jueves, 13 de febrero de 2025
Palabra de Vida: Creer y perseverar. Marcos 7,24-30
martes, 11 de febrero de 2025
Palabra de Vida: Cuidar la belleza de la creación. Génesis 1,20-2,4a.
Martes de la V semana durante el año, 11 de febrero de 2025.
Nuestra Señora de Lourdes, XXXIII Jornada Mundial del Enfermo.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
11 de febrero, Ntra. Sra. de Lourdes, 33a. Jornada Mundial del Enfermo. Mensaje del Papa Francisco.
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASIÓN
DE LA XXXIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
11 de febrero de 2025
«La esperanza no defrauda» (Rm 5,5) y nos hace fuertes en la tribulación
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos la XXXIII Jornada Mundial del Enfermo en el Año Jubilar 2025, en el que la Iglesia nos invita a hacernos “peregrinos de esperanza”. En esto nos acompaña la Palabra de Dios que, por medio de san Pablo, nos da un gran mensaje de aliento: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5), es más, nos hace fuertes en la tribulación.
Son expresiones consoladoras, pero que pueden suscitar algunos interrogantes, especialmente en los que sufren. Por ejemplo: ¿cómo permanecer fuertes, cuando sufrimos en carne propia enfermedades graves, invalidantes, que quizás requieren tratamientos cuyos costos van más allá de nuestras posibilidades? ¿Cómo hacerlo cuando, además de nuestro sufrimiento, vemos sufrir a quienes nos quieren y que, aun estando a nuestro lado, se sienten impotentes por no poder ayudarnos? En todas estas situaciones sentimos la necesidad de un apoyo superior a nosotros: necesitamos la ayuda de Dios, de su gracia, de su Providencia, de esa fuerza que es don de su Espíritu (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1808).
Detengámonos pues un momento a reflexionar sobre la presencia de Dios que permanece cerca de quien sufre, en particular bajo tres aspectos que la caracterizan: el encuentro, el don y el compartir.
1. El encuentro. Jesús, cuando envió en misión a los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10,1-9), los exhortó a decir a los enfermos: «El Reino de Dios está cerca de ustedes» (v. 9). Les pidió concretamente ayudarles a comprender que también la enfermedad, aun cuando sea dolorosa y difícil de entender, es una oportunidad de encuentro con el Señor. En el tiempo de la enfermedad, en efecto, si por una parte experimentamos toda nuestra fragilidad como criaturas —física, psicológica y espiritual—, por otra parte, sentimos la cercanía y la compasión de Dios, que en Jesús ha compartido nuestros sufrimientos. Él no nos abandona y muchas veces nos sorprende con el don de una determinación que nunca hubiéramos pensado tener, y que jamás hubiéramos hallado por nosotros mismos.
La enfermedad entonces se convierte en ocasión de un encuentro que nos transforma; en el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida; una experiencia que, incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes, porque nos hace más conscientes de que no estamos solos. Por eso se dice que el dolor lleva siempre consigo un misterio de salvación, porque hace experimentar el consuelo que viene de Dios de forma cercana y real, hasta «conocer la plenitud del Evangelio con todas sus promesas y su vida» (S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Nueva Orleans, 12 septiembre 1987).
2. Y esto nos conduce al segundo punto de reflexión: el don. Ciertamente, nunca como en el sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor, y que por eso es, ante todo, un don que hemos de acoger y cultivar, permaneciendo “fieles a la fidelidad de Dios”, según la hermosa expresión de Madeleine Delbrêl (cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano 2024, Prefacio).
Por lo demás, sólo en la resurrección de Cristo nuestros destinos encuentran su lugar en el horizonte infinito de la eternidad. Sólo de su Pascua nos viene la certeza de que nada, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rm 8,38-39). Y de esta “gran esperanza” deriva cualquier otro rayo de luz que nos permite superar las pruebas y los obstáculos de la vida (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 27.31). No sólo eso, sino que el Resucitado también camina con nosotros, haciéndose nuestro compañero de viaje, como con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-53). Como ellos, también nosotros podemos compartir con Él nuestro desconcierto, nuestras preocupaciones y nuestras desilusiones, podemos escuchar su Palabra que nos ilumina y hace arder nuestro corazón, y nos permite reconocerlo presente en la fracción del Pan, vislumbrando en ese estar con nosotros, aun en los límites del presente, ese “más allá” que al acercarse nos devuelve valentía y confianza.
