lunes, 7 de marzo de 2022

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mateo 6, 12). Palabra del Mes, Marzo 2022.

 

La palabra de vida de este mes está tomada de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, el Padre Nuestro. Se trata de una oración hondamente arraigada en la tradición judía. Los judíos también llamaban a Dios, y lo siguen haciendo, “Padre nuestro”.

En una primera lectura, las palabras de esta frase nos hieren: ¿podemos pedirle a Dios que perdone nuestras ofensas, como sugiere el texto griego, así como nosotros podemos hacerlo con los que nos han ofendido? Nuestra capacidad de perdón es siempre limitada, superficial, condicionada.
Si Dios nos tratara acorde con nuestra medida, estaríamos condenados.

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.”

Sin embargo, son palabras importantes que expresan ante todo la conciencia de tener necesidad del perdón de Dios, que el mismo Jesús entregó a los discípulos, y por lo tanto a todos los bautizados, para que con ellos puedan dirigirse al Padre con sencillez de corazón.

Todo surge del descubrimiento de que somos hijos en el Hijo, hermanos e imitadores de Jesús, quien fue el primero en hacer de su vida un camino de adhesión cada vez más plena a la voluntad amorosa del Padre.

Solo después de haber admitido el don de Dios, su amor sin medida, podemos pedirle todo al Padre, para volvernos cada vez más semejantes a él, incluso en la capacidad de perdonar a nuestros hermanos y hermanas con un corazón generoso, día tras día.

Todo acto de perdón es una elección libre y consciente, que debe renovarse siempre con humildad. Nunca es un hábito, sino un camino exigente, por el que Jesús nos hace rezar todos los días, así como pedir por el pan.

“Perdona nuestra ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.”

Cuántas veces las personas con las que convivimos: en la familia, en el barrio, en el trabajo o en el estudio, nos pueden haber hecho un mal y nos cuesta retomar una relación positiva. ¿Qué hacer? Ahí es cuando podemos pedir la gracia de imitar al Padre:

“Levantémonos por la mañana con una completa ‘amnistía’ en el corazón, con ese amor que lo cubre todo, que sabe recibir al otro tal como es, con sus limitaciones, sus dificultades, tal como lo haría una madre con su hijo que se equivoca: siempre lo disculpa, siempre lo perdona, siempre espera en él... 

Acerquémonos a cada uno viéndolo con ojos nuevos, como si nunca hubiera cometido esos defectos. Empecemos de nuevo cada vez, sabiendo que Dios no solo perdona, sino que olvida: esa es la medida que también exige de nosotros” .

Es una meta elevada, hacia la cual podemos caminar con la ayuda de la oración confiada.

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.”

Toda la oración del Padre Nuestro tiene entonces la perspectiva del “nosotros”, de la fraternidad: pido no solo por mí, sino también por y con los demás. Mi capacidad de perdón se sustenta en el amor al prójimo y mi amor puede sentir de alguna manera precisamente el error del hermano como propio: tal vez también dependa de mí, tal vez no he hecho toda mi parte para que se sienta aceptado, comprendido.

En Palermo, ciudad italiana, algunas comunidades cristianas viven una intensa experiencia de diálogo, que les exige superar ciertas dificultades. 

Cuentan Biagio y Zina: “Un día un pastor amigo nos invitó a lo de unas familias de su iglesia, que no nos conocían. Habíamos llevado algo para compartir en el almuerzo, pero esas familias dejaron en claro que el encuentro no era muy bienvenido. Con delicadeza, Zina les dio a probar algunas de sus especialidades que había cocinado y al final almorzamos juntos. Después del almuerzo, comenzaron a señalar las fallas que veían en nuestra Iglesia. Como no queríamos entrar en una guerra verbal, dijimos: ‘¿qué defecto o diferencia entre nuestras Iglesias puede impedir que nos amemos?’. Acostumbrados a las continuas diatribas, quedaron asombrados y desarmados ante tal respuesta y empezamos a hablar del Evangelio y de lo que nos une, que ciertamente es mucho más que lo que nos divide. Cuando llegó el momento de despedirnos, ya no querían que nos fuéramos; en ese momento propusimos rezar el Padre Nuestro, durante el cual sentimos con fuerza la presencia de Dios, nos hicieron prometer que volveríamos porque pretendían presentarnos al resto de la comunidad y así fue durante todos estos años”.

Letizia Magri


domingo, 6 de marzo de 2022

Nuevo párroco en la Catedral Nuestra Señora de Guadalupe, Canelones.

