Este domingo está marcado en la Diócesis de Canelones por dos acontecimientos:
Durante el día, el encuentro diocesano de las familias, en Villa Guadalupe y en la tarde, a las 18 horas, la ordenación diaconal del seminarista Néstor Rosano, ya en vísperas de la fiesta de la patrona de la Diócesis, la Virgen de Guadalupe.
Con esos dos motivos de alegría y esperanza, nos acercamos hoy a la Palabra de Dios en el evangelio según san Mateo. Volvemos a encontrar aquí a san Juan Bautista. El domingo pasado lo escuchamos cuando predicaba en el desierto, llamando a la conversión. Ahora Juan ha salido de la escena. El rey Herodes lo ha encerrado en la fortaleza de Maqueronte. Desde allí, Juan ha oído hablar de la actividad de Jesús.
Uno podría pensar que Juan, en su prisión, recibiría esas noticias como un gran consuelo. No olvidemos que, según cuentan los cuatro evangelios él fue quien bautizó a Jesús en el Jordán y vio descender el Espíritu Santo sobre él. Esa manifestación del Espíritu señala que Jesús es el Cristo, el ungido de Dios, el Mesías anunciado por los profetas como el salvador definitivo.
Sin embargo, Juan el Bautista parece tener dudas. Eso se desprende de lo que nos cuenta el evangelio:
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mateo 11,2-11)
La pregunta de Juan puede interpretarse de esta manera: ¿eres tú el Cristo, el Mesías, o sea, el que había de venir, o eres un profeta más que está anunciando la venida del Mesías, y, por lo tanto, tenemos que seguir esperando?
¿Por qué Juan tiene esas dudas?
Al parecer, lo que está haciendo Jesús no se corresponde con lo que Juan esperaba del Mesías.
En verdad, en algunas cosas hay claras coincidencias: los dos llaman a la conversión.
“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 3,2)
predicaba Juan;
“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 4,17)
predicará luego Jesús .
Las palabras son exactamente las mismas, pero están dichas con una actitud diferente.
Juan habla de un juicio inminente, un juicio que se viene encima: habla de la ira de Dios que se acerca, el hacha clavada en la raíz del árbol para cortarlo enseguida, si no produce buen fruto…
En cambio, aunque no lo ha mencionado todavía, Jesús se siente enviado como el profeta Jonás (cf. Mateo 12,29; 16,4) que igual que el Bautista anunciaba un juicio, llamando a la conversión, incluso con tono amenazador, pero, y aquí está la diferencia, abriendo un espacio de tiempo: un tiempo que la misericordia de Dios ofrece a los hombres para que puedan arrepentirse, pedir perdón y enmendar su conducta.
Pero no se trata solo de esa muestra de la paciencia de Dios; la misericordia de Dios se pone en obra sin demora, sin esperar nada y viene a sanar las heridas del cuerpo y del alma del hombre. En su respuesta a Juan, Jesús le manifiesta que él está haciendo lo que se había anunciado del Mesías. En efecto, como nos recuerda la primera lectura de Hoy, el profeta Isaías había anunciado:
se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos;
el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo.
(Isaías 35, 1-6a.10)
Y de esta manera responde Jesús a los discípulos de Juan:
«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!» (Mateo 11,2-11)
Como decíamos, el énfasis de Juan estaba en el juicio que vendría a destruir el mal y quienes lo realizaban.
En su momento, también Jesús hablará del juicio; pero antes Él presenta la obra de Dios como sanación y salvación. Las múltiples cegueras y sorderas del hombre, todas las formas de parálisis del cuerpo y del alma; las lepras que deforman, desfiguran y aíslan… la muerte y la muerte en vida que muchos sufren. El mensaje de Jesús no es de amenaza: es evangelio, es decir, buena noticia, que quiere despertar en el hombre alegría y esperanza para volverlo a Dios, para llevarlo a la conversión. No en vano este tercer domingo de adviento es llamado “Gaudete”: una invitación a participar de la alegría de la Salvación en el encuentro con el Señor que viene a nosotros.
Sigue diciendo Jesús: la buena noticia de la salvación es anunciada a los pobres.
El evangelio de Mateo que estamos leyendo habla de los pobres en su sentido más amplio, abarcando todas las formas de pobreza: desde el que pasa hambre y sed y no tiene casa ni abrigo, al que se ha hecho “pobre de espíritu”, desapegándose de las riquezas materiales.
Finalmente, Jesús dice: “feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo”. Esas palabras parecen estar dirigidas al Bautista, como un llamado a no escandalizarse de la acción de Jesús. Jesús está realizando las obras propias del Mesías. Él es el Mesías. Ya vino. No hay que esperar a otro. Juan necesita recapacitar, comprender y abrirse a la profunda novedad del Evangelio.
Y no solo Juan: también nosotros, en este domingo de Adviento, estamos llamados a recibir con alegría y esperanza el mensaje de Jesús. A reconocer sus obras en nosotros y en nuestro tiempo. No sería difícil ponernos en la actitud de quienes esperan el juicio y la destrucción sobre todos los autores del mal; sin embargo, el Evangelio nos llama a mirar con compasión el caminar sin rumbo de una humanidad que ha perdido muchos valores, que se ha metido en terrenos fangosos, pero donde hay hombres y mujeres que escuchan a Jesús y lo siguen y donde hay otras muchas personas que están esperando la Palabra de Jesús, su evangelio, que todavía no han recibido ni conocen. Y no pensemos en lejanas tierras de misión… esas personas pueden estar muy cerca de nosotros. Recemos juntos:
Dios y Padre nuestro,
que acompañas bondadosamente a tu pueblo
en la fiel espera del nacimiento de tu Hijo,
concédenos festejar con alegría su venida
y alcanzar el gozo que nos da su salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
En esta semana
Lunes 12: celebramos a la patrona de Nuestra Diócesis. Nuestra Catedral es el santuario nacional de Nuestra Señora de Guadalupe.
Martes 13: Santa Lucía, virgen y mártir, que da nombre a uno de los ríos más importantes del Uruguay y a la ciudad que se encuentra a su orilla, donde hay una capilla dedicada a la santa.
Miércoles 14: San Juan de la Cruz, gran santo contemplativo de la orden de los carmelitas.
