martes, 26 de marzo de 2019

¡Prueben qué bueno es el Señor! (Salmo 33 - Lucas 15,1-3.11-32). IV Domingo de Cuaresma.





Días pasados estuve hablando con la esposa de un matrimonio que tuvo un accidente. Ellos y los otros dos pasajeros del vehículo salieron con algunos golpes, alguna costilla rota, pero nada más. Ella, mujer creyente, me decía “me terminé de convencer que Dios es lo más grande que hay”. En medio de la situación riesgosa que atravesaron, con vuelco incluido, ella no dejó de sentir la presencia y la bondad de Dios.

Es verdad, no siempre percibimos así a Dios, como un Dios bueno. Al contrario de lo que sintió esa señora, muchas personas lo ven más bien como un ser arbitrario, caprichoso, dueño de nuestra vida que dispone de ella como quiere. Cuando pensamos así, en el fondo, estamos proyectando sobre Dios nuestra propia maldad, la maldad humana; pero Dios es Otro; totalmente diferente.
Las lecturas de este domingo nos ayudan a descubrirlo a través de distintas experiencias de la comunidad creyente a lo largo de los siglos.

La primera lectura, del libro de Josué, nos permite contemplar al Pueblo de Dios reunido, celebrando la Pascua por primera vez en la Tierra prometida a ellos por Dios. Han llegado después de 40 años de camino en el desierto, después de haber sido liberados de la esclavitud que sufrían en Egipto. Durante esos cuarenta años se alimentaron principalmente del maná, que recibían de la Providencia de Dios. Ahora, en cambio:
Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día.
En esos primeros días en su tierra, ellos celebran la bondad de Dios que han experimentado; la misericordia de Dios que los ha llevado hasta allí y los sigue acompañando.

Pero la gran manifestación de la bondad de Dios la tenemos en Jesús, muy especialmente en el pasaje del Evangelio que escuchamos hoy.
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»
Jesús se acerca a quienes son habitualmente rechazados como pecadores. Con esa actitud despierta el escándalo de escribas y fariseos. Es en ese contexto que relata la parábola que mejor manifiesta el rostro bondadoso de Dios, el rostro de Dios Padre.
Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.” Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
El hijo menor ofende al padre, despreciando su amor y marchándose de la casa, sin importarle el dolor que provoca. No quiere a su padre. En cambio, el padre sigue amándolo y cada día sale al camino, esperando verlo regresar. Finalmente llega ese día:
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." Y comenzó la fiesta.
El hijo ha vuelto, obligado por el hambre y las circunstancias adversas, pero manifiesta su arrepentimiento, pide perdón y reconoce que ya no puede ser recibido como hijo. Pero el Padre lo abraza y lo besa con cariño y hace que lo vistan, lo calcen y le entreguen un anillo: le devuelve su lugar en la casa como hijo.

Pero la parábola habla de dos hijos… El mayor regresa del campo, oye la música y el ruido de la fiesta y pregunta qué sucede. Los servidores le informan del regreso de su hermano y la alegría de su padre ¿cuál es su reacción?
Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"
El hijo mayor no quiere a su padre ni a su hermano. Ha servido al padre con conducta intachable; pero no por amor, sino esperando su recompensa. La falta de amor se hace evidente porque no comparte la alegría del padre. El padre también quiere a ese hijo. El menor ha vuelto y está en la casa; el mayor ha llegado, está a la puerta, pero no quiere entrar. Frente al reclamo mezquino sobre el gasto de la fiesta el Padre manifiesta:
Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Luego lo invita a participar en la fiesta, por amor a su padre y a su hermano.

¿Entró finalmente el hermano mayor? ¿Se alegró con la alegría del padre? ¿recibió a su hermano? No lo sabemos. El evangelio no lo dice: es un final abierto. Ese final queda como una pregunta a los escribas y fariseos, a los que representa el hermano mayor. ¿Llegaron ellos a ver a Dios como Padre bueno y misericordioso, que se alegra y festeja cuando un pecador se convierte?

Al menos un fariseo -seguramente también muchos otros- dio ese paso y vivió un fuerte encuentro con Jesús. Un encuentro que lo hizo bajarse -más todavía, caerse- de la autosuficiencia sobre la que había construido su vida.
Ese fariseo fue san Pablo, que cuenta como
“sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis compatriotas, superándolos en el celo por las tradiciones de mis padres” (Gal 1,13.14)
“En cuanto a la Ley, fariseo... en cuanto a la justicia de la Ley, intachable” (Fil 3,5.6)
Pablo descubre a la vez su error, su fragilidad y la fuerza de la misericordia de Dios. Habiendo vivido él mismo la experiencia de ser alcanzado por Jesús, que le mostró su misericordia, Pablo siente que es una criatura nueva,
Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.
Hombre nuevo en Cristo, reconciliado con Dios, Pablo nos anima a que nosotros confiemos también en el Padre misericordioso:
Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios.
Gracias amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y que puedan en su vida experimentar su bondad y su misericordia… y si necesitan hacerlo, no demoren en reconciliarse con Dios. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 22 de marzo de 2019

“Señor, déjala por este año todavía” (Lucas 13,1-9). III Domingo de Cuaresma.







Todo aquel que cultiva la tierra espera un momento muy especial: la cosecha, la hora de recoger los frutos. Hay plantas que tienen un ciclo rápido y permiten inclusive recoger más de una cosecha en el año. Hay otras, en cambio, que necesitan un tiempo largo antes de dar sus primeros frutos. Son cultivos que requieren una inversión importante.
Todo cultivo supone muchos trabajos… preparación de la tierra, siembra, riego, combate de malezas y plagas, podas…
Agricultores, quinteros, jardineros: hombres y mujeres que saben de plantas, conocen todos esos trabajos; pero saben también que es necesario tener paciencia. Saber esperar. Se puede hacer todo lo posible para que la planta crezca sana y dé una buena cosecha; pero, en definitiva, el crecimiento y los frutos llegan por sí solos, a su debido tiempo.

La vida humana es como un cultivo. El hombre, la mujer, desean que su vida fructifique; pero los frutos más grandes y permanentes no se obtienen rápidamente. Es necesario mantener vivo el deseo de alcanzar la meta, trabajar con la esperanza de ver esos logros y, sobre todo, adquirir la virtud de la paciencia.

Decía el sabio Aristóteles que la paciencia es “el equilibrio entre emociones extremas”. Es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar las contrariedades y adversidades con fortaleza y sin lamentarse. Es el arte de esperar con serenidad los logros del trabajo en que nos hemos esforzado; pero también esperar otra parte, de esos mismos resultados, que no depende de nosotros. El buen maestro siembra, se esfuerza, da lo mejor de sí; pero de la respuesta de sus discípulos depende también cómo serán los frutos finales.