3. Y llegamos así al tercer aspecto, el del compartir. Los lugares donde se sufre son a menudo lugares de intercambio, de enriquecimiento mutuo. ¡Cuántas veces, junto al lecho de un enfermo, se aprende a esperar! ¡Cuántas veces, estando cerca de quien sufre, se aprende a creer! ¡Cuántas veces, inclinándose ante el necesitado, se descubre el amor! Es decir, nos damos cuenta de que somos “ángeles” de esperanza, mensajeros de Dios, los unos para los otros, todos juntos: enfermos, médicos, enfermeros, familiares, amigos, sacerdotes, religiosos y religiosas; y allí donde estemos: en la familia, en los dispensarios, en las residencias de ancianos, en los hospitales y en las clínicas.
Y es importante saber descubrir la belleza y la magnitud de estos encuentros de gracia y aprender a escribirlos en el alma para no olvidarlos; conservar en el corazón la sonrisa amable de un agente sanitario, la mirada agradecida y confiada de un paciente, el rostro comprensivo y atento de un médico o de un voluntario, el semblante expectante e inquieto de un cónyuge, de un hijo, de un nieto o de un amigo entrañable. Son todas luces que atesorar pues, aun en la oscuridad de la prueba, no sólo dan fuerza, sino que enseñan el sabor verdadero de la vida, en el amor y la proximidad (cf. Lc 10,25-37).
Queridos enfermos, queridos hermanos y hermanas que asisten a los que sufren, en este Jubileo ustedes tienen más que nunca un rol especial. Su caminar juntos, en efecto, es un signo para todos, «un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza» (Bula Spes non confundit, 11), cuya voz va mucho más allá de las habitaciones y las camas de los sanatorios donde se encuentren, estimulando y animando en la caridad “el concierto de toda la sociedad” (cf. ibíd.), en una armonía a veces difícil de realizar, pero precisamente por eso, muy dulce y fuerte, capaz de llevar luz y calor allí donde más se necesita.
Toda la Iglesia les está agradecida. También yo lo estoy y rezo por ustedes encomendándolos a María, Salud de los enfermos, por medio de las palabras con las que tantos hermanos y hermanas se han dirigido a ella en las dificultades:
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!
Los bendigo, junto con sus familias y demás seres queridos, y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí.
Roma, San Juan de Letrán, 14 de enero de 2025
FRANCISCO
sábado, 8 de febrero de 2025
Palabra de Vida: Con Esperanza practicar toda clase de bien. Hebreos 13,15-17.20-21
«Navega mar adentro, y echen las redes» (Lucas 5,1-11). V Domingo durante el año.
“Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada”, dijo Pedro a Jesús. Había sido una noche entera de sudor, de esfuerzo humano. La labor del pescador, que conoce su oficio: el mar, los peces, las redes, la barca… Una noche de esfuerzo inútil: no habían sacado nada.
«Navega mar adentro y echen las redes». (Lucas 5,4)
Esa es la palabra de Jesús. “Navega mar adentro”: “duc in altum”, la palabra que tanto inspiró a san Juan Pablo II frente al Gran Jubileo del año 2000.
“Navega mar adentro y echen las redes”. Una palabra que podría haber sido puesta en duda, podría haber sido discutida por Pedro, el pescador experimentado, pero también el que tantas veces mostró ser un cabeza dura. Pedro podría haber dicho “no, otra vez al mar, no… no vamos a sacar nada. Los peces no están allí. Ya estamos cansados”…
“Echen las redes”. La palabra de Jesús no es la de un pescador experimentado. Tampoco es la de quien da su opinión sin que se la pidan, quien aconseja porque “le parece”. No, en la palabra de Jesús hay algo diferente. Por eso Pedro no discute. Solo acota:
«Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero en tu palabra, echaré las redes» (Lucas 5,5)
Se produce la pesca. La reacción de Pedro es semejante a la de otros hombres que han sido llamados por Dios, de los que nos hablan las lecturas de hoy.
Isaías:
«¡Ay de mí, estoy perdido!
Porque soy un hombre de labios impuros,
y habito en medio de un pueblo de labios impuros;
¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!» (Isaías 6,5)
Pablo:
«… soy como el fruto de un aborto. Porque yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios.» (1 Corintios 15,8-9)
Y así, Pedro:
«Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador» (Lucas 5,8)
La respuesta a esas palabras, es el llamado de Jesús:
«No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres» (Lucas 5,10)
“Pescador de hombres”. El mar no es el medio natural del hombre. El mar es el peligro, la muerte. Cuando se sube a un avión se indica a los pasajeros donde se encuentran los chalecos salvavidas, como se colocan e inflan, y por donde se saldría a balsas inflables en caso de que el avión cayera en el mar… Uno no puede menos que pensar por cuánto tiempo se sobreviviría, aunque se esté en una balsa en medio del océano… ¿Llegará alguien a rescatar a ese grupo antes de que mueran de hipotermia?
