jueves, 19 de octubre de 2017

Dios y el César (Mateo 22,15-21)




“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Esta es una de las frases más repetidas de Jesús. La conoce mucha gente que no suele leer el Evangelio. Se la interpreta de muchas maneras, a veces según distintos intereses…

Jesús dice esto como respuesta a una pregunta tramposa que le han hecho. Veamos cómo lo cuenta el Evangelio:
Los fariseos se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Le enviaron a varios de sus discípulos con unos partidarios del rey Herodes, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»
Aquí está la trampa: ¿está permitido -para un judío, se entiende- pagar el impuesto al César?

En el Imperio Romano se pagaban varios impuestos. Había tributos sobre la propiedad, sobre los artículos importados o exportados, sobre la renta y, además, un impuesto personal, que pagaban los habitantes de cada una las provincias romanas, el tributum capitis, el tributo por cabeza. Se cobraba un denario, lo equivalente a un jornal.

Mucha gente se oponía al impuesto por distintas razones. Un grupo claramente opositor era el de los zelotes, que estaban en lucha armada contra Roma. (Uno de los discípulos de Jesús había pertenecido a este grupo).

Otra gente estaba a favor del impuesto. Estaban dentro del sistema. Aquí contamos a los partidarios del rey Herodes, que era un reyezuelo al servicio del César, los que le hacen esa pregunta a Jesús.

Entonces… Si Jesús responde que no, se pone contra el César, y ahí están los Herodianos, prontos para acusarlo… pero si Jesús responde que sí, el pueblo que lo escucha con atención quedará, por lo menos, decepcionado. El impuesto era muy resistido. ¿Cómo responde Jesús?
Jesús, conociendo su malicia, les dijo:
«Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».
Ellos le presentaron un denario.
Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César».
Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».
Algunos pueden tomar estas palabras como una respuesta astuta, para zafar de la trampa. Pero hay mucho más que eso. Vamos a ver algunos datos que nos ayudan a entender mejor la respuesta de Jesús.

Primero ¿quién era el César en tiempos de Jesús? Y, muy importante ¿Era, acaso, alguien que se consideraba un dios? ¿Cómo era la religión de los antiguos romanos?

El evangelista Lucas nos dice que Juan el Bautista comenzó a predicar “en el décimo quinto año del imperio de Tiberio César”. Tiberio fue el segundo césar o emperador romano. El año que menciona Lucas corresponde al año 29 de nuestra era. La predicación de Juan y los años de la vida pública de Jesús, así como su crucifixión se ubican bajo el reinado de Tiberio.

En la antigua Roma había una religión del hogar, en la que se daba culto a dioses domésticos y a los antepasados de esa familia. Había también un culto público, con una gran cantidad de templos y estatuas de dioses: Júpiter, Juno, Neptuno, Minerva, Marte... Cuando Roma se convirtió en imperio, a eso se sumó el culto al emperador.

Una vez que fallecía el emperador, su sucesor hacía una ceremonia llamada apoteosis, que inscribía al emperador muerto entre los dioses, iniciando así su culto oficial. Sin embargo, tanto Augusto como Tiberio tuvieron sus templos construidos en vida, preparando el culto que se les daría después de su muerte; o sea, ya en vida hay como una divinización del Emperador.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” separa al César y a Dios. No son lo mismo. Y no están al mismo nivel.

El denario tiene la imagen del César: le pertenece a él. El ciudadano debe pagar sus impuestos. Es una contribución al bien común. Al mismo tiempo, hoy, en democracia, tenemos el derecho de ver que esa contribución que todos hacemos sea bien empleada, que el Estado y sus funcionarios presenten sus cuentas claramente, que los fondos públicos sean utilizados para su fin y que ese fin sea realmente de bien común. San Pablo, en su carta a los Romanos (13,7) habla de los impuestos y dice algo parecido a lo que dice Jesús: “Den a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.” Pero en esa carta Pablo subraya sobre todo la soberanía de Dios, lo mismo que hace Jesús.

