lunes, 25 de diciembre de 2023

¡Feliz Navidad! Hoy nos ha nacido un Salvador. Saludo del Obispo de Canelones.

Es la mañana del 25 de diciembre de 2023. El televisor encendido me ofrece un canal de noticias. Veo imágenes de algunos de los acontecimientos de este año, que van desde eventos deportivos hasta las guerras en Ucrania y Gaza. Mientras una voz va comentando esos diferentes sucesos, titulares de noticias más recientes van cruzando la parte inferior de la pantalla.

En este día, el día de Navidad, ¿qué titular podríamos escribir para anunciar el acontecimiento más trascendental de toda la historia? ¿Podremos convertir en un titular entendible para todos las palabras del ángel? 

HOY, EN LA CIUDAD DE DAVID, 
LES HA NACIDO UN SALVADOR, 
QUE ES EL MESÍAS, EL SEÑOR.

 ¿O nos quedaremos con éste, más de nuestros tiempos? 

MUJER DE UNA PAREJA 
EN SITUACIÓN DE CALLE 
DIO A LUZ EN UN GALPÓN

Sin embargo, a lo largo de veinte siglos, cuántos se han inspirado en la historia que nos contó anoche san Lucas, en la Misa de Nochebuena. Pienso, apenas, en el pintor Murillo, cuyos pastores tienen los rostros familiares de la gente de su pueblo. O en Joseph Mohr y Franz Gruber, que compusieron la letra y la música de “Noche de Paz”. La paz… don de Dios, que no cesamos de pedir para nuestro mundo.

El relato del nacimiento que nos ha dejado Lucas inspira por su hermosura: es cálido, sencillo, incluso en la pobreza de la escena. Pero no hagamos de él una postal navideña romántica. 

Lucas tiene un mensaje más profundo para compartir: la verdad de que Dios vencería todo poder terrenal e invitaría a las personas a vivir una nueva relación: no de poder, sino de amor.

El escenario de Belén, la ciudad natal del rey David, muestra cómo Jesús, como hijo de David e Hijos de Dios, en una forma que nadie había anticipado, cumple las antiguas esperanzas y sueños de Israel. 

Este evento que divide en dos la historia y cambia el mundo merece otro titular, que encontramos en el Evangelio de Juan, y leemos en la Misa de Navidad durante el día de hoy. 

LA PALABRA SE HIZO CARNE 
Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

Esa es la buena noticia que atrajo a San Francisco de Asís. Dios ha entrado en nuestro mundo, ha abrazado nuestra humanidad y ahora está irrevocablemente comprometido a quedarse entre nosotros, para llevarnos hasta Él.

En esta Navidad de 2023 se cumplen 800 años del primer pesebre armado por San Francisco en Greccio, un pueblo que él encontró parecido a Belén.

Con elementos tomados del Evangelio de Lucas, Francisco formó el pesebre para transmitir la verdad proclamada en el Evangelio de Juan.

Él quería que la escena del pesebre despertara en el corazón de las personas lo que habían olvidado, lo que Dios ve y ama, el amor del Padre por el Hijo, ahora visible en una persona humana. 

Allí converge toda la creación. Allí se cruza la profecía con la promesa. 

Contemplar el pesebre en el que creía San Francisco permite captar algo muy profundo sobre Dios y aprender algo profundo sobre nosotros mismos. 

“Dios nos ofrece su amor” haciéndose uno de nosotros, tomando nuestra carne, porque somos sus hijos y cada uno de nosotros es para él de gran valor, porque es único e irremplazable.

Los seres humanos no llegamos a conocer nuestro verdadero valor por nosotros mismos.

Se ha necesitado a Dios para escribir el titular final, escrito en la Palabra hecha carne, dicha por Dios desde la eternidad, pero ahora nacida en el tiempo, metida en nuestra historia y viviendo entre nosotros.

Y es por eso, nada más y nada menos que por eso, que podemos decirnos unos a otros: ¡Feliz Navidad! 

+ Heriberto

jueves, 21 de diciembre de 2023

24 de diciembre de 2023, cuarto domingo de adviento… y Nochebuena. “El Señor está contigo” (Lucas 1,26-38)

Amigas y amigos:

Hoy comienza y termina la cuarta semana del adviento. Una semana que apenas dura un día: desde las vísperas del sábado 23, a las vísperas de este domingo, momento en que comienza el tiempo de Navidad.

Por eso, nuestra reflexión de hoy tratará de tomar en cuenta los dos aspectos de este domingo, bisagra entre el tiempo de adviento y el de Navidad.

En la Misa de adviento, el evangelio nos presenta la escena de la anunciación, el momento en que María recibe el anuncio de que va a ser madre del Salvador y acepta la misión que Dios le ha confiado, diciendo al ángel Gabriel:

«Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lucas 1,26-38)

En la Misa de Nochebuena, también en el evangelio de Lucas, se nos presenta el nacimiento de Jesús, anunciado por los ángeles a los pastores:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» (Lucas 2, 1-14)

Entre una escena y otra, transcurren los nueve meses de gestación del Hijo de Dios en el seno de María.

Contemplemos esas escenas. San Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, nos impulsa a meternos dentro de las escenas del evangelio utilizando nuestra imaginación; no como una especie de película que pase delante de nuestros ojos, sino poniéndonos también nosotros mismos en la escena. 

Como primer punto para la contemplación del Nacimiento de Jesús, esto propone san Ignacio:

Ver a Nuestra Señora y a José y a la esclava, y al Niño Jesús recién nacido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndoles en lo que necesiten, como si me hallase presente, con todo el acatamiento y reverencia posibles; y después reflexionar en mi interior para sacar algún provecho. (Ejercicios Espirituales, 114)

¿Qué puede necesitar la Sagrada Familia en ese momento? Todo y nada. Todo, porque el niño nace “en suma pobreza”, como dice más adelante San Ignacio; pero, a la vez, nada, porque allí está Dios presente, de una manera completamente nueva, inédita. Y, más que nunca, allí se hace verdad que “solo Dios basta”. Y aunque yo tenga mucho para ofrecer, nada de lo que tengo es necesario y puedo verme así, como decía Ignacio, como “un pobrecito”, porque nada tengo para ofrecerle a Dios y, en cambio, el niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” tiene todo para darme.

Eso expresa la sabiduría de un viejo villancico:

Al niño recién nacido
todos le ofrecen un don;
yo soy pobre y nada tengo:
le ofrezco mi corazón.

