martes, 14 de enero de 2025

Beato Jacinto Vera: obispos uruguayos visitaron Tinajo, en las Canarias, la tierra de sus orígenes.

Misa en la ermita Nuestra Señora
de los Dolores, Tinajo, Lanzarote

Mons. Arturo Fajardo, obispo de Salto y Mons. Heriberto Bodeant, obispo de Canelones, visitaron las Islas Canarias del 10 al 13 de enero. Fueron recibidos por el obispo de Canarias, Mons. José Mazuelo y la Sra. Cónsul General del Uruguay en Canarias, Gabriela Chifflet. Ella les dijo que son 16.000 los compatriotas que viven en las Islas. 

En la isla de Lanzarote, los obispos celebraron la Misa del domingo 12 en la ermita de Nuestra Señora de los Dolores, de la cual el beato Jacinto fue siempre muy devoto. 

Visitaron luego la Iglesia parroquial de San Roque, donde fueron bautizados y se casaron los padres de Jacinto. Allí se encuentra expuesto un retrato del beato y una importante reliquia que fue llevada allí por Mons. Alberto Sanguinetti, obispo emérito de Canelones, en su visita a Canarias en 2023.

El lunes 13, con varios sacerdotes y la presencia de muchos uruguayos, celebraron la Eucaristía en la parroquia San José Obrero de Cruce Arinaga. Ambas celebraciones fueron muy concurridas. En ellas Mons. Heriberto trazó una semblanza del beato, destacando sus raíces canarias.

Los obispos quedaron gratamente sorprendidos por la significación que tiene el beato Jacinto en su pueblo. La beatificación, el 6 de mayo de 2023 fue seguida en directo en pantallas colocadas en la iglesia de Tinajo.

Esta visita la hizo posible, en gran medida, el salteño Roberto Da Costa, desde hace muchos años afincado en Gran Canaria y muy vinculado a la Iglesia local. Tanto él como su esposa y otro matrimonio amigo, así como los párrocos y un joven diácono en camino al sacerdocio hicieron muy grata la visita de nuestros pastores.

Homilía de Mons. Heriberto el domingo 12 de enero, en la ermita Nuestra Señora de los Dolores.

Queridos hermanos y hermanas:

Con Mons. Arturo, hemos querido venir a Tinajo como peregrinos, en este Año Santo, a conocer los orígenes del beato Don Jacinto Vera y Durán, primer obispo del Uruguay.

Les agradecemos su acogida y esperamos ayudar a que el beato Jacinto, que nos pertenece, tanto a nosotros como a ustedes, sea más conocido y querido aquí, donde fue concebido por sus padres.
Como se ha dicho, soy obispo de Canelones. Canelones es a la vez una diócesis y uno de los diecinueve departamentos, que serían aquí como las provincias, en los que está dividido el Uruguay.
Los habitantes de Canelones no se llaman a sí mismos “canelonenses” o algo parecido, sino “canarios”, porque canarios fueron muchos de sus primeros pobladores, que fueron llegando a lo que hoy es el Uruguay desde comienzos del siglo XVIII. Canarios fueron los primeros pobladores de Montevideo y desde esa ciudad puerto se fueron extendiendo al interior del país. Y como ha sido y será, quienes emigran primero y tienen buena fortuna, llaman a familiares y amigos, y así partieron de estas islas a muchos rincones de América.

El 30 de abril del año 1800, en la parroquia de San Roque de Tinajo, aquí, en Lanzarote, contrajeron matrimonio Gerardo Vera, de 26 años de edad y Josefa Durán, de 25.
Del expediente matrimonial surge que ambos eran naturales y vecinos de Tinajo, de condición humilde. Ambos habían cumplido el precepto de la comunión pascual y conocían la doctrina cristiana. Ninguno firmó su declaración, por no saber firmar. Tenían cierto grado de parentesco, lo que hizo necesario pedir y recibir la dispensa del obispo de Canarias, Don Manuel Verdugo. Esas situaciones de parentescos eran comunes en la isla y eso traía muchas repeticiones de apellidos, lo que traía también sus confusiones, porque, a veces, para distinguirse, se recurría al apellido de alguno de los abuelos. Algo de eso sucedió con los padres de Jacinto, como quedó consignado en distintos documentos.

