viernes, 11 de marzo de 2022

“Este es mi Hijo, el elegido, escúchenlo” (Lucas 9, 28b-36). II Domingo de Cuaresma.

Avanzamos en la Cuaresma y el evangelio nos presenta hoy el episodio conocido como la “transfiguración”. Es una palabra extraña, que nos llega desde el evangelio. Aunque se puede aplicar a otra realidad, no es fácil entenderla sin referencia a este pasaje bíblico.
El relato de Lucas tiene muchas resonancias de otros pasajes de la Palabra de Dios y también de su propio evangelio. Vamos a leerlo de a poco.

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.
Pedro, Santiago y Juan son los tres discípulos que se asombraron por la pesca milagrosa, al comienzo del evangelio (Lucas 5,10).
Junto con Andrés, ellos hacen parte de los cuatro primeros llamados.
Pedro, Santiago y Juan serán los únicos que entren con Jesús a la casa de Jairo, cuya hija acaba de morir. Ellos verán a Jesús devolverle la vida (Lucas 8,51).
En el evangelio de Mateo, son ellos tres quienes acompañarán a Jesús más de cerca en su oración en el Huerto de los Olivos (Mateo 26,37)
Ahora (9,28) son ellos tres los que lleva Jesús a la montaña, lugar privilegiado para vivir una experiencia de Dios.
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
Ese cambio de aspecto es la transfiguración. En su camino hacia la Pasión, este momento es como un remanso, en el que estos discípulos, especialmente cercanos a Jesús, vislumbran la realidad profunda de su Maestro. Es una imagen anticipada del resucitado que les hace asomarse al misterio de Dios presente en su Hijo.
Dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Moisés y Elías representan, respectivamente, la Ley y los Profetas, es decir, la Palabra de Dios tal como la conocían los israelitas. Hablan de la partida de Jesús: se refieren a su muerte y resurrección. La Ley y los Profetas, el conjunto que llamamos Antiguo Testamento prepara la venida de Jesús. Al final del evangelio de Lucas es el mismo Jesús quien hace notar esas referencias a los discípulos de Emaús:
Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. (Lucas 24,27)
¿Cómo vivieron esta experiencia los discípulos? Llama la atención que “tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos”. Sucede a veces que el sueño nos invade en momentos de oración o de adoración ante el Santísimo. Tal vez sucede porque el cansancio normal que podamos tener se junta con un momento de distensión, de corte de las actividades que nos mantienen atentos y en movimiento. Los discípulos superan la prueba. Se mantienen despiertos y ven a Moisés y Elías revestidos de gloria; pero, más importante aún, vieron a Jesús participando también de la gloria de Dios, que es lo que expresa la transfiguración. Los discípulos quieren prolongar ese momento y Pedro propone armar tiendas para Jesús y los dos hombres. “El no sabía lo que decía”. Lo que acaba de ver supera su entendimiento.
Inmediatamente, hay un cambio de escenario:
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.
El temor, aquí, es el profundo respeto ante lo sagrado. La nube es signo de la presencia de Dios. En el libro del Éxodo la nube aparece muchas veces como señal de Dios que va guiando a su pueblo. Pero Dios también ha puesto a un hombre, Moisés, al frente de su pueblo. Y para reforzar la confianza del pueblo en él, Dios le dice a Moisés:
«Yo vendré a encontrarme contigo en medio de una densa nube, para que el pueblo pueda escuchar cuando yo te hable. Así tendrá en ti una confianza a toda prueba». (Éxodo 19,9)
Ahora es otra vez, en medio de la nube, que Dios se hace oír. Y éstas son sus palabras:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.»
Ya no se trata de Moisés ni de Elías. Jesús no es uno más de los antiguos profetas: es el Hijo de Dios. Así lo manifiesta el Padre. Es a Jesús a quien hay que escuchar ahora: “escúchenlo”.
Al final del relato, queda Jesús solo. Ya no importan la montaña, la nube, ni siquiera la Ley y los Profetas: Jesús trae la palabra definitiva del Padre.
“en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo… Él es el resplandor de su gloria” (Hebreos 1,2-3)
Dos mil años de fe cristiana han producido un enorme patrimonio de historias, experiencias, imágenes, signos, ritos. Los sacramentos, las oraciones, las distintas corrientes de espiritualidad, las advocaciones y apariciones marianas, las vidas de santos y santas… podemos encontrar de todo y para todos los gustos; pero toda esa riqueza solo tiene sentido y cumple su finalidad si nos conduce al encuentro de Jesucristo. Sin Él, todo queda vacío. Con Él, todo se llena de su presencia.
Recemos juntos:
Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado,
alimenta nuestro espíritu con tu Palabra,
para que, después de haber purificado nuestra mirada interior,
podamos contemplar gozosos la gloria de su rostro.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Sábado 19 de marzo: San José