Volvamos a la escena de la anunciación. En su saludo, el ángel Gabriel le dice a María: 

«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»  (Lucas 1,26-38)

El evangelio sigue diciendo:

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.  (Lucas 1,26-38)

Es curioso que María no se manifiesta sorprendida porque un ángel aparezca allí y le hable, sino por lo que el mensajero le dice, por la forma en la que la ha saludado.

Este saludo del ángel tiene un lejano antecedente, que encontramos en el libro de los Jueces, en la sección dedicada a Gedeón:

El Ángel del Señor se le apareció a Gedeón y le dijo: 
«El Señor está contigo, valiente guerrero». (Jueces 6,12)

El Pueblo de Dios vivía en aquel momento un sinnúmero de dificultades… la humanidad siempre pasa por tiempos difíciles. Siempre tenemos en nuestra vida algo que nos preocupa, nos amarga, nos angustia. El domingo pasado escuchábamos en la segunda lectura la invitación de san Pablo: “estén siempre alegres”. ¿Cómo estar siempre alegres, con todas las cosas que suceden en el mundo, en la sociedad, en nuestra familia o en nuestra propia vida personal?

Y Gedeón se siente muy afectado por todo lo que está pasando su pueblo. Acaso él también se siente tentado, como los israelitas en el desierto, a preguntarse: 

«¿El Señor está realmente con nosotros, o no?» (Éxodo 17,7). 

Esto es lo que responde Gedeón:

«Perdón, señor; pero si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto? ¿Dónde están todas esas maravillas que nos contaron nuestros padres, cuando nos decían: «El Señor nos hizo subir de Egipto?» Pero ahora él nos ha desamparado y nos ha entregado en manos de Madián». (Jueces 6,13)

Si el Señor está con nosotros ¿por qué nos sucede todo esto?

Pero Gedeón ha sido saludado como “valiente guerrero”. Él es aquel a quien Dios ha elegido para guiar a su gente y sacudir el yugo que otro pueblo le ha impuesto.

El saludo que recibe María también dice algo de ella: “llena de gracia”. Gedeón era el guerrero valiente, que podía liderar el combate, y por eso fue elegido. María es la mujer “llena de gracia”, la creyente, la que puede llevar a cabo una etapa crucial del proyecto salvador de Dios, no ya para un solo pueblo, sino para toda la humanidad: la encarnación del Hijo de Dios, la presencia de Dios hecho hombre, del Emmanuel, el “Dios con nosotros”. “El Señor está contigo”, le dice el ángel; y a través de tu maternidad, Dios se hará presente en el mundo, hombre entre los hombres, como Salvador. 

Algunos esperaban que ese salvador fuera un soldado, como Gedeón. Recuerdo otro villancico: 

“Lo esperaban un guerrero y fue paz toda su guerra; 
lo esperaban rey de reyes y servir fue su reinar”
(Navidad sin pandereta)

María creyó en las palabras del ángel, incluido su saludo. Creyó que el Señor estaba realmente con ella, para que se cumpliera lo anunciado. Por eso, pronuncia su sí, su asentimiento a la voluntad de Dios, haciendo posible ese cumplimiento. Volvamos a escuchar su palabra:

«Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.»  (Lucas 1,26-38)

María no sabe lo que vendrá: qué riesgos, qué peligros, qué dolores, qué angustias le esperan.

Pero ella es consciente de que es el Señor quien se lo pide y ella se fía totalmente de Él, se pone en sus manos, se abandona a su amor. Esa es la fe de María y ella es espejo para nuestra fe.

Amigas y amigos, preparémonos a celebrar esta Navidad con Jesús, María y José. El Niño de Belén es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Es Él quien hace que hoy tengan sentido para cada uno de nosotros las palabras del Ángel: “el Señor está contigo”. Sí, Él está con nosotros, según su promesa. Muy Feliz Navidad, y que la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca siempre. Amén.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Nuevo diácono permanente para Canelones. Ordenación de Marcelo Villalba en Joaquín Suárez.

El 17 de diciembre de 2023, tercer domingo de Adviento "Gaudete", en la parroquia San Francisco de Asís de Joaquín Suárez, Canelones, Mons. Heriberto Bodeant ordenó diácono permanente a Marcelo Villalba, miembro de esa comunidad. Esta es la homilía del Obispo.  

Queridos hermanos y hermanas:

“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.” (Evangelio, Juan 1, 6-8. 19-28)

Así comienza el pasaje del evangelio que hemos escuchado hace un instante. El evangelista nos hace ver que ese hombre no llegó por su cuenta, no se otorgó a sí mismo una misión, sino que la recibió de Dios y la aceptó. 

Y Juan aceptó lo que Dios le encomendó, no como una actividad, sino como aquello que llenó totalmente su ser, que determinó su mismo modo de vida. Como lo señaló Jesús, Juan no fue un hombre vestido con refinamiento, que vivía en los palacios de los reyes (Mateo 11,8). La vida austera que llevó en el desierto, fue su preparación a la misión, en una soledad llena de Dios.

Al comenzar a desarrollar su misión al otro lado del Jordán, el Bautista atrajo multitudes. Ante esto, sacerdotes y levitas fueron enviados para interrogarlo.

«¿Quién eres tú?» le preguntaron. La primera respuesta de Juan salió al encuentro de la gran expectativa de su tiempo: «Yo no soy el Mesías», les dijo. 

Las siguientes respuestas también fueron negativas. Juan declaró que él no era Elías, cuyo regreso se esperaba (Malaquías 3,23), ni tampoco el profeta, a la manera de Moisés, que había sido anunciado (cf. Deuteronomio 18,15).

Con insistencia volvieron a preguntarle: ¿Quién eres? ¿qué dices de ti mismo?

La respuesta de Juan fue 

«Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.» (Evangelio, Juan 1, 6-8. 19-28)

“Yo soy una voz”. Juan se identifica con su misión. Él es la voz por medio de la cual Dios llama a los hombres a abrirle camino. Un camino para que Dios pueda llegar al corazón de los hombres.

Juan es la voz, no la Palabra. De la Palabra nos habla otro pasaje de este capítulo del evangelio según san Juan. La Palabra es el Hijo de Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros: el acontecimiento que nos disponemos a celebrar en Navidad. 

Juan es testigo, testigo de la luz. Testigo de Cristo, Luz del Mundo.

