lunes, 26 de agosto de 2024

“Espera y actúa con la creación” (cf Rm 8,19-25) Mensaje del Papa Francisco para el Día de la Creación.

MENSAJE DE SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO 

PARA LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 

1° de septiembre de 2024

Espera y actúa con la creación

Queridos hermanos y hermanas:

“Espera y actúa con la creación” es el tema de la Jornada de oración por el cuidado de la creación, que se celebrará el próximo 1 de septiembre. Hace referencia a la Carta de san Pablo a los romanos 8,19-25, donde el apóstol aclara lo que significa vivir según el Espíritu y se concentra en la esperanza cierta de la salvación por medio de la fe, que es la vida nueva en Cristo.

1. Partamos entonces de una pregunta sencilla, pero que podría no tener una respuesta obvia: cuando somos verdaderamente creyentes, ¿ cómo es que tenemos fe? No es tanto porque “nosotros creemos” en algo trascendente que nuestra razón no logra entender, el misterio inalcanzable de un Dios distante y lejano, invisible e innombrable. Más bien, diría san Pablo, es porque habita en nosotros el Espíritu Santo. Sí, somos creyentes porque el mismo «amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» ( Rm 5,5). Por eso el Espíritu es ahora, realmente, «el anticipo de nuestra herencia» ( Ef 1,14), como pro-vocación a vivir siempre orientados hacia los bienes eternos, según la plenitud de la humanidad hermosa y buena de Jesús. El Espíritu hace a los creyentes creativos, pro-activos en la caridad. Los introduce en un gran camino de libertad espiritual, no exento, sin embargo, de la lucha entre la lógica del mundo y la lógica del Espíritu, que tienen frutos contrapuestos entre ellos (cf. Ga 5,16-17). Lo sabemos, el primer fruto del Espíritu, compendio de todos los otros, es el amor. Conducidos, entonces, por el Espíritu Santo, los creyentes son hijos de Dios y pueden dirigirse a Él llamándolo «¡Abba!, es decir, ¡Padre!» ( Rm 8,15), precisamente como Jesús, con la libertad del que ya no cae más en el miedo a la muerte, porque Jesús resucitó de entre los muertos. He aquí la gran esperanza: el amor de Dios ha vencido, vence y seguirá venciendo siempre. A pesar de la perspectiva de la muerte física, para el hombre nuevo que vive en el Espíritu el destino de gloria es ya seguro. Esta esperanza no defrauda, como nos recuerda también la Bula de convocación del próximo Jubileo. [1]

2. La existencia del cristiano es vida de fe, diligente en la caridad y desbordante de esperanza, en la espera de la llegada del Señor en su gloria. La “demora” de la parusía, de su segunda venida, no es un problema; la cuestión es otra: «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). Sí, la fe es un don, un fruto de la presencia del Espíritu en nosotros, pero es también una tarea, que debe realizarse en la libertad, en la obediencia al mandamiento del amor de Jesús. Esa es la feliz esperanza que hemos de testimoniar; ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿cómo? En los dramas de la carne humana que sufre. Si bien se sueña, ahora es necesario soñar con los ojos abiertos, animados por visiones de amor, de fraternidad, de amistad y de justicia para todos. La salvación cristiana entra en la profundidad del dolor del mundo, que no sólo afecta a los seres humanos, sino a todo el universo; a la naturaleza misma, oikos del hombre, su ambiente vital; comprende la creación como “paraíso terrenal”, la madre tierra, que debería ser lugar de alegría y promesa de felicidad para todos. El optimismo cristiano se fundamenta en una esperanza viva; sabe que todo tiende a la gloria de Dios, a la consumación final en su paz, a la resurrección corporal en la justicia, “de gloria en gloria”. En el transcurrir del tiempo, sin embargo, compartimos dolor y sufrimiento: la creación entera gime (cf. Rm 8,19-22), los cristianos gimen (cf. vv. 23-25) y gime el propio Espíritu (cf. vv. 26-27). El gemir manifiesta inquietud y sufrimiento, con anhelo y deseo. El gemido expresa confianza en Dios y abandono a su compañía afectuosa y exigente, con vistas a la realización de su designio, que es alegría, amor y paz en el Espíritu Santo.

