viernes, 18 de mayo de 2018

Las fronteras y los jóvenes. Encuentro de Diócesis de Frontera, Formosa 2018N

Delegación uruguaya en el encuentro.
Diócesis de Salto, Tacuarembó y Melo

Mensaje final

XXXIII Encuentro de Diócesis de Frontera
14, 15 y 16 de mayo de 2018
FORMOSA - ARGENTINA


Tema: “Los vecinos se encuentran para escuchar a los jóvenes, percibir su realidad personal, familiar, social y eclesial, valorar su protagonismo, alegría, generosidad y creatividad en la acción pastoral al servicio de la vida de nuestros pueblos”.

Texto bíblico iluminador: 1 Juan 2, 14
“Hijos, les he escrito porque ustedes conocen al Padre. Padres, les he escrito porque ustedes conocen al que existe desde el principio. Jóvenes, les he escrito porque son fuertes y la Palabra de Dios permanece en ustedes y ustedes han vencido al Maligno”.

Agradecidos a Dios porque, convocados como pueblo de hijos y de hermanos en Jesús, hemos concluido nuestro encuentro anual de vecinos de frontera. Nos hemos reunido en Formosa, tierra de los pueblos originarios Qom, Pilagás, Nivaklés y Wichis, en el Noreste argentino.

Así, los vecinos nos reconocemos hermanos, sentimos por un momento que la frontera se diluye y nos une la necesidad de escuchar a los jóvenes y percibir su realidad vital, que trasciende las fronteras de los países.

1.       La compleja realidad juvenil

Escuchando la voz de los jóvenes, los aportes de expertos y compartiendo nuestras experiencias, descubrimos una realidad juvenil positiva y esperanzadora, de jóvenes inquietos a quienes moviliza la búsqueda del sentido de la vida y de ser protagonistas en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Jóvenes que confían en la familia, jóvenes de grupos parroquiales y de movimientos que perseveran en su fe y en su vida cristiana, en su compromiso apostólico en la Iglesia y en el mundo.
Es también una realidad compleja.

Pesa sobre los jóvenes la visión de las generaciones mayores, para las cuales hoy la juventud aparece como estado ideal. Muchos adultos, en lugar de ofrecer el modelo de una vida con responsabilidad y sentido, sueñan con una juventud perpetua, y así cierran el horizonte a los jóvenes. Hay también visiones negativas sobre los jóvenes que reiteran prejuicios que se han dado a lo largo de siglos.
Muchos jóvenes viven situaciones de sufrimiento: pobreza, adicciones, falta de sentido, vida sin trabajo ni estudio, estructuras familiares inestables y cambiantes.

Hay una ausencia de jóvenes que no llegan a la Iglesia porque se ha roto la trasmisión de la fe en las familias. También porque la Iglesia es percibida como una entidad obsoleta, manchada por escándalos. La cultura contemporánea no predispone ni facilita el silencio y la interioridad, espacios para la apertura espiritual. Hay también dificultades de acogida y de acompañamiento en las comunidades cristianas.

2.       Los jóvenes, Jesús y la Iglesia

¿Qué tiene la Iglesia para ofrecer a los jóvenes que hoy son indiferentes a su propuesta?

Humanamente: cercanía, escucha, atención a la persona del joven y a sus problemas.

Ante todo, a Jesucristo. Proponer el encuentro con Jesucristo vivo, descubierto en un camino de seguimiento, de acuerdo a la primera invitación de Jesús a sus discípulos: “Síganme”. La relación de Jesús con los jóvenes es paradigma para lo que debería ser nuestra acción pastoral.

Tres pasajes del Evangelio son particularmente iluminadores:
Mc 5,41 “Muchacha, a ti te digo, levántate”
Mc 9,27 “tomándole de la mano… lo levantó y él se puso de pie”
Mt 19,21 “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme”
Las tres palabras de Jesús tienen en común un llamado al crecimiento personal, a partir del “levántate” y del seguimiento.

En una realidad donde la fe no está presente, parece adecuado proponer el seguimiento como proceso para conocer a Jesús que da la posibilidad de abrirse a la fe.

Desde allí será posible un proceso de maduración en la fe y discernimiento del proyecto de vida del joven.

3.       Los desafíos pastorales

La pastoral juvenil y la pastoral vocacional han estado durante años suponiendo la fe, para proponer una posible vocación. Pensar como primer paso no la fe sino el llamado, es decir, la pregunta vocacional, para iniciar un camino de discernimiento, invierte esa propuesta. Es una reflexión a profundizar.

Necesitamos fortalecer presencia y proximidad en la relación pastoral con los jóvenes.

Establecer relaciones caracterizadas por cercanía, ternura y firmeza.

Pasar de una presentación teórica doctrinal a una propuesta más existencial de la fe.

Prestar especial atención a los centros de educación católica para que sean verdaderamente lugares de propuesta y encuentro con Jesús.

Las experiencias de misión son muy valoradas por los jóvenes. Allí se manifiesta con fuerza su capacidad de responsabilidad, compromiso, entrega y de servicio. 

En suma, propuestas de pastoral juvenil en las que los jóvenes sean protagonistas, como aparece en las experiencias presentadas en el encuentro. Así los jóvenes serán los primeros apóstoles de los jóvenes, para que, como expresó en su testimonio una joven participante “ningún joven sea dejado de lado”.