El próximo sábado celebraremos la solemnidad de San José, copatrono de la parroquia Santa María de los Ángeles y de una de las capillas de Progreso.
Nos dice el Papa Francisco: “José aparece como el custodio de Jesús y de María… con su vida, parece querer decirnos que siempre estamos llamados a sentirnos custodios de nuestros hermanos, custodios de quien se nos ha puesto al lado, de quien el Señor nos encomienda a través de muchas circunstancias de la vida.”

La formación de nuestros seminaristas

Nuestra diócesis cuenta con tres seminaristas, que muchos de ustedes conocen: Néstor, Sergio y Tomás. Su formación la hacen en el Seminario Interdiocesano Cristo Rey, en Montevideo, por donde hemos pasado casi todos los sacerdotes del clero secular del Uruguay.
El sábado 19 y domingo 20 se hará una colecta del Fondo Común Diocesano destinada, precisamente, a los gastos del Seminario.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 10 de marzo de 2022

“Ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mateo 5,20-26). Viernes de la primera semana de Cuaresma.

Para la formación de nuestros seminaristas. Colecta del Fondo Común Diocesano.

Seminario Interdiocesano Cristo Rey, Montevideo

Queridos hermanos y hermanas de nuestra Diócesis:

    En este tiempo de Cuaresma recordamos la generosa entrega de amor de Jesús. Él nos llama a intensificar la oración, desprendernos de lo superfluo practicando el ayuno y vivir la caridad con los hermanos más necesitados por medio de la limosna (Evangelio del Miércoles de Ceniza: Mateo 6,1-18).

    En estos días tan especiales de nuestra vida cristiana, me dirijo a Uds. para invitarlos una vez más a vivir en corresponsabilidad el caminar de nuestra Diócesis Canaria.

    El sábado 19 y domingo 20 de marzo se hará la primera colecta del Fondo Común Diocesano, destinada a los gastos del Seminario. Nuestra Diócesis cuenta con tres seminaristas, que muchos de Uds. conocen personalmente. El apoyo de Uds. es necesario para asegurar la continuidad de su formación.

    Desde ya agradezco su generosidad y, al mismo tiempo que nos alegramos por estos tres jóvenes que han respondido al llamado del Señor, sigamos rezando para que otros, al igual que ellos, descubran y sigan su vocación.

    Que el Señor nos dé a todos la Gracia de vivir una fructífera Cuaresma. Los bendice de corazón:

+ Heriberto, Obispo de Canelones


 

 

miércoles, 9 de marzo de 2022

“Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” (Mateo 7,7-12). Jueves de la primera semana de Cuaresma.

La Regla de Oro

El versículo que meditamos hoy es conocido como "la regla de oro". De distintas formas, se encuentra en las grandes religiones y corrientes espirituales en todo el mundo.

Para conocer más sobre esto, recomiendo ir a la página de Living Peace (en español) donde se puede leer las diversas formulaciones de esta ley moral universal. La primera de ellas viene de la India y tiene ya cinco mil años de antigüedad.

