jueves, 31 de marzo de 2022

“En adelante no peques más” (Juan 8,1-11). V Domingo de Cuaresma.

Estamos a las puertas de la Semana Santa. A través de las lecturas de hoy, seguimos adentrándonos en el proyecto de salvación que Dios tiene para nosotros. Del libro de Isaías, de la carta a los Filipenses y del Evangelio de Juan nos llega el más íntimo y profundo deseo de Dios: renovar todas las cosas a partir de su perdón, que quiera llegar hasta el fondo de nuestro ser, sin pedirnos más que ponernos en disposición de recibirlo.

Decía san Juan Pablo II que la Misericordia de Dios es infinita, porque Dios mismo es infinito:

Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. (Dives in Misericordia, 13
De parte de Dios, entonces, está la voluntad de darnos su perdón. De parte nuestra ¿qué debemos hacer? Nosotros tenemos que retirar las barreras que ponemos a la misericordia de Dios, es decir:
la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo. (Dives in Misericordia, 13)
Busquemos, entonces, en la Palabra de Dios para este domingo, los caminos de la reconciliación que Dios, en su misericordia, nos presenta.
No se acuerden de las cosas pasadas,
no piensen en las cosas antiguas;
yo estoy por hacer algo nuevo:
ya está germinando, ¿no se dan cuenta? (Isaías 43, 16-21)
Por boca del profeta Isaías, Dios habla a su pueblo. Le recuerda los acontecimientos del pasado: la primera Pascua, la gran intervención de Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto. Lo de “no se acuerden” no es para borrar de la memoria esos hechos importantes, sino para que puedan abrirse a algo realmente nuevo, que ya está germinando. Es el llamado a dejar una visión puramente nostálgica del pasado, para recibir lo radicalmente nuevo que Dios realizará: la nueva y definitiva Pascua, la Pascua de Cristo, Pascua de resurrección.
Todo me parece una desventaja, comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él. (Filipenses 3,8-14)
Quien habla así es san Pablo, en su carta a los filipenses. Habla de cosas que ha dejado atrás. Cosas que fueron fundamentales en su vida; pero ahora se refiere a ellas como desventaja o desperdicio. Pablo estuvo fuertemente aferrado a las tradiciones de su pueblo, en el marco del movimiento fariseo. Convencido de que los cristianos estaban en un camino equivocado, los persiguió con saña… hasta que Cristo salió a su encuentro. Ese “algo nuevo” que Dios estaba por hacer, como anunciaba el profeta Isaías, apareció ante Pablo: Cristo resucitado. A partir de ese encuentro, su vida dio un gran giro y, de perseguidor del evangelio se convirtió en el gran evangelizador.

Isaías nos presentó la novedad del proyecto de salvación de Dios. Pablo nos cuenta como ha vivido él, personalmente, ese encuentro con el Salvador. Yendo ahora al evangelio, nos encontramos con un hecho puntual de la vida de Jesús. No aparece aquí el gran anuncio de Isaías, ni la experiencia personal de Pablo. En cambio, aparece Jesús actuando y salvando.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?» (Juan 8, 1-11)
Los escribas y fariseos ponen a Jesús en confrontación con la Ley. La ley dice esto, y tú ¿qué dices? El evangelista nos muestra claramente la intención detrás de esa pregunta:
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. (Juan 8, 1-11)

¿A qué ley se referían aquellos hombres? Leemos en el Levítico y en el Deuteronomio:

 Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos serán castigados con la muerte. (Levítico 20,10)

Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos; el hombre que estaba acostado con la mujer, y también ella. (Deuteronomio 22,22)
Sin embargo, aquí está solo la mujer. Cabe preguntarse dónde está el hombre. Sólo se dice que la mujer “fue sorprendida en adulterio”. Parece que él ha escapado, rápidamente y sin ser reconocido. Ella no lo ha delatado, tal vez porque ni siquiera se le ha preguntado. Ahora, ella enfrenta sola la amenaza de muerte.

¿Cómo responderá Jesús? ¿Cómo salvar a la mujer? ¿Qué responder sin contradecir la ley? ¿Cómo va a mostrar la infinita misericordia de Dios ante la cual no hay ningún pecado humano que prevalezca?

Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo. Se estableció un tenso silencio. Los hombres insistieron. Jesús se incorporó y dio su respuesta:
«El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.»
Poco a poco, aquellos que estaban prontos a condenar y castigar, comenzaron a retirarse. No necesariamente eran malvados o incluso adúlteros. Pero sí pecadores, de una u otra forma. Todos somos pecadores. Todos necesitamos del perdón y de la misericordia. Dios no quiere la muerte del pecador. Ya lo había anunciado el profeta Ezequiel:
“Yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva.” (Ezequiel 33,11)
Después que todos se marcharon, Jesús preguntó a la mujer: “¿Alguien te ha condenado? Ella le respondió: Nadie, Señor”.
«Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.»
Amigas y amigos: así actúa Jesús. Así quiere devolvernos la dignidad de hijos e hijas de Dios. Llamándonos a la conversión y ofreciéndonos la misericordia infinita del Padre.
El próximo domingo comenzamos la Semana Santa, con la celebración del Domingo de Ramos. Dispongámonos a vivirla con el corazón abierto al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo. Dejémonos tocar por el amor que puede transformar los corazones más endurecidos.
Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Dar testimonio con las obras (Juan 5,31-47). Jueves de la IV semana de Cuaresma.

 

viernes, 25 de marzo de 2022

Un pueblo que protege al niño con su madre. Mensaje de la Comisión Nacional de Pastoral de Familia y Vida (CEU) en el Día del niño por nacer.

“Un pueblo que protege al niño con su Madre”

Tomemos conciencia – defendamos – ayudemos

Introducción:

La Comisión de pastoral de familia y vida de la CEU, en el día del niño por nacer, hace un llamado al pueblo uruguayo, bajo el enunciado "un pueblo que protege al niño con su madre”. 

En primer lugar, como parte del pueblo uruguayo, apelamos a lo mejor de nuestro ser, que valora a los demás, especialmente al débil, para que protejamos al niño con su madre.

Es una invitación a que tomemos conciencia de lo que esto significa con relación a la vida que comienza en el vientre materno. Y también una reflexión sobre lo que estamos haciendo como pueblo, lo que no es coherente o se opone a la protección de la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su muerte natural.

Por eso invitamos a preguntarnos:

  • ¿De verdad queremos ser un pueblo responsable, que cuida a todo ser humano, o aceptamos ser un pueblo que edifica su futuro en la destrucción de bebés en el vientre, de seres humanos engendrados que aún no han nacido?
  • ¿Creemos que es ético y verdadero el mensaje que naturaliza el aborto, como un "aquí-no-pasa-nada": ni al pobre niño, ni a la madre, ni a la sociedad entera?
  • ¿Son éticas las manipulaciones de fetos humanos, con distintos fines, que además provocan múltiples destrucciones?
  • Sí, como solemos decir, NADIE ES MÁS QUE NADIE, entonces ¿cómo vamos a atrevernos los adultos a segar la vida de un bebé antes de su nacimiento?

Invitamos a asumir la situación actual:

Algunas miradas lúcidas nos pueden ayudar a reaccionar ante el hecho de que la percepción de la gravedad del aborto se haya ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos.

"No puede menos de causar extrañeza el ver cómo crecen a la vez la protesta indiscriminada contra la pena de muerte, contra toda forma de guerra, y la reivindicación de liberalizar el aborto, bien sea enteramente, bien por 'indicaciones' cada vez más numerosas" (1).

"La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño" (2).

Hasta los que apoyaban la desgraciada ley de despenalización del aborto decían que el aborto siempre es doloroso y una tragedia para la mujer. Pero luego, de forma contradictoria, se crea todo un sistema de facilitación del aborto. Se dificulta lo que ayude a la mujer a no realizarlo. Se llega hasta la falsedad de proclamar que un delito —aun despenalizado— se vuelva un supuesto derecho.

Es necesario seguir dejando claro que el aborto es también un drama para la madre. La ofrecida pseudo-solución del aborto la deja más desamparada, menos libre para defender a su criatura, más abandonada.

La actual ley, que carece de fundamento ético en muchos aspectos, sin embargo, al menos debe buscar cumplirse en lo que puede favorecer a la mujer para no deshacerse de su hijo, para que evite el aborto y pueda resolver satisfactoriamente su situación. En primer lugar, ha de ser ayudada a darse plenamente cuenta del valor intrínseco de la criatura que está en su seno y vive por ella.

El aborto despenalizado jurídicamente, legitimado socialmente, hace al varón más irresponsable de su sexualidad, y con mayor capacidad de presionar a la mujer para que se deshaga de su hijo. Al mismo tiempo se desconoce el deber y el derecho del padre a cuidar de quien ha engendrado con concurso de la mujer. Nuestra sociedad requiere de varones formados para el respeto de la mujer, la valoración de la sexualidad, la responsabilidad y la gran misión de la paternidad.