En el evangelio, el mar representa el mal del mundo, en el que podemos quedar sumergidos y atrapados. El pescador de hombres es enviado por el Señor a anunciar la buena noticia de la vida, a decir que alguien nos ha rescatado, a dar esperanza, a fortalecer el corazón para seguir adelante.
A fines del mes pasado una noticia sacudió al Uruguay: una importante empresa, en la que muchos ahorristas habían depositado su confianza, debió presentar su situación real: ya no podría responder a sus compromisos. Ahorros de muchas familias estaban allí. También ahorros de nuestra diócesis y de otras instituciones de Iglesia. Puede decirse que ese ahorro fue nuestro “trabajar toda la noche”, buscando contar con un capital cuyos intereses, sumados a las ofrendas de los fieles, permitieran mantener un razonable equilibrio en la economía de la diócesis, equilibrio necesario para su funcionamiento y aún así, insuficiente para muchas tareas que habría que realizar.
Podemos decir que esa parte de nuestros trabajos ha resultado inútil. Por eso, la palabra del Señor de este domingo, la recibimos con la misma confianza de Pedro, recordando para qué hacemos esos esfuerzos económicos y administrativos, a la par de la labor diaria en las comunidades: esos esfuerzos tienen que estar al servicio de lo esencial, el anuncio del Evangelio. Con esa confianza, en este Año Jubilar, sigamos juntos remando mar adentro, ofreciendo a nuestro pueblo canario lo más precioso que tenemos: el encuentro con el Señor Resucitado.
En lo demás, renovemos la confianza en que la Providencia no permitirá que falte lo necesario. Me vienen a la memoria aquellos santos que de manera especial se pusieron en sus manos: San Luis Orione (1872-1940), fundador de la “Pequeña Obra de la Divina Providencia”, que estuvo personalmente en nuestra diócesis y cuya obra sigue presente en La Floresta; su contemporáneo, San Juan Calabria (1873-1954), fundador de los Pobres Siervos y de las Pobres Siervas de la Divina Providencia, que tienen casas en Montevideo y en Salto; o más atrás San Luis Scrosoppi (1804-1884), fundador de las Hermanas de la Providencia, que estuvieron en La Paz. A ellos y a nuestro beato Jacinto, nos encomendamos.
Hna. Claudia CPCR
Domingo 9 – recordamos con gratitud a la Hna. Claudia de la Peña, CPCR, fallecida hace un año, que trabajó durante muchos años en nuestra diócesis en Villa Guadalupe.
Indulgencia Plenaria en el Año Jubilar
Varios templos y santuarios de Canelones son lugares en los que se puede obtener la indulgencia plenaria en este año jubilar, cumpliendo las condiciones de confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Santo Padre. Entre ellos se encuentran los cuatro monasterios contemplativos, de los cuales tres tendrán celebraciones importantes en esta semana.
- Lunes 10, fiesta de Santa Escolástica. Misa con vísperas en el Monasterio de las Benedictinas, a las 17 horas.
- El martes 11, día de Nuestra Señora de Lourdes, en el Santuario diocesano de Paraje Echeverría, junto al monasterio de las Clarisas Capuchinas, habrá Misas a las 9, a las 12 y a las 19 horas. En algunos momentos habrá sacerdotes disponibles para confesiones.
- El Sábado 15, fiesta de San Claudio la Colombière, en el Santuario Eucarístico Diocesano, monasterio de la Visitación de María, en Progreso, misa a las 17 horas.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo
jueves, 6 de febrero de 2025
Palabra de Vida: Dar testimonio de nuestra conversión. Marcos 6,7-13.
martes, 4 de febrero de 2025
Palabra de Vida: Vencer el miedo con la fe. Marcos 5,21-43
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
domingo, 2 de febrero de 2025
«Examínenlo todo y quédense con lo bueno» (1 Ts 5, 21) Palabra de Vida de Febrero 2025.
La palabra de este mes está tomada de una serie de recomendaciones finales que el apóstol Pablo dirige a la comunidad de Tesalónica, ciudad portuaria de Grecia:
“No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas” (Tesalonicenses 5, 19-22.)
Profecía y discernimiento, diálogo y escucha. Estas son las indicaciones de Pablo a la comunidad que había emprendido poco tiempo antes el camino de la fe.
