miércoles, 25 de febrero de 2015

II Domingo de Cuaresma: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo."


Evangelio del II domingo de Cuaresma

64. El pasaje evangélico del II domingo de Cuaresma es siempre la narración de la Transfiguración. Es curioso cómo la gloriosa e inesperada transfiguración del cuerpo de Jesús, en presencia de los tres discípulos elegidos, tiene lugar inmediatamente después de la primera predicación de la Pasión. (Estos tres discípulos – Pedro, Santiago y Juan – también estarán con Jesús durante la agonía en Getsemaní, la víspera de la Pasión). En el contexto de la narración, en cada uno de los tres Evangelios, Pedro apenas ha confesado su fe en Jesús como Mesías. Jesús acepta esta confesión, pero inmediatamente se dirige a los discípulos y les explica qué tipo de Mesías es él: «empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Sucesivamente pasa a enseñar qué implica seguir al Mesías: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Es después de este evento, cuando Jesús toma a los tres discípulos y los lleva a lo alto de un monte, y es allí donde su cuerpo resplandece de la gloria divina; y se les aparecen Moisés y Elías, que conversaban con Jesús.
Estaban todavía hablando, cuando una nube, signo de la presencia divina, como había sucedido en el monte Sinaí, le envolvió junto a sus discípulos.
De la nube se elevó una voz, así como en el Sinaí el trueno advertía que Dios estaba hablando con Moisés y le entregaba la Ley, la Torah. Esta es la voz del Padre, que revela la identidad más profunda de Jesús y la testimonia diciendo: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9,7).

65. Muchos temas y modelos puestos en evidencia en el presente Directorio se concentran en esta sorprendente escena. Ciertamente, cruz y gloria están asociadas. Claramente, todo el Antiguo Testamento, representado por Moisés y Elías, afirma que la cruz y la gloria están asociadas. El homileta debe abordar estos argumentos y explicarlos. Probablemente, la mejor síntesis del significado de tal misterio nos la ofrecen las bellísimas palabras del prefacio de este domingo. El sacerdote, iniciando la oración eucarística, en nombre de todo el pueblo, da gracias a Dios por medio de Cristo nuestro Señor, por el misterio de la Transfiguración: «Él, después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la Resurrección». Con estas palabras, en este día, la comunidad se abre a la oración eucarística.

66. En cada uno de los pasajes de los Sinópticos, la voz del Padre identifica en Jesús a su Hijo amado y ordena: «Escuchadlo». En el centro de esta escena de gloria trascendente, la orden del Padre traslada la atención sobre el camino que lleva a la gloria. Es como si dijese: «Escuchadlo, en él está la plenitud de mi amor, que se revelará en la cruz». Esta enseñanza es una nueva Torah, la nueva Ley del Evangelio, dada en el monte santo poniendo en el centro la gracia del Espíritu Santo, otorgada a cuantos depositan su fe en Jesús y en los méritos de su cruz. Porque él enseña este camino, la gloria resplandece del cuerpo de Jesús y viene revelado por el Padre como el Hijo amado. ¿Quizá no estemos aquí adentrándonos en el corazón del misterio trinitario? En la gloria del Padre vemos la gloria del Hijo, inseparablemente unida a la cruz. El Hijo revelado en la Transfiguración es «luz de luz», como afirma el Credo; este momento de las Sagradas Escrituras es, ciertamente, una de las más fuertes autoridades para la fórmula del Credo.

67. La Transfiguración ocupa un lugar fundamental en el Tiempo de Cuaresma, ya que todo el Leccionario Cuaresmal es una guía que prepara al elegido entre los catecúmenos para recibir los sacramentos de la iniciación en la Vigilia pascual, así como prepara a todos los fieles para renovarse en la nueva vida a la que han renacido. Si el I domingo de Cuaresma es una llamada particularmente eficaz a la solidaridad que Jesús comparte con nosotros en la tentación, el II domingo nos recuerda que la gloria resplandeciente del cuerpo de Jesús es la misma que él quiere compartir con todos los bautizados en su Muerte y Resurrección. El homileta, para dar fundamento a esto, puede justamente acudir a las palabras y a la autoridad de san Pablo, quien afirma que “Cristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Fil 3,21). Este versículo se encuentra en la segunda lectura del ciclo C, pero, cada año, puede poner de relieve cuanto hemos apuntado.

