lunes, 18 de abril de 2022
sábado, 16 de abril de 2022
viernes, 15 de abril de 2022
jueves, 14 de abril de 2022
“Él también vio y creyó” (Juan 20, 1-9). Domingo de Pascua.
No es raro hoy encontrarse, en algunos lugares, con gente que sale a correr, vestidos y calzados con equipo adecuado para ello. Últimamente se pusieron de moda las palabras runners y running, tomadas del inglés, que hacen referencia a esas personas y al ejercicio que practican.
También nos cruzamos con gente que corre para llegar a tiempo a un compromiso, o para alcanzar el ómnibus que está a punto de arrancar.
En el evangelio de hoy encontramos también gente que corre. Evidentemente, no lo hace como ejercicio, ni tampoco por el apuro de llegar a una hora señalada. Estos corredores, estos runners, se dejan mover por un apremio que nace en su corazón, por una urgencia que los desborda y los impulsa a andar velozmente. ¿Cómo se desencadenó todo eso?
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Había pasado el sábado, el Shabat, el séptimo día de la semana, día de descanso del hombre, día que recuerda el reposo de Dios Creador.
El cuerpo de Jesús había descansado en el sepulcro. El primer día estaba comenzando, la tierra estaba en penumbra… María Magdalena fue y vio; pero todavía no podía interpretar lo que había visto. Solo encontró una explicación humana y, por eso:
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo:María corrió. Su urgencia puede entenderse pensando en la reacción de alguien que ha descubierto un robo y cree que si se actúa rápidamente se puede recuperar lo robado. Cada segundo, cuenta; no hay tiempo que perder.
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Pero su agitación puede responder a algo más profundo: la necesidad de saber qué había sucedido realmente. La necesidad de entender qué había pasado.
Y tal vez eso fue lo que transmitió a los discípulos, porque vemos que:
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.Al correr sigue el ver, introduciéndonos un poco más en este misterio. María solo vio que la piedra había sido sacada y corrió a buscar a los discípulos. El otro discípulo se asomó a la tumba y vio el interior.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; éste no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.Seguimos avanzando. Simón Pedro hizo algo más: entró al sepulcro. Entonces todo pudo verse con mayor detalle. Las vendas, ya inútiles, caídas en el suelo; pero el sudario enrollado, aparte. Un detalle de orden, de cuidado.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.
“Creyó”: ahora sí. Ahí está lo importante, lo definitivo, al menos para esta vida.
El discípulo creyó en la resurrección de Jesús.
“La resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo.” (CIC 638).Creer en Jesús resucitado es creer en la vida. No solo en la vida presente y en la necesidad de que esta vida sea cuidada y respetada, que sea digna de ser vivida, sino de una vida más allá de nuestros límites humanos, más allá de la muerte.
En este mundo, en esta vida que conocemos, nadie puede realizarse plenamente en ninguna dimensión de nuestra propia existencia. Todo es caduco.
Las más sublimes manifestaciones de la humanidad, aun aquellas que han perdurado a través de los siglos, siguen siendo amenazadas por la destrucción y la ruina.
Nos asusta la fuerza destructora de la guerra y de las múltiples formas de la violencia humana. Por otra parte, dos años de pandemia nos han mostrado lo frágil que puede ser nuestra vida y lo indefensos que podemos llegar a sentirnos.
Sin embargo, Dios trabaja en la noche del mundo, como trabajó en la oscuridad del sepulcro de su Hijo. No sabemos cómo lo hace, pero el Padre construye en Jesús Resucitado un amanecer de vida y esperanza para esta humanidad.
Más allá de la muerte: más allá de la muerte está la vida verdadera. La resurrección de Jesús no es solo un hecho sorprendente, pero que queda aislado, como un especial privilegio concedido a cambio o en compensación de su terrible sufrimiento. Jesús resucitado no será el único, sino el primero, el que abre a la humanidad la entrada a la vida en Dios. Así lo expresa san Pablo:
Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. (1 Corintios 15,20)La resurrección confirma la vida y la misión de Jesús entre nosotros.