 

Homilía del Obispo de Canelones

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Estamos reunidos ante el altar para celebrar al Señor, que se hace presente en medio de nosotros y, en ese marco, recibir al nuevo párroco de Canelones.
El P. Renzo llega desde Sauce para guiar y acompañar esta comunidad parroquial que tiene como patrona a Nuestra Señora de Guadalupe.

Estamos celebrando el primer domingo de Cuaresma. Nuevo tiempo litúrgico, nueva etapa de esta comunidad; siempre bajo el amparo de María. Con ella, primera discípula misionera, nos sentimos llamados a seguir a Jesús y nos dejamos llevar por ese camino de la mano de su Madre.

Es un camino en el que encontramos, en la vida familiar y laboral, en la vida de nuestra sociedad y en el mundo de hoy, pruebas y tentaciones que, a veces, logran apartarnos de Jesús o, al menos, enlentecen o entorpecen nuestros pasos. Frente a esas dificultades, quienes venimos a esta iglesia catedral, tenemos presentes las palabras de consuelo que encontramos al entrar, junto a la imagen de María: “¿Por qué te acongojas, hijo? ¿Acaso no soy tu Madre?”.
Es en la vida parroquial, en la comunidad, donde encontramos luces y fuerzas. No porque aquí estemos los más buenos, sino porque aquí está el que ha venido a buscar, a sanar y a salvar a los pecadores.
Aquí está Jesús, en medio de nosotros, hablándonos desde su Palabra, que aclamamos como “Palabra del Señor”. Aquí está María que nos dice “Hagan lo que Él les diga”.

Aquí esta Jesús, en medio de nosotros, dándose como alimento en el Pan de Vida.
Los sacerdotes hemos sido llamados, principalmente, para hacer presente a Jesús en la Eucaristía y para comunicar su perdón a través del sacramento de la reconciliación. Para eso está el Padre Renzo; para eso estuvo aquí el Padre Luis Eduardo, así como quienes los precedieron y quienes vendrán después. La Eucaristía y la Reconciliación están en el centro de nuestra misión sacerdotal, porque en estos dos sacramentos se hace presente el mismo Jesús para perdonar, iluminar y alimentar a su pueblo.

La Iglesia, el Pueblo de Dios, la comunidad eclesial, no la forman solo los ministros ordenados, sino todos los bautizados. Los ministros, más bien, estamos al servicio del Pueblo de Dios; cada uno de nosotros dedicado en forma especial a la comunidad que le ha sido confiada.

En este tiempo, el Papa Francisco nos ha invitado a reflexionar sobre algo que hace a la vida del Pueblo de Dios: nuestro caminar juntos. Hablamos de sínodo, sinodalidad, Iglesia sinodal. “Sínodo” significa “caminar juntos”. El modelo del caminar juntos lo encontramos en el libro del Éxodo, que presenta al Pueblo de Dios caminando durante 40 años, en el desierto, hacia la tierra prometida.

Nosotros, nuevo Pueblo de Dios, peregrinamos en esta vida hacia la Casa del Padre, hacia la Patria celestial.
Caminar juntos significa no dejar a nadie atrás; saber esperar a los que van más despacio, ayudar a quienes tienen menos fuerzas. Caminar juntos significa dejar también que algunos se adelanten, que con la ayuda del Espíritu Santo exploren lo que está por venir, pero sin separarse al punto de perder contacto con el gran grupo de los que van a una marcha moderada y pareja.
Los pastores hacemos también parte de esa marcha. Como guías, en nombre de Jesús, pero también como parte del Pueblo fiel al que queremos escuchar y del que queremos aprender.

En el evangelio hemos escuchado el relato de las tentaciones de Jesús.
Las tres tentaciones tienen el mismo fin: apartar a Jesús de su misión, romper su comunión con el Padre. Las tres son, por supuesto, engañosas. Pero hay una de ellas que me parece la más terrible de todas, aunque, al mismo tiempo, podríamos decir que es aquella en la que el tentador “se saca la careta”, es decir, él mismo se desenmascara, mostrando la mayor y peor de sus pretensiones: tomar el lugar de Dios.

