El pasado viernes 19 de enero, seis religiosas fueron secuestradas por delincuentes armados en Haití. El crimen tuvo lugar en la capital, Puerto Príncipe, a plena luz del día. Las seis hermanas se dirigían a una universidad cuando su autobús fue abordado por bandidos armados. Las seis mujeres y los otros dos ocupantes del vehículo, una joven y el conductor, fueron llevados a un lugar no revelado por los criminales.
El secuestro de las religiosas de la congregación de Santa Ana ha sido confirmado tanto por la arquidiócesis local como por la Conferencia Haitiana de Religiosos, que representa a las órdenes religiosas en el país. Ambos han lamentado el terrible suceso.
Haití está atravesando un período de caos y criminalidad en los últimos años, en el que bandas armadas se han apoderado de sectores enteros de la ciudad de Puerto Príncipe. La Iglesia también se ha visto afectada por la inseguridad. En 2022 una misionera italiana, la hermana Luísa Del’Orto fue asesinada y cinco sacerdotes fueron secuestrados, y en 2023 fueron secuestrados otros dos sacerdotes. Todos los sacerdotes fueron liberados tiempo después.
El papa Francisco mencionó el incidente durante el rezo del Ángelus del pasado domingo, diciendo: «Con dolor he recibido la noticia del secuestro, en Haití, de un grupo de personas, entre ellas seis religiosas: al pedir encarecidamente su liberación, rezo por la concordia social en el país y llamo a todos a poner fin a las violencias, que tanto sufrimiento causan a esa querida población”.
La presidencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ha escrito una carta a Mons. Max Leroys Mésidor, arzobispo de Puerto Príncipe y presidente de la Conferencia Episcopal de Haití, en la que expresa su consternación y tristeza, se une al pedido de libertad para las personas secuestradas y se une a la jornada de oración convocada para este 24 de enero. El mensaje finaliza diciendo "Que Ntra. Sra. del Perpetuo Socorro, patrona de Haití, proteja a quienes están padeciendo esta situación y mueva los corazones de aquellos que tienen la responsabilidad de cambiarla".
Desde hace unos veinte años, el P. Miguel Sastre, originariamente del clero de Canelones, pasó a la arquidiócesis de Madrid, donde fue durante mucho tiempo capellán de hospital y desde hace unos tres años es párroco de la Crucifixión del Señor, una parroquia que se encuentra en el barrio Latina de la capital de España.
Por allí pasé el sábado 20 y domingo 21 de enero.
"Imagínate", dice el P. Miguel, "en una parroquia con este título la fiesta patronal sería el Viernes Santo". Pronto me aclara que la comunidad hace su fiesta en otro momento del año. La parroquia vecina está dedicada a la Resurrección del Señor.
La Crucifixión es una parroquia con mucha presencia de América Latina. "El arzobispo pidió a los párrocos que en los Consejos Parroquiales cuidáramos de que hubiera al menos una persona de América Latina. En este caso, tal vez yo tendría que cuidar que haya al menos alguna persona española". Pero las hay, por supuesto.
En la parroquia tiene también los domingos su Misa otra comunidad, la de los emigrantes rumanos. Un sacerdote rumano celebra la Misa y da la catequesis en ese idioma, para niños que no siempre tienen deseos de conservar la lengua de sus padres... historias de emigrantes.
El sábado fuimos a cenar con una familia hondureña, que celebraba el cumpleaños de su hijo (19). Yo temía encontrarme con una ruidosa fiesta juvenil, pero no fue así. Me encontré con una celebración en familia: los padres, una tía, la novia y su hermana, un amigo... y el P. Miguel y el Obispo que estaba de visita. Pasamos un buen momento con una linda familia.
El domingo al mediodía, la parroquia tuvo en la Misa no solo al Obispo visitante, sino también a un coro "rociero" (por la Virgen del Rocío), que animó los cantos de la Misa. El coro se llama "Los Romeros de Santana" y son de la parroquia San Buenaventura de Vallecas. Eran amigos de un sacerdote fallecido que estuvo en la Crucifixión y vinieron a cantar en esa Misa que se celebró por su descanso eterno.
Amigas y amigos, un cordial saludo desde el santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal, donde he llegado en peregrinación con otros hermanos obispos.
Hemos estado rezando a la Virgen pidiendo su intercesión por nuestro mundo y nuestro Uruguay, por toda la Iglesia Católica y por nuestra Iglesia diocesana de Canelones y, especialmente, por tantos de ustedes que piden oraciones tanto por sí mismos como por sus amigos y familiares en situaciones de dificultad, dolor, enfermedad o duelo. Que María reciba todas nuestras oraciones y las presente ante su Hijo y que Él conceda a cada cual las gracias que verdaderamente necesite.
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Hace quince días recordábamos el bautismo de Jesús. El domingo pasado, el llamado de los primeros discípulos, en el particular enfoque que le da el evangelio según san Juan.
Hoy, el evangelio según san Marcos, que será aquel que escucharemos más a menudo en este año, nos presenta el comienzo de la misión de Jesús:
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia». (Marcos 1,14-20)
Juan el Bautista había sido arrestado por el rey Herodes. No saldría vivo de la prisión. Jesús tomó prudente distancia. Abandonó Judea, cruzó Samaría y llegó a Galilea, la provincia más al norte de su tierra. Allí había vivido Jesús la mayor parte de su vida, en la aldea de Nazaret. Pero no es allí hacia donde dirige sus pasos, sino a Cafarnaúm, pueblo de pescadores en la costa del mar de Galilea. Es allí que comienza a predicar. El evangelista Marcos tiene una gran capacidad de síntesis. En una sola frase reúne cuatro aspectos muy importantes de la predicación de Jesús: el tiempo, el Reino, la conversión, la fe.
“El tiempo se ha cumplido”. ¿De qué tiempo hablamos? Recordemos: los evangelios nos han llegado escritos en griego. En esa lengua hay dos palabras para decir tiempo: cronos y Kairós. De cronos nos vienen palabras conocidas: cronología, cronómetro, sincronización… cronos es el tiempo contado y medido: siglos, años, meses, semanas, días, horas, minutos, segundos…
Kairós no es el tiempo en cuanto cantidad, sino en cuanto calidad. Es el tiempo oportuno, el tiempo adecuado para lo que hay que hacer. El libro del Eclesiastés, que señala que hay un tiempo para cada cosa, también utiliza la palabra Kairós en su traducción del hebreo al griego:
Hay un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado… (Eclesiastés/Cohelet 3,1-2)
Cuando Jesús dice “el tiempo está cumplido”, no está hablando de un plazo cronológico que ha llegado a su término. Lo que él quiere hacer ver es que se está en el momento oportuno, el momento que no hay que dejar pasar… pero ¿por qué? ¿qué es lo que está sucediendo?
“El Reino de Dios está cerca”. La llegada del Reino de Dios: ése es el acontecimiento. El Reino es el gran tema de la predicación de Jesús. Está presente en sus parábolas, que suelen comenzar con aquello de “el Reino de Dios se parece a…”. Está presente en la promesa de las bienaventuranzas, en la primera y en la última, abrazando todo el conjunto:
“… a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mateo 5,3.10)
Pero no tenemos que separar las dos cosas. El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Dios ha enviado al mundo a su Hijo y su Reino se ha hecho más cercano que nunca. Se ha cumplido el tiempo de salvación porque ha llegado Jesús. Seguir a Jesús es entrar en el Reino de Dios y el Reino encuentra su plena realización en la persona del mismo Jesús. Es por medio de Él que el Reino se hace presente, que está cerca o, más aún, “está en medio de ustedes” (Lucas 17,20).
Pero si Dios ofrece la salvación y Él mismo hace el tiempo oportuno, la salvación no es automática. La salvación es un don del amor de Dios ofrecido a la libertad humana. Y por eso es necesaria la siguiente palabra: "Conviértanse".
La conversión es la respuesta libre de la persona humana al amor de Dios. ¿Qué es la conversión? Lo primero que suele entenderse por conversión es dejar de hacer lo que está mal. Me doy cuenta de que estoy haciendo algo que daña a los demás y los hace sufrir, que incluso me daña a mí mismo y me digo “tengo que dejar de hacer eso” y hago el esfuerzo. Tratar mejor a los demás, no quedarme con lo que no es mío, no mentir, luchar contra una adicción… etcétera.