El César puede reclamar el pago de impuestos, como lo hace hoy el Estado. Pero, hay algo que no corresponde al César, y es pretender ocupar el lugar de Dios. Por eso, “a Dios lo que es de Dios”. Así como el César ha hecho estampar su imagen en la moneda del imperio, Dios ha dejado su imagen en cada persona humana, creada “a su imagen y semejanza”

Así lo explica San Agustín:
“Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (…) Del mismo modo que se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… En efecto, Cristo habita en el interior del hombre”.
“A Dios lo que es de Dios” es lo que tiene que escucharse con más fuerza en la respuesta de Jesús. El denario es del César, pero ustedes, todos ustedes, le pertenecen a Dios. La moneda lleva impresa la imagen del emperador, pero ustedes llevan la imagen de Dios en su ser más profundo. Cada ser humano lleva impresa la imagen de Dios en su corazón. Cada uno de nosotros le pertenece a Él.

En una moneda vieja, la imagen y la inscripción se pueden haber ido borrando, hasta hacerse casi irreconocibles. En el ser humano, sobre todo si se ha apartado mucho de Dios, la imagen de Dios que hay en él puede quedar muy desdibujada, casi invisible… pero nunca se borra. Tratar con dignidad al que actúa indignamente es un llamado a que vuelva a mirarse a sí mismo como persona.
El sello de Dios que está puesto en cada uno de nosotros nos sigue llamando a volver a Él.
Nos sigue llamando a dar a Dios lo que es de Dios: nuestra vida y corazón.

martes, 17 de octubre de 2017

Peregrinación Nacional a la Virgen de los Treinta y Tres

CONVOCATORIA DEL CONSEJO PERMANENTE DE LA CEU A LA PEREGRINACIÓN NACIONAL A LA VIRGEN DE LOS TREINTA Y TRES
Queridos  hermanos:

Luego de recibir el anuncio del Ángel, “María se levantó y fue con prontitud” (Lc 1, 39) al encuentro de Isabel. Ella con ternura y amor de madre igualmente se acerca a nuestras vidas. Movidos por esta alegría, como Iglesia que peregrina en el Uruguay también queremos levantarnos e ir a su encuentro.

Es así que los Obispos los invitamos, una vez más, a peregrinar al Santuario Nacional de la Virgen de los Treinta y Tres el próximo domingo 12 de noviembre.

Dice el Santo Padre Francisco que “la peregrinación […] es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada” (MV 14). Caminemos como peregrinos y dirijámonos a los pies de María; a Ella acudimos con nuestras súplicas para renovar nuestra confianza en Aquél que la hizo tan bella, tan hermosa y tan santa.

Le pedimos que seamos cada día más capaces de vivir y proclamar la alegría de la vida de discípulos y misioneros, la belleza y la hermosura del amor entregado.

Contemplemos a María en su santuario en Florida. Mirémosla con sus manos juntas sobre su corazón, inclinada para dejarse llevar por el Espíritu. Mirémosla y reconozcamos con alegría y agradecidos que se ha cumplido en nuestra historia y se cumple hoy la promesa de su Hijo: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Luego de habernos puesto bajo el cuidado de la Patrona de nuestra Patria, los Obispos comenzaremos una peregrinación a la tumba de los Apóstoles Pedro y Pablo en Roma. Allí tendremos la alegría de encontrarnos con el sucesor de Pedro, el Papa Francisco, para compartir con él la marcha de nuestra Iglesia que peregrina en Uruguay. Los invitamos a rezar para que este encuentro nos enriquezca y nos dé un nuevo impulso para nuestra tarea evangelizadora.

Pidamos a María, nuestra Capitana y Guía, que nos conduzca siempre a su Hijo. Que nosotros, su Iglesia, por su intercesión, podamos compartir con todos la alegría del Evangelio.

Con nuestro saludo y bendición
Mons. Carlos Collazzi sdb, Obispo de Mercedes, Presidente
Mons. Arturo Fajardo, Obispo de San José de Mayo, Vicepresidente
Mons. Milton Tróccoli, Obispo Auxiliar de Montevideo, Secretario General

jueves, 12 de octubre de 2017

El Banquete del Reino de Dios (Mateo 22,1-14)





“Che, un día de estos tenemos que hacer un asadito”. Así decimos los uruguayos cuando nos despedimos de un viejo compañero o amigo al que hace tiempo no veíamos y con el que nos hemos encontrado. De esa forma expresamos que nos une una antigua relación y que sería muy lindo comer juntos un buen asado. Rara vez el asado se hace, pero si se hace, normalmente no defrauda, porque hemos hecho sin duda un esfuerzo para que ese encuentro reanude la amistad.