Entre los varios dones del Espíritu, Pablo estimaba mucho el de la profecía (Cf. Juan Pablo II, 24.6.1992). El profeta no es quien prevé el futuro sino más bien quien tiene el don de ver y de comprender la historia personal y colectiva desde el punto de vista de Dios.
Todos los dones son guiados por el don mayor, la caridad, el amor fraterno (Cf. 1 Corintios 13). Agustín de Hipona afirma que sólo la caridad permite discernir la actitud que se debe asumir frente a las varias situaciones (Cf. Agustín Io. Ep. tr. 7, 8).
“Examínenlo todo y quédense con lo bueno”.
Es necesario estar en grado de mirar no solamente los dones personales, sino también las muchas potencialidades y la complejidad de miradas y opiniones que se abren frente a nosotros en quienes nos están cerca y con los cuales nos confrontamos, incluso quizá en personas encontradas por casualidad. Es importante mantener con todos la autenticidad en el corazón y tener también la conciencia del límite de nuestro punto de vista.
Esta palabra de vida podría ser un lema a adoptar en toda situación de diálogo y de balance. Escuchar al otro, no necesariamente para aceptarlo todo sino sabiendo que es posible encontrar siempre algo bueno en lo que dice, favoreciendo la apertura mental y del corazón. Significa vaciarnos de nosotros mismos por amor y ganar así la posibilidad de construir algo juntos.
“Examínenlo todo y quédense con lo bueno”.
El sacerdote Timothy Raddcliffe, uno de los teólogos presentes en el Sínodo de obispos de la Iglesia católica, afirmó que
“lo más valioso que podemos hacer en este sínodo es ser sinceros entre nosotros con respecto a nuestras dudas y a nuestros interrogantes, para los cuales no tenemos respuestas claras. Así podremos acercarnos como compañeros de búsqueda, mendigos de la verdad” [1].
En una conversación con algunos miembros del Movimiento, Margaret Karram comentó así esta reflexión:
“Al pensar en esto, me di cuenta de que muchas veces no tuve la fuerza de decir realmente lo que pensaba por temor de no ser comprendida, quizá por no decir algo completamente diferente de la opinión de la mayoría. Comprendía que ser mendigos de la verdad significa adoptar una actitud de proximidad, los unos con los otros, ya que todos querríamos lo que Dios quiere, y todos juntos podemos buscar el bien” [2].
“Examínenlo todo y quédense con lo bueno”.
Es la experiencia de Antía, que participa del grupo de artes Mosaico, surgido en España en 2017 como Gen Rosso Local Project. Está compuesto por jóvenes que ofrecen con su arte y sus talleres una experiencia de fraternidad.
Antía nos cuenta:
“Es la conexión con mis valores: un mundo fraterno, en el cual todos (adolescentes, inexpertos, vulnerables…) ofrecen su contribución para este proyecto. Mosaico me permite creer que un mundo más unido no es una utopía, no obstante las dificultades y el trabajo exigido que implica. Crecí trabajando en grupo, con un diálogo que a veces puede parecer demasiado exigido y a menudo tuve que renunciar a mis ideas que yo consideraba las mejores. El resultado es que ‘el bien’ está construido pieza por pieza por todos nosotros”.
Patrizia Mazzola y equipo de Palabra de Vida
[1] Timothy Raddcliffe Meditación n 3 Amistad , Sínodo de obispos, 2.10.2023
[2] Margaret Karram, 3.2.2024
sábado, 1 de febrero de 2025
“Mis ojos han visto la salvación” (Lucas 2, 22-40). Fiesta de la Presentación del Señor.
Han pasado 40 días desde la Navidad, pero en la fiesta que celebramos hoy volvemos a encontrar al niño Jesús, todavía un bebé, en brazos de su madre.
Esta fiesta, que se llama “presentación del Señor” ha sido nombrada en otros tiempos de distinta manera. Poniendo más énfasis en la Madre de Jesús, se le llamó “purificación de la Virgen”, un nombre un poco extraño cuando creemos que María es la Inmaculada, es decir, la purísima.
Se le llamó también “la Candelaria”, nombre que quedó en la historia del Uruguay, cuando el 2 de febrero de 1516 el navegante español Juan Díaz de Solís tocó tierra en lo que hoy es Punta del Este y puso al puerto que había encontrado el nombre de “Nuestra Señora de la Candelaria”, la Virgen de las candelas. Las candelas eran las velas que se encendían, como se sigue haciendo, en esta celebración, para recordar a Jesús como luz del mundo. De ahí viene el bonito nombre de Candelaria o Candela, con los que son bautizadas algunas niñas.