La sexualidad presentada como mero placer, autocomplaciente, egocéntrica, trae consigo tanto la falta de responsabilidad y respeto en las relaciones, como de la valoración de la comunicación de la vida, la paternidad y la maternidad, la entrega a los hijos. 

Son cancelados, por una visión dominante de lo políticamente correcto, los posibles avances en una educación que presente una recta concepción de la sexualidad humana, con exigentes valores morales; una sexualidad responsable, en que se valore el dominio de sí, la castidad, el amor y la entrega.

Asumamos las consecuencias de la situación actual:

Apelamos a ser un pueblo solidario, respetuoso de todos y en particular de cada ser humano desde que comienza a existir, en su unidad, como lo demuestra la observación científica: el feto es un ser humano único, nuevo, que quiere vivir. Esta misma convicción nos lleva a respetar al ser humano aún en la debilidad y la vejez, hasta su muerte natural.

Hacemos un llamado a atender la situación social y cultural a la que hemos llegado, y en la que inculcamos como normal y hasta bueno el aborto procurado. Comprometámonos y ayudemos a que la sociedad, la cultura, la formación de las nuevas generaciones, las familias rechacen el aborto como una supuesta solución y seamos un pueblo que respete y defienda la vida.

Invitamos a cada uno, a los medios de comunicación, a la educación, al Estado, a una clara opción por ayudar a la madre y al niño por nacer. Los médicos, los auxiliares de la salud, las instituciones de la salud, están al servicio de la vida humana, no de su destrucción, sea en sus inicios, sea en su desarrollo, sea en diversas dificultades, incluido su próximo término.

Pedimos acciones concretas para ayudar a la educación de niños, adolescentes y jóvenes, así como en el pensamiento adulto, en la convicción del respeto y protección que debe tener todo ser humano desde su concepción.
Debe mostrarse la gravedad del aborto y la voluntad de ayudar a evitarlo. "El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida (…) Los embriones humanos obtenidos in vitro son seres humanos y sujetos de derecho. Su dignidad y su derecho a la vida deben ser respetados desde el primer momento de su existencia‖" (3).

Protejamos al bebé antes de su nacimiento, en su desarrollo embrional y fetal. Protejámoslo de todo lo que lo que pueda dañar, de ser manipulado. Seamos respetuosos de cada ser humano, aun cuando su presencia no hubiera sido prevista y aun cuando tenga problemas. Es un ser digno de ser cuidado y amado, como queremos ser cuidados y amados nosotros mismos. Como lo afirma la Convención Americana sobre derechos humanos: ―Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y en general, a partir del momento de la concepción (4).

Protejamos a la madre. No se protege a la mujer de su hijo, del engendrado y nascituro, es decir, de la persona antes de nacer que está en el claustro materno, porque no es un agresor. La protegemos en las circunstancias adversas, de cualquier índole, incluida de la presión para que aborte.
Por eso, se ha de ayudar a las mujeres embarazadas, para que cuiden del hijo que está en su seno y puedan superar las diversas dificultades. De esta manera también las protegemos a ellas de cometer un acto tan injusto que las marcará en su corazón. Con los medios actuales hay que mostrarle la realidad del feto vivo, presente, creciendo. Que la madre reciba el apoyo económico, psicológico, espiritual, que la fortalezca, según las circunstancias. También es importante auxiliar a la mujer que ha procurado un aborto a superar las dificultades del llamado "síndrome post-aborto". Hay que reconocer este daño que se difunde en la sociedad.

Formemos al varón para la responsabilidad en la generación y la consecuente paternidad.
Debemos mirar también el lugar del varón, del padre. Ello comienza por la valoración de la mujer, como persona y como mujer. El respeto y defensa de su dignidad.

¿Estamos contentos con ir destruyendo las bases para formar familias fuertes, estables, responsables? ¿Estamos de verdad ayudando a los adolescentes y jóvenes a formarse como personas sexualmente maduras, responsables, capaces de formar familias sanas y estables, amantes de comunicar la vida, cuidarla, y educar a sus hijos, de ser madre y padre corresponsables?

Es necesario formar en una recta concepción de la sexualidad humana, que ha de ser responsable, en que se valore el dominio de sí, la castidad, el amor y la entrega de sí mismo. Eso supone denunciar la visión liberticida y esclavizadoramente hedonista fomentada por todas partes, con la pornografía como gran negocio internacional, que genera esclavos del sexo sin amor e irresponsable, dependientes de meros estímulos.