3. Toda la creación está implicada en este proceso de un nuevo nacimiento y, gimiendo, espera la liberación. Se trata de un crecimiento escondido que madura, como “un grano de mostaza que se convierte en un gran árbol” o “levadura en la masa” (cf. Mt 13,31-33). Los comienzos son insignificantes, pero los resultados esperados pueden ser de una belleza infinita. En cuanto espera de un nacimiento —la revelación de los hijos de Dios— la esperanza es la posibilidad de mantenerse firmes en medio de las adversidades, de no desanimarse en el tiempo de las tribulaciones o frente a la barbarie humana. La esperanza cristiana no defrauda, pero tampoco da falsas ilusiones; si el gemido de la creación, de los cristianos y del Espíritu es anticipación y espera de la salvación que ya se está realizando, ahora estamos inmersos en muchos sufrimientos que san Pablo describe como “tribulaciones, angustias, persecución, hambre, desnudez, peligros, espada” (cf. Rm 8,35). Entonces la esperanza es una lectura alternativa de la historia y de las vicisitudes humanas; no ilusoria, sino realista, del realismo de la fe que ve lo invisible. Esta esperanza es la espera paciente, como el no-ver de Abraham. Me agrada recordar a ese gran creyente visionario que fue Joaquín de Fiore —el abad calabrés “de espíritu profético dotado”, según Dante Alighieri [2]— que, en un tiempo de luchas sanguinarias, de conflictos entre el papado y el imperio, de cruzadas, de herejías y de mundanidad de la Iglesia, supo indicar el ideal de un nuevo espíritu de convivencia entre los hombres, basado en la fraternidad universal y la paz cristiana, fruto de Evangelio vivido. Ese espíritu de amistad social y de fraternidad universal lo propuse en Fratelli tutti. Y esa armonía entre los seres humanos debe extenderse también a la creación, en un “antropocentrismo situado” (cf. Laudate Deum, 67), en la responsabilidad por una ecología humana e integral, camino de salvación de nuestra casa común y de nosotros que habitamos en ella.

4. ¿Por qué tanta maldad en el mundo? ¿Por qué tanta injusticia, tantas guerras fratricidas que causan la muerte de niños, destruyen ciudades, contaminan el entorno vital del hombre, la madre tierra, violentada y devastada? Refiriéndose implícitamente al pecado de Adán, san Pablo afirma: «Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). La lucha moral de los cristianos está relacionada con el “gemido” de la creación, porque esta última «quedó sujeta a la vanidad» (v. 20). Todo el cosmos y toda criatura gimen y anhelan “ansiosamente” que se supere la condición actual y se restablezca la originaria: en efecto, la liberación del hombre comporta también la de todas las demás criaturas que, solidarias con la condición humana, han sido sometidas al yugo de la esclavitud. Al igual que la humanidad, la creación ―sin culpa alguna― está esclavizada y se encuentra incapacitada para realizar aquello para lo que fue concebida, es decir, para tener un sentido y una finalidad duraderos; está sujeta a la disolución y a la muerte, agravadas por el abuso humano de la naturaleza. Pero, por el contrario, la salvación del hombre en Cristo es esperanza segura también para la creación; de hecho, «también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). Entonces, en la redención de Cristo es posible contemplar con esperanza el vínculo de solidaridad entre el ser humano y todas las demás criaturas.

5. En la expectación esperanzada y perseverante de la venida gloriosa de Jesús, el Espíritu Santo mantiene alerta a la comunidad creyente y la instruye continuamente, llamándola a la conversión de estilos de vida, para que se oponga a la degradación humana del medio ambiente y manifieste esa crítica social que es, ante todo, testimonio de la posibilidad de cambio. Esta conversión consiste en pasar de la arrogancia de quien quiere dominar a los demás y a la naturaleza ―reducida a objeto manipulable―, a la humildad de quien cuida de los demás y de la creación. «Un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo» (Laudate Deum, 73), porque el pecado de Adán destruyó las relaciones fundamentales por las que vive el hombre: la que tiene con Dios, consigo mismo y con los demás seres humanos, y la que tiene con el cosmos. Todas estas relaciones deben ser, sinérgicamente, restauradas, salvadas, “reorientadas”. No puede faltar ninguna. Si falta una, falla todo.

