispo de Melo
 
o0o0o0o0o0o0o
Enfoques Dominicales
es un programa que se emite por
1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50.

domingo, 31 de julio de 2016

Enfoques Dominicales - Ser rico ante Dios

31 de Julio, San Ignacio de Loyola

El programa Enfoques Dominicales no se trasmitió hoy por razones de programación. Les compartimos esta pequeña reflexión sobre el Evangelio de hoy.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (12, 13-21).
Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”. Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.
Palabra del Señor.


Conozco más de una historia como ésta: con mucho empeño un hombre, comenzando desde abajo, va logrando construir una pequeña empresa. En ella se va integrando la familia que ha ido formando al mismo tiempo. El hombre va llegando al término de su vida y su sueño es que la empresa continúe y, sobre todo, que siga siendo una empresa familiar. No mira sólo el aspecto económico. Es su obra y la obra de su familia. Sueña con que sus hijos puedan continuarla trabajando unidos. ¿Qué sucederá a su muerte? ¿Reconocerán los hijos el valor que tiene ese trabajo familiar y continuarán la empresa? ¿O querrá cada uno su parte y hacer su propia vida, en forma independiente, aunque eso signifique vender lo que su padre construyó?

Algo así parece estar como fondo de la situación que plantea el hombre que se acerca a Jesús en el pasaje del Evangelio que leemos hoy: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Posiblemente se trate de una propiedad, un campo recibido en herencia, que uno de los hermanos quiere que permanezca sin dividir, como patrimonio familiar, y el otro quiere que sea dividido y que cada uno reciba la parte que le corresponde para disponer de ella a voluntad.
Es algo como lo que pidió el hijo menor en la parábola del hijo pródigo: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde» (Lc 15,12). En ese caso, el padre le dio su parte en dinero. Dinero que, según cuenta la parábola, fue gastado rápidamente en una vida desordenada.
Jesús se niega a intervenir como árbitro; pero no deja de percibir que en la vida de este hombre y, posiblemente también en la vida de su hermano, el dinero tiene un lugar preponderante. Entonces Jesús interviene de otra forma.

Lo hace con una parábola, muy clara, y no me voy a detener en ella. Antes de la parábola, Jesús dice al hombre (y sus demás oyentes, y a nosotros): “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. En la segunda lectura, de la carta a los Colosenses (3, 1-5. 9-11) hay un eco de este consejo de Jesús. Dice San Pablo: “hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal (…) y también la avaricia, que es una forma de idolatría”.

La idolatría es poner algo en lugar de Dios. La avaricia, idolatría del dinero, consiste en poner el dinero ante todo; convertirlo en el dios alrededor del cual gira mi vida. Se convierte en aquello que mueve mi vida, que parece darle sentido.

Cuando Dios está en el centro de nuestra vida, todo lo demás aparece en su real valor. La fraternidad, la solidaridad, la vida de familia, el trabajo compartido y bien hecho, el amor con que se hacen las cosas… todas estas cosas se manifiestan como algo que no es posible comprar, pero que es mucho más valioso que lo que el dinero puede adquirir. Cuando el dinero está en el centro de la vida, se puede llegar a saber, como decía Oscar Wilde “el precio de todas las cosas, pero el valor de ninguna”.

Al final de la parábola, Jesús sentencia: “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”. Ciertamente, para mucha gente, aunque lo quisiera, no es fácil “acumular riquezas para sí”; sin embargo, para todos es posible llegar a ser “rico a los ojos de Dios”. Busquemos al Señor. Pongámoslo en el centro de nuestra vida y, desde allí, miremos de nuevo lo que nos rodea, para descubrir lo que de veras vale la pena, lo que permanece, lo que nos hace ricos ante Él.

En este día de la fiesta de San Ignacio de Loyola (que no celebramos por ser domingo) recordemos esta propuesta de sus Ejercicios Espirituales: "quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza", en su camino para ser "rico ante Dios".

+ Heriberto, Obispo de Melo.

domingo, 24 de julio de 2016

Enfoques Dominicales - Levantar el corazón a Dios

Enséñanos a orar

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (Lc 11,1-13)
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”. Jesús agregó: “Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: ‘Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle’, y desde adentro él le responde: ‘No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos’. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario. También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”.
Palabra del Señor.


Padrenuestros y Avemarías

Si a Ud. le preguntan si reza, si tiene un momento de oración en el día, ¿qué responde? Hay quienes tienen el hábito de rezar el Rosario solos o en grupo.
Es una oración muy conocida, muy tradicional en la Iglesia Católica.
El Rosario mismo, con sus cuentas que permiten ir desgranando los 50 avemarías es un objeto que mucha gente tiene (aunque algunos a veces no lo usen para lo que fue hecho, para rezarlo).
Para mucha gente la oración es aún más sencilla: un Padrenuestro, un Avemaría… Las dos oraciones tienen un valor especial, pero sin duda el Padrenuestro está primero.
Es la oración que el mismo Jesús enseñó a sus discípulos cuando estos le pidieron “enséñanos a orar”, como nos narra el Evangelio de este domingo. Con esa oración, Jesús nos introduce en la relación con Su Padre y nuestro Padre; esa relación que alimenta la vida de Jesús. Jesús no hace nada sin tomar un tiempo de oración, un tiempo para estar con el Padre. En el padrenuestro pedimos “hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”. Esa petición no es una frase de resignación, como cuando se dice, ante un hecho desgraciado “es la voluntad de Dios”. La voluntad de Dios es una voluntad de amor, de salvación para toda la humanidad. San Pablo expresa en pocas palabras: Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4). Eso es lo que estamos pidiendo cuando decimos “hágase tu voluntad”: que toda la humanidad encuentre el camino hacia la vida en Dios, para toda la eternidad. “Salvarse” no es salir del paso, zafar de una situación difícil, sino encontrar a Dios, encaminar desde aquí nuestra vida de modo que entremos en su Vida para siempre, en la Vida Eterna.
El Avemaría es una oración dirigida a una persona humana: la Virgen María, madre de Jesús, madre del Hijo de Dios y por tanto “Madre de Dios”. A ella le pedimos que interceda por nosotros, es decir, que ruegue ante Dios por nosotros, que rece por nosotros. De esta forma le rezamos a ella, pero pidiéndole que ella ayude a que nuestra oración llegue a Dios.


