domingo, 4 de abril de 2010


Saludo de Pascua
del Obispo de Melo

Queridos diocesanos:

Cristo ha resucitado ¡Aleluya!

Con Jesús, puedo decir “he deseado ardientemente compartir esta Pascua con ustedes”, mi primera Pascua en la diócesis de Melo, este pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres.

En estos meses he podido hacerme presente más de una vez en cada una de las comunidades parroquiales, en los colegios católicos, los hogares de niños, y muchas de las capillas de los barrios y de las zonas rurales. Todos me han recibido con afecto y apertura. En mi misión me he sentido muy sostenido por la oración de ustedes.

Este año será en la diócesis la “bisagra” entre el anterior proyecto pastoral, que evaluaremos y celebraremos, y el nuevo, que buscaremos discernir con la participación de todos, bajo la guía del Espíritu Santo, mirando hacia 2019, centenario de la llegada a Melo del primer obispo.

El mundo y la Iglesia han vivido en estos primeros meses del año dolorosos sacudimientos. Junto a situaciones ya instaladas de conflicto, violencia, pobreza e injusticia, las catástrofes de Haití y Chile nos han conmovido y despertado nuestra solidaridad. Por otra parte, la Iglesia santa, pero formada por pecadores, ha puesto a la vista grandes llagas, en los crímenes cometidos por personas consagradas.
Frente a las facetas más dolorosas de la realidad, encuentro reconfortantes las palabras de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda: “las heridas de Cristo, transformadas por su sufrimiento redentor, son los instrumentos que han roto el poder del mal y nos hacen renacer a la vida y la esperanza. Creo firmemente en el poder curativo de su amor sacrificial —incluso en las situaciones más oscuras y desesperadas— que libera y trae la promesa de un nuevo comienzo”.
El Resucitado nos abre, siempre, la posibilidad de volver a empezar, con renovado ardor, la misión evangelizadora. Con esa esperanza, miramos hacia delante, pidiendo que nuestra comunidad diocesana reciba las fuerzas para ser “una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera”.

¡Feliz Pascua de Resurrección! Con cariño para todos ustedes, mi bendición:

+ Heriberto, obispo de Melo
Pascua en
la Virgen de la Rueca

A la altura del km 44 de la Ruta Nacional Nº 44, en la zona de Palleros, entra hacia la derecha un camino vecinal. A los 5 km, sobre el camino, se encuentra la Capilla Virgen de la Rueca, de propiedad privada, puesta generosamente por sus propietarios al servicio de la comunidad cristiana de la zona.
Siguiendo una tradición iniciada por su predecesor Mons. Luis del Castillo, Mons. Bodeant celebró allí la misa de Pascua, con la presencia de trabajadores y productores de la zona, y familiares y amigos de los mismos.

Vigilia Pascual en la Catedral de Melo

Vigilia Pascual
en la
Catedral de Melo


Homilía de Mons. Bodeant

Permítanme comenzar con dos recuerdos de infancia, que tal vez puedan ayudarnos a comprender lo que estamos celebrando…

Un primer recuerdo es el de un bautismo. No de mi propio bautismo que, como el de la mayoría de los que estamos aquí, fue celebrado siendo yo un bebé y a pedido de mis padres. Un precioso regalo que tuve que ir desenvolviendo a lo largo de mi vida… tan grande, que todavía no lo he terminado de desenvolver… No, mi recuerdo es el de un bautismo de otro bebé. Un chiquito en brazos de sus padres, un matrimonio “de campaña”. Llegaron hasta la parroquia de Young. Hablaron con el párroco a la salida de la misa, le dijeron que traían un niño para bautizar. El los llevó a la casa parroquial, les tomó los datos y allí mismo, en una pequeña piletita que estaba empotrada en una esquina del pequeño hall de entrada, el sacerdote hizo el bautismo. Todo eso en unos pocos minutos…

Un segundo recuerdo es, precisamente de lo que estamos celebrando hoy: la vigilia pascual. Comencé a ir a la vigilia pascual siendo niño, inclusive solo, cuando ya era más grande. Me fascinaba y me siguen fascinando sus signos: el fuego, el cirio encendido que va iluminando la oscuridad del templo. Las lecturas, especialmente el paso del Mar Rojo. La bendición del agua, sumergiendo en ella la base del cirio encendido. Las imágenes que estaban tapadas y se descubrían, como todavía se hace aquí. Todos esos signos me hablaban y me siguen hablando de un cambio profundo: Cristo que pasa de la muerte a la vida.

Sin embargo, fue muchos años después que empecé a entender la relación entre estos dos recuerdos que les he compartido. La vigilia pascual es ¡una liturgia bautismal!
La primera vez que, siendo párroco, recibí a mi Obispo en la parroquia para celebrar la vigilia pascual (algo totalmente excepcional), lo primero que me preguntó, con mucha expectativa, es si había bautismos. Yo, un poco avergonzado al notar su entusiasmo, le dije que no, que no teníamos bautismos. Mons. Daniel Gil me dijo entonces: “si no hay bautismos, la vigilia pascual ya perdió el 99 % de su significado… vamos a ver que hacemos con el resto”. Por eso, es una alegría para mí que esta noche, mi primera vigilia pascual en esta catedral, tengamos cinco bautismos.

Ahora, ¿Por qué me costó llegar a ver la relación entre bautismo y vigilia? Piensen en mi recuerdo del bautismo del bebé. ¿Qué idea puede hacerse uno, así, de la importancia y del significado del bautismo? Lo que yo había visto no era muy diferente de la bendición de una medallita… pero ¡se trataba de un sacramento! ¡El primer sacramento de la iniciación cristiana, la puerta a los otros sacramentos!
No es que el párroco de Young de aquel entonces fuera tan descuidado… Es que la importancia del Bautismo había ido quedando en el tiempo cada vez más escondida.

