jueves, 12 de enero de 2023

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29-34). II Domingo durante el año.

Amigas y amigos: les cuento que días atrás estuve participando en el GUADACAM, o sea el Campamento Guadalupe, un campamento de jóvenes de nuestra diócesis de Canelones.

Es siempre una alegría encontrarse con jóvenes que sienten una inquietud espiritual, que quieren acercarse más a Jesús y crecer en la fe dentro de la Iglesia.

Algunos de los mayores de nuestras comunidades me han transmitido una visión en general negativa de los jóvenes. Ellos ven y, para ser sincero, a veces yo también lo veo así, que muchos jóvenes parecen indiferentes a lo que la Iglesia presenta. La ven como una institución obsoleta, donde se reúne un montón de viejos aburridos, que no tienen nada para decirles.

Algunos mayores ven a los jóvenes como en un mundo aparte, conectados a sus pantallas (aunque nosotros también terminemos haciendo lo mismo), buscando todo tipo de entretenimiento, sacando de sus padres lo que puedan para darse sus gustos y, muchas veces, derrapando en las adicciones, en el vértigo de la velocidad y, muy tristemente, a veces poniendo ellos mismos fin a una vida a la que no le encuentran sentido.

Los jóvenes que se han recuperado de adicciones nos dan otra versión. Reconocen sus errores, ven el daño que han hecho, piden perdón… pero también han identificado sus heridas, sus dolores y dan gracias por haber encontrado un camino de sanación.

Volviendo al campamento, allí encontré jóvenes que se abren a la presencia de Dios en su vida… algunos de ellos se han encontrado con el dolor, con la pérdida de amigos jóvenes y con las preguntas que atraviesan toda la historia de la humanidad: ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? ¿qué significa la muerte? ¿para qué vivir?

En la Misa que celebré con ellos escuchamos un pasaje del evangelio (Juan 1,35-42) en el que Juan el Bautista estaba con dos discípulos y, mirando a Jesús que pasaba les dijo: “este es el cordero de Dios”. Los dos discípulos comenzaron a seguir a Jesús y éste, viendo que lo seguían les preguntó qué querían. Ellos le preguntaron: “¿dónde vives?” y Jesús les respondió: “Vengan y verán”. Ellos fueron y se quedaron con él hasta las cuatro de la tarde.

Comentando este evangelio con los jóvenes, nos quedamos en esa invitación de Jesús. Al final de este video, ellos los invitarán a que también ustedes vayan y vean.

Lo que no hicimos fue ver qué quería decir Juan el Bautista presentando a Jesús como Cordero de Dios. El evangelio de hoy es el pasaje anterior al que leímos en esa Misa y nos da pie para buscar esa explicación, que ya en algo nos adelanta Juan el Bautista cuando dice:

“Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29-34)

Esas palabras las oímos en cada Misa, cuando el sacerdote muestra la hostia consagrada antes de la comunión. Vamos a acercarnos de a poco para tratar de entender qué significa que Jesús es el cordero de Dios.

En nuestro pueblo uruguayo, hay una época del año en que aparece en varios sitios un letrerito que dice “hay cordero”. Es el tiempo de las fiestas de Navidad y comienzo de año. Un cordero asado convoca a la familia y a los amigos. Cuando se invita diciendo “tengo un cordero”, se está indicando que hay algo especial que se quiere compartir. Humanamente, entonces, el cordero que comemos en las fiestas nos da una oportunidad de acercamiento, encuentro, unión. Es una oportunidad: a veces no la aprovechamos y nos quedamos solo con la comida pero otras veces es ocasión de reafirmar la amistad o la unión familiar.

En los comienzos del pueblo de Dios, muchos siglos antes de Cristo, ese pueblo de pastores también se reunía para comer un cordero asado, agradecidos a Dios porque el rebaño se estaba agrandando con muchas pariciones de ovejas.

Más adelante, el cordero va a adquirir un significado muy fuerte. Una noche, el pueblo de Dios, esclavo en Egipto, va a ser liberado por la acción de Dios. Y en esto entrarán los corderos. Con su sangre se marcarán las puertas de las casas de los israelitas para preservarlos de una acción de Dios que pasará dañando a los opresores. Dentro de la casa, la familia de pie y preparada para salir a la libertad, comerá el cordero, fortaleciéndose para el camino. 

Esa fue la primera Pascua, que nos relata el libro del Éxodo. A partir de allí, el pueblo de Dios siguió recordando ese acontecimiento de salvación con la cena Pascual, en la que el Cordero seguía siendo la comida principal. 

Desde que los israelitas tuvieron un templo, las familias llevaban allí los corderos para que los sacerdotes los sacrificaran, desangrándolos y los llevaban para asarlos y comerlos en sus casas. Para los israelitas, la sangre es la vida, que pertenece a Dios y a él debe ser ofrecida; por eso los animales debían ser desangrados. La sangre del cordero seguía significando la protección de Dios para el pueblo.