Levantar el corazón al Padre

Hay muchas otras oraciones escritas que podemos rezar. No es difícil encontrarlas; pero rezar no consiste sólo en leer o improvisar una oración, sino en hacerlo “levantando el corazón a Dios”. Es que, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, la oración es “una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero” (N. 2558). Por eso, para rezar no alcanza con repetir una oración: tengo que poner la intención, con todo el corazón.
Santa Teresa de Jesús decía que la oración no es otra cosa sino “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.
En la Biblia encontramos muchos ejemplos de esa oración de hombres que tienen esa especial confianza en Dios. En la primera lectura de las misas de este domingo encontramos un diálogo entre Abraham y Dios.

Lectura del libro del Génesis (Gn 18, 20-21. 23-32)
El Señor dijo: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande, y su pecado tan grave, que debo bajar a ver si sus acciones son realmente como el clamor que ha llegado hasta mí. Si no es así, lo sabré”. Entonces Abraham se le acercó y le dijo: “¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?”. El Señor respondió: “Si encuentro cincuenta justos en la ciudad de Sodoma, perdonaré a todo ese lugar en atención a ellos”. Entonces Abraham dijo: “Yo, que no soy más que polvo y ceniza, tengo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Quizá falten cinco para que los justos lleguen a cincuenta. Por esos cinco, ¿vas a destruir toda la ciudad?”. “No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco”, respondió el Señor. Pero Abraham volvió a insistir: “Quizá no sean más de cuarenta”. Y el Señor respondió: “No lo haré por amor a esos cuarenta”. “Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no lo tome a mal si continúo insistiendo. Quizá sean solamente treinta”. Y el Señor respondió: “No lo haré si encuentro allí a esos treinta”. Abraham insistió: “Una vez más, me tomo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Tal vez no sean más que veinte”. “No la destruiré en atención a esos veinte”, declaró el Señor. “Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no se enoje si hablo por última vez. Quizá sean solamente diez”. “En atención a esos diez, respondió, no la destruiré”.
Palabra de Dios.


Dios ha confiado en Abraham como amigo, y le ha revelado un proyecto terrible: Dios va a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra, porque la maldad de la gente que habita en ellas es terrible y no tiene ya remedio. Abraham responde a esa confianza de Dios intercediendo por los posibles justos que haya en esas ciudades, para que no sean destruidos inocentes con pecadores.
Más adelante encontramos la gran figura de Moisés. Se dice que “Dios hablaba con Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo” (Éxodo 33,11). Igual que con Abraham, Dios confía a Moisés su plan. Hay un momento en que ese proyecto es tremendo. El Pueblo se ha alejado totalmente de Dios. Dios le propone a Moisés un drástico “borrón y cuenta nueva”. Borrar a todo ese pueblo y empezar de nuevo con Moisés; pero Moisés intercede por su pueblo. Le pide a Dios que no haga eso y Dios perdona al pueblo (Éxodo 32,9.14).

Orar sin desanimarse

En el pasaje del Evangelio que escuchamos este domingo, Jesús invita a orar sin desanimarse, y nos dice “pidan y se les dará”. Está motivando nuestra oración de petición.
Hay gente creyente que se pregunta porqué hacer una petición a Dios… si Dios nos conoce, si sabe lo que necesitamos ¿por qué se lo tenemos que pedir? Si es algo bueno para nosotros, Dios nos lo dará aunque no se lo pidamos; si es algo malo o no tan bueno para nosotros, Dios no nos lo dará aunque se lo pidamos. Entonces ¿para qué pedirle a Dios? Y cuando no está la fe, muchos piensan como Serafín J. García: “y digo ande cuadre que pa’ nada sirven / los que sólo viven pirinchando el cielo”.
Pero no. Rezar de verdad no es andar “pirinchando el cielo”. Rezar es, volvemos a decirlo, “levantar el corazón a Dios”. Es mirar más allá de las apariencias, más allá de las cosas. Es buscar lo que realmente permanece y, por tanto, lo único que cuenta, lo único que puede llenar totalmente la vida del hombre.
Podemos pedir muchas cosas, pero no nos engañemos. No podemos pedirle a Dios como niños malcriados y caprichosos, que hoy quieren una cosa y mañana otra, según lo que vaya apareciendo en las vidrieras o en las pantallas.