Colecta del Fondo Común Diocesano
Este domingo, en las parroquias de nuestra diócesis, se realizará la colecta del Fondo Común Diocesano, destinada en esta ocasión a costear los diferentes servicios que se prestan desde la Curia Diocesana, servicios necesarios para el funcionamiento de la Diócesis. En las imágenes vemos a algunas de las personas que trabajan en las oficinas del Obispado. Les agradezco desde ya su generoso aporte.
Y esto es todo por hoy, amigas y amigos. Nos queda aún otro domingo de Adviento y, dentro de quince días, celebraremos la Navidad. Que, en medio de todos los ajetreos de fin de año, hagamos tiempo para preparar nuestro corazón como el pesebre que pueda recibir al niño Jesús. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor” (Mateo 3,1-12, citando Isaías 40,3)
Los modernos estadios con aire acondicionado pueden dar otra sensación, pero Catar, hoy centro de atención de los aficionados al fútbol, es un país ubicado en pleno desierto.
El desierto nos evoca grandes extensiones de arena y rocas con poquísimos pobladores; altas temperaturas (aunque en algunos lugares bajan drásticamente en la noche).
La voz que aparece hoy gritando en el desierto es la de Juan el Bautista. El desierto en que se encuentra está muy cerca de la ciudad de Jerusalén, al otro lado del río Jordán.
La elección del lugar y del río no son casuales.
El desierto evoca el camino que durante 40 años recorrió el pueblo de Israel desde Egipto, donde estaba sometido a la esclavitud, hasta Palestina, la tierra prometida, la tierra de la libertad. La salida de Egipto estuvo marcada por el cruce del mar Rojo; la entrada a la nueva tierra, por el cruce del río Jordán.
El desierto evoca el tiempo en que el pueblo fue conociendo a su Dios:
Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. (Éxodo 20,2)
Es el Dios liberador, que conduce, educa y cuida a su pueblo. El Dios que hace alianza, un compromiso mutuo con Israel:
Haré de ustedes mi Pueblo y yo seré su Dios. (Éxodo 6,7)
Para los israelitas, volver al desierto, aquello a lo que los está llamando el Bautista, es volver al comienzo de su relación con Dios. Volver a la alianza, volver al cumplimiento de los mandamientos.
Se trata de entrar en el silencio del desierto para escuchar la voz de Dios. Separándose de los ruidos cotidianos, el pueblo puede reconocer su alejamiento de Dios, sus pecados, sus errores, y disponerse a recomenzar.
«Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.» (Mateo 3,1-12)
Eso proclama Juan el Bautista.
Juan no solo predica con la palabra. Su presencia es la de un hombre que vive una vida austera, con una indumentaria que recuerda a los antiguos profetas:
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. (Mateo 3,1-12)
Con atuendo semejante se describe en el Segundo Libro de los Reyes al profeta Elías:
“un hombre con un manto de piel y con un cinturón de cuero ajustado a la cintura” (2 Reyes 1,8)
Así pues, Juan se encuentra en un lugar inhóspito, pero significativo; tiene un aspecto extraño, pero evoca al gran profeta Elías, cuyo regreso era esperado; presenta un mensaje exigente… pero el pueblo ha esperado esta manifestación del Espíritu de Dios y por eso lo recibe y responde a su predicación:
La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. (Mateo 3,1-12)
Hay quienes se acercan e inclusive piden ser bautizados, pero su corazón no está dispuesto. Son los fariseos y saduceos, dos movimientos de la época entre los que se encuentran algunos de los dirigentes del pueblo. Juan no ve en ellos una recta intención. ¿Por qué quieren el bautismo? ¿Por ganar la simpatía de la gente? ¿Por las dudas, en caso de que Juan sean un verdadero profeta? Juan los increpa duramente:
«Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión» (Mateo 3,1-12)
Convertirse, cambiar de mentalidad, volver el corazón hacia Dios no puede quedarse en un buen pensamiento o en un lindo sentimiento; la verdadera conversión produce frutos.
Preparar el camino del Señor es mirar el camino que vamos haciendo en nuestra vida. A veces vamos, día a día, en un trillo cómodo pero engañoso, detrás de los ídolos que nos hemos construido y que hemos colocado en el lugar del Dios verdadero. El camino del egoísmo, de la falsedad y del engaño, del éxito a toda costa, de la avaricia, de la opresión y manipulación de los más débiles, del placer convertido en meta suprema. Preparar el camino del Señor es hacer una nueva ruta para nuestra vida por la que ir hacia Dios y encontrar que Él viene hacia nosotros.
El llamado a la conversión tiene un motivo: el Reino de los Cielos, el Reino de Dios está cerca. Esa cercanía no se da en el tiempo, es decir, Juan no está anunciando que algo sucederá pronto, sino que es la cercanía en el espacio, la vecindad. Jesús lo dirá explícitamente:
“El Reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17,21).
Y es el mismo Jesús quien hace presente en su persona, el Reino de Dios.
El Reino continuará en la eternidad, más allá de esta vida temporal que conocemos; pero ya está presente en medio de nosotros, con todo su poder espiritual. Allí donde es recibido con fe y humildad, llegan la alegría, la paz y el amor.
El bautismo de Juan en el Jordán no es todavía el bautismo cristiano; es el signo que realiza un pueblo que quiere recuperar las raíces de su fe y por eso, como sus antepasados, se sumerge en las aguas del río; pero no para atravesarlo y entrar a la tierra prometida, sino para purificarse, liberarse del pecado y entrar al Reino de Dios.
Que este Adviento nos ayude a encontrar nuestro propio desierto, es decir el lugar donde podamos escuchar la voz de Dios llamándonos a la conversión y a renovar con Él, como miembros de su Pueblo, la Iglesia, nuestra adhesión a la Nueva Alianza sellada con la sangre de Jesús. Recemos juntos:
Dios todopoderoso y rico en misericordia,
que nuestras ocupaciones cotidianas
no nos impidan acudir presurosos al encuentro de tu Hijo,
para que, guiados por tu sabiduría divina,
podamos gozar siempre de su compañía.
Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.
Encuentro nacional de la vida contemplativa femenina
Retomando una vieja tradición uruguaya, 25 monjas, miembros de seis comunidades, se encontraron el sábado pasado en el monasterio Santa María Madre de la Iglesia, de las monjas benedictinas.