Gerardo y Josefa se tomaron un poco de tiempo para formar su familia. Francisco Antonio, el mayor, nació en 1804; en 1806, Dionisio y en 1810 María, que en Canelones llegó a tener una importante propiedad de tierras, una parte de las cuales donó para que se creara un pueblo, que hoy es una pequeña ciudad que, tal como lo pidió ella, lleva el nombre de San Jacinto, el santo de su hermano menor.

En junio de 1813, la familia Vera Durán emprendió el viaje a América. Josefa esperaba un hijo, que sería Jacinto. El futuro beato nació en el barco, en pleno viaje, ya cerca de las costas de Brasil, el 3 de julio. El barco tocó tierra en un lugar llamado entonces, en portugués “Desterro”, un nombre que suena poco simpático y que, en cierta forma, anunciaba el destierro que, muchos años más tarde, sufriría Don Jacinto. Pero, en realidad, Destierro, correspondía a “Nuestra Señora del Destierro”, en referencia a la huida a Egipto de la Sagrada Familia, que recordamos hace no mucho, el día de los Santos Inocentes. Aquel lugar es hoy la capital del estado de Santa Catarina y tiene el bonito nombre de ”Florianópolis”; pero la parroquia, hoy catedral, sigue llevando el nombre de esa advocación de la Virgen, Nuestra Señora del Destierro.

El 2 de agosto, Jacinto fue bautizado en aquella iglesia. Enterado de la situación de inestabilidad política en su lugar de destino, la familia se quedó por algún tiempo en Desterro. Allí nació la quinta hija del matrimonio, que recibió el nombre de Mariana.

Voy ahora a avanzar más rápidamente en esta historia. En 1820 los Vera llegan finalmente a lo que hoy es Uruguay, en Maldonado. Allí comienzan a trabajar en un campo. Les va bien, hacen algunos ahorros y en 1826 compran una pequeña propiedad en un lugar llamado Toledo, que está en el departamento de Canelones.

Los Vera van a Misa todos los domingos a una capilla dedicada a Nuestra Señora del Carmen y allí comienza a nacer la vocación de Jacinto. A los 19 años, Jacinto participa en unos Ejercicios Espirituales y ahí ve claramente el llamado de Dios al sacerdocio.

Aquí tenemos que ubicar la situación de la iglesia en aquel país que acababa de convertirse en la República Oriental del Uruguay. No había allí ningún obispo. No había seminario. Había muy pocos sacerdotes. La autoridad eclesiástica era un vicario apostólico, un sacerdote nombrado por el Papa.

¿Dónde podía formarse entonces un sacerdote? En Buenos Aires. Pero eso era costoso. Jacinto le pide a su padre, con quien venía trabajando como miembro de la familia, que lo contrate como peón, es decir, que le pague por su trabajo, de manera de ahorrar para pagarse los estudios. Mientras tanto, con la ayuda de un sacerdote, se fue preparando en el latín. En Buenos Aires, sus pocos recursos solo le permiten ser alumno externo, es decir, concurrir a clases, pero no vivir en el seminario. Se las arregla como puede con sus gastos de pensión. Finalmente, el 28 de mayo de 1841 recibió la ordenación sacerdotal de manos de Don Mariano Medrano, obispo de Buenos Aires.

Regresó al Uruguay, donde fue enviado a la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Villa Guadalupe de los Canelones, hoy ciudad de Canelones, capital del departamento del mismo nombre. La antigua parroquia es hoy catedral.

En Canelones permaneció 17 años. Fue allí como teniente cura, pero tuvo párrocos que se ocupaban de otros asuntos, se ausentaban frecuentemente y dejaban todo en sus manos. A pie, a caballo, o en vehículos de tracción a sangre, recorrió la extensa parroquia, mostrando una gran cercanía con la gente, sabiendo estar con ellas tanto en velorio y en fiesta, compartiendo sus penas y alegrías, desprendiéndose muchas veces de lo suyo para auxiliar a un pobre. En el seminario había recibido una formación sólida, que se constata en sus distintos escritos, desde su correspondencia personal hasta sus cartas pastorales; pero esa formación no le hizo perder el carácter campechano: de buen humor, de reír o hacer reír con un chascarrillo, capaz de comprender y consolar, de corregir sin lastimar, de buscar soluciones prácticas, siempre considerando la situación de las personas. Supo ser firme y claro en sus decisiones, que muchas veces le costaron dolores de cabeza y, en una ocasión, un destierro temporal. La devoción a la Virgen de los Dolores, que venía de sus ancestros, lo acompañó y consoló en muchas de esas tribulaciones.