Living Peace es un movimiento fundado por el focolarino Carlos Palma, un hijo de nuestra diócesis canaria que estuvo visitándonos el año pasado y dándonos a conocer su organización.

Ser un signo de conversión (Lucas 11,29-32). Miércoles de la primera semana de Cuaresma.

martes, 8 de marzo de 2022

"Dios es Padre, más aún, es madre". Un recuerdo de Juan Pablo Primero, en tiempos de convulsión mundial.

Misa ofrecida por la Legión de María,
en el Día Internacional de la Mujer

Homilía

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Este 8 de marzo, día internacional de la mujer, la Legión de María, como lo ha hecho en otros años, ha invitado a la comunidad a participar en la Eucaristía.
Nos reunimos pues, para escuchar la Palabra de Dios que ilumina nuestra vida. Para orar juntos por las necesidades de la Iglesia y del mundo y para recibir a Jesús, Pan de Vida, que alimenta nuestro amor.

El evangelio nos presenta al Señor enseñando la oración que nos identifica a sus discípulos: el Padre Nuestro.
Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, se dirige a Dios desde una profunda intimidad, llamándolo Padre.

Y en esa unión íntima con su Padre quiere incluirnos a nosotros y por eso nos enseña a llamar a Dios “Padre nuestro”: No dice: “mi padre” o “padre mío”, sino “Padre nuestro”. De esa forma, al rezar como Jesús nos enseñó, aunque lo hagamos en soledad, podamos sentirnos unidos a todos los hermanos y hermanas que comparten nuestra fe.
De esta y de muchas otras formas, Jesús fue revelando a sus discípulos el rostro del Padre: el rostro de la Misericordia, reflejado en su Hijo.

Sin embargo, cuando vemos, una vez más, a la humanidad sufrir y angustiarse ante las convulsiones de la guerra, puede ocurrir que, por momentos, dudemos de la presencia y la cercanía del Padre, dudemos de su misericordia.
Vale la pena recordar la reflexión de un Papa -después diré cuál- un Papa del siglo XX, que hacía referencia a una de las tantas conversaciones de paz entre países en guerra. En ese momento estaban reunidos los primeros mandatarios de tres países: Estados Unidos, Israel y un importante país árabe.

Frente a la duda sobre la presencia de Dios, el Papa recordó enseñanzas de cada una de las tres religiones a las que podían referirse aquellos gobernantes.

Del mundo musulmán, una imagen de la mirada y la memoria de Dios: «en una noche negra, hay una piedra negra y sobre la piedra, una hormiga insignificante; pero Dios la ve, Dios no la olvida».
Del mundo cristiano, las palabras del Evangelio: «Llamen y se les abrirá, pidan y se les dará. Ni un cabello de su cabeza caerá sin la voluntad de su Padre que está en los cielos»
Del mundo hebreo, una enseñanza del Antiguo Testamento. En momentos difíciles, recuerda el papa, el pueblo “se dirigió al Señor lamentándose y diciendo: «Nos has abandonado, nos has olvidado». «No», respondió Dios, por medio del profeta Isaías: «¿Puede acaso una madre olvidar a su hijo? Pero si sucediera esto, Dios jamás olvidará a su pueblo».” (1)
Los seres humanos, continuó diciendo el papa “somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que Dios tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche.” Y agregó el Santo Padre: “Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien, a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivo para que la madre los ame. Igualmente nosotros, si acaso estamos enfermos de maldad o fuera de camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor.”

Era el 10 de septiembre de 1978. El Papa era Albino Luciani, quien al ser elegido tomó el nombre de Juan Pablo, en recuerdo de sus dos predecesores.
Con el corazón lleno de esperanza, aquel Juan Pablo, el primero, invitó a los fieles a rezar por la paz, a rezar a un Dios que es Padre y Madre.