68. En este domingo, mientras los fieles se acercan en procesión a la Comunión, la Iglesia hace cantar en la antífona las palabras del Padre escuchadas en el Evangelio: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Lo que los tres discípulos escogidos escuchan y contemplan en la Transfiguración viene ahora exactamente a converger con el acontecimiento litúrgico, en el que los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor. En la oración después de la Comunión damos gracias a Dios porque «nos haces partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos de tu reino». Mientras están allí arriba, los discípulos ven la gloria divina resplandecer en el Cuerpo de Jesús. Mientras están aquí abajo, los fieles reciben su Cuerpo y Sangre y escuchan la voz del Padre que les dice en la intimidad de sus corazones: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».

(Congregación para el culto divino y los sacramentos, Directorio homilético)

domingo, 22 de febrero de 2015

Diócesis de Melo: Taller sobre Primer Anuncio de la Fe



Organizado por el Oficio Catequístico Diocesano, se realizó el lunes y martes de Carnaval (16-17 de febrero) un taller sobre Primer Anuncio. El mismo fue orientado por el P. Nelson González, de la Diócesis de S. José de Mayo. El P. Nelson es director del Oficio Catequístico de su Diócesis y es párroco de Santísima Trinidad, en la capital del departamento de Flores.

¿Qué es el "primer anuncio"?

El P. Nelson recordó como, en su exhortación Evangelii Nuntiandi (1975) el Beato Papa Pablo VI habla sobre el primer anuncio. Veamos qué nos dice:
Revelar a Jesucristo y su Evangelio a los que no los conocen: he ahí el programa fundamental que la Iglesia, desde la mañana de Pentecostés, ha asumido, como recibido de su Fundador. Todo el Nuevo Testamento, y de manera especial los Hechos de los Apóstoles, testimonian el momento privilegiado, y en cierta manera ejemplar, de este esfuerzo misionero que jalonará después toda la historia de la Iglesia.

La Iglesia lleva a efecto este primer anuncio de Jesucristo mediante una actividad compleja y diversificada, que a veces se designa con el nombre de "pre-evangelización", pero que muy bien podría llamarse evangelización, aunque en un estadio de inicio y ciertamente incompleto. Cuenta con una gama casi infinita de medios: la predicación explícita, por supuesto, pero también el arte, los intentos científicos, la investigación filosófica, el recurso legítimo a los sentimientos del corazón del hombre podrían colocarse en el ámbito de esta finalidad.

Aunque este primer anuncio va dirigido de modo específico a quienes nunca han escuchado la Buena Nueva de Jesús o a los niños, se está volviendo cada vez más necesario, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en nuestros días, para gran número de personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida cristiana; para las gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la enseñanza que recibieron en su infancia, y para otros muchos.(EN, 51-52)

¿En qué situación estamos?

Otro aspecto que compartió el P. Nelson está tomado de la introducción al libro El primer anuncio. El eslabón perdido, de Xavier Morlans (PPC, 2009). La introducción tiene como título "Suscitar el interés por Jesucristo".
¿Qué pasaría si, por los cambios ocurridos en la sociedad, resultase que la inmesa mayoría de nuestros conciudadanos se encontrasen en una situación de lejanía y desconocimiento de Jesucristo? ¿Qué pasaría si los propios cristianos habituales hubiesen convertido su fe en un conjunto de creencias y prácticas, incluso generosas, pero sin el fuego de la amistad personal con Jesús en su corazón?
¿No es cierto que, en tal caso, necesitaríamos todos "ponernos las pilas" como familiarmente se dice, y aplicarnos antes que nada (...) a esas prácticas humildes de primer anuncio que hasta ahora usábamos solo de forma circunstancial y anecdótica para facilitar así que muchas personas, cuántas más mejor, puedan tener la alegría y la fuerza de la amistad con Jesucristo; amistad alimentada, luego, y fortalecida con la catequesis, la revisión de vida, la liturgia y el calor de la comunidad?
(...) Juzgue el lector mirando a su entorno social y eclesial si estamos o no en dicha situación.