Jesús no estuvo en este mundo esperando pasivamente ese momento culminante.
En la primera lectura, Pedro nos dice:
El pasó haciendo el bien… lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día. (Hechos 10, 34a.37-43)Creer en Jesús no es solo creer en su muerte y su resurrección. Es creer que su vida entera, que culmina en su Pascua, es la manifestación definitiva de Dios a la humanidad. Con una sencilla frase, Pedro nos da la clave de esa vida: “pasó haciendo el bien”: sanando, purificando, levantando, liberando, perdonando… pasó haciendo “las obras del Padre”, la obra de la Misericordia.
Amigas y amigos: en nuestros momentos de oscuridad o de luz; de certezas o de incertidumbre, de dolor o de consuelo, que sea la luz de Jesús Resucitado la que nos ilumine, la que nos haga ver el sentido de cada momento de nuestra vida. Que su Pascua nos llene de esperanza, para que, siguiéndolo a Él, pasemos también nosotros “haciendo el bien”.
Muy feliz Pascua de Resurrección. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
“Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Juan 13,1-15). Jueves Santo.
El momento en que Jesús lavó los pies a sus discípulos no fue anecdótico. San Juan lo introduce solemnemente:
"Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin."
Realizada su acción, con la misma solemnidad, Jesús dice a los discípulos:
"Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes."
Los días que estamos viviendo nos dan una especial oportunidad de realizar esto.
Hay muchas maneras de “lavarse los pies unos a otros”.
Todos podemos hacer algo… pidamos al Señor poder hacerlo en el espíritu de sus palabras: “ámense unos a otros como yo los he amado”.
miércoles, 13 de abril de 2022
Prepararse para la Pascua (Mateo 26,14-25). Miércoles Santo.
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30 monedas, 30 siclos de plata, fue el precio que aceptó Judas para entregar a Jesús. Cuando no es posible comprar a un hombre que molesta, entonces se busca quien lo venda, quien lo entregue o lo elimine. ¿Cuánto está dispuesto a pagar Dios por cada uno de nosotros? ¿Cuál es nuestro precio?
martes, 12 de abril de 2022
“¿Darás tu vida por mí?” (Juan 13,21-33.36-38). Martes Santo.
Aquí está también mi reflexión del año 2020, al comienzo de la pandemia... pero luego de una breve mención al momento, nos centramos en el mensaje del Evangelio:
domingo, 10 de abril de 2022
Colecta pro Tierra Santa: vida y esperanza para los cristianos de Cercano Oriente.
Miércoles de Ceniza 2022
[Sr. Obispo] Querido hermano en Cristo:
El Santo Padre, en la homilía del Domingo de Ramos de 2021, ha usado unas palabras muy fuertes para hablar de la Pasión del Señor:
«Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. (...) Ver al Dios del universo despojado de todo. (...) Señor, ¿por qué dejaste que te hicieran todo esto? / Lo hizo por nosotros, para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nuestra existencia, todo nuestro mal. Para acercarse a nosotros y no dejarnos solos en el dolor y en la muerte. (...) Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento. (...) Experimentó en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas, y así las redimió, las transformó» (Papa Francisco, Homilía del 28 de marzo de 2021).El Papa Francisco ha vivido en 2021 dos peregrinaciones de esperanza entre las comunidades cristianas de Medio Oriente y de Tierra Santa; esperando contra toda esperanza, mientras todo el mundo se encontraba todavía bajo el embate de la pandemia, ha querido acercarse a algunos de los más pobres y afligidos por el dolor: nuestros hermanos y hermanas de Irak, tierra de Abraham, tierra del exilio, tierra que ha sabido custodiar el nombre de