Eso último sucedió cuando pasó a ser vicario apostólico, es decir, el delegado del Papa como cabeza de la Iglesia en el Uruguay, que todavía no tenía obispo, todavía no era una diócesis, sino un “vicariato apostólico”. A fines de 1859 comenzó su misión al frente de la Iglesia en el Uruguay. Así como había recorrido su extensa parroquia de Canelones, se lanzó a recorrer el Uruguay entero. Acompañado de buenas sacerdotes, en el medio de transporte que fuera posible, visitó las parroquias permaneciendo durante varias días en misiones que dejaron imborrables recuerdos. Así como se había ganado el afecto de sus feligreses, se ganó el cariño de los fieles de todo el Uruguay.

En 1861 se produjo un conflicto con el gobierno, que se consideraba heredero de los derechos de patronato que tuvo en otros tiempo la corona española. Eso impedía al Vicario nombrar o remover sacerdotes sin anuencia del gobierno; más aún, el gobierno pretendía imponer su decisión. Al plantearse una situación grave con el cura de la iglesia matriz de Montevideo, Estado e Iglesia entraron en un conflicto que desembocó en el destierro de Vera a Buenos Aires. Un año después, hubo cambios en el gobierno y Vera fue reconocido en todas sus facultades y regresó al Uruguay. Nunca tuvo sentimientos de rencor ni deseos de venganza frente a sus enemigos. Muy al contrario, en aquel Uruguay tantas veces en guerra civil, fue promotor de paz, de encuentro y de concordia.

El Papa Pío IX lo nombró obispo y recibió la consagración episcopal el 16 de julio de 1865… sin embargo, todavía no había una diócesis en Uruguay. Monseñor Vera recibió el título de Obispo de Megara.

El Papa León XIII, en 1878, creó la diócesis de Montevideo, que abarcaba todo el Uruguay. Esa fue nuestra primera diócesis, por lo que solemos decir que somos una iglesia joven.
Don Jacinto continuó recorriendo el Uruguay con sus visitas misioneras. En 1880 creó el Seminario que es hoy nuestro seminario interdiocesano, por donde pasamos nosotros y donde siguen formándose los jóvenes llamados al sacerdocio. Don Jacinto quería que sus sacerdotes fueran santos, sabios y apostólicos.

El 6 de mayo de 1881, en plena misión, lo encontró la muerte. Un joven poeta católico, muy cercano a Don Jacinto, al recibir la noticia exclamó “ha muerto el santo”.
El camino del cuerpo desde el lugar de misión hasta Montevideo fue saludado a lo largo de toda la ruta. El 8 de mayo se realizó el funeral y el 11 fue sepultado. A lo largo de esos días desfiló el pueblo que quería despedir a su querido y llorado pastor.
Muy pronto se inició un movimiento para construir un monumento funerario para su tumba en la catedral de Montevideo. Los fondos se reunieron por medio de colecta popular, pidiendo a cada uno una pequeña donación. El monumento, en la catedral de Montevideo, lo representa de rodillas, con las manos juntas en oración, ubicado sobre un alto pedestal. Uno puede ubicarse en un punto donde su cabeza se inclina hacia el visitante, como invitándolo a acompañarlo en la oración.

El 6 de mayo de 2023 celebramos en Montevideo la beatificación de Don Jacinto. Fue un día de lluvia, pero no tanta como para que nos empapáramos… Yo recordé a un obispo nuestro, hombre de campo, que tenía un refrán: “Dios mide el viento para la oveja recién esquilada”… Pues sí, Dios midió la lluvia para que fuera para nosotros un poco de sacrificio, pero no tanto para que nos privara de la fiesta.

Mucho, muchísimo más quisiera compartirles de lo que ha significado la beatificación de este hijo de Lanzarote, de este canario que ha marcado también nuestro pequeño mundo canario de Canelones y a todo el Uruguay. Nos confiamos a su intercesión y quiera Dios que por medio de él sean escuchadas nuestras súplicas y se nos regale, no solo las gracias que cada uno necesite, sino tal vez el milagro que un día pueda llevarlo a la canonización.