Pedir lo más grande

Jesús nos anima a pedir, pero a pedir en grande.
El pasaje del Evangelio de hoy nos lo reafirma. Un padre, nos dice Jesús, no le da a sus hijos serpientes o escorpiones, sino cosas buenas y necesarias, empezando por el alimento de cada día.
Entonces, dice Jesús: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”
El Espíritu Santo: es lo máximo que podemos pedir. Es la presencia de Dios mismo en nuestra vida, en nuestro corazón. Es luz, es fortaleza, es la vida de Dios en nosotros. Jesús nos invita a pedir, pero no a quedarnos en cosas chiquitas. A pedir lo más grande que Dios quiere darnos. Dios quiere que lo pidamos, que lo deseemos, porque entonces sí lo recibiremos.
Así nos anima Jesús a rezar: “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.”

o0o0o0o0o0o0o
Enfoques Dominicales es un programa que se emite por
1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50.

domingo, 17 de julio de 2016

Enfoques dominicales - En casa de Marta y María

Jan Vermeer: Cristo en casa de Marta y María

Visitando a la tía Eleodora

Mis hermanos y yo recordamos que, cuando éramos chicos, en Young, íbamos a veces a visitar a nuestra tía Eleodora. Ella y su esposo, el tío Toto, no habían podido tener hijos. No sé si ella creía aquellos que se dice: “al que Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos”, porque no era raro que, cuando llegábamos su saludo era algo como esto: “llegan ahora, justo cuando termino de lavar los pisos”. O sea, nuestra visita caía siempre como inoportuna. Por suerte, como niños, teníamos cierta inmunidad frente a esas cosas, pasábamos muy orondos, le dábamos un beso y la tía nos mostraba su otra cara, yendo a buscar algunas frutillas de su quinta para nosotros, o convidándonos con el pan casero que ella hacía en su horno de primus.
A veces, nuestra manera de recibir a los demás es un poco contradictoria.
La llegada de la visita, o del que llega pero no es “visita” nos desacomoda.
Nos saca de nuestro plan de vida, de nuestra organización, nos desconcentra…
Por eso, cada vez la visita es menos espontánea; la organizamos, la comunicamos… no podemos caer de sorpresa, de pasada…

"Cayendo" de visita: la travesura del Papa Francisco

Días atrás el Papa Francisco hizo un gesto de ese tipo. Salió para ir al dentista y, antes de volver al Vaticano, le pidió al chofer que lo llevara hasta la sede de la Comisión para América Latina, que está a cargo de un uruguayo, el Dr. Guzmán Carriquiry. Y por allí “cayó” Francisco, a charlar un poco, y después se quedó a tomar un café con los funcionarios.
Muchos lo han comentado como una “travesura” del Papa. Tal vez hay que leerlo como un gesto profético, una invitación a una mayor espontaneidad en las relaciones humanas, que se van encerrando en rígidas agendas o rutinas.


La visita en el campo: un acontecimiento

Lectura del libro del Génesis (18, 1-10a).
El Señor se apareció a Abraham junto al encinar de Mamré, mientras él estaba sentado a la entrada de su carpa, a la hora de más calor. Alzando los ojos, divisó a tres hombres que estaban parados cerca de él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la entrada de la carpa y se inclinó hasta el suelo, diciendo: “Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor. Yo haré que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a la sombra del árbol. Mientras tanto, iré a buscar un trozo de pan, para que ustedes reparen sus fuerzas antes de seguir adelante. ¡Por algo han pasado junto a su servidor!”. Ellos respondieron: “Está bien. Puedes hacer lo que dijiste”. Abraham fue rápidamente a la carpa donde estaba Sara y le dijo: “¡Pronto! Toma tres medidas de la mejor harina, amásalas y prepara unas tortas”. Después fue corriendo hasta el corral, eligió un ternero tierno y bien cebado, y lo entregó a su sirviente, que de inmediato se puso a prepararlo. Luego tomó cuajada, leche y el ternero ya preparado, y se los sirvió. Mientras comían, él se quedó de pie al lado de ellos, debajo del árbol. Ellos le preguntaron: “¿Dónde está Sara, tu mujer?”. “Ahí en la carpa”, les respondió. Entonces uno de ellos le dijo: “Volveré a verte sin falta en el año entrante, y para ese entonces Sara habrá tenido un hijo”.
Palabra de Dios.

La Palabra de Dios de este domingo nos pone frente a diferentes formas de recibir a una visita.
En la primera lectura, nos transportamos a un escenario parecido al que podríamos encontrar en nuestra campaña. Estamos lejos de la vida de una ciudad, donde nos encontramos a lo largo del día con muchas personas diferentes, en una relación muchas veces de anonimato, y a veces con ganas de un remanso de intimidad o de liso y llano aislamiento.
No. Aquí estamos en el campamento de Abraham, que vive con su clan, un grupo reducido de personas, cuidando sus rebaños… pocos viajeros pasan por el camino. La llegada de viajeros es un acontecimiento. Abraham ve a tres hombres que pasan y corre hacia ellos y les pide que no pasen de largo. Les ofrece su hospitalidad, les prepara comida. Él, que es el jefe de familia, no delega a ningún servidor para atender a los huéspedes. Él mismo se queda de pie, al lado de ellos, atento a cualquier cosa que fuera necesaria.
¿Por qué hace eso Abraham? Porque esa visita es para él y su gente un regalo de Dios
Y Dios se manifiesta a través de esos viajeros. Abraham recibe de ellos el anuncio de que un cambio sobrevendrá en su vida: él y su esposa tendrán finalmente el hijo que tanto han deseado y buscado a lo largo de años.

