sábado, 13 de noviembre de 2010

El mensaje de la Virgen de los Treinta y Tres


Cuando en otros países me preguntan cuál es la patrona del Uruguay y digo “la Virgen de los Treinta y Tres”, me preparo para responder a las reacciones que surgen de inmediato: ¡qué nombre extraño! ¿De dónde viene? ¿Hubo una aparición? ¿Algún milagro?

No parece fácil explicar rápidamente quiénes fueron los Treinta y Tres Orientales en el marco del complejo proceso de independencia del Uruguay. Cuando lo hago aparecen otras preguntas: ¿Se independizaron del Brasil? Pero el Uruguay ¿no era colonia española?

Me preguntan también si es una Virgen muy milagrosa, y no sé bien qué contestar… Sin duda mucha gente pide su intercesión y recibe por ella Gracias divinas, pero su santuario no tiene el impresionante movimiento de otros de América Latina.

Pienso, por otra parte, en importantes apariciones de la Virgen (Lourdes, Fátima) acompañadas de mensajes. En nuestro tiempo es frecuente el anuncio de otras apariciones, no siempre comprobables, acompañadas de extensos mensajes, a veces publicados en varios tomos, presuntamente recibidos de la Virgen por quienes se declaran videntes.

Nada de esto hay aquí. Sin embargo, nuestra virgencita de los Treinta y Tres también tiene su mensaje. Un mensaje silencioso, pero que llega a los corazones que se abren a él.
Una parte del mensaje lo encontramos en la misma imagen. El otro está en su historia.

El mensaje de la historia: presencia de Madre

El nombre de Virgen de los Treinta y Tres evoca un momento decisivo en la historia de los orientales. La actual República Oriental del Uruguay fue llamada, en tiempos de la colonización española, la Banda Oriental (oriental con respecto al río Uruguay) y formó parte del virreinato del Río de la Plata. Terminada la dominación española, esta tierra fue invadida por los portugueses y en 1821 anexada al imperio de Portugal, Brasil y Algarbes como Provincia Cisplatina.

La independencia de Brasil en 1823 no trajo la emancipación: la Cisplatina pasó a ser una provincia del imperio brasileño. En ese mismo año, un grupo de patriotas comenzó a conspirar para que la provincia recupere su autonomía. Algunos de ellos soñaban con la integración federal con las demás Provincias Unidas del Río de la Plata –hoy Argentina – bajo un régimen federal. Otros deseaban la independencia total.

El 19 de abril de 1825, un grupo de orientales – treinta y tres en total, según la tradición – a cuya cabeza estaba Juan Antonio Lavalleja, atravesó el río Uruguay e inició la “Cruzada Libertadora”.

Luego de algunas victorias importantes, Lavalleja instó a los Cabildos de los pueblos a elegir diputados. El 14 de junio se constituyó en la villa de la Florida, en el centro sur del país, un gobierno provisorio encabezado por Manuel Calleros. Ante este gobierno Lavalleja resignó el poder que ejercía de hecho:
… para ofrecer el homenaje de su reconocimiento, respeto y obediencia al Gobierno Provisorio y jurar ante los Padres de la Patria y ante el Cielo, observador de sus íntimos sentimientos, prodigar, para salvarla hasta el último aliento… (Acta del Gobierno Provisorio, 14 de junio de 1825)
El historiador Raúl Montero Bustamante, en su Historia de la Virgen de los Treinta y Tres (Montevideo, 1914), recoge esta tradición, trasmitida oralmente en Florida:
A mediodía el Brigadier Lavalleja y los miembros del gobierno provisorio, asistidos de los funcionarios civiles y jefes militares, y seguidos por el pueblo que llenaba la plaza mayor, donde formaba cuadro el Ejército de la Patria, se dirigieron a la Iglesia parroquial, donde se cantó el solemne Te Deum, y el Párroco dio la bendición a héroes y pueblo.
La Bandera Tricolor se inclinó entonces, por primera vez, ante la imagen sagrada de la Virgen, titular de la Iglesia, y próceres y soldados doblaron reverentes la rodilla…
Más adelante, el Gobierno Provisorio convocó a una asamblea de representantes de los distintos pueblos de la provincia, para decidir su destino.

