sábado, 28 de mayo de 2022

“Fue llevado al cielo” (Lucas 24,46-53). Ascensión del Señor.

Ya ha quedado atrás la Semana Santa. A lo largo de seis domingos hemos ido contemplando distintas apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos.
Ahora nos toca presenciar una separación, una despedida, con la que concluye el evangelio de Lucas. Concluye este evangelio, sí, pero comienza la segunda parte de la obra de Lucas, el libro de Los Hechos de los Apóstoles, cuyo comienzo escuchamos en la primera lectura.
La ascensión del Señor es como una bisagra entre estos dos libros, pues con este acontecimiento se cierra el evangelio y se abre el libro de los Hechos.
Así, pues, Lucas relata dos veces la ascensión de Jesús.
Vamos a detenernos hoy en el relato que nos presenta el evangelio; una narración más breve, pero donde cada frase nos evoca distintos episodios de la vida y las enseñanzas de Jesús que el mismo evangelista nos ha comunicado.
Nuestro pasaje de hoy comienza con un breve discurso de Jesús: 

«Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día» (Lucas 24,46-53)

Jesús hace referencia a su muerte y resurrección, es decir, a su Pascua, su paso de la muerte a la vida, acontecimiento que está en el centro de nuestra fe. Pero Jesús ha comenzado diciendo: “así está escrito”. Lo que ha sucedido con Él, especialmente lo primero, su pasión, su sufrimiento, no ha sido un mero capricho de los hombres, un accidente inesperado. La cruz de Jesús era, como nos dice san Pablo:

escándalo para los judíos y locura para los paganos (1 Corintios 1,23)

El mismo Jesús resucitado, en una de las apariciones que nos narra Lucas, tomó su tiempo para explicar a dos decepcionados discípulos que el Mesías, el Salvador, debía pasar por la cruz:

«¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?»
Y comenzando por Moisés y continuando por los profetas les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él. (Lucas 24,25-27)

Todo aquello que estaba escrito en los libros Sagrados estaba preparando y anunciando el plan de salvación que Dios quería realizar por medio de su Hijo. Ahora todo se ha cumplido y, por eso, continúa Jesús indicando a los discípulos su misión:

«y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.» (Lucas 24,47-48) 

Comenzando por Jerusalén, porque es allí donde han tenido lugar los sucesos. En el evangelio de Lucas, por otra parte, todo llega o parte de Jerusalén, ciudad de Dios; de modo que de allí también tendrá que salir el anuncio de la salvación, llamando a la conversión, al cambio de vida, para recibir el perdón de los pecados.
Jesús finaliza su breve discurso con una promesa, una importante promesa. Los discípulos tienen por delante una misión difícil. Jesús ya no va a estar con ellos, pero no los dejará solos:

«Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». (Lucas 24,49)
La promesa del Padre, la fuerza que viene de lo alto a la que se refiere Jesús, es el Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos en el acontecimiento que recordaremos el próximo domingo: Pentecostés.
Con esa promesa se cierran las palabras de Jesús. Sin embargo, no termina allí la comunicación con los discípulos. Falta un gesto, un gesto al cual, a mi parecer, cada vez le descubrimos y le reconocemos su valor y por eso lo pedimos para nosotros y para los demás:
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.  (Lucas 24,50-51)
Jesús bendijo a sus discípulos. Ese es, dentro del marco de estas apariciones, su último gesto hacia ellos, el gesto con el que se despide. Gesto que se prolonga mientras se produce la separación. La bendición que se inicia en la tierra continúa desde el Cielo.
Jesús, entrando en su gloria para sentarse a la derecha del Padre, sigue bendiciendo a sus discípulos.

En Israel, la bendición era una prerrogativa del sacerdote.
Vayamos al comienzo del evangelio de Lucas, al relato de la anunciación a Zacarías, donde se le dice que será padre de Juan el Bautista.
Zacarías, sacerdote, entró al templo para hacer la ofrenda de incienso y debía salir, a continuación, a bendecir al pueblo. Dentro del santuario, escuchó el anuncio del Ángel, pero lo recibió con dudas. Entonces el Ángel le dijo que, por no haber creído quedaría mudo; y así fue que no pudo dar la bendición al pueblo:
Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. Él se expresaba por señas, porque había quedado mudo.(Lucas 1,21-22)
La esperada bendición de aquel momento quedó frustrada. Pero ahora, en la ascensión es Jesús resucitado quien se manifiesta como sumo y eterno sacerdote, bendiciendo en sus discípulos a toda su Iglesia nuevo Pueblo de Dios y por medio de la Iglesia a toda la humanidad.