El evangelio de este domingo nos presenta uno de esos árboles que puede demorar en entregar sus primeros frutos: la higuera. Alrededor de esa planta Jesús construye una parábola que habla de frutos, pero también de paciencia.
Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?"
La higuera no produce higos; pero ése no es el punto de Jesús.
Esta higuera es la imagen de la persona cuya vida no da frutos.
En los evangelios, Jesús utiliza a menudo imágenes de árboles y plantas:
- exhorta a dar "frutos de conversión" (Mt 3,8)
- anuncia que el árbol que no dé frutos "será cortado y arrojado al fuego" (Mt 3,10)
- los indica como criterio de discernimiento: "por sus frutos los conocerán" (Mt 7,16 y ss)
- los presenta como resultado de siembra en tierra buena: "da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta" (Mt 13,23)
- maldice una higuera estéril: "que nunca jamás brote fruto de ti" (Mt 21,19)

¿Por qué esa insistencia en los frutos? Nuestro pensamiento natural es que se produce fruto para nuestro consumo: el fruto se come. Del trigo sacaremos la harina. De los árboles y plantas frutales esperamos recoger y comer los higos, las uvas, las manzanas, los duraznos…

Sin embargo, desde el punto de vista del árbol o de la planta de trigo, el fruto es parte del proceso reproductivo.
La capacidad de comunicar la vida, de generar una vida nueva, es un signo de madurez. El fruto no es solamente algo destinado al consumo de otro; es el portador de la semilla; es el que permite trasmitir la vida, el que hace posible llamar a la vida a otros seres similares.
¿No tendrá que ver con eso los frutos que Jesús nos pide?
Los frutos son el signo de la madurez humana y cristiana, el signo de una vida fecunda, de una vida que engendra, que hace nacer vida en la comunidad cristiana, en los nuevos miembros que se agregan; en aquellos que reencuentran la fe y la esperanza; en quienes hallan que, por fin, alguien los recibe, los escucha, los ayuda; en definitiva, que alguien los ama.

Si vemos nuestra vida “improductiva”, sin frutos, estéril, la parábola de la higuera puede resultarnos amenazante:
Córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?
Pero la parábola no termina allí. El dueño está hablando con el viñador. El viñador es un hombre que conoce las plantas que están a su cuidado. Es verdad, la higuera lleva tres años improductiva; pero él no ha perdido la esperanza. Está dispuesto a seguirla cuidando y a esperar con paciencia:
"Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas."
Estamos en el tiempo de cuaresma, donde Dios espera “frutos de conversión”. Los cuarenta días marcan un tiempo de paciencia de Dios, un Dios “rico de tiempo”, un Dios “rico en misericordia”.
¡Cuántas veces decimos “no tengo tiempo”! y postergamos así decisiones importantes, fundamentales… Dios nos da tiempo, estira los plazos. ¡Tenemos tiempo!

Pero, en este tiempo ¿cómo dar esos frutos que generan vida?
No es posible dar fruto sin morir de alguna manera. Nos dice Jesús:
"En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto" (Juan 12,24).
Se trata de ver, entonces, a qué morir: qué es lo que tenemos que podar, que cortar, que abandonar en nuestra vida para hacerla productiva, para dar verdaderos frutos para el Reino de Dios.

Jesús ha dado su vida para dar mucho fruto y ese fruto somos nosotros, llamados ahora a dar nuestro propio fruto, en unión con Jesús. Él nos dice:
"Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar frutos por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes, si no permanecen en mí" (Juan 15,4)
Amigas, amigos, pidamos al Padre Dios que dirija nuestros corazones y nos ayude a vivir en el amor a Él y a nuestro prójimo, para que demos frutos que permanezcan. Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 13 de marzo de 2019

«Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas.» (Génesis 15, 5-12.17-18; Filipenses 3,17-4, 1; Lucas 9,28b-36). II Domingo de Cuaresma.







Las luces de la ciudad no nos dejan ver mucho del cielo estrellado. Una noche en el campo, bajo un cielo despejado, nos permite ver el firmamento. En nuestro hemisferio sur no solo vemos la Cruz del Sur o las Tres Marías, sino diversas constelaciones, miles de estrellas desperdigadas y esas nebulosas formadas por millones de estrellas lejanas: la Vía Láctea, las Nubes de Magallanes… un espectáculo que invita a contemplar y soñar.
Hace cuatro mil años, un hombre anciano, sin hijos, contemplaba las estrellas, incontables, imaginándose padre de una inmensa multitud…
Dos mil años después, un hombre habla con otros dos acerca de su éxodo, es decir, de su partida hacia una nueva realidad…
Pocos años más tarde, otro hombre contempla el firmamento y escribe a sus amigos diciéndoles que son ciudadanos del cielo…

De esta forma podríamos introducir las lecturas de este segundo domingo de cuaresma: como una invitación a soñar con lo que parece imposible, con una meta que está completamente fuera de nuestro alcance, como las estrellas… una meta que solo podremos lograr si nos es dada, porque no está en nosotros la capacidad de alcanzarla.
Dios llevó a Abram afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas.» Y añadió: «Así será tu descendencia.»
Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.
Así comienza la primera lectura, del libro del Génesis (15, 5-12. 17-18). Abram, que luego recibirá el nombre de Abraham, ha respondido al llamado de Dios. Ha dejado su tierra “sin saber a dónde iba” (Hebreos 11,8). Camina en la oscuridad de la fe, pero en esa oscuridad brilla la luz de la promesa representada en las estrellas. Abraham tendrá dos hijos, cuando llegue el momento, pero será sobre todo el “padre de los creyentes”, reconocido como tal por las tres grandes religiones monoteístas: judíos, musulmanes y cristianos. ¿Qué es lo que lo hace “padre de los creyentes”? Abraham no ha llegado a la fe como resultado de su búsqueda de lo trascendente; mucho más que eso, Abraham se ha dado cuenta de que hay una iniciativa de Dios, que viene al encuentro de los hombres, que quiere entrar en relación con ellos bajo la forma de una alianza. Una alianza que comienza con el mismo Abraham, que cree en la promesa de Dios.

Siglos después, por aquellas mismas tierras, marcha Jesús con sus discípulos hacia Jerusalén. Él les ha dicho que allí
«El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lucas 9,22).
El anuncio de Jesús ha sumido a los discípulos en la oscuridad. Marchan tras su maestro sin saber a dónde van. En ese camino entre sombras, llega una luz sorprendente:
Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
Es la transfiguración de Jesús. Así Jesús revela que, por la pasión, llegaría a la gloria de la resurrección. La blancura fulgurante de su vestimenta lo muestra revestido, en forma anticipada y pasajera, de esa gloria pascual que alcanzará a través de la cruz.
Si esa transformación que vive Jesús no fuera suficiente, está allí también el testimonio de la Ley y los Profetas, representados en dos personajes de la Primera Alianza:
dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Los dos aparecen también revestidos de gloria, porque están ya en la presencia de Dios.
“Hablaban de la partida de Jesús”, es decir de su éxodo.
Siglos atrás, Moisés fue el guía elegido por Dios para guiar a su Pueblo durante 40 años de camino por el desierto, el éxodo desde Egipto hasta la Tierra Prometida, desde la esclavitud hacia la libertad.
Elías fue el profeta que debió sufrir por Dios y por su pueblo antes de ser llevado para participar de la gloria divina.
Con su presencia, ambos confirman que Jesús va a Jerusalén para vivir su propio éxodo, su Pascua definitiva: paso de la muerte a la vida, de la humillación a la exaltación.

La fe de Abraham, nuestro padre en la fe; la Pascua de Jesús vislumbrada en la transfiguración, nos ayudan a caminar en medio de nuestra propia oscuridad. Cuando muchos no ven en el mundo más que sombras y amenazas, cuando algunos se decepcionan y desconfían, san Pablo hace brillar para nosotros la luz de una gran esperanza.
Desde las sombras de su prisión y sus cadenas, Pablo escribe a la comunidad de Filipos, comunidad pequeña y humilde, pero grande en la fe y en el cariño fraterno:
Hermanos:
Nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
Por eso, hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor.
Perseverar caminando, porque no se trata de quedarse allí, como pide Pedro en el momento en que la escena que ha visto está llegando a su fin:
Mientras [Moisés y Elías] se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Jesús, Moisés y Elías han hablado de partida. Pedro habla de acampar, de quedarse… quiere prolongar ese momento… no acepta la partida de Jesús, no acepta el viaje hacia la cruz. Pedro todavía está en la oscuridad. Necesita aún ser iluminado:
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.»
Sigamos también nosotros nuestro camino de fe, con los ojos fijos en Jesús. Sigamos atentos a su Palabra y busquemos vivirla cada día.