Hay otro lugar de la Biblia donde se nos habla de un cordero. Es el libro de Isaías, donde encontramos cuatro cánticos dedicados al “servidor sufriente”: un hombre de Dios que salvará al pueblo a través de sus propios padecimientos. En el cuarto cántico (Isaías 52,13 – 53,12) ese personaje es comparado a un cordero:

Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca (…)  expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables. (Isaías 53,7.12)

Los israelitas esperaban la llegada del Mesías, el salvador enviado por Dios. Muchos lo esperaban como un rey poderoso, capaz de vencer al imperio que los sojuzgaba y a los reyes como los Herodes, serviles ante los romanos y opresores de su pueblo. Uno de los títulos del Mesías era “el león de Judá”, en referencia a la tribu a la que pertenecía el rey David. “Hijo de David” era otro título del Mesías. (cf. Génesis 49,9-10)

Pero Juan presenta al Mesías como “cordero de Dios”, no como león. Eso fue desconcertante para quienes esperaban un guerrero. Nada más opuesto a su expectativa. El cordero no es la fuerza, sino la más completa fragilidad. Sin embargo, este cordero se manifestará fuerte como un león; pero no con la fuerza que despedaza y mata, sino con la fortaleza que construye un mundo nuevo en el amor; la fuerza del amor que se da, que se entrega totalmente, en la vida y en la muerte.

Es el Cordero “que quita el pecado del mundo”. En un mundo infestado por la maldad, en un mundo acostumbrado a la violencia, a la venganza, a la explotación y a toda forma de iniquidad, el Cordero presenta un rostro diferente del ser humano; el del que es capaz de amar, de dar de sí, de darse a sí mismo en la búsqueda del bien del otro. Jesucristo, Cordero de Dios, es testigo de un mundo nuevo, un mundo que abandona el camino del mal para dejarse guiar por Dios en el amor y la misericordia. La humanidad solo puede ser transformada por el Cordero inocente, que revierte la lógica del mundo, la de devolver mal por mal y maldición por maldición y solo buscar para sí el tener, el poder y el placer. Y por eso mismo, el Cordero será rechazado y se le dará muerte; pero también por eso, en él la muerte será vencida. 

Nos queda un detalle, nada menor. Juan cuenta:

He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él.  (Juan 1,29-34)

A veces se ha interpretado que en ese momento Jesús recibe el Espíritu Santo. Al contrario, Jesús está lleno del Espíritu. El Espíritu desciende sobre él como una paloma que se posa en su nido, como el ave que vuelve allí donde está su casa. El Espíritu Santo es el espíritu de amor. Allí está la fuerza de Jesús, la fuerza que nos ofrece para que nosotros, en él, podamos salir del pecado del mundo y entrar en la vida plena.

Amigas y amigos, que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.


viernes, 6 de enero de 2023

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mateo 3,13-17). Bautismo del Señor.

Algunas de las grandes civilizaciones de la historia de la humanidad nacieron junto a un río. El Nilo regó los cultivos de la civilización egipcia. El Tigris y el Éufrates delimitaron la Mesopotamia, donde se sucedieron numerosos pueblos, algunos de los cuales crearon grandes imperios.

En medio de esos dos grandes polos, hubo un pequeño país que supo tener reyes famosos como David y su hijo Salomón. No contaba su territorio con ríos largos ni caudalosos, pero allí corre el Jordán, adonde nos conduce el evangelio de hoy.

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
(Mateo 3,13-17)

Siglos antes de Jesús, su pueblo, el pueblo de Israel, había llegado hasta las orillas del Jordán después de un largo camino a través del desierto. Habían dejado atrás años de esclavitud en Egipto. Al cruzar el Jordán, llegaron a la meta: la Tierra Prometida, el lugar donde vivir en la Ley de Dios y practicar su fe. Allí, el pueblo, convocado por Josué, celebró una asamblea y renovó su alianza con Dios, con una promesa:

«Nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios y escucharemos su voz». (Josué 24,24)

El pueblo se mantuvo fiel a esa promesa mientras vivieron Josué y los ancianos que, como él, habían experimentado todo lo que Dios había hecho por su pueblo.

¿Qué sucedió después? Hubo quienes siguieron creyendo, por el testimonio recibido, lo transmitieron a sus hijos y se mantuvieron fieles… otros rompieron la alianza y se apartaron de Dios. Lo mismo siguió dándose generación tras generación. Dios no dejó de enviar a sus mensajeros, los profetas, llamando al pueblo a la conversión, a volver a Él.

Juan el Bautista, ante quien se presenta Jesús para ser bautizado, está en la línea de esos profetas. 

El bautismo, es decir, la inmersión en agua, no era un rito extraño para los israelitas; era un gesto de profunda purificación. Más aún, en tiempos cercanos a Jesús, los paganos que querían unirse al pueblo de Israel eran bautizados.