6. Esperar y actuar con la creación significa, en primer lugar, aunar esfuerzos y, caminando junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, contribuir a «repensar entre todos la cuestión del poder humano, cuál es su sentido, cuáles son sus límites. Porque nuestro poder ha aumentado frenéticamente en pocas décadas. Hemos hecho impresionantes y asombrosos progresos tecnológicos, y no advertimos que al mismo tiempo nos convertimos en seres altamente peligrosos, capaces de poner en riesgo la vida de muchos seres y nuestra propia supervivencia» (Laudate Deum, 28). Un poder incontrolado engendra monstruos y se vuelve contra nosotros mismos. Por eso hoy es urgente poner límites éticos al desarrollo de la inteligencia artificial, que, con su capacidad de cálculo y simulación, podría ser utilizada para dominar al hombre y la naturaleza, en lugar de ponerla al servicio de la paz y el desarrollo integral (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2024).

7. «El Espíritu Santo nos acompaña en la vida», esto lo entendieron bien los niños y niñas reunidos en la plaza de San Pedro para su primera Jornada Mundial, que coincidió con el domingo de la Santísima Trinidad. Dios no es una idea abstracta de infinito, sino que es Padre amoroso, Hijo amigo y redentor de todo hombre y Espíritu Santo que guía nuestros pasos por el camino de la caridad. La obediencia al Espíritu de amor cambia radicalmente la actitud del hombre: de “depredador” a “cultivador” del jardín. La tierra se entrega al hombre, pero sigue siendo de Dios (cf. Lv 25,23). Este es el antropocentrismo teologal de la tradición judeocristiana. Por tanto, pretender poseer y dominar la naturaleza, manipulándola a voluntad, es una forma de idolatría. Es el hombre prometeico, ebrio de su propio poder tecnocrático, que con arrogancia pone a la tierra en una condición “des-graciada”, es decir, privada de la gracia de Dios. Ahora bien, si la gracia de Dios es Jesús, muerto y resucitado, entonces es verdad lo que dijo Benedicto XVI: «No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor» (Carta enc. Spe Salvi, 26), el amor de Dios en Cristo, del que nada ni nadie podrá separarnos jamás (cf. Rm 8,38-39). Constantemente atraída hacia su futuro, la creación no es estática ni está encerrada en sí misma. Hoy en día, también gracias a los descubrimientos de la física contemporánea, el vínculo entre materia y espíritu se presenta de manera cada vez más fascinante para nuestro conocimiento.

8. Por tanto, el cuidado de la creación no es sólo una cuestión ética, sino también eminentemente teológica, pues concierne al entrelazamiento del misterio del hombre con del misterio de Dios. Se puede decir que este entrelazamiento es “generativo”, ya que se remonta al acto de amor con el que Dios crea al ser humano en Cristo. Este acto creador de Dios otorga y funda el actuar libre del hombre y toda su eticidad: libre precisamente es su ser creado a imagen de Dios que es Jesucristo, y por ello “representante” de la creación en Cristo mismo. Hay una motivación trascendente (teológico-ética) que compromete al cristiano a promover la justicia y la paz en el mundo, también a través del destino universal de los bienes: se trata de la revelación de los hijos de Dios que la creación espera, gimiendo como con dolores de parto. En esta historia no sólo está en juego la vida terrena del hombre, está sobre todo su destino en la eternidad, el eschaton de nuestra bienaventuranza, el Paraíso de nuestra paz, en Cristo Señor del cosmos, el Crucificado-Resucitado por amor.

9. Esperar e actuar con la creación significa, pues, vivir una fe encarnada, que sabe entrar en la carne sufriente y esperanzada de la gente, compartiendo la espera de la resurrección corporal a la que los creyentes están predestinados en Cristo Señor. En Jesús, el Hijo eterno en carne humana, somos verdaderamente hijos del Padre. Por la fe y el bautismo, comienza para el creyente la vida según el Espíritu (cf. Rm 8,2), una vida santa, una existencia de hijos del Padre, como Jesús (cf. Rm 8,14-17), ya que, por la fuerza del Espíritu Santo, Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una vida que se convierte en un canto de amor a Dios, a la humanidad, con y por la creación, y que encuentra su plenitud en la santidad. [3]

Roma, San Juan de Letrán, 27 de junio de 2024

FRANCISCO

____________________________

[1] Spes non confundit, Bula de convocación del Jubileo Ordinario del Año 2025 (9 mayo 2024).

[2] Divina Comedia, Paraíso, XII, 141.

[3] Lo ha expresado poéticamente el sacerdote rosminiano Clemente Rebora: “Mientras la creación asciende en Cristo al Padre, / En el arcano destino / todo es dolor de parto: / ¡cuánto morir para que nazca la vida! / pero de una sola Madre, que es divina, / se viene felizmente a la luz: / vida que el amor produce en lágrimas, / y, si anhela, aquí abajo es poesía; / pero sólo la santidad cumple el canto” (cf. Curriculum vitae, “Poesia e santità”: Poesie, prose e traduzioni, Milano 2015, p. 297).

sábado, 24 de agosto de 2024

San Bartolomé, Apóstol. Abrirse a la Esperanza. Juan 1,45-51.