Amigas y amigos, gracias por su escucha. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Jesús vence al tentador (Lucas 4,1-13). I Domingo de Cuaresma.




¿Qué es aquello que nos hace a los hijos sentirnos realmente amados por nuestros padres?
Una vez una mujer me confió que, aunque conocía a su madre biológica y mantenía relación con ella, la persona que ella conoció y sintió siempre como madre fue la tía que la crió desde muy pequeña. “Para mí -me decía ella- mi madre fue mi tía, porque fue la persona que me quiso como soy, a pesar de todo, a pesar de mis defectos. A la que es mi madre, la que me dio a luz, la conozco y todo bien… bien, siempre que yo me mueva según sus reglas”.
La experiencia de esa mujer fue la de encontrar un amor gratuito, un amor incondicional. Podríamos pensar que eso de “me quiso como soy” podría haberla llevado a ser una persona caprichosa, manipuladora, que aprovechaba ese cariño para sacar de allí lo que quisiera… pero no fue así. Esa experiencia de amor hizo crecer en ella la capacidad -una gran capacidad- de amar y darse, tal como había sido amada y recibida.

Dios compara muchas veces su amor por sus criaturas -por nosotros- con el amor de una madre. Más aún, asegura que, si hubiera una madre capaz de olvidar a sus hijos, Él no nos olvidaría (Isaías 49,15). En cambio, somos nosotros, muchas veces, los que olvidamos al Padre o, tal vez, no lo hemos encontrado, no hemos conocido o no hemos reconocido su rostro de amor y de misericordia.

El miércoles pasado, miércoles de ceniza, comenzamos el tiempo de Cuaresma. 40 días de preparación a la Pascua, la celebración de la muerte y resurrección de Jesús, centro de la fe cristiana.
Cuarenta días, a los que hay que sumar los domingos, no comprendidos en los cuarenta, en que Dios sale a nuestro encuentro para invitarnos a descubrir o redescubrir nuestra filiación: tomar nuestro lugar de hijos e hijas suyos, reconociéndolo como Padre. Al mismo tiempo, descubrir o redescubrir la fraternidad: reconociendo a Dios como Padre, vivir fraternalmente, mirando a cada persona como hermana y tratándola como tal.

El proyecto de Dios tiene un adversario: Satanás, el diablo, nombre que significa “el que divide”. Este domingo leemos en el evangelio el relato de las tentaciones por las que Jesús pasó. El maligno, el que siembra división, va a intentar inútilmente quebrar el vínculo filial de Jesús con su Padre Dios lo que, al mismo tiempo, quebraría la relación con los hombres y mujeres de los que el Hijo de Dios, por su encarnación, se ha hecho hermano.

El pan.

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.» Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan.»
Llegado el momento, Jesús alimentará con cinco panes y dos peces a una multitud hambrienta. Hará que esa pequeña cantidad de alimento que le han entregado se multiplique. No transforma piedras en pan ni siquiera para alimentar a la gente; no digamos ya para alimentarse a sí mismo. Multiplica, en cambio, lo que se le ofrece: multiplica la fraternidad, contenida en esa ofrenda pequeña, sí, pero generosa.
La respuesta de Jesús a Satanás está en la Palabra de Dios: el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Es el mismo Jesús que dirá después:
“la vida vale más que el alimento (…) fíjense en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que las aves!” (Lucas 12,23-24).
Satanás ha sido insidioso desde sus primeras palabras: “si tú eres el Hijo de Dios…” Jesús reafirma su filiación manifestando su confianza en el Padre que lo alimenta -y nos alimenta hoy- con el Pan de su Palabra y el pan de cada día.

El poder:

Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá.» Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»
La tierra de Jesús ha estado bajo el yugo de numerosos imperios. Asirios, babilonios, persas, macedonios, seléucidas y romanos hicieron de Palestina una de sus provincias. El padecimiento de siglos de dominación puede resumirse en las palabras de Jesús:
“Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos” (Lucas 22,25).
Ahora el tentador le ofrece el poder sobre todos los reinos de la Tierra, con la condición de postrarse y adorarlo. Jesús responde nuevamente citando la Sagrada Escritura
«Adorarás al Señor, tu Dios, y solo a él rendirás culto.»
Frente al tentador, Jesús ha vuelto a afirmar su filiación, no solo como hijo eterno del Padre, sino como hombre, hermano nuestro.
Antes de entrar en su pasión, Jesús dirá a sus discípulos:
“que el mayor entre ustedes sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve… yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lucas 22,26-27)
Haciendo de su autoridad servicio, Jesús nos llama a hacer lo mismo, construyendo fraternidad.

El éxito espectacular e inmediato:

Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.»
Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.»
Nuevamente “si tú eres el Hijo de Dios”. Otra vez la filiación cuestionada. Jesús no necesita poner a prueba a su Padre. Él sabe quién es y sabe en quién tiene puesta su confianza. Cuando Jesús llegue a Jerusalén, no subirá al templo sino al Gólgota, para ser levantado en la cruz. Él ha venido a hacer la voluntad del Padre y Jesús hace suya esa voluntad, dando la vida por sus hermanos.

Que el camino de Cuaresma nos ayude a crecer en nuestra filiación y nuestra fraternidad. En nuestra conciencia de ser hijos de Dios y hermanos y hermanas entre todos nosotros. Que practicando la oración, la moderación y la solidaridad podamos afrontar las insidias del espíritu del mal, animados por Jesús que ha vencido al tentador.

Amigas y amigos, gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y les ayude a vivir un rico y fecundo tiempo de Cuaresma. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 28 de febrero de 2019

“¿Puede un ciego guiar a otro ciego?” (Lucas 6,39-45). VIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.







En el variado mundo de las organizaciones hay diferentes tipos de líderes. Están aquellos que concentran en sí mismos toda la autoridad y no permiten que nadie discuta sus decisiones; otros, en cambio, delegan responsabilidades, dejan a sus subordinados un gran espacio de autonomía y solo intervienen cuando algo realmente no funciona.
Hay líderes que dan una gran participación a sus colaboradores en las decisiones, logrando así más convicción a la hora de realizar lo decidido entre todos. Otros buscan asegurar el cumplimiento de las tareas a través de negociaciones, de intercambios de beneficios entre el líder y sus seguidores.
Detrás de todo liderazgo debe haber, o tendría que haber, una visión: la meta, los propósitos, los objetivos… aquello que la organización quiere llegar a HACER y lo que quiere llegar a SER. Cuando un líder tiene una visión atrayente, motivadora y logra que sus seguidores la compartan con entusiasmo, es posible que el emprendimiento, del tipo que sea, produzca buenos frutos.

El mundo está lleno de “visionarios”; personas que nos piden que les dejemos liderar nuestra vida, al menos en alguno de sus planos: espiritual, psicológico, económico, político o social… compiten en presentarnos su visión, sus ofertas… Muchas veces, lo que ofrecen es atrayente. Parece responder a nuestras necesidades más profundas; pero muchos no nos inspiran confianza.