La visita de Dios

Este relato que está en el primer libro de la Biblia nos presenta algo que se seguirá repitiendo. Dios se revela, se manifiesta a los hombres a través de todas las circunstancias y situaciones de la vida; pero Dios se manifiesta de una manera privilegiada a través de las personas. A Dios le gusta hablar al hombre por medio de otro hombre, le gusta actuar en la vida humana mediante otras personas. Él es Dios; pero se vale de un intermediario humano.
En ese sentido, cada encuentro con el otro, con el que nos visita, con el que pasa por nuestra vida, es también una oportunidad de encuentro conmigo mismo y de encuentro con Dios.
El pasado 11 de julio recordamos a San Benito de Nursia, fundador de los monjes benedictinos, que se han distinguido siempre por su hospitalidad.
Un monje benedictino decía algo que se puede aplicar tanto a las personas con las que convivimos y nos encontramos todos los días, como aquellos que a veces nos acompañan en un tramo de nuestro camino:
“Alguien que es totalmente diferente de ti camina junto a ti,
y parece que no es nada útil para ti;
y a pesar de todo, tú has sido confiado a él, y él a ti,
para que se encuentren el uno al otro,
y el uno se convierta en don para el otro,
cada uno para la salvación del otro”.
(Rapahel Hombach OSB)

Acción y contemplación

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (10, 38-42)
Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.
Palabra del Señor.


Y bien, esto es lo que viven Marta y María, tal como nos lo cuenta el Evangelio que escuchamos en las Misas de hoy.
A través de su visita, estas dos hermanas reciben a Dios, en la persona de su Hijo, el hombre Jesús de Nazaret.
Las dos hermanas lo reciben, pero la actitud es diferente. Marta se desvive por tener la casa en orden. No es como mi tía Eleodora, que recién había terminado de lavar los pisos cuando llegaba la visita; parece que Marta está lavando los pisos, está cocinando, está haciendo de “mujer orquesta” para que todo esté impecable…
En cambio, María se sienta a los pies de Jesús.
Nosotros no captamos toda la importancia que tiene ese gesto.
A los pies del Maestro se sientan los discípulos.
María recibe a Jesús como Maestro, se sienta ante Él como discípula, con los oídos y el corazón abiertos para que no se escape nada de lo que Jesús le puede comunicar.
Por eso Jesús dice que María ha elegido la parte más importante.
Sin embargo, la enseñanza de este pasaje del Evangelio no es oponer la acción y la oración, el arremangarnos y ponernos a la obra, frente a la meditación de la Palabra de Dios. El Papa Francisco, comentando este pasaje, dice:
“…la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo, no son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía.”
El problema de Marta es que consideró esencial lo que estaba haciendo. Se dejó absorber por las cosas que había que hacer.
En cambio, la fuente principal de nuestra acción como cristianos, la fuente de nuestro servicio al prójimo está en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios. Eso es lo que está haciendo Marta: está cayendo en el “activismo”, desconectada de la fuente. Y cuando uno se desconecta de la fuente, si no se conecta de nuevo, se seca, se queda sin agua.
María, a los pies de Jesús, está bebiendo de la fuente. Ella es quien lo está recibiendo profundamente.
Podríamos decir también: Marta quiere “alimentar” a Jesús, y no piensa que Jesús quiere alimentarla a ella.
María, en cambio, está recibiendo de Jesús el alimento que le dará las fuerzas para trabajar en servicio de su prójimo.

domingo, 10 de julio de 2016

Enfoques Dominicales - ¿Quién es mi prójimo?

El buen samaritano (1880),
obra de Aimé Nicolas Morot (1850–1913).
Este domingo no fue emitido Enfoques Dominicales por razones de programación de La Voz de Melo. No obstante, les dejamos aquí una reflexión sobre el evangelio de hoy: nada menos que la parábola del Buen Samaritano.

Del Evangelio según S. Lucas (10,25-37).
Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. “Has respondido exactamente, –le dijo Jesús–; obra así y alcanzarás la vida”. Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. “El que practicó la misericordia con él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Vete, y haz tú lo mismo”.
Palabra del Señor.

La parábola del Buen Samaritano es una de las enseñanzas más conocidas de Jesús, que sigue siendo fuertemente vigente y necesaria en el mundo de hoy.

Para heredar la vida eterna

Todo comienza con las preguntas que un Doctor de la Ley hace a Jesús.
La Ley, en el mundo de la Biblia, significa lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento, dentro del cual se encuentran los diez mandamientos y numerosos preceptos que regulaban la vida del Pueblo de Dios.
El Doctor de la Ley es un hombre que conoce la Biblia. No sólo la ha leído, sino que la ha estudiado, escuchando a grandes maestros.
Ese hombre, pues, se acerca a Jesús y le hace una gran pregunta: “Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Jesús le responde con otra pregunta, que invita al experto a buscar dentro de sus propios conocimientos. Jesús pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”
Con mucha sabiduría, el hombre resume toda la Ley en dos preceptos centrales:
El primero se refiere al mandamiento del amor a Dios y está en el libro del Deuteronomio:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Dt 6,5).
El segundo trata del amor al prójimo y se encuentra en el libro del Levítico:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).
La respuesta del Doctor de la Ley es muy buena, y así lo reconoce Jesús: “Has respondido bien”, le dice; y agrega “Haz eso y vivirás”. O sea, cumple esos mandamientos y heredarás la vida eterna.
Pero aquí el hombre le da un nuevo giro a la conversación y le pregunta a Jesús “¿Y quién es mi prójimo?”