Reunirse para comer juntos fortalece un vínculo, cuando todos estamos a la mesa realmente presentes, con el deseo de encontrarnos unos con otros, de mirarnos, de hablarnos.
Es triste cuando una familia no encuentra el momento de comer todos juntos, aunque sea un solo día en la semana. En mi casa ese día era el domingo. Recuerdo con gusto aquellos mediodías en que estábamos todos, con la tía Eleodora como invitada, que no dejaba de aportar un rico postre.

Hay comidas que son muy especiales, porque marcan un acontecimiento único. Una boda, por ejemplo. Así comienza la parábola que Jesús narra en el evangelio de este domingo:

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.

Nos sorprende esa negativa, pero no le sorprendió al rey. Era la cortesía del antiguo Oriente. Los invitados debían decir que no, como si no se consideraran dignos y el que daba la fiesta debía insistir. Y eso es lo que hace el rey:

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado: ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: vengan a las bodas”.

Este es el momento donde los invitados debían dejar vencer su resistencia y ponerse en marcha hacia la sala de fiesta. Pero sucede algo inesperado. Algo sumamente ofensivo:

Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron uno a su campo, otro a su negocio.

Y acontece algo todavía más terrible:

Los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió sus tropas para que acabaron con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.

Todo el escenario se ha trastocado. ¿qué hará el rey ahora?

El rey dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de invitados.

La fiesta se ha convertido en un éxito.
Pero no olvidemos: Jesús ha comenzado su relato diciendo “El Reino de los Cielos se parece a…” Este es el banquete del Reino, el banquete definitivo de la vida de los hombres, llamados a participar de la felicidad eterna de Dios.
Para este banquete hubo unos invitados iniciales, que rechazaron el convite, ocupándose de sus asuntos y algunos llegando a asesinar a los que invitaban. Frente a ese rechazo, la llamada se hace universal. El banquete se abre a todos los pueblos. “Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos” había dicho Jesús en este mismo Evangelio de San Mateo (Mt 8,11).

Dios quiere que toda la humanidad llegue a compartir su vida y su plenitud eternamente.
En la sala llena de invitados, enjugará las lágrimas y vencerá para siempre a la muerte.
Para eso Dios llama, a través del Evangelio y de la Iglesia, pero también por caminos que sólo el mismo Dios conoce.
Cada día Dios está llamando. Cada día está ofreciendo la felicidad que anuncia el Evangelio.
Pero la plenitud de esa felicidad, la felicidad completa, será más allá de este mundo.
Es la vida eterna en Dios, de la que poco y nada podemos decir… pero creemos en ella y la esperamos, porque sentimos en nuestro corazón el anhelo de esa felicidad que solo en Dios podremos encontrar.
Tal vez, una de las tareas más importantes de las comunidades cristianas sea hoy crear espacios y facilitar experiencias donde las personas puedan escuchar de manera sencilla, transparente y gozosa la invitación de Dios a la Vida.

Volvamos a la parábola. Dejamos el relato con la sala llena de invitados y allí podría haber terminado. Pero continúa con un giro sorprendente:
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has venido aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.”
Porque son muchos los llamados, pero pocos los elegidos.

“¿Cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le haya abierto la puerta, pero no se haya puesto el traje de fiesta?
¿Qué es este traje de fiesta?“ Esto se preguntaba el Papa Benedicto XVI, en su visita a Lamezia Terme en 2011; y responde citando a San Gregorio Magno:
“San Gregorio explica que ese comensal responde a la invitación de Dios a participar en su banquete; tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el traje de fiesta, que es la caridad, el amor. Ese vestido está tejido simbólicamente con dos elementos, uno arriba y otro abajo: el amor a Dios y el amor al prójimo. Todos estamos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el traje de fiesta: la caridad; vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.

300 años de Nossa Senhora Aparecida


12 de octubre: en Uruguay celebramos a Nuestra Señora del Pilar, que es la patrona de la Diócesis de Melo. En Brasil se celebra Nuestra Señora Aparecida. Este año se celebra el Tercer Centenario del hallazgo de la imagen por pobres pescadores. Recordamos las palabras del Papa Francisco a los Obispos brasileños en 2013, interpretando el mensaje de esta imagen y de su historia.