Jesús de Nazaret apareció como un líder al que sus doce discípulos siguieron con una gran adhesión. Los primeros, cuatro pescadores, salieron tras de él en cuanto les dijo “síganme”. Dejaron todo atrás para seguir a Jesús.
Pasado ese primer momento de entusiasmo y ya completado el grupo de los Doce, los discípulos comenzaron su aprendizaje en el seguimiento de Jesús.

Los Doce estaban siempre con Él. Lo acompañaban a todas partes. Presenciaban sus acciones: curación de enfermos, expulsión de demonios; escuchaban su predicación: sus parábolas, sus discursos, sus dichos cortos e incisivos. Todo eso fue quedando grabado en su corazón. Los evangelios pueden darnos la impresión de que Jesús decía las cosas una sola vez; sin embargo, es más que probable que repitiera sus enseñanzas ante diferentes audiencias. De este modo los discípulos, escuchando una y otra vez, fueron memorizando el mensaje del Maestro.

Jesús no buscó formar un club de fans, atentos y curiosos, que lo siguieran a todas partes, ansiosos de novedades. Jesús llamó a los Doce para participar en un proyecto, el más formidable y desmesurado que pueda haberse presentado jamás: el proyecto de amor y de salvación de Dios, la reconciliación en Dios de toda la humanidad. Jesús llamó a sus discípulos “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Marcos 3,14). Como parte de su formación, los enviaba en misión, de dos en dos, a pueblos y aldeas. Llegará el día en que Jesús, ya resucitado, los enviará a anunciar el Evangelio a todas las naciones de la Tierra.

En su camino con Jesús, los discípulos fueron creciendo. Fueron depurando expectativas erradas, para comprender y asumir la visión de Jesús. Les costó abandonar la tentación del poder, pero entraron en el camino del servicio, para llegar un día, como el Maestro, “a servir y a dar la vida”. Aprendieron a formar comunidades de seguidores de Jesús, donde cada uno podía encontrar su dignidad de hijo o hija de Dios y participar también en la misión.

Desde esta perspectiva, pensando en la formación que Jesús quiso y quiere dar a sus discípulos de todos los tiempos, podemos escuchar y entender este pasaje del evangelio del domingo:
Jesús les hizo también esta comparación: ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?
El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.
El discípulo de Jesús debe ser capaz de orientar a otros hacia Jesús, no hacia sí mismo. El punto de referencia, el centro, es siempre Jesús. Quien pierde esa referencia queda ciego: no reconoce a Jesús, no comparte su visión. Jesús llama a los fariseos “guías ciegos” porque no ven: no reconocen la intervención salvadora de Dios que se está dando a través de Jesús. Ellos están preocupados de sí Jesús cumple o no la ley, de si respeta el sábado o no. Les molesta que Jesús cure en sábado; no les interesa el bien que Jesús está haciendo a las personas que han acudido a Él. A través de las acciones de Jesús, Dios manifiesta su misericordia hacia personas despreciadas y marginadas, a las que levanta de su miseria y devuelve su dignidad de hijos de Dios. Los fariseos están dentro de un pozo. Sólo ven su propio proyecto de presunta perfección, aquella que los hace llamarse a sí mismos “separados”, que es lo que significa “fariseos”.
¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «hermano, deja que te saque la paja de tu ojo», tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano!
Jesús percibe en sus discípulos la tentación del fariseísmo, por eso advierte contra la actitud de quien juzga al hermano por hechos minúsculos y, en cambio, no ve la gravedad de su propia conducta egoísta. Sacarse la viga del ojo significa examinarse constantemente, evaluar la propia conducta, reconocer los propios pecados y pedir perdón.

Mirando de nuevo a los distintos tipos de líder, y no pensando solamente en quienes tienen alguna forma de ministerio en la comunidad cristiana, dejo la conclusión a un educador estadounidense, Parker Palmer. El escribió estas líneas que invitan a cualquier persona que tenga la misión de liderar o guiar a otros a reconocer la gran responsabilidad que tiene en sus manos y a cuidar de sí mismo para que su servicio dé frutos buenos.
Un guía es una persona con una inusual capacidad de proyectar sobre otra gente su propia sombra o su propia luz.
Un guía es una persona con una inusual capacidad para crear las condiciones bajo las cuales la gente debe vivir, moverse y existir: condiciones que pueden ser tan luminosas como el cielo o tan sombrías como el infierno.
Un guía es una persona que tiene que tomar una especial responsabilidad sobre lo que se va dando dentro de su ser, dentro de su conciencia, no sea que su acción de guiar provoque más daño que bien.
Todos, en mayor o menor medida, tenemos una responsabilidad, en cuanto lo que somos y lo que hacemos es, por lo menos, ejemplo y guía para algunos. Busquemos siempre en Jesús esa luz que nos conduzca y nos haga capaces de hacer luminosa nuestra vida y la vida de los demás.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 22 de febrero de 2019

Amen a sus enemigos (Lucas 6,39-45)




Dicen los que saben de cine que hay más o menos 21 argumentos que se pueden considerar “universales”. Cambian los personajes y algunas circunstancias, pero, en la base, la historia es la misma. Tal vez uno de los argumentos que aparece más frecuentemente es el de las historias de venganza. Creo que no es necesario pensar mucho para recordar al menos los títulos de algunas de esas películas y escenas llenas de violencia, primero de los agresores y luego de los vengadores. En cambio, no me es tan fácil recordar títulos de historias de perdón y reconciliación… generalmente son relatos de vida familiar, de reconciliación entre cónyuges, padres e hijos, hermanos, amigos… difícilmente aparece el perdón o la reconciliación con alguien ajeno o extraño.

La primera lectura de este domingo nos ofrece una escena que podríamos calificar como “de película”. La encontramos en el Primer libro de Samuel. David es un joven héroe que se ha hecho muy popular entre su gente, sobre todo después de haber matado al gigante Goliat. Sin embargo, sus hazañas han hecho caer sobre él la envidia del rey Saúl, que comienza a perseguirlo para matarlo. David escapa con un grupo de compañeros. Una noche, el grupo se encuentra muy cerca del campamento del ejército del rey. Se acercan sigilosamente y descubren que todos duermen profundamente. Con mucha audacia, David y los suyos llegan hasta donde duerme Saúl, al descampado. En la cabecera del rey está su jarro de agua y su lanza clavada en la tierra. Entonces Abisai, uno de sus hombres, le dice a David:
«Dios ha puesto a tu enemigo en tus manos. Déjame clavarlo en tierra con la lanza, de una sola vez; no tendré que repetir el golpe»
La oportunidad es única. Así David destruiría a su enemigo y posiblemente podría ocupar su lugar como rey. Pero no quiere hacerlo. En cambio, se lleva la lanza y el jarro de Saúl. Ya lejos del campamento, David grita:
«¡Aquí está la lanza del rey! Que cruce uno de los muchachos y la recoja. El Señor le pagará a cada uno según su justicia y su lealtad. Porque hoy el Señor te entregó en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».
Esta historia de perdón al enemigo nos da una clave para interpretar el evangelio de hoy. Jesús ha predicado el amor al prójimo. No trae en eso ninguna novedad respecto a las escrituras antiguas que él mismo cita:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Levítico 19,18 – Lucas 10,27)
Ahora Jesús quiere abrir este amor al prójimo a una dimensión nueva:
Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.
Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman.
Palabras fuertes de Jesús… pero él no se quedó en las palabras. Recordábamos hace poco su perdón a quienes lo crucificaban:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34)
¿Qué hacer con estas palabras de Jesús? ¿Cómo ponerlas en práctica?
La enemistad es un sentimiento fuerte y movilizador. Consume mucho tiempo y energía. Cuando se le suma el deseo de venganza, el efecto es terrible.