En el evangelio, la palabra que se traduce como “conversión” significa “cambio de mentalidad”. Puede parecer menos que lo anterior, pero no lo es, si lo entendemos bien. Se trata de cambiar de mentalidad para cambiar de vida. No seguir más una mentalidad que lleva a afirmarse uno mismo contra los demás y hasta contra Dios. No seguir la mentalidad “mundana”, sino buscar el modelo que nos da Dios, que es Jesús; que es lo que Jesús hizo y enseñó. Entonces, la conversión sí, es dejar el mal, pero, al mismo tiempo y con mucha fuerza, abrazar el bien, hacer el bien. Precisamente, así resume Pedro la vida de Jesús: “Él pasó haciendo el bien” (Hechos 10,38).
“Crean en la buena noticia”. Así termina la frase que resume la predicación de Jesús: “crean en el evangelio”. Es el llamado a la fe, a abrirse al don de la fe. No es solo creer en las palabras de Jesús, creer lo que Él dice. Es creer en Él mismo, en su persona. Pero creer no es solo mirarlo a Él, sino mirar la realidad a través de sus ojos. Mirar al mundo, mirar a la gente, mirar los acontecimientos, con los ojos de Jesús. “Ver a cada uno de mis hermanos como tú mismo los ves”, se pide en una vieja oración.
Este pasaje del evangelio termina con el llamado a los primeros cuatro discípulos, pescadores del mar de Galilea: Pedro y Andrés, Santiago y Juan.
Jesús les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. (Marcos 1,14-20)
Conmueve ver la decisión con que los cuatro siguieron a Jesús: de inmediato dejaron todo y lo siguieron. El evangelio del domingo pasado nos habla de un encuentro anterior. Tal vez así se preparó esta decisión. Puede ser. Como sea que haya sido, los cuatro pescadores reconocieron que ése era el momento, el Kairós, el tiempo de Dios, y no dudaron.
Amigas y amigos: no dejemos de estar atentos; no dejemos pasar a Jesús sin recibirlo. Su presencia es oportunidad, tiempo de salvación, manifestación del amor de Dios, que espera nuestra respuesta de amor.
Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Siguiendo su vocación, Silvana Pereyra, oriunda de nuestra Diócesis, después de un año de postulantado y dos años de noviciado, hizo el pasado sábado 13 sus votos temporales por tres años, en las Hermanitas de la Anunciación, congregación colombiana, fundada por la beata Berenice Duque.
Junto a ella hizo también sus primeros votos otra novicia, la Hermanita Hasley, colombiana y fueron también admitidas al noviciado las Hermanitas Cindy e Indurfay, también de Colombia.
Desde Uruguay viajaron para acompañar a Silvana en este importante paso de su vida su madre Elisabeth y su hermana Tamara, los Padres Washington Cabrera, Renzo Siri y Hernán David Gómez, junto a Mons. Heriberto.
Nuestro Obispo presidió la celebración de la Eucaristía en la Casa Madre de las Hermanitas en la ciudad de Medellín y esta fue su homilía.
Queridos hermanos, hermanas… y hermanitas:
Es para mí una gran alegría acompañarlos hoy en esta celebración tan significativa para todos los que estamos aquí reunidos.
Ante todo, porque estamos en la arquidiócesis de Medellín, quiero tener presente a su pastor, Mons. Ricardo Tobón, con quien nos conocemos desde hace años y nos tenemos mutua estima. Es a él a quien, en primer lugar, le correspondería estar aquí y por eso quiero expresar mi respeto y comunión con él.
En los últimos días, en la Misa diaria, venimos oyendo en la primera lectura pasajes del primer libro de Samuel. Es un libro hermoso, que incluye el relato de la vocación del joven Samuel, a quien Dios llama por su nombre y quien, con la orientación del sacerdote, puede finalmente responder “habla, Yahvé, que tu siervo escucha”. Ese pasaje se leyó hoy en la ceremonia para la entrada al noviciado de las hermanitas Cindy e Indurfay.
Hoy, en el evangelio, escuchamos de María otra respuesta, similar en su disponibilidad:
“Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu palabra” y en la carta a los Hebreos, escuchamos la palabra que resume la vida de Jesús: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Las dos hermanitas que ingresan hoy al noviciado y las hermanitas Hasley y Silvana, que harán en el marco de esta Eucaristía sus primeros votos, pueden sentirse muy confortadas para estos grandes pasos en sus vidas por esas respuestas del profeta Samuel, de la Santísima Virgen y del mismísimo Señor Jesús ante el Padre.
Sin embargo, yo quiero volver al comienzo del libro de Samuel y traer a la memoria otro personaje, que bien puede representar a muchas personas que están hoy aquí, familiares de las nuevas profesas y novicias. Pienso en cuatro mamás y dos papás, en hermanos y hermanas, así como en otros familiares; algunos presentes físicamente, otros presentes con el corazón y la oración, acompañando a estas jóvenes.
La persona que yo quiero recordar es otra madre, la madre del profeta Samuel. Su nombre: Ana. Ana fue una mujer que sufrió mucho. Después de estar casada por algunos años, no había podido tener hijos y esa era la razón de su dolor. En su desesperación, ella entró a un santuario a orar. Un santuario, como el lugar en el que nos encontramos hoy. Se nos cuenta que “con el alma llena de amargura, oró al Señor y lloró desconsoladamente”. Oró y lloró. También hizo una promesa: “Señor, si miras la miseria de tu servidora y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu servidora y le das un hijo varón, yo lo entregaré al Señor para toda su vida”.
Esta historia sucedió hace tres mil años, mil años antes del nacimiento de Jesucristo. Sin embargo, es también una historia de hoy, que sigue tocando el corazón de quienes la leemos. Toca el corazón de toda mujer que, como Ana, desea intensamente tener un hijo y no puede.
Pero, también, me hace pensar en algunos pueblos de la tierra, y el Uruguay se cuenta entre ellos, en los que cada vez son menos los niños que nacen. Y me dicen que aquí, en Colombia, poco a poco va pasando lo mismo. Menos nacimientos.
Me hace pensar en la Iglesia Madre, que tiene el deseo de darle a Dios hijos por medio del bautismo, que en algunas comunidades ya no es un pedido tan frecuente; no solo porque nacen menos niños, sino porque se ha enfriado o abandonado la fe.
Me hace pensar en las diócesis escasas de sacerdotes y en las comunidades de vida consagrada que sienten la falta de vocaciones.
Podemos pensar también en la oración de Madre Berenice en los comienzos de las Hermanitas: no tanto para pedir nuevas vocaciones, que sí se presentaban, sino implorando por un pesebre, por una casa cuna, donde esas jóvenes pudieran nacer a la vida consagrada a la que Dios las llamaba. Seguimos contando, hoy más que nunca, con su intercesión para que haya jóvenes que sigan naciendo a la vida de hermanitas de la Anunciación y de las otras congregaciones que ella fundó.
Tres milenios después de aquella oración de Ana, seguimos recordando la fe con que ella oró entre lágrimas, y su testimonio nos anima a seguir cumpliendo el mandato de Jesús: “rueguen al dueño del campo que envíe obreros para la cosecha”; oren por las vocaciones.
Por todas las vocaciones. Y no hay que olvidar que esa oración de Ana fue escuchada. Dios le dio el hijo que había pedido y ella entregó a Dios lo que Dios le dio. Entregar sus hijos a Dios, es lo que están haciendo hoy las mamás y los papás.
Y Dios seguirá dando hijos a los esposos que se abren a la vida y seguirá dando hijos a la Iglesia y seguirá dando personas que se consagrarán a él. Dios escuchó a Ana. Ana, que había llorado de dolor, volvió a llorar, pero de alegría. Nuestro Señor escucha y escuchará la oración confiada de las familias, de las comunidades y de toda la Iglesia. Y nosotros nos alegrarnos con el “Sí” de las que han sido llamadas. Hoy podemos llorar de alegría.
Seguiremos orando por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; pero recuerdo también lo que decía un viejo párroco a sus fieles empeñados en un lindo proyecto para la comunidad. Él los invitaba a rezar pero también les decía: “Dios ayuda a los que rezan… y trabajan”. Rezar siempre, y ante todo; pero también trabajar.