Cuatro características del primer anuncio

  • Breve. Es un diálogo que se da en una conversación amical. Sólo disponemos del tiempo que pueda soportar nuestro interlocutor sin buscar una excusa y decirnos adiós. No se trata de una exposición sistemática; eso podrá o no venir después, cuando la persona esté interesada en profundizar lo que le hemos dado.
  • Esencial. No se puede pretender presentar todos los elementos de la fe cristiana en tan poco espacio de tiempo. Se trata de entregar lo fundamental. Si nos perdemos en lo accesoria, posiblemente no tendremos una segunda oportunidad.
  • Respuesta. Frente a los interrogantes, las angustias, las preguntas últimas, el Evangelio tiene su fuerza como Buena Noticia, mensaje de esperanza que alegra profundamente.
  • Experiencial. Sin reducirse a fórmulas hechas. No hay recetas prefabricadas. El anuncio de Jesucristo y lo central de su mensaje nace de nuestra experiencia de encuentro con Él. No es el anuncio de una idea, de un concepto, sino de una Persona que reorienta nuestra vida y le da pleno sentido.

jueves, 19 de febrero de 2015

Para compartir "la alegría del Evangelio": reunión de la Vicaría Pastoral de Melo


Con delegados de diferentes zonas de la Diócesis y de sectores de la vida pastoral, se reunió  el 14 y 15 de febrero la Vicaría Pastoral de la Diócesis de Melo, convocada por Mons. Heriberto y el P. Luis Arturo Silva, vicario pastoral.
Después de reflexionar juntos sobre el Mensaje de Cuaresma del Papa Francisco, se trabajó sobre algunos acentos y actividades para el año 2015.

Parroquias en misión

El gran empeño de la iglesia diocesana en este año es vivir, desde las diferentes parroquias y comunidades el ser "una Iglesia en Salida". Para ello, cada parroquia está discerniendo en qué ámbito, realidad, barrio o lugar va a hacer su salida misionera. Cada momento de misión se preparará teniendo en cuenta las orientaciones del Papa Francisco en Evangelii Gaudium:
  • Generar un espíritu de “que algo tiene que cambiar hacia dentro de la comunidad”.
  • apuntar a un “primer anuncio” de nuestra fe.
  • armarse de "paciencia"
  • Dar prioridad a los hermanos que vivan en “periferias existenciales” (enfermos, ancianos, niños de calle, barrio donde nunca ha llegado el Evangelio etc.) 

Visita de la Virgen del Pilar

Desde octubre del año pasado, hasta la octubre de 2015 viene circulando por las parroquias de la Diócesis la imagen de la Virgen del Pilar. La patrona diocesana acompaña esta salida misionera de nuestras comunidades. Como un homenaje a la Virgen, y tomando una vieja tradición española, cada parroquia elabora una capa para la imagen, usando elementos representativos del lugar.

22 de marzo: Peregrinación a la Cruz del Cerro Largo

La primera instancia que la Diócesis se apresta a vivir conjuntamente es la tradicional Peregrinación a la Cruz del Cerro Largo, que se hace el V Domingo de Cuaresma, este año el 22 de marzo. Desde el año pasado se viene instalando en la cumbre del Cerro un parque eólico. Sin embargo, la empresa ha mostrado muy buena voluntad para que la peregrinación pueda realizarse e incluso facilitarse en algunos aspectos.