Carmelitas de Florida y Montevideo, Salesas, Clarisas Franciscanas, Clarisas Capuchinas y las dueñas de casa, todas de Canelones, compartieron un encuentro de reflexión y oración, acompañadas por Mons. Luis Eduardo González, obispo auxiliar de Montevideo, además de quien les habla.
En esta semana
Hoy, domingo 4, por la tarde, se reúne en Sauce la asamblea diocesana sinodal, preparando el aporte de nuestra diócesis en la etapa continental del Sínodo 2023-2024.
El martes 6 recordamos a san Nicolás de Bari, Obispo, de quien derivó la figura folklórica del “Papá Noel”.
Miércoles 7: San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia. En ese día, en 1943, Vísperas de la Inmaculada fue fundado el Movimiento de los Focolares.
Jueves 8: Inmaculada Concepción de María. Fiesta patronal de Pando y de algunas capillas de la Diócesis. También los salesianos recuerdan su fundación, en 1859.
Viernes 9: San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el joven indio a quien se le apareció la Virgen María, venerada luego bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
Sábado 10: Nuestra Señora de Loreto, patrona de los aviadores. Declaración universal de los Derechos Humanos, 1948. En el Santuario de la Virgen de las Flores, en La Floresta, desde las 16:30, convivencia por la Paz, recibiendo la Luz de Belén, tradición del Movimiento Scout.
Y el domingo 11: Encuentro diocesano de las familias y ordenación diaconal de Néstor Rosano.
Y esto es todo por hoy. Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Con este primer domingo de adviento comenzamos un nuevo año litúrgico y comienza una nueva etapa en la parroquia San Francisco de Asís.
El P. Alberto Hernández Beltrán, Franciscano de María, asume hoy esta comunidad como su nuevo párroco.
Mucho ha cambiado esta zona, que yo conocí en los ochenta, cuando estaba aquí el Padre Luis Dri y aún, más recientemente las Hermanas vicentinas de Gysegem, con la querida hermana Dione. Hubo otros sacerdotes y religiosas que algunos recordarán, pero ellos dos son los que llegué a conocer personalmente.
En el momento presente, deja esta comunidad la familia de los Misioneros y Misioneras Servidores de la Palabra: las Hermanas, que estuvieron aquí animando la misión y la vida de la comunidad; los Padres que celebraron aquí la Eucaristía y los Sacramentos y los laicos y laicas misioneros que hacen parte de la familia y han colaborado muy activamente. A todos ellos expresamos nuestra gratitud por todo este tiempo de generosa siembra.
Corresponde agradecer también, pero, ante todo, dar la bienvenida a los Franciscanos de María: a su fundador, el P. Santiago Martín, que nos acompaña hoy, nuestra gratitud por su disposición a enviar aquí a dos sacerdotes. Esperamos que pronto el P. Alberto pueda contar con su compañero de misión.
Los Franciscanos de María tienen como carisma el agradecimiento, la gratitud. La gratitud, bien entendida, surge de haber experimentado la gratuidad, es decir, cuando hemos recibido un regalo, algo que no nos hemos ganado, sino que se nos da en forma verdaderamente gratuita, que se nos da por Gracia. La mayor gratuidad es la de Dios, que se nos da Él mismo, enviándonos a su Hijo Jesucristo. Precisamente este tiempo de Adviento, donde el Señor nos invita a estar atentos, estamos llamados a reconocerlo y a recibirlo en cada persona y en cada acontecimiento, por medio de los cuales nos llega su amor y su Gracia.
Si estamos atentos, reconoceremos los muchos regalos de Dios en nuestra vida; dones, regalos que no merecemos. Que nos llegan por pura gratuidad.
Por eso, habiendo experimentado la gratuidad del amor de Dios, el sentimiento de gratitud nos mueve a responder al don que hemos recibido. Ser agradecidos de verdad se traduce en la generosidad. Jesús mismo nos exhorta a vivirlo así: “lo que recibieron gratuitamente, denlo también gratuitamente”. No basta con dar las gracias si no correspondemos, tan generosamente como podamos, a lo que hemos recibido. En la misión de la Iglesia, todos estamos llamados a participar y todos podemos contribuir: sea con nuestra oración como con la donación de nuestro tiempo; sea poniendo al servicio de la comunidad nuestros talentos, como con nuestra colaboración económica.
El P. Alberto lleva ya un año en Uruguay, donde ha ejercido su ministerio en la ciudad de Rocha. Ya nos conoce un poco. Sabe que aquí la tierra puede ser muy dura para la semilla de la Palabra, pero que cuando la semilla encuentra tierra buena, aunque no dé frutos muy abundantes, sí da frutos buenos. El clero de Canelones recibe también a este hermano y al que vendrá para ir caminando juntos al servicio del reino en esta tierra canaria.
La parroquia San Francisco está en una zona que, como decíamos al principio, ha cambiado mucho en los últimos años. El empalme, como tal, sigue siendo un gran nudo de rutas, que ha crecido en importancia por diferentes conexiones. Pero aquello que fue en otro tiempo puro campo, hoy está en gran parte urbanizado, con aspectos contrastantes, donde colindan extremos de la escala social. La parroquia, con sus capillas Nuestra Señora de la Esperanza, Nuestra Señora del Camino y Rosa Mística está llamada a ser lugar de encuentro para todos los que comparten la misma fe, más allá de las diferencias. Porque el mensaje de Misericordia de Jesucristo es para todos. Él, como dice san Pablo, “se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Corintios 8, 9). Haciéndose uno de nosotros, tomando nuestra carne, el Hijo de Dios obró nuestra salvación allí donde estuvo nuestra ruina.
Se compadeció de nuestra fragilidad, se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado, asumió la condición de servidor, para, desde allí, conducirnos a su Reino. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
25 monjas (y aquí está usado con propiedad ese sustantivo) participaron de un encuentro de los seis monasterios femeninos, comunidades de Vida contemplativa presentes en Uruguay: Carmelitas de Florida y Montevideo; y de Canelones, Clarisas Franciscanas (San José de Carrasco), Clarisas Capuchinas (Echeverría), Salesas (Progreso) y Benedictinas (El Palmar, El Pinar) que fueron las anfitrionas.