Pero una vocación no es un producto. Cada vocación es un misterio. Un llamado de Dios que llega a través de una mediación: una familia abierta a la voluntad de Dios para sus hijos e hijas; una comunidad parroquial en la que se vive la fe en la celebración, el anuncio y el servicio; una comunidad religiosa que vive en fidelidad a su carisma…
Allí está el trabajo; no solo el de una buena promotora vocacional, sino también el de la comunidad y el de la familia en la que se hace posible que una joven pueda preguntarse qué llamado tiene Dios para ella y sentir la libertad para poder responder por sí misma.
Responder con libertad. Solamente la persona que es llamada puede responder al Señor. Solo Samuel podía decir “habla, Señor, que tu siervo escucha”. Nadie podía responder por él, aunque él mismo estuviera presente. Solo María podía decir “yo soy la servidora del Señor…”. Nadie podía responder por ella, sino ella misma. Solo Jesús podía decirle al Padre “que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Ese “sí”, expresado de diferentes maneras; ese “sí” libre, no se puede dar superficialmente, o en un momento de entusiasmo y exaltación. Ese “sí” se da de corazón, con toda el alma, con la disposición de seguir al Señor por donde Su Voluntad quiera llevarnos. Ese “Sí” se da con plena conciencia de la propia fragilidad, y se da confiando en la fidelidad del Señor que llama. Es su amor lo que sostiene a todos los que ponemos nuestra confianza en Él.
Con esa libertad y esa confianza dio su “Sí” Madre Berenice. Como Santa Teresa de Calcuta y otras santas fundadoras, ella sintió “la llamada dentro de la llamada”, una vocación dentro de su vocación a la vida religiosa, un “Sí” que se hizo cada día más profundo.
Pero no es necesario hacerse fundadora para profundizar el “Sí” que Silvana y Hasley van a dar hoy. Cada hermanita, empezando por las que han vivido más años, les podrá decir a ellas dos y a las que sigan viniendo, cómo volvieron a decir “Sí” cada día de su vida.
Indurfay y Cindy, hace un momento, antes de la Misa, ustedes manifestaron estar dispuestas, con la gracia de Dios, a experimentar la vida religiosa, siguiendo a Cristo Crucificado en la pobreza, la obediencia y la castidad, al servicio de la Iglesia y del anuncio del evangelio, en el carisma de las Hermanitas de la Anunciación.
Hasley y Silvana, al terminar esta homilía, me corresponderá preguntarles sobre su disposición de entregarse sin reservas a Dios, por la profesión religiosa en las Hermanitas de la Anunciación. Luego, las confiaremos a la intercesión de la Virgen Santísima y de todos los santos, para finalmente escuchar sus votos temporales de castidad, pobreza y obediencia según las Constituciones de las Hermanitas.
Y Madre Berenice nos sigue dando el testimonio de su fidelidad y confianza, con María, en el Sagrado Corazón de Jesús. Fidelidad y confianza que no se quebró ni en las horas más oscuras de dolor e incomprensión, cuando fue alejada de la obra que apenas se iniciaba; luego, cuando fue apartada de la obra que Dios había consolidado con ella como privilegiado instrumento y en los años finales, haciéndose cada día más pequeñita físicamente, más “hermanita” y a la vez más grande como Madre que bendecía y sigue bendiciendo a sus hijas.
Indurfay y Cindy, Hasley y Silvana: que el Señor, que las llamó y comenzó en ustedes su obra, él mismo la siga llevando a cabo, transformándolas cada día más en Hostias Vivas. Y que ustedes, siguiendo a Jesús por el camino de Madre Berenice, encuentren su felicidad en conocer y realizar la Voluntad de Dios. Así sea.
El 10 de enero de 1949, en el Monasterio San Honorato, en la isla de Mallorca (Baleares, España) culminó el primer Cursillo de Cristiandad, que se había iniciado el día 7.
Hablamos de primer Cursillo de Cristiandad específicamente reconocido como tal, ya que hubo varios antecedentes que cuajaron en esta experiencia de 1949. Esos antecedentes se desarrollaron en el marco de la preparación de Jóvenes de Acción Católica para una gran peregrinación a Santiago de Compostela, en 1948, Año Santo Compostelano.
Los frutos de los Cursillos hicieron que, pronto, esta realidad eclesial se extendiera a toda España y de allí al mundo. Así llegó también a la Diócesis de Canelones.
Eduardo Bonnín Aguiló
En el grupo de iniciadores de Cursillos de Cristiandad se reconoce especial importancia a un laico, Eduardo Bonnín Aguiló (1917-2008), al entonces Obispo de Mallorca, Juan Hervás y Benet (1905-1982) y a Monseñor Sebastián Gayá Riera (1913-2007).
El Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC) es un Movimiento eclesial de difusión mundial que actúa en el interior de la Iglesia Católica, sintiéndose vocacionado a participar activamente en la gran misión del anuncio de la Buena Nueva del Evangelio a través de un método propio kerygmático. En palabras de Juan Pablo II, este método de Cursillos es “un instrumento suscitado por Dios para el anuncio del Evangelio en nuestro tiempo”. Este instrumento de evangelización ha creado multitud de núcleos de cristianos que viven y conviven lo fundamental cristiano y se esfuerzan por fermentar de Evangelio los ambientes. Millones de cristianos renovados en un Cursillo de Cristiandad, o que tuvieron en él su primer encuentro con Cristo, han revitalizado instituciones y movimientos y han logrado animar cristianamente los ambientes donde se desenvuelven.
Las lecturas de este domingo se abren con el hermoso relato de la vocación de Samuel. Ana, la madre de Samuel, no podía tener hijos, lo que la hacía sufrir enormemente. En visita al templo donde se guardaba el Arca de la Alianza, estuvo rezando fervorosamente, pidiendo a Dios ese hijo anhelado. Cuando Samuel nació, Ana decidió darle a Dios lo que Dios le había dado y, cuando el niño creció lo suficiente, lo llevó para que estuviera al servicio del santuario.
Samuel dormía en el templo. Una noche escuchó la voz de Dios, llamándolo por su nombre. Pensando que lo llamaba el sacerdote se presentó ante él
«Aquí estoy, porque me has llamado.» (Samuel 3, 3b-10.19)
El sacerdote le dijo que no lo había llamado.
Esto sucedió tres veces. A la tercera, el sacerdote comprendió que era Dios quien llamaba al jovencito y le dijo lo que debía responder:
«Habla, Señor, porque tu servidor escucha.» (Samuel 3, 3b-10.19)
Así respondió Samuel a su vocación. Su madre lo había entregado al servicio de Dios; pero Samuel debía dar su propia respuesta. Fue una respuesta generosa, que hizo de Samuel un verdadero “hombre de Dios”. Por su parte, Dios nunca lo abandonó. La lectura de hoy concluye diciendo:
Samuel creció; el Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras. (Samuel 3, 3b-10.19)
Este relato de la vocación de Samuel nos prepara para escuchar el evangelio, donde hay otra historia vocacional: el llamado de los primeros discípulos de Jesús, en el evangelio según san Juan. En esta historia hay algunas frases, en boca de distintos personajes; frases que, por sí solas, podrían ser todo un tema a desarrollar.
La primera de esas frases la dice san Juan Bautista, a dos de sus discípulos, señalando a Jesús:
«Este es el Cordero de Dios». (Juan 1,35-42)
Quienes participamos habitualmente en la Misa estamos acostumbrados a oír esa expresión, justo antes de la comunión: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Felices los invitados a la cena del Señor”.
Pero este relato está al comienzo del evangelio. Falta mucho para la primera Misa, es decir, la última cena de Jesús.
¿Qué evocaba el cordero para los israelitas? El cordero era un animal utilizado en los sacrificios. En la Pascua de Israel, en tiempos de Jesús, las familias llevaban al templo los corderos que eran sacrificados allí y luego, en cada casa, preparados y comidos en la cena pascual. Entre otros animales que podían ser sacrificados en distintas ocasiones, muchos elegían, igualmente, un cordero.
Dentro de esa multitud de ovinos sacrificados año a año, el Bautista presenta uno solo: “el” cordero. No es uno de tantos; es el definitivo. Y es así, porque no es el que lleva una familia o un oferente, sino porque es el cordero “de Dios”, es decir, el que Dios provee. “Dios proveerá” había dicho Abraham a su hijo Isaac, cuando éste le preguntó por la víctima que, según le había dicho su padre, iban a sacrificar. Dios proveyó para Abraham; pero su don se desbordó, porque, en Jesús, presentó “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, es decir, la víctima ofrecida en sacrificio por la humanidad entera.