Llamado particular a los católicos

Nos dirigimos a los católicos para recordar las enseñanzas de la Iglesia en estas dimensiones de la realidad humana, de la ética y del llamado a la santidad, también en la sexualidad, en la procreación y el cuidado de los hijos.

Creemos en Dios creador y providente. Reconocemos que el último fundamento de la dignidad de cada ser humano es Dios creador y redentor del hombre. Y sabemos que hay un llamado, una vocación divina, en nuestra naturaleza humana, en nuestra persona humana, en nuestro ser varón y mujer y sus capacidades.

Más aún, para nosotros bautizados, el llamado a la vida matrimonial, la procreación y la educación de los hijos está renovado por el Sacramento del Matrimonio. Por ello, antes que nada estamos llamados a dar testimonio de este don de Dios.

Recordamos que no le es lícito a nadie a participar directamente en la procuración de la muerte de un nascituro (= niño por nacer). Siempre es la destrucción de un ser vivo humano inocente, "objeto de solicitud por parte de la Providencia divina". Tengamos en cuenta la antiquísima Carta a Diogneto en la cual se dice de los cristianos: "Ellos procrean niños, pero no abandonan el feto" (5).

Invitamos a cada uno, a todo nuestro pueblo, a trabajar para ser "un pueblo que protege al niño con su madre" – tomemos conciencia, defendamos, ayudemos –.

1 Declaración de la Congregación Doctrina de la fe, del 18.11.74, 1.

2 Evangelium vitae, 58.

3 Donum vitae, 5.

4 Convención Americana sobre Derechos humanos (Pacto de San José de Costa Rica), n.1.

5 Congregación para la doctrina de la fe, Declaración sobre el aborto, nota 7 Atenágoras, En defensa de los cristianos,35; Carta a Diogneto, V, 6.

jueves, 24 de marzo de 2022

“Que se haga en mí según tu palabra” (Lucas 1,26-38). Anunciación del Señor

 

“Iré a la Casa de mi padre” (Lucas 15,1-3.11-32). IV Domingo de Cuaresma.

El evangelio que leemos este domingo es nada menos que la parábola comúnmente llamada “el hijo pródigo”, también conocida como la “parábola de los dos hijos”, pero mejor nombrada como “parábola del padre misericordioso”.

El versículo que destacamos hoy es “Iré a la Casa de mi padre”. No se trata solo de una buena intención, como esas que a veces expresamos “un día de estos voy a ir a ver a fulano”… un día que nunca llega. No. Aquí se trata de una verdadera resolución. “Iré a la Casa de mi padre” es una decisión tomada, una decisión que se pone en práctica de inmediato. Una decisión que se sostiene durante un largo recorrido hasta llegar a la casa.

La decisión la toma aquel hijo que se había marchado, después de pedirle a su padre la parte de la herencia que le correspondía.

El hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
La decisión de volver llegó después de haber tocado fondo, después de haber conocido la miseria y de darse cuenta de todo lo que había perdido. Solo había conseguido trabajo para cuidar cerdos, animales impuros… y en un momento pasó tanta hambre que llegó a desear la comida de los chanchos. Recapacitando, recordó que los jornaleros de su padre tenían “pan en abundancia” y, muy resuelto, se dijo a sí mismo:
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.”
En la segunda lectura, san Pablo también nos pide que tomemos una decisión:
les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. (2 Corintios 5,17-21)
Los invito a buscar la parábola del Padre Misericordioso. La encontramos en el evangelio de Lucas, capítulo 15, versículos 11 a 32. Leerla, meditarla, ponerme dentro de sus personajes… a veces seré ese hijo menor; a veces me encontraré en el hermano mayor; tal vez también pueda verme como el padre que quiere a sus hijos y se siente llamado a ser misericordioso.

Ahora, vayamos a la primera lectura, que no parece tener mucho que ver con la segunda ni con el evangelio. Más aún, es un pasaje breve, que, leído un poco rápidamente, no parece tener mucha tela que cortar. Sin embargo, tiene mucho para decirnos.