Palabra de Vida: Abrirse a la Esperanza. Juan 1,45-51.
San Bartolomé, Apóstol. A Bartolomé se le identifica con Natanael.
Sábado 24 de agosto de 2024
Reflexión tomada del Papa Francisco, Audiencia General, 27 de septiembre de 2017.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 45-51

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a Aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José».
Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»
«Ven y verás», le dijo Felipe.
Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»
«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.
Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»
Natanael le respondió: «Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel.»
Jesús continuó: «Porque te dije: "Te vi debajo de la higuera", crees. Verás cosas más grandes todavía.»
Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor.

Escucha el comentario en el reproductor de IVOOX


viernes, 23 de agosto de 2024

“Señor ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6,60-69). Domingo XXI durante el año, ciclo B.

Esta fecha: 25 de agosto en Uruguay

Antes de compartir una reflexión sobre el Evangelio de este domingo, cabe una palabra sobre esta fecha, 25 de agosto, en la que, en Uruguay, recordamos un acontecimiento de nuestra historia, conocido como la “declaración de la independencia”. Efectivamente, el 25 de agosto de 1825 -el año que viene se cumplirán 200 años- una asamblea de orientales reunida en la ciudad de Florida, aprobó tres leyes: la independencia respecto al Imperio del Brasil, que nos tenía anexados como “Provincia Cisplatina”; la unión con las Provincias Unidas del Río de la Plata y el pabellón, es decir, la bandera que sería el símbolo de esta provincia al oriente del Río Uruguay.

La asamblea venía sesionando desde el 14 de junio, presidida por el Presbítero Juan Francisco Larrobla, representante de Villa Guadalupe, hoy Canelones, donde era párroco.

Al lado del lugar de reunión había una pequeña capilla, en la que se veneraba una imagen conocida como “Virgen del Pintado”. Ante esa imagen rezaron los asambleístas de la Florida. Es por este vínculo con la historia de nuestra patria que la imagen comenzó a ser conocida como “Virgen de los Treinta y Tres”, en referencia al grupo de hombres que inició el movimiento emancipador. La imagen original se puede visitar en su santuario, hoy Catedral de Florida. Sin embargo, este año se ha preparado una réplica de la imagen, una reproducción de excepcional calidad, que tendrá el carácter de “peregrina”, para acompañar ocasiones especiales de cada diócesis.

El evangelio

Vayamos ahora al evangelio. Escuchamos hoy el final del capítulo 6 del evangelio según san Juan, conocido como “discurso del Pan de Vida”. Es un final dramático, en el sentido de que pone a los oyentes ante una decisión. Jesús se ha presentado como “el pan vivo bajado del cielo” y ha manifestado que 

«… si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre,
no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,
y Yo lo resucitaré en el último día». (Juan 6,53-54)

El pasaje de este domingo comienza con la reacción negativa de gran parte de la multitud:

«¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?» (Juan 6,60-69)

Jesús defiende y reafirma sus propias palabras, pero

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo. (Juan 6,60-69)

Fue un momento de crisis. Hasta entonces mucha gente seguía a Jesús, atraída por sus enseñanzas y curaciones. No es fácil para nosotros entender la dificultad encontraba la gente en las palabras de Jesús. Hay otros pasajes del evangelio donde Jesús presenta exigencias que parecen mayores: desprendimiento de los bienes, pureza de corazón, tomar la cruz, etc. 

Pero aquí no se trata de pautas de conducta, sino de fe. En el capítulo 3 de este evangelio, Jesús decía a Nicodemo:

«Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios». (Juan 3,5)

Jesús habla del bautismo como nacimiento a una vida nueva. Esa vida es alimentada por el mismo Jesús que se nos da como “pan de Vida”. Una vida nueva en el amor a Dios y al prójimo. Una vida recta, honesta, sostenida por el Espíritu de Dios en nosotros.

Hoy en día, mucha gente reconoce los “valores” que Jesús propuso. A veces, quienes han pasado por la educación católica nos hablan de esos valores como algo muy importante que recibieron. Solidaridad, colaboración, amor al prójimo, respeto al otro, familia, etc.