Para los primeros cristianos, no era así. El Bautismo llegaba como resultado de un camino de conversión y de formación, el catecumenado, de los cuales la comunidad era testigo. Y la vigilia pascual nos vuelve a esos tiempos de fundación de la Iglesia. Las lecturas que escuchamos son como un repaso de la catequesis que los catecúmenos tuvieron en su camino de preparación a su iniciación. Los distintos signos nos ayudan a comprender la vida cristiana. Cristo Luz nos comunica su luz y nosotros nos la vamos comunicando unos a otros.

Y llegamos al signo del agua. Y aquí es donde llegamos al sentido más profundo del Bautismo. Para entenderlo mejor, vayamos a la epístola que hemos escuchado. Dice San Pablo:
“¿No saben que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.”

Bautizados en Cristo, sumergidos en su muerte. Durante mucho tiempo, la Iglesia celebró el bautismo de esa forma: cada persona era sumergida totalmente en el agua. El bautizado vivía, no sólo espiritualmente sino también físicamente el sumergirse en la muerte de Cristo. Era sepultado por el agua. Hoy representamos eso vertiendo agua sobre la cabeza.

Pero, ¿qué era lo que quedaba sepultado? El que comparte. por el bautismo, la muerte de Cristo, muere al pecado. Esa palabra la repite tres veces San Pablo:
“nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejemos de ser esclavos del pecado. Porque el que está muerto no debe nada al pecado.”

Al compartir por el bautismo la muerte de Cristo, el nuevo cristiano deja atrás su vida pasada, lo que Pablo llama “el hombre viejo”. El hombre viejo está marcado por el pecado, es decir por todo aquello que lo separa de Dios y de los hermanos. Todo eso queda atrás.

Y con el bautismo empieza una vida nueva. Dice ahora San Pablo: “si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con Él en la Resurrección”.

Con esto, San Pablo, nos está diciendo dos cosas que nos importan.
De una parte, nos está diciendo que el Bautismo, al unirnos a Cristo, nos abre las puertas de la vida eterna, está poniendo la semilla de nuestra Resurrección para la vida eterna.
De otra parte, nos da un mensaje para ahora, para esta vida que hoy tenemos, nuestra vida terrena. El bautizado se ha unido a Cristo, y esa semilla de Resurrección comienza ya, desde ahora, una vida nueva en él. Así lo resume Pablo:
“ustedes considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”

Ahora bien, ustedes, igual que yo, nos encontramos con una realidad: estamos bautizados, pero el pecado sigue presente en nuestra vida. Tarde o temprano aparece. “Mostramos la hilacha”. Nadie que revise sinceramente su vida puede decir “yo no tengo pecado”.

Es que la semilla de la vida nueva del cristiano tiene que ser regada, tiene que crecer. Nuestra fe tiene que ser alimentada, buscando acrecentar siempre nuestra unión con Cristo y los hermanos en la comunidad, dejando que la vida nueva de Cristo en nosotros vaya tomando todo nuestro corazón, vaya matando nuestros egoísmos, nuestros resentimientos y rencores, nuestras falsedades: todo lo que hace a nuestro “hombre viejo”.

En la alegría de la Pascua, dejemos que la luz de Cristo resucitado llegue a todos los rincones de nuestra vida.

Los que ya estamos bautizados, renovemos sinceramente las promesas de nuestro bautismo.

Los que van a ser bautizados, dejen atrás todo lo que los apartó de Dios hasta hoy, y reciban con fe y alegría esta vida nueva que empieza para ustedes con el Bautismo, unidos por medio de él a Jesucristo muerto y resucitado por nosotros.

Todos, entonces, abramos nuestro corazón a Jesucristo, para seguirlo como verdaderos discípulos, de modo que la vida nueva que Él ha puesto en nosotros desde nuestro bautismo, crezca cada día más, como dice San Pablo en otra de sus cartas (Ef 4,13): “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo”.
Así sea.

viernes, 2 de abril de 2010

Viernes Santo
en la
Catedral de Melo


Comentario a la lectura de la Pasión según San Juan de Mons. Bodeant

Muy brevemente, vamos a recordar algunas de las palabras de Jesús en este relato de la pasión que acabamos de escuchar. Meditemos en estas palabras, dirigidas a nosotros hoy.

“¿A quién buscan?”
Al comienzo del Evangelio, hay una pregunta parecida, que Jesús hace a dos futuros discípulos que lo siguen: “¿Qué buscan?”
Jesús interpela nuestra fe. ¿Lo estamos buscando a Él? Nos está llamando a buscarlo de corazón, y a buscarlo en la verdad. No podemos buscar a un Jesús hecho a nuestro gusto, a nuestra medida. ¡Un Jesús sin cruz o un Jesús sin Resurrección! Un Jesús solamente humano, un Jesús solamente divino. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Verdadero Dios, verdadero hombre. El crucificado y el Resucitado. Siempre cercano, con un amor misericordioso y exigente.

“Tú lo dices. Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido a mundo, para dar testimonio de la verdad”.
Curiosa declaración de un hombre apresado y maniatado, a punto de ser condenado a muerte… Jesús es el Rey servidor, y su servicio es dar la vida en rescate por la multitud.
Unidos a Jesús, somos hechos Pueblo de Reyes, como expresa ese hermoso himno que cantamos a la entrada de la misa crismal: “Pueblo de Reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, Pueblo de Dios”. Pueblo de Reyes, Pueblo de Dios, para servir en Cristo a nuestros hermanos.

“El que es de la verdad, escucha mi voz”.
Jesús ya había usado esta expresión, al presentarse como el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas: mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. No seguirán a un extraño, porque no reconocen su voz.
Acompañando hoy a Jesús, en su camino de cruz y a la hora de su muerte, manifestamos que queremos ser de los suyos, de los que quieren seguirlo en la verdad.

“No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te hubiera sido dada desde lo alto”.
Desde lo alto: desde el Padre. Jesús no se somete a una autoridad humana arbitraria, que pretende tener poder para liberarlo o para condenarlo. Jesús se somete, con su más profunda libertad, al proyecto de amor del Padre, que es el único que puede realmente salvarlo y salvar a los hombres.
Discípulos de Jesús, nos confiamos al Padre, que es quien dispone todas las cosas para bien de los que Él ama.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo”
“Ahí tienes a tu madre”.