18 de octubre: Fiesta Diocesana en Treinta y Tres

El otro gran momento de encuentro será la Fiesta Diocesana, que se celebrará este año en Treinta y Tres. Esta fiesta se celebra en un domingo cercano al 12 de octubre, día de Nuestra Señora del Pilar. El año pasado, con motivo del tiempo electoral, se realizó un encuentro más pequeño, con algunos delegados de las parroquias. Este año la fiesta vuelve a convocar a todos los fieles que pueden llegar al lugar de encuentro, que será la ciudad de Treinta y Tres.

Jornadas diocesanas de formación

La formación es una de las prioridades diocesanas. Formación en la fe, formación para comprender y profundizar la Palabra de Dios, formación en la vida cristiana, formación para los servicios que la Iglesia está llamada a ofrecer... diferentes aspectos serán ofrecidos a través de un curso que tendrá características diferentes, cuyo punto de partida está en las Jornadas diocesanas de formación, previstas para el 18 y 19 de julio, en Treinta y Tres.

martes, 17 de febrero de 2015

Fortalezcan sus corazones: Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma

El Papa Francisco recibiendo la imposición de cenizas,
Miércoles de Ceniza del año pasado 2014.
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2015
Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís

Franciscus

sábado, 14 de febrero de 2015

"Una Iglesia pobre y libre". Carta del Nuevo Cardenal, Mons. Daniel Sturla, sdb, Arzobispo de Montevideo

Montevideo, 21 de enero de 2015

Queridos hermanos y amigos:

Tan sorprendido como ustedes, el pasado 4 de enero me llegó la noticia de que el Papa Francisco me había nombrado Cardenal. En unos días, parto hacia Roma junto con Mons. Milton, para recibir las insignias propias de este nuevo servicio, el sábado 14 de febrero.

Recibo esta elección del Santo Padre con sencillez y gratitud. Mi nombramiento no es, ciertamente, un reconocimiento a mis diez meses de gestión como Arzobispo de Montevideo, sino un gesto de benevolencia del Papa hacia la Iglesia que peregrina en Uruguay.

Me gusta decir que somos una iglesia pobre y libre, rica de fe y misionera. No tenemos muchos recursos, pero tampoco ataduras. Hemos combatido “el buen combate de la fe” y aportamos a nuestra sociedad en diversos campos de la actividad nacional. Pero nuestro mayor aporte es aquello que está en el centro de nuestra identidad: somos la Iglesia Católica. Existimos para evangelizar: es decir, para anunciar el amor infinito de Dios revelado en su Hijo Jesucristo.

No somos dueños de la verdad: queremos servirla. No somos custodios de un depósito cerrado: ofrecemos a todos el anuncio salvador. Creemos con pasión en la belleza de la vida, que es don de Dios, incluso en las vicisitudes tantas veces dramáticas en que se desarrolla nuestra irrepetible existencia en este mundo. Levantamos nuestros ojos hacia Dios y la esperanza firme en el Cielo que anhelamos hace aún más fuerte nuestro compromiso con la historia.

Que el Papa se haya acordado de nosotros, designando al segundo cardenal en nuestra historia uruguaya, nos compromete como Iglesia “a mejor amar y servir”. Y esto lo queremos hacer en diálogo con hermanos cristianos y de otras religiones, con creyentes y no creyentes.

Le pido al Espíritu Santo que me dé un corazón de buen pastor como el del Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, para servir con alegría a este pueblo que él cuidó con tanto amor. El domingo 15 de marzo estamos invitados a reunirnos para dar gracias a Dios por este regalo que el Sucesor de Pedro ha hecho a nuestra Iglesia.

Con mi cariño y mi bendición

+ Daniel Sturla, sdb, Arzobispo de Montevideo

domingo, 8 de febrero de 2015

"Un crimen contra la humanidad" Día internacional de oración y reflexión contra el tráfico de personas.