Beato Jacinto Vera, ¡ruega por nosotros!

viernes, 10 de enero de 2025

Bautismo del Señor. «Tú eres mi Hijo muy querido» (Lucas 3,15-16.21-22)

Este domingo concluye el tiempo de Navidad y se inicia lo que llamamos el tiempo durante el año, o tiempo ordinario, para diferenciarlo de los tiempos extraordinarios, tiempos fuertes, como son el adviento, el tiempo de navidad, la cuaresma y el tiempo pascual. A partir de hoy vamos a ir encontrándonos, domingo a domingo, con diferentes acontecimientos de la vida de Jesús, siguiendo el evangelio según san Lucas, que es el que corresponde en este año.

El acontecimiento que cierra el tiempo de Navidad y abre este tiempo nuevo, es el bautismo de Jesús. El evangelista Lucas lo relata de manera muy breve, pero que, a la vez, dice mucho. Primero nos ubica en un contexto:

Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. (Lucas 3,21)

¿Cómo hacía Juan su bautismo?

Hoy, la forma más común de bautizar es verter agua sobre la cabeza de quien se bautiza, sea un bebé, un niño o un joven o un adulto. Es la más común, pero sigue siendo válida la forma más antigua, que es el bautismo por inmersión. Esto se hacía en un baptisterio que era como una pequeña piscina -a veces no tan pequeña- en la que podía sumergirse por entero la persona. Llegamos a la forma actual del bautismo entendiendo que la cabeza, sobre la que se vierte el agua, expresa significativamente la totalidad del cuerpo.

Juan bautizaba en el río Jordán. Al parecer, la gente se sumergía a una indicación del bautista. Si es así, Jesús se bautizó entre el pueblo. Recordemos también que el bautismo de Juan era “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lucas 3,3). Jesús entró al agua junto al pueblo que quería mostrar su conversión y recibir el perdón de sus pecados.

¿Por qué Jesús pasó por este bautismo si Él no tenía ninguna necesidad de recibirlo? (En los evangelios de Mateo y Marcos se nos cuenta que Juan se resistió a que Jesús se bautizara).

Una primera razón es la que se expresa en ese versículo: Jesús se bautizó con todo el pueblo, en solidaridad con todos aquellos que habían escuchado la prédica de Juan.

Pero, inmediatamente, dos cosas van a marcar la diferencia. La primera:

Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. (Lucas 3,21-22)

El Espíritu Santo descendió sobre Jesús. San Lucas es el evangelista que más menciona la intervención del Espíritu en la obra de salvación. Es el mismo Lucas quien nos dice cómo fue concebido Jesús. Cuando María preguntó cómo sucedería eso, el ángel le dijo:

«El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1,35)

El Espíritu Santo ya estaba presente en la concepción de Jesús. Como Hijo de Dios, él ya tenía la plenitud del Espíritu. El descendimiento del Espíritu hace visible esa realidad ya presente.

Pero  hay una segunda manifestación que marca lo especial del Bautismo de Jesús:

Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección.» (Lucas 3,22)

La voz del Padre se suma a la presencia del Espíritu. La Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo está aquí presente, manifestándose.

El bautismo de Jesús se convierte así en una epifanía, es decir, una manifestación divina, que, en ese sentido, está en relación con la adoración de los Magos (Mateo 2,1-12) y el milagro de las bodas de Caná, “el primero de los signos de Jesús” (Juan 2,1-11), evangelio del próximo domingo. Esto lo marca hermosamente la liturgia de las horas del 6 de enero. En Laudes, la oración de la mañana, se reza en cierto momento:

“Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino” (antífona al Benedictus)

En la oración de la tarde, las Vísperas, vuelve el mismo tema. Notemos la insistencia en el hoy, como indicando que esos tres acontecimientos, distantes en el tiempo en las narraciones evangélicas, se hacen presentes hoy para nosotros:

“Veneremos este día santo honrado con tres prodigios: hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos” (antífona al Magníficat).

El Bautismo de Jesús nos invita a considerar el sentido de nuestro propio bautismo. Quienes fuimos bautizados siendo muy pequeños, no tenemos recuerdo propio de ese día; como tampoco lo tenemos de nuestro nacimiento. En el día de nuestro bautismo, no importa a que edad lo recibimos, nacimos de nuevo.

