MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
53 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2020
LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA:
DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA
1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas
La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que
aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que
contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación
difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos
estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique
el esfuerzo del camino»
[1].
En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos
da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen
insuperables.
Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los
signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una
capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente
a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan
también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la
corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos
hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la
integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la
solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas
inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión,
del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del
ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.
Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a
menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho
tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se
revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de
fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.
Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la
diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad
de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia,
por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen
negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión
de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de
poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al
mismo tiempo alimenta todo esto.
Es paradójico, como señalé durante el
reciente viaje a Japón,
que «nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y
garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad
sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por
envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo.
La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento
de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza
de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de
solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la
interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de
hoy y de mañana»
[2].
Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el
repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la
fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo
vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido,
incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad
ilusoria.
Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en
el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio
altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado
dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones
socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del
hombre y de la creación, en lugar de protegerse los unos a los otros
[3]. Entonces,
¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper
la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica
de desconfianza que prevalece actualmente?
Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre
nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza
recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del
hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad
Los
Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos
de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva
la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones
venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento
indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio
despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para
que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de
dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y
nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que
es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más
fraterno»
[4].
Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones
futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo
para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se
vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para
que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el
camino para las decisiones de paz presentes y futuras.
La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces,
en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto
de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e
incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una
nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.
Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto
los intereses que están en juego en las relaciones entre personas,
comunidades y naciones son múltiples y contradictorios. En primer lugar,
es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y
política. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón
humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para
abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las
comunidades.
El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos,
artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación.
De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un
diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá
de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse
continuamente»
[5], un
camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y
comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El
conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la
escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un
hermano.
Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo.
Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la
memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza
común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la
democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se
basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de
cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua
de la verdad
[6]. Es
una construcción social y una tarea en progreso, en la que cada uno
contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local,
nacional y mundial.
Como resaltaba san
Pablo VI:
«La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de
promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia
de la educación para la vida en sociedad, donde, además de la
información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario
correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los
demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados
por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los
límites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o
del grupo»
[7].
Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el
aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las
herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la
búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el
poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la
capacidad de compasión y solidaridad creativa.
En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliación (cf.
Rm
5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden
justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de
paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza
moral y las obras sociales y educativas.
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna
La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los
profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios
con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y
aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos.
Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que
debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo
eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de
venganza y emprender el camino de la esperanza.
Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo
entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces
tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (
Mt
18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más
profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de
reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón
aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.
Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo
político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas
las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a
menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo.
Como escribió hace diez años
Benedicto XVI en la Carta encíclica
Caritas in veritate:
«La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la
mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las
transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público,
sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a
formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de
gratuidad y comunión» (n. 39).
4. La paz, camino de conversión ecológica
«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos
ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio
despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y
la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos
sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar»
[8].
Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la
falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los
recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el
beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el
bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.
El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a
una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el
presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.
Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del
mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho,
los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma
se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf.
Gn 2,15)
también para las generaciones futuras, con la participación responsable y
activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y
en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida
del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su
Hacedor.
De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva
forma de vivir en la casa común, de encontrarse unos con otros desde la
propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida,
de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen
el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de
incrementar el bien común de toda la familia humana.
Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a
tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del
Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de
compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una
transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y
hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan
rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano,
esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con
Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea»
[9].
5. Se alcanza tanto cuanto se espera[10]
El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.
En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de
creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos
inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor
liberador, ilimitado, gratuito e incansable.
El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es
importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos
hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre
del hijo pródigo (cf.
Lc 15,11-24). La cultura del encuentro
entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que
cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios.
Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a
aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único
Padre celestial.
Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por
el sacramento de la Reconciliación, que el Señor nos dejó para la
remisión de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la
Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a
mantener la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las
del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (
Col
1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros
pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como
hacia la creación.
La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo
recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo
a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Día tras día, el Espíritu
Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en
artesanos de la justicia y la paz.
Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.
Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos
de la tierra, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la
reconciliación, paso a paso.
Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una
existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que
lleva consigo.
Vaticano, 8 de diciembre de 2019
Francisco
[1] Benedicto XVI, Carta enc.
Spe salvi (30 noviembre 2007), 1.
[2] Discurso sobre las armas nucleares, Nagasaki, Parque del epicentro de la bomba atómica, 24 noviembre 2019.
[3] Cf.
Homilía en Lampedusa, 8 julio 2013.
[4] Encuentro por la paz, Hiroshima, Memorial de la Paz, 24 noviembre 2019.
[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, 78.
[6] Cf. Benedicto XVI,
Discurso a los dirigentes de las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 enero 2006.
[7] Carta. ap.
Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 24.
[8] Carta enc.
Laudato si’ (24 mayo 2015),
200.
[9] Ibíd., 217.
[10] Cf. S. Juan de la Cruz,
Noche Oscura, II, 21, 8.