El amor al enemigo comienza por la renuncia a la venganza. No sólo a una acción vengadora, sino también al pensamiento, a la imaginación de formas y caminos de venganza. No hay que alimentar el odio ni el resentimiento.
La renuncia a la venganza no es la renuncia a la justicia. Hay situaciones que, por su gravedad y por sus implicancias tienen que ser reparadas; pero, al mismo tiempo, es importante -tal vez lo más importante- el ir sanando interiormente del daño recibido.

Perdonar es un paso más largo. Es el resultado de un proceso. Sólo un alma grande puede hacerlo en un acto único y espontáneo, como Jesús en la cruz. En este proceso necesitamos crecer en sensibilidad, en capacidad de comprensión.

“Errar es humano, perdonar es divino… que te perdone Dios: yo no”.
Lo he oído más de una vez. Sin embargo, perdonar no solo es divino: también es humano.
No es el odio ni el deseo de venganza lo que nos hace más humanos, sino el respeto a la dignidad del otro y el perdón.

Para quienes somos creyentes, la base del perdón está en nuestra fe.
En la oración que Jesús nos enseñó pedimos cada día:
“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”
La experiencia del perdón de Dios es lo que nos ayuda a perdonar.
«Perdónense unos a otros como Dios los ha perdonado en Cristo» (Efesios 4, 32).
dice San Pablo. Sin esa experiencia de perdón, es muy difícil entender y más aún practicar las palabras de Jesús: “amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian…”

El perdón es un acto interior. La reconciliación ya es otro paso. La reconciliación significa que ese perdón, que se ha dado interiormente, se comunica a quien lo pide y lo quiere recibir. A veces significa perdonarse mutuamente, como decía san Pablo.

¿Qué supone pedir perdón, de verdad, para que el perdón pueda ser dado y recibido?

Ante todo, un reconocimiento.
Reconocimiento de la totalidad del mal que se ha hecho; no una parte, no un “esto sí, pero esto no…” Si sucedió, sucedió. Hay que aceptarlo, reconocerlo y no seguir negándolo.
Reconocimiento de la voluntad de ofender, de engañar, de agredir, de abandonar… Todo eso no sucedió “sin querer”, “obligado por las circunstancias”. Fue hecho con conciencia y voluntad o al menos con negligencia. Hay culpa y no cabe la “dis-culpa”, el “yo no tengo la culpa”.

Un segundo paso es el arrepentimiento.  Es diferente. Se puede reconocer cínicamente todo el mal que se ha hecho, pero agregar un “y te lo volvería a hacer”. Entonces, de arrepentimiento, nada. El arrepentimiento mira hacia lo que pasó, y es el profundo deseo de haber actuado de forma diferente, de no haber hecho mal.

Finalmente, la mirada hacia adelante es el propósito de cambiar, el deseo firme de corregir la manera de conducirse, para que no se repitan las cosas que se dieron. En algunos casos, no basta que esto sea un buen propósito. A veces es necesario buscar ayuda para que ese cambio, una verdadera conversión, se sostenga. Puede ser ayuda espiritual y aún técnica, psicológica.

Reconocimiento, arrepentimiento y propósito de cambiar son también las condiciones para recibir el perdón a través del sacramento de la Reconciliación o de la confesión. Con ese perdón viene también la ayuda de la Gracia, la ayuda del Espíritu Santo.

“Nada volverá a ser como antes”. Para que ese cambio sea para bien, renovemos la confianza en Dios, que mueve los corazones para que se dispongan a la reconciliación; que hace posible que el amor venza al odio, que la venganza deje paso a la indulgencia y que la discordia se convierta en amor mutuo.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Bienaventurados (Lucas 6,12-13.17.20-26). VI Domingo del Tiempo Ordinario.







Macario es un nombre poco común… ¿y el femenino, Macaria? aún menos... ¿pero si digo “Macarena”? Ahí ya encontramos un nombre más conocido.
¿A qué viene todo esto o, mejor dicho, de dónde viene?
Makario es la palabra griega que se traduce como “bienaventurado” o también como “dichoso”, “feliz”. Macarena, referido a una advocación mariana muy fuerte en Andalucía, significa "Bienaventurada".

Los Evangelios de Mateo y de Lucas nos presentan dos versiones de un discurso de Jesús conocido como las bienaventuranzas, porque “bienaventurados”, makaroi en griego, es la primera palabra de cada frase. Según Mateo, Jesús habla desde una elevación (por eso se dice “sermón del monte”, mientras Lucas ubica el discurso en una llanura. La versión de Mateo es más larga: ocho bienaventuranzas, mientras Lucas presenta solo 4, aunque les contrapone en paralelo 4 lamentaciones (“¡Ay de ustedes los que…”!). No son “maldiciones”, pero sí fuertes advertencias sobre aquello en lo que no hay que caer. En Mateo, Jesús habla a la multitud y lo hace en tercera persona: “bienaventurados los que…”. En Lucas, Jesús, con la multitud delante, dirige sus palabras a sus discípulos: “bienaventurados ustedes, que…”

Leamos las palabras de Jesús en el evangelio de Lucas:
«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»
El domingo pasado decíamos que cada persona que viene a este mundo tiene una vocación, que cada vida tiene un propósito y que encontrarlo y realizarlo nos da una felicidad profunda. Profunda, porque no nos la arrebatan las contradicciones ni las adversidades.
Hoy escuchamos a Jesús hablar de bienaventurados, felices… el anhelo de felicidad está en el corazón de cada persona. Todos deseamos ser dichosos y eso es lo que, de una manera o de otra, estamos buscando cada día de nuestra vida. Pero ¿qué es lo que buscamos, exactamente? ¿Cómo definir esa felicidad? Lo que sentimos es que se trata de algo que nos falta, algo que todavía no poseemos, algo que no hemos alcanzado plenamente, aunque vivamos momentos felices que lo anticipan y nos lo hacen gustar.

¿Cuál es el mensaje de las bienaventuranzas? ¿Qué eco provocan en nosotros? Sin duda, tienen algo de desconcertante, de paradójico, con sus fuertes contrastes, a contrapelo de los mensajes que podemos escuchar desde otra mentalidad o desde tantos anuncios publicitarios… los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos… ¡felices! ¿No son acaso felices los que tienen bienes en abundancia, los que están satisfechos, los que ríen, los que son reconocidos y elogiados por todos? Y sin embargo, a ellos Jesús les dice “¡Ay de ustedes…!”

Sin embargo, las bienaventuranzas encierran una promesa, una respuesta al anhelo que está en el fondo de nuestro ser. Si los contrastes nos desconciertan, la promesa nos atrae y nos abre la esperanza de encontrar un día la felicidad auténtica. Las bienaventuranzas son el gran llamado a la felicidad en el seguimiento de Jesús. Mateo coloca a Jesús en la altura para que ese escenario evoque a Moisés, bajando del monte Sinaí con las tablas de la Ley, los diez mandamientos.
A continuación de las bienaventuranzas, Mateo continúa el discurso de Jesús explicando los mandamientos: no se trata de abolirlos, sino de llevarlos a su plenitud, de cumplirlos en profundidad. Las bienaventuranzas, precisamente, ayudan a quien quiere seguir a Jesús y vivir la ley de Dios según su enseñanza.