Aparecida: clave de lectura para la misión de la Iglesia

En Aparecida, Dios ha ofrecido su propia Madre al Brasil. Pero Dios ha dado también en Aparecida una lección sobre sí mismo, sobre su forma de ser y de actuar. Una lección de esa humildad que pertenece a Dios como un rasgo esencial, y que está en el adn de Dios. En Aparecida hay algo perenne que aprender sobre Dios y sobre la Iglesia; una enseñanza que ni la Iglesia en Brasil, ni Brasil mismo deben olvidar.

En el origen del evento de Aparecida está la búsqueda de unos pobres pescadores. Mucha hambre y pocos recursos. La gente siempre necesita pan. Los hombres comienzan siempre por sus necesidades, también hoy.
Tienen una barca frágil, inadecuada; tienen redes viejas, tal vez también deterioradas, insuficientes.
En primer lugar aparece el esfuerzo, quizás el cansancio de la pesca, y, sin embargo, el resultado es escaso: un revés, un fracaso. A pesar del sacrificio, las redes están vacías.

Después, cuando Dios quiere, él mismo aparece en su misterio. Las aguas son profundas y, sin embargo, siempre esconden la posibilidad de Dios; y él llegó por sorpresa, quizás cuando ya no se lo esperaba. Siempre se pone a prueba la paciencia de los que le esperan. Y Dios llegó de un modo nuevo, porque siempre Dios es sorpresa: una imagen de frágil arcilla, ennegrecida por las aguas del río, y también envejecida por el tiempo. Dios aparece siempre con aspecto de pequeñez.

Así apareció entonces la imagen de la Inmaculada Concepción. Primero el cuerpo, luego la cabeza, después cuerpo y cabeza juntos: unidad. Lo que estaba separado recobra la unidad. El Brasil colonial estaba dividido por el vergonzoso muro de la esclavitud. La Virgen de Aparecida se presenta con el rostro negro, primero dividida y después unida en manos de los pescadores.

Hay aquí una enseñanza que Dios nos quiere ofrecer. Su belleza reflejada en la Madre, concebida sin pecado original, emerge de la oscuridad del río. En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: ser instrumento de reconciliación.

Los pescadores no desprecian el misterio encontrado en el río, aun cuando es un misterio que aparece incompleto. No tiran las partes del misterio. Esperan la plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como partes de un mosaico, que vamos encontrando. Nosotros queremos ver el todo con demasiada prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe aprender esta espera.

Después, los pescadores llevan a casa el misterio. La gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio.

Los pescadores «agasalham»: arropan el misterio de la Virgen que han pescado, como si tuviera frío y necesitara calor. Dios pide que se le resguarde en la parte más cálida de nosotros mismos: el corazón. Después será Dios quien irradie el calor que necesitamos, pero primero entra con la astucia de quien mendiga. Los pescadores cubren el misterio de la Virgen con el pobre manto de su fe.

Llaman a los vecinos para que vean la belleza encontrada, se reúnen en torno a ella, cuentan sus penas en su presencia y le encomiendan sus preocupaciones. Hacen posible así que las intenciones de Dios se realicen: una gracia, y luego otra; una gracia que abre a otra; una gracia que prepara a otra. Dios va desplegando gradualmente la humildad misteriosa de su fuerza.

Hay mucho que aprender de esta actitud de los pescadores. Una iglesia que da espacio al misterio de Dios; una iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza. La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro. Hablamos de la misión, de Iglesia misionera. Pienso en los pescadores que llaman a sus vecinos para que vean el misterio de la Virgen. Sin la sencillez de su actitud, nuestra misión está condenada al fracaso.

La Iglesia siempre tiene necesidad apremiante de no olvidar la lección de Aparecida, no la puede desatender. Las redes de la Iglesia son frágiles, quizás remendadas; la barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes transatlánticos que surcan los océanos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres, porque siempre es él quien actúa.

Queridos hermanos, el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor. Ciertamente es necesaria la tenacidad, el esfuerzo, el trabajo, la planificación, la organización, pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes.

Otra lección que la Iglesia ha de recordar siempre es que no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, y se queda fuera, a las puertas del misterio, y, por supuesto, no consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo que no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios. A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible «pescar» a Dios en las aguas profundas de su misterio.