¿Quién es mi prójimo?

La palabra prójimo tiene la misma raíz que próximo: lo siguiente, lo vecino, lo que está al lado. El hombre quiere saber hasta dónde se extiende el mandamiento.
Es que si leemos el capítulo 19 del libro del Levítico (de donde está tomado el mandamiento de amor al prójimo) vemos claramente que el prójimo es el miembro de “la comunidad de los israelitas” a quien va dirigida la Palabra de Dios.
Sin embargo, allí mismo aparece una primera extensión del mandamiento, más allá de los miembros naturales de la comunidad, a la que se le agrega una especie de firma solemne:
“Al forastero que reside junto a ustedes, lo mirarán como a uno de su pueblo y lo amarás como a ti mismo; pues forasteros fueron ustedes en la tierra de Egipto. Yo, Yahveh, su Dios.” (Lev 19,34)
La pregunta del Doctor de la Ley parece apuntar aún más lejos… ¿hasta dónde llega esta cercanía, esta proximidad humana? No sé si él llegaría tan lejos como Gandhi, para decir “todo hombre es mi hermano”, “todo hombre es mi prójimo”.
La respuesta de Jesús no es de ese tipo. Jesús no le dice “todo ser humano es tu prójimo”. Responde con un relato que resultará inolvidable para el Doctor de la Ley y para nosotros: la parábola del Buen Samaritano.

El Buen Samaritano

El Samaritano es el hombre que se compadece del herido del camino. Sus acciones son actos de amor: cura el herido, lo monta en su cabalgadura, siguiendo él a pie y tal vez, como en la pintura de Morot que ilustra esta nota, sirviéndole también de apoyo. Se quedó cuidándolo personalmente mientras pudo y dio de su dinero para asegurar el cuidado del herido por más tiempo. El Samaritano cumplió con el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo.
El mensaje de Jesús es claro, pero tiene una sutileza. Este hombre que cumple el mandamiento de “amar al prójimo como a sí mismo” no es un miembro del Pueblo de Dios. Es un extranjero, miembro de un pueblo que profesa la misma religión que los Israelitas, pero con sus diferencias (podemos ver algo de eso en el encuentro de Jesús con la Samaritana, capítulo 4 de San Juan). Tal vez lo que hubiera esperado el Doctor de la Ley es que el Samaritano fuera el herido del camino y que cualquier miembro del Pueblo de Dios lo socorriera, después que el sacerdote y el levita siguieran de largo. Así se habría visto que un miembro del Pueblo de Dios es capaz de reconocer como prójimo incluso a ese extranjero que tiene el atrevimiento de pretender venerar también a Yahveh sin conocer realmente la Ley. Pero Jesús muestra que el Samaritano, haya leído o no el libro del Levítico, conoce la Ley de Dios, la tiene inscripta en su corazón… ¡y la pone en práctica!

Practicar la Misericordia

Notemos la manera de preguntar de Jesús. No dice “¿Quién reconoció como prójimo al hombre asaltado por los ladrones?” sino “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. El Samaritano, el extranjero, es quien ha sido prójimo, quien ha actuado como prójimo. Si el extranjero puede reconocer a quien sea como prójimo, tanto más lo tiene que reconocer el miembro del Pueblo de Dios. No hay límites en la proximidad. Todo ser humano es mi prójimo.
Pero el Doctor de la Ley, nuevamente tiene una intervención que da lugar a otra enseñanza de Jesús. A la pregunta de Jesús, el Doctor no responde “el Samaritano” (tal vez porque le cueste nombrar al extranjero) pero dice, en realidad, algo más interesante: “El que practicó la misericordia con él”. Esta respuesta nos dice que el Samaritano no ha sido simplemente alguien que se emocionó vivamente, que se angustió viendo el cuadro de aquel hombre malherido, tendido al costado del camino. El Samaritano no fue el hombre que exclamó, sumamente conmovido “¡Pobre hombre! ¡Qué barbaridad!” pero después se dijo “bueno, tengo que seguir el viaje, ¿qué le voy a hacer?”. No él dejó de lado sus negocios y “practicó la misericordia con él”.
En este Año de la Misericordia el Papa Francisco nos ha recordado las siete obras de misericordia corporales y las siete obras de misericordia espirituales, precisamente para que pongamos en obra los sentimientos de compasión que nos suscitan muchas situaciones que encontramos cotidianamente. Para que los pongamos en obra tanto personal como comunitariamente, aunando esfuerzos para ayudar a nuestros prójimos, para que todos tengamos una vida más verdaderamente humana, como hijos e hijas de Dios.

