Se celebró en Florida el encuentro de los Diáconos Permanentes de Uruguay con motivo de los 50 años de la instauración de este ministerio en la Iglesia uruguaya. En la noche del sábado celebraron la Misa a los pies de la Virgen de los Treinta y Tres, presidida por Mons. Martín Pérez, Obispo de Florida, acompañado por Mons. Carlos Collazzi, administrador apostólico de Mercedes, presidente de la Comisión Nacional para el Diaconado Permanente.
En la homilía, Mons. Collazzi aseguró que este ministerio en la Iglesia es signo de alegría y confianza. Recordó el Concilio Vaticano II y cómo la Conferencia Episcopal del Uruguay instituyó el Diaconado Permanente. Desde entonces han sido muchos los llamados a servir en la Iglesia desde este ministerio y recordó a los que ya no están entre nosotros, así como a los que no pudieron asistir al encuentro y a quienes se postulan hacia delante.
Extracto de la homilía de Mons. Collazzi:
"Quiera Dios que este florecer de vocaciones al Diaconado Permanente que estamos experimentando en nuestras diócesis, donde van apareciendo cada día más postulantes nos haga descubrir a todos, a ustedes y a toda la Iglesia, que la Iglesia debe ser siempre servidora del Señor y de los hermanos.
Servidores sencillos: no se trata de un servicio tan cualificado que haya que conocer todos los libros del mundo. Es tener en nuestras propias manos el libro de la vida, que leemos en el encuentro con cada hermano; con aquel al que le vamos a dar una mano, con aquel que necesita de una escucha o de una palabra. La alegría del Señor actuando en nosotros.
Venimos a la casa de la Virgen a celebrar estos 50 años y la miramos a Ella, servidora del Señor, que canta la grandeza de Dios, sirviendo... cantemos también nosotros, hermanos, la grandeza del Señor, la acción del Espíritu en la Iglesia: el Concilio Vaticano II, obra del Espíritu, al restaurar el Diaconado Permanente en el mundo y aquí aceptado por nuestros obispos, cuando el 21 de mayo de 1973, establecieron la restitución del diaconado en nuestra Patria."
El Consejo permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay se adhiere al pedido del Papa Francisco, formulado ayer en el rezo del Ángelus e invita a unirnos en la jornada de ayuno y oración por la paz, mañana martes 17 de Octubre.
Estas son las palabras del Santo Padre:
"Queridos hermanos y hermanas: Sigo con mucho dolor lo que sucede en Israel y Palestina. Pienso en tantos..., especialmente en los pequeños y en los ancianos. Renuevo mi llamado para la liberación de los rehenes y pido con fuerza que los niños, los enfermos, los ancianos, las mujeres y todos los civiles no sean víctimas del conflicto. Que se respete el derecho humanitario, especialmente en Gaza, donde es urgente y necesario garantizar corredores humanitarios y socorrer a toda la población. Hermanos y hermanas, ya han muerto muchísimos. Por favor, ¡que no se derrame más sangre inocente, ni en Tierra Santa, ni en Ucrania, ni en ningún otro lugar! ¡Basta ya! ¡Las guerras son siempre una derrota, siempre! La oración es la fuerza suave y santa para oponerse a la fuerza diabólica del odio, del terrorismo y de la guerra. Invito a todos los creyentes a unirse a la Iglesia en Tierra Santa y a dedicar el próximo martes, 17 de octubre, a la oración y al ayuno. Francisco."
Con nuestro afectuoso saludo y bendición:
+ Arturo Fajardo, Obispo de Salto, presidente de la CEU
+ Cardenal Daniel Sturla, Arzobispo de Montevideo, vicepresidente de la CEU (desde Roma)
+ Heriberto Bodeant, Obispo de Canelones, secretario de la CEU.
“En la Iglesia hay lugar para todos”, dijo, una y otra vez, con cordial insistencia, el papa Francisco a los jóvenes reunidos en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa. Se lo hizo repetir a los jóvenes: “todos, todos”, recordando, precisamente, el evangelio que escuchamos en la Misa de este domingo:
“Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren” (Mateo 22,1-14)
Efectivamente, nadie está excluido de esa invitación: inviten a todos.
Esta frase de Jesús está tomada de una parábola que comienza así:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
En esta parábola, Jesús recurre a un tema que encontramos a lo largo de la Sagrada Escritura: las Bodas de Dios con su pueblo. Dios suele presentarse como el enamorado que quiere casarse con su amada y vivir en el amor y la fidelidad. Y cuando la amada -su Pueblo, no olvidemos- es infiel, Dios es capaz de agotar todos los recursos con tal de reconquistar su amor.
En el profeta Oseas encontramos una alta expresión de este lenguaje del Dios enamorado, que promete a su pueblo:
Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor. (Oseas 2,21-22)
Con la encarnación del Hijo de Dios, esta relación ha tenido un giro: el esposo es Dios-Hijo.