Para entender las bienaventuranzas, nos ayuda el Papa Francisco, en su reciente visita a Abu Dabi:
Miremos cómo vivió Jesús: pobre de cosas y rico de amor, devolvió la salud a muchas vidas, pero no se ahorró la suya. Vino para servir y no para ser servido; nos enseñó que no es grande quien tiene, sino quien da. Fue justo y dócil, no opuso resistencia y se dejó condenar injustamente. De este modo, Jesús trajo al mundo el amor de Dios. Solo así derrotó a la muerte, al pecado, al miedo y a la misma mundanidad, solo con la fuerza del amor divino. 
¿Por qué son dichosos los discípulos de Jesús, a quiénes Él dirige sus palabras? Detengámonos en las promesas: la primera es el Reino de Dios, la entrada en la vida misma de Dios. A sus discípulos, Jesús les dice que el Reino ya les pertenece y que ellos pertenecen al Reino desde ahora. “Serán saciados…” ¿Saciados por quién? Esa voz pasiva, serán saciados, esconde la acción de Dios. La justicia de Dios hará que sean saciados, que encuentren la verdadera alegría, que reciban la recompensa de todos los justos que los precedieron y que sufrieron también persecución por causa del Reino de Dios.

Las bienaventuranzas hablan de una justicia de Dios, que enaltece al que ha sido humillado injustamente, al que ha sido despreciado y descartado y, por otra parte, humilla a quienes se confiaron en su poder y en sus riquezas, se olvidaron del prójimo y no pusieron su confianza en Dios. En la primera lectura, el profeta Jeremías proclama:
¡Maldito el hombre que confía en el hombre
mientras su corazón se aparta del Señor!
Y en cambio, declara:
¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!
Amigas, amigos… no desconfiemos del amor de Dios. Pongamos nuestra confianza en Él y en sus promesas. Acerquémonos a Jesús de corazón. Él llama a todos a estar con Él, a seguirlo en el camino de nuestra vida. Contemplemos a María, su Madre, la bienaventurada, la Macarena. Leamos con ella las bienaventuranzas: contemplémosla en su humildad, en su pobreza, en su llanto… contemplémosla en el Reino, compartiendo la vida de su Hijo, intercediendo por nosotros. Con ella, sigamos el camino de Jesús.

Gracias por su lectura. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

Mons. Roberto Cáceres: la vida luminosa de un hombre de esperanza




Mons. Roberto tuvo una vida larga, pero, sobre todo, plenamente vivida. Desde niño sintió el llamado al sacerdocio, alentado por una familia que recibió y apoyó esa vocación como un don de Dios no sólo para su hijo y para la Iglesia, sino para ellos mismos.

En sus años de Seminario, llegó circunstancialmente a Melo para participar del Congreso Eucarístico Diocesano convocado por Mons. Paternain en 1944. Tenía entonces 23 años. Al año siguiente, el 15 de julio, fue ordenado sacerdote para la arquidiócesis de Montevideo.

Siempre recordó con cariño aquella primera visita que un día adquiriría para él otro relieve, porque fue su primera presencia en medio de un pueblo al que ya estaba destinado, aunque nadie, mucho menos él mismo, lo supiera o lo presintiera entonces. 

Sus años de sacerdote lo fueron llevando por las parroquias de Canelones y Paso Molino y en la asesoría de la Acción Católica, acompañando a los laicos en su compromiso en el mundo. A fines de 1950 fue nombrado primer párroco de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en la Cruz de Carrasco, donde estuvo más de once años y donde ha seguido siendo querido y recordado por los fieles.

Y desde allí, a Melo. El mismo ha contado muchas veces su conversación con el Sr. Nuncio de la época, Mons. Forti, sobre su lema episcopal.

El nuncio le preguntó si ya había elegido un lema y Mons. Roberto le dijo que no, porque no pensaba hacer escudo… “¡cómo que no!”, le dijo el Nuncio y le insistió en que debía hacerlo. Entonces Monseñor le dijo: “bueno, si tengo que hacer escudo, que sea una simple cruz”. Es el escudo que todos conocemos. Pero faltaba el lema; entonces el Nuncio empezó a sugerir: “In cruce salus”, “en la cruz está la salvación”. Monseñor Roberto le explicó que en ese tiempo había una propaganda del agua Salus, que decía Salus shshshsh. El Nuncio siguió pensando: “Per crucem ad lucem”, “de la cruz a la luz”; Monseñor le dijo: “estoy en la Cruz de Carrasco… la gente va a decir ‘este se va del barrio y se va a la luz’”. El Nuncio se quedó un momento en silencio, pero no se le ocurrió otra cosa. Mons. Roberto tenía pensado un lema, recordando la historia de David y Goliat. David le dice al gigante: “tú vienes a mí con tus armas; yo voy a ti in nomine Domini, en el Nombre del Señor”. Pero ahí no dijo nada. Unos días después, el Nuncio lo llama para decirle que en Melo había un ambiente adverso, como de desconfianza, porque venía pasando un Obispo detrás del otro, los nombraban, estaban un corto tiempo y los trasladaban. El Nuncio lo invitó a comer para animarlo, pero Mons. no estaba afligido. Comprendía la inquietud de la gente, pero él era un hombre joven y estaba entusiasmado con su nueva misión. El Nuncio, sin embargo, seguía preocupado, pero le dijo: “usted vaya tranquilo, vaya In Nomine Domini”. Entonces Mons. Roberto le dijo: “justo: ése es el lema que yo había elegido”.

El 19 de marzo de 1962 recibió la ordenación episcopal y el 8 de abril asumió la conducción del Pueblo de Dios en estas tierras arachanas y olimareñas. Vino “en el nombre del Señor”, como David frente a Goliat, aunque sin ningún espíritu bélico.

En setiembre de ese mismo año fue llamado a participar en el gran acontecimiento de la Iglesia Católica en el siglo XX: el Concilio Vaticano II.

Estuvo en sus cuatro sesiones, íntegramente, sin perder ningún momento de reunión ni celebración. “Cero faltas”, como él decía alegremente.

Pero no solo estuvo presente. Estuvo activamente presente. Luego de las sesiones, había reuniones espontáneas de obispos, charlas de teólogos, debates… allí estuvo también. Él decía que el Concilio había sido su escuela de Obispo.

A través de La Voz de Melo fue presentando enfoques de la enseñanza del Concilio, esos Enfoques que luego se hicieron los “Enfoques Dominicales” que siguió entregando hasta hace pocos años y que ahora tengo el honor de continuar.

De las enseñanzas del Concilio, Mons. Roberto tenía algunas que se volvieron sus temas favoritos. No perdía ocasión de volver sobre ellos: la Iglesia como Pueblo de Dios[i], formada por todos los bautizados; el sacerdocio común de todos los fieles[ii], capaces de hacer cada día la ofrenda de su vida a Dios; la vocación universal a la santidad[iii], que no es sólo para gente extraordinaria sino para todos, para vivirla en la vida de cada día. A Mons. Roberto le hubiera gustado mucho la reciente encíclica del Papa Francisco que nos habla de “los santos de la puerta de al lado”[iv].

Con el bagaje conciliar, sumado a su experiencia previa de párroco, fue metiéndose en la vida de la Iglesia y de la gente de Cerro Largo y Treinta y Tres, haciendo suyos “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias”[v] de todos ellos.

Después de dos obispos que pasaron un poco rápidamente, él se quedó con nosotros 34 años como obispo diocesano y luego, como obispo emérito, 20 años más en la ciudad de Treinta y Tres y en los tres últimos años en el Hogar Sacerdotal, en Montevideo.