+ Heriberto, Obispo de Melo
 
o0o0o0o0o0o0o
Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50. La versión escrita que presenta el Blog no necesariamente es la versión literal de lo emitido, pero sí su contenido esencial.

domingo, 3 de julio de 2016

Enfoques Dominicales - Santo Tomás o ver para creer


Hoy 3 de julio, es el día de la fiesta de Santo Tomás Apóstol, aquel hombre que quería “ver para creer”. Este 3 de julio de 2016, la Iglesia no celebra esa fiesta, porque cae en domingo y corresponde celebrar la Misa propia del Día del Señor.
Sin embargo, vamos a hablar un poco de Santo Tomás, porque nos da también ocasión para hablar de la fe.
El pasaje bíblico que vamos a comentar está en el Evangelio según San Juan, capítulo 20, versículos 24 al 29.
Nos tenemos que ubicar después de la resurrección de Jesús, cuando Jesús comienza a aparecerse a sus discípulos.
El Evangelio nos cuenta que Tomás había estado ausente en la primera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, que ocurrió el primer día de la semana, es decir, el domingo. No olvidemos que el sábado es el séptimo día.
Tomás se encuentra con los demás discípulos y ellos le cuentan: "Hemos visto al Señor".
Entonces, Tomás responde: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.
En síntesis, si no veo, no creeré. Ver para creer.
Al domingo siguiente, Jesús vuelve a hacerse presente en medio de sus discípulos.
Los saluda deseándoles la paz, y después llama a Tomás y le dice:
“Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.
Pero Tomás no hace ninguno de esos gestos que antes había reclamado.
En cambio, Tomás proclama “¡Señor mío y Dios mío!”
De esa forma, hace una maravillosa profesión de fe. Llama a Jesús “Señor” y “Dios” y, más todavía, lo reconoce como “su” Señor y “su” Dios.
No obstante, Jesús le dice y nos dice también a nosotros:
“Ahora crees, porque me has visto. ¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!”.

Todo parece muy simple. Tomás creyó, y ya está.
Sin embargo es tan simple (tampoco es tan complicado).
Veamos. A partir del momento en que Tomás ve a Jesús ¿qué sucede?
¿Tomás cree o Tomás sabe? ¡No es lo mismo!

Fíjense ustedes. Cuando nos han contado un hecho, la cuestión está en creer o no creer lo que nos relatan. Pero cuando vemos el hecho, cuando nos pellizcamos para convencernos de que no estamos soñando, cuando buscamos que otro nos confirme que es verdad lo que vemos, sabemos. Ya no hace falta creer.

Pero Jesús no le dice "ahora sabes", sino "ahora crees". Tomás ha dado un paso en la fe. Sí: ha visto a Jesús resucitado; pero también ha creído, para poder decirle "Señor mío y Dios mío".
Y si no, vayamos al final del evangelio según San Mateo (18,16-20). Allí se dice que "Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron".
Así es. Todos vieron a Jesús resucitado. Los que creyeron, de inmediato se postraron ante Él. Otros todavía dudaron. ¿Qué es lo que se ve y lo que no se ve en estos encuentros con Jesús?
San Gregorio Magno lo explicaba así:
“Lo que [Tomás] creyó superaba a lo que vio.
En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío!
Él, pues, creyó (...) ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.”
Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino (otro Tomás) lo expresaba en forma aún más sintética:
“Tomás vio al hombre y las cicatrices, y a partir de esto, creyó en la divinidad del resucitado.”
Nosotros, los que creemos sin haber visto, estamos entre los bienaventurados que Jesús señala: "felices los que creen sin haber visto". Hemos creído sin ver. Pero eso es la fe.
No es ciega, no es irracional. Es un salto que va más allá de los límites de nuestros sentidos, para abrirnos a una nueva dimensión de la existencia: la vida divina.
El acto de fe de Tomás lo repetimos en la Eucaristía, al contemplar el Cuerpo de Cristo en la Hostia consagrada y, con Tomás, reconocerlo diciendo "Señor mío y Dios mío".
La oración final de la Misa que se reza en la fiesta de Santo Tomás nos hace presente nuestro propio acto de fe frente a la presencia real de Cristo en el Pan de Vida y nos invita a que la Eucaristía vivida, el encuentro con Jesús, se proyecte en nuestra vida cotidiana. Dice así la oración:
Dios nuestro, en este sacramento hemos recibido verdaderamente el Cuerpo de tu Hijo unigénito; concédenos que lo reconozcamos por la fe como Dios y Señor nuestro, y también lo confesemos con las obras y con la vida, a ejemplo del apóstol Tomás.
¡Qué así sea!

o0o0o0o0o0o0o

Enfoques Dominicales es un programa que se emite por 1340 AM La Voz de Melo, los domingos a las 11:50. La versión escrita que presenta el Blog no necesariamente es la versión literal de lo emitido, pero sí su contenido esencial.


Veinticinco años de la Beatificación de Annunciata Cocchetti, fundadora de las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo.


Estatua de la Beata en la Casa Madre de las
Hermanas Doroteas en Cemmo, Br., Italia
Annunciata Cocchetti fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 21 de abril de 1991, hace ya 25 años. Con motivo de este aniversario, las Hermanas de Santa Dorotea que están en la Diócesis de Melo, me han pedido que explique qué significa una beatificación.