Dios-Padre es el Rey que celebra las bodas de su Hijo con toda la familia humana a la que ha venido a salvar por su cruz y su resurrección.
Todos invitados; hay lugar para todos. Sin embargo, desde el principio, hubo quienes rechazaron la invitación:
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores (…) Pero [los invitados] no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Entonces el Rey amplió la invitación. Dijo a sus servidores:
«El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».
¿Qué hicieron, entonces, los servidores?
Salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Buenos y malos… parece extraño. ¿No se pide un cambio de conducta, una conversión? Nosotros nos resistiríamos a invitar a algunas personas… esperaríamos que antes hubiera un arrepentimiento manifiesto, un propósito de enmienda y entonces, sí, tal vez con dudas, haríamos la invitación. Pero Dios convida a todos ¡a todos!
Pero no todos los que entraron se quedaron. Hubo alguien que entró sin la actitud adecuada. Y eso lo dejó afuera.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?.” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».
¿Qué significa el traje de fiesta?
Seguramente, en tiempos de Jesús, como en los nuestros, la gente más pudiente iría a una fiesta vestida elegantemente, incluso con ropa nueva. Sin embargo, eso no era necesario. Lo que esperaba el anfitrión era que la gente viniera con ropa limpia. Eso puede parecernos normal, pero para ellos era más importante que para nosotros, porque la limpieza estaba relacionada a la pureza ritual. Una persona que llegara a la fiesta con ropa sucia, como quien no se ha cambiado después de trabajar, haría un gran despreció quien lo invitó.
Pero, por lo que nos cuenta la parábola, esta gente que los servidores encontraron por los caminos, difícilmente estaría con ropa limpia y mucho menos con una vestimenta especial.
Entonces, tenemos que encontrar el sentido espiritual del traje de fiesta; algo que se relaciona con una actitud interior de las personas.
Nos puede ayudar a una interpretación, el rabino Eliezer, que, a fines del siglo I, decía “haz penitencia el día antes de tu muerte” y cuando le preguntaban “¿cómo sabe el hombre cuál es el día antes de su muerte?”, él respondía “razón de más para que haga hoy penitencia: podría morir mañana; así se pasará la vida en penitencia”. Como fundamento de esa afirmación el rabino cita el libro del Eclesiastés:
“Que tu ropa sea siempre blanca y nunca falte el óleo sobre tu cabeza” (Eclesiastés 8,9)
El traje de fiesta, la ropa limpia, la ropa blanca es la penitencia: reconocer los propios pecados, arrepentirse y pedir perdón a Dios.
Desde este punto de vista, el invitado sin el traje de fiesta no ha cumplido: no estaba preparado por medio de la penitencia.
Esta interpretación no nos viene mal: nos pone ante nuestra responsabilidad; pero también podría llevarnos a cierto fariseísmo: pensar que somos nosotros los que nos hacemos justos ante Dios, porque cumplimos la Ley.
Pero es posible otra interpretación. Para eso, nos vamos al libro de Isaías, en un capítulo que Jesús cita en varios pasajes del evangelio:
Desbordo de alegría en el Señor; mi alma se regocija en mi Dios. Porque él me vistió con las vestiduras de la salvación y me envolvió con el manto de la justicia, como un esposo que se ajusta la diadema y como una esposa que se adorna con sus joyas. (Isaías 61,10)
Alegría desbordante, gran regocijo en el Señor… ¿por qué? Porque Dios lo vistió con el traje de salvación y lo envolvió con el manto de la justicia. Notemos la fuerza de esas expresiones. No ha sido “revestido”, sino vestido. No se le puso un vestido encima del que traía puesto, sino que es la desnudez de su corazón, de su realidad humana y frágil la que es vestida con el traje de salvación.
Puesto el traje, viene el manto, que normalmente se pone “por encima”, pero aquí, la persona es envuelta con el manto, como una forma de más fuerte protección y abrigo.
Es el manto de justicia. Tenemos que entender la justicia como la situación de la persona fiel a Dios. Recordemos como se presenta a san José en el evangelio: “era un hombre justo”. La cita de Isaías concluye con expresiones que nos acercan a la fiesta de las fiestas: las bodas de Dios con su Pueblo.
El traje de fiesta, traje de salvación y de justicia, es la obra de la misericordia de Dios, que hace justo al hombre injusto. Esto no excluye el arrepentimiento y la penitencia, pero lo superan:
“donde abundó el pecado sobreabundó la Gracia” (Romanos 5,20).
Entonces… el hombre sin el traje de fiesta es el que ha rechazado la salvación, que no ha aceptado el amor y la misericordia de Dios que se han desbordado sobre él, que han querido vestirlo y abrigarlo. Por eso es excluido del banquete.
Conscientes de nuestra fragilidad, demos cada día pasos en nuestro camino de conversión y esperemos que el Señor, en su misericordia, nos revista un día con el traje de fiesta.