A la exposición siguió un trabajo en grupos y una puesta en común. De allí a la Eucaristía, que fue presidida por Mons. Heriberto Bodeant, obispo de Canelones. La Santa Misa concluyó con el canto del himno Salve Regina, Fue hermoso oír a esas veinticinco voces cantando al unísono un himno que todas ellas conocían bien. Hay que tener en cuenta que cada una de estas familias espirituales suele tener su propia tradición en la forma de cantar los himnos y salmos de la liturgia de las horas; pero aquí se unieron en un canto común de la tradición de la Iglesia.
Luego de la Misa, el almuerzo y un tiempo recreativo y de encuentro espontáneo, con mucho intercambio de historia y vivencias de las seis comunidades.
La paz, anhelo profundo y constante de la humanidad. Aunque a lo largo de la historia y hasta el momento presente ha habido y hay hombres que marchan entusiasmados a la guerra, con la ilusión de una rápida victoria y un glorioso regreso a casa, pronto se encuentran con la cruda realidad de sangre y barro, muerte y destrucción, donde los vencedores son los que perdieron menos porque, al fin y al cabo, no hay ganadores.
La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Isaías, expresa así el sueño de paz de la humanidad:
Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas.
No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. (Isaías 2,1-5)
Sin embargo, Isaías hace ver que ese desarme no proviene de una espontánea decisión humana, sino de una vuelta a Dios de los diferentes pueblos de la Tierra, por fin dispuestos a conocer y a realizar la voluntad divina:
«¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob!
Él nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas».
(Isaías 2,1-5)
Las palabras de Isaías pueden ser escuchadas como las de un mero soñador. Sin embargo, fueron escritas en tiempos muy difíciles para su pueblo, amenazado por una invasión extranjera. Mientras todos estaban aterrados, el profeta mantenía la calma e invitaba a confiar en Dios. Pero la visión de Isaías iba más allá de aquel momento histórico. Seguiremos escuchando a Isaías en las primeras lecturas de los cuatro domingos de Adviento, hasta llegar al anuncio de la más grande esperanza:
«Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel».
(Isaías 7,10-14 – IV Domingo de Adviento)
La profecía alcanzó su cumplimiento. El Emanuel ya vino: vivió entre nosotros; pasó haciendo el bien, padeció, murió y resucitó. Ahora esperamos su segunda venida. Ese es nuestro tiempo.
San Pablo nos dice: “Ustedes saben en qué tiempo vivimos”. ¿Lo sabemos? ¿Sabemos en qué tiempo vivimos? Lo que dice Pablo no es una afirmación; es un llamado de atención, porque enseguida agrega:
“ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros” (Romanos 13,11-14a)
En el evangelio, Jesús nos dice: “estén prevenidos… estén preparados”.
Jesús quiere mantenernos atentos frente al peligro; no el peligro de la invasión que atemorizaba a los israelitas en tiempos de Isaías, sino el peligro de perder la oportunidad de salvación que Jesús ha venido a traer.
Estén prevenidos, estén preparados, es el llamado a estar atentos a los signos a través de los cuáles Dios se manifiesta hoy en nuestra vida. En todo tiempo Dios nos ofrece su amor; en este tiempo podríamos decir, si cabe, que lo ofrece aún más intensamente… pero ¿dónde estamos nosotros? “Ya es hora de despertarse”, vuelve a decirnos san Pablo. Despertarse es sacudir nuestra conciencia absorbida por preocupaciones mundanas, donde lo más inútil y vano se ha vuelto el centro de nuestra vida y la razón por la que corremos cada día… o, peor aún, cuando nos dejamos entrampar en perniciosas formas de evasión y en luchas egoístas. San Pablo nos exhorta con un tono severo:
Basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo. (Romanos 13,11-14a)
En el evangelio, llama la atención este pasaje:
…cuando venga el Hijo del hombre (…) De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. (Mateo 24, 37-44)
Llama la atención porque esos hombres y mujeres no están haciendo cosas diferentes. Están en su actividad cotidiana. Ellos trabajando en el campo, ellas moliendo grano. ¿Por qué unos serán dejados y otros llevados? La diferencia está en una actitud interior. En esas situaciones tan normales, algunos se mantienen atentos al Señor que viene y otros no. Los primeros serán llevados, es decir, serán salvados; los otros serán dejados: no tendrán parte en el Reino de Dios.
Todos sabemos lo que significa perder una oportunidad que se presenta por única vez en la vida. Cuanto más sorprendentes e inesperadas son esas situaciones, cuanto más salen de la normalidad de nuestra vida, más fácil es dejarlas pasar, dejarlas escapar.
La visita de Dios es la más importante de todas esas oportunidades. Es la más removedora, porque va contra una falsa sabiduría mundana. Contrasta con la mentalidad común y corriente y por eso es difícil de recibir y aceptar.
Por eso el llamado a estar prevenidos: solo quienes estén atentos, en actitud vigilante, podrán reconocer al Señor que viene a nosotros en las personas y en los acontecimientos de nuestra vida. Solo quienes estén atentos podrán reconocerlo y salir a recibirlo, para encontrar en Él la Salvación.
Dios todopoderoso y eterno,
te rogamos que la práctica de las buenas obras
nos permita salir al encuentro de tu Hijo
que viene hacia nosotros,
para que merezcamos estar en el Reino de los cielos junto a Él.
Que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios,
Por los siglos de los siglos. Amén
En esta semana
En esta semana llegarán a Uruguay las reliquias de Santa Margarita María Alacoque, que harán un recorrido por nuestra diócesis comenzando por el monasterio de la visitación y pasando por Canelones, Tala, Sauce, Pando y, después de una gira por Montevideo, por El Pinar y Atlántida en camino hacia Maldonado.
27 de noviembre es el día de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, patrona de la parroquia de Villa San Isidro, en la ciudad 18 de Mayo y de las capillas de Aguas Corrientes, Campo Militar y Las Toscas.
El miércoles 30 recordamos a San Andrés, Apóstol, que, con su hermano Pedro, fueron los primeros en seguir a Jesús.
El jueves 1 de diciembre celebramos la memoria de San Carlos de Foucauld, canonizado este año.
El sábado 3, recordamos a San Francisco Javier, quien junto con Santa Teresita es patrono de las misiones.