Hermanos y hermanas, el testimonio del Bautista nos habla de nuestra común vocación: la vocación cristiana, la vocación del bautizado. En nuestro bautismo hemos recibido la luz de Cristo. ¿Cómo ser buenos portadores de esa luz? San Pablo nos dice hoy: 

“Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión” (Segunda lectura, Tesalonicenses 5,16-24). 

Siempre, sin cesar, en toda ocasión: alegres, orantes, agradecidos. Alegres en el Señor, que nos muestra su salvación, que viene a nosotros con el perdón y la misericordia. Es en Él, y solo en Él, que nuestra vida puede hacerse verdaderamente luminosa, brillando como haces de luz en el mundo, en medio de tanta violencia, corrupción y extravío, ofreciendo a todos la Palabra de Vida (cf. Filipenses 2,15-16).

Querido Marcelo: 

Tú estás hoy aquí porque recibiste el llamado del Señor por medio de la Iglesia, y has respondido, “en forma voluntaria y libre”, como dices en tu carta, y con el apoyo de tu familia. Tú y tu esposa Marita celebran también, hoy, nada menos que 24 años de casados, de modo que este sacramento que vas a recibir, queda particularmente asociado al del matrimonio que desde entonces los ha hecho “un solo ser”.

Has seguido un camino de formación, acompañado por el P. Miguel y por tu párroco, el P. Fabián, y compartiendo distintas instancias con otros compañeros de ruta; tantos quienes ya estaban en el ministerio como quienes, como tú, se preparaban a recibirlo. Sabemos de las exigencias de tu trabajo, pero hemos visto también cómo has buscado equilibrar, en lo posible, los tiempos, para poder servir a la comunidad. A eso tendrás que sumar también la participación en las reuniones de clero y de decanato, que necesitamos todos para caminar juntos como Iglesia diocesana.

En tu invitación a esta celebración tuviste el detalle de recordar que, hace 50 años, se inició en el Uruguay el camino del diaconado permanente, siguiendo las directivas del Concilio Vaticano II, que restableció este ministerio para toda la Iglesia. Algunos todavía se preguntan sobre la identidad o, aún, la necesidad de este ministerio: ¿acaso no pueden hacer los laicos, en algunos casos con un permiso especial, todo lo que hace un diácono? Sí, pero los diáconos lo hacen con la gracia que da el sacramento del Orden. Con esa gracia, el diácono es hecho voz que anuncia la Palabra de Vida, unido a Cristo Servidor, el hijo de la Servidora del Señor.

Precisamente, tú has elegido como lema las palabras de Jesús: 

“No he venido a ser servido, sino a servir” (Mateo 20,28). 

El verbo que aparece en griego en el evangelio es diakonēsai que significa servir y es de donde se deriva la palabra diácono, servidor. Podemos decir que Jesús es el primer diácono, en cuanto se hizo “servidor de todos” (cf. Marcos 9,35).

El diácono es servidor, pero no tiene la exclusividad del servicio. Toda la Iglesia es servidora y servidor es cada uno de sus miembros. San Pablo VI, en su alocución en la última sesión pública del Concilio Vaticano II lo expresaba con mucha fuerza: 

“La Iglesia se ha declarado casi como la sirvienta de la humanidad” (7 de diciembre de 1965). 

El testimonio de servicio de los diáconos anima a toda la comunidad a crecer en el servicio a la humanidad. Llamados desde los orígenes a preocuparse por los pobres, los diáconos ayudan a la comunidad a actuar en favor de los hermanos más necesitados, recordando siempre, como enseñaron los obispos reunidos en Puebla en 1979, que 

“el mejor servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente” (Documento de Puebla, 1145).

Finalmente, Marcelo, recuerdo que tú y Marita se han sentido atraídos por la espiritualidad franciscana y han hecho su compromiso en la Tercera Orden. No podemos olvidar que esta parroquia, a la que quedarás adscripto, tiene como patrono a San Francisco de Asís, quien recibió el sacramento del Orden en el grado del diaconado y quiso permanecer en él, sin acceder a la ordenación presbiteral, pese a que podía haberla recibido.

En esta Nochebuena se cumple el octavo centenario del primer pesebre que organizó San Francisco, en el pueblo de Greccio. Allí, según un relato escrito dos años después de su muerte, 

“se celebró junto al pesebre el solemne rito de la Misa y el sacerdote saboreó un consuelo jamás antes gustado. Francisco se vistió como diácono, porque lo era, y cantó en alta voz el santo Evangelio. Aquella voz fuerte y dulce, limpia y sonora, fue para todos una invitación a pensar en la suprema recompensa. Después habló al pueblo y con dulcísimas palabras evocó al Rey recién nacido en la pequeña ciudad de Belén”. (1)

Marcelo, que San Francisco, diácono, hermano de toda la creación, hermano de la humanidad entera, hermano de los pobres, guíe tus pasos en el servicio que hoy asumes, así como en el amor a tu familia, a tu comunidad parroquial, a nuestra diócesis canaria y a la Iglesia toda. Así sea.

Nota:

(1) Tommaso da Celano, 1228. Citado en Francesco d’Assisi diacono a Greccio.

https://www.assisiofm.it/francesco-d-assisi-diacono-a-greccio-74048-1.html

jueves, 14 de diciembre de 2023

“Yo soy una voz que grita en el desierto” (Juan 1,6-8,19-28). Domingo Gaudete, III de Adviento.

Amigas y amigos, hoy, a las 18 horas, aquí, en la parroquia San Francisco de Asís, en Joaquín Suárez, será ordenado diácono Marcelo Villalba. Es la cuarta y última ordenación diaconal de este año. Un diácono en camino al sacerdocio, Sergio, y tres diáconos permanentes: José, Piero y Marcelo.

Agradecemos al Señor este gran don para nuestra diócesis y rogamos para que cada uno de ellos viva intensa y profundamente su ministerio, en el servicio y el amor a Dios y al prójimo.

Hoy, el evangelio nos invita a contemplar la figura de un hombre que respondió fielmente al llamado de Dios: Juan el Bautista.

Cuando abrimos el evangelio según san Juan, en el capítulo uno, encontramos un texto muy solemne y allí, una frase clave:

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1,14)

Ese es el pasaje que leemos en la misa del día de Navidad. Allí, la encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento es el gran tema, el gran acontecimiento. Pero este domingo, leemos en el mismo capítulo el momento en que es presentado Juan el Bautista:

“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan” (Juan 1,6-8,19-28).