Estamos en el libro de Josué. Este hombre, después de la muerte de Moisés, es quien lidera al Pueblo de Dios que ha llegado a su destino.
Después de atravesar el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida el día diez del primer mes, y acamparon en Guilgal. (Josué 4, 19; 5, 10-12)
Habían pasado cuarenta años desde el momento en que los israelitas iniciaron su éxodo, es decir, su salida de Egipto. Dejaron atrás la esclavitud para iniciar una aventura de libertad, guiados por Dios, por medio de Moisés.
En este versículo hay una fecha: el día diez del primer mes. No dice el año. Nos gustaría saberlo; pero el día y el mes importan, porque será el día en que cada año se vuelva a recordar aquello: el día diez del primer mes fue la entrada en la tierra prometida. Dios cumplió su promesa de llevar a su pueblo a “una tierra que mana leche y miel” (Éxodo 13,5).

Pero volvamos esos cuarenta años atrás. El gran momento de la liberación estaba cerca. Dios señaló que ese mes en el que estaban sería, de allí en adelante, el primer mes del año (Éxodo 12,2) que posteriormente sería llamado Nisán. A continuación, Dios indicó algunos preparativos que debían hacerse con miras a la salida. Había que preparar una cena para esa noche; por eso…
El diez de este mes, consíganse cada uno un animal del ganado menor, uno para cada familia. (Éxodo 12,3)
Aquí tenemos la primera coincidencia: el día diez del primer mes comenzó la preparación de la salida; el día diez del primer mes, cuarenta años después, se produjo la entrada en la tierra.
Pero la noche de la salida, la noche de la pascua, correspondería al día catorce. Allí se comería el cordero, ya prontos para emprender la marcha:
Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor. (Éxodo 12,11)
A partir de entonces, cada año, durante su travesía por el desierto, los israelitas volvieron a celebrar la Pascua el catorce del primer mes. Y ahora leemos en el libro de Josué:
El catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó. (Josué 4, 19; 5, 10-12)
Así, el pueblo celebró por primera vez la pascua en la Tierra Prometida. Se cerró una etapa histórica. Comenzó un largo camino, con muchas etapas para recorrer hasta que un día, Jesús llegará a decir:
«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión…» (Lucas 22,15)
A partir de la entrega de Jesús, de su muerte y resurrección, la Pascua tendrá otro sentido; su sentido definitivo, prefigurado por aquella primera pascua. La Pascua de Cristo es su paso de la muerte a la vida.
El cruce del Mar Rojo y el paso del Jordán, prefiguran el bautismo por el que el cristiano se une a la Pascua del Señor.
El Cordero Pascual será el mismo Jesús, entregado por nosotros y ofreciéndose como alimento en la Eucaristía.

Nos queda todavía el final de nuestro pasaje del libro de Josué:
Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día. El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán. (Josué 4, 19; 5, 10-12)
El maná había sido un recurso extraordinario para el pueblo en su marcha por el desierto. Con la entrada a la tierra, la gente comenzó a comer de los frutos del país. Aunque les esperaban años de lucha para conquistar la tierra, este inicio marcó una normalidad. Hay que vivir en la Fe, desde la experiencia de cada día, y seguir descubriendo el paso de Dios por nuestra vida.

Amigas y amigos, en nuestro camino hacia la Pascua, es bueno que, al término de cada jornada, recordemos los acontecimientos vividos. Desde la fe, podremos reconocer, aún en momentos aparentemente grises y anodinos, que allí Dios también estuvo presente con su amor y su misericordia, librándonos de nuestros temores y angustias. Entonces, también nosotros podremos decir, con el salmista: 

¡Gusten y vean que bueno es el Señor! (Salmo 33,2-7).
El sábado 2 de abril se recuerda a san Francisco de Paula, un santo que se sintió llamado a vivir en una cuaresma perpetua. Pidamos su intercesión para que aprovechemos los días que nos quedan de este tiempo de Gracia. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Acto de Consagración al Corazón Inmaculado de María (Papa Francisco)

Del Papa Francisco:

Acogiendo numerosas peticiones del Pueblo de Dios, deseo encomendar de modo especial a la Virgen las naciones en conflicto. Como dije ayer, al finalizar la oración del Ángelus, el 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación, deseo realizar un solemne Acto de consagración de la humanidad,
particularmente de Rusia y de Ucrania, al Corazón inmaculado de María. Puesto que es bueno disponerse a invocar la paz renovados por el perdón de Dios, el Acto se hará en el contexto de una Celebración de la Penitencia, que tendrá lugar en la Basílica de San Pedro a las 17:00, hora de Roma. El Acto de consagración está previsto en torno a las 18:30.