Nos quedan apenas dos versículos de este relato:
Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios. (Lucas 24,52-53)
Cuando se produce una separación, cuando se aleja alguien muy querido a quien no volveremos a ver, el sentimiento normal es de una cierta tristeza, a lo más un sabor agridulce… sin embargo, aquí se nos dice que los discípulos volvieron a Jerusalén con gran alegría.
Aquí vemos que ellos han crecido en su comprensión de lo que ha sucedido con Jesús; más aún, han crecido en su comprensión de la persona misma de Jesucristo; y todavía más: han crecido en su fe en el Hijo de Dios, porque lo que los alegra es su triunfo, su ascensión, para sentarse a la derecha del Padre.
Se alegran porque aman a Jesús. Él les había dicho:

Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. (Juan 14,28)
Por último, notemos este detalle del evangelio de Lucas: su narración comienza en el templo de Jerusalén, cuando Zacarías estaba prestando su servicio sacerdotal y termina en el mismo lugar: los discípulos permanecían en el templo alabando a Dios.
Recibamos este final como una invitación a continuar frecuentando la Eucaristía en nuestras parroquias y capillas, encontrándonos allí con Jesús resucitado que se hace presente en medio de su comunidad para darnos su Palabra, su Pan de Vida y su Bendición.

En esta semana

  • Hoy, 29 de mayo, la Iglesia recuerda al papa San Pablo VI, quien llevó a término el Concilio Vaticano II, convocado e iniciado por san Juan XXIII, momento muy importante en la renovación de la Iglesia, volviendo a las fuentes de la Palabra de Dios y de la Tradición.
  • Martes 31: fiesta de la Visitación de María. Mi saludo y bendición a la comunidad de las Salesas en el Monasterio de la visitación, en Progreso y a todos los que se congreguen para acompañarlas ese día.
  • Jueves 1 de junio: San Justino, mártir. 
  • Viernes 2: Santos Marcelino y Pedro, mártires.
  • Sábado 3: San Carlos Lwanga y compañeros, mártires; y, en Uruguay, San Cono, monje. Y ya estamos en la víspera de Pentecostés.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Escuchar con los oídos del corazón. Mensaje del Santo Padre Francisco para la 56 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

Queridos hermanos y hermanas:

El año pasado reflexionamos sobre la necesidad de “ir y ver” para descubrir la realidad y poder contarla a partir de la experiencia de los acontecimientos y del encuentro con las personas. Siguiendo en esta línea, deseo ahora centrar la atención sobre otro verbo, “escuchar”, decisivo en la gramática de la comunicación y condición para un diálogo auténtico.

En efecto, estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas más importantes de la vida civil. Al mismo tiempo, la escucha está experimentando un nuevo e importante desarrollo en el campo comunicativo e informativo, a través de las diversas ofertas de podcast y chat audio, lo que confirma que escuchar sigue siendo esencial para la comunicación humana.

A un ilustre médico, acostumbrado a curar las heridas del alma, le preguntaron cuál era la mayor necesidad de los seres humanos. Respondió: “El deseo ilimitado de ser escuchados”. Es un deseo que a menudo permanece escondido, pero que interpela a todos los que están llamados a ser educadores o formadores, o que desempeñen un papel de comunicador: los padres y los profesores, los pastores y los agentes de pastoral, los trabajadores de la información y cuantos prestan un servicio social o político.