María, de 22 años, siempre tuvo el sueño de vivir en el exterior. Un día, paseando por la calle, una mujer se aproximó y le dijo que era muy bonita, y le hizo una propuesta de trabajo, como modelo, en una compañía de cosméticos en Madrid (España). Ella quedó encantada, pues vio la oportunidad de conseguir empleo para ayudar su familia, ser famosa y realizar su sueño. Después de mucho reflexionar y conversar con su mamá, María resolvió contactar la Agencia indicada por la mujer. Al llegar encontró un equipo que la recibió muy bien, incluso la mujer que le había hecho la propuesta. Ellas conversaron y María aceptó viajar. Ellos tomaron todas las providencias para su viaje: pasaporte, contrato de trabajo, dinero, etc. Además de eso, la mujer dijo que, cuando ella llegara al aeropuerto de Madrid, habría alguien esperándola para llevarla al lugar. Al llegar a Madrid, fue recibida por una persona que le tomó el pasaporte y, muy convincente, la llevó para una casa de shows. En verdad se trataba de un prostíbulo donde había otras mujeres. María no creía lo que estaba sucediendo, intentó explicar que ella no hacía ese tipo de servicio. Pero la dueña de la casa no escuchó y fue en ese momento que ella se dio cuenta que había caído en una trampa; que esa mujer no trabajaba en una agencia de modelos, sino que hacía parte de una cuadrilla de Tráfico de Personas.
  • TRÁFICO DE PERSONAS significa reclutar, transportar, transferir o albergar personas, para fines de explotación. Constituye una transacción comercial inicua e ilegal. Se trata de un crimen que viola la dignidad humana, en todas las dimensiones.
  • Afecta actualmente más de 20 millones de personas, en el mundo. Es un comercio muy lucrativo. Según la ONU está entre las tres mayores fuentes de renta ilícitas del mundo: personas, drogas y armas. Produce una ganancia de 31,6 billones de dólares por año.
  • 75% de las personas traficadas en el mundo son mujeres, rostro femenino, infanto-juvenil y afro-descendientes con edad entre 10 y 29 años. 
“…tratar los seres humanos como meros instrumentos de lucro y no como personas libres y responsables es una infamia que envenena la sociedad humana y constituye una violación a la imagen del Creador”.(Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 27)


“El tráfico de personas es una llaga en el cuerpo de la humanidad, una herida en la carne de Cristo, un crimen contra la humanidad (…) Una derrota para el mundo. Todas las personas de buena voluntad, independientemente de profesar o no un religión, no pueden permitir que millones de mujeres, hombres, y niños (as) sean tratados como objetos, engañados, violados, vendidos y revendidos, con diferentes fines, perjudicados en el cuerpo y en la mente, y después descartados, abandonados o asesinados. Esto es una vergüenza. Una derrota para el mundo. ¡No puede continuar!” (Papa Francisco).

sábado, 7 de febrero de 2015

San Juan Pablo II y su dolor ante el martirio de Mons. Romero

El lunes 24 de marzo de 1980, en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador, una bala disparada por un francotirador acabó con la vida del arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar Arnulfo Romero.
El disparo se produjo en el momento en que Mons. Romero hacía su homilía (no durante el ofertorio o la consagración, como algunos creen: las fotos del altar muestran el cáliz y la patena preparados para el ofertorio, que todavía no había tenido lugar).

Dos días después, en la segunda parte de la audiencia general del miércoles 26 de marzo, en la Sala Pablo VI, la palabra final del Papa Juan Pablo II fue en recuerdo del Arzobispo asesinado.
El 3 de febrero de este año el Papa Francisco recibió en audiencia al cardenal Angelo Amato S.D.B, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y autorizó a ese organismo de la Santa Sede a promulgar el decreto por el que se reconoce el carácter de martirio de la muerte de Mons. Romero.