Formosa, 16 de mayo de 2018

Los 65 participantes de los siguientes países y diócesis:
Argentina: Diócesis de Concordia, Corrientes, Formosa, Goya, Gualeguaychú, Reconquista y Santo Tomé.
Brasil: Diócesis de Bagé, Pelotas, Santo Ângelo y Uruguaiana.
Paraguay: Diócesis de Asunción, Ciudad del Este y San Juan Bautista de las Misiones.
Uruguay: Diócesis de Melo, Salto y Tacuarembó.
 


viernes, 11 de mayo de 2018

El Papa nombró Obispo Auxiliar de Montevideo al sacerdote Luis Eduardo González

El Papa Francisco designó Obispo Auxiliar de Montevideo al sacerdote de la Diócesis de Maldonado-Punta del Este, Luis Eduardo González Cedrés.
El Presbítero González tiene 46 años. Actualmente es administrador parroquial de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario en la Barra de Maldonado, Vicario General de la Diócesis de Maldonado-Punta del Este, y Rector del Seminario Mayor Interdiocesano “Cristo Rey”, en Montevideo.
El  nombramiento del Obispo Auxiliar fue difundido hoy por la Santa Sede a las 12 horas de Roma.
Con este nombramiento, el episcopado uruguayo queda conformado por nueve obispos (la Diócesis de Tacuarembó tiene sede vacante), tres obispos auxiliares (dos en Montevideo y uno en Canelones) y cinco obispos eméritos (uno en Montevideo, uno en Canelones, uno en Florida, y dos de Melo, que residen fuera de la diócesis).

Luis Eduardo González Cedrés nació en Montevideo el 15 de enero de 1972.
Antes de comenzar la formación sacerdotal, entre los años 1996 y 2001, estudió en la Universidad ORT Uruguay, obteniendo el título de Ingeniero en Sistemas.
Alumno del Seminario Mayor Interdiocesano en Montevideo, cursó sus estudios de Filosofía y Teología en la Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler” donde, entre los años 2008 y 2009, culminó los cursos de la Licenciatura en Teología. Fue ordenado diácono para la Diócesis de Maldonado-Punta del Este el 11 de octubre de 2008 y  sacerdote el 18 de abril de 2009.
Se ha desempeñado en diversos cargos pastorales en la Diócesis de Maldonado-Punta del Este, entre ellos:
  • Asesor de la Pastoral Juvenil desde abril de 2009 a diciembre de 2012.
  • Asesor de la Pastoral Vocacional desde abril de 2009 hasta diciembre de 2016.
  • Secretario Canciller desde noviembre de 2009 a diciembre de 2014.
  • Desde setiembre de 2010 hasta este nombramiento fue Administrador parroquial de la Parroquia Ntra. Sra. del Rosario en la Barra de Maldonado y, desde el 1 de enero de 2014, Vicario General de la Diócesis.
También sirvió pastoralmente en el Seminario Interdiocesano Cristo Rey como formador de la etapa de Introductorio y acompañante espiritual desde febrero de 2013 a diciembre de 2016. Desde diciembre de 2016 hasta la fecha se desempeñó como Rector del referido Seminario.


«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32) Fake news y periodismo de paz.


En el día de la Ascensión la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Con ese motivo, el Papa dirige un mensaje con un tema de reflexión. El tema de este año es "Fake news y periodismo de paz".

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 52 JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
Fake news y periodismo de paz

Queridos hermanos y hermanas:

En el proyecto de Dios, la comunicación humana es una modalidad esencial para vivir la comunión. El ser humano, imagen y semejanza del Creador, es capaz de expresar y compartir la verdad, el bien, la belleza. Es capaz de contar su propia experiencia y describir el mundo, y de construir así la memoria y la comprensión de los acontecimientos.

Pero el hombre, si sigue su propio egoísmo orgulloso, puede también hacer un mal uso de la facultad de comunicar, como muestran desde el principio los episodios bíblicos de Caín y Abel, y de la Torre de Babel (cf. Gn 4,1-16; 11,1-9). La alteración de la verdad es el síntoma típico de tal distorsión, tanto en el plano individual como en el colectivo. Por el contrario, en la fidelidad a la lógica de Dios, la comunicación se convierte en lugar para expresar la propia responsabilidad en la búsqueda de la verdad y en la construcción del bien.

Hoy, en un contexto de comunicación cada vez más veloz e inmersos dentro de un sistema digital, asistimos al fenómeno de las noticias falsas, las llamadas «fake news». Dicho fenómeno nos llama a la reflexión; por eso he dedicado este mensaje al tema de la verdad, como ya hicieron en diversas ocasiones mis predecesores a partir de Pablo VI (cf. Mensaje de 1972: «Los instrumentos de comunicación social al servicio de la verdad»). Quisiera ofrecer de este modo una aportación al esfuerzo común para prevenir la difusión de las noticias falsas, y para redescubrir el valor de la profesión periodística y la responsabilidad personal de cada uno en la comunicación de la verdad.

1. ¿Qué hay de falso en las «noticias  falsas»?
«Fake news» es un término discutido y también objeto de debate. Generalmente alude a la desinformación difundida online o en los medios de comunicación tradicionales. Esta expresión se refiere, por tanto, a informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas.
La eficacia de las fake news se debe, en primer lugar, a su naturaleza mimética, es decir, a su capacidad de aparecer como plausibles. En segundo lugar, estas noticias, falsas pero verosímiles, son capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración. Su difusión puede contar con el uso manipulador de las redes sociales y de las lógicas que garantizan su funcionamiento. De este modo, los contenidos, a pesar de carecer de fundamento, obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen.
La dificultad para desenmascarar y erradicar las fake news se debe asimismo al hecho de que las personas a menudo interactúan dentro de ambientes digitales homogéneos e impermeables a perspectivas y opiniones divergentes. El resultado de esta lógica de la desinformación es que, en lugar de realizar una sana comparación con otras fuentes de información, lo que podría poner en discusión positivamente los prejuicios y abrir un diálogo constructivo, se corre el riesgo de convertirse en actores involuntarios de la difusión de opiniones sectarias e infundadas. El drama de la desinformación es el desacreditar al otro, el presentarlo como enemigo, hasta llegar a la demonización que favorece los conflictos. Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio. A esto conduce, en último análisis, la falsedad.