Hoy, Francisco nos dice, en esta Cuaresma, que “no nos cansemos de hacer el bien”; no nos cansemos de rezar, pero no nos cansemos tampoco de hacer gestos concretos de amor, de hacer el bien a nuestros hermanos. La guerra entre Rusia y Ucrania es a la vez, lejana y cercana. Los medios de comunicación nos la acercan y la colocan en primer plano, pero sigue estando a miles de kilómetros. Mientras tanto, más cerca o más lejos, hay otras guerras de las que nadie habla, muchas veces entre pueblos pobres y marginales que no pesan en la economía mundial; pero, allí también, hay hermanos y hermanas que sufren. Son la hormiga negra sobre la piedra negra que, en medio de la noche, solo Dios ve y recuerda.

Pero no tenemos que irnos muy lejos… alrededor de nosotros sigue habiendo mucho dolor silencioso. Hoy, por ser este día 8 de marzo, podemos pensar especialmente en el sufrimiento de muchas mujeres: niñas, jóvenes, adultas, ancianas, víctimas de injusticias y violencias, en situaciones difíciles, en soledad y desvalimiento… Pero recordemos que no son solo mujeres quienes sufren situaciones como ésas.

No podemos resolver todos los problemas, no podemos hacernos cargo de todos los dolores del mundo. Pienso en la Misión de la Legión de María, misión de servicio en la caridad, pero que es también misión de todo cristiano: habrá una situación, o más de una, en la que, con la ayuda de la Santísima Virgen, podremos ser el ojo de Dios que ve en la noche, el rostro de la misericordia del Padre y su mano paterna y materna que llega para consolar y sanar. Que así sea.

+ Heriberto

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(1) Juan Pablo I, Ángelus, 10 de septiembre de 1978. Los mandatarios eran el presidente Jimmy Carter, el presidente de Egipto Anwar el-Sadat y el primer ministro israelí Menájem Beguín. Sus negociaciones concluyeron en los acuerdos de Camp David que terminaron las hostilidades entre Israel y Egipto, aunque dejaron otras situaciones sin resolver, al menos de forma adecuada, que traerían posteriormente otros conflictos.


“El Padre de ustedes sabe bien qué es lo que les hace falta” (Mateo 6,7-15). Martes de la primera semana de Cuaresma.

 

lunes, 7 de marzo de 2022

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mateo 6, 12). Palabra del Mes, Marzo 2022.

 

La palabra de vida de este mes está tomada de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, el Padre Nuestro. Se trata de una oración hondamente arraigada en la tradición judía. Los judíos también llamaban a Dios, y lo siguen haciendo, “Padre nuestro”.

En una primera lectura, las palabras de esta frase nos hieren: ¿podemos pedirle a Dios que perdone nuestras ofensas, como sugiere el texto griego, así como nosotros podemos hacerlo con los que nos han ofendido? Nuestra capacidad de perdón es siempre limitada, superficial, condicionada.
Si Dios nos tratara acorde con nuestra medida, estaríamos condenados.

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.”

Sin embargo, son palabras importantes que expresan ante todo la conciencia de tener necesidad del perdón de Dios, que el mismo Jesús entregó a los discípulos, y por lo tanto a todos los bautizados, para que con ellos puedan dirigirse al Padre con sencillez de corazón.

Todo surge del descubrimiento de que somos hijos en el Hijo, hermanos e imitadores de Jesús, quien fue el primero en hacer de su vida un camino de adhesión cada vez más plena a la voluntad amorosa del Padre.

Solo después de haber admitido el don de Dios, su amor sin medida, podemos pedirle todo al Padre, para volvernos cada vez más semejantes a él, incluso en la capacidad de perdonar a nuestros hermanos y hermanas con un corazón generoso, día tras día.

Todo acto de perdón es una elección libre y consciente, que debe renovarse siempre con humildad. Nunca es un hábito, sino un camino exigente, por el que Jesús nos hace rezar todos los días, así como pedir por el pan.

“Perdona nuestra ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.”