La sala de representantes se reunió en la casa de Basilio Fernández, una construcción en ladrillo con forma de rancho, contigua a la iglesia. 

La asamblea, presidida por el Pbro. Juan Francisco Larrobla, aprobó el 25 de agosto de 1825 tres leyes:
  • Ley de independencia, que declara a la provincia “de hecho y de derecho libre e independiente del Rey de Portugal, del Emperador del Brasil y de cualquier otro del universo”
  • Ley de unión, por la que “Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre (…) por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen”
  • Ley del pabellón, que establece para la provincia una bandera “de tres franjas horizontales, celeste, blanco y punzó”.
La misma tradición recogida por Montero Bustamante dice que el 25 de agosto, los asambleístas, antes de trasladarse a la Piedra Alta, donde se leería el acta solemne de las tres leyes aprobadas, asistieron a la misa y al Te Deum, oficiados ante el altar de la Virgen.
Comentando esta tradición, escribía en 1961 Mons. Carlos Parteli, entonces obispo de Tacuarembó:
El homenaje de Lavalleja y sus compañeros (no es necesario afirmar que estuvieron los treinta y tres todos juntos) es lógico y verosímil. Primero, porque está demostrada de muchas maneras la religiosidad de todos aquellos hombres; y segundo, porque estaba en las costumbres de la época el poner todas las grandes empresas bajo la protección divina. (…) ¿Qué cosa más natural que una misa o un Te Deum en la plaza o en la Iglesia, al lado de la casa donde se reunían? ¿Qué cosa más natural, en hombres de fe profunda que imploran la protección de la Virgen en el momento emocionante de crear un Estado Independiente, y ante la perspectiva de batallas en las cuales se jugaban la vida, y de las cuales dependía el éxito de la empresa?  (1)
Aquí se manifiesta el primer mensaje de la historia, contenido en el actual nombre de la imagen. La Virgen acompaña y protege esta manifestación de autodeterminación del pueblo oriental. La Virgen, reconocida como madre de nuestro pueblo: “Madre, contigo y ante ti gestamos nuestra libertad" expresa el lema de la Peregrinación Nacional a Florida este 14 de noviembre de 2010.

Pero la historia de esta imagen y su presencia en medio de nuestro pueblo no comienza con este hecho histórico puntual. Y allí encontramos un segundo mensaje, que nos remite a las raíces más profundas de nuestra Patria, a la primera evangelización.

La imagen de la Virgen de los Treinta y Tres llegó desde las Misiones Jesuíticas. En el siglo XVIII los Jesuitas poseían una estancia en La Calera, cerca de Florida. Uno de los límites de esta posesión era el llamado Arroyo de la Virgen.

En 1779, cerca de ese arroyo, se construyó la primitiva capilla del Pintado (aproximadamente en lo que hoy se llama “Villa Vieja”, cerca de la ciudad de Florida). La capilla fue dedicada a la Reina de los Ángeles, bajo la advocación de Nuestra Señora del Luján, por voluntad del donante del terreno, el indio Antonio Díaz.

La Virgen del Luján, venerada desde 1630, era una devoción ampliamente difundida en el Río de la Plata, a partir de una imagen de la Inmaculada Concepción, elaborada en arcilla cocida, traída desde Brasil a lo que hoy es Argentina.

En el año 1805 el obispo de Buenos Aires Benito Lué creó la Parroquia de Nuestra Señora del Luján del Pintado. Al construirse el templo parroquial se colocó allí una imagen de “Nuestra Señora del Luján”: la que estaba en la capilla del Pintado.