2. ¿Cómo podemos reconocerlas?
Ninguno de nosotros puede eximirse de la responsabilidad de hacer frente a estas falsedades. No es tarea fácil, porque la desinformación se basa frecuentemente en discursos heterogéneos, intencionadamente evasivos y sutilmente engañosos, y se sirve a veces de mecanismos refinados. Por eso son loables las iniciativas educativas que permiten aprender a leer y valorar el contexto comunicativo, y enseñan a no ser divulgadores inconscientes de la desinformación, sino activos en su desvelamiento. Son asimismo encomiables las iniciativas institucionales y jurídicas encaminadas a concretar normas que se opongan a este fenómeno, así como las que han puesto en marcha las compañías tecnológicas y de medios de comunicación, dirigidas a definir nuevos criterios para la verificación de las identidades personales que se esconden detrás de  millones de perfiles digitales.
Pero la prevención y la identificación de los mecanismos de la desinformación requieren también un discernimiento atento y profundo. En efecto, se ha de desenmascarar la que se podría definir como la «lógica de la serpiente», capaz de camuflarse en todas partes y morder. Se trata de la estrategia utilizada por la «serpiente astuta» de la que habla el Libro del Génesis, la cual, en los albores de la humanidad, fue la artífice de la primera fake news (cf. Gn 3,1-15), que llevó a las trágicas consecuencias del pecado, y que se concretizaron luego en el primer fratricidio (cf. Gn 4) y en otras innumerables formas de mal contra Dios, el prójimo, la sociedad y la creación.
La estrategia de este hábil «padre de la mentira» (Jn 8,44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes. En la narración del pecado original, el tentador, efectivamente, se acerca a la mujer fingiendo ser su amigo e interesarse por su bien, y comienza su discurso con una afirmación verdadera, pero sólo en parte:«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3,1). En realidad, lo que Dios había dicho a Adán no era que no comieran de ningún árbol, sino tan solo de un árbol: «Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás» (Gn 2,17). La mujer, respondiendo, se lo explica a la serpiente, pero se deja atraer por su provocación:«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» (Gn 3,2). Esta respuesta tiene un sabor legalista y pesimista: habiendo dado credibilidad al falsario y dejándose seducir por su versión de los hechos, la mujer se deja engañar. Por eso, enseguida presta atención cuando le asegura: «No, no moriréis» (v. 4). Luego, la deconstrucción del tentador asume una apariencia creíble: «Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (v. 5). Finalmente, se llega a desacreditar la recomendación paternal de Dios, que estaba dirigida al bien, para seguir la seductora incitación del enemigo: «La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable» (v. 6).  Este episodio bíblico revela por tanto un hecho esencial para nuestro razonamiento: ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos.
De lo que se trata, de hecho, es de nuestra codicia. Las fake news se convierten a menudo en virales, es decir, se difunden de modo veloz y difícilmente manejable, no a causa de la lógica de compartir que caracteriza a las redes sociales, sino más bien por la codicia insaciable que se enciende fácilmente en el ser humano.
Las mismas motivaciones económicas y oportunistas de la desinformación tienen su raíz en la sed de poder, de tener y de gozar que en último término nos hace víctimas de un engaño mucho más trágico que el de sus manifestaciones individuales: el del mal que se mueve de falsedad en falsedad para robarnos la libertad del corazón. He aquí porqué educar en la verdad significa educar para saber discernir, valorar y ponderar los deseos y las inclinaciones que se mueven dentro de nosotros, para no encontrarnos privados del bien «cayendo» en cada tentación.

3. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32)
La continua contaminación a través de un lenguaje engañoso termina por ofuscar la interioridad de la persona. Dostoyevski escribió algo interesante en este  sentido: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo» (Los hermanos Karamazov, II,2).
Entonces, ¿cómo defendernos? El antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad. En la visión cristiana, la verdad no es sólo una realidad conceptual que se refiere al juicio sobre las cosas, definiéndolas como verdaderas o falsas. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras, «desvelar la realidad», como lleva a pensar el antiguo término griego que la designa, aletheia (de a-lethès, «no escondido»). La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz ‘aman, de la cual procede también el Amén litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, «verdadero», es el Dios vivo. He aquí la afirmación de Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). El hombre, por tanto, descubre y redescubre la verdad cuando la experimenta en sí mismo como fidelidad y fiabilidad de quien lo ama. Sólo esto libera al hombre: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).
Liberación de la falsedad y búsqueda de la relación: he aquí los dos ingredientes que no pueden faltar para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos, dignos de confianza. Para discernir la verdad es preciso distinguir lo que favorece la comunión y promueve el bien, y lo que, por el contrario, tiende a aislar, dividir y contraponer. La verdad, por tanto, no se alcanza realmente cuando se impone como algo extrínseco e impersonal; en cambio, brota de relaciones libres entre las personas, en la escucha recíproca. Además, nunca se deja de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad, también cuando se dicen cosas verdaderas. Una argumentación impecable puede apoyarse sobre hechos innegables, pero si se utiliza para herir a otro y desacreditarlo a los ojos de los demás, por más que parezca justa, no contiene en sí la verdad. Por sus frutos podemos distinguir la verdad de los enunciados: si suscitan polémica, fomentan divisiones, infunden resignación; o si, por el contrario, llevan a la reflexión consciente y madura, al diálogo constructivo, a una laboriosidad provechosa.

4. La paz es la verdadera noticia
El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas, personas que, libres de la codicia, están dispuestas a escuchar, y permiten que la verdad emerja a través de la fatiga de un diálogo sincero; personas que, atraídas por el bien, se responsabilizan en el uso del lenguaje. Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz.
Por lo tanto, deseo dirigir un llamamiento a promover un periodismo de paz, sin entender con esta expresión un periodismo «buenista» que niegue la existencia de problemas graves y asuma tonos empalagosos. Me refiero, por el contrario, a un periodismo sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos –y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal.
Por eso, inspirándonos en una oración franciscana, podríamos dirigirnos a la Verdad en persona de la siguiente manera:

Señor, haznos instrumentos de tu paz.
Haznos reconocer el mal que se insinúa en una comunicación que no crea comunión.
Haznos capaces de quitar el veneno de nuestros juicios.
Ayúdanos a hablar de los otros como de hermanos y hermanas.
Tú eres fiel y digno de confianza; haz que nuestras palabras sean semillas de bien para el mundo:
donde hay ruido, haz que practiquemos la escucha;
donde hay confusión, haz que inspiremos armonía;
donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad;
donde hay exclusión, haz que llevemos el compartir;
donde hay sensacionalismo, haz que usemos la sobriedad;
donde hay superficialidad, haz que planteemos interrogantes verdaderos;
donde hay prejuicio, haz que suscitemos confianza;
donde hay agresividad, haz que llevemos respeto;
donde hay falsedad, haz que llevemos verdad.