Cuántas veces las personas con las que convivimos: en la familia, en el barrio, en el trabajo o en el estudio, nos pueden haber hecho un mal y nos cuesta retomar una relación positiva. ¿Qué hacer? Ahí es cuando podemos pedir la gracia de imitar al Padre:

“Levantémonos por la mañana con una completa ‘amnistía’ en el corazón, con ese amor que lo cubre todo, que sabe recibir al otro tal como es, con sus limitaciones, sus dificultades, tal como lo haría una madre con su hijo que se equivoca: siempre lo disculpa, siempre lo perdona, siempre espera en él... 

Acerquémonos a cada uno viéndolo con ojos nuevos, como si nunca hubiera cometido esos defectos. Empecemos de nuevo cada vez, sabiendo que Dios no solo perdona, sino que olvida: esa es la medida que también exige de nosotros” .

Es una meta elevada, hacia la cual podemos caminar con la ayuda de la oración confiada.

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.”

Toda la oración del Padre Nuestro tiene entonces la perspectiva del “nosotros”, de la fraternidad: pido no solo por mí, sino también por y con los demás. Mi capacidad de perdón se sustenta en el amor al prójimo y mi amor puede sentir de alguna manera precisamente el error del hermano como propio: tal vez también dependa de mí, tal vez no he hecho toda mi parte para que se sienta aceptado, comprendido.

En Palermo, ciudad italiana, algunas comunidades cristianas viven una intensa experiencia de diálogo, que les exige superar ciertas dificultades. 

Cuentan Biagio y Zina: “Un día un pastor amigo nos invitó a lo de unas familias de su iglesia, que no nos conocían. Habíamos llevado algo para compartir en el almuerzo, pero esas familias dejaron en claro que el encuentro no era muy bienvenido. Con delicadeza, Zina les dio a probar algunas de sus especialidades que había cocinado y al final almorzamos juntos. Después del almuerzo, comenzaron a señalar las fallas que veían en nuestra Iglesia. Como no queríamos entrar en una guerra verbal, dijimos: ‘¿qué defecto o diferencia entre nuestras Iglesias puede impedir que nos amemos?’. Acostumbrados a las continuas diatribas, quedaron asombrados y desarmados ante tal respuesta y empezamos a hablar del Evangelio y de lo que nos une, que ciertamente es mucho más que lo que nos divide. Cuando llegó el momento de despedirnos, ya no querían que nos fuéramos; en ese momento propusimos rezar el Padre Nuestro, durante el cual sentimos con fuerza la presencia de Dios, nos hicieron prometer que volveríamos porque pretendían presentarnos al resto de la comunidad y así fue durante todos estos años”.

Letizia Magri


domingo, 6 de marzo de 2022

Nuevo párroco en la Catedral Nuestra Señora de Guadalupe, Canelones.

 

Homilía del Obispo de Canelones

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Estamos reunidos ante el altar para celebrar al Señor, que se hace presente en medio de nosotros y, en ese marco, recibir al nuevo párroco de Canelones.
El P. Renzo llega desde Sauce para guiar y acompañar esta comunidad parroquial que tiene como patrona a Nuestra Señora de Guadalupe.

Estamos celebrando el primer domingo de Cuaresma. Nuevo tiempo litúrgico, nueva etapa de esta comunidad; siempre bajo el amparo de María. Con ella, primera discípula misionera, nos sentimos llamados a seguir a Jesús y nos dejamos llevar por ese camino de la mano de su Madre.

Es un camino en el que encontramos, en la vida familiar y laboral, en la vida de nuestra sociedad y en el mundo de hoy, pruebas y tentaciones que, a veces, logran apartarnos de Jesús o, al menos, enlentecen o entorpecen nuestros pasos. Frente a esas dificultades, quienes venimos a esta iglesia catedral, tenemos presentes las palabras de consuelo que encontramos al entrar, junto a la imagen de María: “¿Por qué te acongojas, hijo? ¿Acaso no soy tu Madre?”.
Es en la vida parroquial, en la comunidad, donde encontramos luces y fuerzas. No porque aquí estemos los más buenos, sino porque aquí está el que ha venido a buscar, a sanar y a salvar a los pecadores.
Aquí está Jesús, en medio de nosotros, hablándonos desde su Palabra, que aclamamos como “Palabra del Señor”. Aquí está María que nos dice “Hagan lo que Él les diga”.