El Bautista es, para nosotros, un personaje familiar. Ya hablaba de él el evangelio del domingo pasado, contándonos que apareció “proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”.

El evangelista Juan, en este pasaje, nos acerca al misterio de este hombre. Lo primero que nos dice el evangelista es que el bautista ha sido “enviado por Dios”. Eso quiere decir que no ha venido por su cuenta, no se ha investido a sí mismo de una misión, sino que la ha recibido y aceptado.

La misión de Juan, sigue diciendo el evangelio, era “dar testimonio de la luz”. 

Si lo pensamos por un instante, es una misión un poco extraña, ya que, de todo lo que existe en la Creación, no hay nada más manifiesto, más evidente, que la luz. Todos nos damos cuenta de que hay luz o de que falta luz… salvo quienes no pueden ver, quienes viven en permanente oscuridad… ¿cuál es la luz de la que ha venido a dar testimonio Juan? ¿Quiénes son los que no pueden ver, los que necesitan recibir el testimonio de la luz?

Los cuatro evangelios nos pintan el retrato de Juan el Bautista. Un hombre que “vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel” (Lucas 1,80). Llevaba una vida austera y predicaba de forma clara y directa, llamando al arrepentimiento a todos los pecadores e increpando a aquellos que se le acercaban con hipocresía. Su aparición despertó muchas expectativas en la gente, que pensaba que él podía ser el Mesías esperado. En nuestro evangelio de hoy vemos cómo las autoridades judías envían sacerdotes y levitas para preguntar a Juan quién era él. Lo primero que Juan dice es “Yo no soy el Mesías”. Después le preguntan si es Elías, el profeta del que se había anunciado que volvería. “No”, responde el Bautista. Todavía queda una posibilidad: “¿Eres el profeta?”. “Tampoco”, responde Juan. Ese profeta sin nombre estaba anunciado en el libro del Éxodo: un profeta a la manera de Moisés.

Frente a esas negativas, los enviados vuelven a preguntar y Juan responde:

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.» (Juan 1,6-8,19-28)

“Yo soy una voz”. Así se define Juan. Él ha sido llamado para una misión y ha respondido. El profeta Isaías lo había anunciado de manera misteriosa:

Una voz grita: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! (Isaías 40,3)

Juan se identifica con esa voz que llama a preparar el camino para que el Señor llegue. Un camino al corazón de los hombres.

Juan llegó a ser un personaje importante. El hecho de que las autoridades envíen delegados a preguntarle quién es significa que lo están tomando en serio. El mismo rey Herodes, a pesar de que consentirá en que Juan sea decapitado, también lo tenía en consideración:

Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía, quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto. (Marcos 6,20)

El mismo Jesús muestra una alta valoración por el Bautista, aunque también lo ubica en su lugar de bisagra entre dos tiempos de la historia de la salvación:

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. (Mateo 11,11 cf. Lucas 7,28)

Pese a toda esa importancia, que a otro podría habérsele subido a la cabeza, Juan mantuvo hasta el final su coherencia de vida, sin pretender ocupar el lugar de Aquel a quien él tenía la misión de anunciar. Así lo declara en el evangelio de hoy:

«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.» (Juan 1,6-8,19-28)

Esa es la grandeza de Juan: responder al llamado de Dios y ser fiel hasta la muerte. Como testigo de la luz, él anuncia a Jesucristo, Luz del Mundo. Su testimonio comienza a abrir los ojos de los ciegos. Quienes lo escuchen, podrán reconocer en Jesús al Mesías. Otros, en cambio, no querrán ver.

El testimonio del Bautista nos interpela fuertemente, con dos grandes interrogantes: 

Primero: ¿reconocemos a Jesús como el Mesías, el Salvador? Ese reconocimiento, ¿me ha llevado a la conversión, más aún, me ha hecho entrar en un proceso de conversión permanente?

Segundo: ¿cuál es el llamado de Dios para mí? La vocación no es un sentimiento, sino la voz misma de Dios en mi corazón. Su llamado espera una respuesta. La vocación última de cada persona que viene a este mundo es la santidad, que cada una realiza en fidelidad a su vocación particular, que debe procurar descubrir y a la cual debe responder. Hay quienes están llamados a una especial consagración, en el sacerdocio o en la vida religiosa; pero muchos descubren el llamado de Dios en su vida laical, en su vida cotidiana: en la familia, en el trabajo, en la vida en sociedad. El llamado continúa a lo largo de los años, porque la respuesta inicial que dimos a Dios va a ir pidiendo sucesivas respuestas, concretas, cada día de nuestra vida. Que nuestros ojos no estén ciegos a Cristo, porque es bajo su luz que cada uno puede encontrar su vocación y el sentido de su vida.

En esta semana

El próximo domingo es 24 y eso crea una situación especial. Por un lado es el cuarto domingo de Adviento y con él empieza la cuarta semana de este tiempo previo a la Navidad. Pues bien, esa semana será de apenas unas horas, ya que al atardecer empieza la Nochebuena.

Entonces, recordemos que el sábado 23 y el domingo 24 por la mañana, se celebra la Misa del cuarto domingo de adviento; y, a la noche, la Misa de Nochebuena.

Aprovechemos bien, entonces, esta semana que nos queda de preparación a la Navidad, en el espíritu de este tercer domingo, que nos marca la segunda lectura: “Hermanos: Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión”.

Y que la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca siempre. Amén.

martes, 12 de diciembre de 2023

Alegrándonos con María, Nuestra Señora de Guadalupe

 “Mi espíritu se estremece de gozo en Dios mi salvador”.

María canta su alegría: alegría profunda, alegría del alma. Las emociones fuertes estremecen nuestro cuerpo; seguramente María experimenta también esa sensación, pero el gozo llega hasta lo más hondo de su ser. Por eso dice “mi espíritu se estremece de gozo”.

Dios es la causa de la alegría de María. Su alegría, su gozo, está en Dios.

Pero no en un Dios lejano, abstracto, cuya belleza y misterio se contemplan reverentemente desde la distancia.

María nos habla de un Dios cercano, misericordioso: “Mi espíritu se estremece de gozo en Dios mi salvador”.