Sin duda es importante y si se trata de orientar la vida según esos valores y, sobre todo, de ponerlos en práctica, eso está muy bien.

Sin embargo, eso no está necesariamente conectado con la fe. El creyente, en cambio, reconoce en Jesús la plenitud de todos esos valores. Él los encarna. Más todavía, la vida que viene de Jesús es la que nos hace posible vivir esos valores que nos llegan a través de su Palabra.

Tal vez aquellos oyentes de Jesús, israelitas creyentes, percibieron esa diferencia y eso motivó su rechazo. Estaban abiertos a escuchar a Jesús como maestro, aunque algunos discutan con él; pero ahora, Jesús no les estaba pidiendo simplemente una adhesión a su enseñanza, sino a su persona: “Yo soy”. “Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo” es uno de los muchos “Yo soy” del evangelio de Juan. “Yo soy el buen pastor”, por citar el más conocido.

Ese “Yo soy” no es simplemente una manera de hablar… Hace referencia a la forma en que Dios se presenta ante Moisés cuando éste le pregunta su nombre: “Yo soy”. Cada vez que Jesús dice “Yo soy…”, está afirmando su divinidad, su identidad como Hijo de Dios y está pidiendo creer en Él.

Ante el abandono de ese grupo grande de discípulos que lo habían ido siguiendo, Jesús se volvió hacia los que estaban permanentemente con él: el grupo de los Doce y les hizo esta pregunta:

«¿También ustedes quieren irse?» (Juan 6,60-69)

Podemos pensar que esa pregunta brota de la tristeza de Jesús ante los que se marchan. Algo así como “todos me abandonan ¿y ustedes, también?”. Sin embargo, es posible leerla de otra manera. Es un llamado a la libertad de los discípulos. “Ustedes pueden irse. Si se quedan, es su decisión. Es esa decisión, ese ejercicio de libertad el que Jesús está pidiendo. Pedro dará la respuesta:

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios». (Juan 6,60-69)

La pregunta “¿a quién iremos?” está indicando que para los discípulos no hay nadie como Jesús, porque él tiene “palabras de Vida eterna”. No se trata de alguna enseñanza interesante, de una sabiduría para conducirse bien en esta vida. Son “palabras de Vida eterna”, palabras que nos abren un horizonte más allá de esta tierra y esta vida que conocemos. Es en eso que Pedro y sus compañeros han creído. Han creído en Jesús, creen y saben -la fe se hace certeza- que él es “el Santo de Dios”, un ser humano, pero en el que Dios se hace presente de una forma inédita, única.

La pregunta de Jesús y la respuesta de Pedro nos interpelan sobre nuestra fe y sobre nuestra libertad frente a la persona de Jesús. ¿Creemos en Él y queremos seguirlo? En nuestra respuesta se juega nuestra vida y nuestra salvación.

En esta semana

  • Martes 27 y miércoles 28, respectivamente, Santa Mónica y San Agustín: madre e hijo santos.
  • El miércoles 28 recordamos también a Santa Joaquina Vedruna, una fundadora que vivió varias vocaciones a lo largo de su vida.
  • Desde el 29 al domingo primero de septiembre, tendrá lugar el Cursillo de Cristiandad para Hombres. Recordémoslos en la oración.
  • El viernes 30 de agosto, Santa Rosa de Lima y se vienen tres fiestas patronales. Ese mismo día, en la ciudad de Santa Rosa, desde las 14:30; el sábado 31, a las 15 horas, en Empalme Olmos y el domingo primero, a las 10, en El Pinar.
  • El viernes 31 también celebra su fiesta patronal la parroquia de San Ramón.
  • El domingo primero comienza el “tiempo de la creación” que se extiende hasta el 4 de octubre. Para la jornada del primero, el Papa Francisco ha entregado un mensaje titulado “Espera y actúa con la creación” (cf. Romanos 8,19-25).

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Palabra de Vida: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu” (Mateo 22,34-40)

 

 

Viernes de la XX semana durante el año.
23 de agosto de 2024.
Comentario tomado de Chiara Lubich, La Doctrina Espiritual págs. 105-106

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»

Palabra del Señor.

Escucha el comentario en el reproductor de IVOOX

jueves, 22 de agosto de 2024

Virgen María, Reina: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz” (Isaías 9,1-6)



Palabra de Vida.
Jueves 22 de agosto de 2024.

Primera lectura: del libro de Isaías     9, 1-6

    El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.
    Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín.
    Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque las botas usadas en la refriega y las túnicas manchadas de sangre, serán presa de las llamas, pasto del fuego.
    Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto.