Amén.

Francisco

Ascensión de Jesús. Continuar bajo la guía del Espíritu (Hechos 1,1-11)





El abuelo había muerto. Era el último de su generación. Había sobrevivido a sus hermanos, aún los más jóvenes, que se fueron antes. Cuando falleció, María, la hija mayor, se dio cuenta de algo y se lo dijo a sus hermanos: “ahora quedamos nosotros”.

Mientras el abuelo vivió, había sido un referente para la familia. Tenía un aire fatigado y hablaba poco; pero cuando lo hacía, sus palabras salían de la sabiduría acumulada en una vida bien vivida.

“Ahora quedamos nosotros”. Las palabras de María reflejaban una nueva conciencia. Ya no estaría el abuelo para decir lo que muchos esperaban o necesitaban oír. Una generación había terminado; otra tomaba el relevo, en esa bisagra del tiempo y de la vida.

Al igual que en las familias, esto ha pasado a lo largo de siglos en la vida de la Iglesia. Tal vez el recambio más dramático fue el que le tocó a la segunda generación, cuando murió el último de los cristianos de la primera, de la generación de los apóstoles; de aquellos que conocieron personalmente a Jesús de Nazaret, aquellos que podían dar testimonio hablando de “lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos” (1 Jn 1,1) con respecto a Jesús.

Antes que ellos, a la primera generación, la de los apóstoles, le tocó vivir un relevo muy diferente. Ellos, que caminaron siguiendo a Jesús por esta tierra vivieron un cambio muy profundo: un cambio de presencia.

Ellos habían sido llamados por Jesús a seguirlo. Lo habían dejado todo para ir con él. Escucharon de su boca sus enseñanzas: sus parábolas y sus dichos, que el Maestro iba repitiendo en diferentes lugares, de modo que fueron memorizando sus palabras. Presenciaron sus obras: curaciones y expulsión de demonios, gestos de acogida y de misericordia. Enfrentados a la tristeza de la pasión, la muerte y la sepultura de Jesús, conocieron la alegría del reencuentro con el Resucitado y, finalmente, lo vieron volver a la presencia del Padre. Eso fue la Ascensión. Esa fue la bisagra de su tiempo.

En los Hechos de los Apóstoles, san Lucas relata ese momento:
… los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.
Y agrega Lucas:
Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»
La primera reacción de los discípulos fue quedarse mirando al cielo. La promesa de la vuelta de Jesús que trasmitieron los ángeles no se refiere a un regreso inmediato, sino a su segunda y última venida al final de los tiempos.

Con la partida de Jesús, comenzó la misión de los discípulos, encomendada por Jesús:
serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.
Sin embargo, la misión no comenzó de inmediato. Los discípulos no podían decir “ahora quedamos nosotros”. Faltaba algo o, mejor, Alguien, una Presencia que Jesús había prometido:
recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes
El Espíritu Santo será esa nueva presencia de Dios.

Ya en su Evangelio Lucas había ido mostrando esa presencia, todavía como en segundo plano, porque Jesús está presente. Pero el Espíritu ya está actuando, en relación a Jesús. La frase “por el Espíritu Santo“ aparece trece veces en el Evangelio de Lucas. Después de la Ascensión, acompañando la misión de los discípulos, la expresión aparece 40 veces en los Hechos de los Apóstoles.

La presencia de Jesús, el hijo de Dios hecho hombre, asumió, por su encarnación, los límites de la condición humana, empezando por algo muy simple: nuestro cuerpo no puede estar más que en un solo lugar a la vez.

El Espíritu Santo, en cambio, puede hacerse presente en todas partes. Y así lo hizo, para guiar esa Iglesia que se fue extendiendo por el mundo, cuando se fueron formando las primeras comunidades fuera de la Tierra Santa: Damasco, Laodicea, Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, por nombrar algunas…

Los apóstoles no quedaron librados a sus fuerzas: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo” les había dicho Jesús. Cuando los apóstoles predican, cuando anuncian el Evangelio, lo hacen llenos del Espíritu Santo, que inspira sus palabras. Tampoco toman sus decisiones sin invocar al Espíritu, al punto de comunicar una importante decisión diciendo
“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…” (Hch 15,28).
¿Cuántas generaciones cristianas han pasado desde la ascensión, a lo largo de veinte siglos? ¿Cuántos relevos se han dado? ¿Cuántas veces el cambio o el fallecimiento de un sacerdote, de una religiosa, de un Obispo, de un Papa que han sido referentes para una comunidad o para toda la Iglesia ha despertado temores y dudas?

A lo largo de veinte siglos, a pesar de las tormentas, a pesar de los fallos humanos, de las divisiones, de las persecuciones ajenas o de las infidelidades propias, el Espíritu Santo ha seguido guiando a la Iglesia. No siempre su inspiración es recibida de inmediato… a veces ha habido resistencias. Pero el Espíritu sigue soplando y siempre hay quienes oyen su voz y retoman la misión que Jesús dejó a sus discípulos:
“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Marcos 16,15)

martes, 8 de mayo de 2018

8 de mayo 2018 – 30 años de la visita de san Juan Pablo II a Melo


¿Quién será el nuevo Papa?

En cualquier institución, incluso en una familia, cuando fallece alguien que ha sido un referente, se suele cerrar una época. Muchos se inquietan mirando al futuro y se preguntan qué va a pasar y, sobre todo, si volverá a haber alguien que pueda tener esa capacidad de guiar, esa claridad de visión y de palabra.