¿Qué más decir? Nos está señalando a nosotros, nos está señalando a María.
Los discípulos de Jesús la tenemos como nuestra madre, intercediendo por nosotros, cuidándonos, guiándonos hacia su Hijo, indicándonos “hagan lo que Él les diga”.

“Tengo sed”
Un día dijo Jesús a la mujer samaritana: “Dame de beber”.
San Agustín explica poéticamente, y la liturgia lo recoge en un prefacio de Cuaresma:
“Él mismo, cuando pedía a la Samaritana que le diera de beber, ya había infundido en ella el don de la fe; y si quiso tener sed de la fe de esa mujer, fue para encender en ella el fuego de su amor divino”.
Jesús tiene sed de nuestra fe, para encender en nosotros el fuego de su amor.

“Todo está cumplido”
La vida de Jesús ha culminado. Desde la Encarnación, hasta su último suspiro, toda su vida ha sido una continua entrega en las manos del Padre.
“Hágase tu voluntad”, nos enseñó Jesús a decirle al Padre.
Con Él, nos ponemos en las manos del Padre, pidiendo que se cumpla su voluntad en nuestras vidas.
Así sea.

Muerte y Resurrección de Cristo
¿un mensaje tan difícil?



Pasión y Pascua: La cumbre de nuestra fe


Llegó la semana Santa y Pascua, cumbre de nuestra fe.
En este momento tan especial de la vida cristiana, estamos invitados a redescubrir sin cesar la novedad que contiene el mensaje central de nuestra fe cristiana.

Pero con los acontecimientos, como la costumbre social de ir “de pesca”, o también las reacciones tan duras de la prensa respecto a la Iglesia católica en estos meses, nos dan a pensar que ¡no es tan fácil anunciar a un Dios que muere y resucita!

¿Por qué es tan difícil?

El mensaje de la Cruz, ya nos dice san Pablo, es “locura” y “escándalo”... La cruz, como signo de dolor, de sufrimiento, de verdad, es muy fuerte. Se ve en la práctica del viernes santo. Muchas costumbres sociales, que son buenas, marcan aquel día como un día de duelo, de sufrimiento, día muy respetado. Además, en nuestro pueblo, hay tanto sufrimiento, dolor, que uno puede sentirse más cerca de la cruz: cruz de la enfermedad, del duelo, de la incomprensión, de la injusticia... ¡tantas cruces que llevamos adentro! Por eso es que el Vía Crucis es tan concurrido.

En cambio, la Vigilia Pascual, ¡pasa casi desapercibida!
De verdad, no es una costumbre muy popular acudir a la iglesia en la noche santa de la resurrección.... ¡como si fuera más difícil creerlo! Sin embargo, no tiene menos importancia que el viernes Santo. Si hoy en día, podemos celebrar la muerte de Jesucristo, ¡es porque Él resucitó! Su presencia en medio de nosotros, no es un “mito” sino una realidad que brota de la resurrección. Pero es difícil, a veces, aceptarlo, creerlo; es que el mal y la muerte parecen tan victoriosos en nuestras vidas.

Parece que es así, también en la comunicación...

La Iglesia tiene como “vocación”, como “núcleo”, un “mensaje”, una “buena noticia” que hay que llevar a todas las naciones.
Pero muchos escándalos, respecto a abusos sexuales sobre menores, cometidos durante años anteriores, por sacerdotes en distintos países, aparecen hoy en día. Es de verdad un escándalo, y mas bien son crímenes. No hay que ocultarlo, al contrario. Lo hizo con mucha claridad, coraje y lucidez el Papa en una reciente carta publica a los católicos de Irlanda.

“Por mi parte, teniendo en cuenta la gravedad de estos delitos y la respuesta a menudo inadecuada que han recibido por parte de las autoridades eclesiásticas de vuestro país, he decidido escribir esta carta pastoral para expresaros mi cercanía, y proponeros un camino de curación, renovación y reparación... Que nadie se imagine que esta dolorosa situación se resuelva pronto. Se han dado pasos positivos pero todavía queda mucho por hacer. Necesitamos perseverancia y oración, con gran fe en la fuerza salvadora de la gracia de Dios.
Al mismo tiempo, debo también expresar mi convicción de que para recuperarse de esta dolorosa herida, la Iglesia en Irlanda, debe reconocer en primer lugar ante Dios y ante los demás, los graves pecados cometidos contra niños indefensos. Ese reconocimiento, junto con un sincero pesar por el daño causado a las víctimas y sus familias, debe desembocar en un esfuerzo conjunto para garantizar que en el futuro los niños estén protegidos de semejantes delitos.
Mientras os enfrentáis a los retos de este momento, os pido que recordéis la "roca de la que fuisteis tallados" (Isaías 51, 1). Reflexionad sobre la generosa y a menudo heroica contribución ofrecida a la Iglesia y a la humanidad por generaciones de hombres y mujeres irlandeses, y haced que de esa reflexión brote el impulso para un honesto examen de conciencia personal y para un sólido programa de renovación de la Iglesia y el individuo. Rezo para que, asistida por la intercesión de sus numerosos santos y purificada por la penitencia, la Iglesia en Irlanda supere esta crisis y vuelva a ser una vez más testimonio convincente de la verdad y la bondad de Dios Todopoderoso, que se manifiesta en su Hijo Jesucristo”. (N°2)

Sin embargo, los medios de comunicación en países como Estados Unidos o Europa, trataron de involucrar al Papa en una responsabilidad personal, mientras que él obliga a hacer la claridad, la verdad sobre este delito grave que mancha a toda la Iglesia. Eso lastima a la Iglesia, no solo en su “jerarquía”, sino más bien, en cada uno de sus miembros.

¿Por qué es así?