¿Hasta dónde entendieron todo esto aquellos discípulos? Tal vez no mucho en ese momento, pero comenzaron a caminar detrás de Jesús. Y aquí aparece otra palabra importante, una pregunta, que les hace Jesús al ver que lo siguen:
¿Qué quieren? (Juan 1,35-42)
Se cuenta que en los monasterios, cuando había un novicio, es decir, un joven que quería seguir también esa forma de vida, se le encargaba a un monje mayor preguntarle cada tanto al novicio “¿a qué viniste?”.
La pregunta de Jesús y la pregunta del monje invitan a quien está en búsqueda a tomar con profundidad una decisión, a no responder como fruto de un entusiasmo superficial. ¿Qué quieres? ¿A qué viniste? ¿Qué estás buscando? ¿Estás buscando a Dios o te estás buscando a ti mismo? ¿Quieres servir a Dios o quieres ver el modo de servirte de Él?
Los discípulos responden con otra pregunta:
«Rabbí -que significa Maestro- ¿dónde vives?» (Juan 1,35-42)
Sí, es a ti al que estamos buscando. ¿Dónde vives, dónde te encontramos? ¿Dónde estás hoy? ¿Dónde podemos escucharte, recibirte, servirte?
Jesús los invitó a seguir adelante:
«Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. (Juan 1,35-42)
El detalle de la hora, “las cuatro de la tarde” habla de un recuerdo grabado en el corazón, un indicio de que ese momento quedó atesorado en la memoria. Este encuentro convirtió a los discípulos de Juan en discípulos de Jesús. En Jesús, ellos encontraron lo que buscaban. No encontraron “algo” sino que encontraron a Alguien, y ese encuentro cambió totalmente el sentido de su vida. De aquel encuentro ellos salieron convencidos y así lo transmitieron a sus amigos:
«Hemos encontrado al Mesías» (Juan 1,35-42)
El bautista lo llamó “el Cordero de Dios”; ellos lo presentan como “el Mesías”, es decir, el Ungido, el Cristo: el salvador prometido por Dios a Israel.
Para muchos, el Mesías iba a ser el gran caudillo que condujera a Israel a vencer a sus enemigos. No era esa la forma en que Jesús entendía su misión. El sería el Mesías sufriente: “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” a través de su sacrificio, a través de su entrega de amor en la cruz.
Samuel, de quien hablábamos al principio, respondió al llamado de Dios cuando aprendió a reconocer su voz.
No siempre ha sido tan fácil responder al llamado de Dios. A veces se lo percibe como invasivo, como algo que viene a cortar nuestras aspiraciones, nuestros proyectos… A veces provoca miedo; nos desacomoda y parece exigirnos más allá de nuestras fuerzas…
Pero la llamada de Dios viene de su amor. Es un acto de su amor.
Eso es lo que tenemos que encontrar: el amor detrás de cada llamada.
Y solo será posible responder a esa llamada desde el amor, y así poder decir a todos aquellos que queremos: “he encontrado el amor de Dios”, “he encontrado a Dios”, “he encontrado a Jesús”; “hemos encontrado al Mesías”.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
En estos días, que para muchos son de vacaciones, puede venir bien reencontrarnos con los entrañables personajes de Mafalda. Recuerdo una conversación de ella con su amigo Manolito. Mafalda le dice:
Más que personas, somos una decisión de nuestros padres, Manolito ¿Te das cuenta? ¿Si ellos no hubieran querido tener hijos, nosotros ¡chau! No nacíamos nunca.
A lo que responde Manolito, cada vez más alterado:
¡¿Cómo nunca?! ¡¿Cómo nunca?! ¡A mí, cuando se me pone una idea no hay quién me la saque! ¿Me oís?
¡Y si mis padres no hubieran querido tener hijos!... ¡Peor para ellos!
¡Porque hoy yo tendría otros padres, otro nombre y otra cara! ¡Pero que nacía, nacía!
Mafalda ha dicho algo que es verdad: venir al mundo nunca es una decisión personal. Hay quienes dicen, a veces con cierta rebeldía: “a mí nadie me preguntó si yo quería nacer”, sobre todo cuando sentimos que se nos ponen límites... sin embargo, poco a poco podemos ir madurando y tomando una decisión libre: aceptar la vida; más aún, recibirla como un don… y esto puede dar un giro en nuestra relación con quienes nos engendraron, nos recibieron, nos dieron los primeros cuidados y fueron acompañando nuestro crecimiento. Reconocer a nuestros padres nos lleva a reconocernos como hijos. Todos los seres humanos somos hijos; y si acaso nuestros padres biológicos no fueron quienes nos tomaron en sus brazos, estamos aquí porque hubo un papá y o una mamá del corazón, que nos recibieron como hijos y nos dieron su amor.
En mi primer año de trabajo en escuela primaria, un alumno de cuarto año me sorprendió diciéndome, sin que viniera al caso:
“Maestro, todos somos hermanos por parte de Dios ¿no verdá?”
Pues sí… todos somos hermanos porque todos somos hijos de Dios. Dios está en el origen de la existencia de toda criatura… desde las microscópicas amebas hasta las inmensas ballenas, pasando por los perros y gatos que se hacen parte de nuestra familia.
Pero Dios es Padre de cada ser humano. Y quien dice “padre” habla de una relación única de ese padre con cada uno de sus hijos e hijas. Cada uno de nosotros es querido, es amado por Dios.
Y aquí se puede trasladar aquello de si yo quería nacer, a esta otra pregunta: “Dios ¿por qué me has creado? ¿Por qué me pusiste aquí?” Un interrogantes que se hace angustioso cuando brota del dolor, del sufrimiento… Y, sin embargo, aún desde allí es posible encontrar el amor del Padre Dios, que atraviesa la oscuridad, que rompe las tinieblas y toca con su luz a quien lo invoca desde lo profundo. El “sí” de la fe reconoce a Dios como Padre, mi padre, nuestro padre, origen y fundamento de nuestra existencia.
Hoy celebramos la fiesta del Bautismo de Jesús. En el evangelio, escuchamos la voz del Padre que se dirige a él:
“Tú eres mi hijo muy querido; en ti tengo puesta toda mi predilección” (Marcos 1,7-11)
La manera en la que el Padre se dirige a Jesús marca esa relación única con él. Efectivamente, Jesús es, con perdón de la palabra difícil, el “unigénito”, el hijo único del Padre. Pero aquí no estamos hablando de relaciones humanas. Estamos hablando con lenguaje humano, pero de relaciones divinas, estamos hablando, con lenguaje humano, de las personas de la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo.
Pero, entonces ¿por qué decimos que somos hijos de Dios? Porque eso es lo que Dios quiere que lleguemos a ser:
“… a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Juan 1,12)
Los que creen en su nombre: los que creen en Jesucristo, Palabra eterna del Padre.
Y leemos, también, en la primera carta de Juan:
“¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. (…) desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía.” (1 Juan 3,1-2)
El hecho de que Jesús fuera bautizado provocó muchas preguntas en los primeros tiempos del cristianismo. El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, para el perdón de los pecados. En Jesús, Hijo de Dios, no había pecado… ¿qué sentido tenía que se bautizara? Sin embargo, los cuatro evangelios refieren que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista y fue allí donde se produjo su manifestación como Hijo de Dios, en la que se escuchó la voz del Padre y la presencia del Espíritu Santo se hizo perceptible.
Más aún, el Bautista señaló la diferencia fundamental entre su bautismo y el que luego ordenará Cristo:
“Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo” (Marcos 1,7-11)
En las oraciones que hacen referencia a nuestro bautismo, la liturgia nos presenta distintos aspectos de su significado.
Por el bautismo
Recibimos el perdón de los pecados, somos purificados y consagrados.
Somos sepultados con Cristo en su muerte, para resucitar con él a la Vida nueva.
Es un nuevo nacimiento, un renacer.
Somos incorporados a Cristo como miembros de su cuerpo, que es la Iglesia.
Por esa unión con Cristo, somos hechos hijos adoptivos del Padre.