En esta semana:
Mañana, lunes 16, recordamos a Santa Margarita María Alacoque, salesa, que recibió las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús. Es una fiesta muy importante en el monasterio de la Visitación, en Progreso, y adelantamos su celebración para hoy, domingo 15, a las 17 horas.
El miércoles 18 se lleva adelante en el mundo la iniciativa “Un millón de niños rezando el Rosario”, que nació en Venezuela hace 18 años.
También el miércoles 18, Sor Margarita María Álvarez, superiora del monasterio de la Visitación, cumple 25 años de profesión religiosa. La Misa en acción de gracias será celebrada el domingo 22, a las 16:45 y será presidida por nuestro obispo emérito Mons. Alberto Sanguinetti.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Nos dirigimos a ustedes en representación del Departamento de Misiones de la CEU, con el deseo de vivir el mes de Octubre como mes de oración y misión. El Papa Francisco nos ha enviado una nueva carta motivadora con el título “Corazones fervientes, pies en camino”.
Dice el Papa: “Aquellos dos discípulos estaban confundidos y desilusionados, pero el encuentro con Cristo en la Palabra y en el Pan partido encendió su entusiasmo para volver a ponerse en camino hacia Jerusalén y anunciar que el Señor había resucitado verdaderamente”.
Animados por estas palabras del Papa Francisco, en el Departamento de Misiones hemos elaborado distintas propuestas para las diferentes edades y grupos de nuestras parroquias y colegios; para que se pueda dar en nosotros la trasformación que los discípulos tuvieron y que el Papa las llama “algunas imágenes sugestivas”: los corazones que arden cuando Jesús explica las Escrituras, los ojos abiertos al reconocerlo y, como culminación, los pies que se ponen en camino.
Con mucha alegría recordamos la Beatificación de nuestro primer Obispo Mons. Jacinto Vera, un misionero incansable que recorrió nuestra patria con un verdadero corazón ardiente, ojos abiertos y pies en camino.
Los invitamos también a renovar nuestra colaboración con todos los misioneros: uruguayos y extranjeros que realizan la misión de Cristo en diversos países y lugares tan distantes. Junto a la colaboración en la Colecta de cada Capilla y Parroquia, se puede hacer también en los Colegios y en la cuenta que los sobres señalan del Banco Santander.
Por ello, la carta motivadora de las Misiones nos impulsa: «¡no nos dejemos robar la esperanza!» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 86). El Señor es más grande que nuestros problemas, sobre todo cuando los encontramos al anunciar el Evangelio al mundo, porque esta misión, después de todo, es suya y nosotros somos simplemente sus humildes colaboradores, “siervos inútiles” (cf. Lc 17,10).
Confiando en que este mes de Octubre nos ayude a renovar nuestro esfuerzo evangelizador, los saludamos en nombre del Departamento de Misiones a todos con aprecio, por lo que ya están realizando en la Iglesia y en el mundo.
P. Gabriel Rainusso,
Director Nacional de O.M.P., Departamento de Misiones de la CEU
Hna. Susana Palles msc, Secretaria Infancia y Adolescencia Misionera
El dolor y la consternación por lo que está sucediendo son grandes. Una vez más nos encontramos en medio de una crisis política y militar. De repente fuimos catapultados a un mar de violencia sin precedentes. El odio, que lamentablemente ya hemos experimentado durante demasiado tiempo, aumentará aún más, y la espiral de violencia que sigue creará más destrucción. Todo parece hablar de la muerte.
Pero en este momento de dolor y consternación, no queremos quedarnos impotentes. Y no podemos permitir que la muerte y sus aguijones (1 Cor 15,55) sean la única palabra que se escuche.
Por eso sentimos la necesidad de orar, de volver nuestro corazón a Dios Padre. Sólo así podremos sacar la fuerza y la serenidad para vivir este tiempo, dirigiéndonos a Él, en oración de intercesión, de súplica, y también de clamor.
En nombre de todos los Ordinarios de Tierra Santa, invito a todas las parroquias y comunidades religiosas a una jornada de ayuno y oración por la paz y la reconciliación.
Pedimos que el martes 17 de octubre todos hagan un día de ayuno y abstinencia, y de oración. Los momentos de oración deben organizarse con la adoración eucarística y con el rosario a la Santísima Virgen. Probablemente en muchas partes de nuestras diócesis las circunstancias no permitan la reunión de grandes asambleas. En las parroquias, en las comunidades religiosas, en las familias, todavía será posible organizarse para tener momentos comunes de oración sencillos y sobrios.
Así es como todos nos reunimos, a pesar de todo, y nos reunimos en oración coral, para entregar a Dios Padre nuestra sed de paz, justicia y reconciliación.
Con oraciones,
+ Pierbattista Card. Pizzaballa
Patriarca latino de Jerusalén
Presidente de AOCTS*
* Asamblea de Ordinarios Católicos de Tierra Santa (AOCTS)
Desde su fundación en 1992, la AOCTS reúne a los ordinarios: Obispos/Eparcas/Excarcas de la Iglesia Católica que tienen jurisdicción sobre el territorio de Tierra Santa: Jerusalén, Palestina, Israel, Jordania y Chipre.