Pero Juan no está proponiendo el bautismo a esos paganos impuros, sino que está llamando a todo el pueblo de Israel. Les está recordando como, un día, pasando a través del Jordán, sus antepasados entraron a esa tierra para servir al Señor y escuchar su voz. Pedir ser bautizado por Juan era la expresión de un deseo de volver de corazón a Dios, rehacer la alianza con él y dejar atrás una vida de pecado. Por eso, cuando Jesús se presenta ante Juan y pide el bautismo, el bautista se desconcierta y le responde:

«Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mateo 3,13-17)

Juan sabe que en Jesús no hay pecado; más aún, sabe que Jesús es el Mesías, el salvador anunciado. Juan ha venido a preparar al pueblo para recibir a Jesús. Jesús quiere ser bautizado, en solidaridad con todos aquellos que, escuchando el llamado de Juan, han decidido hacer penitencia y purificarse en las aguas del Jordán. Pero el gesto de Jesús irá mucho más allá.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos… (Mateo 3,13-17)

La expresión “se abrieron los cielos” es muy significativa. En la Biblia se habla a menudo de “los cielos”, en plural, reflejando una manera de concebir el universo, como varios cielos superpuestos, siendo “lo más alto de los cielos” la morada de Dios.

En tiempos de Jesús, había en el pueblo creyente la sensación de que “los cielos estaban cerrados”, es decir, que Dios ya no se comunicaba con su pueblo. No era la primera vez que el pueblo tenía ese sentimiento. Hacia el final del libro de Isaías encontramos una larga súplica para que Dios se manifieste, pidiendo que se abran los Cielos y que Dios baje a la tierra.

¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua! Así manifestarías tu Nombre a tus adversarios y las naciones temblarían ante ti. (Isaías 63,19 - 64,1)

¿Qué sucede en el bautismo de Jesús, cuando se abren los cielos? 

En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». (Mateo 3,13-17)

Esto es una epifanía, una manifestación de Dios, de Dios Trinidad: la voz del Padre; la presencia del Hijo, Jesús, en el agua; el Espíritu Santo en forma de paloma.

Las palabras del Padre nos evocan otros pasajes bíblicos. El salmo 2 dice: 

“tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2,7). 

Esa es la identidad de Jesús: es el Hijo de Dios. Quien ve al Hijo, ve al Padre. El Padre Dios se hace presente por medio de Jesús, quien no actúa por su cuenta, sino en total sintonía con la voluntad del Padre. Él y el Padre son uno.

Otro texto que encontramos como telón de fondo de estas palabras es el capítulo 22 del libro del Génesis. Es el pasaje donde Dios pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio a Isaac, su hijo único. No es exactamente el único hijo de Abraham, pero sí el único que ha tenido con su esposa Sara. Isaac es el heredero de la promesa hecha a Abraham. El pedido de Dios es incomprensible, pero Abraham obedece. Está dispuesto a sacrificar a su hijo único si Dios se lo pide. Pero Dios detiene su mano. Llegará, en cambio, el día en que Dios sacrifique a su único Hijo Jesús por la salvación del mundo.

Finalmente, tenemos el pasaje de Isaías que encontramos en la primera lectura: 

Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma.
Yo he puesto mi espíritu sobre él… (Primera Lectura, Isaías 42,1-4.6-7)

Todo esto toma especial importancia después de la muerte y resurrección de Jesús. Cristo crucificado, dice san Pablo, es “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Corintios 1,23). Las palabras del Padre confirman la misión de Jesús, cuyo cumplimiento pasa por la pasión y la cruz.

Todos los que fuimos bautizados siendo pequeños, así como los padres que hoy piden el bautismo para sus bebés, encontramos en este pasaje del evangelio pistas importantes para entender lo que significa el bautismo cristiano.

El bautismo es nuestra unión con Jesucristo muerto y resucitado. Por esa unión somos hechos hijos del Padre Dios. Las palabras del Padre “Éste es mi hijo…” valen para cada bautizado. Éste es mi hijo, ésta es mi hija. Esto no es simplemente un dato filiatorio, una información sobre nuestro origen: es la verdad y la razón de nuestra vida.

El día siguiente a Navidad, 26 de diciembre, la Iglesia recuerda a San Esteban, primer mártir. Antes de morir, cuando ya comenzaban a arrojarle piedras, pudo exclamar: “veo los cielos abiertos”. Esa es la promesa que Jesús hizo a sus primeros discípulos: «verán el cielo abierto». (Juan 1,51). Ver el cielo abierto es ver la salvación de Dios. Sobre esto mismo, quiero terminar con una cita del papa emérito Benedicto XVI, fallecido el 31 de diciembre:

Este es, queridos hermanos, el misterio del bautismo: Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado. Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo. (homilía, 13 de enero de 2008, fiesta del Bautismo del Señor).

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 

martes, 3 de enero de 2023

Mons. Gianfranco Gallone, nuevo Nuncio Apostólico en Uruguay.

El Papa Francisco ha nombrado a Mons. Gianfranco Gallone, Arzobispo Titular de Mottola y actualmente Representante Pontificio en Zambia, nuevo Nuncio Apostólico en la República Oriental del Uruguay.

El nuevo Nuncio en Uruguay nació en Ceglie Messapica (Brindisi, Italia) el 20 de abril de 1963.