Hombre de radio, no perdió la oportunidad de hacerse presente por ese medio en todos los espacios que se le abrieron generosamente. Su voz, su expresión, su manera de narrar o aún de teatralizar situaciones para explicarse mejor, eran inconfundibles. También son reconocibles sus líneas en la revista diocesana COMUNIÓN, donde no se olvidaba de consignar y los cumpleaños, aniversarios, viajes, fallecimientos de sus diocesanos, consigna siempre acompañada de alguna palabra de afecto.

Por su edad, Mons. Roberto perteneció a la llamada “generación del ’45”, esa generación a la que pertenecieron, entre otros, intelectuales y artistas como Carlos Maggi, Ángel Rama, Carlos Real de Azúa, Mario Benedetti, el melense Emir Rodríguez Monegal, Ida Vitale, Idea Vilariño, nacidos alrededor de 1920. Gente brillante.

El brillo es el intenso destello de la luz. Aparece muchas veces en la erudición o en la eficiencia y ejecutividad de las acciones… el brillo atrae, pero a veces molesta, hace que apartemos los ojos. Y él no quería molestar a nadie.

Mucho más que una persona brillante, él fue una persona luminosa. A él le cabe bien la expresión con que Louis de Wohl[vi] describiera a Santo Tomás de Aquino: el portador de “una luz apacible”, la luz de Cristo, luz del mundo. Mons. Roberto puso en práctica sin esfuerzo, de una forma natural, la palabra de Jesús: “ustedes son la luz del mundo”, “brille así su luz ante los hombres”.
De muchas formas se manifestaba esa luz apacible. Mencionaré dos:

-          Su manera de acercarse a los demás. ¡Cuántas veces lo vi sentarse junto a completos desconocidos -el taxista, un compañero de asiento- y en pocos segundos entablar animada conversación!
-          Su manera de ver la realidad: ver el bien, ver el lado luminoso, aún en medio de las catástrofes. En él se hacía realidad el proverbio bíblico:
“Una mirada luminosa alegra el corazón; una buena noticia reanima el vigor” (Proverbios 15,30)

Algunos decían que era un hombre optimista. Un hermano Obispo llegó a decirle, bromeando “vos estás enfermo de optimismo”. Yo creo que él no era un optimista, sino algo mucho más profundo. Era un hombre de esperanza. Un hombre que supo ponerse en todo momento en manos de Dios, sabiendo que hacia él caminaba. 
Que la luz de esa esperanza que él supo comunicar y sostener “en el nombre del Señor” siga iluminando el camino de todo el Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres.

+ Heriberto
Melo, 13 de febrero de 2019.
Misa con motivo del primer mes del fallecimiento de Mons. Cáceres.


[i] Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, capítulo II “El Pueblo de Dios”
[ii] Lumen Gentium, N° 10
[iii] Lumen Gentium, capítulo V “Vocación universal a la santidad en la Iglesia”
[iv] Papa Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, 6-9.
[v] Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.
[vi] Louis de Wohl, La luz apacible. Novela sobre Santo Tomás de Aquino y su tiempo.1ª edición, 1949.

viernes, 8 de febrero de 2019

«Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8) Mensaje del Papa Francisco para la XXVII Jornada Mundial del Enfermo.

Iglesia del Colegio San Francisco Javier, en Calcuta, India,
donde se hará la celebración central de la Jornada.
 MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA XXVII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2019
«Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8) 

Queridos hermanos y hermanas:

«Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8). Estas son las palabras pronunciadas por Jesús cuando envió a los apóstoles a difundir el Evangelio, para que su Reino se propagase a través de gestos de amor gratuito.

Con ocasión de la XXVII Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará solemnemente en Calcuta, India, el 11 de febrero de 2019, la Iglesia, como Madre de todos sus hijos, sobre todo los enfermos, recuerda que los gestos gratuitos de donación, como los del Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización. El cuidado de los enfermos requiere profesionalidad y ternura, expresiones de gratuidad, inmediatas y sencillas como la caricia, a través de las cuales se consigue que la otra persona se sienta “querida”.

La vida es un don de Dios —y como advierte san Pablo—: «¿Tienes algo que no hayas recibido?» (1 Co 4,7). Precisamente porque es un don, la existencia no se puede considerar una mera posesión o una propiedad privada, sobre todo ante las conquistas de la medicina y de la biotecnología, que podrían llevar al hombre a ceder a la tentación de la manipulación del “árbol de la vida” (cf. Gn3,24).

Frente a la cultura del descarte y de la indiferencia, deseo afirmar que el don se sitúa como el paradigma capaz de desafiar el individualismo y la contemporánea fragmentación social, para impulsar nuevos vínculos y diversas formas de cooperación humana entre pueblos y culturas. El diálogo, que es una premisa para el don, abre espacios de relación para el crecimiento y el desarrollo humano, capaces de romper los rígidos esquemas del ejercicio del poder en la sociedad. 

La acción de donar no se identifica con la de regalar, porque se define solo como un darse a sí mismo, no se puede reducir a una simple transferencia de una propiedad o de un objeto. Se diferencia de la acción de regalar precisamente porque contiene el don de sí y supone el deseo de establecer un vínculo. El don es ante todo reconocimiento recíproco, que es el carácter indispensable del vínculo social. En el don se refleja el amor de Dios, que culmina en la encarnación del Hijo, Jesús, y en la efusión del Espíritu Santo.

Cada hombre es pobre, necesitado e indigente. Cuando nacemos, necesitamos para vivir los cuidados de nuestros padres, y así en cada fase y etapa de la vida, nunca podremos liberarnos completamente de la necesidad y de la ayuda de los demás, nunca podremos arrancarnos del límite de la impotencia ante alguien o algo. También esta es una condición que caracteriza nuestro ser “criaturas”. El justo reconocimiento de esta verdad nos invita a permanecer humildes y a practicar con decisión la solidaridad, en cuanto virtud indispensable de la existencia.

Esta conciencia nos impulsa a actuar con responsabilidad y a responsabilizar a otros, en vista de un bien que es indisolublemente personal y común. Solo cuando el hombre se concibe a sí mismo, no como un mundo aparte, sino como alguien que, por naturaleza, está ligado a todos los demás, a los que originariamente siente como “hermanos”, es posible una praxis social solidaria orientada al bien común. No hemos de temer reconocernos como necesitados e incapaces de procurarnos todo lo que nos hace falta, porque solos y con nuestras fuerzas no podemos superar todos los límites. No temamos reconocer esto, porque Dios mismo, en Jesús, se ha inclinado (cf. Flp 2,8) y se inclina sobre nosotros y sobre nuestra pobreza para ayudarnos y regalarnos aquellos bienes que por nosotros mismos nunca podríamos tener.

En esta circunstancia de la solemne celebración en la India, quiero recordar con alegría y admiración la figura de la santa Madre Teresa de Calcuta, un modelo de caridad que hizo visible el amor de Dios por los pobres y los enfermos. Como dije con motivo de su canonización, «Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. […] Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes […] de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la “sal” que daba sabor a cada obra suya, y la “luz” que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento. Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres» (Homilía, 4 septiembre 2016).

Santa Madre Teresa nos ayuda a comprender que el único criterio de acción debe ser el amor gratuito a todos, sin distinción de lengua, cultura, etnia o religión. Su ejemplo sigue guiándonos para que abramos horizontes de alegría y de esperanza a la humanidad necesitada de comprensión y de ternura, sobre todo a quienes sufren.

La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano. 