Para quienes no están familiarizados con esto, les recordamos que dentro de la Iglesia Católica existen diversos ritos. Los ordinarios pertenecen a las comunidades de los siguientes ritos:
- Latino
- Greco-melquita Católico
- Maronita
- Armenio Católico
- Sirio Católico
- Caldeo Católica
(Donde se agrega el calificativo de "Católico" es porque hay ritos con el mismo nombre pero no católicos)
El Consejo Episcopal Latinoamericano invita a renovar la oración por la paz en el mundo, particularmente ante el conflicto entre israelíes y palestinos.
Unámonos en la plegaria confiada al Dios de la vida por las víctimas, sus familias y amigos, para que el Señor les dé fuerzas y consuelo.
Pidamos por los gobernantes y dirigentes de los pueblos, para que en sus corazones habite el deseo de encontrar soluciones desde la escucha y el diálogo, en el respeto de toda vida humana, poniendo su mirada en los que más sufren.
Que esta tierra, cuna y epicentro de las religiones monoteístas, se transforme en un testimonio a la humanidad de comprensión y convivencia.
Invitamos a todos los cristianos y a los hombres y mujeres de buena voluntad a renovar nuestro compromiso por la paz y a no ser indiferentes ante el dolor que el terrorismo y la guerra son capaces de causar.
Hoy, día del patrimonio en Uruguay, en el que muchas veces se recuerda a arquitectos e ingenieros, Jesús cita las palabras de un salmo para señalar el rechazo que ha recibido de parte de los dirigentes del Pueblo de Dios.
«¿No han leído nunca en las Escrituras: "La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?" (Mateo 21, 33-46)
La imagen de la "piedra angular" está tomada del trabajo de los constructores de aquel tiempo, donde era fundamental elegir bien el trozo de roca que iba a ser colocado en los ángulos del edificio y que aseguraría la solidez de la obra.
Yo me he imaginado muchas veces al constructor yendo a la cantera a buscar una gran piedra. Seguramente, el dueño le ofrecería varias, incluso la mejor, la de mayor precio. Entonces, el constructor diría que no, que le muestre otras, y esa noble roca quedaría allí, relegada, esperando que otro reconociera su real valor y la llevara.
Jesús se presenta, pues, como la piedra rechazada por los constructores pero, que, sin embargo, ha llegado a ser la piedra angular que sostiene todo el edificio.
El rechazo ha sido violento, como lo ilustra el mismo Jesús por medio de la parábola de los viñadores asesinos. Los viñadores son arrendatarios que no entregan al dueño los frutos que le corresponden. El propietario envía servidores, pero éstos son rechazados:
A uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. (Mateo 21, 33-46)
Ese rechazo violento, que, igualmente, sufrirán los enviados siguientes, llegará a su punto álgido, cuando el propietario decide enviar a su propio hijo, pensando “respetarán a mi hijo”.
Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. (Mateo 21, 33-46)
No cuesta entender que es Dios el dueño de la viña y los servidores los profetas; que el Hijo es Jesús, el enviado del Padre y la muerte, fuera de la viña, corresponde a la crucifixión de Jesús, llevada a cabo fuera de la ciudad santa de Jerusalén.
Ahora bien… ¿a qué viene esta parábola? ¿Simplemente a traernos una realidad histórica, mostrando cómo Jesús fue rechazado por las autoridades de su pueblo y que, sin embargo, el Padre lo resucitó y lo colocó como piedra angular de su nuevo pueblo? (“Esta es la obra de Dios, admirable a nuestros ojos”)
El acento lo tenemos que poner, no tanto sobre el rechazo, sino sobre Jesús constituido en piedra angular.
Entonces, podemos preguntarnos si realmente Él ocupa ese lugar en nuestra vida: en nuestra vida personal y en la de nuestra comunidad. Si Jesús no está en el centro de nuestra vida, es difícil ver el valor real de cada cosa, en nuestra relación con los demás, con la creación y con nosotros mismos.
¿Puede estar Jesús fuera del centro de la vida de nuestra comunidad? La pregunta vuelve al plano personal, porque son nuestras actitudes personales, como miembros de la comunidad eclesial las que construyen o menoscaban la vida de la Iglesia.
Las primeras comunidades cristianas llamaban la atención de sus vecinos, como nos lo recuerda el libro de los Hechos de los Apóstoles:
Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse. (Hechos 2,44-47)
Una comunidad unida en el Señor. Una comunidad que tiene a Cristo como piedra angular. Una comunidad que alaba a Dios, que celebra la Eucaristía, que encuentra formas de hacer comunión de bienes para ayudarse mutuamente y ayudar a los necesitados. Una comunidad que llega a ser querida por sus vecinos y que el Señor hace crecer.