Sin pretender aportar todas las respuestas, me parece que hay varias razones:
- La fascinación del mal: el misterio del mal, como en el caso del escándalo, fascina. Quedamos “deslumbrados” por el mal, y corremos el riesgo de pensar que el mal es siempre “todopoderoso”. Es difícil no dejarse fascinar por el mal
- El escándalo: la manifestación del mal que deja tantas victimas por culpa de integrantes de la Iglesia, es un escándalo, que la Iglesia carga de verdad como una cruz.
- Nos olvidamos a menudo de predicar la Resurrección del Señor. La Resurrección del Señor, no es una “idea abstracta”, sino una realidad que toca nuestra vida. No es tampoco el “olvido” del mal, del pecado... sino que estas realidades no tienen más el poder último sobre la vida humana, dado que Cristo nos salvó del mal y de la muerte. Por su resurrección, Cristo nos abre el camino de la libertad, para salir del circulo vicioso del mal, y entrar en el circulo virtuoso de la vida plena, del bien.
Si la Iglesia no predica la resurrección de Cristo como una realidad que toca nuestras vidas, vacía es nuestra fe. Como le dice muy claramente San Pablo en la carta a los corintios:

"Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación no tiene contenido, como tampoco la fe de ustedes. Con eso pasamos a ser falsos testigos de Dios, pues afirmamos que Dios resucitó a Cristo, siendo así que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo pudo resucitar. Y si Cristo no resucitó, de nada les sirve su fe: ustedes siguen en sus pecados. Si nuestra esperanza en Cristo se termina con la vida presente, somos los más infelices de todos los hombres." (1 Corintios 15, 15-19).

Afirmar nuestra fe en la Resurrección de Cristo, no es una opción. Cada uno de nosotros estamos delante una elección: eligir la vida o la muerte. ¡Tratemos de elegir, cada vez, la vida!

P. Lucas (Párroco de la Catedral de Melo)

jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo en el Santo Sepulcro

El patriarca latino deplora los pecados de sacerdotes

JERUSALÉN, jueves 1 de abril de 2010 (ZENIT.org).- En la mañana de este Jueves Santo, en el Santo Sepulcro, Su Beatitud Fouad Twal, patriarca latino de Jerusalén, presidió la misa en la Cena del Señor, rodeado de unos doscientos sacerdotes, y de los peregrinos que llenaban el lugar santo.
La celebración eucarística tuvo lugar en un horario totalmente desacostumbrado en el resto del mundo, uniéndose también a la misa crismal, pues así lo prevé el status quo, el reglamento que determina en los santos lugares los horarios de las celebraciones para las diferentes iglesias cristianas.
En este Año Sacerdotal, el patriarca se dirigió en particular a los presbíteros de Tierra Santa para alentarles a responder "sí" a Cristo y deploró los pecados que han cometido los sacerdotes, convirtiéndose en motivo de escándalo.
El patriarca consagró el santo crisma y bendijo los óleos. A continuación, los presbíteros renovaron ante el patriarca sus promesas sacerdotales. Su Beatitud Fouad lavó los pies a doce varones, seis seminaristas de Beit Jala y seis hermanos franciscanos.
En la homilía, el patriarca se dirigió de manera particular a los sacerdotes, que estaban particularmente de fiesta, pues en este día del Año Sacerdotal la Iglesia revive la institución de la Eucaristía y del sacerdocio.
"Sin el sacerdocio no tendríamos al Señor entre nosotros", afirmó citando al Cura de Ars, y añadió citando a Benedicto XVI: "Sin el sacerdocio, la pasión y la muerte e Cristo serían inaccesibles, casi un sencillo recuerdo de un pasado lejano, sin actualidad ni eficacia para nuestras existencias".
"En este año -añadió--, además, la Iglesia deplora las debilidades, las desviaciones y los abusos de los sacerdotes, por quienes también nosotros pedimos perdón".
"La admisión de nuestras debilidades, imperfecciones y límites", aclaró, "constituye el primer paso y el más importante. Nuestra confesión y humildad ofrecen un buen ejemplo. El perdón del Señor y la comprensión de su grey nos ayudan y nos alientan", reconoció.
Por eso, Su Beatitud concluyó con esta exhortación a los sacerdotes: "Digamos nuevamente 'sí', repitiendo las promesas de nuestra ordenación sacerdotal y de nuestra consagración".
La misa concluyó con la procesión con el Santísimo Sacramento llevado por el patriarca, que rodeó tres veces la tumba de Jesús, escoltado por obispos, sacerdotes, franciscanos y seminaristas, mientras los fieles cantaban el "Pange lingua" con velas en la mano.
Mensaje de Pascua de los líderes
de las Iglesias en Tierra Santa
“Conocemos el poder de Dios para
sacar esperanza de la desesperación”
JERUSALÉN, jueves, 1 abril 2010 (ZENIT.org).- Los líderes de las Iglesias cristianas presentes en Tierra Santa han hecho público su Mensaje de Pascua, con el título “¡Ha resucitado. En verdad ha resucitado. Aleluya!”, en el que glosan el poder de la Resurrección frente a la desesperación, el mal y los poderes de este mundo.
Firman el mensaje los patriarcas Teófilo III, ortodoxo griego; Fouad Twal, latino; Torkom I Manoogian, armenio ortodoxo; Anba Abraham, copto ortodoxo; Swerios Malki Murad, sirio ortodoxo; Jules Zerey, greco melkita católico; Abouna Matthias, etíope ortodoxo; Paul Sayyah, maronita; Pierre Malki, sirio católico; el exarca armenio católico Rafael Minassian, y el padre Pierbattista Pizzaballa, OFM, custodio de Tierra Santa.
En su mensaje, los líderes expresan el deseo de compartir con los fieles cristianos “la Buena Nueva de la vida de nuestras Iglesias cristianas locales como un solo Cuerpo de Cristo que vive la fe en la resurrección cada día”.
Afirman que, por ello, su mensaje a los cristianos tanto los que están lejos como cerca es “de esperanza, ánimo y perseverancia”. “Sabemos –subrayan- las dificultades que tantos cristianos afrontan, tano aquí como en otras partes del mundo”.
“Conocemos el poder de la desesperación –afirman--. Conocemos el poder del mal. Conocemos el poder de los ‘principados y potestades’ de este mundo que promueve agendas de división y opresión para causar daño al pueblo de Dios en toda la creación de Dios. Nosotros, con vosotros, conocemos el poder del pecado y la muerte”.
“También sabemos del poder de la Resurrección –añaden--. Conocemos el poder de Dios para sacar esperanza de la desesperación. Conocemos el poder de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, para utilizar el perdón y el amor para vencer el mal. Conocemos el poder de Dios en Cristo para hacer frente a esos mismos ‘principados y potestades’ para promover la fe, el respeto mutuo, la compasión y el coraje para decir la verdad que beneficie a todo el pueblo de Dios. Conocemos el poder del perdón de los pecados para redimir las relaciones en las familias y entre la familia de las naciones. Conocemos el poder del don de la vida eterna para todos los que creen”.
“Los cristianos, en todas las generaciones, se enfrentan a muchos desafíos –recuerdan--. Nuestra generación actual no es diferente a los que nos han precedido. Nosotros, con ustedes, tenemos grandes responsabilidades y muchos obstáculos. La Iglesia cristiana se enfrenta a luchas aquí en esta tierra y sin embargo seguimos estando llenos de esperanza de que estamos al mismo tiempo en la Iglesia del Calvario y en la Iglesia de la Resurrección. Nuestra fe no está en el poder de la muerte, sino en el poder de la vida sacrificial de Cristo”.
“Os animamos a orar por nosotros y por todos vuestros hermanos y hermanas cristianos, las ‘piedras vivas’ de todas las tradiciones cristianas, aquí en la Tierra de el Santo. Les pedimos que oren por nosotros en nuestra lucha por la justicia, la paz y la reconciliación, de modo que cuando Jesús regrese, no volverá a llorar por Jerusalén, sino participar en nuestra alegría por la unidad, el respeto y el amor a toda la gente de Tierra Santa. Tened la seguridad, al mismo tiempo, de nuestras oraciones por vosotros”.
“Que el Dios único y viviente: Padre, Hijo y Espíritu Santo, os preserve y guarde, ahora y siempre. Amén”, concluyen.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Misa Crismal
en la Catedral de Melo