«Ensancha el espacio de tu tienda» (Isaías 54,2). Esta cita del profeta Isaías inspira la etapa continental del Sínodo que está realizando la Iglesia en todo el mundo. El domingo 4 por la tarde, en Sauce, se reunirán delegados de parroquias y servicios de nuestra diócesis en una nueva Asamblea pre sinodal para preparar el aporte de nuestra diócesis a esta nueva etapa.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Amén.
Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, con la que se cierra el año litúrgico. El próximo domingo iniciaremos un nuevo ciclo, con el tiempo de Adviento.
El evangelio de hoy nos invita a contemplar el reinado de Jesús desde la Cruz.
Recorriendo los evangelios encontramos siete palabras -más bien siete frases- que pronuncia Jesús desde la Cruz. Dos de ellas las encontramos en san Lucas y nos dicen algo sobre la realeza de Jesús. La primera de ellas ha quedado fuera del pasaje elegido, pero merece recordarse. Es la intercesión de Jesús ante el Padre por aquellos que lo han crucificado:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34)
A continuación tenemos la primera escena que nos presenta el pasaje de Lucas elegido para este domingo:
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!» También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!» (Lucas 23, 35-43)
Mientras el pueblo contempla en silencio, sin comprender lo que sucede, dos grupos intervienen: los dirigentes y los soldados. Unos y otros se burlan de Jesús; pero, más que la burla en sí, importa lo que se le dice, que es, en definitiva “sálvate a ti mismo”, como prueba de que realmente es el Mesías de Dios, el Elegido, el Rey de los Judíos.
¿Por qué Jesús no baja de la Cruz? ¿Por qué el Padre no envía doce legiones de ángeles para rescatar a su Hijo y someter a quienes le están dando muerte? (cf. Mateo 26,53)
De esa forma se manifestaría el Dios fuerte y potente, que derrota y humilla a sus enemigos; pero así se mostraría demasiado parecido a los poderosos de la tierra, que extienden sus dominios sobre pueblos enteros con sus armas y se jactan de sus fuerzas y sus triunfos. Sin embargo, tal vez ese es el Dios en el que creen los jefes del pueblo y los soldados.
El Dios verdadero es omnipotente, es todopoderoso: pero su omnipotencia no se despliega en el poder que avasalla e impone, sino en el amor y la misericordia.
En definitiva, es eso lo que manifiesta Jesús a través de su pasión, su cruz y su resurrección: el verdadero rostro de Dios, el rostro de la Misericordia.
A continuación, Lucas nos hace levantar la mirada hacia lo alto de la cruz:
Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos» (Lucas 23, 35-43)
Contemplemos lo que está escrito allí. Ante esto, se vuelve ridículo todo deseo de gloria y de dominio, toda disputa por los primeros puestos. Jesús es el rey que da toda la gloria a Dios asumiendo el último puesto, el lugar del último.
Habiendo levantado la mirada, entramos en otra escena que sucede entre Jesús y sus compañeros de ejecución.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lucas 23, 35-43).
Este hombre, sin comprender lo que realmente sucede, se une al coro de los jefes y los soldados. Sus insultos expresan su frustración: este hombre no puede salvarse ni salvarnos a nosotros.
Pero el otro malhechor, al que la tradición dio el nombre de Dimas, da vuelta esa gritería que repite una y otra vez “sálvate a ti mismo” y, paradójicamente, encontrará en Jesús la salvación. Así se dirige al otro condenado:
«¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo» (Lucas 23, 35-43).
Tal vez en este pasaje del Evangelio podemos entender, mejor que en cualquier otro, el significado de la expresión “temor de Dios”. Cuando encontramos la palabra “temor” pensamos en aquello que suscita miedo, nos impone respeto y nos aleja. Pero, como lo explica el papa Francisco en una de sus catequesis,
“el temor de Dios es el don del Espíritu que nos recuerda lo pequeños que somos delante de Dios y de su amor, y que nuestro bien consiste en abandonarnos con humildad, respeto y confianza en sus manos”. (11 de junio de 2014)
Es desde esa humildad y respeto, que el segundo malhechor reconoce sus faltas, e implora con total confianza:
«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino» (Lucas 23, 35-43).
Este condenado no pide ni espera una liberación milagrosa. Asume que va a morir, pero se abre a la esperanza. En ese hombre inocente que, de forma injusta pero también misteriosa, está sufriendo la pena de la cruz, él reconoce al Salvador. Ve en Jesús la presencia y la cercanía de Dios. Jesús lo escucha y responde:
«Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas 23, 35-43).
Como Zaqueo, el malhechor arrepentido escucha la palabra “hoy”. “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
De alguna forma, todos somos Zaqueo, todos somos Dimas. Hemos pecado, hemos hecho el mal, hemos lastimado al prójimo… Todos tenemos algo de que pedir perdón y ser perdonados… y también algo que perdonar, siguiendo el camino de Jesús. Ambas cosas nos cuestan; pero recuperemos el temor de Dios, a la manera de Dimas y pongámonos, con humildad, respeto y confianza, junto a Jesús, en las manos del Padre.
En esta semana
Repasamos rápidamente las celebraciones de esta semana:
Domingo 20: hoy acompañamos a la comunidad de La Paz, Canelones, que celebra su fiesta patronal.
Lunes 21, presentación de María
Martes 22, Santa Cecilia, virgen y mártir
Jueves 24, San Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros mártires de Viet Nam.
Viernes 25. Las Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, se trasladan: dejan la parroquia San Francisco en Nicolich, y pasan a desarrollar su servicio pastoral y misionero en la parroquia Santísima Trinidad, en Shangrilá.
Sábado 26: encuentro de la Vida contemplativa en el monasterio de las Benedictinas.
Domingo 27: primer domingo de adviento. Parroquia San Francisco de Asís, Municipio Nicolich, damos la bienvenida a nuestra diócesis de dos sacerdotes Franciscanos de María que asumen la atención pastoral de la comunidad.
Peregrinación a la Virgen de los Treinta y Tres
Les dejamos imágenes de los jóvenes de la Pastoral Juvenil Canaria, que peregrinaron a Florida el sábado 12 y domingo 13:
Y esto es todo por hoy. Gracias, amigas y amigos. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Del 9 al 15 de noviembre se realizó en Florida la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Como es habitual, la asamblea comenzó con un tiempo de retiro y oración, orientado en esta oportunidad por Mons. Fabián Antúnez, obispo de San José de Mayo.