(Nota: las 17 horas de Roma corresponden a las 13 horas de Uruguay) 

Oración

Oh, María, Madre de Dios y Madre nuestra, nosotros, en esta hora de tribulación, recurrimos a ti. Tú eres nuestra Madre, nos amas y nos conoces, nada de lo que nos preocupa se te oculta. Madre de misericordia, muchas veces hemos experimentado tu ternura providente, tu presencia que nos devuelve la paz, porque tú siempre nos llevas a Jesús, Príncipe de la paz. 

Nosotros hemos perdido la senda de la paz. Hemos olvidado la lección de las tragedias del siglo pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales. Hemos desatendido los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones y estamos traicionando los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes. Nos hemos enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común. Hemos destrozado con la guerra el jardín de la tierra, hemos herido con el pecado el corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas. Nos hemos vuelto indiferentes a todos y a todo, menos a nosotros mismos. Y con vergüenza decimos: perdónanos, Señor. 

En la miseria del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de la historia nos conduces con ternura. 

Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión. En esta hora oscura, ven a socorrernos y consolarnos. 

Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”. Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti. Estamos seguros de que tú, sobre todo en estos momentos de prueba, no desprecias nuestras súplicas y acudes en nuestro auxilio.

Así lo hiciste en Caná de Galilea, cuando apresuraste la hora de la intervención de Jesús e introdujiste su primer signo en el mundo. Cuando la fiesta se había convertido en tristeza le dijiste: «No tienen vino» (Jn 2,3). Repíteselo otra vez a Dios, oh Madre, porque hoy hemos terminado el vino de la esperanza, se ha desvanecido la alegría, se ha aguado la fraternidad. Hemos perdido la humanidad, hemos estropeado la paz. Nos hemos vuelto capaces de todo tipo de violencia y destrucción. Necesitamos urgentemente tu ayuda materna. 

Acoge, oh Madre, nuestra súplica.
Tú, estrella del mar, no nos dejes naufragar en la tormenta de la guerra.
Tú, arca de la nueva alianza, inspira proyectos y caminos de reconciliación.
Tú, “tierra del Cielo”, vuelve a traer la armonía de Dios al mundo.
Extingue el odio, aplaca la venganza, enséñanos a perdonar.
Líbranos de la guerra, preserva al mundo de la amenaza nuclear.
Reina del Rosario, despierta en nosotros la necesidad de orar y de amar.
Reina de la familia humana, muestra a los pueblos la senda de la fraternidad.
Reina de la paz, obtén para el mundo la paz. 

Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos. Que las lágrimas que has derramado por nosotros hagan florecer este valle que nuestro odio ha secado. Y mientras el ruido de las armas no enmudece, que tu oración nos disponga a la paz. Que tus manos maternas acaricien a los que sufren y huyen bajo el peso de las bombas. Que tu abrazo materno consuele a los que se ven obligados a dejar sus hogares y su país. Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión, nos impulse a abrir puertas y a hacernos cargo de la humanidad herida y descartada.

Santa Madre de Dios, mientras estabas al pie de la cruz, Jesús, viendo al discípulo junto a ti, te dijo: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), y así nos encomendó a ti. Después dijo al discípulo, a cada uno de nosotros: «Ahí tienes a tu madre» (v. 27). Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti. El pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la guerra, el hambre, las injusticias y la miseria.

Por eso, Madre de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania. Acoge este acto nuestro que realizamos con confianza y amor, haz que cese la guerra, provee al mundo de paz. El “sí” que brotó de tu Corazón abrió las puertas de la historia al Príncipe de la paz; confiamos que, por medio de tu Corazón, la paz llegará. A ti, pues, te consagramos el futuro de toda la familia humana, las necesidades y las aspiraciones de los pueblos, las angustias y las esperanzas del mundo.

Que a través de ti la divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la paz vuelva a marcar nuestras jornadas. Mujer del sí, sobre la que descendió el Espíritu Santo, vuelve a traernos la armonía de Dios. Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz. Amén.



Obedecer la Palabra (Jeremías 7,23-28). Jueves de la III semana de Cuaresma.

San Óscar Arnulfo Romero, obispo y mártir. 

Arzobispo de San Salvador, murió asesinado el 24 de marzo de 1980, por odio a la fe, mientras celebraba la Eucaristía en la capilla del Hospital oncológico dentro de cuyo predio vivía.

La bala lo alcanzó en el momento en que preparaba el altar para presentar las ofrendas; fue así que hizo la ofrenda de su propia vida.