Cristo, aun a pesar de la violencia de la guerra y la persecución. Junto a Él, con la oración y el afecto, también nosotros hemos recorrido las calles de Mosul y de Qaraqosh, nos hemos detenido, en oración, en la catedral siro-católica de Bagdad, recordando a los testigos de la fe asesinados el 31 de octubre de 2010 mientras celebraban la liturgia, que el Oriente gusta llamar “el Cielo en la tierra”. Ese día la tierra se tiñó de sangre y escombros, y, sin embargo, reconocemos, como creyentes, que se liberó ahí la luz de la Pascua de Pasión y Resurrección y se difundieron el bálsamo y el perfume de aquellos que siguen al Cordero inmolado hasta el don de la propia vida. También en Chipre y después en Grecia [isla de Lesbos], tierras de la predicación apostólica, el Papa se ha encontrado con el sufrimiento de la división: de una tierra, de los pueblos, de los mismos creyentes en Cristo, que aún no pueden sentarse en la misma mesa de la Eucaristía, de aquellos que, en gran número, han llegado allí buscando refugio y acogida. No han faltado otras llamadas, gestos e invitaciones a la paz para otras tierras que la historia de la salvación y los episodios bíblicos nos mueven a considerar como “Tierra Santa”.
Ante estos gestos del Santo Padre, que testimonian el deseo de cercanía, de encuentro, de llevar al menos un poco de alivio, como si fuese la caricia del Nazareno, hemos de tener –personalmente y como comunidades cristianas– la valentía de preguntarnos: ¿qué es lo que estoy viendo, de qué me estoy dando cuenta? ¿Cuál es la amplitud de mi mirada? En la Pascua hacia la que nos conduce el camino cuaresmal que hoy hemos comenzado a recorrer, ¿dejaré que el Señor pueda visitar mis y nuestras soledades? Y al Amor que vendrá a visitarme, ¿sabré responder con amor? ¡El amor no se paga sino con amor!
Si en términos personales Cristo ha sufrido y ha muerto una sola vez y no puede de nuevo morir, en su Cuerpo, que es la Iglesia, sigue sufriendo, especialmente en Medio Oriente, pero también en todos los otros lugares del mundo en los que la libertad de vivir la fe es conculcada e impedida: en muchos casos por la persecución, en otros por el ambiente hostil, frecuentemente por la globalización de la indiferencia, y también por la violencia de la guerra, de la que desgraciadamente la humanidad no parece saciarse jamás, como está ocurriendo ahora en Ucrania.
Durante dos años consecutivos los cristianos de Tierra Santa han celebrado la Navidad y la Pascua en una especie de aislamiento, sin el cariño y la amistad solidarias de los peregrinos que visitaban los Lugares Santos y las comunidades locales. Las familias han sufrido más allá de toda medida, y ello más por la falta de trabajo que por los efectos inmediatos de la misma pandemia.
Se debe al expreso deseo de los Romanos Pontífices que se haya celebrado y se continúe celebrando la “Collecta pro Terra Sancta”, habitualmente colocada en el día de la Pasión salvífica del Señor: el Viernes Santo. No se trata de una realidad vieja y superada, porque, por el contrario, en ella se expresa el reconocimiento, ante todo, de nuestras raíces, que se encuentran en el anuncio de la redención, el cual se difundió desde Jerusalén y ha llegado hasta todos nosotros. El gesto de la oferta, aun pequeña, pero realizada por todos, como óbolo de la viuda, permite que nuestros hermanos y hermanas puedan seguir viviendo y esperando, y puedan también seguir ofreciendo un testimonio vivo del Verbo hecho carne en los Lugares y por las calles que vivieron su presencia. Si perdiésemos nuestras raíces, ¿cómo podríamos ser, en cualquier lugar del mundo en el que nos encontremos, un árbol que crece y da frutos de amor, caridad y generosa entrega?