Palabra de Dios.

Escucha el comentario en el reproductor de IVOOX

miércoles, 21 de agosto de 2024

22 de agosto: 60 años de la ordenación sacerdotal del P. Jorge Techera


El jueves 22 de agosto, el P. Jorge Techera, de la arquidiócesis de Montevideo, celebra los 60 años de su ordenación sacerdotal.

El P. Jorge ha pasado por muchos servicios en la Iglesia uruguaya. Los jóvenes de "-ta y tantos años" lo recordamos especialmente como asesor nacional de la Pastoral Juvenil, junto al P. Narciso Renom, de la diócesis de Minas.

Muchos conocen su voz por sus programas en Radio María y Radio Oriental, muchas veces tomando los espacios alrededor de la medianoche, cuando muchas personas en soledad o tristeza encontraban compañía y palabras de aliento.

Dos serán las celebraciones:

- el mismo 22, en la parroquia San Carlos Borromeo, en Avda. Millán y Cisplatina, a las 19:30

- el sábado 24, a las 10:30, en la capilla del Colegio Santa Teresa de Jesús, Soriano 1580; celebración organizada por el CEDIDOSC, centro de estudio y difusión de la Doctrina Social de la Iglesia.

Santa Lucía: celebramos los 175 años de la fundación de las Hermanas de la Caridad Cristiana, en el Colegio Inmaculada Concepción.

 


Homilía de Mons. Heriberto

El 30 de abril de 1881, a los 63 años, fallecía en la ciudad de Paderborn, en Alemania, la beata Paulina Mallinckrodt, fundadora de las Hermanas de la Caridad Cristina.

Curiosamente, y para que nos acordemos bien de ese año 1881 (uno - ocho - ocho - uno), pocos días después, el 6 de mayo, a los 67 años, moría en Pan de Azúcar el beato Jacinto Vera, primer obispo del Uruguay.

La beata Paulina fundó la congregación de las Hermanas de la Caridad Cristiana el 21 de agosto de 1849. Por lo tanto, en este día, exactamente, estamos celebrando los 175 años de ese acontecimiento.

34 años después, en 1883, las Hermanas llegan al Uruguay e instalan su comunidad en la ciudad de Melo. Al año siguiente, el 12 de septiembre de 1884, se abre una comunidad en Montevideo, que está cumpliendo 140 años. En Melo, las hermanas tenían un colegio, pero se marcharon de allí porque con cierta frecuencia las clases se interrumpían por los movimientos revolucionarios de “un tal Aparicio Saravia”, como decía una carta de las hermanas. El colegio quedó a cargo de las Hijas de María Auxiliadora y hoy continúa como colegio diocesano.

En 1890 las hermanas llegan a Santa Lucía y ahí entramos en esta historia.

Muchas fechas, muchos recuerdos...

Pero, más que todo eso, importa que prestemos atención al mensaje que la Madre Paulina nos da en el nombre de la congregación: Hermanas de la Caridad Cristiana.

Caridad es amor. A veces se entiende la caridad como una ayudita que se le da a una persona que está pidiendo en la calle, una limosna. A veces, dada hasta de mala gana.

El apóstol san Pablo dice, en su segunda carta a los corintios (2Co 5,14) “La caridad de Cristo nos urge”: el amor de Cristo nos apura, nos está diciendo “no dejes de amar, no dejes de hacer el bien toda vez que puedas, no lo dejes para mañana… ahora, ahora”.

El amor, la caridad, no son simplemente “buenos sentimientos” que se quedan ahí. Son sentimientos que me hacen actuar, que me hacen hacer algo por los demás, sobre todo por aquellos que están en la mayor necesidad. Amar es hacer algo concreto por aquellos a quienes quiero amar. ¿Quieres mucho a tu mamá? Bueno, muéstrale tu amor ayudándola.

¿Quieres vivir el amor al prójimo que nos enseña Jesús? Bueno, haz algo por él, por el que más necesita de tu ayuda.

Y todo esto, hazlo con amor. Miren que podemos hacer muchas cosas buenas. Darle comida a quien tiene hambre es una cosa buena. Pero es mejor si lo hacemos con amor. Si le damos la comida poniéndole mala cara, cara de fastidio, no estamos amando, no estamos actuando con caridad.