Pero, así como no es posible lo que pretendía Manolito, es decir, nacer por su propia voluntad (“pero que yo nacía, nacía”), tampoco uno puede hacerse cristiano por sí mismo.
Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy (Salmo 2,7)
dice uno de los salmos. Ser cristiano es un don, que está antes de cualquier cosa que podamos hacer. Para ser cristianos debemos renacer con un nuevo nacimiento. Este es el sentido del bautismo. Con nuestra fe podemos ir al encuentro con Cristo, pero sólo él puede hacernos cristianos. Sólo él puede dar respuesta a ese deseo nuestro, a esa voluntad: el poder de llegar a ser hijos de Dios, que nosotros, por nosotros mismos, no tenemos.
Con esta fiesta del bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad y comienza el tiempo durante el año, por el que transitaremos en los próximos domingos, hasta el 14 de febrero, miércoles de ceniza, que marcará el comienzo de la Cuaresma.
Hoy es un día para recordar nuestro bautismo; no tanto la ceremonia, de la que tal vez haya algunas fotos, sino, sobre todo, de la realidad de la gracia recibida, de ese sello que Dios puso en nuestro corazón y que nos llama a recordar que somos sus hijos e hijas en Cristo y a buscar vivir, cada día más, de forma coherente con lo que somos y lo que estamos llamados a ser.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (que en el hemisferio norte se celebra del 18 al 25 de enero y en el sur coincide con la semana anterior a la fiesta de Pentecostés) (1) ofrece este año como punto de partida para la reflexión la frase citada, que encuentra su origen en el Antiguo Testamento (2). En su camino hacia Jerusalén, Jesús es detenido por un doctor de la Ley que le pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?” (3). Se inicia así un diálogo y Jesús responde con una contrapregunta: “¿Qué está escrito en la Ley?” (4), provocando la respuesta del interlocutor: el amor a Dios y el amor al prójimo en su conjunto son considerados la síntesis de la Ley y de los Profetas.
“Amarás al Señor, tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo.”
“¿Y quién es mi prójimo?”, continúa el doctor de la Ley. El Maestro le responde contándole la parábola del buen samaritano. No refiere las diferentes tipologías de personas que pueden representar al prójimo, sino que describe la actitud de profunda compasión que debe animar todas nuestras acciones. Somos nosotros mismos quienes debemos hacernos “prójimos” de los demás. La pregunta que tenemos que plantearnos es: “Y yo, ¿de quién soy prójimo?”.
Tal como hizo el samaritano, debemos ocuparnos de los hermanos cuyas necesidades conocemos, dejarnos implicar sin temor hasta el fondo de las situaciones que se presentan y tener un amor que se preocupa por ayudar, sostener, dar ánimo a todos.
Hay que ver en los demás un otro yo y hacer con ellos lo que haríamos con nosotros mismos. Se trata de la así llamada “regla de oro” presente en todas las religiones. Gandhi la explica de manera eficaz:
“Tú y yo somos una sola cosa. No puedo hacerte mal sin herirme a mí mismo” (5).
“Amarás al Señor, tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo.”
Escribe Chiara Lubich:
“Si nosotros permanecemos indiferentes o resignados frente a la necesidad de nuestro prójimo, tanto en el plano material como de los bienes espirituales, no podemos decir que amamos al prójimo como a nosotros mismos. No podemos decir que lo amamos como lo hizo Jesús. En una comunidad que quiera inspirarse en el amor que nos enseñó Jesús, no puede haber lugar para las desigualdades, los desequilibrios, las marginaciones, las desatenciones. Mientras veamos como a un extraño a nuestro prójimo, alguien que molesta nuestra tranquilidad, que incomoda nuestros proyectos, no podremos decir que amamos a Dios con todo nuestro corazón” (6).
“Amarás al Señor, tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo.”
La vida es lo que nos sucede en el presente. Reconocer a quien está cerca de nosotros, saber escuchar al otro puede abrir hendijas interesantes y poner en movimiento iniciativas no previstas. Así le pasó a Victoria:
“En la iglesia me impresionó la bellísima voz de una mujer africana sentada a mi lado. La felicité y le propuse que se uniera al coro de la parroquia. Nos detuvimos a conversar. Es una religiosa de Guinea Ecuatorial de paso por Madrid. En su instituto acogen a recién nacidos abandonados, a los que acompañan hasta su mayoría de edad tanto en los estudios universitarios o en el aprendizaje de un oficio. El taller de sastrería está bien encaminado pero no son suficientes las máquinas de coser. Me ofrezco para ayudarla a conseguir otras máquinas, confiando en Jesús, convencida de que me escuchaba y me impulsaba a amar sin cálculos. Uno de mis amigos conoce a un artesano, feliz de ayudarnos en esta cadena de amor. Se ocupa de arreglar ocho máquinas y encuentra otra de planchado. Una pareja de conocidos se ofrece para llevarlas hasta Madrid, cambiando el destino de sus vacaciones y recorriendo casi mil kilómetros. Así, las “máquinas de la esperanza” llegan por mar hasta Malabo, a través de las peripecias de un largo viaje. En Guinea no pueden creerlo y nos agradecen emocionados”.
Patricia Mazzola y equipo de Palabra de Vida
Notas
(1) En el hemisferio norte esta Palabra de vida es la misma que un grupo de cristianos de diferentes iglesias de Alemania han elegido para vivir durante todo el año. Los textos fueron preparados por un grupo ecuménico de Burkina Faso. (2) Cf. Deuteronomio 6, 4-5 y Levítico 19, 18. (3) Lucas 10, 25. (4) Lucas 10, 26. (5) C. LUBICH, El arte de amar. (6) Ibíd.
MENSAJE DE SU SANTIDAD FRANCISCO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 57 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, 1 DE ENERO DE 2024
Inteligencia artificial y paz
Al iniciar el año nuevo, tiempo de gracia que el Señor nos da a cada uno de nosotros, quisiera dirigirme al Pueblo de Dios, a las naciones, a los Jefes de Estado y de Gobierno, a los Representantes de las distintas religiones y de la sociedad civil, y a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo para expresarles mis mejores deseos de paz.
1. El progreso de la ciencia y de la tecnología como camino hacia la paz
La Sagrada Escritura atestigua que Dios ha dado a los hombres su Espíritu para que tengan «habilidad, talento y experiencia en la ejecución de toda clase de trabajos» (Ex 35,31). La inteligencia es expresión de la dignidad que nos ha dado el Creador al hacernos a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26) y nos ha hecho capaces de responder a su amor a través de la libertad y del conocimiento. La ciencia y la tecnología manifiestan de modo particular esta cualidad fundamentalmente relacional de la inteligencia humana, ambas son producto extraordinario de su potencial creativo.
En la Constitución pastoral Gaudium et spes, el Concilio Vaticano II ha insistido en esta verdad, declarando que «siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida». [1] Cuando los seres humanos, «con ayuda de los recursos técnicos», se esfuerzan para que la tierra «llegue a ser morada digna de toda la familia humana», [2] actúan según el designio de Dios y cooperan con su voluntad de llevar a cumplimiento la creación y difundir la paz entre los pueblos. Asimismo, el progreso de la ciencia y de la técnica, en la medida en que contribuye a un mejor orden de la sociedad humana y a acrecentar la libertad y la comunión fraterna, lleva al perfeccionamiento del hombre y a la transformación del mundo.
Nos alegramos justamente y agradecemos las extraordinarias conquistas de la ciencia y de la tecnología, gracias a las cuales se ha podido poner remedio a innumerables males que afectaban a la vida humana y causaban grandes sufrimientos. Al mismo tiempo, los progresos técnico-científicos, haciendo posible el ejercicio de un control sobre la realidad, nunca visto hasta ahora, están poniendo en las manos del hombre una vasta gama de posibilidades, algunas de las cuales representan un riesgo para la supervivencia humana y un peligro para la casa común. [3]
Los notables progresos de las nuevas tecnologías de la información, especialmente en la esfera digital, presentan, por tanto, entusiasmantes oportunidades y graves riesgos, con serias implicaciones para la búsqueda de la justicia y de la armonía entre los pueblos. Por consiguiente, es necesario plantearse algunas preguntas urgentes. ¿Cuáles serán las consecuencias, a medio y a largo plazo, de las nuevas tecnologías digitales? ¿Y qué impacto tendrán sobre la vida de los individuos y de la sociedad, sobre la estabilidad internacional y sobre la paz?