Fue ordenado sacerdote el 3 de septiembre de 1988, quedando incardinado en la Diócesis de Oria (Italia). Es Doctor en Derecho Canónico.

Entró al Servicio Diplomático de la Santa Sede el 19 de junio de 2000 y ha prestado sus servicios en las Nunciaturas Apostólicas de Mozambique, Israel, Eslovaquia, India, Suecia y en la Sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado.

El 2 de febrero de 2019 fue nombrado Arzobispo titular de Mottola y Nuncio Apostólico en Zambia y el 8 de mayo de 2019 fue nombrado también Nuncio Apostólico en Malawi.

lunes, 2 de enero de 2023

Ante el fallecimiento del Papa Emérito Benedicto XVI, la Nunciatura Apostólica en Uruguay abrió libro de Condolencias.

La Nunciatura Apostólica en el Uruguay ha abierto un Libro de Condolencias, el cual estará disponible el martes 3 y el miércoles 4 de enero, de 10:00 a 13:00 y de 14:00 a 17:00 horas, en ambos días.

La sede de la Nunciatura está en Bulevar Artigas 1330, Montevideo.

Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz. Mensaje del Papa Francisco para la 56 Jornada Mundial de la Paz.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
56 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2023

Nadie puede salvarse solo.
Recomenzar desde el COVID-19
para trazar juntos caminos de paz

«Hermanos, en cuanto al tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben perfectamente que el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche» (Primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses 5,1-2). 

1. Con estas palabras, el apóstol Pablo invitaba a la comunidad de Tesalónica, que esperaba el encuentro con el Señor, a permanecer firme, con los pies y el corazón bien plantados en la tierra, capaz de una mirada atenta a la realidad y a las vicisitudes de la historia. Por eso, aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, estamos llamados a mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino. Con este ánimo san Pablo exhorta constantemente a la comunidad a estar vigilante, buscando el bien, la justicia y la verdad: «No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios» (5,6). Es una invitación a mantenerse alerta, a no encerrarnos en el miedo, el dolor o la resignación, a no ceder a la distracción, a no desanimarnos, sino a ser como centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba, especialmente en las horas más oscuras.  

2.  El COVID-19 nos sumió en medio de la noche, desestabilizando nuestra vida ordinaria, trastornando nuestros planes y costumbres, perturbando la aparente tranquilidad incluso de las sociedades más privilegiadas, generando desorientación y sufrimiento, y causando la muerte de tantos hermanos y hermanas nuestros.

Empujado dentro de una vorágine de desafíos inesperados y en una situación que no estaba del todo clara ni siquiera desde el punto de vista científico, el mundo sanitario se movilizó para aliviar el dolor de tantos y tratar de ponerle remedio; del mismo modo, las autoridades políticas tuvieron que tomar medidas drásticas en materia de organización y gestión de la emergencia.

Junto con las manifestaciones físicas, el COVID-19 provocó —también con efectos a largo plazo— un malestar generalizado que caló en los corazones de muchas personas y familias, con secuelas a tener en cuenta, alimentadas por largos períodos de aislamiento y diversas restricciones de la libertad.

Además, no podemos olvidar cómo la pandemia tocó la fibra sensible del tejido social y económico, sacando a relucir contradicciones y desigualdades. Amenazó la seguridad laboral de muchos y agravó la soledad cada vez más extendida en nuestras sociedades, sobre todo la de los más débiles y la de los pobres. Pensemos, por ejemplo, en los millones de trabajadores informales de muchas partes del mundo, a los que se dejó sin empleo y sin ningún apoyo durante todo el confinamiento.

Rara vez los individuos y la sociedad avanzan en situaciones que generan tal sentimiento de derrota y amargura; pues esto debilita los esfuerzos dedicados a la paz y provoca conflictos sociales, frustración y violencia de todo tipo. En este sentido, la pandemia parece haber sacudido incluso las zonas más pacíficas de nuestro mundo, haciendo aflorar innumerables carencias.

3. Transcurridos tres años, ha llegado el momento de tomarnos un tiempo para cuestionarnos, aprender, crecer y dejarnos transformar —de forma personal y comunitaria—; un tiempo privilegiado para prepararnos al “día del Señor”. Ya he dicho varias veces que de los momentos de crisis nunca se sale igual: de ellos salimos mejores o peores. Hoy estamos llamados a preguntarnos: ¿qué hemos aprendido de esta situación pandémica? ¿Qué nuevos caminos debemos emprender para liberarnos de las cadenas de nuestros viejos hábitos, para estar mejor preparados, para atrevernos con lo nuevo? ¿Qué señales de vida y esperanza podemos aprovechar para seguir adelante e intentar hacer de nuestro mundo un lugar mejor?   

Seguramente, después de haber palpado la fragilidad que caracteriza la realidad humana y nuestra existencia personal, podemos decir que la mayor lección que nos deja en herencia el COVID-19 es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por tanto, es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en una intoxicación individualista e idolátrica, comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz. En nuestro acelerado mundo, muy a menudo los problemas generalizados de desequilibrio, injusticia, pobreza y marginación alimentan el malestar y los conflictos, y generan violencia e incluso guerras.