Santos y Santas

En nuestras comunidades de hoy, si decimos “santos” o “santas”, todos entendemos que estamos hablando de personas excepcionales, que vivieron una vida extraordinaria y que los católicos veneramos y cuya intercesión ante Dios pedimos muchas veces.
Es muy posible que los miembros de la comunidad se sintieran extrañados si se les dijera “santos”, “ustedes son santos”. Posiblemente empezarían a buscar a quién le están hablando; “a mí no”, pensaría más de uno.
Sin embargo, si nos tomamos el trabajo de leer el comienzo de cada una de las cartas de San Pablo, vamos a encontrar que, en casi todas, cuando él saluda a la comunidad a la que le escribe, saluda a “todos los santos de la región de Acaya” (donde estaba Corinto) (2 Co 1,1); “a los santos” de Éfeso (Ef 1,1); “a todos los santos” de Filipos (Flp 1,1), “a todos los santos de Colosas” (Col 1,2). Cuando la gente de esas comunidades escuchaba la lectura de esas cartas, nadie se preguntaba “y esto, ¿para quién será? Porque acá no hay ningún santo…”
Cuando Pablo escribía a las comunidades, él llamaba “santos” a todos los miembros de la comunidad. A veces, agregaba algo que nos puede hacerlo entender mejor: se dirigía a los “llamados a ser santos” (1 Co 1,2) o a los “santos por vocación” (Rom 1,7).
Es que para Pablo, todos los miembros del Pueblo de Dios eran santos: pero “santificados en Cristo Jesús” (1 Co 1,2).

Pueblo Santo de Dios

Entonces ¿Pablo pensaba que esas comunidades estaban llenas de gente maravillosa, que allí no había nunca ningún problema, que todo el mundo vivía santamente?
Alcanza con leer la primera carta a los Corintios para darse cuenta de que no era así. Lo mismo pasa cuando hoy, el papa Francisco habla del “Santo Pueblo de Dios”, que somos nosotros.
Entonces, ¿qué? ¿La santidad se regala? Bueno… En cierta forma sí: es Dios quien hace santos. Como decía la bendición que antiguamente daban el padre o la madre a los hijos, en el campo: “Tata, la bendición” pedía el hijo; “Dios lo haga un santo, m’hijo” decía el padre. Pero para que Dios santifique, hay que dejarlo obrar, hay que dejarlo trabajar en nuestro corazón. Y muchas veces, nuestro corazón es de piedra.
Dios quiere santificar a todo su Pueblo. Todos estamos llamados a la santidad. Nos lo dice la Palabra de Dios “ustedes serán santos porque yo el Señor su Dios soy santo” (Lev 19,2 y 1 Pe 1,16). El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 39-42) recordó esa vocación universal a la santidad. Mons. Cáceres enseñó muchas veces sobre eso, y nos hacía ver que la santidad es, o debería ser, la vida “normal” del cristiano. Mons. Cáceres suele decir “todo es santidad”: todo lo que se hace bien, todo lo que se hace con amor: el trabajo, el cuidado de los niños o de los ancianos, la maestra que enseña con amor, el médico que cura con amor, el policía que protege con amor al más débil; todo lo que se hace de bien, todo es santidad.
Francisco decía: “Alguno piensa que la santidad es cerrar los ojos y poner cara de santito. ¡No! No es esto la santidad. La santidad es algo más grande, más profundo que nos da Dios. Es más, estamos llamados a ser santos precisamente viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio cristiano en las ocupaciones de cada día. Y cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra” (Catequesis del Papa Francisco, “La vocación universal a la santidad”, audiencia general del miércoles 19 de noviembre de 2014).

Un programa de santidad

Si vamos al Evangelio, Jesús nos propone un programa de santidad, un programa de vida santa. Lo encontramos en las “Bienaventuranzas”. Todas empiezan diciendo “Bienaventurado…” A veces se traduce como “feliz”, “dichoso”, pero también como “beato”.
La Iglesia celebra la fiesta de Todos los Santos. Allí entran todos los que están ya en la presencia de Dios, porque nadie puede entrar en la presencia de Dios si no es santo. Todas las personas que vivieron santamente a lo largo de la historia: cuántas de nuestras madres, abuelas, padres, abuelos, que simplemente “pasaron haciendo el bien”, como se dijo un día del mismo Jesús.
Pero de entre todos los santos, la Iglesia reconoce especialmente a algunos que se destacaron especialmente. Su santidad fue reconocida por toda la gente que los conoció, que los consideraba hombres o mujeres “de Dios”.
A su muerte, estas personas comenzaron a ser veneradas (no adoradas) por la comunidad. Se los consideraba, ante todo, personas amigas de Dios; un ejemplo de vida cristiana y también, buenos intercesores ante Dios por los que seguimos peregrinando en esta vida. Intercesores significa que ruegan por nosotros, tal como le pedimos a María: “ruega por nosotros, pecadores…”
Entonces la Iglesia se va uniendo en esa veneración a María, a los apóstoles, a medida que van muriendo; junto a ellos, los mártires (casi todos los apóstoles fueron también mártires) que dieron testimonio de Cristo con su sangre… se comenzó a recordar el día de su martirio, se guardaron sus restos, sus reliquias… Después se fueron sumando otra clase de testigos: mujeres que consagraron su virginidad, las vírgenes, que a veces fueron también mártires; hombres que se consagraron a Dios… y así, vamos sumando y se agregan los que han recibido un especial don de Dios, un carisma, que se continúa en una congregación, en una obra: son los santos y santas fundadores. Entre ellos está la Beata Annunciata.
Este reconocimiento de santos y santas que al principio se da espontáneamente, sobre todo con los mártires, la Iglesia lo empieza a regular; primero los obispos en sus diócesis y después los Papas. Al día de hoy hay un proceso, con varias etapas, a través de las cuales la Iglesia reconoce y presenta a la veneración de los fieles a personas reconocidas primero como beatas y luego, en un segundo paso, como santas.