El 24 de abril de 1809 fue fundada la Villa de San Fernando de la Florida. Allí se trasladaron los habitantes del Pintado. El párroco Santiago Figueredo tramitó entonces el cambio de sede de la parroquia y contrató la fabricación de un horno de ladrillos para edificar el nuevo templo parroquial de Nuestra Señora del Luján. A ese templo fue llevada “la Virgen del Pintado”.

Hasta no hace demasiado tiempo, la imagen siguió siendo nombrada oficialmente como “Nuestra Señora del Luján”. Aún puede verse en uno de los muros de la catedral de Florida una histórica placa de mármol con ese nombre. Sin embargo, a partir de 1825, comenzará a abrirse camino en la expresión popular el nombre de “Virgen de los Treinta y Tres”.

Pero aquí nos interesa rescatar el segundo mensaje de la historia: la presencia de la Virgen en los comienzos mismos de la población y de la evangelización de nuestro suelo.
Elaborada por manos guaraníes, custodiada por un indio que la venera, madre de una población que se va constituyendo en torno a su presencia, peregrina con ellos hacia un sitial definitivo. Presencia que gesta, nutre, protege. Presencia de Madre que abraza no sólo los casi dos siglos de vida independiente, sino también los dos siglos anteriores, en los que nuestras raíces se entrelazan con las de los pueblos vecinos de la Cuenca del Plata.

El mensaje de la imagen: la Madre Purísima

¿Qué encuentra alguien que se acerca a la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres con una mirada inocente, sin información previa?

Pues ve una estatuilla de apenas 36 cm de altura. Una figura bonita, bien proporcionada, en la que destaca el hermoso rostro de la Virgen y sus delicadas manos unidas. Los colores son adecuados, vivos y armoniosos. Los uruguayos reconocemos en ellos los de nuestra bandera: azul, blanco y el oro del sol. El vestido y el manto no son de tela, sino del mismo material del que está hecha la imagen. El manto no cae sobre el vestido, sino que presenta un movimiento que llama la atención del que observa. La imagen llega a conmover a quien se detenga ante ella con un mínimo de fe y de sensibilidad.

Ahora bien, si nos informamos un poco más, podemos ir más allá de los primeros datos sensibles.

¿Qué es lo que representa esta imagen? Es decir, ¿qué es lo que representa de María esta imagen?

Se trata de una imagen de la Inmaculada Concepción, y esa es una clave fundamental para entender su mensaje.

Mucho antes de que el Papa Pío IX proclamara en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de María, es decir,
que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano (Bula Ineffabilis Deus)
el Pueblo de Dios creía y manifestaba su fe en la “Purísima”.

Esa fe del Pueblo de Dios, con un arraigo especial en España, llevó a que muchos artistas buscaran la forma de representar ese misterio de María. Grandes pintores españoles del siglo XVII fueron delineando esa representación. Entre ellos se destacó Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682).

¿Cómo representaban estos artistas a María Inmaculada? Se inspiraban, en parte, en el pasaje de Apocalipsis 12, 1-2:
1 Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; 2 está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz.
Los artistas representan, efectivamente, a María como una señal que aparece en el cielo. Su figura está suspendida en el espacio, no toca el suelo. La luna y otros elementos que aparecen en el cielo, como las nubes y las estrellas, colocados bajo sus pies, acentúan que está, efectivamente, en el cielo. María está embarazada, aunque eso está delicadamente insinuado en un vestido suelto, pero está lejos del parto y aún más lejos de sus dolores. Al contrario, es en su rostro bello y sereno donde resplandece su pureza. Esas características aparecen en nuestra imagen.