Si, por un lado, la pandemia sacó a relucir todo esto, por otro, hemos logrado hacer descubrimientos positivos: un beneficioso retorno a la humildad; una reducción de ciertas pretensiones consumistas; un renovado sentido de la solidaridad que nos anima a salir de nuestro egoísmo para abrirnos al sufrimiento de los demás y a sus necesidades; así como un compromiso, en algunos casos verdaderamente heroico, de tantas personas que no escatimaron esfuerzos para que todos pudieran superar mejor el drama de la emergencia.

De esta experiencia ha surgido una conciencia más fuerte que invita a todos, pueblos y naciones, a volver a poner la palabra “juntos” en el centro. En efecto, es juntos, en la fraternidad y la  solidaridad, que podemos construir la paz, garantizar la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos. De hecho, las respuestas más eficaces a la pandemia han sido aquellas en las que grupos sociales, instituciones públicas y privadas y organizaciones internacionales se unieron para hacer frente al desafío, dejando de lado intereses particulares. Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales.

4. Al mismo tiempo, en el momento en que nos atrevimos a esperar que lo peor de la noche de la pandemia del COVID-19 había pasado, un nuevo y terrible desastre se abatió sobre la humanidad. Fuimos testigos del inicio de otro azote: una nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsada por decisiones humanas reprobables. La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren sus efectos colaterales —basta pensar en la escasez de trigo y los precios del combustible—.

Ciertamente, esta no es la era post-COVID que esperábamos o preveíamos. De hecho, esta guerra, junto con los demás conflictos en todo el planeta, representa una derrota para la humanidad en su conjunto y no sólo para las partes directamente implicadas. Aunque se ha encontrado una vacuna contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano, corrompido por el pecado (cf. Evangelio según san Marcos 7,17-23).

5. ¿Qué se nos pide, entonces, que hagamos? En primer lugar, dejarnos cambiar el corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad a través de este momento histórico. Ya no podemos pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común.

Para lograr esto y vivir mejor después de la emergencia del COVID-19, no podemos ignorar un hecho fundamental: las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas autónomos son en realidad uno la causa o consecuencia de los otros. Así pues, estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades. Sólo invirtiendo en estas situaciones, con un deseo altruista inspirado por el amor infinito y misericordioso de Dios, podremos construir un mundo nuevo y ayudar a edificar el Reino de Dios, que es un Reino de amor, de justicia y de paz.

Al compartir estas reflexiones, espero que en el nuevo año podamos caminar juntos, aprovechando lo que la historia puede enseñarnos. Expreso mis mejores votos a los jefes de Estado y de gobierno, a los directores de las organizaciones internacionales y a los líderes de las diferentes religiones. A todos los hombres y mujeres de buena voluntad, les deseo un feliz año, en el que puedan construir, día a día, como artesanos, la paz. Que María Inmaculada, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero.  

Vaticano, 8 de diciembre de 2022 

Francisco 

domingo, 1 de enero de 2023

«¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho!» (Isaías 1,17). Palabra de Vida, enero 2023.

 «¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho!» (Isaías 1,17).

La palabra de vida del mes de enero está tomada del primer capítulo del profeta Isaías. Esta frase ha sido elegida para la «Semana de oración por la unidad de los cristianos», que se celebra en todo el hemisferio norte del 18 al 25 de enero. Los textos han sido preparados por un grupo de cristianos de Minnesota, en Estados Unidos (1). La justicia es un tema candente. Las desigualdades, la violencia y los prejuicios crecen en una sociedad a la que le cuesta dar testimonio de una cultura de paz y de unidad.

Y los tiempos de Isaías no eran muy diferentes de los nuestros. Las guerras, las rebeliones, la búsqueda de la riqueza y el poder, la idolatría y la marginación de los pobres habían hecho descarriarse al pueblo de Israel. Con palabras muy duras, el profeta llama a su gente a convertirse, indicando el camino para volver al espíritu originario de la alianza de Dios con Abrahán.

«¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho!» (Isaías 1,17).

¿Qué significa aprender a hacer el bien? Hemos de ponernos en disposición de aprender, lo cual requiere un esfuerzo por nuestra parte. En nuestro camino diario, siempre tenemos algo que comprender, que mejorar; podemos volver a empezar si nos hemos equivocado.

¿Qué significa buscar la justicia? Esta es como un tesoro que hay que buscar y desear: es la meta de nuestro modo de actuar. Practicar la justicia nos enseña a hacer el bien. Es saber captar la voluntad de Dios, que es nuestro bien.

Isaías ofrece ejemplos concretos. Las personas que Dios prefiere mayormente, porque son las más indefensas, son los oprimidos, los huérfanos y las viudas. Dios invita a su pueblo a cuidar de los demás de modo concreto, sobre todo de quienes no están en condiciones de hacer valer sus derechos. Las prácticas religiosas, los ritos, los sacrificios y las oraciones no le son gratos si no se corresponden con la búsqueda y la práctica del bien y la justicia.

«¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho!» (Isaías 1,17).

Esta Palabra de vida nos empuja a ayudar a los demás a tener una mirada atenta y a socorrer al necesitado con hechos. Nuestro camino de conversión requiere abrir el corazón, la mente y los brazos, sobre todo, a quienes sufren. 

«El deseo y la búsqueda de la justicia están grabados desde siempre en la conciencia del hombre; Dios mismo los depositó en su corazón. Pero, a pesar de las conquistas y progresos realizados a lo largo de la historia, ¡qué lejos sigue estando el pleno cumplimiento del proyecto de Dios! Las guerras en curso al día de hoy, así como el terrorismo y los conflictos étnicos, son señal de desigualdades sociales y económicas, de injusticias, de odios. […] Sin amor, sin respeto a la persona, sin atender sus necesidades, las relaciones personales pueden ser correctas, pero también pueden volverse burocráticas, incapaces de dar respuestas decididas a las exigencias humanas. Sin amor, nunca habrá justicia verdadera, no se compartirán los bienes entre ricos y pobres, no se atenderá la singularidad de cada hombre y mujer ni la situación concreta en que se encuentran» (2).

«¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho!» (Isaías 1,17).

Vivir por un mundo unido es preocuparse de las heridas de la humanidad a través de pequeños gestos que ayudan a formar la familia humana. 

Un día, J. de Argentina se encuentra por casualidad con el director del instituto donde había dado clases, el cual lo había despedido con un pretexto. Cuando el director lo reconoce, trata de evitarlo, pero J. va a su encuentro. Le pregunta por él y el director le cuenta las dificultades de los últimos tiempos, le dice que vive en otra ciudad y que está buscando trabajo. J. se ofrece a ayudarlo, y al día siguiente difunde entre sus contactos la noticia de que está buscando trabajo para una persona. La respuesta no tarda en llegar. Cuando el director recibe la noticia de una oferta de trabajo, no se lo puede creer. La acepta, profundamente agradecido y conmovido de que precisamente aquel que él había despedido se interese concretamente por él.

J. recibe el «céntuplo», porque precisamente en ese momento le ofrecen dos trabajos que siempre había deseado, desde que estudiaba en la universidad. También él está asombrado y conmovido por el amor tan concreto de Dios .

Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de Vida

(1) En Mineápolis (Minnesota), resultó muerto en 2020 el ciudadano negro George Floyd por la acción de un policía: un homicidio que ha generado un movimiento por la eliminación de toda forma de discriminación racial.

(2) C. LUBICH, Palabra de vida, noviembre de 2006: Ciudad Nueva n. 436 (2006/11), pp. 22-23.



sábado, 31 de diciembre de 2022

Dios-Amor en el centro. Benedicto XVI (In memoriam)

 



Deus cáritas est: “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”  (1 Jn 4,16). Con esta cita de la primera carta de san Juan inició su primera encíclica, su primer gran mensaje a los fieles católicos, el Papa Benedicto XVI, en la primera Navidad de su pontificado, en el año 2005.

Después de tanto tiempo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para la que nombrado por san Juan Pablo II en 1981, no hubiera sorprendido que su primer mensaje se refiriera al tesoro de la Fe. Ese mensaje llegaría ya terminado su pontificado, con la firma del Papa Francisco, que hizo algunos aportes al escrito que el ya entonces Papa emérito puso en sus manos. La encíclica fue publicada con el título de Lumen fidei, “La luz de la Fe”.

Así pues, Benedicto XVI quiso iniciar su pontificado poniendo en el centro a Dios amor: la verdad fundamental sobre Dios, la que tenemos que recordar ante todo y poner siempre en el centro; porque solo desde el amor de Dios es posible comprender por qué y para qué hemos sido creados, hemos sido redimidos y somos santificados.

Ha partido un gran teólogo, un buscador de la verdad, un “cooperador de la Verdad”, como decía ya su lema episcopal y luego papal; pero su servicio a la verdad estuvo también en su docencia, en su manera de transmitir el conocimiento que años de estudio y años de oración y de escucha de la Palabra de Dios le habían dado. Sus homilías eran breves y mostraban un gran cuidado por expresarse con sencillez y claridad. Compararlo con san Juan Pablo II es… es imposible. Al mismo tiempo que se percibía la gran sintonía entre ellos, había un enorme contraste entre el Papa polaco, con su manera tan natural y tan propia de comunicarse con la multitud y la presencia pequeña y aparentemente tímida del Papa alemán… 

Sin embargo, en la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney, en la vigilia de oración, cuando Benedicto XVI invitó a los jóvenes a dejar los ruidos exteriores e interiores para adorar a Jesús presente en el Santísimo Sacramento, a sus palabras siguió un imponente silencio: el silencio de más de medio millón de jóvenes en oración.