La beatificación de Annunciata

¿Cómo se hizo este proceso para Annunciata?
Primero fue en la Diócesis de Brescia, entre 1951 y 1955, recogiendo documentación sobre la vida y santidad de ella.
En el año 1972, en tiempos del Papa Pablo VI, fue introducida la causa en la Congregación para las Causas de los Santos, y Annunciata recibió el título de “Sierva de Dios”.
Se fueron dando varios pasos, por comisiones formadas por historiadores, por teólogos, que fueron examinando su vida y sus escritos. Los informes fueron a su vez estudiados y finalmente aprobados por la Congregación para la Causa de los Santos en 1989.
Ese año, el Papa Juan Pablo II proclamó a Annunciata como “Venerable”, reconociendo que su vida había sido una vida cristiana modelo y que había vivido heroicamente las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad y las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
¿Qué se necesitaba para la beatificación? Mostrar que ya era una intercesora por nosotros ante Dios. El milagro presentado fue la curación de una niña de 13 años, Bortolina Milesi, que tenía una enfermedad intestinal que la habría llevado a la muerte de no ser por la intercesión de Annunciata. Después de las investigaciones e informes correspondientes, en 1990 Juan Pablo II aprobó como genuino el milagro. Y así fue fijada la beatificación de Annunciata Coccheti en la Basílica de San Pedro, para el 21 de abril de 1991, hace 25 años.

Una vida santa

Ahora, ¿qué es lo que hace de la vida de Annunciata no sólo una vida santa, sino una vida que la Iglesia nos quiere proponer como modelo?
Yo he leído un poquito de su vida, lo que está en el libro “El Evangelio de Annunciata” que muchos de ustedes conocen.
Lo primero que a uno le llama la atención es que quedó huérfana a los siete años. Primero murió su madre y casi en seguida su padre, que era soldado de Napoleón. (Ella había nacido en 1800). También habían muerto, chiquitos, tres hermanos. Quedan ella y dos hermanos. Uno se puede imaginar ahí mucho sufrimiento. Pero no es el sufrimiento lo que nos hace santos, sino la forma en que pasamos por el sufrimiento, la manera en que lo llevamos, o la forma en que nos marca. Algunas personas se endurecen (el corazón de piedra). No fue eso lo que le pasó a Annunciata. Nos vamos a ir encontrando una persona llena de amor y de compasión.
Esa compasión y amor se empieza a manifestar hacia las niñas pobres. A los 17 años la vemos convirtiendo la casa de su abuela, con la que vivía, en una escuela para niñas pobres. Ahí empieza a manifestarse una vocación. Podríamos decir, hablando humanamente, “una vocación de maestra”; y va a ser así; pero va a ser mucho más. No es sólo una vocación por enseñar. Es una vocación por amar enseñando. “Enseñar al que no sabe” una de las obras de misericordia espirituales.
Se forma para eso, pero a los 23 años hay algo que le va a dar un giro a su vida. Su abuela muere. ¡Otro dolor! Y se va con su tío, que vivía en Milán. Ahí estaban sus hermanos, que habían ido con el tío a la muerte de los padres. El tío tiene lo que llamaríamos “una buena posición” y quiere que sus sobrinos disfruten de todo eso. Annunciata conoce otra vida, la vida de la gran ciudad, el arte, los conciertos, la ópera,  la elegancia, “el glamour”, como se dice ahora, de aquella sociedad. Por eso, es lindo recordar cómo una noche en que estaba invitada a una función de gala en el famoso Scala de Milán, ella hace su valija, deja una cartita sobre la mesa de su cuarto, y se va para Cemmo, allí donde puede seguir esa vocación, que ya es un llamado de Dios. Y todos aquellos vestidos tan lindos que tenía, se los lleva… y tiempo después se convierten en vestidos de ángeles, de reyes magos, de la Virgen, en los pesebres vivientes.
A veces no es fácil encontrar la voluntad de Dios; pero hay personas que nos van ayudando. Annunciata conoce a un hombre que hoy es también beato: el Padre Lucas Passi. El Padre Passi está tratando de fundar una congregación de mujeres para enseñar. Annunciata habla con él, y mantienen contacto hasta que él muere. Incluso hay un momento en que Annunciata con una compañera viajan a Venecia, donde él está trabajando y empiezan la congregación que él quiere fundar. Pero la compañera muere y Annunciata regresa. Finalmente va a encontrar dos compañeras que quieren lo mismo que ella y en 1843, las tres hacen sus votos y nacen las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo. Así fue Annunciata encontrando la voluntad de Dios para su vida, y así empezó a hacer esa voluntad. Eso es santidad.
Yo estuve en Cemmo. Es chiquito. Allí están los lugares donde pasó Annunciata enseñando, formando a sus hermanas, dirigiendo la congregación, que se iba extendiendo. Ahí está todavía el muro donde dejaba siempre pan que algún pobre se llevaba. Allí vivió sus últimos años, ciega, pero viendo interiormente, profundamente, porque se dejó alumbrar por la luz de Cristo.
Por todo eso damos gracias al Señor por su vida, nos confiamos a su intercesión y le pedimos que nos ayude, como maestra, a encontrar nuestro propio camino a la santidad. Que así sea.
+ Heriberto