¿Estamos ante un sueño inalcanzable? El libro de los Hechos y las cartas de san Pablo nos hacen ver que no todo fue tan ideal. Hubo conflictos, discusiones, engaños, errores graves… pero la comunidad no dejó de invocar la presencia de Jesús ni de dejarse guiar por el Espíritu Santo en sus discernimientos. Por ese camino tenemos que seguir. Hoy somos nosotros quienes formamos la Viña del Señor, y en ella espera Él recoger frutos de vida y esperanza.
Noticias
El domingo pasado estuvo marcado por dos acontecimientos: la culminación del Cursillo de Cristiandad de hombre y de las fiestas patronales de Santa Teresita, en Juanicó.
El miércoles 4, memoria de San Francisco de Asís, comenzó la asamblea del Sínodo de los Obispos. Oremos en estos días por todos los participantes, para que de la escucha del Espíritu Santo surjan propuestas, y que todo el Pueblo de Dios, en comunión, se sienta realmente partícipe de la vida de la Iglesia y sea testimonio vivo y atrayente de la novedad del Evangelio en el mundo.
Exhortación Laudate Deum
En la memoria de San Francisco, el Papa presentó la exhortación Laudate Deum, “Alaben a Dios”, dirigida a todas las personas de buena voluntad sobre la crisis climática. Este mensaje de Francisco está en continuidad con su carta encíclica Laudato si’, de hace ocho años. El Papa presenta el agravamiento del cambio climático y nos dice, en uno de los párrafos finales:
Invito a cada uno a acompañar este camino de reconciliación con el mundo que nos alberga, y a embellecerlo con el propio aporte, porque ese empeño propio tiene que ver con la dignidad personal y con los grandes valores. Sin embargo, no puedo negar que es necesario ser sinceros y reconocer que las soluciones más efectivas no vendrán sólo de esfuerzos individuales sino ante todo de las grandes decisiones en la política nacional e internacional. (69)
Y en el párrafo final:
«Alaben a Dios» es el nombre de esta carta. Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo. (71)
Agenda de la semana
Hoy (8 de octubre), 19 horas, asume el Padre Luis Hernández, Misionero Servidor de la Palabra, como nuevo párroco en Santa María de los Ángeles, Ciudad de la Costa. El P. Alejandro Medina parte para otro servicio misionero.
Mañana el Colegio Nuestra Señora del Rosario de Estación Atlántida, celebra su fiesta patronal, con la Misa a las 14 horas.
También mañana, a las 19 horas, el beato Jacinto Vera estará en la Feria del Libro, con la presentación de la obra de Laura Álvarez Goyoaga “Don Jacinto Vera, el misionero santo”.
El próximo domingo, en el monasterio de las Salesas, Progreso, anticiparemos la fiesta (anticipada en un día) de Santa Margarita María de Alacoque, con la Misa a las 17 horas.
Santoral
9 de octubre: San Dionisio, obispo, y compañeros, mártires. San Juan Leonardi, presbítero.
11 de octubre: San Juan XXIII, Papa. Canelones: creó la diócesis y nombró a su primer obispo.
12 de octubre: Nuestra Señora del Pilar
14 de octubre: San Calixto I, papa y mártir.
Domingo 15 de octubre: Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22, 21)
Jesús acababa de entrar en Jerusalén, aclamado por el pueblo como “Hijo de David”, un título real que el evangelio de Mateo atribuye a Cristo, que ha llegado para proclamar la inminente llegada del Reino de Dios.
En este contexto, se lleva a cabo un singular diálogo entre Jesús y un grupo de personas que lo interrogan. Algunos son herodianos, otros son fariseos, dos grupos de opiniones diferentes con respecto al poder del emperador romano. Le preguntan si es lícito o no pagar el tributo al emperador, para obligarlo a que se defina a favor o en contra del César y tener de esa manera de qué acusarlo.
Sin embargo, Jesús responde con otra pregunta, referida a quién representa la efigie estampada en la moneda corriente. Y ya que es la del emperador, afirma:
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
¿Pero qué es lo debido al César y qué a Dios?
Jesús hace referencia al primado de Dios. En efecto, así como en la moneda está la imagen del emperador, también en cada persona humana está impresa la imagen de Dios.
La misma tradición rabínica afirma que todo hombre fue creado a imagen de Dios[1], empleando el ejemplo de la imagen impresa en la moneda:
“Cuando un hombre acuña monedas con la misma matriz, son todas similares, pero el rey de reyes, el Santo bendito ha acuñado a cada hombre con la misma matriz del primer hombre, y nadie es igual a su compañero”[2].
Por lo tanto, sólo a Dios podemos entregarnos, porque a él sólo le pertenecemos y en él encontramos libertad y dignidad. Ningún poder humano puede pretender la misma fidelidad.