Escuchar con los oídos del corazón

En las páginas bíblicas aprendemos que la escucha no sólo posee el significado de una percepción acústica, sino que está esencialmente ligada a la relación dialógica entre Dios y la humanidad. «Shema’ Israel - Escucha, Israel» (Dt 6,4), el íncipit del primer mandamiento de la Torah se propone continuamente en la Biblia, hasta tal punto que san Pablo afirma que «la fe proviene de la escucha» (Rm 10,17). Efectivamente, la iniciativa es de Dios que nos habla, y nosotros respondemos escuchándolo; pero también esta escucha, en el fondo, proviene de su gracia, como sucede al recién nacido que responde a la mirada y a la voz de la mamá y del papá. De los cinco sentidos, parece que el privilegiado por Dios es precisamente el oído, quizá porque es menos invasivo, más discreto que la vista, y por tanto deja al ser humano más libre.

La escucha corresponde al estilo humilde de Dios. Es aquella acción que permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y, escuchando, lo reconoce como su interlocutor. Dios ama al hombre: por eso le dirige la Palabra, por eso “inclina el oído” para escucharlo.

El hombre, por el contrario, tiende a huir de la relación, a volver la espalda y “cerrar los oídos” para no tener que escuchar. El negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro, como les sucedió a los oyentes del diácono Esteban, quienes, tapándose los oídos, se lanzaron todos juntos contra él (cf. Hch 7,57).

Así, por una parte está Dios, que siempre se revela comunicándose gratuitamente; y por la otra, el hombre, a quien se le pide que se ponga a la escucha. El Señor llama explícitamente al hombre a una alianza de amor, para que pueda llegar a ser plenamente lo que es: imagen y semejanza de Dios en su capacidad de escuchar, de acoger, de dar espacio al otro. La escucha, en el fondo, es una dimensión del amor.

Por eso Jesús pide a sus discípulos que verifiquen la calidad de su escucha: «Presten atención a la forma en que escuchan» (Lc 8,18); los exhorta de ese modo después de haberles contado la parábola del sembrador, dejando entender que no basta escuchar, sino que hay que hacerlo bien. Sólo da frutos de vida y de salvación quien acoge la Palabra con el corazón “bien dispuesto y bueno” y la custodia fielmente (cf. Lc 8,15). Sólo prestando atención a quién escuchamos, qué escuchamos y cómo escuchamos podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo centro no es una teoría o una técnica, sino la «capacidad del corazón que hace posible la proximidad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 171).

Todos tenemos oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón. El rey Salomón, a pesar de ser muy joven, demostró sabiduría porque pidió al Señor que le concediera «un corazón capaz de escuchar» ( 1 Re 3,9). Y san Agustín invitaba a escuchar con el corazón ( corde audire), a acoger las palabras no exteriormente en los oídos, sino espiritualmente en el corazón: «No tengan el corazón en los oídos, sino los oídos en el corazón» [1]. Y san Francisco de Asís exhortaba a sus hermanos a «inclinar el oído del corazón» [2].

La primera escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es la escucha de sí mismo, de las propias exigencias más verdaderas, aquellas que están inscritas en lo íntimo de toda persona. Y no podemos sino escuchar lo que nos hace únicos en la creación: el deseo de estar en relación con los otros y con el Otro. No estamos hechos para vivir como átomos, sino juntos.

La escucha como condición de la buena comunicación

Existe un uso del oído que no es verdadera escucha, sino lo contrario: el escuchar a escondidas. De hecho, una tentación siempre presente y que hoy, en el tiempo de las redes sociales, parece haberse agudizado, es la de escuchar a escondidas y espiar, instrumentalizando a los demás para nuestro interés. Por el contrario, lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta.

Lamentablemente, la falta de escucha, que experimentamos muchas veces en la vida cotidiana, es evidente también en la vida pública, en la que, a menudo, en lugar de oír al otro, lo que nos gusta es escucharnos a nosotros mismos. Esto es síntoma de que, más que la verdad y el bien, se busca el consenso; más que a la escucha, se está atento a la audiencia. La buena comunicación, en cambio, no trata de impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al interlocutor, sino que presta atención a las razones del otro y trata de hacer que se comprenda la complejidad de la realidad. Es triste cuando, también en la Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan contraposiciones estériles.

En realidad, en muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista. En estas situaciones, como señala el filósofo Abraham Kaplan [3], el diálogo es un “duálogo”, un monólogo a dos voces. En la verdadera comunicación, en cambio, tanto el tú como el yo están “en salida”, tienden el uno hacia el otro.