Mi salvador; no porque María esté pensando en un salvador individual, con el que cada persona puede relacionarse por su lado, sin especial vínculo ni particular comunión con los otros. María siente a Dios como su salvador en una relación personal, como la siente cada creyente que, a la vez, se sabe miembro del Pueblo de Dios. El cántico de María recuerda la acción salvadora de Dios por su pueblo y, ahora, ella canta, especialmente, esta nueva intervención, totalmente inédita, de la que ha sido hecha parte, al recibir en su seno al Hijo de Dios.

¿Con quién está María? ¿A quién comunica su alegría? A su prima Isabel. Nadie más aparece en la escena. Algunos artistas han imaginado el encuentro entre esas dos mujeres, que están en distintos momentos de su “dulce espera”, rodeadas de cortejos y sirvientes, como si fueran dos damas de alto rango.

Ambas lo son, más aún María, pero no en el sentido del mundo. No son damas de la nobleza o de la alta sociedad. Son dos mujeres elegidas: la joven y humilde servidora y la mujer mayor, que agradece a Dios por haberla librado de la vergüenza de haber sido tanto tiempo estéril.

Entonces, aquí no hay testigos. Es una comunicación íntima, que también se da entre las dos criaturas que están en los vientres de las mamás. El hijo de Isabel salta de alegría al percibir la presencia del Salvador al que él bautizará y presentará ante la multitud.

¡Qué fácil es dejar que la amargura entre en nuestro corazón y cuando lo permitimos qué dura se hace nuestra vida y también, qué amarga se la hacemos a quienes nos rodean!

La alegría vana, la risa fácil, son un placebo, un alivio pasajero cuando la amargura se ha instalado en el fondo de nuestro corazón.

Contemplar a María e Isabel y, hoy, especialmente, contemplar a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego, convierte nuestro corazón en tierra buena, para que, aún entre el hielo y la escarcha, florezcan nuevamente, milagrosamente, las rosas de la alegría.

¡Feliz fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, causa de nuestra alegría!

(Homilía de Mons. Heriberto en la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, Catedral de Canelones, Santuario Nacional. El video es una pre grabación).

domingo, 10 de diciembre de 2023

Ordenación diaconal en Santa Rosa, Canelones: seminarista Sergio Genta.

El domingo 10 de diciembre, II de Adviento, Mons. Heriberto, obispo de Canelones, ordenó diácono al seminarista Sergio Genta, como paso en su camino al sacerdocio.

Homilía del Obispo 

Queridos hermanos y hermanas:

Juan el Bautista fue un hombre enviado por Dios. Un hombre que no apareció por su propia iniciativa, por su cuenta, que no se otorgó a sí mismo una misión,  sino que la recibió de Dios y la aceptó. 

Aceptó esa misión, no parcialmente, como una parte de sus actividades, tal vez una parte generosa, sino como aquello que llenó totalmente su ser. No solamente algo que ocupó todas sus horas, sino que determinó su mismo modo de vida. Como, en su momento, señaló el mismo Jesús, Juan no iba vestido con refinamiento, ni vivía en los palacios de los reyes (Mateo 11,8). La austera vida que llevó en el desierto, fue su preparación a la misión. Su soledad estuvo llena de Dios.

Él se preocupó, frente a las expectativas de la gente de su tiempo, de aclarar que él no era el Mesías. Él se presentó como esa voz que clama en el desierto, según la palabra del profeta Isaías, esa voz que grita para llamar a preparar los caminos del Señor. En realidad, el profeta Isaías hablaba a un pueblo que quería recorrer un camino y podía pensarse que era necesario preparar ese camino para aquella multitud que debía recorrerlo en el regreso a su tierra, a la tierra prometida. Pero, en cambio, Isaías hablaba ya de preparar un camino para el Señor, que iba al encuentro de su pueblo. Juan vino a allanar el camino del Señor, a preparar ese camino, a preparar un pueblo bien dispuesto para recibir al Señor. Un pueblo que le abriera el camino con la conversión, el cambio profundo del corazón.

La vocación del Bautista nos habla a todos de nuestra común vocación: la vocación cristiana, la vocación del bautizado. En nuestro bautismo hemos recibido la luz de Cristo. Y el mismo Jesús nos dice: 

“así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mateo 5,16). 

Como el Bautista, todos hemos sido llamados, de diferente manera, según nuestra vocación específica, a ser testigos de la luz, a ser testigos de la luz de Cristo.

Querido Sergio: dentro de la comunidad eclesial, tú has recibido un llamado a seguir al Señor  como presbítero en la Diócesis de Canelones. Estás concluyendo tu tiempo de formación en el Seminario; pero no tu formación, porque esa siempre la tenemos que continuar: ha de ser permanente. 

Hoy vas a recibir hoy el diaconado como paso necesario hacia la ordenación sacerdotal.

Hace unos días, en Pan de Azúcar, en la casa donde el Beato Jacinto Vera concluyó su vida en la tierra, ante tus compañeros y formadores del Seminario, en la Eucaristía que yo presidí, hiciste tu promesa de vivir en celibato; no solo porque la Iglesia te lo pide como una condición para acceder al sacerdocio, sino manifestando tu deseo de vivir una plena entrega al Señor, por el Reino de los Cielos. 

Ejerciendo el ministerio que hoy vas a recibir, tendrás la oportunidad de seguir creciendo en el amor al Señor y al prójimo, a través de tu servicio. Todo eso, sostenido por la oración. Recuerdo la conversación que tuvimos en Florida, cuando yo te pregunté cómo veías tu vocación, cómo imaginabas tu sacerdocio... uno podría haber imaginado que dirías “bueno, en la pastoral, en una parroquia”; en cambio, tu palabra fue poner primero la oración. Y es verdad: porque es la unión con el Señor la que nos sostiene en este caminar. Con él, mucho podemos hacer; pero sin Él, nada podemos hacer.

Al recibir el diaconado, pasas a ser parte del clero diocesano. Eso te llama a crecer en relación fraterna con quienes hoy te reciben, participando en los diferentes encuentros que nos ayudan a caminar juntos, tanto en las reuniones de todo el clero, las reuniones del decanato, los retiros, las instancias de formación y otros momentos que también pueden ser distintos, gratuitos: encuentros de quienes compartimos la labor pastoral.

Al quedar adscripto a la parroquia de San Ramón, en la que has venido haciendo tu práctica pastoral, sigue cultivando la unidad con tu párroco, que recuerda siempre agradecido el auxilio que le brindaste a él y a la comunidad durante el tiempo en que el P. Miguel debió estar ausente. A él ofrécele tu disponibilidad, confronta con él tus iniciativas pastorales, sigue las orientaciones que a él, escuchando a su Consejo y a sus colaboradores, le corresponde señalar, como pastor de la comunidad parroquial.