Los Obispos participaron en la tradicional Peregrinación Nacional a la Virgen de los Treinta y Tres, el domingo 13, que tuvo una buena concurrencia, a pesar del día lluvioso. Antes, el jueves 10, los pastores asistieron al festival “Uruguay le canta a la Virgen de los Treinta y Tres” realizado en la Catedral de Florida.
En el curso de la reunión se hizo un homenaje y despedida a las Sras. Luisa Laporta y Adriana Porteiro, dos funcionarias de larga trayectoria en la CEU, a las que se agradeció sus años de valioso servicio a la Iglesia.
En sus sesiones, la asamblea recibió a los responsables de diferentes organismos y servicios.
-De la Nunciatura Apostólica, el encargado de negocios a. i. P. Stephen Kelly
-El economista Pablo Roselli ofreció una reflexión sobre la actualidad nacional y el contexto internacional.
-De la Universidad Católica del Uruguay, el Rector P. Julio Fernández SJ y el Vicerrector P. Gustavo Monzón SJ, que presentaron la reforma curricular, las nuevas carreras en distintos campus.
-El Cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo presentó la nueva carrera de Ciencias Religiosas que ofrece la Facultad de Teología, que comenzará el próximo año.
-El director de la Asociación Uruguaya de Educación Católica (AUDEC), Lic. Adrián Arias. El director de la Fundación Sophía, Magister Federico Reyes. Con ambos, en sendos momentos, se habló de la situación de la educación católica en el Uruguay y de la reforma educativa.
-De Cáritas - Pastoral Social, la Lic. Agustina Langwagen y el Diácono Carlos Saráchaga. Ambos presentaron los distintos programas que está desarrollando Cáritas en el Uruguay en pastoral carcelaria, prevención de adicciones, migrantes y cuidado del medio ambiente, entre otros.
-De Pastoral de la Familia y de la Vida, el matrimonio Fernando Bianco y Lucía Scremini, con quienes se evaluó el Encuentro Nacional de Familias realizado recientemente.
-El Diácono Víctor Hugo Méndez y el Sr. Carlos Rodríguez presentaron es proyecto de estatuto para el servicio de animación de la Renovación Carismática en el Uruguay.
El rector del Seminario Interdiocesano, Mons. Luis Eduardo González, obispo auxiliar de Montevideo, quien concluye su servicio de diez años en esa casa, primero como formador y luego como rector, dio un informe de lo actuado durante su período. También presentó informes de lo realizado en el Departamento de Vocaciones y Ministerios y en el Departamento de Liturgia.
El presidente de la Comisión del Clero, Mons. Milton Tróccoli, obispo de Maldonado - Punta del Este – Minas presentó la propuesta de retomar el año próximo los Encuentros Obispos-Presbíteros, una importante instancia de diálogo. El tema sugerido es el estudio de la figura del venerable Jacinto Vera y su ministerio pastoral.
El presidente de la Comisión para el Diaconado Permanente, Mons. Carlos Collazzi, obispo de Mercedes, presentó un informe de los trabajos de su área y planteó la necesidad de revisar las normas del diaconado permanente en el Uruguay, en su momento aprobadas ad experimentum y presentarlas a la Santa Sede para su aprobación definitiva.
Los pastores se alegraron al tomar conocimiento de sensibles avances en la causa de beatificación del venerable Jacinto Vera, primer obispo del Uruguay. El Cardenal Sturla presentó la publicación Notas biográficas, que ofrece una síntesis de la vida de Vera. Está en preparación una biografía extensa con rigor académico.
El Sínodo 2023-2024 sobre la sinodalidad ocupó un espacio importante en la reunión. Se trabajó a partir del Documento para la Etapa Continental (DEC), en preparación a un encuentro regional de Cono Sur, a realizarse en Brasilia la primera semana de marzo. Los Obispos coincidieron en su deseo de que el Sínodo sea un instrumento de comunión y unidad de la Iglesia en torno a su misión de anunciar el Evangelio. Se instrumentó la forma en que se elegirán los delegados que participarán en el encuentro de Brasilia, los cuales representarán al laicado, la vida consagrada, los diáconos, presbíteros y obispos.
Iniciamos ayer la penúltima semana del año litúrgico. En estas dos semanas, la primera lectura de los días feriales está tomada del libro del Apocalipsis. El pasaje que corresponde al sábado 26 se cierra con la promesa “volveré pronto”, como formando una bisagra con la primera parte del Adviento.
Pero hoy escuchamos el comienzo del libro y la primera de las cartas a las siete iglesias, la dirigida a la Iglesia de Éfeso. A esa comunidad se dirigen algunas palabras de reconocimiento y un reproche. Entre otras cosas, dos veces se reconoce su constancia, incluso sufriendo por el Nombre de Jesucristo; pero se le reprocha que haya dejado enfriar el amor que tenía al comienzo.
La constancia me hace pensar en las palabras de Jesús en la última cena, en el relato de Lucas, cuando dice a los discípulos: “Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas” (Lucas 22,28). Es casi una bienaventuranza, una de las palabras más hermosas que puede escuchar un discípulo. La que uno quisiera escuchar a la hora final.
Sin embargo, pensando en el momento en que fueron pronunciadas, uno no puede menos que estremecerse pensando en que todavía falta la última gran prueba de Jesús y de ellos.
Y ahí aparecerán las dificultades: el sueño que los vence durante la oración en Getsemaní y la dispersión cuando el maestro es llevado.
Pero aunque en su momento Tomás dijo «Vayamos también nosotros a morir con él» (Juan 11,16) y Pedro declaró “Yo daré mi vida por ti” (Juan 13,37), el permanecer con Jesús no puede incluir todavía el seguirlo a la cruz. De haber sido así, tal vez no sabríamos cómo hubiera continuado la historia. Permanecer con Jesús en medio de las pruebas, ser constantes, aun sufriendo por su Nombre, nos pone, como a los discípulos, ante nuestra fragilidad. Pero no tenemos otra fortaleza que la que viene de Él.
La otra gran palabra que encontramos sobre el permanecer, en el capítulo 15 de Juan, la vid y los sarmientos, nos da la nota fundamental sobre la constancia: “en mi amor”. “Permanezcan en mi amor”. No se trata de resistir, de atrincherarse, de cerrarse al mundo construyendo una ciudadela o un bunker, como los davidianos de Waco, hace casi 30 años. Se trata de permanecer en el amor de Jesús.