El 6 de agosto de 1978 -pronto se cumplirán 40 años- falleció el beato papa Pablo VI. Había sido el papa encargado de conducir a la Iglesia en la última y más larga etapa del Concilio Vaticano II; había dejado mensajes claros y esclarecedores, como Evangelii Nuntiandi, Humanae Vitae y Populorum progressio, por mencionar solo tres. Había cruzado las fronteras de Italia y se había hecho presente en los cinco continentes en una iniciativa que no podíamos dejar de asociar con el nombre que había elegido: Pablo, como el gran apóstol que anunció el Evangelio en el mundo de su época.

En el cónclave de su sucesión se especulaba con la posibilidad de que, por primera vez, desde la muerte de Adriano VI en 1523, hubiera un papa no italiano. Sin embargo, tras el humo blanco asomó la sonrisa de Albino Luciani, patriarca de Venecia. El nuevo papa tomó el nombre compuesto de Juan Pablo I, nombre que expresaba claramente su deseo de continuar la obra de renovación de sus dos predecesores y sorprendió a todos con sus mensajes sencillos y bienhumorados. 33 días después, el mundo fue sacudido por la sorpresiva muerte del papa Luciani, el 28 de setiembre de 1978.

El 14 de octubre de 1978 volvió a reunirse el cónclave. Dos días después apareció el humo blanco que anunciaba la elección de un nuevo pontífice. ¡Y ahora sí! El elegido fue la gran sorpresa: Karol Wojtyla, cardenal arzobispo de Cracovia, de 58 años, que eligió nombre de Juan Pablo II, en una confortante continuidad con sus predecesores.

"No tengan miedo"

Un papa polaco; un papa eslavo. Muchos recordamos la novela de Morris West, Las sandalias del pescador, en la que imaginaba el advenimiento de un papa venido de detrás de la “cortina de hierro”, como ahora lo hacía el papa Wojtyla.
“¡No teman! ¡Abran, más todavía, de par en par las puertas a Cristo!”. 
Estas palabras, pronunciadas por Juan Pablo II durante la homilía del comienzo de su pontificado, el 22 de octubre, se convirtieron en titular. Sus primeras palabras, al salir al balcón de san Pedro el día de su elección habían sido “¡Alabado sea Jesucristo!”. En su breve e improvisado discurso, el flamante papa manifestó “He sentido miedo al recibir esta designación”. Días después, será él quien diga a los fieles católicos y a los hombres y mujeres de todo el mundo “no teman”.

“No tengan miedo” son palabras que en los Evangelios preceden a momentos importantes: “No temas, Zacarías…” (Lc 1,13); “No temas, María…” (Lc 1,30); “no temas, desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5,10); “Soy yo, no teman” (Jn 6,20); “No teman. Ustedes buscan al crucificado” (Mt 28,5); “No teman. Vayan a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28,10).

Al igual que en el Evangelio, tras el “no tengan miedo” del papa polaco llegó su invitación: “abran de par en par las puertas a Cristo”. ¿Para quién hablaba el papa? En un momento habla a “los que tienen ya la inestimable suerte de creer… los que todavía buscan a Dios… los que están atormentados por la duda” y agrega: 
“Muchas veces [el hombre actual] se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitan que Cristo hable al hombre. ¡Sólo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!”.
Años después, en 1999, en su exhortación sobre la Iglesia en América, señalaría el encuentro con Jesucristo vivo como “camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América”.
La imagen de las puertas cerradas que es necesario abrir remite a la aparición de Jesús resucitado que nos narra el Evangelio de Juan (19,20.26) que se presenta en medio de sus discípulos “estando las puertas cerradas por miedo a los judíos”.

También los miembros de la Iglesia, desde el papa hasta el último de los bautizados estamos llamados cada día a abrir de nuevo y aún más las puertas del corazón a Cristo, a renovar nuestro encuentro con Él.

El papa Benedicto, en su primera encíclica nos recuerda que 
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1).
Francisco, en su exhortación La alegría del Evangelio invita a cada cristiano 
“a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso”.

Extenso pontificado, extenso magisterio

Pero en este discurso inicial, el pontificado de san Juan Pablo el Grande no hacía más que empezar. Llegó a casi 27 años. Un extenso tiempo de servicio que permitió dejar un legado grande. Publicó 14 cartas encíclicas y 15 exhortaciones apostólicas, abarcando temas de Dios, de la vida en sociedad, de la iglesia y del hombre. A este conjunto de documentos extensos, hay que sumar miles de mensajes, homilías y discursos.

La primera de sus encíclicas, Redemptor Hominis, “el redentor del hombre” ponía en su título dos acentos importantes y complementarios. El hombre “es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión” afirma Redemptor Hominis (14). Aquí empieza a traslucirse la formación antropológica de Karol Wojtyla. ¿Qué es el ser humano? ¿Cómo interpretamos nuestra propia realidad? Ya el Concilio Vaticano II indicaba “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). Por eso el otro acento, junto al hombre: Cristo redentor, es decir, el Verbo encarnado, su pasión, su muerte y su resurrección para vida del hombre. Varias encíclicas y exhortaciones harán referencia a Cristo Redentor.

Un aspecto importante de su magisterio fue el social, contribuyendo al desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia. Pensemos en Laborem Excercens o Centessimus annus. En la primera, subtitulada “sobre el trabajo humano” aparece su enfoque antropológico aplicado a la cuestión social. Es el documento que está en la base de su mensaje al mundo del trabajo pronunciado en Melo. En la segunda que hemos nombrado aparece su visión sobre los cambios históricos que estaban apuntando al final de una época.

Ya desde Redemptor Hominis Juan Pablo II dirigió su mirada hacia el comienzo del III Milenio de la era cristiana y pensó en la celebración de un gran Jubileo en el año 2000, vivido no sólo como una gran celebración o una serie de eventos, sino como una movilización espiritual renovadora, a través de un trienio previo de misiones y catequesis.

La Nueva Evangelización

Si el alba del Tercer Milenio motivó la mirada al Gran Jubileo, otro aniversario significativo puso el foco sobre América Latina: los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón y sus marinos a la isla de Guanahani, en el mar de Las Antillas.