Una última anotación: Aparecida se hizo presente en un cruce de caminos. La vía que unía Río de Janeiro, la capital, con San Pablo, la provincia emprendedora que estaba naciendo, y Minas Gerais, las minas tan codiciadas por las Cortes europeas: una encrucijada del Brasil colonial. Dios aparece en los cruces. La Iglesia en Brasil no puede olvidar esta vocación inscrita en ella desde su primer aliento: ser capaz de sístole y diástole, de recoger y difundir.

Francisco

Texto completo en:  Francisco a los Obispos brasileños, 27 de julio de 2013

domingo, 8 de octubre de 2017

Fiesta Diocesana de Melo - María nos dice: "Aquí estoy"




Cuando yo iba a la escuela, la maestra pasaba lista diciendo el nombre de cada uno de los alumnos. A cada nombre, se oía la respuesta, en voz alta: ¡presente!
¿Qué significa estar presente? No se trata sólo de estar físicamente en un lugar. Estar presente de verdad es estar presente en cuerpo y alma, estar presente con todo mi ser, con toda mi atención, con toda mi disposición, con toda mi voluntad.
Hoy sabemos muchas formas de estar ausentes, incluso cuando parecemos estar allí… podemos alejarnos con nuestro pensamiento, podemos conectarnos –aparato mediante- con otra realidad lejana, incluso con otras personas y desconectarnos de aquellos que están allí junto a mí… que tal vez también se han ido lejos, de la misma forma… Podemos estar ausentes abandonando, claudicando, no asumiendo responsabilidades, desapareciendo, huyendo…

Hoy contemplamos a María, que dice, ante el anuncio del Ángel: “He aquí la servidora del Señor”. “He aquí”: “aquí estoy”. María está allí con todo su ser, con toda su disponibilidad. La misma virginidad de María tiene ese significado: ella es toda de Dios; porque Dios la ha elegido, pero también porque ella ha querido, libremente, estar enteramente disponible para Él.
Siendo toda de Dios, María es también toda nuestra. Ella también nos dice “aquí estoy”. Con su aparición sobre el Pilar, en Zaragoza, cuando todavía estaba en esta tierra, María dice “aquí estoy” al apóstol Santiago, que se disponía a abandonar la vieja Hispania ante el aparente fracaso de su misión. La presencia de la Madre reanima al apóstol desanimado, que continúa anunciando el Evangelio.
María le dice también “aquí estoy” a San Juan Diego, el indio que tomó otro camino para no volverse a encontrar ese día con la Señora que le había hablado el día anterior. Juan Diego está preocupado por ir a ayudar a su tío enfermo, y por eso no quiere entretenerse… pero María le dice: “¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre…?” Otra vez “aquí estoy”.
De una manera diferente, fragmentada, María dice presente desde las aguas a los humildes pescadores del río Paraíba, en el estado de San Pablo, Brasil. Aparece primero su cuerpo y luego su cabeza y “lo que estaba separado recobra la unidad”, como dijo Francisco a los Obispos brasileños. Desde entonces, hace 300 años, Nossa Senhora Aparecida dice “aquí estoy”.
Presente también para los niños, los sencillos, en Lourdes, en Fátima (este año se cumplen los cien años de sus apariciones) … o como nuestra Señora del Carmen, ofreciéndonos su escapulario como manto protector y signo de pertenencia a ella y a su Hijo.
De una manera muy sencilla y muy discreta, pero a la vez muy poderosa, María dice “aquí estoy”, en medio de nuestro pueblo: desde lo alto del Verdún como Inmaculada o desde su santuario en Florida como Virgen de los Treinta y Tres. Y subimos al cerro para encontrarla, y nos llevamos su pequeña imagen para tenerla en nuestras casas, reconociéndola como patrona del Uruguay.
Frente a los abandonos, frente a quienes nos han dejado por tomar otros rumbos, ella nos dice “Aquí estoy… ¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Ella no nos abandona.
Frente a los desánimos, las tristezas, los bajones, ella vuelve a decirnos “Aquí estoy” y su presencia nos consuela y nos reanima para seguir nuestra misión.
Con ella recordamos a quienes han vivido su Pascua y siguen presentes entre nosotros: el Diácono Víctor, el Padre Miguel.