Homilía de Mons. Heriberto Bodeant,
Obispo de Melo


Queridos fieles, laicas y laicos venidos de todos los rincones de la diócesis, representando a sus comunidades.
Queridas religiosas, que nos enriquecen con sus carismas y nos animan con su entrega generosa.
Queridos seminaristas, que han dejado su Colombia natal para compartir este año con nosotros y juntos discernir los caminos del Señor para cada uno de ustedes.
Queridos diáconos, testigos entre nosotros de Cristo servidor de todos.
Queridos presbíteros; entre los que quiero saludar especialmente a quienes se han unido este año a nosotros, para compartir la tarea pastoral: el P. Romualdo, en la parroquia Virgen de los Treinta y Tres; el P. Juan Gastón, en la comunidad salesiana; el P. Nacho, que regresó de su servicio misionero, ahora en Río Branco. Saludo también, como comienzo de despedida, al P. Jorge, que partirá a Sao Grabriel de Cachoeira, en la Amazonia, para auxiliar a una diócesis aún más necesitada de sacerdotes que la nuestra.
Querido Mons. Roberto, que cumpliste el 19 de marzo tus 48 años de ordenación episcopal.
Todavía un especial saludo a quienes están siguiendo esta celebración a través de Radio María.
Queridos todos:

Esta Misa Crismal que estamos celebrando tiene dos grandes significados:
- es una manifestación de comunión y de unidad de la Iglesia diocesana
- es un signo de la estrecha unión de los presbíteros y los diáconos con el Obispo

Manifestación de comunión de la Iglesia diocesana, en la que el Obispo, como Padre y Pastor, tiene la delicada misión de bregar por construir y velar por sostener esa unidad, con la necesaria ayuda de los presbíteros y diáconos y, sobre todo, sostenido por la Gracia de Dios.
La consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos por el Obispo, junto con los sacerdotes, nos ayudan a ver la raíz de esa unidad. Con el Crisma serán ungidos los nuevos bautizados y los nuevos sacerdotes si los hubiera, y serán signados los que reciben la confirmación. Con el óleo de los catecúmenos se prepararán y dispondrán para el bautismo los nuevos catecúmenos. Con el óleo de los enfermos, éstos serán aliviados en sus enfermedades.
Todo esto hace de esta Misa algo único. Y no es posible que sea de otra manera. Cada parroquia celebra su vigilia pascual. Pero sólo puede haber una Misa crismal en toda la diócesis. Estemos felices, agradecidos, porque el Señor nos ha concedido estar hoy en esta catedral.

Porque esta Misa es única, aquí están todos los presbíteros y diáconos, expresando su estrecha unión entre sí y con el Obispo.
La unidad y la comunión de la Iglesia, la unión de los ministros ordenados con el Obispo son, antes que la relación de afecto, de amistad que podamos tener y que tenemos que cultivar, son un misterio. Esa comunión viene del llamado mismo de Jesús.

La palabra Iglesia quiere decir “convocatoria”. La Iglesia es un pueblo, una comunidad, una asamblea de personas que han sido llamadas simultáneamente: con-vocadas. Jesús dice: “no son ustedes los que me eligieron a mí: soy yo quien los elegí a ustedes” (1) y también podría decir: “no son ustedes los que se eligieron unos a otros: soy yo quien los elegí a ustedes”.
Sólo desde la convicción profunda de que el hermano que llega es alguien a quien el Señor también ha llamado, yo puedo aceptarlo y darle un lugar en mi corazón, y construir una amistad que tiene una base más profunda y aún más firme que la simpatía o la afinidad que podamos tener.
La base de esa amistad es la común-unión de todos nosotros con Cristo y en Cristo. Por medio de Él cada uno y cada una se une a los demás. Es en Él, que nos ha elegido y nos ha llamado, que estamos profundamente unidos como miembros de su cuerpo.