Aquí esta Jesús, en medio de nosotros, dándose como alimento en el Pan de Vida.
Los sacerdotes hemos sido llamados, principalmente, para hacer presente a Jesús en la Eucaristía y para comunicar su perdón a través del sacramento de la reconciliación. Para eso está el Padre Renzo; para eso estuvo aquí el Padre Luis Eduardo, así como quienes los precedieron y quienes vendrán después. La Eucaristía y la Reconciliación están en el centro de nuestra misión sacerdotal, porque en estos dos sacramentos se hace presente el mismo Jesús para perdonar, iluminar y alimentar a su pueblo.

La Iglesia, el Pueblo de Dios, la comunidad eclesial, no la forman solo los ministros ordenados, sino todos los bautizados. Los ministros, más bien, estamos al servicio del Pueblo de Dios; cada uno de nosotros dedicado en forma especial a la comunidad que le ha sido confiada.

En este tiempo, el Papa Francisco nos ha invitado a reflexionar sobre algo que hace a la vida del Pueblo de Dios: nuestro caminar juntos. Hablamos de sínodo, sinodalidad, Iglesia sinodal. “Sínodo” significa “caminar juntos”. El modelo del caminar juntos lo encontramos en el libro del Éxodo, que presenta al Pueblo de Dios caminando durante 40 años, en el desierto, hacia la tierra prometida.

Nosotros, nuevo Pueblo de Dios, peregrinamos en esta vida hacia la Casa del Padre, hacia la Patria celestial.
Caminar juntos significa no dejar a nadie atrás; saber esperar a los que van más despacio, ayudar a quienes tienen menos fuerzas. Caminar juntos significa dejar también que algunos se adelanten, que con la ayuda del Espíritu Santo exploren lo que está por venir, pero sin separarse al punto de perder contacto con el gran grupo de los que van a una marcha moderada y pareja.
Los pastores hacemos también parte de esa marcha. Como guías, en nombre de Jesús, pero también como parte del Pueblo fiel al que queremos escuchar y del que queremos aprender.

En el evangelio hemos escuchado el relato de las tentaciones de Jesús.
Las tres tentaciones tienen el mismo fin: apartar a Jesús de su misión, romper su comunión con el Padre. Las tres son, por supuesto, engañosas. Pero hay una de ellas que me parece la más terrible de todas, aunque, al mismo tiempo, podríamos decir que es aquella en la que el tentador “se saca la careta”, es decir, él mismo se desenmascara, mostrando la mayor y peor de sus pretensiones: tomar el lugar de Dios.