En recuerdo de monseñor Romero

En este momento especial de preocupación y consternación, os invito a uniros a mi dolor y a mi oración por la muerte del arzobispo de San Salvador, mons. Oscar A. Romero y Galdámez. Llegó ayer la noticia de que este prelado había sido bárbaramente asesinado mientras celebraba la Santa Misa: le han matado precisamente en el momento más sagrado, durante el acto más alto y más divino.
Nos hemos quedado sin palabras frente a una violencia tal que para llevar a término su obcecado programa de muerte, no se detuvo ni siquiera en el umbral de una iglesia.
Queridísimos hermanos y hermanas: Dejad que el Papa exprese toda su pena por este nuevo episodio de crueldad, demencia y salvajismo. Ha sido asesinado un hombre que se suma a la lista demasiado numerosa ya, de víctimas inocentes; ha sido asesinado un obispo de la Iglesia de Dios mientras ejercía su misión santificadora ofreciendo la Eucaristía (cf. Lumen gentium, 26). Es un hermano en el Episcopado el que han matado y, por ello, no es sólo su archidiócesis, sino toda la Iglesia la que sufre por tan inicua violencia, que se suma a todas las demás formas de terrorismo y venganza que degradan la dignidad del hombre hoy en el mundo —¡porque la vida de cada hombre es sagrada!—, conculcan la bondad, la justicia y el derecho y, lo que es más, ofenden el Evangelio y su mensaje de amor, de solidaridad y de hermandad en Cristo. ¿Hacia dónde, hacia dónde va el mundo? Lo repito hoy otra vez: ¿A dónde vamos? Con la barbarie no se mejora la sociedad, no se eliminan los contrastes, ni se construye el mañana. La violencia destruye, nada más. No sustituye a los valores, sino que corre por el borde de un abismo, el abismo sin fondo del odio.
Sólo el amor construye, sólo el amor salva.
Al repetir mi angustioso llamamiento a que en todas las naciones triunfe finalmente la concordia de la paz operosa, reitero mi dolor por la tragedia de este nuevo suceso sangriento, y expreso mi participación con el afecto y la oración particularmente a la querida Iglesia que está en El Salvador, y enviando a todos, obispos, sacerdotes y fieles, mi bendición de hermano y de padre.
Juan Pablo II

sábado, 31 de enero de 2015

Nueva Carta desde el Desierto

En el mes de julio del año pasado escribí una Carta desde el Desierto, cuando vine al Valle de Coachella, en el Desierto Bajo de California, a participar del programa de Cooperación Misionera de la Diócesis de San Bernardino. En aquel momento sabía que -Dios mediante- tenía la posibilidad de volver en 2015... y aquí estoy.
Llegué a Los Ángeles en la noche del jueves 15 de enero. Me esperaba aquí la familia de mi primo Rafael, y con ellos me quedé en los primeros días. El domingo celebré Misa en la parroquia a la que ellos suelen asistir (San Patricio, en North Hollywood).
Con la familia de mi primo en la Parroquia S. Patricio