Esto que estoy diciendo vale para todos nosotros: fieles laicos, personas consagradas, ministros ordenados. Obispos incluidos, especialmente quien habla. La “conversión pastoral”, a la que el Espíritu nos empuja hoy en América Latina, empieza en lo más profundo del corazón, empieza en la apertura de corazón a los hermanos y hermanas y en el deseo de su presencia, con la convicción que también ellos han sido llamados por Jesús. Sólo así podremos ser una Iglesia que “se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera”. (2)

Pero estamos en el año sacerdotal, y permítanme que me dirija ahora de una manera especial a los presbíteros - y también a los diáconos - de nuestra diócesis.

El Papa Benedicto XVI eligió como lema para este año “Fidelidad de Cristo – fidelidad del sacerdote”. En primer lugar, la fidelidad de Cristo, porque sobre su fidelidad se construye y se sostiene la nuestra. ¿Cuál es la fidelidad de Cristo?
Es, ante todo, fidelidad al Padre. Fidelidad a la voluntad de misericordia y de salvación del Padre. En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús manifiesta, con la plenitud del Espíritu Santo, su total identificación con el proyecto amoroso del Padre. Ha sido enviado para anunciar la Buena Noticia a los pobres y proclamar la Gracia del Señor.
Por esa misma fidelidad al Padre, Jesús es fiel a los que el Padre le ha confiado. Jesús no vive para sí: viviendo para el Padre, vive para los demás.

El pasado Domingo de Ramos pudimos ver, en el relato de la Pasión según San Lucas, ese especial cuidado de Jesús sobre sus discípulos.
Uno de ellos ya ha cedido ante el tentador y no regresará. Pero quedan once que serán puestos a prueba. “Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas” (3), les dice Jesús durante la Última Cena. ¡Qué palabras más hermosas! ¡Qué reconocimiento tan grande! Estos discípulos ya no son los del entusiasmo de la primera hora, cuando dejaron todo y siguieron a Jesús. Aquel gesto decidido vale… pero, a esta altura del camino, hay quienes han abandonado al Maestro. Este pequeño resto es el que lo escucha ahora decir: “Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas”.

Sin embargo, falta ahora la prueba más grande. Fiel a sus discípulos, Jesús los previene, especialmente a Pedro:
“¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder zarandearlos como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos”. (4)
Ése es el Señor al que seguimos todos sus discípulos. Ése es el que nos ha llamado. Ése es el que nos sostiene. Y necesitamos que nos sostenga, porque las pruebas no han terminado aún.

Cuando fuimos ordenados sacerdotes, al entregarnos el cáliz y la patena para la celebración de la Eucaristía, el obispo nos dijo “considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.
No fuimos ordenados para nosotros mismos, ni para una mera celebración ritual de la Eucaristía, sino para buscar, con la ayuda de la Gracia, configurar cada día más nuestra vida con Cristo. Unirnos a su entrega al Padre y a los hermanos. Unirnos a Él para morir cada día a nosotros mismos, de manera que llegue la vida a los hermanos, como lo expresa San Pablo:
“Aunque vivimos, continuamente nos vemos entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, pero en ustedes la vida.” (5)

Esa entrega es la razón de ser de nuestro celibato. Renunciar al matrimonio, a compartir vida y afecto con una mujer, a trasmitir la vida para formar una familia, no puede hacerse simplemente como obediencia a una regla. Sólo puede ser vivido como respuesta total a un llamado que llena mi vida, que le da sentido a ese morir para dar vida y encontrar así la propia vida.
A esto podemos aplicar estas palabras del Papa Benedicto XVI:
“Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre.” (6)
Al renovar nuestras promesas sacerdotales, manifestamos que queremos vivir y asumir cada día más el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros, para realizarlo plenamente con la ayuda de su Gracia.

Al hacer todos juntos esta renovación, presbíteros y diáconos, estamos expresando también una realidad que tenemos que seguir profundizando. Se trata de la comunión entre nosotros, como clero de esta diócesis, servidores de la común-unión. Nuestra vida fraterna, nuestra unión en la oración y en la total cooperación, son necesarias para que el mundo conozca que el Hijo fue enviado por el Padre. (7)

No es fácil ser fiel a las promesas sacerdotales, no es fácil ser fiel a los votos religiosos… no es fácil ser fiel a las promesas matrimoniales. No se trata sólo de las tradicionalmente llamadas “tentaciones de la carne”. Hay otros ídolos: el poder, el tener, que pueden reemplazar a Dios en el centro de nuestra vida y convertir nuestra entrega en una mentira.
No es fácil ser fiel a Cristo y al Evangelio, si no es Él quien nos sostiene, si no nos dejamos sostener por Él, si no nos ayudamos fraternalmente unos a otros, valorando las distintas vocaciones y ayudándonos a vivirlas.

En el mundo de hoy, la Iglesia vive momentos sumamente dolorosos. Otros sacerdotes, hermanos nuestros, llamados como nosotros a conformar su vida con el misterio de la cruz de Cristo, han cometido actos pecaminosos y criminales abusando de niños y jóvenes indefensos. Más cerca de nosotros hemos visto que en estos últimos años, sin tanto escándalo, pero no sin sufrir ni provocar dolor, otros hermanos han abandonado el ministerio. A veces los sacerdotes no hablamos de esto, como si no quisiéramos reconocer que nos duele y nos cuestiona. Sin embargo, ¿hasta dónde ese silencio no nos va socavando por dentro?

Por eso, en esta Misa Crismal, en la que ustedes, presbíteros y diáconos, renovarán las promesas de su ordenación, los invito a que, en primer lugar, volvamos nuestra mirada a Jesucristo y lo contemplemos proclamando su misión y llamándonos de nuevo a tomar parte en ella.
Contemplando a Jesucristo, contemplar también, con sus ojos, el mundo de hoy. Sí, la Iglesia sufre, pero también nuestro mundo sufre. Dos pueblos hermanos han vivido terribles catástrofes, y eso no puede menos que conmovernos. Pero tiene que seguirnos conmoviendo, también, una humanidad fracturada por el conflicto, la injusticia, la desigualdad, que sigue reclamando nuestra solidaridad y nuestro compromiso.