Como lema para esta vida nueva que vas a comenzar, has elegido un pasaje de la carta de san Pablo a los Filipenses:

“Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filipenses 4,9).

Lo que habían aprendido y recibido los filipenses es lo que Pablo les entregó en cuanto maestro; pero él también se presentó como testigo y los exhortó a hablar y actuar según lo que oyeron y vieron en él. 

Maestro y testigo: San Pablo VI nos dejó estas palabras que siguen plenamente vigentes:

"El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio" (Evangelii Nuntiandi, 41).

San Pablo fue un hombre entregado a Cristo, consciente de que él mismo era un frágil recipiente en el que se había depositado un inmenso bien. 

Es así que dice el apóstol: 

“llevamos ese tesoro en vasos de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Corintios 4,7).

Sergio, de acuerdo a tu lema, sigue poniendo en práctica, cada día más y mejor, todo lo que has aprendido, recibido, visto y oído del Señor y de quienes lo han seguido en santidad a lo largo de los siglos y, también, de todos aquellos que la Iglesia te ha ofrecido como formadores y acompañantes. Que el Dios del consuelo, de la fortaleza y de la paz esté contigo y te acompañe siempre.





miércoles, 6 de diciembre de 2023

“Una voz grita en el desierto” (Marcos 1,1-8). 2do. domingo de Adviento.

Amigas y amigos, hoy, a las 18 horas, en la parroquia Santa Rosa de Lima, de la ciudad de Santa Rosa, celebraremos la ordenación diaconal del seminarista Sergio Genta, nativo de esta ciudad del santoral canario. Tercera ordenación diaconal en estas últimas semanas; y falta todavía la cuarta, el próximo domingo, en la parroquia San Francisco de Asís, de Joaquín Suárez. Tres diáconos permanentes y un diácono en camino al sacerdocio. Motivos de alegría y esperanza para toda nuestra diócesis en este tiempo de Adviento.

El domingo pasado hablábamos de la vida como un viaje a través de la noche, hacia la luz eterna, la luz de Cristo. Veíamos las más significativas intervenciones salvadoras de Dios en medio de la noche, notablemente el nacimiento de su Hijo, que nos preparamos a celebrar y el acontecimiento de la Pascua: la resurrección del crucificado.

Las lecturas de hoy nos llevan a otro lugar que también nos habla de camino: el desierto. El Pueblo de Dios, al ser liberado de la esclavitud en Egipto, vivió la experiencia de encontrar a Dios en su camino a través del desierto, rumbo a la Tierra Prometida. Es en ese camino donde Dios selló alianza con su Pueblo.

El profeta Isaías, muchos siglos después, recuerda aquel éxodo para dar ánimo al pueblo que vuelve del destierro a reencontrarse con su tierra, aquella Tierra donde habían llegado desde Egipto. Isaías habla de preparar el camino; pero no un camino para esa larga marcha del pueblo, sino un camino para Dios:
¡Preparen en el desierto el camino del Señor,
tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! (Isaías 40, 1-5. 9-11)
No se trata, entonces, de abrir un camino entre rocas y arenas, sino un camino en el corazón.
Cuando salimos en procesión, cuando vamos en peregrinación, rehacemos ese andar del Pueblo de Dios. El esfuerzo físico que realizamos, que algunos hacen mucho mayor andando descalzos o de rodillas, adquiere todo su sentido cuando va acompañado del caminar espiritual, el esfuerzo que abre el camino para que Dios pueda llegar e instalarse en nuestro corazón.

Ese es el esfuerzo de Juan el Bautista, el personaje que encontramos en el evangelio de hoy. 
Él tiene
la misión de preparar para Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto…
(Oración colecta, Misa del nacimiento de san Juan Bautista, 24 de junio)
El evangelista Marcos, retomando las palabras de Isaías, anuncia la misión de Juan:
«Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti
para prepararte el camino.
Una voz grita en el desierto:
Preparen el camino del Señor,
allanen sus senderos,» (Marcos 1,1-8)
Y sigue diciendo Marcos:
así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. (Marcos 1,1-8)
Conversión… en esa clave tenemos que entender el mensaje de la voz que grita en el desierto. Convertirse para preparar el camino del Señor.
La noche, el desierto, nos ponen frente a nuestra fragilidad, que tan frecuentemente nos hace caer. San Pablo lo explica con palabras sencillas y contundentes:
“No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7,19)
Convertirse es, en primer lugar, reconocer mi propia realidad de pecador. No de forma general, como cuando decimos “todos somos pecadores”, que es verdad. Reconocer mi propia realidad de pecador es poder decir “yo soy pecador por esto, por esto y por esto”, es decir, reconocer, primero ante mí mismo, ante mi propia conciencia, lugar de encuentro con Dios, mis pecados, mis faltas, mis hipocresías. El mal que hice sabiendo que era mal; el mal que pude haber evitado, pero que quise hacer. A partir de ese reconocimiento, con el necesario arrepentimiento y con el deseo de un cambio profundo en mi corazón, me acercaré al sacramento de la Reconciliación.

Pero convertirse no es solo tomar distancia del mal, dejar de hacer el mal, sino pasar a hacer todo el bien posible. Para eso necesito tomar cada día más en serio el mensaje del Evangelio e intentar ponerlo en práctica en mi vida. Y en el centro del Evangelio está el amor a Dios y al prójimo, amor que no se queda en un sentimentalismo, sino que lleva a acciones concretas, en las que pongo amor y busco, ante todo, la felicidad y el bien de las personas que quiero amar.

Un joven que había tenido ya tres o cuatro parejas y siempre terminaba por cortar la relación, me decía: “no encuentro a nadie que me haga feliz”… yo me quedé pensando en sus palabras y se me ocurrió decirle: “tal vez lo que tenés que buscar es alguien a quien vos quieras hacer feliz”. Porque eso es amar. Encontrar mi felicidad en dar, más que en recibir. En dar amor, en dar felicidad.

La conversión es un proceso constante, porque el mal se pone una máscara que le da apariencia de bien, para que nos cueste reconocerlo. El tentador vuelve siempre, y vuelve disfrazado. Por eso, los tiempos de Adviento y de Cuaresma tienen este acento que llamamos penitencial, para que confrontemos con el Evangelio nuestra vida y orientemos o reorientemos más profundamente nuestro corazón hacia Dios.