Con un grupo de la Parroquia S. Patricio, North Hollywood

El lunes 19 visité los estudios de ESNE El Sembrador, un servicio de radio y TV católico
Después de otro día en familia, el miércoles 21 viajé a San Diego para participar en un encuentro de Obispos que organiza el Instituto Acton, invitación que me hace posible este viaje. Éramos 77 obispos de 31 países, lo que hace que sea un evento muy rico en encuentros e intercambios. Tuvimos la presencia de los Cardenales Reinhardt Marx, de Alemania y Andrés Rodríguez Madariaga, de Honduras, ambos cercanos colaboradores del Papa Francisco. Con realismo y esperanza nos hablaron de los cambios que la Iglesia va viviendo con el pontificado de Francisco.
Del sábado 24 al lunes 26 estuve en la parroquia San Marcelino en la ciudad de Commerce. Allí el responsable es un laico llamado Humberto Ramos. Con él nos conocemos de otras venidas por estos lados, y siempre le ofrezco la posibilidad de ayudar en su parroquia, que no cuenta con sacerdote residente. Esta vez me asignó a un encuentro de mujeres, "Encuentro Misionero", un movimiento que se inició dentro del marco de los Cursillos de Cristiandad pero que luego fue tomando otros acentos, sobre todo dirigido a los mexicanos. Se inició precisamente donde estoy ahora, en el Valle de Coachella y desde allí se extendio en algunos lugares de California y llegó después a México.
El martes 27 una religiosa que estuvo en el encuentro me llevó a pasear un poco y fuimos a la ciudad de Long Beach, a caminar por la costa del mar. Había allí unas islitas muy pintorescas, con graciosas palmeras... todas artificiales: son lugares de carga de petróleo. Eso sí, ¡muy adornados para no estropear el paisaje!
Long Beach: a la izquierda, isla artificial para carga de petróleo.

El miércoles 28 fue otro día tranquilo en casa de mis primos, y el jueves 27 una intensa jornada. Frederico, un melense que desde hace años es capellán laico en un Hospital de Los Angeles, me llevó a conocer el equipo que él integra en el Saint Camilius Center (un equipo interreligioso, incluido Hinduismo e Islam) y el lugar donde él ejerce su capellanía, que consiste en el acompañamiento de personas enfermas de cáncer que están en cuidados paliativos.
Equipo de Capellanes del Hospital de Los Angeles

De allí, me llevó a la Diócesis de Orange, donde pude encontrarme con el Obispo Kevin Vann, a quien conozco de otros encuentros. Visité también al responsable de la Oficina de Misiones, viendo la posibilidad de que nuestra Diócesis participe en el programa de Cooperación Misionera de Orange. Quedó abierta una perspectiva interesante.
Con el Obispo de Orange. Al fondo, su nueva Catedral

Esa noche del 29, Frederico me llevó a San Bernardino, donde cenamos con el Obispo auxiliar, Mons. Rutilio, en cuya casa me quedé hasta hoy de mañana.
El 29 no comí ñoquis, pero no porque no hubiera dónde:
El viernes por la noche estuve en el Centro Pastoral de San Bernardino, donde el Cardenal Rodríguez Madariaga dio una charla sobre Aparecida para unos 400 laicos de la Diócesis.
Cardenal Madariaga hablando para los laicos en S. Bernardino

Dentro de una hora tengo la Misa aquí en Coachella, reencontrándome con esta comunidad que visité en julio. Aquí es invierno, son las 17 horas... pero hay 22° de temperatura. Se está muy bien.
+ Heriberto

viernes, 16 de enero de 2015

En la tierra de Mons. Oscar Romero, Mártir.

La tumba de Mons. Romero, en la cripta de la catedral de S. Salvador
Detrás del altar de esta capilla cayó el cuerpo de Mons. Romero

En 1980, tras una década de violencia política, se desató en El Salvador una verdadera guerra civil, que duró hasta 1992, dejando 75.000 muertos y desaparecidos.

Entre quienes trataron de impedir, infructuosamente, la masacre, estuvo el arzobispo de San Salvador, Mons. Óscar Arnulfo Romero. El 23 de marzo de 1980, hizo un dramático llamado:
Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles... Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.
Al otro día, 24 de marzo, Mons. Romero fue a celebrar Misa en la capilla del Hospital oncológico de la Divina Providencia. Él tenía su casa en el terreno del hospital, perteneciente a religiosas carmelitas. En el momento en que estaba haciendo su homilía (no en el de la consagración, como muchos creen) cayó al suelo detrás del altar, alcanzado por una bala explosiva que le dio en el corazón. El disparo, según los testimonios más verosímiles, vino de un auto que se estacionó por un momento en la calle. Durante su entierro, el domingo 30 de marzo, las fuerzas de seguridad dispararon sobre la inmensa multitud. Entre los disparos y la estampida de la gente, murieron 44 personas.