2. El futuro de la inteligencia artificial entre promesas y riesgos
Los progresos de la informática y el desarrollo de las tecnologías digitales en los últimos decenios ya han comenzado a producir profundas transformaciones en la sociedad global y en sus dinámicas. Los nuevos instrumentos digitales están cambiando el rostro de las comunicaciones, de la administración pública, de la instrucción, del consumo, de las interacciones personales y de otros innumerables aspectos de la vida cotidiana.
Además, las tecnologías que usan un gran número de algoritmos pueden extraer, de los rastros digitales dejados en internet, datos que permiten controlar los hábitos mentales y relacionales de las personas con fines comerciales o políticos, frecuentemente sin que ellos lo sepan, limitándoles el ejercicio consciente de la libertad de elección. De hecho, en un espacio como la web, caracterizado por una sobrecarga de información, se puede estructurar el flujo de datos según criterios de selección no siempre percibidos por el usuario.
Debemos recordar que la investigación científica y las innovaciones tecnológicas no están desencarnadas de la realidad ni son «neutrales», [4] sino que están sujetas a las influencias culturales. En cuanto actividades plenamente humanas, las direcciones que toman reflejan decisiones condicionadas por los valores personales, sociales y culturales de cada época. Lo mismo se diga de los resultados que consiguen. Estas, precisamente en cuanto fruto de planteamientos específicamente humanos hacia el mundo circunstante, tienen siempre una dimensión ética, estrictamente ligada a las decisiones de quien proyecta la experimentación y enfoca la producción hacia objetivos particulares.
Esto vale también para las formas de inteligencia artificial, para la cual, hasta hoy, no existe una definición unívoca en el mundo de la ciencia y de la tecnología. El término mismo, que ha entrado ya en el lenguaje común, abraza una variedad de ciencias, teorías y técnicas dirigidas a hacer que las máquinas reproduzcan o imiten, en su funcionamiento, las capacidades cognitivas de los seres humanos. Hablar en plural de “formas de inteligencia” puede ayudar a subrayar sobre todo la brecha infranqueable que existe entre estos sistemas y la persona humana, por más sorprendentes y potentes que sean. Estos son, a fin de cuentas, “fragmentarios”, en el sentido de que sólo pueden imitar o reproducir algunas funciones de la inteligencia humana. El uso del plural pone en evidencia además que estos dispositivos, muy distintos entre sí, se deben considerar siempre como “sistemas socio-técnicos”. En efecto, su impacto, independientemente de la tecnología de base, no sólo depende del proyecto, sino también de los objetivos y de los intereses del que los posee y del que los desarrolla, así como de las situaciones en las que se usan.
La inteligencia artificial, por tanto, debe ser entendida como una galaxia de realidades distintas y no podemos presumir a priori que su desarrollo aporte una contribución benéfica al futuro de la humanidad y a la paz entre los pueblos. Tal resultado positivo sólo será posible si somos capaces de actuar de forma responsable y de respetar los valores humanos fundamentales como «la inclusión, la transparencia, la seguridad, la equidad, la privacidad y la responsabilidad». [5]
No basta ni siquiera suponer, de parte de quien proyecta algoritmos y tecnologías digitales, un compromiso de actuar de forma ética y responsable. Es preciso reforzar o, si es necesario, instituir organismos encargados de examinar las cuestiones éticas emergentes y de tutelar los derechos de los que utilizan formas de inteligencia artificial o reciben su influencia. [6]
La inmensa expansión de la tecnología, por consiguiente, debe ser acompañada, para su desarrollo, por una adecuada formación en la responsabilidad. La libertad y la convivencia pacífica están amenazadas cuando los seres humanos ceden a la tentación del egoísmo, del interés personal, del afán de lucro y de la sed de poder. Tenemos por ello el deber de ensanchar la mirada y de orientar la búsqueda técnico-científica hacia la consecución de la paz y del bien común, al servicio del desarrollo integral del hombre y de la comunidad. [7]
La dignidad intrínseca de cada persona y la fraternidad que nos vincula como miembros de una única familia humana, deben estar en la base del desarrollo de las nuevas tecnologías y servir como criterios indiscutibles para valorarlas antes de su uso, de modo que el progreso digital pueda realizarse en el respeto de la justicia y contribuir a la causa de la paz. Los desarrollos tecnológicos que no llevan a una mejora de la calidad de vida de toda la humanidad, sino que, por el contrario, agravan las desigualdades y los confictos, no podrán ser considerados un verdadero progreso. [8]
La inteligencia artificial será cada vez más importante. Los desafíos que plantea no son sólo técnicos, sino también antropológicos, educativos, sociales y políticos. Promete, por ejemplo, un ahorro de esfuerzos, una producción más eficiente, transportes más ágiles y mercados más dinámicos, además de una revolución en los procesos de recopilación, organización y verificación de los datos. Es necesario ser conscientes de las rápidas transformaciones que están ocurriendo y gestionarlas de modo que se puedan salvaguardar los derechos humanos fundamentales, respetando las instituciones y las leyes que promueven el desarrollo humano integral. La inteligencia artificial debería estar al servicio de un mejor potencial humano y de nuestras más altas aspiraciones, no en competencia con ellos.
3. La tecnología del futuro: máquinas que aprenden solas
En sus múltiples formas la inteligencia artificial, basada en técnicas de aprendizaje automático (machine learning), aunque se encuentre todavía en una fase pionera, ya está introduciendo cambios notables en el tejido de las sociedades, ejercitando una profunda influencia en las culturas, en los comportamientos sociales y en la construcción de la paz.
Desarrollos como el machine learning o como el aprendizaje profundo (deep learning) plantean cuestiones que trascienden los ámbitos de la tecnología y de la ingeniería y tienen que ver con una comprensión estrictamente conectada con el significado de la vida humana, los procesos básicos del conocimiento y la capacidad de la mente de alcanzar la verdad.
La habilidad de algunos dispositivos para producir textos sintáctica y semánticamente coherentes, por ejemplo, no es garantía de confiabilidad. Se dice que pueden “alucinar”, es decir, generar afirmaciones que a primera vista parecen plausibles, pero que en realidad son infundadas o delatan prejuicios. Esto crea un serio problema cuando la inteligencia artificial se emplea en campañas de desinformación que difunden noticias falsas y llevan a una creciente desconfianza hacia los medios de comunicación. La confidencialidad, la posesión de datos y la propiedad intelectual son otros ámbitos en los que las tecnologías en cuestión plantean graves riesgos, a los que se añaden ulteriores consecuencias negativas unidas a su uso impropio, como la discriminación, la interferencia en los procesos electorales, la implantación de una sociedad que vigila y controla a las personas, la exclusión digital y la intensificación de un individualismo cada vez más desvinculado de la colectividad. Todos estos factores corren el riesgo de alimentar los conflictos y de obstaculizar la paz.
4. El sentido del límite en el paradigma tecnocrático
Nuestro mundo es demasiado vasto, variado y complejo para poder ser completamente conocido y clasificado. La mente humana nunca podrá agotar su riqueza, ni siquiera con la ayuda de los algoritmos más avanzados. Estos, de hecho, no ofrecen previsiones garantizadas del futuro, sino sólo aproximaciones estadísticas. No todo puede ser pronosticado, no todo puede ser calculado; al final «la realidad es superior a la idea» [9] y, por más prodigiosa que pueda ser nuestra capacidad de cálculo, habrá siempre un residuo inaccesible que escapa a cualquier intento de cuantificación.
Además, la gran cantidad de datos analizados por las inteligencias artificiales no es de por sí garantía de imparcialidad. Cuando los algoritmos extrapolan informaciones, siempre corren el riesgo de distorsionarlas, reproduciendo las injusticias y los prejuicios de los ambientes en los que se originan. Cuanto más veloces y complejos se vuelven, más difícil es comprender porqué han generado un determinado resultado.