Si hay alguien que conoce a Dios y puede ayudarnos a darle su lugar, este es Jesús. Para él:
“amar significó cumplir la voluntad del Padre, poniendo a su disposición la mente, el corazón, las energías, la vida misma: se entregó por completo al proyecto que el Padre tenía de él. El evangelio nos lo muestra siempre y totalmente ante el Padre. También a nosotros se nos pide lo mismo: amar significa hacer la voluntad del Amado, sin medias tintas, con todo nuestro ser. Y se nos pide la más grande radicalidad, porque a Dios no se le puede dar menos: todo el corazón, toda el alma, toda la mente”[3].
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Cuántas veces nos encontramos frente a los dilemas, a las opciones difíciles que corren el peligro de hacernos resbalar en la tentación de fáciles escapatorias. También Jesús fue puesto a prueba frente a dos soluciones ideológicas, pero para él estaba claro: la preeminencia es la llegada del Reino, con el primado del amor.
Dejémonos interrogar por esta Palabra: ¿nuestro corazón ha sido conquistado por la fama, la carrera fulminante? ¿Admira a las personas de éxito, a los varios influencers? ¿Acaso le damos a las cosas el lugar que le corresponde a Dios?
Con su respuesta, Jesús propone un salto de calidad, nos invita a un discernimiento serio y profundo en nuestra escala de valores.
En lo profundo de la conciencia podemos escuchar una voz, a veces sutil y quizá entorpecida por otras voces. Pero podemos reconocerla: es la que nos impulsa a ser buscadores incansables de caminos de fraternidad y nos da ánimo para renovar siempre esta opción, incluso al precio de ir contra corriente.
Es un ejercicio fundamental para construir las bases de un auténtico diálogo con los demás, para encontrar siempre respuestas adecuadas a la complejidad de la vida. Lo cual no significa sustraerse a la responsabilidad personal frente a la sociedad, sino en todo caso ofrecerse como un servicio desinteresado al bien común.
Durante la prisión que lo llevaría a la ejecución por su resistencia civil al nazismo, Dietrich Bonhoeffer le escribe a su novia:
“No entiendo la fe que huye del mundo, sino la que resiste en el mundo y ama y permanece fiel a la tierra, a pesar de todos los sufrimientos que comporta. Nuestro matrimonio tiene que ser un sí a la tierra de Dios, tiene que reforzar en nosotros el coraje de obrar y crear algo en la tierra. Temo que los cristianos que se osan estar en la tierra con un pie solo, estarán también con un solo pie en el cielo”.
Letizia Magri y equipo de Palabra de Vida
NOTAS
[1] Cf. Génesis 1.26 [2] Mishná Sanhedrin 4,5 [3] C. Lubich, Palabra de Vida de octubre 2002
“Si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos”.
Hace apenas unos días, me tocó compartir una experiencia con un grupo de niños. Con motivo del Mes de la Palabra de Dios, en la parroquia de San José de Carrasco se hizo un túnel de la Biblia, un recorrido por toda la Historia de la Salvación, presentada a través de diferentes medios, incluyendo representaciones en vivo.
A mí me impresionó la capacidad de asombro de esos niños y el interés que ponían en cada episodio. Se mostraron muy sensibles frente a una representación del sacrificio de Isaac y, aunque solo escucharon el relato, cuando oyeron que san Pablo fue decapitado…
Me impresionó especialmente el momento en que llegamos a lo que representaba la cueva de Belén y vieron una imagen del niño Jesús en el pesebre. Una linda imagen, muy bien iluminada.
Entonces dijeron: “Es Jesús”, “uau” se oyó a uno, y otras expresiones de alegría y de asombro. Un momento precioso.
Yo salí muy feliz de haber hecho el camino con ellos, porque pude ver todo, no con mi mirada, que seguramente encontraría algún detalle a mejorar o a corregir… En cambio, lo pude ver con los ojos de ellos y así dejarme sorprender también. De alguna forma pude, por un momento “hacerme como niño”.
En este día de fiesta, animémonos también nosotros a entrar como niños, dejándonos asombrar, dejándonos sorprender, en otro túnel, en el túnel de Santa Teresita. Pero este túnel empieza por un ascensor. Vamos a ver.
El evangelio de hoy, esto de hacernos como niños, tiene relación directa con la vocación de santa Teresita y el camino espiritual que ella fue encontrando y siguiendo. ¿Cómo encontró ese camino? Ahí tenemos su mirada asombrada, de niña. Cuenta Teresita:
Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente.
El ascensor. Uno puede imaginar su asombro cuando ve esa caja que sube llevando a la gente sin que ellos tengan que hacer ningún esfuerzo. Y recordando esa experiencia, por ahí empieza a buscar su camino:
Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor (…) y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí.
Y ella siguió buscando en la Escritura y encontró otra pista, en el profeta Isaías, donde Dios dice:
Como una madre acaricia a un hijo, así los consolaré yo; los llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas los meceré. (cf. Isaías 66,12-13)
Los llevaré en mis brazos. Escuchando esas palabras de consuelo, llega a esta conclusión:
¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más.