En esta semana

  • Martes 12, Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de la catedral y de nuestra Diócesis. La fiesta patronal se inicia a las 17:30 con el rezo del Rosario; a las 18:00 procesión y, a continuación, la Santa Misa. Al final, un “compartir” en el salón parroquial.
  • Miércoles 13: Santa Lucía. Fiesta patronal en la capilla dedicada a esta santa, en la ciudad del mismo nombre, a las 18:30.
  • Viernes 15: en ese día se cumplirán 66 años de la ordenación sacerdotal de Mons. Orlando Romero, obispo emérito de Canelones. Mons. Orlando está cerca de cumplir 90 años, el jueves 21. Vamos a celebrar todo este viernes, a las 19:30, en la catedral de Canelones. 
  • Sábado 16: la parroquia Santa Rosa de Lima, en El Pinar, Ciudad de la Costa, ha organizado en la capilla Sagrada Familia una cena navideña con varias familias que son ayudadas desde la comunidad.
  • Y como ya les adelantamos, el domingo 17, a las 18 horas, la cuarta ordenación diaconal de este año: Marcelo Villaba, en la Parroquia San Francisco de Asís en Joaquín Suárez.


Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

martes, 5 de diciembre de 2023

"Anunciaré tu nombre a mis hermanos" (Salmo 21,23). Monseñor Orlando Romero: llegando a sus 90, con 66 años de vida sacerdotal.

 


Monseñor Orlando Romero invita
a celebrar su aniversario sacerdotal y su cumpleaños.

Queridos integrantes de las Comunidades por las que el Señor me llevó servir como sacerdote o como pastor a lo largo de estos 66 años de ordenación, y a todos los afectos cosechados en estos 90 años de vida, quiero invitarlos a acompañarme en la misa de acción de gracias el próximo viernes 15 de diciembre a las 19:30 horas en la Catedral de Canelones.

En este largo recorrido vital que el Señor me ha regalado, son muchos los motivos para dar gracias. Por tantas alegrías y tristezas compartidas, por tantos diálogos profundos o incluso aquellos que pensamos en el momento que eran insignificantes, pero que sin duda nos marcaron de algún modo. Por tantas palabras y tantos silencios. Por esos encuentros que fueron tejiendo fraternidad y me ayudaron a crecer, y también incluso algunos desencuentros que nos dieron la oportunidad de revisarnos, nos ayudaron a crecer en humanidad y fueron dando un sentido profundo a nuestra vida, en toda su sencilla complejidad.

Me gustaría agradecer a cada uno, su impacto en mi vida, y a Dios que en su generosidad me regaló compartir camino con tantos que hicieron que mi vida tuviera y tenga significado.

Los espero y cuento con su oración.

+ Orlando Romero, Obispo emérito de Canelones.

Viernes 15 de diciembre
a las 19:30 horas
en la Catedral de Canelones.


domingo, 3 de diciembre de 2023

Piero Garrone, nuevo diácono permanente para la Diócesis de Canelones.

Homilía de Mons. Heriberto

Queridos hermanos y hermanas:

“Estén siempre alegres en el Señor” es la Palabra con la que hemos sido invitados a participar de esta celebración. Está tomada de la carta de San Pablo a los filipenses (4,4). Es el lema que Piero ha elegido para su ordenación diaconal.

“Estén siempre alegres…” ¿Qué es lo que dice Pablo? ¿Es un buen deseo? ¿Es un mandato? ¿Se puede pedir a los demás que se alegren y, mucho más todavía, qué estén siempre alegres? Y esa alegría ¿cómo se vive? ¿cómo se expresa?

Se puede aprender a sonreír. Es una manera de disponer los labios, moviendo algunos músculos de la cara… Hay personas que trabajan en la atención al público, a las que se les entrena para que estén siempre sonrientes… pero eso no quiere decir que estén siempre alegres. Ni siquiera  significa que estén alegres.

¿Cómo transitar por esta vida “siempre alegres” cuando, día a día, nos encontramos con diversos problemas y contratiempos, con sufrimientos y angustias, tanto en la vida personal como familiar y social? ¿Se trata, acaso, de hacer un esfuerzo por borrar todo eso, por olvidarlo y mantener encendida una alegría artificial? ¿Necesitaría para eso buscar permanentemente sonidos que me aturdan, velocidades de vértigo, emociones colectivas o acaso la ayuda de alguna sustancia que me coloque allí? No. Esos no son caminos.

San Pablo dice “estén siempre alegres en el Señor”. La verdadera alegría tiene un fundamento y ese fundamento es Cristo. “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, nos dice el Papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium (N° 1).

Los cristianos, igual que todo aquel que viene a este mundo, experimentamos día a día, en nuestra propia carne, dolor, contradicciones, incertidumbres, inseguridad y tantas cosas que pueden atemorizarnos, abrumarnos y entristecernos. Sin embargo, siguiendo a Jesús, podemos aceptar esos sufrimientos como una ocasión única de unirnos a la pasión de Cristo y, como dice San Pablo (Colosenses 1,24), participar de su obra redentora en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, cuerpo que quiere recibir entre sus miembros a seres humanos “de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Apocalipsis 5,9).

En cada sufrimiento humano está presente Cristo crucificado. El domingo pasado escuchábamos al Señor decirnos “lo hicieron conmigo” (Mateo 25,40), si estuvimos atentos y dispuestos para socorrer a aquellos que encontramos con hambre, con sed, con frío, en la enfermedad, en la cárcel… o en lenguaje de nuestros días, “en situación de calle”. Si de alguna manera ayudamos a esas personas, Jesús nos dice “lo hicieron conmigo”. Y eso vale igualmente para otras realidades donde se hace presente Jesús sufriente, Jesús abandonado, esperando ser escuchado, contenido, consolado… en definitiva, ser amado.

Entonces, amando a Jesús crucificado en los sufrientes y abandonados de hoy, o amándolo en el encuentro con él en nuestro propio dolor, encontramos la alegría más profunda. Una alegría que no es superficial, que no se nos impone desde fuera, sino que surge desde dentro, que surge del corazón. 

Por extraño y contradictorio que pueda parecer, el crucificado es la llave de la alegría. Es una ruta que no es fácil elegir; pero es una ruta abierta, sin semáforos ni barreras, hacia el encuentro con Dios. Es el punto de encuentro entre nuestra miseria humana y la obra de la redención: la gloria, la luz, la resurrección, ya en nuestra vida, como un anuncio, como un germen de lo que vendrá en la eternidad. 