Agradezco y animo a todas las asociaciones de voluntariado que se ocupan del transporte y de la asistencia de los pacientes, aquellas que proveen las donaciones de sangre, de tejidos y de órganos. Un ámbito especial en el que vuestra presencia manifiesta la atención de la Iglesia es el de la tutela de los derechos de los enfermos, sobre todo de quienes padecen enfermedades que requieren cuidados especiales, sin olvidar el campo de la sensibilización social y la prevención. Vuestros servicios de voluntariado en las estructuras sanitarias y a domicilio, que van desde la asistencia sanitaria hasta el apoyo espiritual, son muy importantes. De ellos se benefician muchas personas enfermas, solas, ancianas, con fragilidades psíquicas y de movilidad. Os exhorto a seguir siendo un signo de la presencia de la Iglesia en el mundo secularizado. El voluntario es un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones; a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en un sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza, y mejor dispuesto para aceptar las terapias. El voluntariado comunica valores, comportamientos y estilos de vida que tienen en su centro el fermento de la donación. Así es como se realiza también la humanización de los cuidados.

La dimensión de la gratuidad debería animar, sobre todo, las estructuras sanitarias católicas, porque es la lógica del Evangelio la que cualifica su labor, tanto en las zonas más avanzadas como en las más desfavorecidas del mundo. Las estructuras católicas están llamadas a expresar el sentido del don, de la gratuidad y de la solidaridad, en respuesta a la lógica del beneficio a toda costa, del dar para recibir, de la explotación que no mira a las personas.
Os exhorto a todos, en los diversos ámbitos, a que promováis la cultura de la gratuidad y del don, indispensable para superar la cultura del beneficio y del descarte. Las instituciones de salud católicas no deberían caer en la trampa de anteponer los intereses de empresa, sino más bien en proteger el cuidado de la persona en lugar del beneficio. Sabemos que la salud es relacional, depende de la interacción con los demás y necesita confianza, amistad y solidaridad, es un bien que se puede disfrutar “plenamente” solo si se comparte. La alegría del don gratuito es el indicador de la salud del cristiano.

Os encomiendo a todos a María, Salus infirmorum. Que ella nos ayude a compartir los dones recibidos con espíritu de diálogo y de acogida recíproca, a vivir como hermanos y hermanas atentos a las necesidades de los demás, a saber dar con un corazón generoso, a aprender la alegría del servicio desinteresado. Con afecto aseguro a todos mi cercanía en la oración y os envío de corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 25 de noviembre de 2018
Solemnidad de N. S. Jesucristo Rey del Universo

Francisco

miércoles, 6 de febrero de 2019

«¡Aquí estoy: envíame!» (Isaías 6,1-2a.3-8; 1 Corintios 15,1-11; Lucas 5,1-11). V Domingo del Tiempo Ordinario.





Tal vez se me esté escapando algo, pero creo que hoy se habla menos que en otro tiempo de vocación. “Tiene una verdadera vocación” es algo que solía decirse -y ojalá lo sigamos diciendo- por ejemplo, de una maestra rural, como Nelly Nauar, querida y recordada en la zona de Tres Boliches, Chacras de Melo, Boliche Blanco; o, muchos años atrás, de médicos como el Dr. Felipe Cantera, con su preocupación por los rancheríos y su obra social en Centurión; o sacerdotes entregados como el P. Antonio Petralanda… y, por supuesto, Mons. Roberto Cáceres, nuestro Obispo emérito recientemente fallecido, siempre irradiando las palabras del Evangelio, bondadoso y cercano a todos.

Vocación significa “llamado”. ¿De dónde viene ese llamado? Aunque se sienta internamente, viene de una realidad que está fuera, que invita a salir… los otros. “Hacia los otros” se titula un libro del Dr. Cantera, sugiriendo esa actitud de salida al encuentro de los demás, especialmente los necesitados y “descartados”, como diría el Papa Francisco.
Para un creyente, ese llamado viene, en definitiva, de Dios mismo. Es la razón por la que estamos en este mundo. Cada uno de nosotros tiene una vocación. Se trata de descubrirla y seguirla; superando obstáculos; renunciando a otros caminos y posibilidades que nos alejarían del llamado.

Las lecturas de este domingo hablan de la vocación de tres grandes: el profeta Isaías y los apóstoles Pedro y Pablo. Dios los llama en formas diferentes, pero los tres tienen la misma reacción inicial: sentirse completamente indignos, a enorme distancia del que los llama. Empecemos por ahí.

Isaías es llamado en el templo, donde tiene una visión del trono de Dios en el Cielo. Las orlas del manto de Dios llenan el templo. Los serafines cantan. El humo de incienso se expande por todo el espacio disponible. Ante esa visión tremenda y fascinante, Isaías exclama:
«¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros,
y habito en medio de un pueblo de labios impuros;
¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!»
Pedro es llamado por Jesús junto al lago de Genesaret, en su mundo de trabajo. Jesús ha enseñado a la multitud sentado en la barca de Pedro, cerca de la orilla y de la gente. Al terminar de hablar, Jesús indica:
«Navega mar adentro, y echen las redes».
Pedro es un pescador curtido. Él y sus compañeros han trabajado en vano toda la noche. Contra todo lo que le dicta su experiencia, Pedro obedece la palabra de Jesús.
«Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes».
Así se produce la pesca milagrosa. Así Pedro reconoce en Jesús la omnipotencia de Dios. Se repite la experiencia de Isaías: una distancia insuperable entre la realidad sagrada que Jesús trasluce y la realidad humana de Pedro, que exclama:
«Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador»
Pablo es llamado cuando se dirige a Damasco persiguiendo cristianos. De perseguidor de la Iglesia, se convierte en incansable evangelizador que lleva la Buena Noticia de Jesús a tierras lejanas. Intrépido, audaz, emprendedor… humilde. Pablo reconoce que él es “el último” y que todo lo que ha hecho siguiendo el llamado no hubiera sido posible sin la obra de Dios en él:
Yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.
Pablo fue perdonado y puso toda su capacidad al servicio del Evangelio, recordando siempre su propia fragilidad y encontrando su verdadera fuerza en el amor de Dios.

También Isaías y Pedro vivieron la experiencia del perdón, que hizo capaz a cada uno de ellos de responder al llamado y asumir su misión.
Los labios de Isaías fueron purificados con una brasa ardiente, mientras uno de los serafines le decía:
«Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado».
Y entonces sí vino el llamado y la respuesta:
Yo oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?»
Yo respondí: «¡Aquí estoy: envíame!»
El sentimiento de estar lejos de Dios (aunque se lleve una vida de práctica religiosa); la sensación de ser indigno del llamado que se recibe; el sentido del propio pecado (aunque alguien sea como Pedro, un hombre de trabajo que cuida de su suegra y hasta lleva a Jesús para que la cure); el saberse sostenido por la gracia de Dios y no por las propias fuerzas, son indicadores de una auténtica vocación.

Decíamos al principio que toda persona que llega a este mundo tiene una misión. Su vida tiene un propósito. No se trata, entonces, solamente de las grandes misiones que marcan surcos en la historia. También hay un llamado de Dios en la vida de cada día: en el trabajo honrado, en el amor de la familia, en la buena vecindad, en el ejercicio responsable de la ciudadanía… Allí están “los santos de la puerta de al lado”, como dice Francisco:
Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. (…) Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»
… como nos sugiere santa Teresa Benedicta de la Cruz, … a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia: … «Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».
Amigas, amigos, que cada uno de ustedes pueda encontrar su vocación en la vida y su misión de cada día. Que, con la ayuda de Dios, puedan realizarla y en ello encuentren una profunda felicidad. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.