Las carmelitas tenían a Santa Teresa de Jesús, Teresa la Grande, la reformadora del Carmelo, la gran maestra espiritual. Nuestra santa lleva su mismo nombre: Teresa. En francés no hay un diminutivo para Teresa. No existe la forma “Teresita”. Se dice la petite Thérèse, “la pequeña Teresa”. Nuestra lengua nos da la fortuna de poder decir, más dulcemente, “Teresita”. Pero si la Gran Teresa era “Teresa de Jesús”, nuestra Teresita, que quiere ser pequeña y empequeñecerse más y más, elige agregar a su nombre “del Niño Jesús”, “Teresa del Niño Jesús”.
A mí no deja de asombrarme esta jovencita que, queriendo ser cada vez más chiquita, se hizo tan grande.
Murió en 1897, a los 24 años. Una vida muy breve, pero una vida completa; una vida que dejó una gran huella en la Iglesia. 26 años después de su muerte, en 1923, fue beatificada por el Papa Pío XI, que fue también quien la canonizó, apenas dos años más tarde.
En 1929, cuatro años después de la canonización, se colocó la piedra fundamental de esta iglesia, la primera en Uruguay dedicada a Santa Teresita.
Hoy es Iglesia parroquial, pero comenzó siendo capilla. Y para muchos sigue siendo “capilla”, porque me han dicho que si uno viene en ómnibus a Juanicó tiene que decir “me bajo en la capilla” y si dijera “me bajo en la parroquia” no le entenderían. Escuchando eso desde el Cielo, Santa Teresita debe sonreír con picardía, como diciendo “yo quiero seguir siendo chiquita”.
Para seguir asombrándonos en el túnel de Teresita, tenemos que recordar que la Iglesia no solo la venera como santa, sino que la reconoce como Doctora, Doctora de la Iglesia, igual que santa Teresa de Jesús.
Esto lo hizo san Juan Pablo II en 1997, en el centenario de la partida al Cielo de la santa.
Doctora, aquí, quiere decir, maestra, maestra de vida cristiana, con un alto grado. Alguien que ha dejado enseñanzas que hay que tomar muy en serio.
Otra vez, en apenas 24 años de vida ¿cómo fue posible eso?
Eso fue posible desde un profundo amor a Dios, que la llevó a darse enteramente a él, “como una virgen pura”, como dice San Pablo en la segunda lectura. Ese amor a Dios de Teresita es respuesta al amor de Dios, al inmenso amor con que Dios nos ama, como Padre Creador, como Hijo redentor, como Espíritu Santo santificador.
Así nos ama Dios. Así nos ama a todos. Nadie está fuera de su amor.
Sin embargo, hay muchas personas que no llegan a conocer el amor de Dios. No se han sentido amadas por Él, a pesar de que Él nos ama. Teresita tuvo la Gracia de percibir y recibir ese amor. Nunca dudó que fuera amada y nunca dudó en corresponder a ese amor.
Correspondiendo a ese amor, se sentía llamada al martirio, a dar su vida por Jesús de todas las formas posibles; a realizar todas las obras de los santos, a ser misionera, a llevar el Evangelio “al mismo tiempo en las cinco partes del mundo y hasta las islas más remotas”.
Y uno no puede menos que asombrarse que, con todos esos anhelos, ella entrara al Carmelo, es decir, saliera del mundo, de lo que podía ser el terreno de la misión, para dedicarse a la oración, como diríamos, a tiempo completo. Es verdad que las carmelitas francesas ya tenían sus mártires, las 17 carmelitas de Compiègne, que fueron decapitadas -decapitadas como san Pablo, pero en la guillotina- durante la revolución francesa.
Ese anhelo misionero hace que Teresita reciba otro título: con san Francisco Javier, que llevó el evangelio a los extremos del mundo, ella es patrona de las misiones. Por ella, octubre es el mes de las misiones. Pero también vivió su misión desde el Carmelo, como lo cuenta ella misma:
Presiento que mi misión va a comenzar, la misión de hacer amar a Dios como yo lo amo, la de enseñar mi caminito a las almas sencillas.
Hacer amar a Dios como yo lo amo y enseñar su caminito. Y sigue diciendo:
El caminito de la infancia espiritual, de la confianza y del total abandono. Jesús se complace en enseñarme el único camino que conduce al Amor y este camino es el del abandono del niño que se duerme sin temor en brazos de su Padre.
Pero ese abandono en las manos del Padre no significa no hacer nada y quedarse esperando. Al contrario, dice Teresita:
En el caminito, hay que hacer cuanto esté en nosotros, dar sin medida, renunciarse continuamente. En una palabra, probar nuestro amor por medio de todas las buenas obras que estén en nuestra mano.
Pero, como al fin, esto es bien poco... después de haber hecho todo lo que debíamos hacer, confesémonos "siervos inútiles", esperando que Dios nos dé, por Amor, todo lo que le pedimos.
Queridas hermanas, queridos hermanos:
Sigamos a Santa Teresita que, por su caminito, que nos lleva hacia el amor de Dios.
Vayamos como niños, dispuestos a asombrarnos y a dejarnos sorprender, como ella, con el tesoro de Gracia que Dios tiene para nosotros.