Un aniversario polémico, interpretado de muchas maneras: la tradicional y eurocéntrica del “descubrimiento”, la conciliadora del “encuentro de dos mundos”, la rebelde de “¿500 años de qué…?” Juan Pablo II promovió la conciencia de que se cumplían también 500 años de la llegada del Evangelio al continente americano.
“Como latinoamericanos, habrán de celebrar esa fecha con una seria reflexión sobre los caminos históricos del Subcontinente, pero también con alegría y orgullo. Como cristianos y católicos es justo recordarla con una mirada hacia estos 500 años de trabajo para anunciar el Evangelio y edificar la Iglesia en estas tierras. Mirada de gratitud a Dios, por la vocación cristiana y católica de América Latina, y a cuantos fueron instrumentos vivos y activos de la evangelización. Mirada de fidelidad a vuestro pasado de fe. Mirada hacia los desafíos del presente y a los esfuerzos que se realizan. Mirada hacia el futuro, para ver cómo consolidar la obra iniciada” (discurso a la asamblea del CELAM, Puerto Rico, 9 de marzo de 1983).
Más adelante, al comienzo del III milenio, hablará para todo el mundo cristiano de 
“recordar con gratitud el pasado … vivir con pasión el presente y … abrirnos con confianza al futuro” (NMI, 1).
Pero, sobre todo, al recordar esos 500 años de evangelización, plantea la necesidad de una Evangelización Nueva. “Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (discurso a la asamblea del CELAM).

Al otro día de su visita a Melo, el papa tomará en Salto el tema de la Nueva Evangelización, dejando a toda la Iglesia uruguaya un programa que sigue y seguirá vigente, porque está en la esencia de la misión de la Iglesia y porque 
“La evangelización es pues tarea de todos los miembros de la Iglesia. Todos los fieles, bajo la guía de sus Pastores, han de ser verdaderos apóstoles” (homilía, Salto, 9 de mayo de 1988).
Francisco asumió la propuesta para toda la Iglesia creando el Dicasterio para la Nueva Evangelización.

Jóvenes, familias y viajes...

El despliegue de las propuestas y las acciones del papa ante tantas realidades diferentes hace difícil ponerle uno solo de estos títulos: “el papa de los jóvenes”, “el papa de las familias”.

Millones de jóvenes participaron de las Jornadas Mundiales de la Juventud iniciadas en 1986. Se llegó a hablar de una “generación Juan Pablo II”. Lo mismo puede decirse de los Encuentros Mundiales de las Familias que comenzaron en 1994. Esas jornadas y encuentros fueron solo una parte de los 104 viajes apostólicos fuera de Italia.

Entre ellos tenemos que recordar las dos visitas a Uruguay. La primera en 1987, con la Misa en Tres Cruces en ese Uruguay que estaba reencontrando su vida democrática. El amigo regresó en 1988 y visitó allí también Melo, Florida y Salto.

En Melo, el papa fue recibido con un discurso de Mons. Roberto Cáceres. Muchos visitantes se sorprendieron gratamente al escuchar un discurso cálido y fluido, sin papeles, dando la bienvenida a papa y presentándole la realidad del trabajo en la zona, sin olvidar que en el cementerio cercano descansaban los hombres y mujeres del trabajo de otras épocas. Los diocesanos no se sorprendieron. Conocían la elocuencia de Mons. Roberto, presente en toda la diócesis a través de sus programas en varias emisoras de radio. Sin embargo, el propio Mons. Cáceres dio una explicación sobre el porqué de su discurso “sin papeles”: “yo iba a escribir, pero después pensé… ¿y si me olvido de los lentes? ¡qué papelón! Y así me decidí a decirlo, así nomás”.

El papa pronunció un breve pero profundo discurso. Recordó que Jesucristo trabajó con sus manos y que el trabajo “es una dimensión humana que puede y debe ser santificada”. Tampoco faltó su perspectiva antropológica, subrayando la dignidad de la persona humana: 
“Por medio del trabajo, la persona se perfecciona a sí misma, obtiene los recursos para sostener a su familia, y contribuye a la mejora de la sociedad en la que vive. Todo trabajo es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación, y cualquier trabajo honrado es digno de aprecio.”
Llamó también a “Instaurar una ‘civilización del trabajo’ (…) una tarea que requiere la participación solidaria de toda la sociedad”.

Treinta años han pasado

Treinta años después ¿cómo valorar esta visita? Melo fue fundada en 1795, al final del período colonial, para marcar la presencia de España en la frontera con los dominios portugueses, que se habían ido extendiendo paulatinamente a expensas de los españoles. Una frontera mayormente seca o sin corrientes caudalosas y, por tanto, abierta. Lejos de Montevideo, no era tampoco lugar de paso ¿hacia dónde? Se convirtió así en una zona periférica, desde donde se iniciaron las revoluciones de 1897 y 1904.

Esta ciudad de los márgenes del Uruguay recibió la visita de un papa mediático, ya con diez años de pontificado, aún vigoroso a pocos días de cumplir sus 68 años. La visita hizo que Melo tuviera por unos segundos -lo que queda finalmente en los informativos de la televisión- la atención del mundo.

¿Y luego? Los años pasaron. El papa envejeció. Sus últimos años estuvieron marcados por su lucha contra el mal de Parkinson y su férrea voluntad de mantenerse en su servicio hasta el final de su vida, que llegó el 2 de abril de 2005.

En esos últimos años Melo contempló a la distancia a aquel que un día aquí como amigo, trayéndoles el mensaje y la bendición de Jesucristo.

Los griegos decían que no se podía decir de una persona que había sido feliz hasta que llegara al final de su vida.

La muerte cierra un camino en la historia y permite que aparezca en relieve el personaje histórico, el líder que participó en un cambio de época. Así se fue dibujando la figura de Juan Pablo II en la memoria de los hombres y el tiempo continúa magnificándola. Para la Iglesia su figura adquiere otra dimensión: la santidad.