Las máquinas inteligentes pueden efectuar las tareas que se les asignan cada vez con mayor eficiencia, pero el fin y el significado de sus operaciones continuarán siendo determinadas o habilitadas por seres humanos que tienen un propio universo de valores. El riesgo es que los criterios que están en la base de ciertas decisiones se vuelvan menos transparentes, que la responsabilidad decisional se oculte y que los productores puedan eludir la obligación de actuar por el bien de la comunidad. En cierto sentido, esto es favorecido por el sistema tecnocrático, que alía la economía con la tecnología y privilegia el criterio de la eficiencia, tendiendo a ignorar todo aquello que no está vinculado con sus intereses inmediatos. [10]
Esto debe hacernos reflexionar sobre el “sentido del límite”, un aspecto a menudo descuidado en la mentalidad actual, tecnocrática y eficientista, y sin embargo decisivo para el desarrollo personal y social. El ser humano, en efecto, mortal por definición, pensando en sobrepasar todo límite gracias a la técnica, corre el riesgo, en la obsesión de querer controlarlo todo, de perder el control de sí mismo, y en la búsqueda de una libertad absoluta, de caer en la espiral de una dictadura tecnológica. Reconocer y aceptar el propio límite de criatura es para el hombre condición indispensable para conseguir o, mejor, para acoger la plenitud como un don. En cambio, en el contexto ideológico de un paradigma tecnocrático, animado por una prometeica presunción de autosuficiencia, las desigualdades podrían crecer de forma desmesurada, y el conocimiento y la riqueza acumularse en las manos de unos pocos, con graves riesgos para las sociedades democráticas y la coexistencia pacífica. [11]
5. Temas candentes para la ética
En el futuro, la fiabilidad de quien pide un préstamo, la idoneidad de un individuo para un trabajo, la posibilidad de reincidencia de un condenado o el derecho a recibir asilo político o asistencia social podrían ser determinados por sistemas de inteligencia artificial. La falta de niveles diversificados de mediación que estos sistemas introducen está particularmente expuesta a formas de prejuicio y discriminación. Los errores sistémicos pueden multiplicarse fácilmente, produciendo no sólo injusticias en casos concretos sino también, por efecto dominó, auténticas formas de desigualdad social.
Además, con frecuencia las formas de inteligencia artificial parecen capaces de influenciar las decisiones de los individuos por medio de opciones predeterminadas asociadas a estímulos y persuasiones, o mediante sistemas de regulación de las elecciones personales basados en la organización de la información. Estas formas de manipulación o de control social requieren una atención y una supervisión precisas, e implican una clara responsabilidad legal por parte de los productores, de quienes las usan y de las autoridades gubernamentales.
La dependencia de procesos automáticos que clasifican a los individuos, por ejemplo, por medio del uso generalizado de la vigilancia o la adopción de sistemas de crédito social, también podría tener repercusiones profundas en el entramado social, estableciendo categorizaciones impropias entre los ciudadanos. Y estos procesos artificiales de clasificación podrían llevar incluso a conflictos de poder, no sólo en lo que respecta a destinatarios virtuales, sino a personas de carne y hueso. El respeto fundamental por la dignidad humana postula rechazar que la singularidad de la persona sea identificada con un conjunto de datos. No debemos permitir que los algoritmos determinen el modo en el que entendemos los derechos humanos, que dejen a un lado los valores esenciales de la compasión, la misericordia y el perdón o que eliminen la posibilidad de que un individuo cambie y deje atrás el pasado.
En este contexto, no podemos dejar de considerar el impacto de las nuevas tecnologías en el ámbito laboral. Trabajos que en un tiempo eran competencia exclusiva de la mano de obra humana son rápidamente absorbidos por las aplicaciones industriales de la inteligencia artificial. También en este caso se corre el riesgo sustancial de un beneficio desproporcionado para unos pocos a costa del empobrecimiento de muchos. El respeto de la dignidad de los trabajadores y la importancia de la ocupación para el bienestar económico de las personas, las familias y las sociedades, la seguridad de los empleos y la equidad de los salarios deberían constituir una gran prioridad para la comunidad internacional, a medida que estas formas de tecnología se van introduciendo cada vez más en los lugares de trabajo.
6. ¿Transformaremos las espadas en arados?
En estos días, mirando el mundo que nos rodea, no podemos eludir las graves cuestiones éticas vinculadas al sector de los armamentos. La posibilidad de conducir operaciones militares por medio de sistemas de control remoto ha llevado a una percepción menor de la devastación que estos han causado y de la responsabilidad en su uso, contribuyendo a un acercamiento aún más frío y distante a la inmensa tragedia de la guerra. La búsqueda de las tecnologías emergentes en el sector de los denominados “sistemas de armas autónomos letales”, incluido el uso bélico de la inteligencia artificial, es un gran motivo de preocupación ética. Los sistemas de armas autónomos no podrán ser nunca sujetos moralmente responsables. La exclusiva capacidad humana de juicio moral y de decisión ética es más que un complejo conjunto de algoritmos, y dicha capacidad no puede reducirse a la programación de una máquina que, aun siendo “inteligente”, no deja de ser siempre una máquina. Por este motivo, es imperioso garantizar una supervisión humana adecuada, significativa y coherente de los sistemas de armas.
Tampoco podemos ignorar la posibilidad de que armas sofisticadas terminen en las manos equivocadas facilitando, por ejemplo, ataques terroristas o acciones dirigidas a desestabilizar instituciones de gobierno legítimas. En resumen, realmente lo último que el mundo necesita es que las nuevas tecnologías contribuyan al injusto desarrollo del mercado y del comercio de las armas, promoviendo la locura de la guerra. Si lo hace así, no sólo la inteligencia, sino el mismo corazón del hombre correrá el riesgo de volverse cada vez más “artificial”. Las aplicaciones técnicas más avanzadas no deben usarse para facilitar la resolución violenta de los conflictos, sino para pavimentar los caminos de la paz.
En una óptica más positiva, si la inteligencia artificial fuese utilizada para promover el desarrollo humano integral, podría introducir importantes innovaciones en la agricultura, la educación y la cultura, un mejoramiento del nivel de vida de enteras naciones y pueblos, el crecimiento de la fraternidad humana y de la amistad social. En definitiva, el modo en que la usamos para incluir a los últimos, es decir, a los hermanos y las hermanas más débiles y necesitados, es la medida que revela nuestra humanidad.
Una mirada humana y el deseo de un futuro mejor para nuestro mundo llevan a la necesidad de un diálogo interdisciplinar destinado a un desarrollo ético de los algoritmos — la algorética—, en el que los valores orienten los itinerarios de las nuevas tecnologías. [12]Las cuestiones éticas deberían ser tenidas en cuenta desde el inicio de la investigación, así como en las fases de experimentación, planificación, distribución y comercialización. Este es el enfoque de la ética de la planificación, en el que las instituciones educativas y los responsables del proceso decisional tienen un rol esencial que desempeñar.
7. Desafíos para la educación
El desarrollo de una tecnología que respete y esté al servicio de la dignidad humana tiene claras implicaciones para las instituciones educativas y para el mundo de la cultura. Al multiplicar las posibilidades de comunicación, las tecnologías digitales nos han permitido nuevas formas de encuentro. Sin embargo, continúa siendo necesaria una reflexión permanente sobre el tipo de relaciones al que nos está llevando. Los jóvenes están creciendo en ambientes culturales impregnados de la tecnología y esto no puede dejar de cuestionar los métodos de enseñanza y formación.
La educación en el uso de formas de inteligencia artificial debería centrarse sobre todo en promover el pensamiento crítico. Es necesario que los usuarios de todas las edades, pero sobre todo los jóvenes, desarrollen una capacidad de discernimiento en el uso de datos y de contenidos obtenidos en la web o producidos por sistemas de inteligencia artificial. Las escuelas, las universidades y las sociedades científicas están llamadas a ayudar a los estudiantes y a los profesionales a hacer propios los aspectos sociales y éticos del desarrollo y el uso de la tecnología.
La formación en el uso de nuevos instrumentos de comunicación debería considerar no sólo la desinformación, las falsas noticias, sino también el inquietante aumento de «miedos ancestrales que [...] han sabido esconderse y potenciarse detrás de nuevas tecnologías». [13]Lamentablemente, una vez más nos encontramos teniendo que combatir “la tentación de hacer una cultura de muros, de levantar muros para impedir el encuentro con otras culturas, con otra gente” [14]y el desarrollo de una coexistencia pacífica y fraterna.