En estos días pasados llegué por primera vez a El Salvador, aunque una vez pasé algunas horas en el aeropuerto. Visité la diócesis de San Vicente, siendo recibido por su Obispo, Mons. José Elías Rauda, franciscano. Lo acompañé en algunos momentos de su agenda y conversamos sobre la posibilidad de algún sacerdote de su Diócesis para colaborar temporalmente en la Diócesis de Melo. El diálogo quedó abierto.

Con Mons. Rauda, junto al pesebre de la catedral de S. Vicente

Estuve luego con el Director de las Obras Misionales, P. Estéfano y su secretaria, Marta, que me guiaron en visita a la tumba de Mons. Romero y al lugar de su martirio. Con ellos también estuve viendo posibilidades de colaboración misionera de El Salvador con nuestra Diócesis, y también quedó abierto el diálogo: seguiremos conversando sobre el tema.

En El Salvador se espera que el Papa Francisco anuncie pronto la beatificación de Mons. Romero, ya que la Congregación para las causas de los Santos reconoció anteayer como martirio la muerte de Mons. Romero. La visita a la tumba y a la capilla donde fue asesinado fue para mí un momento de fuertes emociones. Recé allí por nuestra Iglesia en el Uruguay, por mis hermanos obispos, por los sacerdotes, los diáconos, y por todos los fieles de nuestra Diócesis.

Les invito a rezar por la beatificación de este pastor latinoamericano que dio la vida por sus ovejas:

Oh Jesús, Pastor Eterno: 
tú hiciste de monseñor Oscar Romero un ejemplo vivo de fe y caridad, 
y le concediste la gracia de morir al pie del altar en un acto supremo de amor a ti. 
Concédenos, si es tu voluntad, la gracia de su beatificación. 
Haz que sigamos su ejemplo de amor por tu Iglesia, por tu Palabra y la Eucaristía; 
y te amemos en los más pobres y necesitados. 
Te lo pedimos por la intercesión de la Virgen María, Reina de la Paz. 
Amén.

lunes, 5 de enero de 2015

Comunicado del Consejo Permanente de la CEU sobre el nombramiento de Mons. Sturla como Cardenal

Ha sido una grata sorpresa escuchar el nombre del Arzobispo de Montevideo, Mons. Daniel Sturla SDB, en el momento en que el Papa Francisco hizo pública la lista de nuevos Cardenales de la Iglesia Católica a quienes nombrará el próximo 14 de febrero, cuando se realice el llamado Consistorio, es decir la reunión de los Cardenales con el Papa.

Los miembros del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay saludamos con todo afecto al hermano que ha sido llamado a ese alto servicio en la Iglesia y nos sumamos a la alegría de los demás Obispos y de los fieles todos del Uruguay ante esta designación. Todos lo estaremos acompañando y animando con nuestras oraciones.

Expresamos nuestro agradecimiento al Papa Francisco por este gesto de benevolencia para con la Iglesia que peregrina en el Uruguay. Él nos conoce de cerca; sabe de nuestras fortalezas y debilidades. Con este nombramiento nos sentimos renovados en nuestro compromiso de vivir y llevar “la alegría del Evangelio” en el encuentro, el anuncio y el servicio a todo nuestro pueblo uruguayo, en el respeto de la pluralidad que caracteriza a nuestra sociedad.

Que nuestra Señora de los Treinta y Tres Orientales, patrona de nuestra Patria, interceda por nuestro nuevo Cardenal y por todo nuestro pueblo.

+ Rodolfo Wirz
Obispo de Maldonado
Presidente de la CEU

+ Arturo Fajardo
Obispo de San José de Mayo
Vicepresidente de la CEU

+ Heriberto Bodeant
Obispo de Melo
Secretario General de la CEU