A su muerte, se oyeron las voces que decían “santo súbito”, es decir, “santo ya”. La Iglesia, no obstante, siguió sus normas y sus procesos. Benedicto XVI, es decir, Joseph Ratzinger, su cercano colaborador lo beatificó el 1 de mayo de 2011. Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014. Desde entonces, su figura nos acompaña como san Juan Pablo II, nombre al que muchos agregan el sobrenombre de “el grande”.

Invocamos la intercesión de este santo pastor. Que su enseñanza nos siga acercando al encuentro con Jesucristo, a no tener miedo, a abrir aún más las puertas de nuestro corazón al Redentor. Que, animados por el encuentro con el Señor, recojamos una vez más el programa siempre vigente de la Evangelización Nueva, nueva en sus métodos, nueva en su expresión… pero sobre todo “nueva en su ardor” si, a medida que se va obrando, corroboramos más y más la unión con Cristo, primer evangelizador (cf. Homilía 9 de mayo 1978, Salto).

lunes, 7 de mayo de 2018

Declaración de la Comisión Familia y Vida de la CEU sobre Proyecto de Ley Integral de las Personas Trans

COMISIÓN FAMILIA Y VIDA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DEL URUGUAY
DECLARACIÓN SOBRE EL
PROYECTO DE LEY INTEGRAL DE LAS PERSONAS TRANS

Mons. Jaime Fuentes,
Presidente de la Comisión
Familia y Vida, CEU.
En noviembre de 2014, la Conferencia Episcopal Uruguaya dio a conocer la Declaración NO A LA DISCRIMINACIÓN, SÍ AL RESPETO, en la que se afirmaba: “Desde hace algunos años se ha incrementado a escala mundial la justa condena de cualquier clase de discriminación. La viva conciencia del derecho al respeto debido a cada persona y a no ser discriminado por la raza, el sexo o la religión es aún más sensible en el caso de personas de diversa orientación sexual”.

Estas palabras sirven de preámbulo a esta nueva Declaración, mientras el parlamento estudia el proyecto de LEY INTEGRAL DE LAS PERSONAS TRANS. Estas personas, en efecto, han sido por largo tiempo injustamente discriminadas en nuestra sociedad y es necesario buscar los remedios para superar una triste situación y aliviar el sufrimiento de quienes la padecen.

Pero “ese justo empeño −continuaba la Declaración de 2014−, se ve desfigurado por quienes quieren imponer la `ideología de género´ y no toleran otras concepciones de la sexualidad, del matrimonio y de la familia, en particular la visión judeo-cristiana de la que somos dichosos herederos”.

Efectivamente, el proyecto de ley que nos ocupa sólo puede entenderse en “total oposición a lo que sostienen tanto el cristianismo como otras religiones y filosofías, en conformidad con la ciencia”, de nuevo con palabras de la Declaración de 2014. En concreto, el punto de partida de la Ley Integral es que el sexo es algo convencionalmente asignado al momento del nacimiento: “Mujer/niña trans, se afirma, (es) aquella persona que habiendo sido convencionalmente asignada al sexo masculino al momento de su nacimiento, posee una identidad de género autopercibida femenina.

Hombre/varón/niño trans (es) aquella persona que habiendo sido convencionalmente asignada al sexo femenino al momento de su nacimiento, posee una identidad de género autopercibida masculina”.
Ante este proyecto de Ley, la Comisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Uruguaya quiere aclarar que la ciencia y la común experiencia, en oposición a las afirmaciones anteriores, enseñan que el sexo biológico es independiente de toda ley y de toda convención humana.

Asimismo, que el proyecto de ley de las Personas Trans lleva hasta el extremo la intención de “deconstruir estereotipos”, que ya estaba presente en algunos textos de enseñanza, como denunciaban los Obispos en la Declaración de 2014. Concretamente, al definir a las Personas Trans el proyecto de ley afirma: “la identidad trans ampara múltiples formas de expresión de la identidad de género, en particular, se incluye a las personas identificadas como travestis, transgéneros y transexuales, variantes de género queer o personas de género diferenciado, así como a quienes definen su género como “otro”, o sin género, o describan su identidad en sus propias palabras”.

En consecuencia, estas afirmaciones nos alertan, porque el final del proceso “deconstructivo” no puede ser otro que una sociedad formada por individuos solitarios sin más ligamen que la propia idea que tengan de sí mismos. Aprovechando la discriminación que sufre un determinado grupo, se está pretendiendo alterar todo el tejido social fraterno creado por nuestra sociedad democrática y consagrado en nuestra Constitución.

De este modo, el desarrollo “deconstructivo” de este proyecto de ley llega a proponer que los menores de 18 años puedan solicitar cambiar su registro de nombre y sexo, y que puedan acceder a tratamientos médicos que alteren su normal desarrollo. También, en caso de que los padres no apoyen esta decisión, que la ley autorice a representantes legales para lograr estos objetivos.
 
Nos preguntamos: ¿es lógico considerar que un niño o un adolescente menor de edad tienen la suficiente madurez, para tomar una decisión de tal magnitud que podría afectar su vida irreversiblemente? A su vez: ¿puede una ley desautorizar y desvalorizar a las madres y padres de familia, pasando por encima de su patria potestad en una materia de tanta importancia? Por último: sustituir a los padres por un representante estatal en una decisión tan compleja, ¿no es una actitud propia de los estados totalitarios?

Subrayamos, por tanto, que las personas Trans merecen total consideración y ayuda, y que siempre la encontrarán en la Iglesia, no por relativismo cultural sino por su absoluto respeto a cada conciencia libre. Pero, al mismo tiempo, vemos con grave preocupación que en nuestro país se está cumpliendo lo que ha denunciado el Papa Francisco en diversas ocasiones: “Eso es la colonización ideológica: entrar en un pueblo con una idea que no tiene nada que ver con él; con grupos del pueblo sí, pero no con el pueblo, y así colonizar un pueblo con una idea que cambia o pretende cambiar su mentalidad o su estructura” (1.II.2015).