Escuchar es, por tanto, el primer e indispensable ingrediente del diálogo y de la buena comunicación. No se comunica si antes no se ha escuchado, y no se hace buen periodismo sin la capacidad de escuchar. Para ofrecer una información sólida, equilibrada y completa es necesario haber escuchado durante largo tiempo. Para contar un evento o describir una realidad en un reportaje es esencial haber sabido escuchar, dispuestos también a cambiar de idea, a modificar las propias hipótesis de partida.

En efecto, solamente si se sale del monólogo se puede llegar a esa concordancia de voces que es garantía de una verdadera comunicación. Escuchar diversas fuentes, “no conformarnos con lo primero que encontramos” —como enseñan los profesionales expertos— asegura fiabilidad y seriedad a las informaciones que transmitimos. Escuchar más voces, escucharse mutuamente, también en la Iglesia, entre hermanos y hermanas, nos permite ejercitar el arte del discernimiento, que aparece siempre como la capacidad de orientarse en medio de una sinfonía de voces.

Pero, ¿por qué afrontar el esfuerzo que requiere la escucha? Un gran diplomático de la Santa Sede, el cardenal Agostino Casaroli, hablaba del “martirio de la paciencia”, necesario para escuchar y hacerse escuchar en las negociaciones con los interlocutores más difíciles, con el fin de obtener el mayor bien posible en condiciones de limitación de la libertad. Pero también en situaciones menos difíciles, la escucha requiere siempre la virtud de la paciencia, junto con la capacidad de dejarse sorprender por la verdad — aunque sea tan sólo un fragmento de la verdad— de la persona que estamos escuchando. Sólo el asombro permite el conocimiento. Me refiero a la curiosidad infinita del niño que mira el mundo que lo rodea con los ojos muy abiertos. Escuchar con esta disposición de ánimo —el asombro del niño con la consciencia de un adulto— es un enriquecimiento, porque siempre habrá alguna cosa, aunque sea mínima, que puedo aprender del otro y aplicar a mi vida.

La capacidad de escuchar a la sociedad es sumamente preciosa en este tiempo herido por la larga pandemia. Mucha desconfianza acumulada precedentemente hacia la “información oficial” ha causado una “infodemia”, dentro de la cual es cada vez más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información. Es preciso disponer el oído y escuchar en profundidad, especialmente el malestar social acrecentado por la disminución o el cese de muchas actividades económicas.

También la realidad de las migraciones forzadas es un problema complejo, y nadie tiene la receta lista para resolverlo. Repito que, para vencer los prejuicios sobre los migrantes y ablandar la dureza de nuestros corazones, sería necesario tratar de escuchar sus historias, dar un nombre y una historia a cada uno de ellos. Muchos buenos periodistas ya lo hacen. Y muchos otros lo harían si pudieran. ¡Alentémoslos! ¡Escuchemos estas historias! Después, cada uno será libre de sostener las políticas migratorias que considere más adecuadas para su país. Pero, en cualquier caso, ante nuestros ojos ya no tendremos números o invasores peligrosos, sino rostros e historias de personas concretas, miradas, esperanzas, sufrimientos de hombres y mujeres que hay que escuchar.

Escucharse en la Iglesia

También en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros. Nosotros los cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por Aquel que es el oyente por excelencia, a cuya obra estamos llamados a participar. «Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios» [4]. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer nos recuerda de este modo que el primer servicio que se debe prestar a los demás en la comunión consiste en escucharlos. Quien no sabe escuchar al hermano, pronto será incapaz de escuchar a Dios [5].

En la acción pastoral, la obra más importante es “el apostolado del oído”. Escuchar antes de hablar, como exhorta el apóstol Santiago: «Cada uno debe estar pronto a escuchar, pero ser lento para hablar» (1,19). Dar gratuitamente un poco del propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad.

Hace poco ha comenzado un proceso sinodal. Oremos para que sea una gran ocasión de escucha recíproca. La comunión no es el resultado de estrategias y programas, sino que se edifica en la escucha recíproca entre hermanos y hermanas. Como en un coro, la unidad no requiere uniformidad, monotonía, sino pluralidad y variedad de voces, polifonía. Al mismo tiempo, cada voz del coro canta escuchando las otras voces y en relación a la armonía del conjunto. Esta armonía ha sido ideada por el compositor, pero su realización depende de la sinfonía de todas y cada una de las voces.