Miremos antes las otras dos tentaciones.
Cuando el demonio le propone a Jesús transformar una piedra en pan, le está sugiriendo algo que Jesús podría hacer por él mismo, tal como más adelante cambiará el agua en vino o multiplicará panes y peces.
Cuando le dice de tirarse de lo alto del templo y ser recogido por los ángeles, el tentador está dejando lugar a la acción de Dios.
Pero cuando Satanás le ofrece a Jesús el poder y los reinos de la tierra, le pide algo francamente alevoso:
«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos (…) si tú te postras delante de mí…»
La respuesta de Jesús es contundente:
«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Postrarse… postrarse es un acto de una gran intensidad, que involucra toda la persona, todo su cuerpo, su mente, su alma. Es tenderse en el suelo, boca abajo, y permanecer allí durante cierto tiempo. Es expresión de humildad. Es el mayor gesto corporal de adoración.
La postración forma parte del sacramento del orden: se postra el que va a ser ordenado diácono, presbítero u obispo. Mientras el ordenando está postrado se cantan las letanías, invocando a los santos y santas como intercesores por el nuevo ministro y por todo el pueblo de Dios.
La postración es también parte del ritual del Viernes Santo y la realiza el celebrante frente al altar, después de entrar a la celebración caminando en silencio.
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Luego de la lectura de su nombramiento y de la firma del acta correspondiente, el Padre Renzo va a renovar sus promesas sacerdotales, las promesas que hizo en su ordenación. Es su compromiso con el Señor que lo eligió y lo llamó para servir a Dios y a sus hermanos. Es un acto de libertad y, al mismo tiempo, es ponerse nuevamente confiado en las manos del Padre Dios que lo llamó a este ministerio por medio de su Hijo y de la Iglesia.
Hagamos ahora un momento de silencio y oremos por el Padre Renzo y por la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Que este tiempo de Cuaresma que la comunidad y el párroco están iniciando juntos los ayude a todos a acercarse al Señor cada día más como verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad. Así sea.

Asumió el nuevo párroco de Inmaculada Concepción de Pando.


Homilía del Obispo de Canelones.

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Estamos reunidos esta mañana para recibir al nuevo párroco de Pando. El P. Luis Eduardo Ríos no es para esta comunidad un desconocido, aunque su presencia aquí fue en sus tiempos de seminarista, hace ya unos cuantos años… Fue también en esta iglesia parroquial donde recibió la ordenación sacerdotal el 28 de mayo de 1995. Así pues, dentro de tres años, él espera poder celebrar con ustedes sus 30 años de sacerdocio.

Él viene ahora para guiar y acompañar esta comunidad parroquial que tiene como patrona a María Inmaculada. Y no solo como patrona, sino como vecina pandense: aquí se dice que María fue la primera pobladora de Pando. Ocho años antes de que se formara el pueblo, ya estaba la capillita en honor de la Inmaculada Concepción de María, construida en 1780. El título de la capilla era expresión de la fe del Pueblo de Dios, sostenida por siglos hasta ser reconocida y declarada solemnemente como parte de nuestra fe católica por el Papa Pío Nono, en 1854: “que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción … en atención a los méritos de Cristo-Jesús”. Pocos años después de esa declaración, el 8 de diciembre de 1869 fue inaugurado el templo parroquial que hoy nos alberga.

En esta casa, casa de Jesús, casa de su Madre y Madre nuestra, estamos celebrando el primer domingo de Cuaresma. Nuevo tiempo litúrgico, nueva etapa de esta comunidad; siempre bajo el amparo de María.
Con ella, primera discípula misionera, nos sentimos llamados a seguir a Jesús y nos dejamos llevar por ese camino de la mano de su Madre.
Es un camino en el que encontramos en la vida familiar, laboral y social dificultades y tentaciones que, a veces, logran apartarnos de Jesús o, al menos, enlentecen o entorpecen nuestros pasos.
Es en la vida parroquial, en la comunidad, donde encontramos luces y fuerzas. No porque aquí estemos los más buenos, sino porque aquí está el que ha venido a buscar, a sanar y a salvar a los pecadores. Aquí está Jesús, en medio de nosotros, hablándonos desde su Palabra, que aclamamos como “Palabra del Señor”. Aquí está María que nos dice “Hagan lo que Él les diga”.

Aquí esta Jesús, en medio de nosotros, dándose como alimento en el Pan de Vida.
Para hacer presente a Jesús en la Eucaristía y para comunicar su perdón a través del sacramento de la reconciliación hemos sido llamados los sacerdotes. Para eso está el Padre Luis Eduardo; para eso estuvieron aquí el Padre Williams y el Padre Marcelo, así como quienes los precedieron y quienes vendrán después. La Eucaristía y la Reconciliación están en el centro de nuestra misión sacerdotal, porque en estos dos sacramentos se hace presente el mismo Jesús para perdonar, iluminar y alimentar a su pueblo.

La Iglesia, el Pueblo de Dios, la comunidad eclesial, no la forman solo los ministros ordenados, sino todos los bautizados. Los ministros, más bien, estamos al servicio del Pueblo de Dios, cada uno dedicado en forma especial a la comunidad que le ha sido confiada.

