martes, 7 de marzo de 2023

“El agua que Yo le daré se convertirá en manantial que brotará hasta la vida eterna (Juan 4,5-42). III Domingo de Cuaresma.

Agua… uno de los bienes más preciosos de nuestra casa común; un bien por el que desde hace varios meses uruguayos y otros hermanos de la región estamos clamando, ante la grave sequía que venimos atravesando.

Agua… otros líquidos, azucarados o edulcorados, con gas o sin gas, debidamente enfriados, nos pueden ser ofrecidos para calmar la sed… pero, al final, como decía Delmira Agustini en su poema “La sed”, nada supera “la limpidez del agua”.

“Dame de beber”, dice Jesús. En el calor del mediodía, sentado al borde de un pozo, Jesús hace ese pedido a una mujer que se acerca con lo necesario para sacar y llevar a su casa el agua que necesita. Ante el pedido de Jesús, la mujer responde:

«¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Juan 4, 5-42)

Pocas palabras, que dicen mucho. No sabemos si con asombro, fastidio o ironía, la mujer señala las barreras sociales que se interponen entre Jesús y ella. Varón y mujer; judío y samaritana. 

Jesús responde de una forma inesperada. No se pone a rogar que le dé agua y tampoco hace una declaración de rebeldía contra los prejuicios. Jesús responde con una propuesta:

«Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice:
"Dame de beber",
tú misma se lo hubieras pedido,
y él te habría dado agua viva.»
(Juan 4, 5-42)

“Si conocieras el don de Dios”. Jesús anuncia algo que Él tiene para ofrecer. Nada menos que un regalo, un don, de parte de Dios. Un don especial, por eso dice “el” don, el don más grande que Dios puede dar a una persona humana. “Si conocieras… tú misma se lo hubieras pedido”, sigue diciendo Jesús. 

Pienso en los momentos de nuestra vida en los que recurrimos a Dios, las cosas que le pedimos… Pedimos la lluvia para nuestra tierra ¡y hacemos bien! Pero… ¿Dios es solamente eso? ¿un servicio de emergencia? Jesús había pedido agua del pozo, pero él ofrece “agua viva”. ¡Cuántas cosas pueden caber dentro de ese símbolo! ¿cuál es el don de Dios?

La samaritana, como nos pasa muchas veces a nosotros, se queda en lo inmediato, en las necesidades de cada día y le señala a Jesús que él no tiene como sacar agua:

“¿de dónde sacas esa agua viva?”. Pero a pesar de los cuestionamientos, algo comienza a abrirse en el corazón de la mujer. Jesús continúa presentando el don que él quisiera darle:

«El que beba de esta agua
tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que Yo le daré,
nunca más volverá a tener sed.
El agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial
que brotará hasta la Vida eterna.»
(Juan 4, 5-42)

La Vida eterna. Esa es la mayor promesa de Jesús para nosotros: compartir la vida de Dios. Entrar en la vida verdadera para siempre; conocer la felicidad eterna participando de la vida y la felicidad de Dios. 

En este mundo, en esta vida que conocemos, cada cosa que nos regala un instante de felicidad, pasa, se acaba. Por un momento se sacia nuestra sed, pero volvemos a tener sed. El agua que Jesús ofrece nos introduce dentro de la vida de Dios. 

¿Cuál es el don de Dios que Jesús nos entrega bajo el signo del agua? Las respuestas son múltiples: la fe, por la que llegamos a conocer y amar a Dios. El Espíritu Santo, nada menos que la presencia de Dios en nosotros, principio de vida eterna. La Gracia de Dios, su amor gratuito, su amor misericordioso que transforma nuestra vida. 

El agua del bautismo representa todo eso y mucho más. Esto es tan grande que también los creyentes necesitamos seguir conociendo y profundizando el don de Dios. Por eso, estas palabras de Jesús valen para todos.

La cuestión es si deseamos, realmente, conocer y recibir ese don y, más aún, si deseamos, cada vez con mayor profundidad, seguir conociendo y recibiendo ese don. 

En la vigilia pascual, celebración de la muerte y resurrección de Cristo, centro de nuestra fe, renovamos nuestras promesas bautismales y recibimos la aspersión con agua bendita. No es un detalle más de esa celebración tan rica en sus signos y en la lectura de la Palabra. La vigilia pascual es una gran liturgia bautismal y por eso es tan deseable que durante ella se celebre la iniciación cristiana. Pero aún si faltara la celebración de esos sacramentos, vivamos ese momento de renovación bautismal con toda su fuerza, con todo lo que significa en relación a nuestra unión con Jesucristo, resucitado de entre los muertos.

En su encuentro con Jesús, la mujer samaritana fue conociendo más a aquel hombre que le había pedido agua. Su corazón y su mente se fueron abriendo a la fe. Ese crecimiento se fue expresando en la forma en que iba refiriéndose a Jesús, aun manteniendo sus preguntas: 

“Tú, que eres judío…”
 “¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob?”
“Veo que eres un profeta…”

Y, finalmente, ante el anuncio de Jesús de un tiempo nuevo, en el que se adorará al Padre en espíritu y en verdad, dice la mujer:

«Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando Él venga, nos anunciará todo.»

Y así, se prepara para escuchar la revelación de Jesús:

«Soy Yo, el que habla contigo.»

Al oír esto, la reacción de la mujer es inmediata… y sorprendente. Deja su cántaro y corre a la ciudad para decirle a la gente:

«Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?»

Todo cristiano está llamado a ser y a vivir como discípulo misionero: la persona que encuentra a Jesús, que lo escucha y que comparte con los demás lo que ha encontrado.

La samaritana compartió con los suyos lo que había vivido. Ellos fueron y vieron y, a su vez, compartieron lo que habían descubierto, diciéndole a la mujer:

«Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

Que el camino de la Cuaresma siga ayudándonos en nuestra conversión y así la Semana Santa sea sobre todo tiempo de un deseado encuentro con Jesucristo Salvador, ante quien renovaremos nuestra fe.

Para recordar…

  • Mañana, lunes 13 es el décimo aniversario del pontificado del Papa Francisco. Recordemos su habitual pedido “no se olviden de rezar por mí” y tengámoslo en nuestras oraciones.
  • El 18 y 19 se hará la colecta del Fondo Común Diocesano, que en esta ocasión tiene como destino ayudar a cubrir la formación de nuestros seminaristas en el Seminario Interdiocesano.
  • El sábado 6 de mayo se celebrará en Montevideo la beatificación de Jacinto Vera. Estar presentes es un compromiso de todos los católicos uruguayos; pero no olvidemos que el territorio de nuestra diócesis lo recibió en parte de su infancia, en Toledo, y la actual catedral Nuestra Señora de Guadalupe lo tuvo como párroco. Para nuestra iglesia canaria, participar es un compromiso mayor.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

 

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