No entendemos el significado de nuestro bautismo sin ver su profunda relación con el Bautismo de Cristo. Con su bautismo, Cristo santificó las aguas, para que por ellas seamos santificados los bautizados. El cielo se abrió para mostrar la apertura de un camino de salvación, que nosotros podemos recorrer en Cristo. Cristo fue proclamado por el Padre como “mi hijo muy querido”, para que nosotros lleguemos a ser también sus hijos e hijas, en unión con el Hijo, en unión con Cristo.

Por el bautismo nos unimos a Cristo en su Pascua: muerte y resurrección. Dice san Pablo:

¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. (Romanos 6,3-4)

Notemos como se expresa Pablo: nos hemos sumergido en la muerte de Cristo, fuimos sepultados con Él, para participar de su resurrección, comenzando por una vida nueva aquí y ahora. Vida nueva: vida en Cristo, vida de discípulo que va creciendo al conocer y practicar las enseñanzas de Jesús y recibiéndolo en los sacramentos, especialmente la comunión. 

Por el bautismo somos incorporados a la Iglesia, cuerpo de Cristo. Somos hechos hijos de Dios. Hijos e hijas en el Hijo. Esa es nuestra identidad, la identidad que tenemos que asumir o reasumir, si la hemos olvidado, tomando conciencia de nuestra misión de cristianos y del compromiso que supone comportarnos como testigos del Reino de Dios.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 

jueves, 9 de enero de 2025

Palabra de Vida: Querer y buscar la purificación (Lucas 5,12-16)



Viernes 10 de enero de 2025. Tiempo de Navidad.
Los textos propuestos en esta semana son los que se utilizan en los países donde la Epifanía se celebra en domingo, como es el caso de Brasil. Por eso difieren de los que leemos en Uruguay y Argentina, donde celebramos la Epifanía el 6 de enero.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     5, 12-16

Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante Él y le rogó: «Señor, si quieres, puedes purificarme».
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante la lepra desapareció.
Él le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares desiertos para orar.

Palabra del Señor.

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miércoles, 8 de enero de 2025

Palabra de Vida: “El que ama a Dios debe amar también a su hermano” (1 Juan 4,19-5,4)


Jueves 9 de enero de 2025. Tiempo de Navidad.

Los textos propuestos en esta semana son los que se utilizan en los países donde la Epifanía se celebra en domingo, como es el caso de Brasil. Por eso difieren de los que leemos en Uruguay y Argentina, donde celebramos la Epifanía el 6 de enero.

Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Lectura de la primera carta de san Juan     4, 11-18

Queridos míos,
si Dios nos amó tanto,
también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
Nadie ha visto nunca a Dios:
si nos amamos los unos a los otros,
Dios permanece en nosotros
y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en Él
y Él permanece en nosotros,
es que nos ha comunicado su Espíritu.
Y nosotros hemos visto y atestiguamos
que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios,
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene
y hemos creído en él.
Dios es amor,
y el que permanece en el amor
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.

La señal de que el amor
ha llegado a su plenitud en nosotros,
está en que tenemos plena confianza
ante el día del Juicio,
porque ya en este mundo
somos semejantes a Él.
En el amor no hay lugar para el temor:
al contrario, el amor perfecto elimina el temor,
porque el temor supone un castigo,
y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.

Palabra de Dios.

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martes, 7 de enero de 2025

Palabra de Vida: “El que permanece en el amor permanece en Dios” (1 Juan 4,11-18)



Miércoles 8 de enero de 2025. Tiempo de Navidad.

Los textos propuestos en esta semana son los que se utilizan en los países donde la Epifanía se celebra en domingo, como es el caso de Brasil. Por eso difieren de los que leemos en Uruguay y Argentina, donde celebramos la Epifanía el 6 de enero.

Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Lectura de la primera carta de san Juan     4, 11-18

Queridos míos,
si Dios nos amó tanto,
también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
Nadie ha visto nunca a Dios:
si nos amamos los unos a los otros,
Dios permanece en nosotros
y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en Él
y Él permanece en nosotros,
es que nos ha comunicado su Espíritu.
Y nosotros hemos visto y atestiguamos
que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios,
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene
y hemos creído en él.
Dios es amor,
y el que permanece en el amor
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.

La señal de que el amor
ha llegado a su plenitud en nosotros,
está en que tenemos plena confianza
ante el día del Juicio,
porque ya en este mundo
somos semejantes a Él.
En el amor no hay lugar para el temor:
al contrario, el amor perfecto elimina el temor,
porque el temor supone un castigo,
y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.