“Siempre habrá pobres entre ustedes” (8), decía Jesús en el Evangelio que escuchamos el lunes. No lo decía para que nos acostumbráramos o desistiéramos de buscar con ellos una vida más digna para todos, sino todo lo contrario.

Miremos desde el corazón de Jesús a este mundo, a nuestro Uruguay, a nuestros hermanos arachanes y olimareños. A ellos nos ha enviado el Señor, especialmente a los que llevan la cruz del dolor, del sufrimiento, del duelo, de la enfermedad, de la incomprensión, de la injusticia, de todas las formas de pobreza.

En ellos nos invita el Señor a reconocer su rostro y a ellos nos envía para anunciar la Buena Noticia de salvación, liberación y vida plena. En esta tierra, donde hace 22 años Juan Pablo II proclamó el “Evangelio del trabajo” (9), queremos seguir anunciando y defendiendo la dignidad de todos los hijos e hijas de Dios, de cada una de sus vidas, desde su concepción hasta su fin natural, llamados a un destino trascendente.

Entregados al anuncio del Evangelio, a la celebración de los Sacramentos, a la guía y acompañamiento pastoral de comunidades misioneras, los ministros ordenados, obispos, presbíteros diáconos, encontramos nuestro camino de santificación, como nos lo enseña el Concilio Vaticano II. (10) A la vez, en la medida que crecemos en esa santidad, configurándonos con Cristo, podemos realizar con más fruto nuestro ministerio.

La larga historia de la Iglesia nos enseña que, en los momentos más difíciles y oscuros, Dios hizo surgir el testimonio luminoso de los santos. En este año sacerdotal, los presbíteros del clero diocesano y del clero regular, miramos a uno de esos grandes testigos: un hombre que sirvió al Señor y a sus hermanos desde su humilde parroquia rural. San Juan Bautista María Vianney, el Santo Cura de Ars. Y recordamos también, en nuestra diócesis, a tantos buenos y queridos sacerdotes, que gastaron su vida al servicio de los demás. Los restos de varios de ellos descansan en las parroquias o capillas donde vivieron hasta el final su entrega sin medida.

Animados por el recuerdo de todos ellos, renovemos con decisión nuestras promesas y, con el Cura de Ars, digamos una vez más: “Te amo, Dios mío, y deseo amarte hasta el último suspiro”. Jesucristo, “el Testigo fiel” que nos amó, nos purificó y nos sigue purificando de nuestros pecados, nos sostenga en este empeño. Así sea.

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(1) Juan 15,16
(2) Aparecida 370
(3) Lucas 22,28
(4) Lucas 22,31-32
(5) 2 Corintios 4,11-12
(6) (cf. Jn 8,32) Benedicto XVI, Caritas in Veritate, 1
(7) Juan 17,23
(8) Juan 12,8
(9) Juan Pablo II, homilía en la Celebración de la Palabra en la explanada del Barrio La Concordia, Viaje apostólico a Uruguay, Bolivia, Lima y Paraguay, Melo, domingo 8 de mayo de 1988.
(10) Cfr. Presbyterorum Ordinis 12
Via Crucis
de la Parroquia San José Obrero - Melo



Vía Dolorosa

Por la vía dolorosa, triste día en Jerusalén,
los soldados le abrían paso a Jesús,
más la gente se acercaba
para ver al que llevaba aquella cruz.

Las heridas le sangraban en la espalda del Señor;
su cabeza coronada de traición
y cada paso iba escuchando
la burla de aquel pueblo sin amor.

Por la vía dolorosa, que es la vía del dolor,
como oveja vino Cristo, Rey y Señor.
Y fue él quien quiso ir por su amor
por ti y por mí.
Por la vía dolorosa al Calvario y a morir.

Por la vía dolorosa, triste día en Jerusalén,
los soldados le abrían paso a Jesús,
más la gente se acercaba
para ver al que llevaba aquella cruz.

Por la vía dolorosa, que es la vía del dolor,
como oveja vino Cristo, Rey y Señor.
Y fue él quien quiso ir por su amor
por ti y por mí.
Por la vía dolorosa al Calvario y a morir.

La sangre que hoy nos limpia por Él
fue derramada por Él en Jerusalén.

Por la vía dolorosa, que es la vía del dolor,
como oveja vino Cristo, Rey y Señor.
Y fue él quien quiso ir por su amor por ti y por mí.
Por la vía dolorosa al Calvario y a morir.

Letra y música:
Billy Sprague y Niles Borob

Otra versión:

Por la vía dolorosa, triste día en Jerusalén,
los soldados le abrían paso a Jesús,
más algunos se acercaban
para ver al que llevaba aquella cruz.

Desangraban las heridas que en su espalda recibió,
con espinas coronaron a Jesús,
y su cuerpo tambaleaba
bajo el peso agonizante de esa cruz.

Coro:
Por la vía dolorosa, que es la vía del dolor,
como oveja vino Cristo, Rey y Señor.
Y fue él quien quiso ir por su amor por ti y por mí.
Por la vía dolorosa al Calvario fue a morir.

Por la vía dolorosa, la furiosa multitud:
"¡Crucifíquenle!" gritaban a Jesús,
pero algunos le lloraban
porque amaban al que llevaba esa cruz.

Coro:
Por la vía dolorosa, que es la vía del dolor,
como oveja vino Cristo, Rey y Señor.
Y fue él quien quiso ir por su amor por ti y por mí.
Por la vía dolorosa al Calvario fue a morir.

La sangre que el vertió en la cruz por mí
las calles manchó de Jerusalén.

Coro:
Por la vía dolorosa, que es la vía del dolor,
como oveja vino Cristo, Rey y Señor.
Y fue él quien quiso ir por su amor por ti y por mí.
Por la vía dolorosa al Calvario fue a morir.

Él murió por ti y por mí.
Él murió por ti y por mí.