Cuando yo era niño, canté muchas veces el himno de la Virgen de la Medalla Milagrosa: “Míranos, oh Milagrosa; Míranos, Madre de Amor…” Pero la Virgen de los Treinta y Tres no nos mira… Mons. Alberto Sanguinetti, actual obispo de Canelones, nos hace descubrir en la Virgen de los Treinta y Tres el significado de esta señal que aparece en el cielo:
Miremos a nuestra imagen en su conjunto. No es María dándonos al niño. Tampoco a quien podemos acudir, ni la que aboga por nosotros. Ella no mira, sino que se deja mirar: es la agraciada, la que ha hallado gracia a los ojos de Dios (Lc. 1,18), y que, por lo mismo, se deja mirar por la bondad divina. (…)
Se puede decir que la representación de la purísima quiere captar a la Virgen en la idea de Dios, concebida en el plan redentor: por ello está fuera del tiempo. Pero simultáneamente, por estar en la eternidad, abarca toda la realización de la historia de la Purísima, desde su Concepción hasta su exaltación a los cielos. (…)
Quien mirando a la Virgen se llena de gozo, no se detiene en Ella, sino que celebra la gloria de Dios en su perfecta criatura. (2)
Con esta perspectiva, podemos ahora observar detenidamente la imagen. Abajo encontramos el cielo oscuro, en el que destacan las estrellas. Hay también una nube, detrás de la cual sobresalen los extremos de una luna en cuarto menguante, de color plateado. Del centro de la nube sobresalen las cabezas de tres angelitos.

María aparece así por encima del cielo nocturno, por encima de la oscuridad que representa el pecado, sobre el que triunfa María inmaculada.

Los angelitos, colocados a sus pies, nos hacen ver que ella está por encima de los ángeles, que están a su servicio. Los pies no se ven. “Los pies son el contacto con la tierra. En cuanto la tierra es pecado y muerte, María no tiene contacto con ella”, señala Sanguinetti.

Sin embargo, la pierna derecha aparece adelantada bajo el vestido en un paso de danza. Un toque de movimiento que se une al del manto y que contrasta con las manos unidas en recogimiento. La imagen combina admirablemente movimiento y reposo.

El largo vestido es suelto, levemente ceñido, no en la cintura, sino bajo el pecho, insinuando el embarazo. Es del color del oro, el metal que no se oxida; el color del sol, símbolo de lo eterno. “Vestida de sol”, dice el Apocalipsis. Comenta Sanguinetti:

Al estar revestida de oro, nos aparece la Inmaculada como victoria firme, definitiva, inalterable. La participación que ella tiene de la gracia de Jesucristo – que es el sol – no es como la de la luna, variable y débil, sino que está vestida de sol, permanente.

Sobre el vestido cae el manto, azul por fuera y blanco por dentro. Azul, color del cielo, colocado por fuera, nos habla de la pertenencia de María a lo infinito y eterno donde Dios la ha colocado. Blanco, el color de la pureza, donde no hay ninguna mancha, porque de otro modo se percibiría inmediatamente. Es también el color de la disponibilidad: la página en blanco que espera ser escrita; la tela blanca que espera que el pintor plasme allí su creación. El blanco, del lado de adentro del manto, expresa la interioridad de María, la servidora dispuesta a realizar la voluntad del Padre: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

El manto se mueve, agitado por el viento del Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35).