Y precisamente ése es el reproche a la Iglesia de Éfeso: haber dejado enfriar el amor del comienzo. Encender de nuevo el amor: el amor al Señor, el amor fraterno entre los miembros de su Cuerpo, el amor al mundo por el que Dios “entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Juan 3,16).
Podemos buscar y encontrar nuevas formas de expresar y nuevos métodos de comunicar el evangelio, pero lo más importante de aquel programa de evangelización nueva que nos dejó san Juan Pablo II sigue siendo “evangelización nueva en su ardor”. No el ardor de los fanáticos, sino el ardor renovado por el encuentro con el Señor, día a día, en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos, para seguir anunciando el evangelio y ofreciendo los sacramentos de salvación.
Que el Venerable Jacinto Vera, padre de nuestra Iglesia peregrina en el Uruguay, que esperamos pueda ser pronto reconocido como beato, interceda por nosotros para que renovemos y sostengamos día a día en nuestros corazones el ardor que despertó en nosotros el encuentro con el Señor. Y así, como hizo en su tiempo el primer obispo, sigamos trabajando con amor en el campo de servicio y misión que nos ha sido confiado. Así sea.
Este domingo los obispos uruguayos nos encontramos en Florida, a los pies de la Virgen de los Treinta y Tres, participando en la peregrinación nacional, junto a fieles venidos de todos los puntos del país.
Nos unimos a los sentimientos del Venerable Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay, que en una ocasión similar dijo:
“Vengo a rendir homenaje a aquella dichosa Señora, que ya estaba con predilección en la mente del Omnipotente antes de todos los seres”
Jornada Mundial de los Pobres
Hoy también se celebra la VI Jornada Mundial de los Pobres. El Papa Francisco ha dado un mensaje que tiene por lema “Jesucristo se hizo pobre por ustedes” en referencia a un pasaje de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (2 Corintios 8,9). El mensaje concluye con este deseo del Papa:
Que esta VI Jornada Mundial de los Pobres se convierta en una oportunidad de gracia, para hacer un examen de conciencia personal y comunitario, y preguntarnos si la pobreza de Jesucristo es nuestra fiel compañera de vida.
"Gracias a la constancia salvarán sus vidas"
A un examen de conciencia nos llama también el evangelio de hoy, en el que Jesús nos habla de las pruebas por las que pasará todo discípulo que quisiera seguir fielmente a Jesús, especialmente cuando se perciban señales que parecerían anunciar “el fin de los tiempos”.
Cada vez que la humanidad es sacudida, ya sea por catástrofes naturales o por guerras o epidemias, aparecen supuestos profetas que anuncian que ha llegado el fin. Ciertamente, Jesús ha hablado de un final de la historia, de un juicio final y del establecimiento de su Reino eterno. Al rezar el Credo, manifestamos nuestra fe en que Jesucristo “de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.
Empero, es el mismo Jesús quien comienza haciendo esta advertencia:
«Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca”. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin». (Lucas 21,5-19)
Las guerras y revoluciones se han sucedido a lo largo de la historia de la humanidad y siguen ocurriendo. También otras calamidades. Sigue diciendo Jesús:
«Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo». (Lucas 21,5-19)
Sin embargo, con todo lo preocupantes que puedan ser esos signos, Jesús señala a continuación otro acontecimiento que afectará directamente a sus discípulos: la persecución.
Con respecto a esto, Jesús traza un panorama muy sombrío, pero va también intercalando palabras de consuelo.
Veamos la parte más dura:
«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre (…) Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.» (Lucas 21,5-19)
El anuncio no puede ser más desolador. A todas las desgracias que vienen sobre la humanidad, los discípulos sumarán sus propias tribulaciones. Pero Jesús les dice que eso no sucede porque sí; al contrario, eso les da la posibilidad de anunciar el evangelio, de anunciar a Jesucristo.
«Esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.» (Lucas 21,5-19)
Hay también una promesa que resulta un poco misteriosa, unida a un llamado final a la perseverancia:
«Ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas» (Lucas 21,5-19)
¿Qué querría decir Jesús con esas palabras “ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza”? A continuación, Jesús habla de constancia y anima a mantenerse firmes: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.
Sabemos bien del sufrimiento de los mártires en tiempos de persecución. Fueron, también en nuestro tiempo, llevados a la muerte sometiéndolos antes a toda clase de crueles torturas. Para entender la promesa de Jesús de que no se les caerá ningún cabello y, sobre todo, de que “salvarán sus vidas” hay que recordar otra expresión de Jesús que puede darnos el sentido de estas promesas:
«él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.» (Mateo 16,25)
“El que pierda su vida”. La Iglesia celebra la memoria de los mártires, es decir, aquellos que dieron testimonio de Jesús con su vida. Murieron a esta vida, sí; pero salvaron su vida para la eternidad, perseverando en su fe hasta el final. Para reconocer como mártir a un creyente, la Iglesia trata de establecer si se le dio muerte “por odio a la fe”, recordando las palabras de Jesús: “serán odiados por todos a causa de mi Nombre”.
La constancia de la que nos habla Jesús no es una pura actitud de resistencia. No se trata de lo que hizo alguna secta que reunió provisiones y armas, construyó un bunker y se aisló del mundo, pretendiendo así separarse totalmente del mal.
Al contrario. Jesús nos llama a participar en la historia, a trabajar por la paz, a ofrecer nuestro testimonio de sentido y de esperanza en medio de las aflicciones de nuestro tiempo. Porque creemos en Jesucristo, creemos en un futuro de salvación y resurrección. Creemos que su Espíritu doblegará las fuerzas del mal, sometiéndolas al poder del amor de Dios. El amor es poderoso, porque el amor es Dios: Dios es amor.
En esta semana recordamos a tres mártires misioneros entre los guaraníes. A ellos y a todos los mártires pedimos su intercesión para perseverar en nuestra fe en medio de todas las pruebas de este mundo y dar testimonio del Evangelio del amor y la misericordia.
Jornada Diocesana de Adolescentes
El sábado pasado se realizó en Juanicó la Jornada Diocesana de Adolescentes, organizada por la PAC (Pastoral de Adolescentes Canaria). Les dejamos aquí algunas imágenes de este encuentro.