Ha entrado en el descanso de Dios un trabajador de esfuerzo constante y sostenido, representado por la curiosa imagen que aparece en su escudo, de un oso cargando una maleta en el lomo. Se trata del oso de San Corbiniano, un obispo misionero alemán del siglo VIII. En uno de sus viajes misioneros, un oso atacó y mató la mula que llevaba el equipaje del obispo. Entonces, san Corbiniano ordenó al oso llevar esa carga para poder continuar su viaje. Aunque también dio interpretaciones más profundas de ese signo, hablando del peso de la vida, y citando comentarios de san Agustín sobre los salmos, Benedicto decía que así, como ese oso, se veía él, como una “bestia de carga” de la Iglesia, con su trabajo al servicio de Dios y de todo su Pueblo.

Su renuncia, el 11 de febrero de 2013, sorprendió a todo el mundo, a cercanos y a extraños. Fue un acto de valentía y un gesto profético, que le ganó el respeto de creyentes y no creyentes. Algunos de estos últimos, que pudieron estar entre los que, al comienzo de su pontificado, lo llamaron con hostilidad “el pastor alemán” reconocieron la señal que daba un hombre que no se guiaba por el espíritu del mundo, donde tantos se aferran tenazmente al poder, sino por el Espíritu de Dios, en el que cada acción encuentra su sentido en el Amor y en la entrega.

Papa emérito Benedicto XVI: gracias por tus enseñanzas, gracias por tu testimonio de fe, de amor y de esperanza. Que el Señor te reciba, te dé el descanso eterno y brille para ti la luz perpetua. Amén.

+ Heriberto Bodeant, Obispo de Canelones.


Ante el fallecimiento de Benedicto XVI, los Obispos del Uruguay invitan al recuerdo agradecido y a la oración por su descanso eterno.


Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU)

31 de diciembre de 2022.

El Papa emérito Benedicto XVI ha entregado hoy su alma a Dios.

Invitamos a todos los fieles catòlicos de Uruguay a unirnos en la oración por su descanso eterno y a recordar con gratitud sus enseñanzas y el testimonio de su vida de generosa entrega hasta el momento final.

Por los Obispos del Uruguay,

+ Arturo Fajardo, obispo de Salto, presidente.

+ Cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, vicepresidente.

+ Heriberto Bodeant, obispo de Canelones, secretario general.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Obispos del Uruguay invitan a orar por Benedicto XVI.


Conferencia Episcopal del Uruguay

Montevideo, 29 de diciembre de 2022.

Los Obispos del Uruguay nos unimos al llamado del Papa Francisco: “Oremos juntos por el Papa Emérito Benedicto XVI, que en el silencio sigue rezando por la Iglesia. Pidamos al Señor que lo consuele y lo sostenga en este testimonio de amor a la Iglesia, hasta el final”.

Recordamos con gratitud el pontificado del Papa emérito así como las ocasiones en que recibió a nuestra Conferencia Episcopal. Oremos por él. En nombre de los Obispos del Uruguay,

+ Arturo Fajardo, Obispo de Salto, Presidente de la CEU

jueves, 29 de diciembre de 2022

“Que el Señor te bendiga y te proteja” (Números 6,22-27). Santa María, Madre de Dios.

Amigas y amigos: feliz y bendecido año nuevo para cada uno de ustedes y sus familias.

Ocho días después de Navidad, celebramos a Santa María como Madre de Dios, en griego Theotokos, (Θεοτόκος) que significa literalmente “la que dio a luz a Dios”. Ese título fue reconocido en el año 431 por el Concilio de Éfeso. Se cuenta que el pueblo salió a la calle para festejarlo gritando: “Theotokos, Theotokos”.

También en este día, desde 1968, como fue establecido por San Pablo VI, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Paz. En esta quincuagésima sexta jornada el Papa Francisco ha emitido un mensaje y ha propuesto como lema “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz”.

La Palabra de Dios que escuchamos este domingo tiene en cuenta el comienzo del año, pidiendo el don de la paz como bendición de Dios. Al mismo tiempo, nos lleva de nuevo al pesebre a contemplar, con ojos asombrados, al niño con su madre.

Para nuestra reflexión de hoy, vamos a tomar la primera lectura, del libro de los números.

Es un pasaje breve, pero muy significativo, en el que Dios habla sobre la bendición de los sacerdotes al pueblo. Escuchemos como comienza:

El Señor dijo a Moisés: 

«Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas» 

Aquí se establece una cadena de comunicación: Dios habla a Moisés, para que él transmita lo que Dios dice a Aarón y a sus hijos.

Aarón era el hermano de Moisés y junto con sus hijos cumplía la función sacerdotal en el pueblo de Israel.

La Palabra de Dios se dirige a Moisés porque él es el conductor que Dios eligió para liberar a su pueblo de la esclavitud y llevarlo a la Tierra Prometida. Por eso Dios se comunica directamente con Moisés y él transmite al Pueblo lo que Dios le ha indicado. A la muerte de Moisés se escribe: 

“Nunca más surgió en Israel un profeta igual a Moisés, con quien el Señor hablaba cara a cara. (Deuteronomio 34,10).

Vamos a retener esa expresión “cara a cara”, porque la vamos a reencontrar.