Todo eso lo buscó vivir la Beata Paulina. Vivir la caridad. Pero ella decía “caridad cristiana”. O sea, una caridad, un amor que viene de Jesús, de Jesucristo. Jesús es la fuente del amor, la fuente de la caridad. Cuando conocemos el amor de Jesús, que nos amó hasta dar la vida por nosotros, en Él encontramos y de Él recibimos la fuerza para vivir en al amor, para actuar con amor.

Termino con una palabra de san Pablo, de la primera carta a los Corintios. San Pablo dice que muchas de las cosas buenas que hay en el mundo, pasarán; pero hay una cosa que no pasará: “el amor no pasará jamás” (1Co 13,8).

Muchas son las hermanas de la Caridad Cristiana que han pasado por el Uruguay. En los libros de las hermanas están escritos sus nombres, pero nosotros no los sabemos, salvo de alguna que hayamos conocido o que conocieron nuestros padres… pero el amor que ellas supieron vivir o enseñar, es lo que queda al final de todo. Esa es la mejor lección que pudimos recibir. Todos los días podemos seguir aprendiendo a amar, a dar amor, a hacer alguno bueno por los demás, con amor. Y así entenderemos, como la beata Paulina, esas palabras de san Pablo: el amor nunca pasará. Que así sea.

Celebrando la catequesis: jornada diocesana de catequistas

El domingo pasado, catequistas de los cinco decanatos de la Diócesis de Canelones se reunieron en Villa Guadalupe para celebrar el Día Nacional de la Catequesis. El video de arriba muestra algunos de los momentos del encuentro.

El encuentro comenzó con una oración que nos ayudó a valorar el ser luz de Cristo para los demás.

A continuación, organizados en grupos, se realizó una yincana a través de la cual los participantes fueron cumpliendo los trabajos propuestos en cinco puestos.

Luego del almuerzo y un tiempo de distensión, se rezó el Rosario junto a la Virgen de Guadalupe y el encuentro culminó con la Eucaristía, presidida por Mons. Heriberto. La homilía del Obispo, a partir del lema de la jornada: "¡Ánimo, levántate! Él te llama" puede ser escuchada en el siguiente video y puede ser leída haciendo clic en el siguiente enlace: Homilía Día Nacional de la Catequesis.

 

En el mismo Domingo, Mons. Heriberto ofreció también una reflexión que puede verse en YouTube: "Catequistas con Esperanza"

 

martes, 20 de agosto de 2024

Palabra de Vida: Trabajar por el Reino de Dios (Mateo 19,30-20,16)



Miércoles de la XX semana durante el año.
21 de agosto de 2024.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     20, 1-16

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
«El Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo." Y ellos fueron.
Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?." Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado." Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña."
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros."
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada."
El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.»

Palabra del Señor.

Escucha el comentario en el reproductor de IVOOX



¡Ánimo, levántate! Él Te llama. Día Nacional de la Catequesis. Homilía de Mons. Heriberto


“Ánimo, levántate, Él te llama” (Marcos 10,46-52)

Este es el lema que nos ha convocado hoy en el Uruguay, en el Día de la Catequesis.

Es el lema del año vocacional que, también, estamos viviendo en nuestra Iglesia que peregrina en Uruguay.

Al rezar y trabajar por las vocaciones -rezar y trabajar, porque como decía un viejo párroco: “Dios ayuda a los que rezan… y trabajan”. 

Al rezar y trabajar por las vocaciones, siempre pensamos en todas las vocaciones cristianas: la vocación bautismal, que es el fundamento; la vocación laical, en el mundo y en la Iglesia. En la transformación del mundo según el plan de Dios y en diferentes servicios y ministerios eclesiales. La vocación al matrimonio, a la vida consagrada, al sacerdocio… 

Este año pusimos un especial énfasis en el sacerdocio y la vida consagrada, porque sentimos muy especialmente la necesidad de ministros ordenados y de personas que quieran consagrar a Dios su vida en uno de los muchos carismas que el Espíritu ha entregado a la Iglesia.

Pero hoy estamos celebrando el día de la catequesis y, entonces, vamos a leer este lema como catequistas.

“Él te llama”. Es Jesús el que llama. Estamos aquí hoy y estamos todos los días en nuestras comunidades, en la delicada tarea de transmitir la fe, de acompañar a nuestros catequizandos: niños, adolescentes, jóvenes y adultos en un camino de fe, en un itinerario que lleva a iniciar y practicar una vida cristiana, una vida según el Evangelio.

Jesús es el que llama por medio de la Iglesia y nos llama desde dentro de la comunidad de la que formamos parte, de la comunidad en la que participamos de la Eucaristía.