En este tiempo, el Papa Francisco nos ha invitado a reflexionar sobre algo que hace a la vida del Pueblo de Dios: nuestro caminar juntos. Hablamos de sínodo, sinodalidad, Iglesia sinodal. “Sínodo” significa “caminar juntos”. El modelo del caminar juntos lo encontramos en el libro del Éxodo, que presenta al Pueblo de Dios caminando en el desierto hacia la tierra prometida.

Nosotros caminamos como el nuevo Pueblo de Dios que peregrina hacia la Casa del Padre.
Caminar juntos significa no dejar a nadie atrás; saber esperar a los que van más despacio, ayudar a quienes tienen menos fuerzas. Caminar juntos significa dejar también que algunos se adelanten, que con la ayuda del Espíritu Santo exploren lo que está por venir, pero sin separarse al punto de perder contacto con el gran grupo de los que van a una marcha moderada y pareja.
Los pastores hacemos también parte de esa marcha. Como guías, en nombre de Jesús, pero también como parte del Pueblo fiel al que queremos escuchar y del que queremos aprender.

En el evangelio hemos escuchado el relato de las tentaciones de Jesús.
Las tres tentaciones tienen el mismo fin: apartar a Jesús de su misión. Las tres son, por supuesto, engañosas. Pero hay una de ellas que me parece la más terrible de todas, aunque, al mismo tiempo, podríamos decir que es aquella en la que el tentador “se saca la careta”, es decir, él mismo se desenmascara, mostrando la mayor y peor de sus pretensiones: tomar el lugar de Dios.
Miremos antes las otras dos tentaciones.
Cuando el demonio le propone a Jesús transformar una piedra en pan, le está sugiriendo algo que Jesús podría hacer por él mismo, tal como más adelante cambiará el agua en vino o multiplicará panes y peces.
Cuando le dice de tirarse de lo alto del templo y ser recogido por los ángeles, el tentador está dejando lugar a la acción de Dios.
Pero cuando Satanás le ofrece a Jesús el poder y los reinos de la tierra, le pide algo francamente alevoso:
«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos (…) si tú te postras delante de mí…»
La respuesta de Jesús es contundente:
«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Postrarse… postrarse es un acto de una gran intensidad, que involucra toda la persona, todo su cuerpo, su mente, su alma. Es tenderse en el suelo, boca abajo, y permanecer allí durante cierto tiempo. Es expresión de humildad. Es el mayor gesto corporal de adoración.
La postración forma parte del sacramento del orden: aquí mismo estuvo postrado, en su momento, el Padre Luis Eduardo. Mientras el ordenando yace se cantan las letanías, invocando a los santos y santas como intercesores por el nuevo ministro y por todo el pueblo de Dios.
La postración es también parte del ritual del Viernes Santo y la realiza el celebrante frente al altar, después de entrar a la celebración en medio del silencio de la asamblea.
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Dentro de instantes, el Padre Luis Eduardo va a renovar sus promesas sacerdotales, las promesas que hizo en su ordenación. Es su compromiso con el Señor que lo eligió y lo llamó para servir a Dios y a sus hermanos. Es un acto de libertad y, al mismo tiempo, es ponerse nuevamente confiado en las manos del Padre Dios que lo llamó a este ministerio por medio de su Hijo y de la Iglesia.
Hagamos ahora un momento de silencio y oremos por el Padre Luis Eduardo y por la parroquia de la Inmaculada Concepción de Pando. Que este tiempo de Cuaresma que la comunidad y el párroco están iniciando juntos los ayude a todos a acercarse al Señor cada día más como verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad. Así sea.

sábado, 5 de marzo de 2022

La Parroquia Sagrada Familia de Sauce tiene nuevo párroco.


Homilía del Obispo de Canelones

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Estamos reunidos esta tarde para recibir al nuevo párroco de Sauce. El P. Marcelo De León viene para guiar y acompañar esta comunidad; esta familia parroquial que tiene como espejo nada menos que a la Sagrada Familia de Nazaret. La vida de Jesús, María y José, vida de hogar, trabajo y oración está aquí siempre presente, recordándonos que todos estamos llamados a la santidad y que para ser dignos del amor con que Dios nos ama, no tenemos más que vivir en el amor esos grandes pilares de la vida: la fe, la familia y el trabajo.
Se dice fácil; pero cada día encontramos en la vida familiar, laboral y social dificultades y tentaciones que, a veces, logran apartarnos del camino de Jesús o, al menos, enlentecen o entorpecen nuestros pasos.
Es en la vida parroquial, en la comunidad, donde tenemos que buscar luces y fuerzas. No porque aquí estemos los más buenos, sino porque aquí está el que ha venido a buscar, a sanar y a salvar a los pecadores. Aquí está Jesús, en medio de nosotros, hablándonos desde su Palabra, que aclamamos como “Palabra del Señor” y dándosenos como alimento en el Pan de Vida.
Para hacer presente a Jesús en la Eucaristía y para comunicar su perdón a través del sacramento de la reconciliación hemos sido llamados los sacerdotes. Para eso está el Padre Marcelo; para eso estuvo aquí el Padre Renzo Siri, así como quienes estuvieron antes que él y quienes vendrán después. La Eucaristía y la Reconciliación están en el centro de nuestra misión sacerdotal, porque en estos dos sacramentos se hace presente el mismo Jesús para perdonar, iluminar y alimentar a su pueblo.