Y ahí está el motivo, continuamente nuevo, siempre estimulante y de ninguna manera ingenuo, para estar siempre alegres en el Señor.

El libro de los Hechos (6, 1-6) cuenta que los apóstoles, desbordados por el reclamo de una parte de la comunidad que veía que sus viudas, es decir las mujeres pobres, no eran bien atendidas, eligieron a siete hombres para el servicio de las mesas, para “la distribución diaria de los alimentos”.

Esa fue la misión de los diáconos en sus orígenes: organizar y poner en obra la caridad en la comunidad. Pero no en vano se dice que eran “hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” porque pronto encontramos a uno de ellos, Esteban, anunciando a Cristo hasta recibir la corona del martirio y luego a Felipe, haciendo de la persecución que se ha desatado, una ocasión para llevar el evangelio a Samaría, predicando y bautizando.

Así se fue configurando este ministerio que, en el correr de los siglos, fue convirtiéndose tan solo en un paso necesario y previo a la ordenación presbiteral.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II lo recuperó “como grado propio y permanente de la Jerarquía” para servir “al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad”, “confortados con la gracia sacramental” (Lumen Gentium 29).

Querido Piero, en la alegría de la fe, en este tiempo de Adviento, que reanima nuestra esperanza, apoyado por tu esposa Luciana, has pedido recibir el Sacramento del Orden en el grado del diaconado. Lo pides, como dices en tu carta, para “servir a la Iglesia en lo que Dios disponga, sin dejar de lado la dimensión familiar y laboral, orando siempre para llevar adelante la imagen de Cristo Servidor con humildad y dignidad, siendo fiel al Evangelio”.

Sé que tú y Luciana han hecho un buen camino para llegar a este día, un camino de aceptación del llamado que el Señor te fue haciendo por medio de la Iglesia, primero con el P. Fabio y luego con el P. Washington, camino que los fue llevando a asumir juntos algunos compromisos en la comunidad, como el acompañamiento del grupo de jóvenes, además de tu propia participación en la catequesis de iniciación cristiana y en la preparación de la liturgia, tanto en la parroquia como en la capilla Inmaculada Concepción de Rincón del Colorado.

Hoy mismo, cumplido el ritual de la ordenación, llegado el momento, por primera vez nos invitarás a todos los presentes a que nos saludemos ofreciéndonos mutuamente la paz de Cristo y, al concluir la celebración, será también la primera vez que nos despidas en paz para que salgamos a llevar al mundo lo que hemos celebrado y recibido en esta Eucaristía: al mismo Señor Jesús, que se hizo Servidor de todos. Que así sea.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Palabra de Vida: “Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús” (I Tesalonicenses, 5, 16-18)

Pablo escribe a los tesalonicenses cuando todavía vivían muchos contemporáneos de Jesús que lo habían visto y escuchado, testigos de la tragedia de su muerte, del asombro de su resurrección y, luego, de su ascensión. Reconocían la huella dejada por Jesús y esperaban su inminente regreso. Por su parte, Pablo amaba a la comunidad de Tesalónica, ejemplar por la vida, el testimonio y los frutos; y escribe esta carta rogándoles que sea leída a todos (5, 27). En ella apunta recomendaciones para que sigan siendo los que “imitaron nuestro ejemplo y el del Señor” (1, 6); y que se resume así:

“Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús”.

El hilo conductor de estas exigentes exhortaciones no es solo lo que Dios espera de nosotros, sino cuándo: ininterrumpidamente, siempre, constantemente.

¿Pero puede ordenarse por mandato la alegría? Que la vida nos agreda con problemas y preocupaciones, con sufrimientos y angustias, que la realidad social se muestre árida y desagradable es experiencia de todos. Sin embargo, para Pablo hay una razón que podría volver posible siempre “esa alegría” a la que se hace referencia. Él habla a los cristianos y les recomienda tomar la vida cristiana en serio para que Jesús pueda vivir en ellos con la plenitud prometida después de su resurrección. A veces podemos aprender: él vive en quien ama y en quien puede adentrarse en el camino del amor con el desapego de sí, el amor gratuito hacia los demás, aceptando el sostén de los amigos, manteniendo viva la confianza en que “el amor lo vence todo”.

“Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús”.

Dialogar entre fieles de diferentes religiones y personas de diversas convicciones lleva a comprender aún más que rezar es una acción profundamente humana; la oración construye a la persona, la eleva.

¿Y cómo rezar ininterrumpidamente? 

“No alcanza –escribe el teólogo ortodoxo Evdokimov– contar con la oración, con las reglas, con las costumbres; se necesita ser oración encarnada, hacer de la propia vida una liturgia, rezar con las cosas cotidianas”[1]. 

Y Chiara Lubich subraya que 

“se puede amar a Dios como hijos, con el corazón lleno de amor por el Espíritu Santo y de intimidad que lleva a menudo a hablar con él, a decirle nuestras vicisitudes, nuestros propósitos, nuestros proyectos”[2]. 

Hay una manera accesible a todos para poder rezar siempre: detenerse frente a cada acción o poner el objetivo de un “para ti”. Es una práctica simple que transforma desde adentro nuestras actividades y toda nuestra vida en una constante oración

“Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús”.

En todo hay que dar gracias. Es la actitud libre y sincera del amor que reconoce a quien, silenciosamente, sostiene y acompaña a los individuos, los pueblos, la historia, el cosmos. Con el agradecimiento hacia los demás que caminan con nosotros y que se vuelven conscientes de no ser autosuficientes.

Gozar, rezar y rendir gracias, tres acciones que se acercan para ser como Dios nos ve y nos quiere, y que enriquecen nuestra relación con él; en la confianza de que 

“el Dios de la paz los santifique plenamente” (1 Tes 5, 23)

Así nos prepararemos a vivir la alegría de la Navidad para mejorar el mundo, para ser constructores de paz dentro de nosotros mismos, en casa, en el trabajo, en las calles. Nada es hoy más necesario y urgente.

Victoria Gómez y equipo de Palabra de Vida

NOTAS

[1] EVDOKIMOV, P. (1997). “La preghiera di Gesù”, en La novità dello Spirito, Milán: Ancora.

[2] LUBICH, C. (2019). Conversazioni. Roma: Città Nuova, p. 552.