Dicho de manera personal, que puede valer para cada uno: no estoy aquí porque se me ocurrió ni porque me sentí la persona más calificada, más preparada; estoy aquí porque Él me llamó, Jesús me llamó, y ese llamado me llegó a través de otra catequista, o del diácono, o del párroco o de todos ellos. Y aquí estoy.

Las primeras palabras de esta frase del evangelio de Marcos (10,49) son “ánimo, levántate”. Esto se le dijo al ciego Bartimeo, que estaba sentado al costado del camino y que se puso a gritar «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Su súplica llegó hasta Jesús y ese llamado fue la respuesta a su oración.

El llamado tiene un primer momento, como ése; pero el llamado continúa a lo largo de nuestra vida, y muchas veces, a veces cada día, necesitamos oír de nuevo esa palabra “ánimo, levántate”.

Quienes ya tenemos unos cuantos años, seguramente hemos pasado por algunas decepciones. Comenzamos con ilusión nuestro caminar en la fe, nuestra vida en la comunidad, nuestro servicio como catequistas y, más de una vez, hemos encontrado lo contrario de lo que esperábamos. Y no necesito poner ejemplos. Creo que todos podemos encontrar, sin pensarlo mucho, más de una experiencia dolorosa. Esas cosas suceden.

Pero también tengo que tener conciencia de que, así como otras personas me han desilusionado por sus actitudes, también yo puedo haber sido motivo de decepción para otros. Es la realidad de la fragilidad humana. Todos somos pecadores.

Ahora bien, una cosa es atravesar esos momentos tristes, y otra cosa es dejarlos entrar en nuestro corazón y así tener adentro una fuente que está permanentemente soltando amargura y manando desesperanza. Como dice el papa Francisco, no dejarnos convertir “en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre” (Evangelii Gaudium, 85)

¡No, nada de eso! En esos momentos difíciles, recordar “Él te llama” y mantener los ojos fijos en Jesús

“iniciador y consumador de nuestra fe … que soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hebreos 12,2).

“Ánimo, levántate”. A veces, cada uno de nosotros se tiene que repetir esa palabra, recordando que nos llega desde Jesús.

Pero aquí viene algo especialmente interesante para nosotros, como catequistas. La palabra dice “Ánimo, levántate: Él te llama”. Nos llega desde Jesús, pero no es Jesús quien la dice: 

Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». 
Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! Él te llama».

¿Quién llama al ciego, quién llama a Bartimeo? 

Jesús iba “acompañado de sus discípulos y de una gran multitud”.

Marcos no nos cuenta si lo dijeron los discípulos, si lo dijo alguna gente de entre la gran multitud… lo interesante es que Jesús no va directamente él a llamar al ciego, sino que pone intermediarios. Tal vez esos mismos que, unos minutos antes, al escuchar los gritos del ciego “lo reprendían para que se callara”.

Y entre esos intermediarios, hoy, estamos los catequistas. Así como nos hemos reunido porque Jesús nos ha llamado, así como hemos recibido la palabra de ánimo, también nosotros somos enviados a ayudar a otros a levantarse y caminar al encuentro de Jesús.

Me decía una catequista: “mi mayor deseo es que los niños descubran a Jesús como su mejor amigo”. Eso solo lo puedo desear si Jesús es mi mejor amigo. El amigo al que quiero acercar a los demás. Es desde esa amistad con Jesús, vivida en la oración, en los sacramentos, en la participación en la comunidad; es desde esa amistad con Él que puedo anunciar a mis catequizandos: Jesucristo te ama. Jesucristo dio su vida para salvarte. Jesucristo está vivo. Jesucristo camina a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte (cf. Evangelii Nuntiandi, 164).

Es desde la amistad con Jesús, la amistad con aquel que escucha mi súplica; con el amigo exigente, exigente porque me ama; con el que me llama y me da fuerzas para levantarme de mi fragilidad, con el amigo misericordioso que me sana y me perdona… 

Es desde esa amistad con Jesús, desde donde puedo llenar con mi vida esas palabras que escuché, que guardé en mi corazón y que quiero transmitir: “Ánimo, levántate, Él te llama”. 

Que María, Nuestra Señora de Guadalupe, estrella de la evangelización, nos ayude a vivir ese amor por su Hijo y a responderle con fe generosa y nuestro compromiso de anunciar la alegría del Evangelio, la alegría de encontrar a Jesús. Así sea.