En esta semana
Los jóvenes de la Diócesis de Canelones participan en la Peregrinación Nacional a la Virgen de los Treinta y Tres, recorriendo a pie treinta y tres kilómetros, desde la parroquia de San Ramón.
El jueves 17 recordamos a los Santos Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan Castillo, presbíteros y mártires de las Misiones jesuíticas en el Río de la Plata.
Ese mismo día, en Sauce, tendremos una reunión de delegados parroquiales de catequesis, para seguir trabajando en la nueva propuesta diocesana de catequesis.
El sábado 19 celebramos la memoria de Santa Isabel de Hungría, patrona de la parroquia de Salinas. (Misa a la hora 18)
Domingo 20, solemnidad de Cristo Rey. En este día la parroquia de La Paz celebra su fiesta patronal. (Misa a la hora 10)
Y esto es todo por hoy, amigas y amigos. Que tengan una buena semana y que los bendiga Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
El miércoles pasado, 2 de noviembre, celebramos la conmemoración de todos los fieles difuntos, un día de recuerdo, gratitud y esperanza. El evangelio de hoy, que comienza con un cuestionamiento a Jesús hecho de forma… un poco pintoresca, nos pone otra vez ante la gran pregunta: ¿qué sucede después de la muerte? ¿Todo termina en el sepulcro, o hay otra vida más allá? Desde las religiones y el pensamiento filosófico se ha respondido de diferentes maneras a ese interrogante. Los antiguos egipcios creían en otra vida y por eso recurrían a la momificación, para conservar el cuerpo. La gente de la Mesopotamia describía la muerte como el descenso al país sin retorno. Otras culturas creían (y aún creen) en un retorno a la vida de este mundo a través de sucesivas reencarnaciones.
Antes de su propia resurrección, Jesús habla de la resurrección de los muertos. En eso coincide con los fariseos y se diferencia de los saduceos, otro movimiento religioso, que no admitía esa posibilidad.
Los fariseos pensaban en la vida eterna como una continuación de esta vida, perfeccionada: sin dolor, sin sufrimiento, pero continuando la actividad humana como la conocemos en este mundo, incluyendo la vida conyugal. Los saduceos ridiculizaban esa idea con argumentos como el que le presentan a Jesús:
«Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»
Como decíamos, los saduceos no creían en una vida más allá. Creían que, en esta vida, Dios distribuye premios y castigos. Para ellos, el hombre justo moría después de una vida larga y feliz. El malvado, en cambio, en vida era castigado por sus pecados. Esa manera de pensar encontraba apoyo en algunos pasajes del Antiguo Testamento. Sin embargo, otros textos muestran la esperanza de muchos creyentes de alcanzar la vida junto a Dios para siempre.
Jesús responde. En primer lugar, presenta una perspectiva distinta de la que tenían los fariseos, esa que los saduceos querían poner en ridículo:
«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.»
Jesús no predica una salida del sepulcro para recomenzar la vida anterior en forma mejorada o, como se diría hoy “recargada”. La vida en Dios es una condición completamente nueva. Manteniendo su identidad, la persona humana se transforma en un ser distinto, inmortal, “semejante a los ángeles”, dice Jesús.
Para hacernos una idea, podríamos decir que los seres humanos vivimos nuestra vida en la tierra como en un proceso de gestación, preparándonos para el nacimiento a esa vida nueva y definitiva. Como el bebé que está en el vientre de la madre no puede figurarse lo que le espera, tampoco nosotros podemos vislumbrar lo que será esa vida junto a Dios. Dice el libro de la Sabiduría:
Nos cuesta conjeturar lo que hay sobre la tierra, y lo que está a nuestro alcance lo descubrimos con el esfuerzo; ¿quién podrá rastrear las cosas del cielo? (Sabiduría 9,16)
Es por medio de la fe que nos asomamos a esa realidad. Es desde la fe que decimos: “creo en la resurrección de la carne y la vida eterna” porque esperamos, como dice la Escritura:
lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman. (1 Corintios 2,9)
Creemos que la muerte, entendida como aniquilación de la persona, no existe. La muerte ha sido vencida por la muerte y resurrección de Cristo. Lo que llamamos muerte es el abandono de la forma de vida que llevamos en este mundo: una vida débil, frágil, caduca, que abandonamos para ser recibidos en la Casa del Padre Dios.
Pero Jesús continúa su respuesta, con estas palabras:
«Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor "el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él».
Los saduceos le habían presentado un argumento basado en la Escritura. Jesús les responde citando también la palabra de Dios. Jesús recuerda que Moisés, que vivió siglos después de Abraham, llama a Dios “el Dios de Abraham, Isaac y Jacob”. Al nombrar así a Dios, dice Jesús, Moisés nos dice que los patriarcas están vivos y están en la presencia de Dios; de otro modo, Dios sería un Dios de muertos. Y no es así. “No es un Dios de muertos, sino de vivientes”, sentencia Jesús.
¿Cómo pensar que Dios, que se acercó a esos hombres y los tuvo como amigos, los abandonaría y los dejaría volver para siempre al polvo del que fueron formados? No es eso lo que cree el salmista, que dice:
no me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha. (Salmo 16,10-11)
Esta esperanza es consoladora, pero es oportuno recordar, como advertencia, algo que también dice Jesús en este pasaje del evangelio y es la referencia al juicio de Dios. Los que ya no pueden morir son “los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección”. “Los que sean juzgados dignos”. No nos olvidemos de esto. No da lo mismo cualquier camino que tomemos en la vida.
“Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, (…) si amas al Señor, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás (…) Elige la vida y vivirás” (Deuteronomio 30,16.19).
En esta semana
Este domingo, en la capilla San Alfonso, en Barros Blancos, celebramos la acción de gracias por la beatificación de Madre Berenice, fundadora de las Hermanitas de la Anunciación.
El martes 8: Virgen de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay y de algunas capillas de nuestra diócesis.
Miércoles 9, dedicación de la basílica de san Juan de Letrán. La parroquia de Tala celebra su fiesta patronal.
Ese día, en Florida, comienza su asamblea plenaria la Conferencia Episcopal del Uruguay. Recen por nosotros, sus pastores, que vamos a estar allí reunidos, al pie de la Virgen.
Y el domingo 13 nos encontraremos con muchos de ustedes en la peregrinación nacional a la virgen de los treinta y tres.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que tengan una buena semana y los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.