Y recordemos que ese tesoro no es para guardarlo ni esconderlo, sino para compartirlo. Guardándolo y escondiéndolo, lo perdemos. Compartiéndolo, lo acrecentamos.
Teresita quería “anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo y hasta las islas más remotas”. Nosotros estamos llamados a anunciar el Evangelio aquí y ahora, en nuestro suelo canario, en nuestros campos y caminos, en nuestras chacras, tambos y viñedos, en nuestras playas, ciudades y pueblos. Anunciar el amor de Dios por cada una de sus criaturas, pero especialmente a los pequeños y a los que están heridos y lastimados y no conocen su amor.
“Presiento que mi misión va a comenzar”, escribía Teresita. Comenzó y, ¡vaya si continuó! Para poder acompañarla, como misioneros del Evangelio, retomemos la petición que hicimos al comienzo de esta Misa.
Señor: ayúdanos a seguir confiadamente el camino de santa Teresa del Niño Jesús, para que, con su intercesión, podamos contemplar tu gloria eterna. Amén.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Les agradezco de corazón su visita. Este año celebran con alegría y gratitud los 40 años desde que recibieron su carisma específico, es decir, la aventura de presentar al Señor Resucitado, origen y fin de nuestra esperanza, a los necesitados. Y es tan hermoso su carisma: ¡el carisma de la esperanza! No deben abandonar nunca esta
vocación a la esperanza, la más humilde de las virtudes teologales, pero la más cotidiana y la más "fuerte".
En el Evangelio según san Mateo, Jesús se nos presenta así: "Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver" (25,35-36). Con estas palabras, el Señor se identifica con nuestros hermanos y hermanas más pobres, más necesitados, más sufrientes. Hace cuarenta años, su carisma nació de la petición de ayuda de un
joven que quería liberarse de la drogadicción: en él – y en todos los que vinieron después – reconocieron a Cristo que les dijo: yo era esclavo de la droga y ustedes me acogieron, para devolverme la esperanza y hacerme comprender que una vida nueva es posible. La llamada que Dios les hace, para que lleven esperanza a quienes quizá
ya no tengan sentido en sus vidas, es una llamada a amarlo incondicionalmente en las personas que se encuentran en situaciones socialmente vulnerables.
Uno de los grandes problemas del mundo actual es la indiferencia, "la seducción de la indiferencia", como recordé en la Encíclica Fratelli Tutti. Ustedes, en cambio, no fueron indiferentes al dolor que veían en los rostros de tantos jóvenes, afligidos por un gran sufrimiento existencial, especialmente de aquellos cuyas vidas fueron destruidas por la droga y otras adicciones. Ustedes se hicieron "prójimos", más aún, "hermanos" de tantas personas que recogieron de la calle y, como en la parábola del Buen Samaritano, las acompañaron para tratarlas, curarlas y ayudarlas a recuperar su dignidad.
Ustedes saben muy bien que llevar esperanza significa no sólo ayudar a superar los vicios, a superar los traumas, a encontrar el propio lugar en la familia y en la sociedad. Recordamos las palabras del Papa Benedicto XVI, cuando los visitó en Guaratinguetá en el 2007: "La reinserción en la sociedad es, sin duda, una demostración de la eficacia de su iniciativa. Pero lo que más llama la atención, y confirma
la validez del trabajo, son las conversiones, el redescubrimiento de Dios y la participación activa en la vida de la Iglesia”. El Carisma de la Esperanza, como don suscitado en medio de ustedes por el Espíritu Santo, los lleva a ocuparse de las personas en su integridad material y espiritual, en cuerpo y alma.
Este carisma es confiado a todos ustedes. Los fundadores fueron instrumentos providenciales para que este don tomara forma, se consolidara, encontrara su lugar en la Iglesia y llegara a tantas personas. Después de 40 años, en fidelidad a la inspiración original, nuevas personas están llamadas a asumir la responsabilidad de
conservar y hacer fructificar este patrimonio espiritual que el Señor les ha confiado. No tengan miedo de esta nueva etapa. Vívanla con humildad, con confianza y preservando la comunión espiritual entre ustedes. Y el Señor, que comenzó con ustedes este camino, permanecerá cerca de ustedes y lo llevará a término.
Agradezco a Dios y a ustedes su testimonio en las diversas obras de su asociación, como las "Fazendas de la Esperanza", esparcidas por todo Brasil y, desde 1998, presentes también en otros países.
También estoy muy agradecido por el trabajo que realizan con sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas, ayudándoles a superar los desafíos y problemas psicológicos que afectan a algunas personas consagradas a Dios. ¡Adelante con esta buena labor, tan necesaria para la Iglesia!
Queridos amigos, les deseo lo mejor en su camino por la senda de la esperanza. Que la Virgen María los acompañe. Bendigo cordialmente a esta gran Familia y su misión. Y les pido, por favor, que recen por mí. Gracias.