Finalmente, la Virgen está coronada. Sobre el significado de la corona nos ilustra Sanguinetti:
La corona no es un adorno, sino símbolo que indica la preeminencia – puesto que exalta la cabeza – la perfección y participación en lo divino – por su forma circular – y la pertenencia a Dios por el material. Cuando esta cerrada arriba, la corona afirma una soberanía absoluta. Sólo Dios corona por participación, de forma que la corona hace descender lo divino sobre lo coronado.
La Virgen coronada es reconocida como reina, es decir como quien recibe parte en la soberanía absoluta y única del Rey de Reyes y Señor de Señores, Jesucristo.
La Virgen de los Treinta y Tres recibió del poeta Juan Zorrilla de San Martín el título de “Capitana y guía”, en el más antiguo de los himnos a ella dedicados, título recogido por el más frecuentado “Estrella del alba…” En tiempos de dictadura militar, algunos católicos sintieron un poco rechinante el dar a la Virgen lo que se tomaba como un grado militar, y se sugirió cambiarlo por “madre nuestra y guía”. Sin embargo, el título es acorde con la referencia histórica a la gesta libertadora de los Treinta y Tres. Volvamos, para finalizar, a la referencia de Alberto Sanguinetti:
El reconocer a la Virgen coronada, es reconocerle soberanía, el ser cabeza del pueblo. Lo que en el simbolismo tradicional se expresa por el título de reina, queda expresado con respecto a la Virgen de los Treinta y Tres con el de Capitana y Guía. El término capitán viene de caput, cabeza; para comprenderlo en su aplicación a la Virgen no ha de asimilarse a un rango subordinado de la milicia, sino al de Capitán General: el que es cabeza de la nación. Con ese sentido, la Virgen coronada de los Treinta y Tres es cabeza y conductora, reina y señora de la Patria, capitana y guía.
Nuestra Madre es, pues, la Virgen Inmaculada, la Virgen Purísima. No hay que mirar en ello un privilegio que la aleja de nosotros. Por el contrario, la acerca. Siendo enteramente de Dios, puede ser enteramente nuestra, como lo expresan los versos del P. Catena: “Toda de Dios sos María / toda nuestra y del Señor / toda santa, inmaculada / pura y limpia concepción”.

A María Inmaculada, Virgen de los Treinta y Tres, en la que Dios ha vencido, por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, sobre el demonio, el pecado y la muerte, confiamos el caminar de nuestro pueblo para que conduzca sus pasos hacia la libertad de los hijos de Dios.

+ Heriberto

(1) Mons. Carlos Parteli, Virgen de los Treinta y Tres, Tacuarembó 1984 (reedición del texto de 1961).
(2) Pbro. Dr. Alberto Sanguinetti, Virgen María de los Treinta y Tres Orientales. Mensaje Teológico y pastoral de la Purísima Virgen de los Treinta y Tres, Salto, 1992.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Existe concordancia entre los hechos históricos, y la Fe depositada en la Virgen María, por los 33 Orientales, que cruzaron el Río de la Plata...cuando ocurre un milagro duante la travesía en los dos lanchones. -Sin el cual, la historia hubiera sido otra muy distinta-.

Trascribo:
La Cruzada Libertadora
Por Cecilia González / Maestra

"El Desembarco de los Treinta y Tres Orientales un 19 de abril -fecha patria que recordamos cada año- representó un hecho medular en la Cruzada Libertadora de 1825.
(...)
Cuando todo estuvo listo, hechos los contactos para proveerse de caballos cuando llegaran a las costas uruguayas, los orientales se embarcaron en San Isidro, desde donde partieron en 2 pequeños lanchones, cada uno con capacidad para unas 20 personas.
Para su seguridad, eligieron cruzar el río en una noche con poca luna, y así no ser vistos. Cuentan escritos de la época que durante la travesía, los lanchones pasaron a poca distancia de buques enemigos, cuyos faroles podían verse.
Afortunadamente, los dos grupos de orientales que habían salido de San Isidro lograron llegar a suelo patrio sin mayores inconvenientes."

Según otros detalles anecdotarios, desciende una densa niebla, sobre el Río de la Plata, que cubre como un velo, a los orientales de la vista de los enemigos.
Hubo también un "incidente" inesperado, con los caballos, que "casualmente", juega a favor de Lavalleja y sus hombres.
-Evito detalles, pues tampoco los recuerdo con exactitud: pero sé que nuestra historia, analizada desde el punto de vista de la Fe, cobra relevancia desde ciertas casualidades y sus coincidencias, consideradas "fortuitas", que son las que denotan, la protección y el designio de un Propósito anterior y superior al ser humano.
Que se vale, así mismo, de nuestra Fe y convicción, para obrar, en todos los órdenes de la vida.

Tony Rayes dijo...

I like it very much!!!