Palabra de Dios.

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lunes, 6 de enero de 2025

Palabra de Vida: “Denles de comer ustedes mismos” (Marcos 6,34-44)


Los textos propuestos en esta semana son los que se utilizan en los países donde la Epifanía se celebra en domingo, como es el caso de Brasil. Por eso difieren de los que leemos en Uruguay y Argentina, donde celebramos la Epifanía el 6 de enero.

Ilustración: "Milagro de los panes y los peces" (Giovanni Lanfranco). Galería Nacional de Irlanda.

Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     6, 34-44

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto, y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer.»
El respondió: «Denles de comer ustedes mismos.»
Ellos le dijeron: «Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos.»
Jesús preguntó: «¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver.»
Después de averiguarlo, dijeron: «Cinco panes y dos pescados.»
El les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde, y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta.
Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. También repartió los dos pescados entre la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado. Los que comieron eran cinco mil hombres.

Palabra del Señor.

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viernes, 3 de enero de 2025

Al principio existía la Palabra (Juan 1,1-18). II Domingo después de Navidad.

Amigas y amigos: hoy es “la noche de Reyes”, la noche que tanto esperábamos de niños y que muchos niños siguen esperando, como lo hicimos los mayores, muchos años atrás… Para la iglesia, el 6 de enero es la fiesta de la “Epifanía” del Señor. Epifanía significa “manifestación” y los reyes magos son esos tres hombres que, siguiendo una estrella, llegaron a Belén desde países lejanos, para adorar al Niño Jesús. Esos tres hombres representan a todos aquellos que, aún desde distintas creencias, tienen un profundo sentimiento religioso y buscan la salvación.

El evangelio los llama “magos”, pero el profeta Isaías anunció la venida de “reyes” y así, juntando los dos nombres, tenemos “los reyes magos”.

Este relato, que escucharemos mañana, cierra un ciclo de historias en relación con la Navidad, que comienza con el anuncio del nacimiento del Bautista y sigue con la anunciación a María, la visitación de María a Isabel, el sueño de José, el viaje a Belén, el nacimiento, los ángeles, los pastores, la llegada de los Magos, la huida a Egipto y la matanza de los inocentes.

Estas historias son muy vívidas, con personajes bien definidos, a los que escuchamos expresarse y a los que vemos actuar.

Todo eso contrasta con el evangelio que encontramos hoy. En este domingo leemos el prólogo del evangelio según san Juan.

El prólogo está en el comienzo de este evangelio, en el primer capítulo; pero no tenemos que pensar que fue lo primero que el evangelista escribió; tal vez haya sido lo último, como una especie de síntesis que sirva de introducción a todo su evangelio.

El prólogo contrasta con los relatos de Navidad por su forma de expresarse que podríamos llamar “abstracta”, pero que también se hace poética. No es una lectura fácil; no porque no se pueda leer de un tirón, sino porque hay que ir deteniéndose en cada versículo y aún en cada palabra para poder sacar provecho del texto.

El primer versículo del prólogo nos dice:

Al principio existía la Palabra
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios. (Juan 1,1)

Para el lector que conoce la Escritura, la expresión “al principio” lo lleva a otro libro, el primero de la Biblia, el Génesis, cuyo primer versículo dice:

Al principio Dios creó el cielo y la tierra. (Génesis 1,1)

Poco más adelante, en el versículo 3, leemos: “Entonces Dios dijo”; es decir, hizo uso de la Palabra. Seguimos leyendo y vemos que esa expresión “Dios dijo” se va repitiendo. Cada vez que Dios dice su Palabra, algo nuevo es creado. Volvamos ahora al prólogo de san Juan:

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. (Juan 1,3)

A través de estas primeras líneas, Juan quiere hacernos ver que la Palabra no es simplemente la facultad o capacidad de hablar que tiene Dios. Al decirnos que la Palabra está junto a Dios, que la Palabra es Dios, está personificando la Palabra. La Palabra no es simplemente algo que Dios dice, sino que es Alguien que hace realidad lo que Dios dispone.

Volvamos al Génesis. ¿Cuál es la primer obra que aparece a partir de la Palabra?

Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió.
Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas; (Génesis 1,3-4)

La luz… Juan sigue hablándonos de la Palabra y nos dice:

En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron. (Juan 1,4-5)

El Génesis nos habla de la luz física, la luz que hace posible que veamos todo lo que nos rodea. Juan nos habla de la vida presente en la Palabra y nos dice que esa vida es la luz de los hombres. Más adelante lo dice aún más claramente:

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre. (Juan 1,9)

Esta “luz verdadera” de la Palabra ilumina interiormente, ilumina el espíritu. Como luz verdadera, la Palabra hace conocer al hombre la verdad más profunda sobre Dios y, en consecuencia, sobre sí mismo. Esa luz no fue aceptada por todos. Algunos no la conocieron; otros no quisieron recibirla.

Si seguimos estas reflexiones, podríamos pensar que la Palabra, que es luz, que es vida, es solo espíritu y que de alguna forma nuestro espíritu se conecta con ella. Está presente en el mundo, “ilumina todo hombre”… pero ¿de qué manera?

Poco a poco san Juan va haciéndonos ver cómo la Palabra entra en la historia y en la vida de la humanidad. Nos habla así de un hombre enviado por Dios como “testigo de la luz”: Juan el Bautista. Juan da testimonio de la luz “para que todos creyeran por medio de él”. Así, el evangelista nos va preparando, poco a poco, para la gran revelación:

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros. (Juan 1,14)

La Palabra, que estaba junto a Dios, que era Dios, que era vida, que era la luz verdadera, la Palabra se hizo carne: es decir, se hizo hombre, tomó nuestra humanidad y vivió entre nosotros. Más adelante, nos dice el nombre de la Palabra hecha carne:

la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. (Juan 1,17)

Jesús, el Cristo, es la Palabra. Pero todavía le falta a Juan completar su revelación, ser más explícito:

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Hijo único,
que está en el seno del Padre. (Juan 1,18)

La Palabra, Jesucristo, es el Hijo único del Padre. Quien se ha hecho carne, quien se ha hecho hombre es el Hijo de Dios. Por eso, Él puede decirnos quién es Dios, y cómo es Dios realmente. Después de este prólogo, el capítulo continúa con la actuación de Juan el Bautista, el bautismo de Jesús y el llamado de los primeros discípulos. Allí va Jesucristo, la Palabra eterna del Padre, el Hijo de Dios, caminando entre nosotros. Su vida, con sus encuentros, sus palabras y sus obras; su pasión, muerte y resurrección; nos hablarán del Padre, de su amor por el mundo que lo lleva a entregar a su Hijo único; del amor del Hijo, que amó a los suyos “hasta el extremo”, hasta dar la vida.

Volviendo a los relatos de Navidad que nos presentan los evangelios de Mateo y Lucas, el comienzo del evangelio de Juan que hemos recorrido en forma salteada, nos invita a contemplar en ese niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” a aquel que es la Palabra eterna del Padre, el Hijo único del Padre, vida y luz de los hombres. Vida y luz nuestra, que estamos llamados a seguir reconociendo y recibiendo cada día de nuestra vida.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Palabra de Vida: Dar testimonio. Juan 1,29-34



Tiempo de Navidad.
Ilustración: Ottavio Vannini, Juan el Bautista señala a Cristo a San Andrés (detalle), mediados del s. XVII; Florencia, Iglesia de los santos Miguel y Cayetano.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo"
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

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jueves, 2 de enero de 2025

Palabra de Vida: Permanecer en Dios. 1 Juan 2,22-28.


 

Jueves 2 de enero de 2025
San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno  
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Lectura de la primera carta de san Juan     2, 22-28

Hijos míos:
¿Quién es el mentiroso,
sino el que niega que Jesús es el Cristo?
Ese es el Anticristo:
el que niega al Padre y al Hijo.
El que niega al Hijo no está unido al Padre;
el que reconoce al Hijo también está unido al Padre.

En cuanto a ustedes,
permanezcan fieles a lo que oyeron desde el principio:
de esa manera, permanecerán también
en el Hijo y en el Padre.
La promesa que Él nos hizo es esta: la Vida eterna.
Esto es lo que quería escribirles
acerca de los que intentan engañarlos.
Pero la unción que recibieron de Él
permanece en ustedes,
y no necesitan que nadie les enseñe.
Y ya que esa unción los instruye en todo
y ella es verdadera y no miente,
permanezcan en Él,
como ella les ha enseñado.
Sí, permanezcan en Él, hijos míos,
para que cuando Él se manifieste,
tengamos plena confianza,
y no sintamos vergüenza ante Él
en el Día de su Venida.