Miremos antes las otras dos tentaciones.
Cuando el demonio le propone a Jesús transformar una piedra en pan, le está sugiriendo algo que Jesús podría hacer por él mismo, tal como más adelante cambiará el agua en vino o multiplicará panes y peces.
Cuando le dice de tirarse de lo alto del templo y ser recogido por los ángeles, el tentador está dejando lugar a la acción de Dios.
Pero cuando Satanás le ofrece a Jesús el poder y los reinos de la tierra, le pide algo francamente alevoso:
«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos (…) si tú te postras delante de mí…»
La respuesta de Jesús es contundente:
«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Postrarse… postrarse es un acto de una gran intensidad, que involucra toda la persona, todo su cuerpo, su mente, su alma. Es tenderse en el suelo, boca abajo, y permanecer allí durante cierto tiempo. Es expresión de humildad. Es el mayor gesto corporal de adoración.
La postración forma parte del sacramento del orden: se postra el que va a ser ordenado diácono, presbítero u obispo. Mientras el ordenando está postrado se cantan las letanías, invocando a los santos y santas como intercesores por el nuevo ministro y por todo el pueblo de Dios.
La postración es también parte del ritual del Viernes Santo y la realiza el celebrante frente al altar, después de entrar a la celebración caminando en silencio.
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Luego de la lectura de su nombramiento y de la firma del acta correspondiente, el Padre Renzo va a renovar sus promesas sacerdotales, las promesas que hizo en su ordenación. Es su compromiso con el Señor que lo eligió y lo llamó para servir a Dios y a sus hermanos. Es un acto de libertad y, al mismo tiempo, es ponerse nuevamente confiado en las manos del Padre Dios que lo llamó a este ministerio por medio de su Hijo y de la Iglesia.
Hagamos ahora un momento de silencio y oremos por el Padre Renzo y por la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Que este tiempo de Cuaresma que la comunidad y el párroco están iniciando juntos los ayude a todos a acercarse al Señor cada día más como verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad. Así sea.

Asumió el nuevo párroco de Inmaculada Concepción de Pando.


Homilía del Obispo de Canelones.

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Estamos reunidos esta mañana para recibir al nuevo párroco de Pando. El P. Luis Eduardo Ríos no es para esta comunidad un desconocido, aunque su presencia aquí fue en sus tiempos de seminarista, hace ya unos cuantos años… Fue también en esta iglesia parroquial donde recibió la ordenación sacerdotal el 28 de mayo de 1995. Así pues, dentro de tres años, él espera poder celebrar con ustedes sus 30 años de sacerdocio.

Él viene ahora para guiar y acompañar esta comunidad parroquial que tiene como patrona a María Inmaculada. Y no solo como patrona, sino como vecina pandense: aquí se dice que María fue la primera pobladora de Pando. Ocho años antes de que se formara el pueblo, ya estaba la capillita en honor de la Inmaculada Concepción de María, construida en 1780. El título de la capilla era expresión de la fe del Pueblo de Dios, sostenida por siglos hasta ser reconocida y declarada solemnemente como parte de nuestra fe católica por el Papa Pío Nono, en 1854: “que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción … en atención a los méritos de Cristo-Jesús”. Pocos años después de esa declaración, el 8 de diciembre de 1869 fue inaugurado el templo parroquial que hoy nos alberga.

En esta casa, casa de Jesús, casa de su Madre y Madre nuestra, estamos celebrando el primer domingo de Cuaresma. Nuevo tiempo litúrgico, nueva etapa de esta comunidad; siempre bajo el amparo de María.
Con ella, primera discípula misionera, nos sentimos llamados a seguir a Jesús y nos dejamos llevar por ese camino de la mano de su Madre.
Es un camino en el que encontramos en la vida familiar, laboral y social dificultades y tentaciones que, a veces, logran apartarnos de Jesús o, al menos, enlentecen o entorpecen nuestros pasos.
Es en la vida parroquial, en la comunidad, donde encontramos luces y fuerzas. No porque aquí estemos los más buenos, sino porque aquí está el que ha venido a buscar, a sanar y a salvar a los pecadores. Aquí está Jesús, en medio de nosotros, hablándonos desde su Palabra, que aclamamos como “Palabra del Señor”. Aquí está María que nos dice “Hagan lo que Él les diga”.

Aquí esta Jesús, en medio de nosotros, dándose como alimento en el Pan de Vida.
Para hacer presente a Jesús en la Eucaristía y para comunicar su perdón a través del sacramento de la reconciliación hemos sido llamados los sacerdotes. Para eso está el Padre Luis Eduardo; para eso estuvieron aquí el Padre Williams y el Padre Marcelo, así como quienes los precedieron y quienes vendrán después. La Eucaristía y la Reconciliación están en el centro de nuestra misión sacerdotal, porque en estos dos sacramentos se hace presente el mismo Jesús para perdonar, iluminar y alimentar a su pueblo.