El relato de Lucas tiene tres grandes momentos. En el primero, José y María llevan al niño al templo en cumplimiento de la Ley de Dios. Lucas es muy enfático en decirnos que María y José están haciendo lo que indica la Ley:
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación de ellos, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor". También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. (Lucas 2,22-24)
Lo indicado por la ley concierne, en primer lugar, a la madre, que para su purificación, después del parto, debe ofrecer un sacrificio, consistente en un cordero y una tórtola; pero si es pobre, basta ofrecer dos tórtolas. Esa fue la ofrenda de María y José: la ofrenda de los pobres.
En segundo lugar, una indicación de la ley concierne al niño primogénito, que era el caso de Jesús. Recordando que en la salida de Egipto Dios hirió a los primogénitos de los Egipcios, pero salvó a los de los israelitas, se debía pagar un rescate por el primogénito y eso es lo que hicieron María y José.
Para esto no era necesario ir al templo, pero ellos, creyentes piadosos, decidieron hacerlo.
Respondiendo al llamado de la Ley, llevaron, pues, al niño Jesús para presentarlo en el templo.
Si el primer momento fue el de la Ley, llega ahora el momento del Espíritu.
Nada se nos dice sobre un encuentro con los sacerdotes; en cambio, aparecen en escena dos personajes que reconocen a Jesús: el anciano Simeón y la profetisa Ana. El Espíritu Santo hace declarar a Simeón:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.» (Lucas 2,29-32)
De Ana se dice que es profetisa; por eso pensamos que también ella es movida por el Espíritu Santo, pues…
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. (Lucas 2,38)
La ley de Moisés, que José y María se disponen a cumplir como judíos piadosos que son, los llevó al templo. El Espíritu Santo movilizó a los dos ancianos que dieron testimonio de quién era aquel niño. Es así que se produce el encuentro con el Señor. El templo, más que la construcción y sus grandes explanadas, es la casa de Dios, la casa para el encuentro de su Pueblo con Él. En la historia de la salvación, en la comunidad que es la Iglesia, el Señor viene a nosotros cada día y estamos llamados a reconocerlo y recibirlo, dejando que Él sea el centro de nuestra vida y que alrededor de Él todo se organice y encuentre armonía.
En el centro del breve discurso de Simeón resaltan estas palabras: “mis ojos han visto la salvación”. Es el tercer momento: el de la visión. La visión no es aquí la mirada física. Simeón tiene delante de sus ojos a unos esposos que llevan en brazos a un niño pequeño. No está ante Jesús adulto, el Mesías que predica con autoridad y hace milagros. Simeón, como los pastores en Belén, reconoce a Dios en la humildad y en la sencillez y lo recibe. No quiere nada más, no necesita nada más. Tan solo tener por un momento en sus brazos al niño y dar gracias a Dios por lo que ha podido ver: la obra de Salvación de Dios.
Pero en la visión de Simeón también hay una palabra para María, que es también una palabra sobre Jesús:
«Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.» (Lucas 2,34-35)
En esta escena tan tierna, la cruz aparece en el horizonte, porque la salvación llegará a través de la cruz; a través de esa muerte violenta que Jesús transformará en ofrenda de amor. La presentación de Jesús en el templo anticipa esa entrega total de su vida. La madre que presentó a su hijo en el templo estará también al pie de la cruz. En el dolor, ella también hará su propia ofrenda, la vida de su Hijo.
La alegría cristiana, nuestra alegría, pasa, inevitablemente, por la participación en la cruz de Cristo. María, madre de Jesús, unió su corazón al corazón traspasado del Hijo de Dios. Pero no olvidemos todo lo que brota del corazón abierto de Jesús, representado por el agua y la sangre que se hace luz para nuestra vida. Al encender hoy nuestra candela en la celebración, hagámoslo con el deseo de renovar nuestra unión con Cristo, el salvador, luz del mundo, luz de nuestra vida.
En esta semana
- Lunes 3, San Blas, obispo y mártir. Día en que se hace la bendición de las gargantas.
- Miércoles 5, Santa Águeda, virgen y mártir.
- Jueves 6, santos Pablo Miki y compañeros, mártires en Japón.
- Del viernes 7 al domingo 9, Peregrinación a María, organizada por nuestro obispo emérito Mons. Alberto Sanguinetti, desde Progreso hasta Florida, al santuario de la Virgen de los Treinta y Tres.
- Domingo 9 de febrero. A las 19 horas, asume la parroquia San Miguel Arcángel en Los Cerrillos, el P. Néstor Rosano.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.