En suma, queremos llamar la atención sobre la filosofía individualista que, a nuestro juicio, inspira el proyecto de ley; confiamos que quienes tienen la misión de legislar lo harán pensando en el bien común, actual y futuro, de nuestra sociedad. Pedimos que el don de la Sabiduría los ilumine.

Comisión Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Uruguaya.
7 de Mayo de 2018.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Ámense unos a otros, como yo los he amado. (Juan 15, 9-17). VI Domingo de Pascua.







Cuando yo era niño, mis mayores me dijeron más de una vez que había que seguir “los buenos ejemplos” de la conducta de los demás. Más aún, me decían que, como hermano mayor, yo tenía que “dar el ejemplo”.

Desde la antigüedad se señala que la mejor manera de enseñar es ésa. El filósofo hispano-latino Séneca decía:
“El camino de la doctrina es largo; el camino del ejemplo es breve y eficaz.”
Cuando en nuestra vida hemos recibido un gran ejemplo, cuando hemos tenido el privilegio de conocer una persona cuya conducta ha sido un modelo que nos gustaría imitar, muchas veces sentimos también nuestros límites… nos sentimos llamados a ser como aquellos que admiramos y, al mismo tiempo, nos vemos muy lejos, muy incapaces de llegar a su altura.

Podemos mirar toda la vida de Jesús como uno de esos grandes ejemplos. Jesús vivió todo lo que predicó. Podemos leer una por una las bienaventuranzas y ver cómo Jesús las vivió radicalmente. Radicalmente, sí, porque Jesús no se limitó a cumplir la letra de la Ley de Dios. Llegó a vivir cada gesto, cada acto de su vida, como un acto de Amor y Misericordia, como expresión de lo que llena el corazón mismo de Dios.

Es verdad que cumplir los mandamientos, cumplirlos en serio, no es nada menor. Lleva a quien lo hace a una gran altura moral en la vida. Pero ¿quién es capaz de cumplirlos totalmente? Muchas veces Jesús se enfrentó a aquellos que se preciaban de cumplir la Ley de Dios hasta en sus más mínimos detalles… pero que estaban llenos de soberbia y muy, muy faltos de amor al prójimo.

Hoy nos encontramos con el pasaje del evangelio en que Jesús nos llama a vivir en nuestra vida un amor grande, generoso, y nos pone una medida: dar la vida.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
dice Jesús. Y sabemos que Él ha dado la vida. No está dando una definición teórica, un ideal, algo que sería lindo hacer, sino lo que Él mismo ha hecho: dar la vida por los amigos. Más todavía, Jesús le dice a sus discípulos -y nos dice a nosotros-:
Ámense los unos a los otros, como yo los he amado.
No es, simplemente, ámense unos a otros; es amarse como él nos ha amado.

Aquí podemos volver a lo que decíamos antes. Recibimos un gran ejemplo, un ejemplo que nos gustaría imitar… pero nos encontramos con nuestras limitaciones. ¿Cómo podríamos amar como Jesús? Verdaderamente, Él ha puesto el listón o la valla muy arriba… ¿cómo podríamos nosotros llegar a esa altura del amor?

Lo que sucede es que, en realidad, no se trata solamente de imitar a Jesús, como podemos imitar cualquier buen ejemplo. Hay algo más profundo. Vamos a buscarlo.

No es la primera vez que Jesús habla de este mandamiento. Un poco más atrás, en el mismo evangelio de Juan, Jesús había dicho:
Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. (Jn 13,34)
Jesús habla de un mandamiento nuevo. ¿Nuevo en qué? San Agustín ya se planteaba esa pregunta:
¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? (Tratado 65, 1-3: CCL 36, 490-492)
Lo nuevo es esa medida que pone Jesús: como yo. Eso es lo que se responde Agustín “es nuevo porque nos viste del hombre nuevo”. El amor con que nos ha amado Jesús “es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos”.

Eso es posible, porque el amor con que nos ha amado Jesús, es el amor que viene del Padre:
Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes
No es una cadena de ejemplos, en la que Jesús ve al Padre amarlo y entonces Jesús imita el amor del Padre amándonos, para que nosotros imitemos a Jesús amándonos unos a otros. No. Cuando Jesús dice que el nos ha amado como el Padre lo amó a Él, eso quiere decir que Él nos ha amado con el amor que viene del Padre. No es un ejemplo exterior: es, más bien, una corriente de amor que inunda el corazón de Jesús y lo desborda, volcándose sobre nosotros.

Entonces, no se trata de mirar lo que Jesús hace y tratar de hacer lo mismo, sino, ante todo, dejarnos amar por Jesús, dejarnos inundar por el amor de Jesús. Entonces sí, ese amor del Padre, ese amor de Jesús puede desbordarse desde nosotros sobre nuestro prójimo. Por eso san Agustín dice que el amor de Jesús nos hace personas nuevas:
“para esto nos amó precisamente, para que nos amemos los unos a los otros; y con su amor hizo posible que nos ligáramos estrechamente”
Lo nuevo viene de la comunión con Cristo, del vivir en Él. Dice Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret:
La inserción de nuestro yo en el de Jesús —«vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20)— es lo que verdaderamente cuenta. (…) El «mandamiento nuevo» no es simplemente una exigencia nueva y superior. Está unido a la novedad de Jesucristo, al sumergirse progresivamente en Él.
Amar como Jesús amó comienza por recibir como don el amor de Cristo. Pero ese don se desarrolla poniéndolo en práctica.
San Francisco de Sales, que era un hombre muy práctico, define esa práctica así:
Para demostrar que amamos al prójimo, tenemos que procurarle todo el bien que podamos, tanto para el alma como para el cuerpo, rezando por él y sirviéndole cordialmente cuando la ocasión se presente: porque amistad que sólo consiste en bellas palabras no es gran cosa, y eso no es amarse como nuestro Señor nos ha amado, ya que no se contentó con asegurarnos que nos amaba sino que fue más lejos, haciendo todo lo que hizo para demostrarnos su amor.