Conscientes de participar en una comunión que nos precede y nos incluye, podemos redescubrir una Iglesia sinfónica, en la que cada uno puede cantar con su propia voz acogiendo las de los demás como un don, para manifestar la armonía del conjunto que el Espíritu Santo compone.

Roma, San Juan de Letrán, 24 de enero de 2022, Memoria de san Francisco de Sales.

 

Francisco

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[1] «Nolite habere cor in auribus, sed aures in corde» (Sermo 380, 1: Nuova Biblioteca Agostiniana 34, 568).

[2]  Carta a toda la Orden: Fuentes Franciscanas, 216.

[3] Cf. The life of dialogue, en J. D. Roslansky ed., Communication. A discussion at the Nobel Conference, North-Holland Publishing Company – Amsterdam 1969, 89-108.

[4] D. Bonhoeffer, Vida en comunidad, Sígueme, Salamanca 2003, 92.

[5] Cf. ibíd., 90-91.
 

“Pidan al Padre” (Juan 16,23b-28). Sábado de la VI semana de Pascua.

La reflexión de hoy es del P. César dos Santos y está tomada del libro "Ya sucedió… y se propagó", págs. 94 y 95.

jueves, 26 de mayo de 2022

“Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Juan 16,16-20). San Felipe Neri.


San Felipe Neri, presbítero (memoria obligatoria)

Del Martirologio Romano:

San Felipe Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad, y resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica y su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente de Dios (1595).

En la Diócesis de Canelones: 

En la Parroquia Santa Teresita, de Juanicó, funciona un Oratorio que lleva el nombre de San Felipe Neri.

domingo, 22 de mayo de 2022

“Les dejo la paz, les doy mi paz” (Juan 14,23-29). V domingo de Pascua.

La guerra de Ucrania y sus consecuencias inmediatas, que pronto se hicieron sentir en todo el mundo, han avivado en la humanidad el deseo de paz. Las comunidades católicas en todo el mundo, junto a otras congregaciones cristianas e incluso a otras religiones, nos hemos unido en la oración pidiendo el don de la paz. Yo espero que, también, nos hayan hecho tomar conciencia de que hay otros lugares del mundo que, aunque no reciben tanta atención de los medios de comunicación, desde hace mucho sufren la guerra, como Yemen, por poner un ejemplo.

En el evangelio de hoy, Jesús ofrece a sus discípulos el don de la paz. Shalom alejeim, “La paz esté con ustedes”, o simplemente Shalom, Paz, es el saludo en lengua hebrea. Shalom aparece unas 230 veces a lo largo del Libro de la Primera Alianza, lo que se suele llamar Antiguo Testamento. A través de esas expresiones es posible ir descubriendo la verdadera paz, don de Dios a los hombres.

Hay formas de paz solo aparentes, basadas en el miedo, la mentira, la falsa conciencia, el autoengaño. Uno de los salmos alerta sobre quienes 

“hablan de paz a su vecino, pero la maldad está en su corazón” (Salmo 28,3).
Otro salmo presenta el desconcierto del hombre justo 

“al ver la paz de los impíos” (Salmo 73,3.18)

hasta que comprende el terrible destino que aguarda a los malvados.

También se habla del cansancio de tratar 

“con los que odian la paz. Si yo hablo de paz, ellos prefieren la guerra”, dice el Salmo 120. (Salmo 120,6-7)
La Paz, SHALOM, es el bienestar en la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, con los demás, consigo mismo y con Dios. Es bendición, reposo, riqueza, salvación… vida. Es justicia. Es plenitud de dicha y es un don de Dios, como dice otro salmo:

“Dios bendice a su pueblo con la Paz” (Salmo 29,11)
La bendición que encontramos en el libro de los Números concluye diciendo:
“Que Dios te muestre su rostro y te conceda la Paz” (Números 6,26)
Hay que pedir a Dios el don de la Paz y desearlo para todos:
“Pidan la paz para Jerusalén… haya paz en tus muros…
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir ¡la paz contigo!
Por la casa del Señor nuestro Dios te deseo todo bien” (Salmo 122, 6-8)
Los profetas anuncian la Paz que traerá el Mesías, paz que superará todos los anhelos.
El profeta Isaías la compara con un torrente, una correntada:
Así dice Dios: miren que voy a derramar sobre Jerusalén la paz como un río. (Isaías 66,12)
En Jesús se cumplen todas las esperanzas de los hombres y las promesas de Dios. Él es quien trae al mundo la Paz de Dios, como lo anunciaron los ángeles cantando en su nacimiento:
“Gloria a Dios en lo alto del Cielo y en la tierra PAZ a los hombres amados por el Señor” (Lucas 2,14)
Ya en su tiempo de misión entre los hombres, Jesús saluda ofreciendo la paz e indica a sus discípulos hacer lo mismo:
Cuando entren a una casa, digan primero: “Paz a esta casa”.
Y si hubiere allí un hijo de paz, su paz reposará sobre él; si no, volverá a ustedes.
(Lucas 10,5-6)
Para hacer la vida más humana, para que sea como Dios la quiere, lo primero es sembrar la paz, no la violencia; promover el respeto, el diálogo y la escucha mutua; no la imposición ni el enfrentamiento.

Y finalmente en el evangelio de este domingo, escuchamos a Jesús decir a sus discípulos:
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. (Juan 14,23-29)
Jesús está en la última cena, pronunciando su discurso de despedida. Sintiendo la cercanía de la muerte, está disponiendo de sus bienes… ¿cuál es el bien mayor que deja Jesús a los suyos?
Jesús deja a los discípulos su Paz, la paz que ellos han podido ver en Él. Esa paz es fruto de la íntima unión de Jesús con el Padre. Les regala su paz, que nacerá en ellos si están dispuestos a recibir y dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.

Dios da la paz; y la paz se pide a Dios, pero eso no exime de la responsabilidad de buscarla ni del esfuerzo personal y comunitario para establecerla. Esfuerzo personal: primero para estar en paz consigo mismo. El Mahatma Gandhi decía que “el que no está en paz consigo mismo está en guerra con todo el mundo”. Paz con nuestro prójimo: con nuestra familia… una paz a veces muy costosa; con nuestros vecinos, con todas las personas con las que compartimos algo de nuestra vida. Paz con la creación, en el respeto y el cuidado de la casa común…
Todos los caminos de la Paz nos llevan a la Paz con Dios y la Paz con Dios nos realimenta y reenvía para ser portadores de paz.
Como dice el profeta Isaías:
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación…!» (Isaías 52:7)
¡Qué bueno que esto pudiera decirse de cada uno de nosotros!
La persona que lleva en su interior la paz de Cristo no busca lo que enfrenta y separa, sino que busca siempre el bien de todos, no deja fuera a nadie; fomenta todo lo que une, todo lo que lleva al cumplimiento de lo que Jesús ha implorado al Padre: 

“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 14,21).

Santos de la semana:

  • Santa Rita de Casia, una santa muy querida, una mujer que logró llevar a Dios a su violento marido es recordada este mismo domingo 22.
  • El martes 24, María Auxiliadora. Saludamos a la familia Salesiana, especialmente a las Hijas de María Auxiliadora, al colegio de Canelones y las capillas que se encuentran en la ciudad de Canelones, en Canelón Chico, San Ramón y Pando.
  • El miércoles 25 hay tres santos: San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia. San Gregorio VII, Papa y Santa María Magdalena de Pazzi, virgen.
  • San Felipe Neri, fundador de los oratorios, es recordado en la parroquia de Juanicó donde funciona un oratorio dedicado a él. Lo recordamos el jueves 26.
  • San Agustín de Cantorbery, obispo, es el santo cuya memoria se celebra el viernes 27.

Amigas y amigos, muchas gracias por su atención. Abramos nuestro corazón a la paz que Jesús nos ofrece y pidámosle que nos haga portadores de su paz, que llevemos su paz a todos aquellos con quienes nos encontramos cada día. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.