Dios sigue hablando a Moisés y le comunica la fórmula de la bendición que, primero en las celebraciones en el desierto y luego al final de las celebraciones en el templo, los sacerdotes usarán para bendecir al pueblo. Para dar la bendición, los sacerdotes tenían que extender las manos sobre el pueblo, pronunciando la fórmula sagrada. Antes de entrar en el contenido de la bendición, veamos como termina este pasaje. Dios concluye explicando cuál es la función de los sacerdotes.

«Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré»

Los sacerdotes invocan a Dios; pero es Dios quien bendice. Los sacerdotes tienen -seguimos teniendo- una función de mediación.

Y ahora sí, escuchemos la fórmula de la bendición:

"Que el SEÑOR te bendiga y te proteja. 
Que el SEÑOR haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. 
Que el SEÑOR te descubra su rostro y te conceda la paz." 

Aquí entendemos que quiere decir “invocar el nombre del Señor”. El nombre de Dios, YAHVEH, aparece tres veces. A nosotros hoy no nos llama la atención esto de nombrar a Dios. ¿Cuántas veces, a lo largo del día, lo hacemos los creyentes? Pero el israelita tiene muy presente el mandamiento que dice: “No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios” (Éxodo 20,7). 

Para no incurrir en esa falta, los miembros del Pueblo de Dios preferían nunca nombrar a Dios. Eso quedaba reservado a los sacerdotes en el momento de la bendición.

La primera petición de la bendición es que “el Señor te bendiga y te proteja”. “Bendecir” significa “decir bien”. No se trata de “hablar bien” de los demás, sino de decir para ellos una palabra de bien, de pedir que Dios diga sobre ellos su Palabra, porque la Palabra de Dios crea, hace realidad aquello que nombra.

En las dos peticiones siguientes se hace referencia al rostro de Dios: que Dios haga brillar su rostro sobre ti, que te descubra su rostro.

Es una petición muy especial, por varias razones.

Primero: ¿qué quiere decir ver el rostro de Dios? Leímos que Moisés hablaba con Dios “cara a cara” ¿qué quiere decir eso? La pregunta cabe porque Dios es un ser espiritual. No tiene rostro; más aún, no tiene cuerpo… en la Capilla Sixtina, Miguel Ángel pintó la creación del hombre y allí aparece Dios con figura humana, representado como un anciano fuerte que extiende su mano para dar vida a su creatura. Esa, como tantas otras, es una figuración, una manera de representar lo invisible.

Pedir que Dios nos muestre su rostro, decir que Dios habla con alguien cara a cara, son expresiones humanas para comunicar una experiencia espiritual para la que no hay palabras que puedan describirla. Esa experiencia de encuentro con Dios se traduce con expresiones que evocan el encuentro entre personas humanas. Más aún, Dios dice 

«tú no puedes ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo» (Éxodo 33,20)

Por eso, pedir que el Señor nos muestre su rostro es pedir que, de alguna manera, Dios “nos visite” y experimentemos su presencia y su cercanía y que vivamos ese encuentro no de una forma banal, sino con toda reverencia y asombro ante su misterio. En estos días de Navidad, estamos recordando y celebrando que Dios nos muestra finalmente su rostro, en un rostro humano: el rostro del niño de Belén. El rostro de la Misericordia.

Que te muestre su gracia, que te conceda la paz, son otras dos peticiones. La gracia es el amor gratuito de Dios, es el regalo de su amor, que se nos da como un llamado a una unión más profunda con Él. La paz, shalom, es una dimensión fundamental de la vida humana, sin la cual ésta pierde su sentido. Shalom es plenitud, es decir, lo que hace que todo esté completo, que nada falte. No es “el orden establecido”, con su inestable equilibrio basado en las armas y el miedo. Es un don que Dios ofrece al mundo por medio de su Mesías, por medio de su hijo Jesucristo. Implica la ausencia de guerra y violencia pero es, sobre todo, un estado de justicia y fraternidad que viene de Dios mismo.

Amigas y amigos, por todo esto que hemos reflexionado, antes de terminar con un breve anuncio, quiero pedir a Dios la bendición para todos ustedes, a lo largo de este nuevo año. 

El Señor esté con ustedes.
Dios Padre, fuente y principio de todo bien, les conceda su gracia, derrame sobre ustedes una abundante bendición y los conserve sanos y salvos durante todo este año. R. Amén.
Él los mantenga íntegros en la fe, les conceda una esperanza generosa, y los haga perseverar en la caridad. R. Amén.
Él guíe en la paz las acciones de ustedes, escuche siempre sus plegarias y los conduzca a la vida eterna. R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. R. Amén.

Avisos

El próximo viernes, 6 de enero, celebramos la Epifanía del Señor, que es día de precepto.
Yo presidiré dos Misas: 
  • en Canelones, de mañana, a las 10 y 30 y 
  • en Atlántida, de tarde, a las 19 horas. Gracias, amigas y amigos. 
Que 2023 sea para todos un año de gracia y bendición.