Mirando pues a Cristo, que ha tocado hasta el fondo nuestra realidad humana, dejando que nos inspiren los gestos de proximidad que ha cumplido el Papa Francisco en sus Viajes Apostólicos, y acogiendo su invitación a ser solidarios con nuestros hermanos y hermanas de Tierra Santa, demos nuevo vigor y nueva savia a la práctica de la Colecta de Tierra Santa: a través de las competentes oficinas diocesanas y gracias a la presencia y a lo operado en todo el mundo por los Comisarios de Tierra Santa de la Orden de los Frailes Menores, vivamos la Colecta, y cuidemos igualmente su preparación por medio de testimonios, oraciones o la sencilla celebración del Vía Crucis. En Jerusalén, en Belén y en otros muchos santuarios y monasterios de Tierra Santa, todos los días se celebra la liturgia y se reza por la Iglesia en todo el mundo. Y a nosotros se nos invita a que nos acordemos con el corazón y con un pequeño donativo de todas esos fieles que, con agradecimiento por nuestra generosidad, pronuncian nuestro nombre ante el Señor. El material informativo que todos los años viene distribuido, facilita el ver todo el flujo de caridad y de vida que se hace posible gracias a la Colecta.
A usted, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles –que ponen su generoso esfuerzo al servicio del buen resultado de la Colecta, manteniendo de este modo su fidelidad a una obra que la Iglesia pide que, con los medios habituales, sea cumplida por todos sus hijos–, gozosamente les transmito el vivo agradecimiento del Santo Padre Francisco. Y mientras invoco abundantes bendiciones divinas para la comunidad encomendada a su cuidado espiritual, le transmito mi más fraterno saludo en el Señor Jesús.
Suyo devotísimo
✠ Leonardo Card. Sandri
Prefecto
✠ Giorgio Demetrio Gallaro
Arzobispo Secretario
N.B. Un sumario de las obras de la Custodia de la Tierra Santa y de esta Congregación se encuentra en el sitio web de este Dicasterio: www.orientchurch.va / Colletta Terra Santa.
sábado, 9 de abril de 2022
Semana Santa 2022. Catedral Nuestra Señora de Guadalupe, Canelones.
Sábado 9 de abril.
16.00 hs. Misa con bendición de ramos en la capilla San Isidro. Ruta 11, km 108.
NO HAY MISA EN LA CATEDRAL.
Domingo 10 de abril. DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR.
10.30 HS. Bendición de ramos en el liceo Guadalupe. Procesión hacia la Catedral. Misa.
11 de abril. LUNES SANTO.
8.00 HS. Laudes
10.00 a 12.00 hs. Confesiones.
18.00 hs. Misa.
12 de abril. MARTES SANTO
8.00 HS. Laudes
10.00 a 12.00 hs. Confesiones.
18.00 hs. Misa
13 de abril. MIÉRCOLES SANTO.
8.00 HS. Laudes
10.00 HS. Misa Crismal.
14 de abril. JUEVES SANTO. Comienza el Triduo Pascual.
8.00 HS. Laudes
20.00 hs. Misa de la Cena del Señor
(Traer alimentos no perecederos para los más necesitados).
Luego de la misa HORA SANTA COMUNITARIA. El templo estará abierto hasta las 00.00 hs.
15 de abril. VIERNES SANTO.
8.00 HS. Laudes. Continúa el oficio de lecturas
10.00 HS. Celebración comunitaria de la Santa Unción (para personas mayores de 60 años).
15.30 HS. Celebración de la Pasión del Señor.
17.00 HS. Vía Crucis por las calles de Canelones hacia la Capilla de Fátima.
16 de abril. SÁBADO SANTO.
8.00 HS. Laudes
20.30 HS. SOLEMNE VIGILIA PASCUAL. Traer velas.
17 de abril. DOMINGO DE PASCUA.
8.00 HS. Laudes
10.30 HS. Misa.
19.00 HS. II Vísperas
NO HAY MISA EN LA CAPILLA DE FÁTIMA.