8. Desafíos para el desarrollo del derecho internacional
El alcance global de la inteligencia artificial hace evidente que, junto a la responsabilidad de los estados soberanos de disciplinar internamente su uso, las organizaciones internacionales pueden desempeñar un rol decisivo en la consecución de acuerdos multilaterales y en la coordinación de su aplicación y actuación. [15]A este propósito, exhorto a la comunidad de las naciones a trabajar unida para adoptar un tratado internacional vinculante, que regule el desarrollo y el uso de la inteligencia artificial en sus múltiples formas. Naturalmente, el objetivo de la reglamentación no debería ser sólo la prevención de las malas prácticas, sino también alentar las mejores prácticas, estimulando planteamientos nuevos y creativos y facilitando iniciativas personales y colectivas. [16]
En definitiva, en la búsqueda de modelos normativos que puedan proporcionar una guía ética a quienes desarrollan tecnologías digitales, es indispensable identificar los valores humanos que deberían estar en la base del compromiso de las sociedades para formular, adoptar y aplicar los marcos legislativos necesarios. El trabajo de redacción de las orientaciones éticas para la producción de formas de inteligencia artificial no puede prescindir de la consideración de cuestiones más profundas, relacionadas con el significado de la existencia humana, la tutela de los derechos humanos fundamentales y la búsqueda de la justicia y de la paz. Este proceso de discernimiento ético y jurídico puede revelarse como una valiosa ocasión para una reflexión compartida sobre el rol que la tecnología debería tener en nuestra vida personal y comunitaria y sobre cómo su uso podría contribuir a la creación de un mundo más justo y humano. Por este motivo, en los debates sobre la reglamentación de la inteligencia artificial, se debería tener en cuenta la voz de todas las partes interesadas, incluidos los pobres, los marginados y otros más que a menudo quedan sin ser escuchados en los procesos decisionales globales.
* * * * *
Espero que esta reflexión anime a hacer que los progresos en el desarrollo de formas de inteligencia artificial contribuyan, en última instancia, a la causa de la fraternidad humana y de la paz. No es responsabilidad de unos pocos, sino de toda la familia humana. La paz, en efecto, es el fruto de relaciones que reconocen y acogen al otro en su dignidad inalienable, y de cooperación y esfuerzo en la búsqueda del desarrollo integral de todas las personas y de todos los pueblos.
Mi oración al comienzo del nuevo año es que el rápido desarrollo de formas de inteligencia artificial no aumente las ya numerosas desigualdades e injusticias presentes en el mundo, sino que ayude a poner fin a las guerras y los conflictos, y a aliviar tantas formas de sufrimiento que afectan a la familia humana. Que los fieles cristianos, los creyentes de distintas religiones y los hombres y mujeres de buena voluntad puedan colaborar en armonía para aprovechar las oportunidades y afrontar los desafíos que plantea la revolución digital, y dejar a las generaciones futuras un mundo más solidario, justo y pacífico.
Vaticano, 8 de diciembre de 2023
FRANCISCO
[1] N. 33.
[2] Ibíd., n. 57.
[3] Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 104.
[4] Cf. ibíd., 114.
[5] Discurso a los participantes en el encuentro “Minerva Dialogues” (27 marzo 2023).
[6] Cf. ibíd.
[7] Cf. Mensaje al Presidente Ejecutivo del “World Economic Forum” en Davos-Klosters (12 enero 2018).
[8] Cf. Carta enc. Laudato si’, 194; Discurso a los participantes en un Seminario sobre “El bien común en la era digital” (27 septiembre 2019).
[9] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 233.
[10] Cf. Carta. enc. Laudato si’, 54.
[11] Cf. Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida (28 febrero 2020).
[12] Cf. ibíd.
[13] Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 27.
Las lecturas de hoy están marcadas por la presencia de ancianos, de personas que están al término de su vida, pero que miran al futuro llenos de esperanza. La primera lectura, del libro del Génesis y la segunda, de la carta a los Hebreos, hacen referencia a Abraham y Sara, un matrimonio muy entrado en años, al que Dios da por fin un hijo, Isaac. La carta a los Hebreos destaca la fe de ambos esposos:
Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. También por la fe, Sara recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar. (Hebreos 11, 8. 11-12. 17-19)
Abraham es conocido como “padre de los creyentes” por judíos, cristianos y musulmanes. La “descendencia numerosa”, incontable, no es su descendencia biológica, sino su estirpe espiritual. Los creyentes de cada una de las tres grandes religiones monoteístas somos, en la fe, “hijos de Abraham”. Recordemos las palabras de Juan el Bautista:
No se contenten con decir: «Tenemos por padre a Abraham». Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. (Mateo 3,9)
San Pablo, en su carta a los Gálatas, explica el alcance más profundo de la promesa de Dios a Abraham respecto a la descendencia:
Las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia. La Escritura no dice: «y a los descendientes», como si se tratara de muchos, sino en singular: y a su descendencia, es decir, a Cristo (Gálatas 3,16).
Al igual que Pablo, los primeros cristianos ven las promesas de Dios a Abraham cumplidas, precisamente, en Jesús. Por eso no debe extrañarnos que al escribir la genealogía de Jesucristo, los evangelistas Mateo y Lucas lo presenten como descendiente de Abraham (Mateo 1,1; Lucas 3,34).
Completando su pensamiento, Pablo nos asegura nuestra condición de hijos de Abraham por nuestra fe en Cristo:
Si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham. (Gálatas 3,29)
De aquellos esposos creyentes, Abraham y Sara, el evangelio nos lleva al encuentro de otros dos ancianos. El primero de ellos es Simeón:
… que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. (Lucas 2, 22-40)
A continuación aparece una anciana:
… una profetisa llamada Ana, (…) mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. (Lucas 2, 22-40)
Tanto Simeón como Ana se encuentran en el templo cuando llegan José y María trayendo al niño para presentarlo a Dios. Ana dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos los que esperaban la llegada del Mesías. Por su parte, Simeón también oró, lleno de gratitud:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.» (Lucas 2, 22-40)
Luego, se dirigió a María, la madre, diciéndole:
«Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.» (Lucas 2, 22-40)
Caída y elevación. María, en su cántico, su Magnificat, dice que Dios
Derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes. (Lucas 1,52)
Más de veinte siglos después, hemos visto cómo muchos poderosos fueron derribados de sus tronos; sin embargo, quienes los sucedieron, aunque tuvieran origen humilde, terminaron convirtiéndose en opresores, a veces peores que los derribados. Por eso no podemos leer este pasaje del evangelio con una mirada humana. Tenemos que pedir el don del Espíritu y leerlo desde la mirada de Dios. La elevación de los humildes no es su instalación en el trono que han dejado vacíos los poderosos. Jesús no tuvo en este mundo otro trono que la cruz, en la que fue elevado.
Simeón habla de caída y elevación “de muchos”. Serán elevados quienes, como Simeón y Ana, vean la salvación en el hijo de María. Serán elevados quienes se acerquen a Jesús con fe, quienes se dejen tocar por Él y cambien su corazón. Serán derribados aquellos que le cierren su corazón y lo rechacen. Esta es la disyuntiva, la horqueta de caminos que se abre ante toda persona que encuentra a Jesús: reconocerlo como Salvador, o rechazarlo. Cuando Simeón dice “mis ojos han visto la salvación”, está viendo a Jesús. En Él está la salvación.
¿Y que sucedió con Abraham, nuestro padre en la fe? ¿Acaso también sus ojos vieron la salvación? Asombrémonos con lo que dice Jesús:
«Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría» (Juan 8,56)
La fe abre los ojos, transforma la mirada y cambia la perspectiva. Antes de que nosotros lo veamos, Dios nos ve. La fe nace del encuentro de nuestra mirada con la mirada compasiva de Dios, que rompe la dureza de nuestro corazón, cura nuestras heridas y nos da una mirada nueva para vernos a nosotros mismos y al mundo. No una mirada ingenua, sino una mirada sabia, que sabe ver adentro y ver más allá, que no se detiene en las apariencias, en lo externo, sino que atraviesa el dolor y la oscuridad para descubrir la presencia de Dios, para ver la salvación.
Amigas y amigos, en este último día del año 2023 y de cara al 2024 que está a la puerta, les ofrezco mis mejores deseos y pido al Señor que, a cada uno de ustedes, le dé su bendición:
"Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz."
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca siempre. Amén.