La Iglesia, el Pueblo de Dios, la comunidad eclesial, no la forman solo los ministros ordenados, sino todos los bautizados. Los ministros, más bien, estamos al servicio del Pueblo de Dios, cada uno dedicado en forma muy especial a la comunidad que le ha sido confiada.

En este tiempo, el Papa Francisco nos ha invitado a reflexionar sobre algo que hace a la vida del Pueblo de Dios: nuestro caminar juntos. Hablamos de sínodo, sinodalidad, Iglesia sinodal. “Sínodo” significa “caminar juntos”. El modelo del caminar juntos lo encontramos en el libro del Éxodo, que presenta al Pueblo de Dios caminando en el desierto hacia la tierra prometida.
Nosotros caminamos como el nuevo Pueblo de Dios que peregrina hacia la Casa del Padre, hacia nuestra verdadera querencia.

Caminar juntos significa no dejar a nadie atrás; saber esperar a los que van más despacio, ayudar a quienes tienen menos fuerzas. Caminar juntos significa dejar también que algunos se adelanten, que con la ayuda del Espíritu Santo busquen nuevos caminos, pero sin separarse al punto de perder contacto con el gran grupo de los que van a una marcha pareja.
Los pastores formamos también parte de esa marcha. Como guías, en nombre de Jesús, pero también como parte del Pueblo fiel al que escuchamos y del que aprendemos.

Estamos en el primer domingo de Cuaresma. Hemos escuchado el relato de las tentaciones de Jesús. Reflexionando sobre este texto leído tantas veces, me he dado cuenta de algo que no había visto antes.
Las tres tentaciones tienen el mismo fin: apartar a Jesús de su misión. Las tres son, por supuesto, engañosas. Pero hay una de ellas que me parece la más terrible de todas, aunque, al mismo tiempo, podríamos decir que es la que “lo vende” al tentador, porque el mismo se desenmascara, mostrando la mayor y peor de sus pretensiones: tomar el lugar de Dios.
Miremos antes las otras dos.
Cuando el demonio le propone a Jesús transformar una piedra en pan, le está sugiriendo algo que Jesús podría hacer por él mismo, tal como más adelante cambia el agua en vino o multiplica panes y peces.
Cuando le dice de tirarse de lo alto del templo y ser recogido por los ángeles, el tentador está dejando lugar a la acción de Dios.
Pero cuando Satanás le ofrece a Jesús el poder y los reinos de la tierra, le pide algo francamente alevoso:
«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos (…) si tú te postras delante de mí…»
La respuesta de Jesús es inmediata y contundente:
«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Postrarse… postrarse es un acto de una gran intensidad, que involucra toda la persona, todo su cuerpo, su mente, su alma. Es tenderse en el suelo, boca abajo, y permanecer allí durante cierto tiempo. Es expresión de humildad y es el más fuerte gesto de adoración.
La postración forma parte del sacramento del orden: se postra el que va a ser ordenado diácono, presbítero u obispo. Mientras el ordenando está postrado se cantan las letanías, invocando a los santos y santas como intercesores por el nuevo ministro y por todo el pueblo de Dios.
La postración es también parte del ritual del Viernes Santo y la realiza el celebrante frente al altar, después de entrar a la celebración caminando en silencio.
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Dentro de instantes, el Padre Marcelo va a renovar sus promesas sacerdotales, las promesas que hizo en su ordenación. Es su compromiso con el Señor que lo eligió y lo llamó para servir a Dios y a sus hermanos. Es un acto de libertad y, al mismo tiempo, es ponerse nuevamente confiado en las manos del Padre Dios que lo llamó a este ministerio por medio de su Hijo y de la Iglesia.

Hagamos ahora un momento de silencio y oremos por el Padre Marcelo y por la comunidad parroquial Sagrada Familia. Que este tiempo de Cuaresma que la comunidad y el párroco están iniciando juntos los ayude a todos a acercarse al Señor cada día más como verdaderos adoradores, en espíritu y en verdad. Así sea.

“Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Lucas 5,27-32). Sábado después de Ceniza.

Poco a poco vamos entrando en la Cuaresma. La Palabra de hoy nos presenta el llamado de Jesús a todos aquellos dispuestos a convertirse y cambiar de vida.

viernes, 4 de marzo de 2022

“Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Lucas 5,27-32). Sábado después de Ceniza.

 

La reflexión de hoy es parte de un testimonio de Mely, una recuperada en la Fazenda de la Esperanza.

No dejemos de rezar por la Paz.

Bendiciones,

+ Heriberto.

“Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto” (Lucas 4,1-13). Domingo I de Cuaresma.

Hace poco, decía alguien que marzo es como el lunes de los meses; es decir, el mes del comienzo del año en muchos aspectos. El verano no se ha ido del todo, pero ya está en retirada y el otoño llegará en este mes. Recomienzan las clases, algunos vuelven de sus vacaciones; en todo caso, para muchos el ritmo de trabajo se hace ahora más intenso. Y en este arranque de tantas cosas, comienza también, este año en marzo, nuestro tiempo de Cuaresma. 

Para quienes tratamos de vivir y practicar nuestra fe, cuaresma es una palabra familiar, que nos habla de oración, ayuno, limosna y, sobre todo, de conversión: examinar nuestra conciencia, arrepentirnos de nuestros pecados y volver el corazón a Dios.
Para muchos uruguayos, sin embargo, esta palabra es totalmente extraña. No quiere decir nada. ¿Seremos capaces de comunicar lo que significa para cada uno de nosotros y de invitar a otros a entrar en este tiempo y caminar juntos hacia la Pascua?

El evangelio de este primer domingo nos introduce en la Cuaresma de Jesús: sus cuarenta días en el desierto, en oración, preparándose para su misión y enfrentando al tentador.
Tanto Lucas como Mateo nos presentan este relato, marcado por tres tentaciones:

«Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.»
«Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos (…) si tú te postras delante de mí…»
«Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden…» (Lucas 4,1-13)
Tres tentaciones, que resumen las muchas posibles y que, en realidad, simbolizan toda la lucha entre el bien y el mal. Es también la lucha de cada persona: o elegir a Dios y ponerlo en el centro de la propia vida o cerrarse sobre sí mismo y dejar de lado a Dios.
No olvidemos que el demonio, el tentador, es una criatura. Creado por Dios para compartir su eternidad, rechazó el llamado del creador de una sola vez y para siempre. Ese rechazo es la negación de su propio ser. Satanás no puede ofrecer un camino, porque él mismo no lo tiene. Su objetivo es la destrucción del ser humano, impidiendo que llegue a la comunión con Dios o buscando romper esa comunión cuando el hombre la ha alcanzado.
Y eso es lo que trata de hacer con Jesús: que Jesús rompa su comunión con el Padre.

Si leemos de nuevo, con cuidado, las tres tentaciones, veremos que hay una de ellas que se diferencia muy especialmente de las otras.
No es convertir las piedras en pan, porque pensando en otros milagros, como el agua cambiada en vino o la multiplicación de los panes, es algo que el mismo Jesús podría realizar.
Tampoco es la que propone a Jesús tirarse desde lo alto del templo, porque allí podría ser salvado por Dios, por medio de sus ángeles.
Pero cuando Satanás le ofrece a Jesús el poder y los reinos de la tierra, no invoca ni el poder que Jesús podría tener ni la eventual acción de Dios: en forma especialmente atrevida, le dice a Jesús que eso se lo dará, si Jesús se postra ante él: “si tú te postras delante de mí”.
La postración es un acto muy intenso. Físicamente, involucra todo el cuerpo. Es tenderse en el suelo, boca abajo, y permanecer así por cierto espacio de tiempo.
Espiritualmente, el gesto tiene varios significados. En primer lugar, es el reconocimiento de la grandeza de aquel ante quien uno se postra y de la propia humildad. Es el mayor acto de adoración. En la primera lectura aparece como lo que debe hacer alguien que lleva ofrendas ante el altar:
“Tú depositarás las primicias ante el Señor, tu Dios, y te postrarás delante de Él” (Deuteronomio     26, 1-2. 4-10)
Frente a la insólita pretensión del tentador, Jesús contesta en forma contundente:
«Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»
Mateo coloca la tentación del poder al término del relato: el triunfo de Jesús sobre el tentador anuncia el final de su evangelio, en el que Jesús Resucitado dirá a sus discípulos: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra” (Mateo 28,18) antes de enviarlos a proclamar la buena noticia de la salvación. Es así: todo poder le ha sido dado por el Padre.
Lucas, en cambio, deja para el final la tentación que ocurre en el templo de Jerusalén, porque en esa ciudad y en su entorno, Jesús volverá a ser tentado y triunfará marchando hacia su pasión, su muerte y su resurrección. Con ese cambio de orden, la tentación del poder no queda soslayada. Al contrario: queda en el centro. Postrarse ante Satanás hubiera sido la total ruptura de la comunión con Dios y la destrucción de la misión de Jesús.
Para Lucas, Jesús es el nuevo Adán, el primogénito de la humanidad nueva. La genealogía de Jesús en este evangelio llega hasta el primer hombre. Si el primer Adán rompió la comunión con Dios dejándose arrastrar por el tentador, Jesús, nuevo Adán, tiene como proyecto de vida vivir la comunión con Dios y restablecer la comunión de toda la humanidad con su Creador.