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” dice Jesús. Él está presente ante el Padre… esté donde esté, siempre está en su Presencia. “No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió”… “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Son las palabras del Hijo de María, del Hijo de la que dice “He aquí la servidora del Señor: hágase en mi según tu Palabra”, es decir, que se haga en mí la voluntad de Dios.
“He aquí la servidora…” se traduce también como “he aquí la esclava”. Esclava es una palabra chocante para nosotros, por todas sus connotaciones negativas. Pero María no es “esclavizada”, sino que ella se hace “esclava”: no solo servidora, sino también propiedad del Señor. Ella sabe en qué manos se entrega y confía.
“Yo estoy entre ustedes como el que sirve” … “Yo no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos”. El Hijo de la servidora es también el servidor. “Se hizo servidor de todos”. Más aún, nos dice San Pablo, “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Filipenses 2,7)
Hacia Él nos dirige la mirada y la palabra de ella: “Hagan lo que Él les diga”, es la tercera gran palabra de María en el Evangelio. Nos lleva a Jesús, a su Hijo, para que lo escuchemos, para que lo sirvamos, reconociéndolo y sirviéndolo en nuestros hermanos.
Él nos convoca: “vengan y vean” y nos envía: “vayan y anuncien”. Volvamos siempre a Él, para encontrar consuelo, paz, sabiduría y fuerza. No recibimos esos dones para irnos tranquilos a nuestra casa y olvidarnos del resto del mundo. Al contrario: Cristo “nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Corintios 1,4). Compartamos, entonces, con nuestros hermanos, el tesoro que hemos encontrado, el tesoro de la fe que nos anima y da sentido a nuestra vida.

+ Heriberto, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)
Homilía en la fiesta diocesana

Homenaje al Diácono Víctor Gándaro en la fiesta diocesana




Mi nombre es Víctor Gándaro.
Mi Pastor es el Señor.
El que hace que nada me falte.
Su vara y su cayado me infunden aliento.
Por eso ya no temo ningún mal.
Ya no me asusta la muerte ni me inquieta la vida.

Mi nombre es Víctor Gándaro.
A Dios pedí sencillez y alegría.
Entonces Él puso en mi camino a la gente humilde de los barrios, a los enfermos, a los últimos, a los vecinos del Barrio 25, a los jóvenes de San Francisco Javier, al santo Padre Cacho Alonso, a mi esposa y a mi adorada hija.

Mi nombre es Víctor Gándaro.
Él prepara una mesa delante de mí.
Él ha ungido mi cabeza con aceita y mi copa rebosa.
Por eso mi mirada es de esperanza:
Que las situaciones y las personas cambien y mejoren.
Que los enfermos encuentren alivio.
Que los desempleados encuentren trabajo.

¿Cómo? ¿Que soy un soñador?
Soy y fui un soñador. Aposté por una Iglesia sencilla y comunitaria, con lugar para todos; centrada en Jesús. Coherente. Sensata.
Prediqué con mi vida la Buena Nueva.
Los que me conocieron “darán fe” de eso.
Y a los que no me conocieron les sigo contando:
Siempre pensé que no se puede adorar a Dios y al dinero. Por lo tanto, anduve ligero de equipaje, haciendo rodar por las calles de esta ciudad mi humilde bicicleta.

Mi nombre es Víctor Gándaro.
No espero fama ni gloria.
Ahora estoy vivo: ¡MÍRENME!
Ahora pido auxilio: ¡ESCÚCHENME!
Ahora estoy aquí: ¿ME VEN?

Lo cierto es que, un día, después de andar y desandar caminos, subí por última vez en mi bicicleta. Pedaleé desde mi barrio hasta el Barrio 25. Y mientras iba de camino una voz resonó en mi cabeza.
Entré en la Capillita. Leí, y aunque no lo crean aún hoy escucho decir que “leí” de una manera espectacular, como nunca antes lo había hecho. Aquella fue una celebración maravillosa. Profunda y evangélica, como siempre.
Cuando concluyó volví a pedalear. Llegué a casa, tendí sombre la cama mi cansado cuerpo y aquella voz volvió a resonar en mi cabeza. Y la voz decía:
“¡Portones! ¡Alzad los dinteles!
¡Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la Gloria!”
Entonces sentí que me hundía en un último e inevitable sueño.
Por eso, hermanos míos, ya no me pueden ver.
No lloren por mí, porque no estoy solo.
Ahora estoy junto a ÉL y les aseguro que nada me falta.
En lugares de verdes pastos me hace descansar.
Junto a aguas de reposo me conduce.

Siento que he combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado mi fe.
Mi nombre es Víctor Gándaro.