Palabra de Dios.

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miércoles, 1 de enero de 2025

«¿Crees esto?» (Jn 11, 26). Palabra de Vida, enero 2025. Movimiento de los Focolares.

Jesús está llegando a Betania, donde Lázaro lleva muerto cuatro días. Informada de ello, su hermana Marta corre esperanzada a su encuentro. Jesús los quería mucho a ella, a su hermana María y a Lázaro, como subraya el Evangelio [1]. Aun en medio del dolor, Marta manifiesta al Señor su confianza en Él, convencida de que si hubiese estado presente antes de morir su hermano, éste seguiría vivo, pero que incluso ahora, cualquier petición que hiciera a Dios sería atendida. «Tu hermano resucitará» (Jn 11, 23), afirma entonces Jesús.

«¿Crees esto?»

Después de haber aclarado que se refiere a la vuelta de Lázaro a la vida física aquí y ahora, y no solo a la que le espera al creyente después de la muerte, Jesús le pide a Marta la adhesión de la fe, y no solo para realizar uno de sus milagros –que el evangelista Juan llama «signos»–, sino para otorgarle a ella, como a todos los creyentes, una vida nueva y la resurrección. «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25), afirma Jesús. Y la fe que le pide es una relación personal con él, una adhesión activa y dinámica. Creer no es como aceptar un contrato que se firma una vez y ya no se vuelve a mirar, sino un hecho que transforma e impregna la vida diaria.

«¿Crees esto?»

Jesús invita a vivir una vida nueva aquí y ahora. Nos invita a experimentarla cada día, sabiendo que, como hemos vuelto a descubrir en Navidad, él mismo nos la ha traído, tomando la iniciativa de venir a buscarnos y viniendo entre nosotros.

¿Cómo responder a su pregunta? Miremos a Marta, la hermana de Lázaro.

En el diálogo con Jesús le brota una profesión de fe plena en él. El original griego la expresa aún con más fuerza. El «yo creo» que ella pronuncia significa «he alcanzado a creer», «creo firmemente» que «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que iba a venir al mundo» [2], con todas las consecuencias. Es una convicción madurada con el tiempo, puesta a prueba en las diversas circunstancias que ha afrontado en la vida.

El Señor me dirige su pregunta también a mí. También a mí me pide una confianza generosa en él y la adhesión a su estilo de vida, fundado en el amor generoso y concreto a todos. La perseverancia madurará mi fe, que se reforzará al constatar día tras día la verdad de las palabras de Jesús puestas en práctica, y que no dejará de expresarse en mi actuar diario con todos. Para empezar, podemos hacer nuestra la oración de los apóstoles a Jesús: «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5).

«¿Crees esto?»

«Una de mis hijas había perdido el trabajo a la vez que todos sus compañeros, ya que el gobierno había cerrado la agencia pública donde trabajaban –cuenta Patricia, de Latinoamérica–. Como forma de protesta, habían organizado una acampada ante la sede. Yo procuraba apoyarlos participando en algunas de sus actividades, llevándoles comida o simplemente parándome a hablar con ellos.

El Jueves Santo, un grupo de sacerdotes que los acompañaba decidió celebrar una ceremonia en la que se ofrecían también espacios de escucha, se leyó el Evangelio y se llevó a cabo el gesto del lavatorio de pies en recuerdo de lo que había hecho Jesús. La mayor parte de los presentes no eran personas religiosas; sin embargo, fue un momento de profunda unión, fraternidad y esperanza. Se sintieron abrazados, y, emocionados, daban las gracias a aquellos sacerdotes que los acompañaban en medio de la incertidumbre y el sufrimiento».

Esta palabra de Jesús ha sido elegida como lema para la Semana de oración por la unidad de los cristianos de 2025. Así pues, recemos y apliquémonos para que nuestra creencia común nos mueva a buscar la fraternidad con todos: esta es la propuesta y el deseo de Dios para la humanidad, pero requiere nuestra adhesión. La oración y la acción serán eficaces si nacen de esta confianza en Dios y de nuestro actuar en consecuencia.

Silvano Malini y el equipo de la Palabra de vida

[1] Jn 11,5.

[2] Cf. Jn 11,27.