Adentrémonos, personal y comunitariamente, en el camino de la Cuaresma invocando al Espíritu Santo, que condujo a Jesús, que nos fortalece ante la tentación y que genera y consolida nuestra comunión con Dios. Recordando el evangelio del miércoles de ceniza, busquemos realizar nuestras prácticas cuaresmales no solo exteriormente, sino, sobre todo, de corazón, en adoración y entrega al Padre “que ve en lo secreto”. Finalmente, no olvidemos el consejo que el Papa Francisco nos entrega, tomado de la misma Palabra de Dios:
«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos,
cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Gálatas 6,9-10a)

Intención del Papa Francisco para el mes de marzo: bioética

En este mes, el Papa Francisco nos propone rezar “por una respuesta cristiana a los retos de la bioética”. 

“Recemos para que los cristianos, ante los nuevos desafíos de la bioética, promuevan siempre la defensa de la vida a través de la oración y de la acción social”.

Día Internacional de la Mujer

Con motivo del 8 de marzo, quiero saludar a las mujeres, especialmente a aquellas que encuentro día a día; entre otras, las que hacen parte de mi familia y de mi entorno, las que encuentro en las comunidades que visito, las profesionales con las que me ha tocado interactuar. Su sensibilidad y su mirada diferente sobre las personas y los acontecimientos me ayudan muchas veces a prestar atención y responder a situaciones que, de otra forma, yo no hubiera percibido. A ellas, muy feliz día.

IV Centenario de la canonización de San Isidro

El sábado 12 se cumple el cuarto centenario de la canonización de cinco grandes santos, celebrada por el Papa Gregorio XV: san Felipe Neri (+1595), santa Teresa de Jesús (+1582), san Ignacio de Loyola (+1556), san Francisco Javier (+1552) y san Isidro Labrador. Los cuatro primeros habían fallecido no muchos años antes, entre 1552 y 1595; en cambio, la devoción a San Isidro tenía ya 450 años.
En nuestra diócesis, el santo labrador no solo es patrono de la ciudad y de la parroquia de Las Piedras, sino también de varias capillas. Su imagen, a veces acompañada por la de su esposa, está presente en varios templos parroquiales. San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza son ejemplo de padres de familia cristianos, de trabajadores y de santidad en la sencilla vida cotidiana.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que todos podamos vivir fecundamente este tiempo de Cuaresma, profundizando nuestra conversión, volviendo de corazón a Dios. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

“Entonces llamarás, y el Señor responderá” (Isaías 58, 1-9a). Viernes después de Ceniza.

 

Primer viernes de Cuaresma: día de abstinencia. No pensemos solamente en privarnos de comer carne. La Palabra de Dios de hoy nos recuerda:

Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. (Isaías 58, 1-9a)

Estas reflexiones que hemos comenzado a ofrecer diariamente han sido preparadas por el P. Marcio, sacerdote de la Fazenda de la Esperanza, para las personas internas en las casas de esa comunidad terapéutica. Sin embargo, creo que todos podemos sacar provecho de ellas. Buena Cuaresma.

+ Heriberto

jueves, 3 de marzo de 2022

Jueves después de Ceniza: “Elige la vida y vivirás” (Deuteronomio 30,15-20)

Esta reflexión ha sido preparada para las personas internadas en la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, por el P. Marcio, sacerdote perteneciente a la comunidad.

En primer lugar, escuchamos la lectura de dónde ha sido tomado el versículo o la idea que se propone para la jornada; luego la reflexión y, finalmente, la oración sobre el pueblo tomada del Misal para ese día.

Buena Cuaresma.