La fe inquebrantable de Juan Pablo II

A cinco años de su partida

Benedicto XVI recuerda la fe inquebrantable de
Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, 30 MAR 2010 (VIS).-Ayer, 29 de marzo, Benedicto XVI presidió en la basílica de San Pedro la Santa Misa en sufragio del venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, fallecido el 2 de abril de 2005. La conmemoración se adelanta este año porque esa fecha coincide con el Viernes Santo.
El Santo Padre saludó en especial al cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia y secretario de Juan Pablo II, y a los numerosos peregrinos procedentes de Polonia, tierra natal del difunto pontífice.
En la homilía, el Papa comentó la parábola del profeta Isaías dedicada al siervo fiel, cuya firmeza es inquebrantable y cuya energía no desfallece hasta que no realice la tarea asignada. "Cuanto afirma el profeta -dijo el Santo Padre- lo podemos aplicar al amado Juan Pablo II: el Señor lo llamó a su servicio y, confiándole tareas de mayor responsabilidad cada vez, lo acompañó con su gracia y su asistencia continua. Durante su largo pontificado, se prodigó para proclamar el derecho con firmeza, sin debilidad o vacilación, sobre todo cuando debía medirse con resistencias, hostilidades o rechazos. Sabía que el Señor lo había tomado de la mano y esto le permitió ejercer un ministerio muy fecundo por el que una vez más damos gracias a Dios".
Benedicto XVI prosiguió citando el pasaje evangélico en que María de Betania, en casa de Lázaro, lava los pies de Cristo y los unge con su perfume, ofreciendo lo más precioso que tenía con un gesto de devoción profunda, mientras el aroma llega a todos los invitados a la cena. "El significado del gesto de María -afirmó el Papa-, que es la respuesta al Amor infinito de Dios, se difunde entre todos los convidados; cualquier gesto de caridad y devoción auténtica a Cristo no es solo un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino que atañe a todo el cuerpo de la Iglesia, es contagioso: infunde amor, alegría, luz".

"Toda la vida del venerable Juan Pablo II se desarrolló en el signo de esa caridad, de la capacidad de entregarse con generosidad y sin reservas, sin medida, sin cálculo. Le movía el amor por Cristo, al que consagró su vida, un amor superabundante e incondicional. Y precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en el amor, pudo hacerse compañero de viaje para el ser humano de hoy, difundiendo en el mundo el perfume del amor de Dios".


"Quien tuvo la alegría de conocerlo y frecuentarlo -dijo el Papa- pudo ver de cerca lo viva que estaba en él la certeza de "contemplar la bondad del Señor en la tierra de los vivientes", (...) certeza que lo acompañó en el curso de su existencia y que, de forma particular, se manifestó durante el último período de su peregrinación en esta tierra: la progresiva debilidad física, no mermó jamás su fe inquebrantable, su luminosa esperanza, su caridad ferviente. Se dejó consumir por Cristo, por la Iglesia, por el mundo entero: el suyo fue un sufrimiento vivido hasta el final por amor y con amor".


Por último, Benedicto XVI se dirigió a los fieles polacos. "La vida y la obra de Juan Pablo II -subrayó- son para vosotros motivo de orgullo. Sin embargo, hace falta que recordéis que supone también un llamamiento a ser fieles testigos de la fe, de la esperanza y del amor, que nos enseñó ininterrumpidamente".

lunes, 29 de marzo de 2010

Domingo de Ramos en Jerusalén

Jerusalén (Tierra Santa), 29 Mar. 10 (AICA)

Miles de peregrinos participaron de la procesión por la ciudad antigua de Jerusalén

Miles de peregrinos participaron ayer de la procesión por la ciudad antigua de Jerusalén, para recordar la entrada triunfal de Jesucristo, previa a su pasión, muerte y resurrección.

Los fieles cristianos se sumaron a la marcha que encabezó el patriarca de Jerusalén, monseñor Fuad Twal, desde el Monte de los Olivos hasta la ciudad amurallada. La procesión comenzó en la iglesia de Betfagé.

Llamamiento del Papa por la paz
“La paz es un don que Dios confía a la responsabilidad humana”, afirmó Benedicto XVI al lanzar un llamamiento por la paz en Jerusalén.

El Papa expresó este domingo su preocupación por la paz en Tierra Santa, en su homilía de la Misa de Ramos que recuerda la entrada de Cristo en Jerusalén, y antes de rezar el Ángelus.

“Nuestro pensamiento y nuestro corazón se dirigen de una manera particular a Jerusalén, donde se cumplió el misterio pascual”, dijo, antes del rezo de la oración mariana.

“Estoy profundamente entristecido por los recientes conflictos y por las tensiones verificadas una vez más en esa ciudad, que es patria espiritual de cristianos, judíos y musulmanes, profecía y promesa de esa universal reconciliación que Dios desea para toda la familia humana”, afirmó.

“La paz es un don que Dios confía a la responsabilidad humana, para que lo cultive a través del diálogo y el respeto de los derechos de todos, la reconciliación y el perdón”, prosiguió.

E invitó a orar “para que los responsables de la suerte de Jerusalén emprendan con valentía el camino de la paz y lo sigan con perseverancia”.

Recuerdo de su peregrinación
Durante su homilía, bajo el sol de la Plaza de san Pedro, el Papa se refirió a su peregrinación del año pasado a Tierra Santa, y destacó “tres significados”.

En primer lugar, que “la fe en Jesús no es una invención legendaria”. Después que, al peregrinar a Tierra Santa se va “como mensajeros de la paz, con la oración por la paz; con la invitación fuerte a todos a hacer en ese lugar, que lleva en su nombre la palabra “paz”, todo lo posible para que se convierta verdaderamente en un lugar de paz”.

Y apuntó también a un tercer aspecto relacionado con la vocación de los cristianos de Tierra Santa a promover la paz.

En este sentido, señaló: “Esta peregrinación es al mismo tiempo un estímulo para los cristianos a permanecer en el país de sus orígenes y a comprometerse intensamente en él por la paz”.