La Iglesia, el Pueblo de Dios, la comunidad eclesial, no la forman solo los ministros ordenados, sino todos los bautizados. Los ministros, más bien, estamos al servicio del Pueblo de Dios, cada uno dedicado en forma especial a la comunidad que le ha sido confiada.

En este tiempo, el Papa Francisco nos ha invitado a reflexionar sobre algo que hace a la vida del Pueblo de Dios: nuestro caminar juntos. Hablamos de sínodo, sinodalidad, Iglesia sinodal. “Sínodo” significa “caminar juntos”. El modelo del caminar juntos lo encontramos en el libro del Éxodo, que presenta al Pueblo de Dios caminando en el desierto hacia la tierra prometida.

Nosotros caminamos como el nuevo Pueblo de Dios que peregrina hacia la Casa del Padre.
Caminar juntos significa no dejar a nadie atrás; saber esperar a los que van más despacio, ayudar a quienes tienen menos fuerzas. Caminar juntos significa dejar también que algunos se adelanten, que con la ayuda del Espíritu Santo exploren lo que está por venir, pero sin separarse al punto de perder contacto con el gran grupo de los que van a una marcha moderada y pareja.
Los pastores hacemos también parte de esa marcha. Como guías, en nombre de Jesús, pero también como parte del Pueblo fiel al que queremos escuchar y del que queremos aprender.

En el evangelio hemos escuchado el relato de las tentaciones de Jesús.
Las tres tentaciones tienen el mismo fin: apartar a Jesús de su misión. Las tres son, por supuesto, engañosas. Pero hay una de ellas que me parece la más terrible de todas, aunque, al mismo tiempo, podríamos decir que es aquella en la que el tentador “se saca la careta”, es decir, él mismo se desenmascara, mostrando la mayor y peor de sus pretensiones: tomar el lugar de Dios.
Miremos antes las otras dos tentaciones.
Cuando el demonio le propone a Jesús transformar una piedra en pan, le está sugiriendo algo que Jesús podría hacer por él mismo, tal como más adelante cambiará el agua en vino o multiplicará panes y peces.
Cuando le dice de tirarse de lo alto del templo y ser recogido por los ángeles, el tentador está dejando lugar a la acción de Dios.
Pero cuando Satanás le ofrece a Jesús el poder y los reinos de la tierra, le pide algo francamente alevoso:
«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos (…) si tú te postras delante de mí…»
La respuesta de Jesús es contundente:
«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Postrarse… postrarse es un acto de una gran intensidad, que involucra toda la persona, todo su cuerpo, su mente, su alma. Es tenderse en el suelo, boca abajo, y permanecer allí durante cierto tiempo. Es expresión de humildad. Es el mayor gesto corporal de adoración.
La postración forma parte del sacramento del orden: aquí mismo estuvo postrado, en su momento, el Padre Luis Eduardo. Mientras el ordenando yace se cantan las letanías, invocando a los santos y santas como intercesores por el nuevo ministro y por todo el pueblo de Dios.
La postración es también parte del ritual del Viernes Santo y la realiza el celebrante frente al altar, después de entrar a la celebración en medio del silencio de la asamblea.
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Dentro de instantes, el Padre Luis Eduardo va a renovar sus promesas sacerdotales, las promesas que hizo en su ordenación. Es su compromiso con el Señor que lo eligió y lo llamó para servir a Dios y a sus hermanos. Es un acto de libertad y, al mismo tiempo, es ponerse nuevamente confiado en las manos del Padre Dios que lo llamó a este ministerio por medio de su Hijo y de la Iglesia.
Hagamos ahora un momento de silencio y oremos por el Padre Luis Eduardo y por la parroquia de la Inmaculada Concepción de Pando. Que este tiempo de Cuaresma que la comunidad y el párroco están iniciando juntos los ayude a todos a acercarse al Señor cada día más como verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad. Así sea.