+ Heriberto

miércoles, 2 de marzo de 2022

Miércoles de Ceniza: homilía


Queridas hermanas, queridos hermanos:

Hoy, miércoles de Ceniza, estamos comenzando el tiempo de Cuaresma. Dentro de unos días se cumplirán dos años desde que fue declarado el estado de emergencia sanitaria en el Uruguay; es decir, dos años de pandemia.

En este tiempo, que todavía no ha concluido pero que, no tan rápidamente como quisiéramos, va de a poco resumiéndose, nos vimos muchas veces privados de participar comunitariamente en nuestras habituales celebraciones.

El gesto que vamos a realizar hoy, la imposición de las cenizas, es un gesto comunitario, que pide nuestra presencia. No podemos recibir las cenizas a la distancia. No podemos hacerlo fuera del marco de esta celebración que le da su sentido.

El tiempo de Cuaresma nos llama a la conversión, que puede ser para algunos un total cambio de vida; pero nadie debe sentirse excluido de ese llamado. La conversión no es solo un hecho puntual, por grande que sea; es también un proceso, una progresiva profundización de nuestra vida cristiana.

Cada uno de nosotros tiene sus motivos para pedir perdón. Nadie escapa a la realidad del pecado, lo quiera reconocer o no.
El pecado, en sus muchas formas y en sus muy distintos grados de gravedad, daña, rompe, la relación de cada uno de nosotros con Dios, con sus hermanos, consigo mismo y con la Creación.

Nuestras faltas nos alejan del Padre: rompen o al menos debilitan nuestra filiación, es decir, nuestra relación amorosa de hijas e hijos del Padre Dios.
Dañan, deterioran o aún rompen, nuestra fraternidad, nuestra relación de hermanos y hermanas llamados a vivir en el amor. Destrozan los vínculos de solidaridad.
Nuestras faltas nos dividen interiormente, instalando dentro de nosotros el conflicto de quien quiere servir de corazón al Señor, pero al mismo tiempo se encuentra frente a su debilidad, sus incoherencias, sus caídas.
Nos separan también del resto de la Creación, de este mundo con todas sus otras criaturas, esta casa común que estamos llamados a cultivar y cuidar.
 
Frente a esa realidad de ruptura, de división, que en mayor o menor medida está presente en nuestra vida; frente a esa manera de actuar que va contra el proyecto del Padre, el tiempo de Cuaresma nos llama a acercarnos comunitariamente a Dios, aceptando los caminos que se nos ofrecen para volvernos de corazón a Él y a los hermanos.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos propone tres gestos a realizar “en lo secreto”, que cada uno de nosotros puede hacer de la mejor manera que pueda: privarnos de parte de nuestro alimento y abstenernos también de gustos y ociosidades inútiles; redoblar la oración y compartir nuestros bienes con los hermanos más necesitados.

Aunque realicemos esos gestos en forma privada, esas acciones tienen también una dimensión comunitaria. Las hacemos en cuanto miembros de la Iglesia, del Cuerpo de Cristo, en solidaridad unos con otros y con todos los que en el mundo nos presentan el rostro sufriente del Señor.
En particular, el recibir juntos, públicamente, estas cenizas, como signo de penitencia, nos ayuda a recorrer solidariamente el camino de conversión. Nos hacen sentir que no estamos solos en ese camino, porque no sólo el Señor nos acompaña, sino porque nos invita a recorrerlo como hermanos, como Pueblo suyo, como familia suya a la que Él quiere salvar.

En estos próximos domingos, Jesús nos guiará en este camino, para que en Él venzamos al maligno y crezcamos en fidelidad al proyecto del Padre. Junto a los discípulos, subiremos con Jesús al monte de la transfiguración para contemplar su rostro glorioso y escuchar con Él la voz del Padre. Descubriremos como Jesús, testigo de la misericordia del Padre, nos ofrece un tiempo de gracia para que demos los frutos que su amor nos hace capaces de producir. Escuchando a Jesús podremos regresar a la casa del Padre, dejarnos rodear por su abrazo, por su amor, que nos transforma y nos devuelve el lugar de hijos e hijas que hemos perdido. Finalmente, él nos llamará a tomar conciencia de nuestros propios pecados antes de pretender condenar a quien él no condena, pero le dice “vete y no peques más”.

Que podamos todos aprovechar este tiempo de gracia, encontrándonos a lo largo de esta Cuaresma una y otra vez con el Señor que nos ofrece su perdón, nos da la posibilidad de convertirnos, de renovar en Él toda nuestra vida, para celebrar después su Pascua, como pueblo que ha renacido del agua y de la sangre que brotan de su corazón traspasado. Y en todo este tiempo, no nos cansemos de rezar por la paz. Así sea.

+ Heriberto